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miércoles, 16 de noviembre de 2016

Visita al cementerio abandonado de Caleta Buena: Un homenaje póstumo en el día de Difuntos.



Fig. 1.  Fotografía que  ilustra la obra del geógrafo norteamericano Isaiah Bowman:  Desert trails of Atacama, en su párrafo: "The desert landscape"  (American Geographical Society, Special Publications Nº 5, 1924: 12).  (Traducción del inglés:  "La abrupta costa del norte de Chile en el puerto salitrero de Caleta Buena. Un funicular conecta la playa con el nivel superior (de la montaña), que se alza  entre los 2.000 y 2.500 pies sobre el nivel del mar").

Caleta Buena puerto de embarque del salitre.

Observamos en esta interesante imagen la presencia de un velero, a la espera de ser cargado de salitre. La foto debe corresponder a la década entre  1910-1920. Se puede ver  el trazado del funicular (cog railway)  así como de probables  cañerías  para  enviar a la playa  el salitre molido en los establecimientos del Alto. Impresiona  la tremenda altura  (720 m.) que tuvo que salvar el funicular que conducía diariamente a los obreros y provisiones hasta la orilla de la playa. En su descripción, Bowman nota con acierto la diferencia enorme que se puede observar entre  los paisajes de la costa peruana del extremo sur, donde varios ríos acceden al mar, y esta costa abrupta,  sin ríos  y totalmente desprovista de agua, en esta sección escarpada  de la costa norte chilena.

Conmemoración del Día de Difuntos.

El día 29 de Octubre de este año 2016, en vísperas de  la conmemoración cristiana del Día de Difuntos, la Municipalidad de Alto Hospicio, por iniciativa de la señora  Patricia Fuentes, encargada de Turismo y Patrimonio, realizó unas romería  a dos antiguos cementerios de la zona: Huantajaya y Caleta Buena. La actividad forma parte de un esfuerzo por preservar estos sitios históricos que dan cuenta de la  actividad  extractiva del salitre, durante  los siglos XIX y XX.  Con nutrida presencia de visitantes, se honró, por quinto año consecutivo, a las numerosas tumbas de operarios y sus familiares difuntos, cuyos monumentos fúnebres yacen abandonados en medio de la soledad infinita de la pampa. Se decoró las tumbas con ofrendas de coloridas guirnaldas  de lata  y con despliegue  de banda de música y bailes autóctonos. Más de 200 personas en  seis autobuses y  vehículos particulares participaron esta vez  del Acto.

En la mina de plata de  Huantajaya.

 La visita se inició en el cementerio chileno de la mina de plata de  Huantajaya, el único de los tres cementerios del lugar que  aún preserva en pie una parte significativa de sus antiguos monumentos funerarios, Esta vez, un amplio dosel y sillas protegían del sol implacable. La ceremonia  consistió en un  responso religioso, a cargo de una sacerdote columbano de Alto Hospicio,  y la presentación de varios conjuntos de bailes, tanto  religiosos como  autóctonos (aymaras)  y una banda de bronces. Los sones profundos y melancólicos de las marchas fúnebres resonaban lúgubremente en esa soledad,  recordando la gesta de cientos de pampinos  cuyos nombres ya nadie recuerda, que aquí ofrendaron sus vidas para extraer el valioso mineral de plata, durante varios siglos. Varias personas tomaron la palabra en el Acto, entre ellas el poeta iquiqueño Guillermo Ross-Murray, la organizadora del Acto, Patricia Fuentes y el Dr. Horacio Larrain B., a quien la Municipalidad entregó en la ocasión,  un galvano de reconocimiento por su labor de estudio y rescate de numerosos objetos patrimoniales  procedentes de los desmontes de la mina. 

Desaparición o robo de inscripciones funerarias.

En un reportaje anterior nuestro en este mismo blog, señalábamos  con tristeza y dolor que una sola inscripción permanecía legible  y en su lugar en este camposanto: una mujer Dolores O. de Campos, fallecida en el año 1900 a los  51 años de edad.  Todas las demás habían ya desaparecido  tanto por el inexorable paso del tiempo, como por la barbarie de osados  depredadores clandestinos (Cfr nuestro capítulo: "Cementerio colonial de Huantajaya: visitas efectuadas en 1993/1994").   Tal inscripción ya no existe hoy: han desaparecido  hasta los fragmentos de la antigua lápida piadosamente aportada por sus deudos.

Visita al cementerio abandonado de Caleta Buena.

Nuestra segunda visita de homenaje nos condujo, rumbo al sur,  al cementerio de la alejada Caleta Buena. Cincuenta y cinco minutos de viaje en vehículo  nos condujeron al lugar, hoy totalmente abandonado. Una carretera asfaltada se halla hoy en construcción, de la que  existen ya listos unos 15 km  de extensión. Al llegar, vemos algunas  informes ruinas, correspondientes a almacenes y la antigua maestranza de ferrocarriles que aquí yace hace más de 100 años. Ruinas de viviendas y de establecimientos del mineral. Mucho más que esas ruinas, sin embargo, nos  llama la atención el cementerio, conformado por  decenas de  monumentos funerarios en pie,  labrados todos ellos primorosamente en madera de pino oregón. Las tumbas están bien ordenadas en calles perfectamente trazadas. No presenta cierre perimetral alguno. Las antiguas y hermosas guirnaldas hechas con flores blancas de porcelana, han sido robadas hace ya tiempo por saqueadores y visitantes. Las guirnaldas hechas en hojalata, consideradas de poco valor, persisten aún, colgando de sus cruces, ya oxidadas  y apenas reconocibles. Es probable que estas tumbas  no hayan sido  visitadas u homenajeadas en los últimos 50-60 años. Tal vez más. Tal es su lamentable estado actual de abandono.  Un sector especial del camposanto concentra a hileras ordenadas de tumbas de párvulos, que se distinguen de inmediato por el pequeño tamaño de sus monumentos de madera.

Caleta Buena en el pasado salitrero.

Caleta Buena fue un importante puerto de embarque del salitre proveniente del cantón próximo que reunía a  varias Oficinas salitreras  cercanas,   las que estaban  unidas por un ferrocarril de trocha angosta, que  terminaba en el lugar  llamado "el Alto". Aquí había almacenes, bodegas, oficinas de correos y telégrafo. Abajo junto a la playa en la terraza marina,  estaban las viviendas de obreros, las bodegas para el salitre  y  -cosa muy importante-  un establecimiento para la destilación de agua de mar. Un impresionante  andarivel que salvaba una  impresionante altura de  720 m.,  permitía  el descenso hasta  la playa, tal como lo señala explícitamente el Diccionario Jeográfico de Chile de Luis Riso Patrón (1924:  120). Hemos revisado, igualmente,  el libro del historiador Oscar Bermúdez titulado Historia del Salitre ( dos vols, 1963, y 1984) en busca de referencias concretas  a Caleta Buena. No las hemos hallado, salvo una  vaga referencia a un andarivel que suponemos sea el de este puerto de embarque.

Nuestras fotografías  del  estado actual del cementerio de Caleta Buena.

Todas las imágenes aquí presentadas son nuestras y  corresponden  a nuestra visita  efectuada el día 29 de Octubre 2016.

 Fig. 2.  Vista  del camposanto de Caleta Buena, llegando desde el sur.  Armazones de madera en cuadro, finamente  trabajadas y  curtidas por el paso del tiempo, decoran las tumbas.


 Fig.3.  Las típicas armazones  de madera de pino oregón, de uso generalizado en las Oficinas Salitreras de la pampa chilena.  Cada familia se esmeraba por decorar  la tumba de sus deudos.

 Fig. 4.  Las pocas guirnaldas hechas de hojalata que aún cuelgan,  descoloridas y marchitas, de  sus cruces.  De esta tumba  solo se conserva visible  el túmulo de tierra,  coronado por la cruz  engalanada en varias ocasiones.

 Fig. 5.  Era costumbre instalar, en la parte superior de la tumba , al lado de la cruz,  un  pequeño relicario o retablo donde se colocaba  el nombre del difunto y la fecha de su fallecimiento y defunción. No pocas veces se incluía aquí, resguardada del sol,  una fotografía del fallecido.


 Fig.  6.  Caída, abajo, se conserva aún incòlume la inscripción de esta tumba. Corresponde a  la señora Zoila Rospigliosi.


 Fig. 7.  Zoom a la misma inscripción anterior, milagrosamente conservada a pesar de estar  impresa en vidrio.  Se puede  aún leer con cierta dificultad: "A mi querida madre  (Q.E.P.D.)  Zoila Rospigliosi   1878-1901".  Esta es una de las poquísimas inscripciones que  aún se conservan   in situ. ¿Por cuánto tiempo aún...? . ¡Ojalá que no la roben o destruyan!.

Fig.  8.  Pequeño monumento funerario  de un párvulo, sin nombre.  Sobre un pequeño radier de cemento, se ha instalado el armazón de madera,  primorosamente labrado.

 Fig. 9.  ¿Una tumba vandalizada?.  Los sismos de la zona  han hecho el resto.


 Fig. 10.  Un simple túmulo de tierra coronado por una cruz. En la parte media de la cruz debió estar la inscripción respectiva de la que ya no quedan rastros. Tal vez nunco poseyó  la típica armazón de madera  que se sobreimponía al  enterramiento. O, tal vez, se lo llevaron...

 Fig. 11. Algunas pocas tumbas, como ésta,  ostentan en su parte superior figuras de casas o viviendas en miniatura, con sus escaleras de acceso, como en el caso presente.  Tal vez -como en el caso de las "animitas" de los caminos- , para que el difunto en su vagar, reconozca su lugar de origen  y retorne a su sepulcro.

 Fig. 12.  Una "casita"   que coronaba unas tumba  se ha desprendido de su sitio primitivo.


 Fig. 13.  Túmulo funerario enteramente atípico: solo una enorme cruz  cubre por completo   el sitio del ataúd de madera.  En la parte media de la cruz,  la placa de madera que portaba la inscripción, hoy ilegible.
Fig. 14.   Sencillo monumento fúnebre que presentaba,  en su parte media, el nombre y, probablemente, la fotografía  del fallecido.

Fig. 15.   La cruz  ha desaparecido de su posición original.


Fig. 16.  Una tumba olvidada.


Fig. 17.  El poeta iquiqueño Guillermo Ross-Murray tratando de descifrar el nombre del finado, aquí desgraciadamente ya ilegible.

Fig. 18.  Guillermo  recorre en silencio, como ensimismado, el doliente camposanto.

Fig. 19.  Nuestro amigo Guillermo  ha encontrado, entre las tumbas,  una antigua botella de soda, de la época salitrera, que  seguramente  encerró un día una flor como ofrenda.

Fig. 20. En el suelo, entre los escombros de una tumba,  esta flor hecha en hojalata,  parte de una antigua guirnalda, despedazada.

Fig. 21.  Las tumbas y sus monumentos en madera  muestran gran variedad de tipos de cruces.

Fig. 22.  Esta monumento fúnebre  muestra, en su parte superior,  una torre de iglesia  con escala de acceso.  En varias tumbas, vinos esta curiosas representaciones de viviendas o capillas.

Fig. 23.   Zoom hecho a la imagen anterior, mostrando el detalle de  la torre de una iglesia, hecha en latón con su  escala y empalizada  perimetral.

Fig. 24.  La imaginación de los artesanos locales -los propios obreros-  discurrió todas clase de variantes estilísticas  al esquema original de  monumento funerario.

Fig. 25.   Colgando de la gran cruz,  un nicho a manera de retablo   con  puerta   de rejas, donde  lució un día la fotografía del finado.


Fig. 26.  Representación en miniatura de una sencilla vivienda obrera, coronando la tumba. La cruz está abajo caída.

Fig. 27.  Los visitantes, meditabundos y  silenciosos, recorren las tumbas engalanándolas con nuevas guirnaldas de hojalata, hechas  para esta visita piadosa.

Fig. 28. Vista desde lo alto hacia el litoral oceánico.  Más de 700 m de abrupta caída presenta aquí el  acantilado costero.

Fig. 29.  Vista hacia el NW desde las cimas del acantilado. La esterilidad del paisaje es total. Solo pudimos observar  entre las grietas de las  rocas expuestas  la presencia de  escasos líquenes, los que también  han logrado prender, con el paso del tiempo, entre las cruces de madera del camposanto.

Fig. 30.  La planicie  alta  donde se asienta el cementerio, da lugar a la abrupta  caída en un ángulo de 35º- 40º de inclinación.   Aquí se hallaba instalado el funicular que permitía descender hasta la playa.


Fig. 31.   Una de las poquísimas lápidas existentes aún in situ  en este cementerio, destruida. Manos piadosas han tratado de reconstituir  la leyenda: "A la memoria de María Alcázar Chocano fallecida el 19 ........de edad de....". Inútilmente buscamos por los alrededores  los otros trozos faltantes  de la lápida.  Al recorrer junto a  Guillermo Ross-Murray el desolado camposanto, solo pudimos hallar  4 leyendas aún legibles, entre las decenas  de tumbas y túmulos presentes. La memoria de sus fallecidos ya se ha perdido. Tal vez algún documento eclesial  conserve en sus archivos, en Iquique, sus nombres. Tal vez... (Compare con Figuras 6 y 7, más arriba). 


Comentario ecológico -cultural.

1.  Con toda probabilidad, los aquí enterrados fueron sepultados entre los años  1880 y  1920, al menos. Es decir, han transcurrido   ya  más de  90 años desde su abandono definitivo.

2.  No conocemos antecedentes de que se haya realizado aquí una ceremonia recordatoria, con colocación de guirnaldas y presencia de cánticos y  bandas de música, con anterioridad a esta fecha de nuestra visita, a juzgar por el estado de abandono de las antiguas y ya descoloridas  guirnaldas de hojalata que aún cuelgan de las cruces. 

3.  Según algunos testigos, los recientes terremotos y sismos, habrían causado daños en los monumentos fúnebres. 

4.  No deja de sorprendernos, de todos modos, la casi total desaparición de las inscripciones fúnebres. También han desaparecido  todas las antiguas flores de porcelana, robadas por turistas y visitantes sin escrúpulos.

5.   Este como tantos otros cementerios de la pampa salitrera, son hoy valiosos monumentos históricos que no sólo merecen  nuestro máximo respeto por tratarse de  seres humanos que aquí laboraron, sufrieron y murieron, sino también porque  son parte  fundamental de una compleja historia regional, en la que muchos se enriquecieron  extrayendo el salitre, a costa del sufrimiento y el dolor  de sus obreros. Basta comparar este cementerio y sus simples monumentos en madera de pino oregón con las elaboradas tumbas del cementerio de los ingleses, situado en la quebrada de Tiliviche, con suntuosos monumentos  en metal y en piedra  y provistas de inscripciones imperecederas. Ambos, sin embargo, han tenido un mismo destino común: el olvido y la soledad al amparo del sol ardiente del desierto.  ¿Qué familia inglesa o alemana, o qué familia peruana o tarapaqueña   recuerda hoy  con piedad filial,  a sus numerosos deudos fallecidos en esta pampa reseca?. Nosotros volvemos a musitar, al abandonar cabizbajos el camposanto a su ominosa soledad:

  "Dios mío, Dios mío, qué solos se quedan los muertos!"  (Becker).



domingo, 30 de octubre de 2016

Recordando a Heinrich Froehlich Ludowieg, el genio creador de la viña "Canchones", cerca de La Huayca (Tarapacá), a los 50 años de su partida.




                           
 Fig. 1.   Heinrich Froehlich  de edad de  unos 30 años, época de la llegada de su esposa Martha  desde Alemania (hacia 1932).

El 8 de octubre de  1966, esto es hace exactamente hace 50 años, moría en Santiago de Chile víctima de una insuficiencia cardíaca  el  notable  genio creador de la primera viña plantada en la Pampa del Tamarugal en el año  1929.  Heinrich  Froehlich Ludowieg (llamado familiarmente  “Don Enrique” por sus operarios)  había nacido en la ciudad alemana de Eisenach  en    1902, y   poco después del término de la primera guerra Mundial,  en  1922,  partía al lejano Chile  dejando atrás un país asolado  y destruido por el fragor de la contienda. Soltero audaz y con algunos conocimientos de química y agricultura, huía del desconcierto, del dolor de tantas familias cercanas a él y del caos producido por la postguerra, buscando nuevos horizontes donde instaurar una nueva vida y formar una familia. Llega directamente a Iquique. Alguien  le ha aconsejado venir a  asentarse en Tarapacá,  tierra de promisión,  la tierra del salitre y del guano. Seguramente,  Heinrich había oído hablar en Alemania de este notable abono natural (el nitrato de sodio o NaNO3) que por decenios inundó profusamente de propaganda  los mercados alemanes y europeos. Chile era allá mucho más conocido por su nitrato ( Chile Salpeter en alemán) que por otras bondades como su agradable clima, sus lagos o sus impenetrables bosques sureños.

Una vez en Iquique, traba relación de negocios y amistad con otro alemán, Peter Müffeler quien por entonces  regentaba una casa comercial dedicada a la importación de automóviles y repuestos. Estamos en el año 1923.  Müffeler viaja en su flamante automóvil con alguna frecuencia  a Pica, donde conocerá pronto  a su futura  esposa, Nora,  la hija del único médico del pueblo el Dr. Juan Márquez. A su paso obligado por la zona de la Huayca, por caminos de tierra que hoy consideraríamos intransitables, ambos toman conocimiento  directo del sistema agrícola de los  “canchones”,  que por entonces florecían a orilla de carretera y producían  verduras, forraje y  frutos como sandías y melones. Aquí, sin duda alguna, es cuando Froehlich vislumbra la posibilidad de instalarse e iniciar experiencias agrícolas.  Según el escritor Domingo Santa María que lo entrevista allí a mediados  del año 1953,  su interés primerizo en esta zona fue  criar gallinas, aprovechando la posibilidad de  cultivar  pasto  (alfalfa) y otras semillas a muy bajo costo, utilizando el alto nivel freático del agua subterránea que por entonces se hallaba a  muy escasa profundidad. 

Las “chacras sin riego”  de la pampa, venían siendo conocidas desde tempranos tiempos  españoles –y tal vez desde  mucho antes -, pues los indígenas de costa peruana las  conocían con el nombre de  “mahamaes”.  Estas “chacras” lucían a su paso como  verdaderos vergeles en medio de las ardientes y sedientas arenas del Tamarugal. Si las viñas se daban tan bien en la cercana localidad de Pica, desde tempranos  tiempos coloniales, ¿por qué no podrían también darse  con éxito  en un clima  de temperaturas más  cambiantes entre el día y la noche, con elevadas temperaturas  diurnas?.  Había que probar.  Y Froehlich – no me queda duda alguna- convence a Müffeler para formar una sociedad en la que él (Froehlich) pondría su trabajo y su tenacidad y Müffeler, el comerciante,   el dinero para comprar la primeras cuatro hectáreas en el sitio llamado “Los Puquios”, donde  ya existían pozos  y plantíos de  vegetales  en “canchones”.

¿A quién compraron?. No nos consta. ¿Cuánto les costó?, tampoco sabemos.  Pero a los pocos años, tras  exitosas experiencias con gallinas, gansos  y chiqueros de cerdos,  deciden plantar las primeras vides.  Las cepas –según Eleonor Froehlich, hija única de Heinrich, consultada por nosotros al efecto en 1995,  habrían sido traídas desde la zona de La Serena.  En los inicios del año 1929 –cuando el que esto escribe hacía sus primeros balbuceos-,   Froehlich empieza  a plantar su viña la  que  bautizará  significativamente como   “Froehliches Weinberg”, expresión  que  en  lengua alemana significa a la vez   “Viña Feliz”  y “Viña Froehlich”.

La tapa del álbum fotográfico que muestra  el desarrollo de sus experiencias agrícolas, a partir de febrero 1929  dice textualmente:  “El nacimiento y desarrollo de la Viña Froehlich a partir de febrero 1929”.   F y M  son iniciales por Froehlich y Müffeler.

Siguen años de intensa y frenética actividad agrícola sobre la  cual Domingo Santa María, testigo presencial, comenta: “Bajo el cuidado cariñoso de este hombre, se ven todos los cultivos debidamente controlados, con experimentación de abonos y enmiendas. Se extienden allí las canchas variadas: alfalfa, algodón, tomates, cebollas, lechugas, trigo,  viña, palmas datileras y tantas otras”. (Cf. El Diario “El Tarapacá” de Iquique, domingo 5 de julio de 1953).

Froehlich no solo planta en forma entusiasta, también experimenta y  lleva controles meteorológicos estrictos, registros  de fechas de siembra,  de tipos de abonos y semillas, sobre todo cuando la CORFO, hacia el año 1946, observando sus notables éxitos, le contratará  en  su predio de Canchones, al frente de Los Puquios,  para hacerse cargo de una “Estación Experimental Agrícola”. Esta será  una de las cinco que esta institución estatal  abrirá  con éxito  a partir del año 1943 para la investigación agrícola en diversos sectores de la pampa del Tamarugal. La CORFO, en esas décadas,  estudia y analiza  las potencialidades  agrícolas de la pampa,  tarea lamentablemente dejada de lado hoy, justo cuando ciudades como Iquique, Alto Hospicio, Pozo Almonte  y Huara   alcanzan una población conjunta cercana ya   a los  400.000 habitantes, constituyendo un poder comprador  enorme que hoy tiene que abastecerse desde la lejana  Arica o La Serena.
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Hacia  1930,  Froehlich considera que  su situación económica se ha consolidado lo suficiente y piensa seriamente en  contraer matrimonio.  Ya no es tan joven. Cuando su futura esposa,  Martha Bohm, llega por fin por la vía del Cabo de Hornos desde Golzow, Alemania,  en 1932 para constituir  una familia, Heinrich ya tiene  30 años bien cumplidos. ¡Extrañamente, solo se habían conocido previamente  por correspondencia!.  Una  única hija, Eleonor  alegrará este matrimonio  al llegar al hogar pampino  de Los Puquios en el año  1935. Ella  disfrutará, en plena pampa reseca,  de  los graznidos de gansos, gallinas o patos, o  del rebuznar de burros y  mulas de carga.  Junto a los fieles peones  de la Estación Experimental,  y a su fiel burrito regalón, recorrerá muchas veces  las callejuelas angostas de La Huayca, musitando sus canciones en alemán, enseñadas por su madre.  Primero en casa  aprenderá solo el alemán;  más tarde, ya niña, será  el castellano, que le enseñará su propia madre, diccionario en mano. Hasta hoy, la pampa ejerce sobre ella una fascinación indescriptible, unida a sus más lejanos recuerdos de niñez.
                     
                      
Fig. 3. La familia Froehlich-Bohm en  el  predio de Los Puquios  hacia el año  1950.

Cuando la CORFO le confía la  dirección de la Estación Experimental de Canchones, Froehlich acumula ya una experiencia de más de 20 años en la zona. Ha probado todo. Conoce como nadie las veleidades del clima pampino  y de los vientos repentinos que levantan nubes de polvo salino. Su rica experiencia induce a la CORFO a  proponerle  en  el año  1956,  partir  a Antofagasta, a transformar esta vez  los  áridos suelos arenosos de “La Chimba”,  lugar donde  crea, al poco tiempo, con el apoyo de ingenieros agrícolas especializados,  un vergel  que riega con novísimos sistemas de riego por aspersión.  ¡Aquí no hay aguas subterráneas a escasa profundidad, como en Canchones!.  En el invierno del año 1963, tuve yo mismo la gran  suerte de conocer esta experiencia en la zona de “La Chimba”,  en mis recorridos por los sitios arqueológicos vecinos a la ciudad. La quebrada de “La Chimba” era uno de ellos. Aquí probará nuevas variedades de claveles y experimentará con el aprovechamiento de la basura como abono: ¡todo un  innovador tecnológico!. Aquí, igualmente, ejercitará gustoso sus cualidades de músico al integrar como violinista la orquesta sinfónica de la ciudad.
                                       
                                          
Fig. 4.  Froehlich  acariciando su burrita preferida, la cabalgadura de su hija Eleonor, en Los Puquios, hacia  1937-38.

De las experiencias agrícolas de Froehlich  no quedan hoy  sino los Informes presentados puntualmente a CORFO, firmados por él y  un par de álbumes de fotografías de sus cultivos tanto en “Los Puquios” (Tarapacá)  como en “La Chimba” (Antofagasta). Éstos, más otros documentos relativos a sus experiencias agrícolas, podrán examinarse y estudiarse, por fortuna, en el Archivo Regional de Tarapacá de la DIBAM, en las dependencias de la biblioteca de la Universidad Arturo Prat de Iquique,  donde han  sido recientemente entregados por expresa voluntad de su hija Eleonor.

                  
Fig. 5.  Etiqueta original de los vinos “Canchones” de Froehlich y Müffeler.


Heinrich Froehlich, el genio creador de viñas pampinas,  fallece el 8 de octubre del año 1966 en Santiago, donde fue llevado de urgencia desde Antofagasta. Fue demasiado tarde. Nunca se preocupó de su salud, ya resentida por su afición desmedida al cigarrillo, tanto fue el amor  que prodigó a manos llenas a  su nuevo terruño: el desierto chileno que siempre consideró como su nueva patria.  El gobierno de Chile le concedió, por sus grandes méritos, la Orden al Mérito en  1939  y, posteriormente,  la ciudadanía chilena  por gracia y por sus notables méritos   estando ya en los campos de “La Chimba”,  en Antofagasta.

La desaparición de este gigante, ocurrió hace exactamente cincuenta años.  En estos mismos días, sin saberlo, la Universidad  Arturo Prat en Canchones  celebra y festeja  la séptima vendimia de las parras,  hijas y nietas de las mismas cepas plantadas por Froehlich entre  1929 y 1930.  Pero la figura de su genial autor, el creador, el soñador,  parecería estar  ausente.

 Al parecer, nadie aquí en Tarapacá se ha  percatado de este aniversario, el  que ha  transcurrido en un sepulcral  y  casi religioso silencio. En el predio universitario de Canchones  -su campo experimental por tantos años-  tampoco resonaron las campanas del recuerdo. Los alumnos de agricultura del desierto, no lo supieron ni lloraron por él… Tampoco  en Iquique, su ciudad adoptiva, ha tenido lugar alguna especial recordación en su homenaje.  Es el destino de los grandes: “crear  con su  tenacidad e ingenio grandeza, para luego desaparecer calladamente, dejando sin embargo una tenue estela visible”.

A la postre  -lo sabemos- “la verdad termina por triunfar”. La historia,  fiel  y respetuosa de las acciones del pasado, se encargará de ello algún día. Es en parte el motivo y la justificación de esta nota de recuerdo que entregamos con satisfacción hoy a nuestra olvidadiza y desmemoriada Región de Tarapacá.  Creemos que esta Región no puede ni debe olvidar a sus próceres, a  aquellos escogidos que la hicieron grande. Éste fue -qué duda cabe-  uno de ellos.  Y uno de los grandes. Heinrich  Froehlich  merecería tener, a juicio de los expertos,  un monumento  digno  e imponente,  en el sitio mismo de sus audaces y exitosas experiencias: en el corazón de la pampa del Tamarugal, en Canchones. Para recuerdo perpetuo y ejemplo de las futuras generaciones. Tal vez esto ocurrirá  algún día… ¡Ojalá!.

Apéndice fotográfico.

Fig.  6. los padres de Heinrich en Eisenach, en  imagen captada en 1919, según consta al  reverso de esta fotografía.


                                           
Fig. 7.   En su casa de Los Puquios, levantada por  el esfuerzo de Froehlich hacia  1932. Aquí Eleonor, su hija,  tiene unos  seis años. Fecha probable de la fotografía  1940 o 1941.

                            
         Fig. 8.   Pequeño recordatorio levantado en el fundo Canchones, propiedad actual de la Universidad Arturo Prat, en julio del año 2008.  La lápida fue traída  por su hija desde Santiago.                                   

Fig 9.  El entorno  del pequeño monumento en el predio agrícola de Canchones, que  hoy casi pasa totalmente desapercibido al visitante. Aquí mismo, junto a las antiguas construcciones de la CORFO, aún en pie, debería alzarse un digno monumento futuro a  las figuras de estos dos alemanes por su titánica obra de crear una viña  en el Tamarugal y un vino de  sin igual calidad.


Epílogo.

Nos parece obra de elemental justicia  destacar con un monumento digno las figuras de H. Froehlich y P. Müffeler quienes comprobaron experimentalmente las potencialidades agrícolas de esta pampa, otrora solo poblada de tamarugos y retamillas. 


(Nota:   más antecedentes personales  e imágenes de H. Froehlich y su obra en el Tamarugal, podrá encontrarse en este blog http:/eco-antropologia.blogspot.com bajo las etiquetas o rótulos:  Heinrich Froehlich, Martha Bohm, Los Puquios, Vitivinicultura, Pampa del Tamarugal). 

viernes, 21 de octubre de 2016

Referencias al Camino del Inca en la obra del naturalista Rodolfo Amando Philippi: Ojeando su obra: "Viage al desierto de Atacama" (1860).

Nos hemos deleitado recientemente releyendo, por  enésima vez,  la obra magistral del científico y naturalista alemán R. A. Philippi "Viage al desierto de Atacama", publicada en edición  simultánea en castellano y alemán, en Halle (Sajonia)  en 1860. Hurgando entre sus densas páginas uno encuentra, cada vez, nuevos tesoros semiocultos entre una verdadera jungla de descripciones científicas de plantas y animales halladas por él en el desierto. Asombra, a la verdad,  la notable capacidad de observación del sabio y su increíble memoria para retener tanta y tan variada información. Sabemos que tomaba breves notas en terreno a la vez que hacía  mediciones y cálculos de altitudes, mientras colectaba celosamente especímenes de plantas y animales para su Museo de Santiago. Así y todo, conociendo las terribles penurias de su viaje  en mula y  a veces a pie  y las privaciones propias de un lento transitar por regiones sujetas a bajas temperaturas, terrenos pedregosos y vientos heladísimos, nos impresiona vivamente  su capacidad de retención y su demostrado  interés por las más variadas expresiones  de la Naturaleza y del hombre, su ocupante. Casi nada escapa a su atención.  Con el mismo interés y disciplinado  ejercicio todo lo observa y anota,  y todo lo pregunta incansablemente. Sus arrieros -como el mismo varias veces lo indica en su texto-  son para él fuente decisiva de información tanto geográfica y económica,  como ecológica y antropológica. De ellos aprenderá ciertamente los nombres de parajes recorridos y topónimos de cerros y fuentes de agua. Los nombres de lugares (topónimos) y los nombres de plantas y animales, asì como sus virtudes, utilidad y  modo de empleo, ilustrarán tanto su cartografía final (dibujada prolijamente por su compañero de viaje  el ingeniero Guillermo Döll), como sus capìtulos descriptivos redactados en castellano y en latín.


 El  viaje transcurre entre el 30 de noviembre  de 1853 (Caldera)  y el 27 del  mes de  febrero del año 1854 (Copiapó), esto es un total de  91 días de recorrido ininterrumpido, de acuerdo a las observaciones astronómicas y geográficas anotadas prolijamente por Philippi (Cfr. Philippi, reedición 2008:  163-171).  Philippi no era por entonces un hombre  joven. Tenía ya 45 de edad bien cumplidos cuando inicia su agotador viaje por tierra desde el puerto de Taltal. 

Referencias al camino del Inca.

En varias secciones de su obra, Philippi hace referencia al "Camino del Inca". Analizaremos   las citas una por una para descubrir aspectos que  para él son importantes. Para  él, esta huella especial posee ciertas características  que claramente la diferencian de otras rutas del desierto que a eél le toca seguir a menudo. Veámoslo.

Primera referencia. La primera mención la hallamos en su relato del 19 de Enero del año 1854 en el trayecto de  Imilac a los Altos de Pingopingo:

"El lugar más alto del camino que alcanzamos a la una de la tarde tendrá  sus  3.672 metros de elevación. Desde este punto se presentan  muy bien los altos cerros al oriente, el Púlar, Péltur, Socompas, etc. El camino del  Inca atravesaba el nuestro viniendo del norte por un pequeño vallecito, pero lo cruzamos sin verlo: Don Diego no se acordó de mostrárnoslo y ese camino es un trabajo tan insignificante que  no salta a la vista. Desde  esa altura el camino baja insensiblemente, siendo la loma ancha casi horizontal y formada casi solamente de ripio como lo demás del desierto". (Philippi, edic  2008:60-61).

Comentario nuestro:

a) El camino Inca  tiene un evidente rumbo norte-sur,
b) Se le cruza casi sin verlo porque  apenas es reconocible a la vista.
c) Presenta un trabajo insignificante.
c) Solo supo  Philippi de su existencia porque su guía don Diego de Almeyda lo recordó poco después.

Segunda referencia:  al sur del pueblo de Toconao. Fecha:  22 de Enero del año 1854:

"Casi en la mitad del camino (del Agua de Carvajal a Atacama) hay una aguada llamada agua de Chile, chilipuri en idioma atacameño, y luego el tambillo inmediato al camino y a unos charcos de agua llenos de chara  (chara, nombre atacameño dado a un alga muy abundante en los charcos y  pequeñas vertientes andinas)).  Es una de las casas levantadas en los caminos de Bolivia para alivio de los viajeros, institución benéfica que data de los tiempos de los Incas.  estas casas se llaman propiamente tambo (tambillo es el diminutivo). Es un solo cuarto, con paredes de barro, techo de lo mismo, sin otra abertura que la puerta y con un banco igualmente de barro a lo largo de las paredes. Desde el tambillo se divisa bien la arboleda del pueblecito de Toconao a la derecha, A tres legua y media de distancia,  y aún la grande (arboleda) de Atacama..."  (Ibid: 2008: 65).

Comentario nuestro:

a) el tambillo o chasquihuasi se hallaba  junto a unos charcos de agua. Donde esto fue posible,  estas casitas o recintos para los viajeros fueron construidos cerca del agua. Esto mismo lo hemos observado  nosotros  en Suca (Tarapacá)  en Tamentica,  (quebrada de Guatacondo) y en la quebrada de Maní,  junto al trazado del Camino Inca que  atraviesa toda la pampa del Tamarugal.
b)  Describe este tambillo como hecho de paredes y techo de barro con una sola puerta  y provisto de un banco lateral que servía  como cama, para  poner allí  los cueros y mantas de lana  para  dormir.
c) construidos  solamente para alivio y dormitorio de  los caminantes en sus viajes. No son casas de residentes.


¿Como supo Philippi de la existencia del Camino del Inca?

Nos preguntamos: ¿Cómo se enteró de que se trataba de  una vía incaica y no de otra huella cualquiera más reciente?. Somos de opinión de que esto se debe muy probablemente  a dos circunstancias:  a) Philippi había leído  detenidamente a  sus predecesores, en especial a Von Tschudi y D´Orbigny y, ademas, está familiarizado con  los relatos de los cronistas españoles  que describen el paso por el desierto de Atacama. Por tanto, ya sabe acerca de su existencia.  b) Parece entonces natural que preguntara por su trazado a sus guías atacameños y a Don Diego de Almeyda.  Lo dice expresamente. Este último también lo conoce por este mismo nombre y lo  ha seguido en alguna de sus secciones cuando buscaba afanosamente  minas. La existencia de esta vía norte-sur era, pues, bien conocida para los residentes  atacameños, pero no le daban importancia alguna, tan habituados estaban  a su  existencia.




viernes, 30 de septiembre de 2016

Resumen de nuestras primeras experiencias en captación de la camanchaca costera: años 1980-2000. Cerros de El Tofo (IV Región) y Alto Patache (I Región de Chile)


Fig. 1.  Uno de las primeras cortinas captadoras o atrapanieblas, levantada por nuestro equipo de la Universidad Católica en cerros altos de la cordillera de Buenos Aires, rumbo a la comuna de La Higuera, en la parte norte de la IV Región de Chile. Obra del geógrafo Nazareno Carvajal, miembro de nuestro equipo inicial  (1982). Con anterioridad a este diseño nuevo del tipo "cortina", los instrumentos confeccionados por los físicos de la Universidad del Norte de Antofagasta, utilizaron cilindros con hilos muy finos de polietileno, o estructuras macrodiamante. Creemos -si no erramos- que este diseño  de estructura horizontal, provisto de 8 paneles llenos de finos hilos verticales de polietileno,  fue un paso decisivo previo a la utilización de la malla raschel, que nosotros empezamos a usar por primera vez en el año 1982.  Debido al lento y excesivo trabajo que demandaba el confeccionar cada panel, formado por multitud de hilos finos de polietileno, este sistema fue pronto abandonado por nosotros y sustituido por el uso de una malla grande, tipo raschel, que cubría la superficie  del aparato.

Resumen de nuestras experiencias en camanchaca.

El día primero de Mayo del año 2000,  esto es hace ya más de dieciséis años,   redactamos  en equipo un resumen de nuestras experiencias durante veinte años en la investigación de la camanchaca costera en el norte de Chile. El documento, cuyo texto ofrecemos a continuación,  constituye una buena síntesis de lo logrado durante ese lapso de tiempo. La redacción es nuestra (Horacio Larrain). Creemos que este documento, que ha quedado inédito hasta ahora, no debe desaparecer pues constituye un testimonio vivo de los esfuerzos desplegados por un grupo de personas durante dicho período para desentrañar los misterios de la niebla costera en beneficio de las comunidades aledañas a la costa. A la vez, es un testigo fiel de  los anhelos e ideales que los pioneros acariciaban por esos años. Esperamos confiadamente que dichos ideales sustenten, apoyen y alienten, igualmente,  el espíritu de empresa de  nuevas generaciones de  jóvenes especialistas que lleven por fin a la práctica  muchos de nuestros audaces sueños de antaño.

Hemos creído pertinente  agregar notas nuestras a este documento  con la finalidad de destacar ciertas iniciativas, aclarar conceptos  o  plantear  nuevas ideas que  surgen  de nuestra experiencia de campo de  más de  treinta años. Acompañamos el documento con algunas fotografías de  época que ilustran bien  la epopeya  emprendida  con tanto entusiasmo 

Texto del documento.


Primeros pasos en la investigación sistemática de la neblina costera en Chile.

Hacia 1958,  los físicos Germán Saa  S.J., Raúl Muñoz y Carlos Espinosa A. (1)   y el matemático  Aníbal Gálvez, investigadores del Departamento  de Física de la  incipiente  Universidad del Norte (Antofagasta)  (2) fabricaron  y probaron  los primeros instrumentos para  captar el agua de la neblina en el Norte de Chile (3) . Pronto se les agregó el físico Ricardo Zuleta, de la misma Universidad. Distintos lugares de la costa de Antofagasta (Mina Andrómeda, Cerro Moreno, Los Nidos) ofrecieron  lugares aptos para estudiar el potencial de agua contenido en  la nube.  Eran los años pioneros, llenos de ilusiones y esperanzas; no importaban los fracasos. Diversos diseños de extrañas estructuras (macrodiamante) poblaron los acantilados de los cerros costeros.  La arpillera  absorbía por entonces  el agua condensada  (4).

Los pioneros de la Universidad Católica.

En Enero de 1980, el antropólogo de la U. C. Horacio Larrain  Barros descubre, en las alturas de El Tofo, un lugar aparentemente  apto para  hacer experiencias de captación de agua de niebla (5).   Situado a  900 m. de altitud, proximidad  al mar y a la caleta de pescadores de Chungungo, y  dotado de óptima exposición al SW, presagiaba  un éxito casi seguro. Un día primero de Mayo de 1980,  Pilar Cereceda  (6), Horacio Larrain (7), Joaquín Sánchez (8) y Nazareno Carvajal (9), con un grupo de alumnos de Geografía de la U.C., acampan en Playa Temblador, a 90 km. al N. de La Serena. Gracias a los consejos del físico Carlos Espinosa A., que generosamente nos ofrece su  valiosa experiencia anterior, Nazareno Carvajal confecciona nuestro primer atrapanieblas:  el tipo 111115, un  cilindro de  2.0  m. de alto,  repleto de centenares de finos hilos  verticales de polietileno, montado sobre un pequeño bidón  metálico de 100 litros. Instalado dicho día en una ladera, a los 550 m. de altitud, ofrecía, al día siguiente, ante nuestros ojos atónitos, 4.75 litros de pura agua de la nube (10). El milagro  esperado se había consumado: la neblina  contenía  agua en abundancia.


Las experiencias en “El Tofo”.

Entre 1980 y 1983, el pequeño equipo del Instituto de Geografía de  la Universidad Católica y el Instituto de Estudios y Publicaciones Juan Ignacio Molina de Santiago (11), aúnan esfuerzos y ganan pequeños Proyectos ante la SERPLAC de la IV Región. Su ambicioso objetivo, era nada menos, que  probar la factibilidad de captar agua de la niebla, en las alturas de El Tofo (900 m.), para dotar de agua potable  a los habitantes pescadores de la caleta Chungungo (12). Hacia 1982, la CONAF se  incorpora al Proyecto,  y uno de nosotros  (H. Larrain), contratado por la CONAF (13), prueba diversos aparatos y estructuras, de las más bizarras formas, y se  experimenta con  toda la gama existente de mallas que ofrecía  el mercado (14). A la vez, se instala varias parcelas forestales de experimentación (15).  Hacia mediados de 1984 ya habíamos colocado, en la cima de El Tofo, un gigantesco atrapanieblas  de 90 m2 de superficie de captación (16), provisto de malla raschel, la mejor de cuantas habíamos ensayado durante un año. Se había comprobado en terreno  la  alta  eficiencia  de esta malla, de peculiar diseño  romboidal (17).  Este aparato, un día del mes de  agosto de 1984, fue capaz de entregarnos, en una  sola noche, 2.700  litros de agua. Para surtir de agua nuestra propia Estación de Campo, que nos fuera cedida por la Cía. de Acero del Pacífico (CAP) (18)  se instaló un tambor metálico  con capacidad de 5.000 litros.  Ochenta metros de manguera  de PVC  lo unían al captador, situado  30 metros más alto.  En adelante,  el agua de la niebla  satisfaría  por completo las necesidades de la Estación y sus moradores.

La CONAF y el Environmental  Service del Canadá.

La Corporación Nacional Forestal (CONAF)  continuó la tarea de proseguir las mediciones sistemáticas del agua captada  e  instaló varias parcelas forestales de experimentación  en las alturas, cerca de los aparatos. Horacio Larrain, ahora contratado por CONAF (19), se hace cargo de la Estación de “El Tofo” durante dos años. En 1983,  las tres instituciones, la Universidad Católica, la CONAF  y  el Atmospheric Environmental Service  del Canadá (19), presentan un  proyecto de envergadura para dotar de agua potable a Chungungo. La Universidad de Chile instala  in situ una micro-estación meteorológica (20).   El año 1985 se da la aprobación al  Proyecto  con  la asesoría técnica  del  Dr. Robert Schemenauer (21). Las investigaciones en marcha  culminarán, en solemne ceremonia,  con la entrega oficial del agua potable, por parte del Ministro de Agricultura y la Embajada del Canadá,  a  la comunidad de Chungungo, un día del mes de  mayo del año 1992.  ¡Se hacía  por fin realidad el sueño de los primeros pioneros de la Universidad Católica!.(22) Actualmente, 100 captadores,  cada uno de 40  y 48 y m2 de superficie  de captación,  grandes estanques y una  extensa aducción que  salva  los 600 m. de desnivel y los  casi  seis km. de distancia,   surten de agua  potable al poblado de 550 pescadores. Chungungo podía darse ahora  el lujo  de beber el agua de la nube, regar sus huertos y jardines y lavar sus redes de pesca. Era la primera  experiencia  exitosa de este tipo en Chile (23).

El impacto  nacional e internacional

A partir del año  1990, igualmente, Pilar Cereceda, Robert Schemenauer, Pablo Osses y otros,  establecieron contactos con agencias internacionales las que financiaron  proyectos similares de captación en áreas  alejadas  como  el Sultanato de Omán en Arabia, Nepal, Namidia y Sudáfrica  (24). En América  Latina, hemos tenido presencia en México, República Dominicana, Perú y Ecuador.  En Chile,  tenemos en la actualidad aparatos de medición  en cerro Talinay, Chañaral, Fundo Canchones (Pampa del Tamarugal), en las cercanías de Iquique, en  Cerro Guatalaya y Alto Patache, de suerte que ya podemos  establecer mediciones comparativas del potencial de la niebla, según zonas geográficas (25).  El ideal es  incrementar esta red de aparatos de medición,  con el objeto de  establecer un catastro de zonas susceptibles de ser utilizadas  para la producción de agua potable.

Inicios de la investigación en la costa de Iquique  (1996).

A mediados de 1996, Pilar Cereceda y  Pablo Osses se contactan con Horacio Larrain, ahora profesor en  la Universidad Arturo  Prat de Iquique, para  reiniciar  las investigaciones sobre neblinas en la costa de Iquique. Este último había detectado (26) dos posibles lugares de captación de agua de niebla: uno en Alto Patache, a 850 m. de altitud,  en los acantilados costeros a 65 km. al sur de Iquique,  y el otro, en Cerro Guatalaya, a 15 km. en línea recta  al E. de  las ciudad de Iquique, en el trayecto entre Alto Hospicio y Humberstone, a 1050 m de altitud. La presencia de vegetación y de una rica fauna entomológica asociada (27) , fue  el mejor detector del área sometida a  la neblina.  Los primitivos habitantes de la costa (28) , habían visitado el lugar desde algunos  milenios antes, y dejado allí abundantes vestigios de su actividad  de caza y recolección terrestre (29). Con la visita realizada  a los sitios  señalados, se decidió presentar un Proyecto Fondecyt (Nº 1471248)  el que se inició formalmente en Julio de 1997. Su objetivo: medir comparativamente, a distintas distancias de la costa, varios parámetros físicos  (colecta de agua, temperatura,  vientos), de sitios ubicados en la costa (farallón  costero) y Pampa del Tamarugal. Para ello se realizaron varias campañas de terreno, de semanas de duración (30).

Estudio  de  los ecosistemas de niebla.

Iniciadas las mediciones en el sitio Alto Patache  en julio  de 1997, los  miembros del equipo (31), deciden sacar partido de las visitas semanales obligadas, para iniciar colectas sistemáticas de la entomofauna y observaciones sobre la  flora y fauna local (32). Se ha logrado obtener así, tras  33 meses de observaciones, un cuadro muy detallado de lo  ocurrido  en el ecosistema local, durante el período de influencia de la corriente de  “El Niño” (1997 - 1998) y los episodios climáticos subsiguientes (“La Niña”: 1999 - 2000). Se ha podido constatar, de este modo, la presencia de una rica  flora y fauna, asociada  tanto  a los  episodios anuales de lloviznas (producto de la camanchaca), como a lluvias ocasionales locales que provocan in situ  el fenómeno del “desierto florido” (33). Por esta razón,  los científicos del equipo han decidido  conservar este sector como  una auténtica  “área de protección  ecológica”, cuyo objetivo sea  salvaguardar el ecosistema local para las futuras generaciones  de científicos, evitando en lo posible  la  intervención  humana (34). Para ello se va a instalar  una barrera  que impide el  tránsito de  vehículos,  y  se ha colocado letreros  alusivos  al área protegida.  Es nuestro anhelo que esta zona, tan peculiar y  notable en sus especies florales y fauna asociada, sea solo  un campo de estudio para  los especialistas de todo tipo, aislando el lugar de las miradas de  terceros (turistas) (35).  Con esta finalidad, el equipo recurrió a la Cía. Minera Sal de Lobos, situada en el vecino puerto de Patillos, la cual ha apoyado esta iniciativa construyendo para nosotros in situ una pequeña Estación  de  Campo  (36) la que hemos bautizado con  el nombre de uno de los  más connotados pioneros del estudio de la camanchaca en Chile: Carlos Espinosa Arancibia (37).  La Compañía, además,  financia  buena parte del combustible  que se necesita semanalmente en las visitas de inspección y estudio (38).

Mirando hacia el futuro

 El objetivo de mediano plazo es  lograr  convertir este lugar en el primer sitio de estudio sistemático  y  global de  los oasis de niebla en Chile (39). Aspiramos a realizar experiencias de tipo físico en captación de la energía  eólica y solar, para surtir a la Estación de energía eléctrica  no contaminante (40). El sueño del agua propia se ha cumplido;  nos falta  contar con energía propia. Está por instalarse un gran captador, de 80 m2 de superficie de malla, el que servirá para realizar  distintas experiencias de riegos simulados, para investigar la respuesta del ambiente y de las distintas especies de plantas y animales (41). De este modo, estamos demostrando a Chile y al mundo que es posible habitar sin contaminar;  investigar sin destruir;  visitar sin  interferir  en  el  desarrollo de la vida local. Es parte de la tarea que nos depara el futuro.  Con  el desarrollo de la etapa actual,  hemos cumplido exitosamente 20 años de estudio de la camanchaca costera. Esperamos que el futuro nos brinde nuevas posibilidades de desarrollo de esta tecnología limpia para beneficio humano (42).


Pontificia Universidad Católica de Chile, Instituto de Geografía; Instituto para el Estudio de la Cultura y Tecnología Andina (IECTA).


Firman el documento  los miembros del equipo:  Dr. Horacio Larrain  B.,    Pilar  Cereceda T.,   Pablo Osses M.,   Raquel Pinto  B.,  Pedro Lázaro B.,  A. Ugarte  P.   y   Flavia Velásquez G.


Notas nuestras al documento.

(1)  Carlos Espinosa  Arancibia, nacido  en el puerto de Taltal el año 1924, llegó muy joven, como profesor de física, a la naciente Universidad del Norte, fundada  en  la ciudad de Antofagasta  el año 1955 por el sacerdote jesuita Gerardo Claps Gallo. Contó, desde sus inicios, con el apoyo y respaldo de su orden, la Compañía de Jesús en Chile.

(2)  La Universidad  del Norte,  fundada y  regentada por los jesuítas, tuvo desde sus inicios la misión de servir con un espíritu profundamente cristiano a las familias del extremo norte del país,  fomentando  el desarrollo de las potencialidades del desierto  nortino y sirviendo a sus necesidades básicas. 

(3)  La iniciativa en estos estudios partió de Carlos Espinosa.  De espíritu entusiasta y mente abierta, Espinosa supo conquistar  a algunos de sus colegas de departamento, entusiasmándolos  con este proyecto del estudio de las nieblas, típicas de la costa de Antofagasta. Muy luego se le  sumó un sismólogo uruguayo, el jesuíta Germán Sáa  S.J., del mismo departamento.  El aporte decidido de Germán Sáa es uno de los capítulos casi del todo olvidados en esta epopeya del  desarrollo del estudio de las neblinas costeras en Chile. 

(4) Espinosa comenzó probando instrumentos cilíndricos, repletos de hilos finos perpendiculares de polietileno, imitando el modelo patentado por el  climatólogo  alemán  Grunow. Posteriormente,  diseñó  y patentó una gran estructura compleja  que calificó de "macro-diamante" cuyas múltiples caras cubría con arpillera. La estructura, de un armado complicado y lento, se mostró a la larga,  muy difícil para transportar y armar, y de difícil anclaje y medición en el terreno. Una de estas enormes estructuras, fue probada por nosotros en lo alto de los cerros de El Tofo en el invierno del año 1983. Si bien producía grandes cantidades de agua, su monto era difícil de  calcular  y la arpillera absorbía agua en exceso que luego  en gran parte se evaporaba y perdía. Tras un par de semanas de exitosa prueba en El Tofo, sobrevino un  ventarrón violento que lo arrancó de raíz de sus amarras y lo destruyó por completo, arrojándolo contra los árboles vecinos. El aparato presentaba superficies demasiado grandes expuestas al fuerte viento adveniente, lo que produjo su desprendimiento y posterior destrucción.  

(5)   El relato circunstanciado de nuestro descubrimiento casual del sitio de niebla de "El Tofo", situado en el Cordón Sarcos, IV Región de Chile, a unos 75 km al norte de la ciudad de la Serena se describe en un capítulo de este mismo blog.  Esto ocurrió en el mes de Enero del año 1980  con ocasión de una visita de vacaciones de verano con mi familia.  A nuestro regreso a  Santiago, comunicamos el hallazgo del lugar a Pilar Cereceda, geógrafa de la Universidad Católica, quien se entusiasmó de inmediato con la potencialidad  que el lugar parecía ofrecer para experiencias de captación de agua de la niebla.  

(6)   Pilar Cereceda era por  entonces (1980)  una joven geógrafa del Instituto de Geografía de la U.C., vivamente interesada en temas de geografía física y climatología. Aquí se inició en sus estudios de niebla, especialidad que con tanto éxito ha practicado durante toda su carrera profesional.

(7)   Horacio Larrain, antropólogo cultural y arqueólogo, con estudios de postgrado en México y Estados Unidos, había ingresado al Instituto de Geografía de la Universidad Católica en Marzo del año 1973 como profesor del ramo de Antropología. Invitado por el entonces director del Instituto, el geógrafo humano Hugo Bodini Cruz Carrera  a formar parte del "Taller del Norte Grande"  era, desde el año 1974, director de la revista del Instituto, llamada "Norte Grande". 

(8)   Joaquín Sánchez era geólogo, especializado en hidrogeología y aguas subterráneas. Era profesor por hora de la cátedra  de geología en el Instituto de Geografìa de la Universidad Católica. 

(9)  Nazareno Carvajal era un estudiante avanzado de geografía del Instituto de la U.C. y aprovechó las primeras experiencias de captación de niebla en la zona de El Tofo y Caleta Temblador (1980-81) para hacer su tesis profesional como geógrafo.

(10)  La altitud elegida para instalar el aparato de prueba construido por Nazareno (550 m.)  distaba mucho de ser la ideal. Cuando transportábamos dificultosamente el enorme aparato que el había construido con  sus propias manos desde la playa de caleta Temblador cerro arriba, la creciente frondosidad de la vegetación arbustiva existente en la ladera que mira directamente hacia el mar, nos impidió esa tarde subir más alto, como hubiese sido lo ideal. Meses tarde, todos aprenderíamos que la altitud ideal de captación se encontraba en la cima misma de esos cerros,  esto es a los ca. 900 m de altitud s.n.m.  Sin embargo, el monto de agua captada durante esa noche de otoño  medido, con una probeta, esto es 4,5, lts., nos convenció de inmediato sobre  la excelencia del  lugar. Meses después. instalaríamos con Pilar y Nazareno pequeños aparatos a diversas altitudes y  en diversas exposiciones  (al W, NW, SW, S)  de cuya experiencia aprenderíamos a  elegir el o los  lugares más propicios para la obtención de agua condensada.  Fue un lento y prolijo aprendizaje de tres años,  mediante la aplicación del método de "ensayo y error" ( "trial and error method"). 

(11) El "Instituto de Estudios Juan Ignacio Molina" fue una notable creación científica ideada por el entomólogo chileno Luis Peña Guzmán y el ingeniero Alberto Vial Armstrong, creadores ambos y cerebros de la revista de difusión científica "Expedición a Chile",  que  apareciera en fascículos semanales entre los años 1975 y 1978. Tanto Luis  Peña como Alberto Vial apoyaron decididamente nuestros humildes comienzos de investigación en los cerros de El Tofo, dándonos generoso apoyo y cobijo en su institución. Reconocemos hoy, agradecidos, el inmenso favor que ambos  en su momento  nos hicieron.

(12)  Desde un comienzo (1980), intuíamos nosotros que la cantidad de agua captada por condensación en nuestros aparatos, podría llegar a satisfacer un día las necesidades de agua de una pequeña  caleta de pescadores. Teníamos a nuestro favor el valioso antecedente de las experiencias del grupo de físicos de la Universidad del Norte, en los cerros que miran a la ciudad de Antofagasta. Yo había sido testigo presencial de dichas experiencias en Antofagasta, observadas entre los años 1963 y 1965.  No eran, pues,  simples ensoñaciones de novatos, como podrìa sospecharse. Recuerdo bien mi porfiada insistencia en  dar a este proyecto, desde sus inicios,  una finalidad social,  esto es, el procurar  tener siempre in mente, el beneficio social en pro de comunidades costeras del desierto nortino, sedientas de agua. Algunos de mis colegas dudaban del éxito del proyecto. El tiempo nos dio, sin embargo, toda  la razón.

(13)  El día 31  julio del año 1981 fui exonerado de la Universidad Católica junto a otros 600 funcionarios de la entidad, situación que me obligó a buscar trabajo para mantener a mi familia. Corrían tiempos muy difíciles para  las Universidades, las que debieron recortar drásticamente sus presupuestos y su dotación de personal.  Los contactos previos que yo había mantenido con el ingeniero forestal Guido Soto, director de la oficina de la Corporación Nacional Forestal (CONAF) en la ciudad de La Serena, me abrieron la posibilidad de integrar la planta de CONAF, y se me confió  el puesto de "Encargado del Predio de El Tofo". Este nombramiento providencial, que me permitió sobrevivir por espacio de unos  tres años, fue para mí la maravillosa ocasión para  pasar muchos días en las cimas de los cerros de  El Tofo, viviendo en carpa  e investigando la flora y fauna del área, e intimando con los botánicos e ingenieros forestales de la ciudad de La Serena. Época de mi vida que recuerdo con singular afecto, por el gran apoyo recibido de mis colegas en esa época difícil de mi vida. 

(14)  Una de nuestras primeras actividades en lo alto de los cerros de El Tofo a partir del año 1982, fue probar, en pequeños aparatos idénticos, puestos uno al lado del otro y exactamente a la misma altura desde el suelo, diversos tipos de mallas finas, todas las que pudimos obtener en el mercado. Probamos así no menos de seis tipos diferentes, entre ellas,  la malla negra del tipo raschel. No solo importaba la  productividad lograda, sino también la durabilidad en el tiempo. Algunas, como la malla "tipo mosquitero", muy finas, eran excelentes condensadoras de la niebla, pero duraban muy poco a causa de la intensa corrosión por efecto de la gran humedad reinante, debiendo soportar en ese medio, durante muchas horas al día, humedades relativas cercanas al 100%. Tras un año de prolijas mediciones comparativas, optamos decididamente  por un tipo especial de malla raschel empleada en sombreaderos y de un tipo peculiar que, por su diseño, facilitaba el escurrimiento rápido de las pequeñísimas partículas de agua recién condensada proveniente de la nube arrastrada por los vientos alisios. En mis cuadernos de campo de dicho período se  puede hallar escrito el detalle de todo lo aquí señalado. 

(15)  Instalamos  pequeñas parcelas de forestación,  asesorados por el ecólogo vegetal Rodolfo Gajardo, de la Universidad de Chile. Gajardo visitó el sitio y  nos dio  especiales recomendaciones. La primera de ellas, cerrar cuidadosamente con alambre de púas, para evitar  el acceso de las temidas cabras,  de las majadas que existen en la zona. Los árboles recomendados por él  eran los propios del ecosistema de niebla de Fray Jorge (olivillos, arrayanes y canelos), los que por desgracia  no  fue posible adquirir  en el mercado  regional, de modo que nos contentamos con  especies de eucaliptus y pinos  además de  boldo, quillay y peumo. El desarrollo de esta especies fue muy desigual, notándose que  en corto tiempo   sus troncos y ramas se cubrían de abundantes líquenes que terminaban por ahogar casi del todo las plantas, entorpeciendo su  crecimiento. 

(16)  Aprovechamos como postes  para instalar esta  enorme cortina,  dos grandes antenas de la antigua mina de hierro, distantes diez metros una de otra que se hallaban, justamente,  en la parte más elevada del cerro, a 900 m de altitud  snm. Circunstancia que alivió notablemente nuestra tarea.

(17)  Hemos señalado más arriba que el diseño de este tipo de malla raschel formaba rombos alargados,  figuras que facilitaban grandemente el rápido escurrimiento de las minúsculas gútulas de aguas.

(18)   La Mina de El Tofo pertenecía a la Compañía  de Aceros del Pacífico (CAP). Como la mina estaba de para hacía varios años  por cierre de la explotación, todo el antiguo campamento estaba en  rápido proceso de demolición. Logramos convencer a las autoridades que nos facilitaran una casa en préstamo, mientras duraran nuestras investigaciones. Lo que nos permitió contar con un excelente  alojamiento y oficina. Asistimos  esos años (1982-85) con dolor a la implacable destrucción de suntuosas casas de directivos, de la iglesia y del hospital, así como  de centenares de  viviendas de obreros del antiguo  mineral.

(19)   Pilar Cereceda  había trabado contacto con el Dr. Robert Schemenauer, canadiense,  físico de nubes, quien se interesó mucho por nuestro proyecto y nos  brindó un generoso y cálido apoyo a través de su  institución "Fogquest".

(20)   Durante  mi estadía  en El Tofo, fui instruido en el manejo del instrumental y en  la toma de datos de la Estación  Meteorológica, información que transmitíamos directamente a Santiago. Contábamos para ello con el apoyo de un asistente contratado en La Serena, el señor  Roberto Ossandón, excelente compañero de labores.

(21)   El Dr.  Robert Schemenauer  creó en el Canadá la institución llamada  "Fogquest", la que ha financiado,  con el aporte de instituciones y personas del Canadá, numerosos proyectos de  captación de agua de niebla en todo el mundo, en particular en países del tercer Mundo, en beneficio directo de pequeñas poblaciones  rurales carentes de agua potable.

(22)  Tuvimos  el privilegio de ser especialmente invitados a este ceremonia de la llegada de agua potable al pueblo pescador de Chungungo. Pudimos apreciar personalmente cómo en cada uno de los hogares había grifos que  suministraban agua potable proveniente de la nube.  Para la bajada y distribución del agua, se utilizó los estanques de la antigua minera, situados a los  900 m.  snm. y en parte las cañerías de descenso antiguas. Tan solo se cloró el agua, por exigencia  directa de la  Dirección General de Aguas, para  evitar la proliferación de  microorganismos. El agua de la nube es en sí perfectamente potable pues proviene de la condensación  directa del agua de mar,  en la superficie del océano y no contiene  elementos minerales dañinos.

(23)  La población de la caleta  subió rápidamente  con la llegada del agua. De menos de  500 habitantes en 1980, ascendió pronto a los  660 después del año 1994.  Sus habitantes  invitaron a su parentela  del Norte Chico a asentarse en el lugar, ahora dotado de agua potable. El milagro duró poco tiempo: unos 3 años.  Tan pronto la Corporación Nacional Forestal (CONAF)  se desligó del Proyecto, dejando a los pobladores el cuidado y mantención del ya complejo sistema de captación, el sistema fue cayendo en desuso por falta de mantención. Fuertes vientos que derribaron y destruyeron captadores hechos con postes de eucaliptus, causaron el impacto inicial y no se creó una organización comunitaria sólida capacitada para reponer rápidamente los daños. La Municipalidad de la Higuera, tampoco fue capaz de asumir una responsabilidad directa en este ambicioso e inédito proyecto, por oscuras ambiciones personales que no es del caso referir aquí.  Hoy la comunidad ha vuelto al pasado, dependiendo totalmente del suministro de agua a través de un camión cisterna que les transporta, cada 15 días (si no hay un percance)  el agua desde pozos situados a una distancia de unos  40 km, cayendo de esta suerte  en una dependencia total de las autoridades de turno. Pérdida total de autonomía que los pobladores  hoy lamentan y lloran.   El sistema de control y mantención del instrumental requería de una organización  comunitaria  fuerte, del tipo Cooperativa, capaz de reaccionar de inmediato ante cualquier catástrofe natural producida por vientos de fuerza inusitada. Mientras la CONAF se hizo cargo, el sistema  se mantuvo intacto; al retirarse esta entidad estatal del proyecto, muy pronto se inició el desastre: los propios pobladores se robaron postes, alambre  y mallas de los aparatos derribados por el viento.  Experiencia lamentable que nos deja, sin embargo, una  moraleja clara:  hay que crear en las comunidades una capacidad de auto-gestión y auto-desarrollo,  incompatible con un fácil  asistencialismo  que crea insana dependencia.  

(24)  La organización sin fines de lucro "Fogquest" creada por  el Dr. Schemenhauer en Canadá llevó exitosamente esta experiencia chilena de captación de agua de niebla a muchos países del mundo, tanto en América Latina (Perú, Ecuador, Colombia, México, República Dominicana y Nicaragua) como en el Viejo Mundo  (Omán, Namidia, Sudáfrica). De esta suerte, fueron jóvenes geógrafos chilenos los que  llevaron,  durante varios años, junto con el instrumental ad hoc,  el entusiasmo y la mística por  utilizar  las nieblas para  el alivio de comunidades costeras  pobres, carentes de agua. (consulte en Internet  www.fogquest.org/f-a-q/).    
(25)   Debemos al biólogo chileno Walter Sielfeld, por entonces profesor e investigador en  el Departamento de Ciencias del Mar,  de la Universidad Arturo Prat de Iquique,   la referencia concreta a lugares de niebla en las proximidades de Iquique. Walter trabajaba en ese entonces (1995) en el estudio de la fauna marina, especialmente del lobo marino. Pero años antes había conocido al entomólogo chileno Luis Peña Guzmán y se había también interesado por la entomología, o sea, por el estudio de los insectos. Sabiendo de mi interés particular por tal especialidad, fomentada por mi amistad personal con Luis Peña, Walter tuvo la gentileza de indicarme dos lugares próximos a Iquique los que, a su juicio, debían contener una fauna entomológica endémica interesante. Uno, las alturas de Alto Patache a los  ca. 80 m. snm. a unos 65 km al sur de Iquique; el otro, los tillandsiales (formaciones de la plantas bromeliáceas Tillandsia spp.)  que adornan los cerros situados al oriente en el  hinterland de Iquique, entre los 900-1.100 m de altitud s.nm. Amablemente, me trazó un croquis de la ruta para acceder a tales lugares. No tardé en visitarlos y corroborar sus  asertos. Aquí se halla el inicio de nuestra  exitosa investigación, conducida por casi 15 años,  en Alto Patache, Cerro Guatalaya,  cerro Guanaco y Cerro Oyarbide  (1996-2012).

(26)  Nuestra primera visita a la zona del oasis de niebla de Alto Patache, ocurrió en el mes de diciembre de 1996, motivada, como se señaló más arriba, por las referencias entregadas por el  biólogo Sielfeld. Aquel día inolvidable subimos con nuestro automóvil  marca Ford Escort a los altos de Patache, salvando con dificultad la empinada cuesta que conduce  al oasis, por una huella recientemente construida por la empresa encargada de llevar la transmisión eléctrica desde la Central Patache a las minas del altiplano chileno (Collahuasi). Dicho día,  con mi esposa Marta Peña, tuvimos la fortuna tanto de  reconocer y apreciar  la fuerza de la camanchaca costera, como de descubrir las primeras trazas de una antigua ocupación humana del sitio, por obra de pescadores-recolectores  costeros. Estas consistieron en lascas de sílex, de variados colores, y de instrumentos de caza rotos (cuchillos y puntas de proyectil). La antigua presencia humana en el sector, era inobjetable.  En una visita posterior, unas semanas después, hallamos los primeros insectos (Tenebrionidae),  ocultos bajo el escaso follaje de Nolanas, Cristarias y Frankenias. El sitio se veía muy promisorio desde el punto de vista de varias disciplinas: geografía, climatología, biología y arqueología: especialidades que  me encandilaban y cuya interrelación pronto me condujo a gestar y elaborar el concepto de "eco-antropología", enfoque particular que resulta perceptible en todos los capítulos del presente blog, cuyo nombre en consecuencia, porta.    

(27)  Durante los años siguientes, apoyado primero por estudiantes de Sociología y luego de Antropología de las universidades  Arturo Prat  y Bolivariana de Iquique, donde yo era profesor, realizamos  numerosas colectas de insectos, llegando a encontrar  varias especies que resultaron nuevas para la ciencia. Entre los años  1999 y 2014 fueron clasificadas como especies nuevas, desconocidas, seis especies de Coleoptera (de los  Géneros Psammetichus, Scotobius, Philoria), una especie de mariposa nocturna (Noctuidae), y varias especies de abejas silvestres de  pequeñísimo tamaño (Apidae, especie ) que aparecen con ocasión de la extraordinaria floración en años  del fenómeno de el Niño".  Además,  se halló ejemplares de un pequeño reptil (Phrynosaura darwini) que se consideraba extinguido y que no había sido colectado en el desierto chileno desde la década del 1860. El estudio detallado de la flora local, emprendido por la botánica Raquel Pinto, con ocasión de la presencia de "El Niño" entre  1997 y 1998, dio como fruto el hallazgo de una especie nueva de  alstroemeria, la Alstroemeria lutea y la cactácea endémica Eryosice caligophila representada aquí por muy escasos ejemplares. En el estudio y clasificación de la flora local nos ha colaborado activamente, además de Raquel Pinto,  Mélica Muñoz-Schick, destacada botánica del Museo Nacional de Historia Natural.

(29)  Se conoce históricamente a los antiguos habitantes de la costa como "changos" o "camanchacas".  Su existencia en nuestra costa desértica norte, data de muy antiguo.  En nuestra zona, se ha hallado varios enterramientos que  han sido adjudicados al período de la cultura  funeraria llamada  "Chinchorro", con fechas de más de 6.000 A.C. (antes de Cristo).  Agustín Llagostera en la quebrada de "Las Conchas", en Antofagasta, encuentra niveles ocupacionales datados en  9.700 A.P, (antes del presente).  No sería del todo extraño que las cifras de poblamiento temprano  ya detectadas en la Pampa del Tamarugal (desembocadura de la quebrada de Maní) con fechas de  14.000 A.P, puedan extenderse igualmente, a la zona costera.  Sería lo lógico  y natural, considerando el constante flujo sierra-costa  que se observa  en yacimientos tempranos de la pampa, donde hemos detectado instrumentos de pesca  (pesas de red) muy  cerca de la desembocadura de la quebrada de Tarapacá en plena pampa.  En el sector de Bajo Patache, a  65 km al sur de Iquique y a unos 40 m.  snm., inmediatamente bajo el oasis de niebla de Alto Patache, hemos hallado en enero del año 2004,  en el sitio que denominamos entonces como BP-2 (Bajo Patache-2)  un enterramiento del tipo chinchorroide (vea descripción y fotos en artículo nuestro: "Un yacimiento de cazadores-recolectores marinos en la terraza litoral de Bajo Patache, sur de Iquique", revista POLIS, Universidad Bolivariana, Santiago de Chile, vol.3, N° 7:  361-396.

(30)  Como parte de un Proyecto Fondecyt, los miembros del equipo dirigidos por los geógrafos Pilar Cereceda y Flavia Velásquez,  instalaron en pleno invierno mini-atrapanieblas en distintos sectores de la pampa del Tamarugal, desde el Salar de Llamara, por el sur, hasta  lugares cerca de Pozo Almonte o  la Tirana o aún en el sector norte del Tamarugal, frente a Zapiga.  Se dejó, en carpas, a pequeños grupos de expedicionarios (dos personas por lugar)  para medir  cada cuatro horas y por espacio de dos semanas consecutivas todos  los parámetros ambientales de especial interés (colecta de agua atmosférica, velocidad  y dirección del viento, humedad relativa del aire, etc.).  Así se obtuvo medidas simultáneas en  ocho  lugares diferentes de la pampa.  Un  gigantesco esfuerzo humano y organizativo que fue coronado por el éxito. 

(31) Nuestro pequeño equipo estaba entonces conformado por Pilar Cereceda (jefe del grupo), Horacio Larrain (Coordinador, residente en Iquique), Pablo Osses, Pedro Lázaro,  arquitecto, Raquel Pinto, botánica y alumnos universitarios que se iban turnando.

(32)   Entre los años  1999 y 2003 los especialistas realizaron diferentes  recorridos y colectas  de flora y fauna para  poder apreciar  y entender cabalmente los componentes del ecosistema local. Solo se exceptuó la colecta de líquenes, por tratarse de un componente difícil de  examinar por falta de especialistas idóneos. Los líquenes han sido posteriormente estudiados  por dos liquenólogos  de la Universidad de Princeton (USA). Fruto de tales colectas sistemáticas fueron los trabajos publicados en  la revista  científica Atmospheric Research y los trabajos  presentados a las Conferencias de Niebla (Fog Conference) de Toronto, Saint John´s (Canadá) y La Serena (Chile)  en los años  1998, 2002 y 2006, respectivamente.

(33)  Hemos asistido a la eclosión de un "desierto florido" en nuestra región de Iquique en los años  1997-98 (fuerte),   2002 (débil) y 2015 (muy intenso).  En este último episodio, la lluvia caída en el lapso de solo 6 horas del día 8 de Agosto del año 2015,  fue de 56 mm,  enorme cantidad para un desierto,  la que provocó potentes aluviones muy localizados, y la aparición de gigantescas cárcavas de erosión, en toda  la zona. A causa de la gran  intensidad de este evento pluvial, el desarrollo de la flora endémica  que se presentó en los meses siguientes en la zona de Alto Patache, fue el más intenso que hallamos visto en 16 años de visitas ininterrumpidas  a este lugar. En efecto,  aparecieron en este episodio especies botánicas  en flor que no habían sido observadas con anterioridad.   Suponemos, sin tener pruebas categóricas al respecto, que este ha sido  el evento más intenso ocurrido en los últimos  100 o tal vez 150 años, a juzgar por  la potencia  de las  cárcavas que se formaron en el lugar.


(Nota del editor:   este capítulo está incompleto. En los próximos días le agregaré, Dios mediante,  fotos alusivas a los lugares señalados en el texto  y terminaré de redactar las notas faltantes).