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domingo, 14 de junio de 2020

Mis primeros descubrimientos arqueológicos en las cercanías de la quebrada de "La Chimba" (N. de la ciudad de Antofagasta): evidencias halladas a mediados del año 1963.

En este capítulo presentaremos el fruto de nuestros primeros hallazgos arqueológicos en el sector norte de la ciudad de Antofagasta a mediados del año 1963 en el sector denominado por nosotros como Conchal Nº 1. Dejamos para capítulos posteriores del Blog la descripción de nuestros hallazgos posteriores, en otros sectores aledaños a éste e, igualmente, en la base sur de Cerro Moreno.

Los documentos aquí ofrecidos han permanecido hasta ahora inéditos, y proceden de nuestros primeros Cuadernos de Campo (1963).
 Fig. 1.  La ciudad de Antofagasta en 1965. Vista desde el alto de las ruinas de Huanchaca hacia el N y NW. Abajo, a la izquierda, los novísimos pobellones de la Universidad del Norte (Foto H. Larrain, 15 Enero 1965).

Mi arribo a Antofagasta. 

El día 8 de Junio del año 1963 (esto es, hace 57 años exactos),  llegué a trabajar  a la Universidad del Norte de la ciudad de Antofagasta, como joven sacerdote jesuita. Este viaje al Norte de mi país, surgió por el llamado hecho por el Rector de la Universidad, el Padre Gerardo Claps Gallo, S.J. a jóvenes jesuitas de la Casa de Estudios de Estación Marruecos (hoy Padre Hurtado), a integrar el claustro de profesores de la nueva Universidad (Universidad del Norte). Me desempeñaba yo a la fecha como ecónomo del estudiantado jesuíta. Aprobado el cambio de domicilio por el Provincial de la  Compañía,  partí al Norte, con mis escasas pertenencias, para mí un lugar idílico, de ensueño, aunque totalmente desconocido.
Allí se encontraban dos personas de la Orden jesuíta, quienes influirían poderosamente en mi futura especialidad, la Antropología: el P. Gustavo le Paige (1903-1980), jesuíta belga que desde el año 1957 era el  párroco en San Pedro de Atacama y acababa de  montar un nuevo  y flamante Museo Arqueológico en la localidad. El otro, el P. Enrique Alvarez Castro, antiguo profesor en el Colegio S. Ignacio. A  mi llegada se me asignó el Curso de  "Formación Religiosa"  y quedé a cargo de los alumnos becarios.

Fig. 1.  El párroco, padre Gustavo le Paige, S.J.,  revestido de sus paramentos sacerdotales, en la procesión de la "Purísima" ( 8 de diciembre) en las calles de San Pedro de Atacama (foto H. Larrain, 8-12-1964).  Imagen tomada en  uno de mis últimos viajes  a San Pedro de Atacama, antes de partir a México.

Mis primeras caminatas por el desierto.

El relato que sigue tiene un cariz claramente autobiográfico. Pido excusas a mis lectores por ello, pero no veo otra manera de rememorar los hechos para dejar constancia de ellos. Estimo que es parte de mi compromiso con la ciencia: dejar constancia de lo que ví y observé entonces, con la mayor acuciosidad y fidelidad posible.

Me sentí a mis anchas desde el primer momento en mi nueva ciudad: el clima tan apacible, los compañeros de trabajo, los alumnos. Se notaba un espíritu de gran camaradería entre profesores y alumnos.  Pronto conocería allí a mis colegas: el literato y poeta Andrés Sabella, el historiador don Oscar Bermúdez, y el pintor Waldo Valenzuela con quienes  muy luego  entablaría excelente relaciones.  Los alrededores desérticos y los empinados cerros amenazantes, me atraían como un imán. 
A los pocos días, me contacté con el Museo Regional de la Universidad, en la calle Prat, a cargo por entonces de Bernardo Tolosa Cataldo, entusiasta  arqueólogo aficionado. Quien me habló de su presencia fue el vicerrector de la Universidad, el padre Alfonso Salas Valdés, a quien yo conocía desde mis tiempos de alumno del colegio S. Ignacio en Santiago.  Aquí tuve la oportunidad de conocer y tratar a la etnografa austríaca Ingeborg Lindberg, miembro activo del Museo y al arquitecto Carlos Contreras Alvarez,  gran colaborador del mismo. Muy pronto empecé a salir a terreno hacia el interior con Bernardo, por entonces encargado de Caritas-Chile institución benéfica encargada del apoyo de los pobladores más desamparados de los pueblos atacameños del interior de Antofagasta.  Con él tuve la oportunidad de conocer y recorrer varios pueblos de Atacama, empezando por Quillagua, junto al río Loa.

Testigo fiel de este período  y de nuestras actividades en el Museo, es el texto de una entrevista hecha por el diario "El Mercurio " de Antofagasta, con fecha  19-06-1964,  cuando yo ya preparaba mi viaje a México para estudiar la carrera de Arqueología:
Fig. 2.  Entrevista  en el  Diario "El Mercurio" de Antofagasta. Alude al desarrollo de Museo y la  presentación al  público de las nuevas secciones del mismo, en especial, la sección de arqueología. La existencia del Museo mismo, sin embargo,  databa al menos de 2-3 años antes, y mostraba una hermosa exhibición de historia regional  de elementos de la explotación del salitre (NaNO3), y era  regentado desde su inicio por el entusiasta e incansable Bernardo Tolosa Cataldo, su creador.

Nuestro background antropológico a la fecha.

Mis conocimientos arqueológicos eran por entonces,  muy limitados por no decir nulos. Desde mis años de estudio de la Filosofía en Buenos Aires, Argentina, (1951-1954) me había entusiasmado por la Antropología, gracias a las excelentes  y didácticas clases impartidas por un joven  jesuita argentino, el P. Beltrán, quien nos familiarizó con la prehistoria y la arqueología europea, los descubrimientos arqueológicos de las puntas Folsom y Clovis, en los Estados Unidos, los estudios paleontológicos de Florentino Ameghino y, por fin,  los trabajos etnográficos del jesuíta argentino Guillermo Furlong Cardiff (1889-1974) algunas de cuyas obras leí entonces con especial interés. Furlong era un escritor muy prolífico y había escrito, entre otros temas,  sobre las misiones jesuíticas del Paraguay, en la  época de la  Colonia,  tema que me impresionó profundamente. Allí en Buenos Aires, tuve la oportunidad (entre 1952-55) de verlo y escucharlo más de una vez: era un maestro muy venerado.

Mis primeros atisbos en arqueología de Chile.

Con el jesuíta padre Enrique Alvarez habíamos examinado juntos,  con anterioridad, algunos conchales arqueológicos en la zona central de Chile, concretamente en el Fundo "Las Brisas", (Al S. del balneario de Sto. Domingo),  donde tuvimos la oportunidad de colectar varios objetos liticos (puntas de flechas, raspadores...), y unas extrañas figurillas humanas, en  miniatura,  pequeñísimas,  hechas en greda cocida, cuyo significado nos resultaba muy enigmático. El agricultor don Luis Alberto Fernández Larrain, había cedido a los jesuítas una pequeña parcela -parte de su fundo-  en la desembocadura de un pequeño arroyo,  donde levantaron una rústica casa de campo de madera; en este lugar, alejado del bullicio de la ciudad,  los padres solían pasar algunos días en las vacaciones de verano.
 Los extensos conchales se extendían a la orilla del arroyo, junto al mar, más arriba de la más alta marea. Para qué decir que con  Alvarez  revisábamos estos conchales por horas y horas, hallando, extasiados, numeroso objetos que guardábamos celosamente para el museo del Colegio.

En el Museo de la Universidad del Norte, en Antofagasta, había por esas fechas un mínima biblioteca donde pude leer la obra del arqueólogo inglés avecindado en Chile,  Ricardo E. Latcham (1869-1943): "Arqueología de la Región Atacameña"(editada en 1938),  la obra de  Isaac Arce Ramírez  (1853-1951) "Narraciones históricas de Antofagasta" (editada en 1930), y el artículo del arqueólogo norteamericano Richard Schaedel (1920-2005) escrito en 1957 y titulado:  "Informe general sobre la expedición a la zonas comprendida entre Arica y La Serena" (1957)  y alguna que otra más acerca de esta región. Era éste casi todo el  bagaje bibliográfico disponible a la fecha para nosotros.

Primeras expediciones en la zona.

El primer registro que hoy encuentro en mis tempranos "Diarios de Campo" (Diario Nº 1-A, p. 3)  data del día 08-08-1963, esto es exactamente dos meses después de mi llegada a la ciudad. (Figura 1). En esta primera visita, tuve la fortuna de hallar un primer conchal arqueológico,  detectable éste por la presencia de numerosas lascas o astillas, fruto del desbaste del material  para la fabricación de piezas líticas. Copio directamente mis impresiones de ese día en la página  del Diario de Campo (Diario 1-B p. 4):

Fig. 3.  Nuestro descubrimiento del primer conchal arqueológico  (Diario Nº 1-B de Horacio Larrain, de fecha 08-08-1963.

Para poder apreciar correctamente la ubicación del mismo, agregamos aquí, a continuación, nuestro croquis de campo, hecho en la ocasión:

 Croquis de ubicación del Conchal Nº 1. Al Sur de la entrada a la quebrada de La Chimba.
                                                             
                                                        Fig.  4.
             ⇐ Norte  (adición nuestra actual; el original  lo muestra algo desviado. La verdadera orientación "Norte" sigue aproximadamente la línea de la cañería  de agua potable). 

Fig.  4.  Croquis nuestro de las secciones A y B  del conchal Nº 1  y detalles observados in situ en las dos visitas al lugar (8-08-1963 y 13-09-1963. (En Diario de Campo de H. Larrain Nº 1-B, pg. 1).

En el Plano que sigue, confeccionado a fines del año 1964 o inicios de 1965, se da cuenta de todos los descubrimientos hechos  hasta esa fecha.  Nos interesa insertarlo aquí para mostrar la ubicación exacta del Conchal Nº 1, que aquí estamos analizando en detalle:


Fig. 5.  Plano de todos los descubrimentoss arqueológicos (conchales, cementerios o tumbas aisladas) hallados por Horacio Larrain entre agosto 1963 y Enero 1965. Nos interesa aquí en especial mostrar la ubicación exacta del Conchal Nº 1 en el costado derecho, y a la altura de la coordenada  23º 34´ L.S.  Se aprecia bien  el Nº 1 y el gran zanjón divisorio de las dos secciones de este extenso conchal, producido por antiguos aluviones.  Este Plano forma parte del articulo de H. Larrain intitulado: "Contribución al estudio de una tipología  de la cerámica encontrada en conchales de la Provincia de Antofagasta", Anales de la Universidad del Norte (Chile), Nº 5, 1966:  83-128. Plano en pg. 87).

Descubrimientos hechos en visitas posteriores  a este mismo conchal.

Nada mejor que presentar, nuevamente,  el texto respectivo de nuestro Diario de Campo (I-B pp. 43-50)  donde se deja constancia de los hallazgos hechos por nosotros en visitas posteriores al mismo lugar,  aproximadamente un año después (14-07-64 y 18-07-1964). Los paréntesis cuadrados  [....], son agregados nuestros hoy. En paréntesis redondos (   ), nuestras notas,  al final.

"Expedición de H. Larrain, solo. Me dirigí al conchal Nº 1 (en parte alta de quebrada del Hipódromo [lugar] que fue mi primer hallazgo. (ver croquis mío en pg. 1 de este mismo cuaderno, Fig. 4, de este capítulo). Este se encuentra al Este y algo al sur de las áreas verdes de La Chimba, sector trabajado por [Heinrich] Froelich. En el sector sur de este conchal (y unos 200-250 m más abajo de la zona que exploré antes, en visita del 13 de agosto de 1963),  hallé otro pequeño habitat  donde había dos piedras planas  para molienda y una mano [de mortero], lascas, dos puntas rotas de proyectil, algunos raspadores pequeños, tres percutores (en canto rodado de la playa).  Llevo solo uno conmigo: los otros dos son muy corrientes. El conchal está junto a rocas pequeñas, abundando conchas de lapas y locos.".

Sector Sur conchal Nº 1.

"Decidí excavar un pequeña cuadrícula entre antiguos refugios. La capa ocupacional con materiales culturales llega solo a los 9.5 cm. Llegué hasta los 20 cm sin hallar nada. Excavé entonces en el sitio donde se veía mayor abundancia de conchas de mariscos (¿basurero principal?). La capa cultural llegó hasta los 40 cm. de prof. [Âparece] muy poca cerámica burda  con engobe rojo. Tomé fotos de conjunto del conchal (quedaron en el Museo Regionl de la Universidad del Norte). Hay en este lugar percutores atípicos que utilizan piedras no rodadas, de las que hay en este terreno".

Sector intermedio (se encuentra en el lado sur, pegado a la zanja o zanjón [cárcava de erosión] ). Aquí hallé más cerámica que en sector sur. Se observa presencia de refugios (piedras en círculo) en su parte alta. Conté hasta 9, algunos ya medio borrados. Siempre en sus orillas con abundancia de  lascas y conchas de mariscos".

"Dimensiones observadas.

"Radio de 060 m. - 0.80 m. Una habitación de 1,20  de radio; siempre cerradas con piedras  en círculo por el lado sur. En la parte baja de este sector, conté hasta  10 [de] tales refugios.  Estan muy cerca uno de otros: ( 1 m, 2 m) Un grupo de 7 refugios, constituyen un conjunto (vea croquis adjunto)." (Diario H. Larrain, 1-B pg. 45)".

 El croquis de los habitas o refugios en referencia, se muestra aquí:

Fig. 6.  Croquis de campo del conjunto de bases de viviendas  de pescadores-recolectores, tomado del Diario de Campo de H. Larrain 1-B de fecha 14-07-1964. pg. 46.  (Nos llama hoy la atención la forma curiosa como se señala  el Norte en el diseño respectivo).

Sigue nuestro texto:

"Un análisis más atento,  me indica la presencia de huesos en ellas. ¿Fueron habitaciones, primero, y luego tumbas?. En todo caso, al final fueron ocupadas para tumbas. Hay restos de cerámica esparcidos. (¿hubo saqueo aquí?). Así parece)".

"Conchal Nº 1, Sector Norte  (Vea croquis pg. 1 de este Cuaderno).

"Este sector parece haber sido muy habitado.  Se halla aquí bastante fragmento de cerámica...pero no excesiva. La superficie de este conchal, tentativamente, sería: largo máximo 350 m (bajando al mar), ancho máximo 100 m (a lo más), profundidad [del] estrato cultural: 0.15 m.".

"Material cultural recogido en mi expedición del 14/07/64 (H. Larrain solo).

Puntas de proyectil completas: 3.  (2 pedunculadas; una: larga y fina). 
Puntas de proyectil rotas: 12;  (2 pedunculadas).  1  punta de arpón grande; otra base de arpón. 1 perforador der cuarzo (1); 2 raspadores pequeños y 1 mediano (negro). Un raspador grande (de 9 cm de largo).  3 trozos de cuarzo algo trabajados.  45 fragmentos de cerámica pintada (2); 1 hachita-cuchillo. 1 percutor grande".      

"18-07-64. Expedición a Conchal Nº 1. Sector Intermedio.

"Como a las 2 P.M., encontré una tumba  de niño, a 0.60 m de profundidad y en la parte central de uno de los círculos  (de viviendas). Se trata de un niño pequeño y se halla enterrado en una especie de cista de piedras (al modo de un ataúd)". (pg. 48 del cuaderno)

Croquis del entierro del niño.   


Fig.  7.  Croquis nuestro del entierro de un niño . (En  Diario de Campo de H. Larrain  Nº  1-B, pg. 49).

Final del texto original:

"Aparecen también: 1 palito y 1 piedra de playa, ambos pintados de rojo. Los objetos de hueso (barbas de arpón y espátula),  también [están] pintados de rojo ocre. La tumba apareció bajo varias piedras, las que reposaban sobre un nicho de ramillas. Debe haber otras tumbas por aquí, a pesar de que allí se ve varias ya saqueadas.  Se recogió  [en este conchal] más fragmentos  del ceramio fino con pintura  hasta lograr dar forma a una vasija (¿ Atacameño?) (2).

(Fin del texto)

A partir del mes de Mayo de 1964, luego de haber descubierto varios sitios de conchales y enterramientos indígenas, me hice acompañar, en algunas de mis expediciones a terreno, de estudiantes de Biología de la sede de la  Universidad de Chile, con los cuales había yo tomado contacto a través de la "parroquia universitaria"  creada en nuestra universidad. Entre ellos, recuerdo  los nombres de Agustín Llagostera, Bernardo Maldonado y Dino Azúa. Llagostera -hoy connotado arqueólogo, autor de notables trabajos de arqueología regional-, se convertirá muy pronto en  nuestro más asiduo acompañante. Tal vez se halla aquí, sospecho yo, en estas excursiones primerizas, el germen de su vocación arqueológica que ha logrado desarrollar en tan alto grado.

Breve comentario eco-antropológico  nuestro.

1.  Estos descubrimientos tempranos en la zona de Antofagasta constituyen un aporte a la historia arqueológica local  y habían quedado inéditos hasta hoy.
 Todos los trabajos arqueológicos anteriores ejecutados en esta zona tuvieron por objetivo recabar momias, cráneos, utensilios de pesca o fardos funerarios para  los Museos de Europa. Es el caso de la expedición francesa del año 1902  a cargo de Senéchal de la Grange que excava  enfrente de la isla Guamán (Cf. en este nuestro blog: "Investigaciones arqueológicas  en la costa de Antofagasta, sector La Chimba. Expedición francesa del año 1902"). Es también el caso de las excavaciones del médico patólogo alemán Otto Aichel que a fines de la década del 1920 excava numerosas tumbas en varios lugares para proporcionarse cráneos y esqueletos humanos  para los Museos de Alemania.
 El propio Isaac Arce Ramírez, autor de la obra  "Narraciones históricas de Antofagasta" (1930), poseía una hermosa colección de objetos arqueológicos obtenidos en excavaciones (¿propias, o de terceros?) hechas en las proximidades de la ciudad. Tal cosa me consta porque en nuestro Museo Regional de Antofagasta, por entonces (1964) perteneciente a  la Universidad de Norte, tuvimos el privilegio de exhibir, durante unos meses, una gran cantidad de objetos arqueológicos de su propiedad,  que su viuda gentilmente nos prestara para la ocasión (Ver Fig. 2 de este capítulo). Recuerdo haber expuesto personalmente en dicha ocasión, en una vitrina grande del Museo, una notable variedad de objetos: martillos de minero, capachos, dardos provistos de puntas líticas, y astil de madera, redes,  tejidos y cerámica común o culinaria. Tratamos por entonces de obtener dichos materiales en donación para el Museo, pero sin lograrlo. ¿Donde se hallarán esas magníficas piezas hoy día?. ¿Seguirán en poder de su familia?.  Eran, lo recuerdo bien, no menos de 50 objetos conservados en forma excelente. ¿Habrán pasado a poder del actual Museo Regional de Antofagasta?. Ojalá. Convendría indagar al respecto en los catálogos antiguos del Museo.

2. Es interesante  constatar, como nos lo confirma hoy nuestro amigo Mauricio González del grupo "Caminantes del desierto", que este conjunto  de viviendas de pescadores estaría intacto e intocado hasta el día de hoy, seguramente por hallarse en un lugar más elevado y muy próximo a las quebradas. Noticia que nos alegra muchísimo. Pero sería interesante que los arqueólogos del Museo Regional echaran un vistazo a este lugar por cuanto aquí, en los contornos de este conchal, se halló toda la  cerámica  pintada (Inca, Diaguita y de tipos de Arica). Tal vez haya allí aún tumbas intactas. Es posible que en este lugar haya residido el principal de la tribu de pescadores, quien tal vez recibió como donativo las piezas de  cerámica fina extranjera (inca, diaguita y ariqueña), a cambio de algún servicio prestado.

3.  En un par de lugares del texto se alude a la piedra de "cuarzo" como material propio de piezas líticas. Sabemos hoy con certeza que  el cuarzo no se presta bien para  ser tallado; en cambio el sílex -muy semejante en aspecto-, sí se presta  admirablemente par la talla. Sílex y calcedonia son las piedras más utilizadas para confeccionar herramientas finas (puntas de proyectil, leznas o perforadores)  en estos lugares. En un hallazgo efectuado en Bajo Molle, al sur de Iquique, se encontró, hacia 1980,  entre otros elemento de pesca,  una bolsita llena de trozos informes de sílex, evidentemente aptos para ser usados como materia prima para  tallar excelentes artefectos e implementos  de pesca  y caza. (hoy en el Museo Regional de Iquique, mediante donación  nuestra, Noviembre 2017).

4. Las "piedras de playa" nombradas aquí como herramientas (percutores), son generalmente de andesita, material  de origen volcánico muy frecuente en las costas de Chile. De ella se sirvieron para  usarla como morteros (metates), manos de mortero,  percutores y aún raspadores o raederas. 

5.  Nuestra metodología de trabajo, en esos tiempos era sumamente rudimentaria. Carecíamos aún de una formación especializada en este campo de estudio. Una palita, un pequeño arnero, brochas,  espátula y huincha de medir constituían todo nuestro repertorio instrumental. La máquina fotográfica pronto pasó a ser insustituible. Me consta, por mis Diarios de Campo,  que tomamos fotos en aquellos años tempranos, las que parecen perdidas, aunque tal vez aún puedan encontrarse en los antiguos archivos del actual Museo Regional de Antofagasta, heredero de nuestro antiguo Museo de calle Prat en la ciudad de Antofagasta.

6.   Nos puede llamar hoy la atención nuestro interés demostrado entonces por colectar y recobrar numerosas piezas arqueológicas. En nuestros primeros Cuadernos de Campo, campea notoriamente esta preocupación central. Trabajábamos -hay que recordarlo-  en un Museo y nuestro interés primario, en nuestras salidas a terreno, era  obtener objetos de interés museológico para ser mostrados. Sólo muy secundariamente existía la intención de  investigar y publicar los resultados. No estaba aún en nuestra mente -en esos tiempos- el  interés por escrutar  y estudiar el modo de vida y las manifestaciones  culturales de sus habitantes pescadores. Menos aún, el examinar las relaciones entre culturas humanas y medio ambiente circundante. Tal preocupación ecológica surgirá después, como fruto maduro de mis estudios de arqueología en México y quedará patente en nuestra Tesis de Arqueología en la Escuela Nacional de Arqueología e Historia de México (1970). 

7.  Sería de desear que este lugar, rico en tempranos hallazgos arqueológicos, pudiera ser protegido y defendido de posibles huaqueos, basurales clandestinos o  tomas de terrenos.  La presencia de un pequeño "Museo de sitio" en el lugar podría ser, tal vez,  una excelente  iniciativa  para ayudar a proteger el área, tan próxima a la quebrada de La Chimba, reconocido santuario de la naturaleza. Tienen aquí la palabra tanto la CONAF (Corporación Nacional Forestal)  como el Museo Regional de Antofagasta. Si no se hace algo al respecto pronto, dentro de poco no quedará sino un vago recuerdo de estas antiguas formas de ocupación humana en estos espacios.
  
¿Cómo luce este lugar en la actualidad  (Junio 2020)?.

El plano que insertamos a continuación, es un obsequio hecho por el señor Mauricio González, jefe de la Asociación cultural "Caminantes del Desierto", quien ha tenido la amabilidad de dibujar, sobre nuestro antiguo plano del año 1964, los cambios observables hoy día en dicha el área.  Excelente iniciativa que agradecemos especialmente, y que nos permite hoy apreciar la transformación del paisaje en  estos 57 años  (1963-2020). En aquellos años, la ciudad se extendía, en sentido norte, hasta cerca del Hipódromo, lugar hasta donde llegaba la movilización en esa época. Más al Norte, se extendía el desierto absoluto, escenario de nuestras andanzas.

.                  
Fig. 8.  Superposición  de áreas  transformadas  el día de hoy (2020), sobre la base de nuestro Plano  publicado en 1966 en nuestro artículo aludido más arriba. Aporte actual del señor  Mauricio González.


viernes, 3 de marzo de 2017

Investigaciones arqueológicas en la costa de Antofagasta: sector la Chimba. Expedición francesa del año 1902.


Sobre excavaciones antiguas en la costa de Antofagasta.  Un texto olvidado.

Presentación.

Entregamos hoy a nuestros lectores nuestra traducción del francés,  de un  ponencia publicada en el Bulletin et Mémoires de la Societé d´Anthropologie de Paris, Tome III (V Serie), 1902: 700-708, Paris.   El texto se refiere específicamente a excavaciones muy tempranas practicadas en la costa de Antofagasta, hace 115 años atrás.

Quien hace esta presentación  es el médico francés Arthur  Chervin (1850-1921)  miembro de la expedición  llamada Mission Scientiphique  G. de Créqui Montfort y E. Sénéchal de la Grange, quien fuera el encargado de la sección Craniología de dicha expedición. El Dr. Chervin  fue el responsable de redactar el tomo III, titulado Anthropologie Bolivienne (Paris, Imprimerie Nationale, 1908).

Notemos que por “Antropología”  en  los países europeos (en particular en Francia y Alemania) se entendía por entonces tan solo el estudio  de las características físicas de los pueblos indígenas, lo que en nuestra tierra  conocemos hoy como “Antropología Física”.  El estudio de la cultura de estos pueblos era considerada parte de otras ciencias,  como la "Etnografía" o  a la "Etnología", o incluso el "Folklore".

Su especial interés para nosotros, sin embargo,  radica en  el hecho de que se trata –a lo que creemos- de las primeras excavaciones arqueológicas realizadas en esta región de Antofagasta de que se tenga referencias precisas y detalladas, bastante  anteriores a las realizadas, en la década del 1920, por el médico alemán Otto  Aichel  en el área de Cerro Moreno. De estos trabajos y sus resultados para la ciencia antropológica, ofrecemos aquí el relato circunstanciado del Dr. Chervin, hecho ante la Sociedad científica, cuyo contenido se transcribe  aquí  ad litteram en  una descripción precisa  y detallada.

[Nota. En paréntesis cuadrados,  adición o comentario nuestro].

Traducción del texto original.

 “El Señor Chervin  tiene el honor de presentar a la Sociedad numerosos objetos traídos desde Bolivia por el Señor Sénéchal de la Grange.

En el curso de un viaje  efectuado desde la bahía de Antofagasta hasta  el altiplano de Bolivia, el Señor Sénéchal de la Grange tuvo la ocasión de recolectar objetos de diferente naturaleza, pero todos igualmente preciosos para los antropólogos, porque los procedentes de esta región son bastante  escasos.

El Señor Chervin presenta:

1. Cuatro cráneos hallados por el Sr. Sénéchal de la Grange en lomajes de la ensenada de (la) Chimba frente a la isla de Guarnan  [sic! por Guamán]. Tal como pareció  al Señor de la Grange, la sepultura fue excavada en plena tierra, o mejor dicho,  en plena arena, en el acantilado que domina la bahía. No había rastro alguno de tumba [o sepulcro].
Las diversos huesos que componían el esqueleto han sido hallados en la posición normal de un cuerpo extendido, excepto en el caso del niño, contrariamente  a  lo que suele encontrarse de ordinario en muchas sepulturas peruanas  de las orillas del  Pacífico, donde la posición en cuclillas es la regla.

[¿El cráneo de Atahualpa?].

A estos cuatro cráneos recogidos personalmente por el Señor Sénéchal de la Grange,  se agrega aquí un quinto que le ha sido obsequiado por uno de sus amigos como el cráneo del famoso Atahualpa, el último gran jefe Inca del Perú.  Este cráneo, que  está representado en la línea tercera  de la fotografía adjunta, ¿es verdaderamente el cráneo de Atahualpa?. La cosa no es imposible si se ha de creer  al documento mostrado aquí abajo que ha sido remitido al Señor Sénéchal de la Grange y que nosotros hemos traducido literalmente. Sea lo que sea, el Señor Sénéchal de la Grange se limita a entregarlo tal como lo recibió, sin otra garantía alguna de autenticidad histórica (sigue aquí nota  al pie de página con una extensa referencia a la historia  del cráneo de Atahualpa y su destino).

Sea lo que sea, de estos cinco cráneos, los tres primeros pertenecen a hombres adultos, uno a una mujer y el otro a un niño.  Los tres cráneos adultos  son muy claramente  braquicéfalos, tal como lo atestiguan las fotografías adjuntas, y presentan una serie de caracteres comunes, y en forma notable,  una  gran anchura de la cara como consecuencia de la importancia del ángulo bicigomático. Uno de estos cráneos  presenta un prognatismo sumamente notorio con inserciones musculares  fuertemente marcadas; el cráneo de Atahualpa, presentando las mismas características generales que  el segundo cráneo adulto,  no posee las inserciones musculares tan marcadas como los precedentes: es claramente más fino.  Ninguno de ellos muestra señas de deformación  (craneana).

Los cráneos de la  mujer y del niño nada presentan de particular. Son braquicéfalos como los  demás. Se nos plantea un problema:  ¿a qué raza pertenecen estos cráneos?. Nuestros conocimientos craniométricos  relativos a las numerosas razas que poblaron estas regiones son poco numerosos. Todo lo que podemos decir es que eran, en  todo caso,  poblaciones de pescadores, privadas del hierro y  de  todo tipo de mineral, estando así  obligados a servirse del sílex puesto que no tenían  otro tipo de utensilios  a su disposición.  Actualmente, nos es difícil precisar más.  Pero el señor Sénéchal de la Grange, quien  va a regresar nuevamente a Bolivia, se pone a la disposición de la Sociedad de Antropología  y de todos los sabios que tengan  problemas para dilucidar o informaciones que recabar. Gracias a la atención  que  realiza el personal médico que  él posee en las minas de Huanchaca, podría  hacer recopilar  todos los antecedentes de interés  relativos a los  7.000 obreros de la mina, que pertenecen a todas las razas indígenas de la altiplanicie del Perú, de Bolivia, del Brasil y de la República Argentina.

No sabríamos, pues,  agradecer suficientemente al Señor Sénéchal de la Grange por tan generosa propuesta, que servirá en gran medida a los intereses de la ciencia (1).

2. En las sepulturas, el señor Sénéchal de la Grange ha encontrado maravillosas puntas de flecha hechas en sílex y en diferentes  tipos de rocas,  todas ellas finamente dentadas, de las cuales algunas  no parecen haber sido utilizadas [para la caza].

3. Había aún un gran número de arpones de madera para la pesca. Algunos terminaban en un sílex tallado bastante grande, en forma de lanza, mientras que otros terminaban  en un sólido anzuelo de hueso.

4. Dos o tres  marcos de espejo (?)  (cadres a miroir) adornados  por un diseño muy simple, conformado por líneas quebradas. El señor Sénéchal de la Grange ha hecho referencia a numerosos otros objetos que irán a enriquecer nuestras  colecciones públicas. Entre éstas, debo señalar dos momias: una de hombre y otra de mujer; las dos dicen relación a personas que perecieron de muerte violenta. La mujer trabajaba en las minas de cobre de Chuquicamata; ella presenta la cabeza aplastada por un derrumbe  ocurrido en época desconocida;  el cuerpo está momificado en forma natural. Junto a ella, se ha encontrado diferentes objetos, notablemente un saco de piel  curtida en el cual  se halló  dos o tres grandes piedras, de  20 a 25 cm de  longitud,  y seleccionadas verosímilmente por  su forma de hacha de mano, las que servían para desprender el mineral. Había allí, igualmente, un martillo de piedra bruta, muy interesante,  en forma de  pirámide. El mango está formado por una rama de árbol de un metro de largo y doblado.(à frais) en su parte media. La piedra está inserta al medio de la rama [así] doblada. Se mantiene en su lugar  mediante amarras de cuero curtido de un centímetro de longitud, dispuestas en forma de redes (réseaux).  Las dos ramas de árbol  dobladas se unen mediante  pequeños cuerdas de cuero curtido formando así un mango de 45 cm de largo.

 Se halló igualmente cerca de esta pieza  un pequeño cesto redondo, sin tapa, hecho en cestería de junco trenzado con mucha regularidad en forma de un pote (bol), sin diseños de color. La momia del hombre fue donada al Museo de Etnografía del Trocadero; ha sido  colocada en la sala Lorillard, vitrina  Nº  51. Esta momia fue hallada hacia el año 1880 en trincheras abiertas en las arenas  del altiplano de Bolivia  para la instalación del ferrocarril de Antofagasta a   Pulacayo. El cuerpo se encuentra perfectamente momificado;  la piel se ve levantada en algunas partes, en especial en el brazo derecho, dejando ver una musculatura  en buen estado.

Se trata de un hombre joven, imberbe,  de pequeña talla (de alrededor de  1,50 m de alto) y su cara es alargada. Los cabellos son de un  color café (brun) y lisos,  y están trenzados  en penachos  (touffes)  en torno a  la cabeza y  son lo bastante largos como para caer  por delante hasta el cuello y por detrás, hasta las espaldas.  Sobre la cabeza  se observa una pequeña  redecilla de hilo  de algodón blanco en forma de red (filet)  que termina en una pequeña borla o pompón formado por una veintena de  gruesos hilos de lana roja. Alrededor del cuello,  se observa un cordón de algodón del cual está suspendido un pequeño saco de ocho centímetros de alto por tres de ancho. Este saco [o bolsita] está hecho  en tejido de algodón de dos colores y el diseño  se compone de dos hiladas de  un centímetro de ancho, amarillo y rojo sucediéndose alternativamente a todo lo largo [de la pieza]. El saco está cerrado por medio de un fino cordón amarillo: es incontestablemente un saco de amuletos.  En el interior del saco [o bolsa] se hallan  dos puntas de sílex, un pequeño guijarro  aglomerado con una incrustación de cobre y cuatro granos de limonita pisilítica  (limonite pisilitique).

Los lóbulos de las orejas están perforados y atravesados por un pequeño trozo de madera dura, afilada en uno de sus extremos,  delgada (mince) como una aguja de tejer, y de un largo de alrededor de cuatro centímetros; diríamos [que semeja] una espina larga.

El cuerpo está extendido todo a su largo, acostado sobre el costado derecho, con el antebrazo plegado, con la cara dorsal de la mano apoyada sobre la mejilla en la actitud del sueño. Los pies están desnudos y desprovistos de sandalias. No hay traza alguna de tatuaje. El cuerpo está vestido solamente de un puncho (sic! por poncho) de color, tejido en forma  regular en el telar  (au métier)  que desciende hasta unos 10 cm debajo de la rodilla. El puncho (sic! por poncho),  lo sabemos, es una pieza de  tela en forma de  cubierta  perforada al medio por medio de una  abertura para dejar pasar la cabeza y   mantenerlo sobre el cuerpo.   En  la parte del cuello se observa  una especie de encaje  formado por 7 gruesos puntos de tapicería en lana roja  cuyos hijos  suben de cada lado en una misma línea, a dos centímetros de distancia. Directamente sobre la piel se halla un cinturón aplastado. Está hecho de la reunión de  una veintena de cordelillos en pelo de llamo, que probablemente servía para suspender un paño (hoy día ausente).
El pubis está guarnecido de pelos. Pero la persona  fue castrada  con la ayuda de un instrumento  sumamente  afilado, cuya corte  se ve aún hoy perfectamente nítido al nivel del pubis mientras que se ven restos de las bolsas [bolas].  La extracción del pene ha tenido lugar  con toda certeza después de la muerte; tal vez  fue  practicada por el obrero que la descubrió en la trinchera del ferrocarril, para hacerse  con él algún amuleto.

 Esta momia es, pues,  interesante por más de una razón.

El señor Sénéchal de la Grange ha hecho obsequio a la Sociedad, para su museo particular,  de los cinco cráneos que yo acabo de presentar; éstos vienen a llenar  una laguna en nuestras colecciones y debemos dirigir a nuestro generoso donante nuestros más calurosos agradecimientos.

A causa de su especial importancia, yo he creído útil  ofrecer un dibujo de cada uno de estos cráneos para nuestros lectores del Boletín. Me ha parecido que la fotografía  presentaba una gran ventaja sobre los (instrumentos) goniómetros y cefalómetros conocidos. Así, pues, he buscado una posición que fuera la misma para todos los cráneos en estudio y sobre todo un medio para hacerlos comprables entre ellos. He pensado que la fotografía señalética  (signalitique)   imaginada para  la persona viva por nuestro colega  el señor Alfonso Bertillon, podría tener su aplicación en la craniometría ya que ella presentaba todas las condiciones requeridas para lograr la mayor uniformidad posible de  posturas y reducción.  Mi amigo, el señor Alfonso Bertillon ha  tenido a bien  adaptarse a  mis indicaciones y las fotografías de la página 706 han sido realizadas en su Servicio en las condiciones señaladas en la nota adjunta. [Ver más abajo].

La aplicación  del método del señor Alfonso Bertillon  a la craniometría presenta, con  respecto de  los diversos  aparatos craniométricos, la ventaja  del diseño fotográfico sobre todos los dibujos hechos a mano. Pero el procedimiento del señor A. Bertillon es tan rigurosamente exacto que permite tratar la fotografía obtenida como un verdadero dibujo geométrico, así como tomar  mediciones  precisas. Es ésta una ventaja  inapreciable  que hará los más grandes servicios a los  investigadores que se dedican a  la craniometría.

Nota sobre la reproducción fotográfica de cráneos.

[Esta sección,  de interés únicamente para la historia de la craniometría, no fue traducida en esta ocasión y se omite aquí. Es de naturaleza muy técnica, y nada nos aporta desde el ángulo eco-antropológico que es nuestro enfoque. Se puede, sin embargo, leer en su texto original  francés].

Discusión.

El señor Presidente pide al señor Chervin que transmita al señor Sénechal de la Grange los agradecimientos de la Sociedad.  Expresa, igualmente,  el anhelo de obtener  referencias exactas  sobre la sepultura de los cráneos que acaban de ser  ofrecidos.
El señor Chervin es de opinión de que los cadáveres habían sido enterrados en la arena, sin  ninguna otra  forma de sepultura (o tumba).
El señor  A. de Mortillet hace notar  que las flechas presentadas por el señor Chervin   se aproximan por su forma a aquellas que se encuentran en Europa”.

[Hasta aquí, nuestra traducción del texto original  francés.  Solo nos faltó  incluir la fotografía de los cráneos aquí  descritos,  cuya deficiente fotocopia  poseemos, tomada del original francés, la que esperamos agregar próximamente. El artículo original trae una página entera con la imagen comparativa de los cráneos referidos]
_____________________________

Nota 1. Por recomendación  del señor M. Chervin,  los señores Sénéchal de la Grange y de Créqui-Monfort acaban de organizar una verdadera misión antropológica llevando consigo a investigadores calificados como  los señores Adrien de Mortillet, Courty, el Dr. Neveu-Lemaire y J. Guillaume.


jueves, 14 de mayo de 2015

¿Cómo llegamos a localizar el sitio de un campamento de cazadores-recolectores?: antecedentes de una excavación de un sitio arqueológico datado en 2.500 A.C. en La Leonera, Graneros.

Nuestro descubrimiento en la quebrada de "Las Ñipas", Graneros   (VI Región).

En  dos capítulos anteriores, nos hemos referido in extenso, a un  descubrimiento arqueológico  nuestro, de tipo enteramente casual, hecho  junto al estero "Las Ñipas", ( Comuna de Graneros, VI Región de Chile), de un campamento de cazadores-recolectores fechado por el C14  en unos 2.500 B.P (antes del presente). Hemos mostrado allí, en detalle, fotografías del proceso de excavación, y, también, del protocolo de la excavación entregado al Consejo de  Monumentos Nacionales en su época. A través de estos documentos, queda claro qué se descubrió allí y qué  características culturales poseía  el grupo humano que  habría sido el ocupante ocasional del lugar. El lugar del hallazgo corresponde  al matorral de secano  de la zona central de Chile, y desde el punto de vista botánico, al bosque esclerófilo chileno, formado por boldos, peumos, litres y quillayes, árboles autóctonos muy comunes que pueblan  las quebradas y laderas bajas de las primeras estribaciones de la Cordillera de los Andes. Las coordenadas  UTM  del yacimiento son:  357714 E y 6232620 S.

¿A través de qué signos llegamos a dar con este  asentamiento humano?.

Creemos que puede ser de interés para los especialistas  y también para los jóvenes estudiantes interesados en la arqueología como ciencia,   reseñar aquí y explicar  cómo  llegamos a este descubrimiento. En otras palabras, qué signos  nos condujeron al lugar, y qué elementos  del paisaje   nos fueron encaminando poco a poco hasta descubrir  el lugar exacto  del campamento. Lo que  al inicio pareció ser un descubrimiento aislado y solitario   (en 1979),  pronto, a medida que aumentaban los indicios (1980),  nos  llevó a configurar la  hipótesis de la existencia in situ de un campamento de cazadores, hipótesis que fue plenamente confirmada más tarde (1983).

Un antecedente fundamental.

Para ello, debo señalar antes un antecedente importante. Mi padre, Horacio Larrain Cotapos  (1899-1984) luego de la venta  de su  parcela  "Santa Inés del Arrayán",  parte del antiguo fundo de La Leonera, en diciembre de 1979,  había levantado  al pie de la porción cordillerana restante de su propiedad, junto a la pequeña quebrada de  Las Ñipas, una casita  sencilla  y austera de madera,   muy cerca de la vivienda de su inquilino Pedro Gómez  y  a  unas decenas de metros de la cabrería que éste cuidaba en el lugar. Amante apasionado de la naturaleza, de los animales y de las plantas, mi padre gustaba de volver, cuantas veces podía,  a las tierras que con tanta dedicación y empeño había trabajado por cuarenta años, a partir de su compra en el año 1939. Así, se escapaba de Santiago, cuyo ambiente le aburría, y ocupaba esta pequeña casa  para recorrer  con su empleado Gómez, su cabrería, sus colmenas de abejas y los hornos de explotación de carbón en los cerros de  su propiedad. Esto ocurría  al lado poniente de la quebradilla  "Las Ñipas", pequeño afluente del río Codegua que le llegaba por el Sur y muy cerca de éste.  Aquí, en los primeros contrafuertes  de la precordillera, el terreno agrícola aprovechable era casi inexistente  y solo se podía cultivar un pequeño huerto labrado con esfuerzo  en la caja del río, repleta de piedras de acarreo fluvial.


Fig.1.  El primer croquis nuestro,  luego del descubrimiento de las primeras piezas líticas, el 19/11/1980.
En este sencillo croquis,  se puede ver la posición relativa de las casas de Pedro Gómez, nuestro cuidador, (Número 1) y de mi padre ( Número 2),   el sitio ocupado por los corrales  y la cabrería (Número 3) y el sitio exacto donde  fueron hallados los primeros artefactos arqueológicos, muy pequeños:  dos puntas de proyectil y  un raspador.  En el sector denominado aquí "plano inclinado" se halla la terraza fluvial bien provista de árboles  del tipo esclerófilo, donde  posteriormente  pudimos ubicar con exactitud  el lugar de mayor concentración de artefactos y el campamento antiguo.

Un mes de vacaciones durante varios años. Diario de Campo

Sabiendo de nuestro entrañable gusto por la naturaleza y la vida campesina, mi padre nos facilitaba su casia de madera durante  una temporada  en los veranos. Así,  durante varios años (1977-1984)  tuve la oportunidad de llevar a mi familia a veranear  al lado del río Codegua. Durante un mes, que se nos hacía siempre corto, disfrutábamos del lugar. Mi padre, eventualmente,  nos facilitaba allí caballos para las excursiones. Mi innata inclinación por el estudio de la naturaleza, heredado de mi padre, me llevaba a realizar, con mis pequeños  hijos María Cristina y Carlos, largas expediciones a pie por los cerros cercanos, de donde volvíamos con cosecha de moras, flores del campo,  ramas de culén o manojos de berros que recogíamos en las aguadas. Ahí les iba dando yo a mis hijos  los nombres vernáculos y científicos de arbustos y árboles que poblaban  los cerros.

La vegetación  natural del sector precordillerano  de Chile central.

En el sector había mucha vegetación arbustiva  nativa que se arrimaba sobre todo al fondo de la quebrada. En las laderas de los cerros, se podía ver quiscos, puyas,  quillayes, espinos,  quilo,  cardos, palquis,  y manchones de quilas, cuyas utilidades o propiedades  procuraba yo enseñar a mis hijos. En el capítulo anterior, señalamos nosotros la gran variedad de especies vegetales que poblaban el sector, todas ellas características del matorral de secano del centro de Chile. Una de mis actividades predilectas, durante estas vacaciones, era la colecta de insectos. Premunidos, pues, de redes, frascos ad hoc  y "chupete", colectábamos mariposas, abejas silvestres, avispas,  coleópteros, chicharras y otros insectos   en las corolas de las flores del campo, en el pasto o en las ramas de árboles y arbustos. Centenares de insectos capturados en esos años se hallan hoy en la colección entomológica de  mi propiedad. Mis dos hijos, invariablemente,  me acompañaban  dichosos en tales paseos. ¡Hasta les enseñé a  preparar, en un extensor,   las mariposas, con sus alitas extendidas!.
He aquí, pues,  el trasfondo, el escenario geográfico-ecológico y humano de nuestro hallazgo: realizado gracias a nuestros paseos diarios por los alrededores, tratando de escudriñar la naturaleza y sus secretos.

Anotaciones en mis Diarios de Campo.

Para reproducir con toda fidelidad  las circunstancias que rodearon  los descubrimientos, nada más oportuno que recurrir a mis notas de campo de aquellas fechas.

Referencias en mis Diarios de Campo de la época   8Vols.  XII y XIII).

La primera mención a este tema, que encuentro ojeando  mis viejos Diarios de Campo, trae la  fecha
19/09/1979.

Dice así:    "hallazgo en La  Leonera, de 2 puntas de flechas de cuarzo, muy pequeñas, y un raspador. Ubicación (sigue croquis del hallazgo que ocupa casi toda la página. Se reproduce aquí en  la Fig. 1 de este capítulo, arriba)."  Después del croquis,   sigue la siguiente reflexión mía,  que copio  ad litteram:

"(....) son indicio cierto de presencia de cazadores de la zona. Las flechas son muy pequeñas y fueron utilizadas para aves. Hay  [en la zona]  muchas tórtolas, perdices, y codornices, turcas, tencas, etc. Pueden ser también agricultores del valle que complementaban su dieta con caza de aves. La presencia de la Quebrada Las Ñipas y su vertiente y del río Codegua, favorecen la presencia de aves en el lugar.
Sospecho que junto a la vertiente "Las Ñipas" debe existir algún posible asentamiento humano o, al menos, signos de campamento. El área jamás ha sido trabajada, sino es en la corta de árboles  para obtención de carbón, de lo que hay trazas de unos 5  [hornos] en el área inmediata"-(Diario de Campo  Horacio Larrain, tomo  XII: 80-81;  énfasis nuestro).

Certeros atisbos iniciales.

Tal fue mi primera reacción ante este  pequeño  hallazgo. Como se puede ver,  el atisbo inicial resultó ser de verdad, profético. El único error en nuestra primera percepción fue  que  no  se halló, terminada ya  la excavación, evidencia alguna de  actividad agrícola; todo apuntaba a la caza-recolección como actividad económica primaria de los antiguos pobladores. Si hubiesen sido agricultores, habrían traído consigo su cerámica; lo que aquí no ocurrió.  

 Segunda referencia  en mis Diarios de Campo.

La segunda referencia, muchísimo más  extensa,   la encuentro  en mi Diario  de Campo del día  26 de Febrero de 1980, seis meses después  (Vol. XIII:   213-142).  Tras los primeros descubrimientos de septiembre del  año 1979 que me dieron la primera  valiosa pista,  en una nueva permanencia en Las Ñipas con mi familia, se sucedieron, uno tras otro,  numerosos descubrimientos de lascas o esquirlas (fruto del retoque en la fabricación de  artefactos líticos) y de instrumentos varios,  muy típicos  del cazador-recolector.  Fue tal mi entusiasmo por el hallazgo, que me propuse  buscar  el yacimiento principal, esto es, el campamento mismo de los antiguos moradores. De seguro no estaría muy  lejos. Hasta dos veces al día recorrimos incansablemente los alrededores, haciendo numerosos hallazgos  Mis dos hijos me acompañaban  siempre,  en forma entusiasta, colaborando activamente en los hallazgos. Para ellos, era algo nuevo, casi increíble: ser testigos de la presencia, ante sus ojos,   de más de 2.500 años de historia!. Al hallar nuevas lascas de obsidiana, estampé en mi Diario el siguiente comentario que habla por sí solo:

"Empezó entonces una  búsqueda afanosa con Carlitos, hallando en una hora y media de búsqueda, unos 50 fragmentos de obsidiana, algunos grandes de hasta 4.5 cm  de longitud; unos  60 fragmentos de sílex rojo granate, ...; muy pocos de sílex blanco, o casi transparente y muy pocos veteados de tonos rojo y blando. No puedo dudar ya de que dí con un lugar de campamento de indígenas cazadores de pajarillos (por lo pequeño de las puntas [líticas]  en general), con fácil acceso al río y con agua de la quebrada "Las Ñipas"..." (Diario H. Larrain, Vol. XIII: 215; énfasis nuestro). 

Búsqueda ansiosa de evidencias arqueológicas.

A partir de ese momento,  dejé casi de lado la búsqueda de insectos, y  todo mi interés se  concentró en hallar más evidencias y en  circunscribir la zona de los hallazgos arqueológicos, en procura de atinar con el centro del campamento antiguo.   Al entomólogo aficionado de los primeros días, sucedió  rápidamente el arqueólogo  de campo, formado en México.

Al cabo de esos pocos  días de frenética búsqueda de evidencias, entre los tres,   se pudo obtener un total de  530 lascas, entre obsidiana, sílex blanco y  jaspe ( rojo-marrón) y un total de 21 instrumentos o trozos de éstos),  entre ellos:  puntas de proyectil,  raspadores, percutores,  bifaces y  raederas. (Diario H. Larrain, Vol. XIII: 232). Más abajo,  se muestra  el dibujo hecho entonces  en el Diario de Campo, de las piezas halladas en esta temporada de trabajo.

Recuerdo que buscamos  evidencias   dejadas por los antiguos cazadores hasta el último momento, antes de partir a Santiago el día  1 de Marzo de 1980, fecha del término de nuestras vacaciones.  Nos fuimos felices, seguros de haber hallado la zona de campamento antiguo, atestiguada por el área de máxima concentración de  lascas y artefactos (enteros o rotos).

Nuestra propia síntesis en ese momento ( 29/02/1980).

Nada mejor que copiar de nuestro propio Diario de Campo (Vol. XIII: 233-235) las reflexiones que  dejé estampadas  sobre este descubrimiento

"La impresión del conjunto es que:

a)  el sitio fue ocupado solo esporádicamente,
b)  por un grupo [humano] muy pequeño  (horda),  o una sola familia de cazadores,
c)  que no conocieron - o emplearon- la cerámica;
d) que no hay trazas de sitios habitacionales aquí, pues las rocas son muy pequeñas y no ofrecen abrigo alguno adecuado;
e) que se dedicaron a fabricar sus instrumentos  talleres in situ);
f)  que la materia prima pudo provenir del lecho del río Codegua, con excepción de la obsidiana:
g) que los abrigos rocosos de las cercanías podrían  dar la clave para buscar los sitios habitacionales; 
h)  que el instrumental [hallado] revela caza menor, trabajo en cueros y huesos, para extraer la carne y el cuero, cazando en consecuencia roedores, conejos, aves de quebrada ( tórtolas, torcazas, diucas, codornices, perdices  y  [aves] de río;
i) que la ocupación del yacimiento es probablemente de verano, para aprovechar los frutos del quilo, boldo, peumo, maqui y quiscos (su fruto llamado "copao"),  y para la caza de aves y pequeños animales;
j) que la capa ocupacional siendo tan tenue, no revela ocupación periódica por el mismo grupo, sino más bien casual; es por antonomasia un sitio que podríamos definir como campamento esporádico y taller lítico;

El  área arqueológica  según croquis de la  época. 


Fig. 2.  Se señala  aquí  el área arqueológica donde se halló la  mayor concentración de  lascas y artefactos líticos (centro del croquis, lugar de los puntos negros). La vista es una perspectiva  tomada de Weste a Este. Esta área corresponde a una pequeña terraza fluvial  labrada por la quebrada a lo largo del tiempo, y  se halla a los pies de un pequeño cerro que se yergue hacia el Este. Los puntos  en negro intenso denotan la presencia de pequeños afloramientos de roca. Del sitio, por efecto de las precipitaciones y pequeños deslizamientos de tierra, fueron cayendo, a lo largo del tiempo, hacia el Norte  lascas e instrumentos abandonados,  hacia  la huella  que conduce a los "Corrales de Piedra", razón por la cual los hallamos también  allí.  (Croquis fechado 28/02/1980;  Diario de Campo H. Larrain, Vol. XIII: 220).

  Se señala en el croquis, igualmente, la presencia de varios ejemplares de  árboles  y arbustos de espinos, litres y peumos que ocupan la terraza entre la base del cerro y   el borde del estero o quebrada. Allí, en  su parte media arriba,  se hizo,  a manera de prueba, en febrero de 1980 un pequeño sondeo de   20 cm x 20 cm., constatándose la presencia de  lascas tanto en superficie como en profundidad. De esta constatación, surgió la idea de poner por obra una excavación metódica,  mediante pozos de sondeo de  1m  x  1m,   labor que hicimos exactamente tres años más tarde.
                                                                                                                                                                  
Dibujo de los instrumentos líticos hallados in situ.  (tomados del Diario de Campo, Vol. XIII : 228-231).  

Los  instrumentos  mostrados aquí, han sido tomados directamente de los originales de nuestro Diario de Campo   (Vol. XIII: 228-231), y  son parte de un  total de  23 instrumentos  y trozos de instrumentos,  hallados en el asentamiento de los antiguos cazadores de la quebrada de Las Ñipas, junto al río Codegua. Todos, fueron hallados en superficie, en numerosos recorridos nuestros   Salvo el raspador  en piedra andesita (Fig. 3), todos los demás son  muy pequeños,  tal como se puede comprobar por la escala gráfica que se acompaña.

Fig. 3.   Raspador  hecho en piedra del lugar (¿andesita?).

                           
Fig. 4.  Dos pequeñas  puntas de proyectil en sílex:  arriba,  en color blanco;  abajo, color marrón.


Fig. 5.   Otros artefactos líticos; pequeños raspadores y raederas y fragmentos de puntas de proyectil. Las tres representadas abajo, son en obsidiana volcánica, color negro brillante.

                                            Fig. 6.  Pequeños raspadores o raederas  en jaspe.                                       

Conclusiones eco-antropológicas.

1.  Todos los instrumentos  aquí mostrados  aparecieron en superficie. En la excavación que se realizó tres años más tarde,  en Enero-Febrero 1983 (Vea  capítulo anterior de este mismo Blog), se rescató otros materiales tal como consta por el protocolo e Informe  enviado al Consejo de Monumentos Nacionales.  Se ha de tomar en cuenta que según nos había comunicado Pedro Gómez, el cuidador de mi padre, había llovido bastante fuerte, con muchos relámpagos y truenos, unos cuantos días antes. Esto significó que el suelo había sido lavado y la lluvia había dejado al descubierto  no pocos elementos, antes invisibles. En sitios arqueológicos, se suele recomendar el recorrer detenidamente el área, inmediatamente  después de las lluvias, pues éstas dejan al descubierto objetos y elementos antes ocultos o semi-enterrados. Lección que aprendiera yo en las ruinas de Teotihuacán,  en México, durante mis estudios de arqueología  en la década del 60.

2.  Salvo el gran raspador en andesita, todos los instrumentos encontrados son muy pequeños. Las puntas de proyectil  son aptas para la caza menor: tal vez solamente  para aves y roedores. Llama la atención, también la pequeñez de los raspadores y raederas tanto en obsidiana como en  sílex y jaspe.  Todo  estos artefactos son parte del utillaje de caza menor de los cazadores-recolectores.

3. Lascas e instrumentos   han sido arrastrados por las lluvias desde la terraza fluvial hacia  el camino en forma natural. Su posición actual es un indicio importante para ubicar la localización del campamento mayor.

4. Con este capítulo del Blog, se da término al examen de este sitio arqueológico. Los tres capítulos que hemos dedicado a este lugar arqueológico, forman una unidad indisoluble.  Luego de las excavaciones practicadas en enero-febrero del año 1983,  no volvimos nunca más al lugar, pues la propiedad  de mi padre, lamentablemente, se vendió  muy poco después. No puedo negar, al rememorar hoy estos hechos del pasado, la intensa  nostalgia  que hoy  me embarga  al  escribir estas líneas. 


martes, 5 de mayo de 2015

Informe de excavaciones en el sitio "Las Ñipas", La Leonera: Cazadores-recolectores arcaicos de la zona central de Chile.

En las páginas que siguen, se  da cuenta del proceso de excavación de pozos de sondeo arqueológicos, en una terraza fluvial del Estero "Las Ñipas", afluente del río Codegua  (VI Región de Chile). En el capítulo anterior, se hizo referencia  a la historia del sitio, la adquisición del predio por parte de mi padre Horacio Larrain Cotapos en 1939 y a  las circunstancias del hallazgo en el año 1979.  En el presente capítulo, se entrega  el detalle de la excavación, según  el protocolo redactado en ese año. Nos ha parecido necesario dejar constancia de este hallazgo, con fines científicos,  para que esta evidencia no desaparezca   y sea de utilidad para la ciencia. Las imágenes de la excavación han sido presentadas en el capítulo anterior. Este capítulo, en consecuencia, es estrictamente complementario del anterior, constituyendo ambos una  unidad. indisoluble.

 Fig. 1. Croquis de ubicación. Excavación arqueológica en la quebrada de "Las Ñipas", Fundo "La Leonera", Comuna de Graneros, VI Región de Chile. Enero  1983.  Altitud  s.nm:  850 m. Coordenadas  UTM 357714 E y 6232620 S.  (Croquis del autor,  1983).

Fig. 2.  El ambiente  ecológico del matorral de secano de la zona central  de Chile  (VI Región).  Flora autóctona caracterizada por presencia de peumos, quillayes, litres, quilas, puyas, y quiscos endémicos. Por la parte media de la figura  serpentea,  la quebradilla  que trae agua solo durante  6-7 meses al año, presentándose totalmente seca durante el verano y el otoño.

Fig. 3.  El lugar de excavación en pleno desarr5ollo. 


El Informe oficial.

Páginas del Informe presentado al Consejo de Monumentos Nacionales,  Febrero del año 1985.

Fig. 4.   primera página del Informe.









La cronología del yacimiento por el método del C14.

Dos muestras de carbón obtenido en el área del fogón o cerca de él fueron enviadas al laboratorio de la Comisión de Energía Nuclear de Santiago para su datación.

Muestra 1. carbón (vegetal) del sitio LE-1, Pozo 1, capa IV en contacto con capa V : fecha:  2.248 +/- 93 BP.

Muestra 2: carbón (vegetal) del sitio LE-1, Pozo 1, Capa VI (fondo del fogón). fecha:  2.500 +/- 110 BP.

Estas dataciones nos señalan  que  los cazadores que aquí encendieron el fogón circulaban por esta zona desde por lo menos  los  500 años A.C., aproximadamente.  

Conclusiones  eco-antropológicas.

1.  La precordillera de la zona central  de Chile  (850-950 m  s.nm.)  fue recorrida  por pequeñas bandas de cazadores-recolectores nómadas.  Éstas cruzaban la cordillera de los Andes en varios sectores. Al descender de la cordillera, establecieron pequeños campamentos de tránsito, con presencia de fogones, donde  sin duda consumieron el producto de su cacería (principalmente guanacos y aves cordilleranas) y molieron en sus  metates o batanes  semillas y frutos recogidos  en los alrededores. Hay en esta zona ecológica hasta hoy, varias especies de plantas del  bosque que producen  pequeños  frutos comestibles como boldo (Peumus boldus),   quilo (Mühlenbeckia hastulata),  peumo (Cryptocaria alba), puya (Puya chilensis),  el "copao" del quisco  (Trichocereus chilensis)  e incluso la semilla de la quila   (Chusquea quila:  también codiciada por los ratones). Pequeñas vertientes dotadas de vegetación brotan hasta hoy en sus proximidades. El cauce del río Codegua  pasa a unos 200 m del sitio de campamento. El agua, por tanto, no era aquí  problema alguno  en ninguna  época del año. 

2.  Diversas especies vegetales allí presentes permiten  suministrar elementos para la construcción de cabañas ligeras, muy en especial la quila   (Chusquea quila), pero también  el quilo  (Mühlenbeckia hastulata),  el palqui   (Cestrum parqui),  el  romero o  romerillo   (Baccharis linearis) y el colliguay (Colliguaja odorifera), además de las ramas bajas de árboles como el peumo, quillay  (Quillaja saponaria) o litre  (Litraea caustica), ya citados arriba.  Por cierto, nuestra excavación no nos  permitió  obtener información suficiente como para  sacar conclusiones  sobre sus simples y provisorias chozas de refugio.

3. Los animales de caza preferidos  eran, con toda probabilidad,  el guanaco (Lama guanicoe), el huemul cordillerano (Hippocamelus bisulcus), roedores como la chinchilla (Chinchilla lanigera), el cururo (Spalacopus  cyanus)   o la vizcacha ( Lagidium  viscacia) y varias especies de aves, entre ellas la perdicita de Gay  (Attagis gayi), observada por nosotros  y especies de patos silvestres en el río. Bandadas de bandurrias (Theristicus melanopis) no son raras  en ciertos parajes planos, durante el verano Le excavación  mostró la presencia de varios huesos largos, muy probablemente de guanacos, que aparecieron cortados típicamente en el sentido de su longitud, seguramente para  permitir extraerles la médula ósea. No se realizó estudio del material óseo hallado.

4. Una de las cosas más interesantes de la excavación es el abundante uso que  se hace, por parte de los cazadores, del  jaspe, sílex y  obsidiana,   materiales con los que elaboraron   puntas de proyectil pequeñas, raspadores y raederas, principalmente. Estas materias primas no  se encuentran in situ, ni siquiera cerca, por lo que han debido ser transportados  desde  lugares alejados, mucho más altos de la cordillera. De hecho, nuestras pesquisas hechas meses después, dieron con  algunos lugares donde abunda este tipo de roca, sobre los 3.000 m. de altitud. La presencia de  lascas de estos materiales,  en efecto, fue  el hilo conductor que nos llevó a l descubrimiento del campamento-base. Porque precisamente  allí donde se concentraba la máxima cantidad de lascas, fruto  del  frecuente trabajo de talla, fue donde se decidió abrir el primer pozo de sondeo. Y justo allí apareció el fogón y la piedra de moler, a una profundidad de  40-43 cm. La presencia de obsidianas, en particular, sería prueba evidente  de la   existencia de  un tráfico de  muy larga distancia y, probablemente, de  extensos  recorridos que llevaban al otro lado de la cordillera.  Sus ocupantes serían los antecesores prehistóricos de las tribus de chiquillanes, que aún en tiempos coloniales tempranos depredaban y se dejaban caer sobre las zonas agrícolas en la zona central de Chile. 

5.  De enorme interés es la aparición, muy cerca del fogón y a apreciable profundidad de una piedra horadada. Está extrañamente fracturada en su sentido  horizontal. Piedras horadadas semejantes (aunque generalmente bastante más grandes  y voluminosas) se han encontrado  en enorme abundancia en la zona central y centro-sur de Chile.  Al parecer,  son de gran antigüedad. Su función resulta aún hoy  enigmática y ha sido muy discutida. Se ha sugerido que habrían sido  pesos para instrumental agrícola, cabezas de mazas para la guerra y/o elementos de culto  y ritualidad,  al estilo de los  pimuntue  ceremoniales recientes,   de la zona cultural mapuche.  Tal vez tuvieron  una utilidad  múltiple. Por la cronología de nuestro yacimiento y  su ubicación en la precordillera, hay que descartar aquí absolutamente  el uso agrícola. Sus escasas dimensiones, no la hacían, tampoco,  un elemento práctico como arma de guerra.   El pequeño tamaño de la pieza encontrada por nosotros  (4,6 cm   x  5.5 cm)   muy cerca del fogón ( 1 30 cm) y a la misma profundidad de éste, nos habla  seguramente de un uso  muy diferente del agrícola y del marcial: tal vez el uso ceremonial  Y nos transporta,  desde el punto de vista de la cronología,  a una época algo anterior a la era cristiana, tal  como veremos.

6.  El sitio es absolutamente acerámico, es decir,  carece absolutamente de fragmentería cerámica. No se halló durante el transcurso de  la excavación, en ninguna de las  seis capas o estratos estudiados,  ni un solo fragmento de cerámica.  Lo que  apoya totalmente  la hipótesis de  que sus ocupantes  fueron solo pequeñas bandas u hordas de cazadores-recolectores, al estilo de  sus sucesores los indios chiquillanes o, algo  más al sur, de los  pehuenches  y puelches cordilleranos. No habrían tenido, al parecer,  contacto cultural alguno con  grupos poseedores de cerámica, que  ciertamente ya  debió haberlos por esas épocas  en el valle central de Chile   (Cultura Aconcagua). 

7.  Según ya lo señaláramos en nuestra obra. Etnogeografía de Chile,   Vol. XVI, Instituto Geográfico Militar, Santiago,  1987: 85-87),  estos cazadores al cruzar la cordillera, han podido encontrar rocas aptas, comola obsidiana, el jaspe y el sílex para fabricar, en su campamentos de base, su utillaje de caza. Al efecto, trasladaron hasta sus campamentos  núcleos semipreparados de estos materiales. Pero el fino trabajo de talla de cada instrumento se realizó in situ, en el campamento-base, tal como lo demuestra  la enorme cantidad de desechos de talla hallados por nosotros, hasta en sus tamaños más mínimos.De hecho  hacia los 3.000 m de altitud, en un lugar llamado hasta hoy la "Olla Blanca"   hallamos años después  un yacimiento de jaspe rojo, en bloques hasta  50 cm de diámetro, en el fondo de un  pequeño torrente. 

8. Muy cerca de este último sitio, a unos 100 m. de distancia,   hallamos en esa oportunidad  unas curiosas  ruinas con pircas derruidas,  dotadas de un pavimento de rocas planas y  numerosas lascas y aún artefactos líticos rotos,   fruto del desbaste del jaspe y del sílex. (Larrain,  1987:  85, nota 21 y pág. 93, foto Nº 28). ¿Estas ruinas (¿posible tambillo?),  ¿pudieron, tal vez, formar parte de algún circuito de tránsito de alguna ruta inca  hacia el lado argentino?. No lo sabemos.  Y si no son incaicas,  ¿qué  origen y sentido tienen?. ¿Fueron simples apostaderos para cazadores?. Pero, en tal caso, ¿para qué colocar un bien ordenado piso de lajas de piedra, como fondo de una habitación?. Aquí hay, sin duda,  un pequeño enigma por resolver. El antiguo recinto se halla en la parte elevada  (Norte) de una extensa cuenca u hoya  con inclinación  N-S, hoy utilizada como cancha de esquí y conocida en la época  de nuestros estudios  como la "Olla Blanca". Una fotografía de estas ruinas  y su pavimento,   puede Ud. ver en  la citada obra de Etnogeografía nuestra  (1987:  93,  Foto 28).   

8. Esta zona de nuestro descubrimiento, hacia  los 850 m. de altitud, debió ser, en general, visitada por los cazadores andinos  preferentemente en épocas de verano y otoño, cuando  el derretimiento de las nieves de la alta cordillera llega a su máximo y permite el cruce de Los Andes por diversos pasos más bajos.

9. Nos alegramos, por fin,   profundamente de haber dado a  conocer  hoy este descubrimiento de  más de 30 años atrás, para  que  pueda ser útil para un mejor entendimiento del poblamiento antiguo de esta zona precordillerana baja, en épocas tempranas. Poderosas razones  personales nos habían impedido, hasta ahora, dejar por escrito y publicar esta evidencia que hemos comunicado por e-mail al Museo Regional de Rancagua.. Allí, debe quedar constancia de este descubrimiento y su proceso completo.