Introducción.
Presentamos hoy a nuestros lectores el texto original de la expedición francesa de los investigadores Créqui Montfort y Sénéchal de la Grange del año 1898 en la zona costera de Antofagasta . Este documento, muy poco conocido en nuestro medio, fue traducido por nosotros del original francés ya en el año 2012, y yacía olvidado y arrinconado entre otros archivos en mi computador. Considerando su gran importancia histórica y antropológica, lo ofrecemos hoy, gustosos a la consideración de los especialistas y de los lectores asiduos de nuestro blog. ¿Què buscaban preferentemente los arqueólogos en estas excavaciones financiadas por los Museos europeos?. ¿Qué elementos hoy considerados de enorme importancia, eran generalmente descuidados en ese tiempo?. ¿En qué se fijaban especialmente?. ¿Y porqué? Es lo que pretendemos demostrar en este trabajo a partir de nuestras notas explicativas.
"Excavaciones antiguas en la costa de
Antofagasta"
Presentación.
Entregamos hoy a
nuestros lectores nuestra traducción del francés, de
un artículo publicado en el Bulletin et Mémoires de la
Societé d´Anthropologie de Paris, Tome III (V Serie), 1902: 700-708, Paris.
Quien hace la
presentación es el médico francés Arthur
Chervin (1850-1921) miembro
de la expedición llamada Mission Scientiphique G.
de Créqui Montfort y E. Sénéchal de la Grange, quien fuera encargado de la sección Craniología de dicha
expedición. El Dr. Chervin fue el
responsable del tomo III, titulado Anthropologie
Bolivienne (Paris, Imprimerie Nationale, 1908).
Notemos aquí de paso que por
“Antropología” en los países europeos (en particular en Francia
y Alemania) se entendía por entonces el estudio
de las características físicas de los pueblos indígenas, lo que hoy conocemos hoy como
“Antropología Física”. El estudio del acervo cultural de estos pueblos pertenecía a la Etnografía o a la Etnología.
Su
especial interés para nosotros radica en
el hecho de que se trata –a lo que sospechamos- de las primeras excavaciones
arqueológicas realizadas en esta región de Antofagasta, bastante anteriores a las realizadas, en la década del
1920 por el médico alemán Otto Aichel en el área de Cerro Moreno, y cuyo contenido
se ofrece aquí una descripción muy
precisa y detallada.
[Nota. En paréntesis cuadrados, van las adiciones o comentarios nuestros].
Traducción nuestra del texto original.
“El Señor Chervin tiene el honor de presentar
a la Sociedad numerosos objetos traídos desde Bolivia por el Señor Sénéchal de
la Grange.
En el curso de un viaje efectuado desde la
bahía de Antofagasta hasta el altiplano de Bolivia, el Señor Sénéchal
de la Grange tuvo la ocasión de recolectar objetos de diferente naturaleza,
pero todos igualmente preciosos para los antropólogos, porque los procedentes
de esta región son bastante escasos (1).
El Señor Chervin
presenta:
1. Cuatro cráneos hallados por el Sr. Sénéchal de la
Grange en lomajes de la ensenada de (la) Chimba frente a la isla de
Guarnan [sic! por Guamán]. Tal como pareció al Señor de
la Grange, la sepultura fue excavada en plena tierra, o mejor
dicho, en plena arena, en el acantilado que domina la bahía. No
había rastro alguno de tumba [o sepulcro] (2).
Las diversos huesos que componían el esqueleto han sido
hallados en la posición normal de un cuerpo extendido (3), excepto en el caso del
niño, contrariamente a lo que suele encontrarse de
ordinario en muchas sepulturas peruanas de las orillas
del Pacífico, donde la posición en cuclillas es la regla.
A estos cuatro cráneos recogidos personalmente por el Señor
Sénéchal de la Grange, se agrega aquí un quinto que le ha sido
obsequiado por uno de sus amigos como el cráneo del famoso Atahualpa, el último
gran jefe Inca del Perú. Este cráneo, que está
representado en la línea tercera de la fotografía adjunta, ¿es
verdaderamente el cráneo de Atahualpa?. La cosa no es imposible si se ha de
creer al documento mostrado aquí abajo que ha sido remitido al Señor
Sénéchal de la Grange y que nosotros hemos traducido literalmente. Sea lo que
sea, el Señor Sénéchal de la Grange se limita a entregarlo tal como lo
recibió, sin otra garantía alguna de autenticidad histórica (sigue aquí nota al pie de página
con una extensa referencia a la historia del cráneo de Atahualpa y
su destino).
Sea lo que sea, de estos cinco cráneos, los tres primeros
pertenecen a hombres adultos, uno a una mujer y el otro a un
niño. Los tres cráneos adultos son muy
claramente braquicéfalos, tal como lo atestiguan las fotografías
adjuntas, y presentan una serie de caracteres comunes, y en forma
notable, una gran anchura de la cara como consecuencia de
la importancia del ángulo bicigomático. Uno de estos
cráneos presenta un prognatismo sumamente notorio con inserciones
musculares fuertemente marcadas; el cráneo de Atahualpa, presentando
las mismas características generales que el segundo cráneo
adulto, no posee las inserciones musculares tan marcadas como los
precedentes: es claramente más fino. Ninguno de ellos muestra señas
de deformación (craneana).
Los cráneos de la mujer y del niño nada
presentan de particular. Son braquicéfalos como los demás. Se nos
plantea un problema: ¿a qué raza pertenecen estos cráneos?. Nuestros
conocimientos craniométricos relativos a las numerosas razas que
poblaron estas regiones son poco numerosos. Todo lo que podemos decir es que
eran, en todo caso, poblaciones de pescadores, privadas
del hierro y de todo tipo de mineral, estando
así obligados a servirse del sílex puesto que no
tenían otro tipo de utensilios a su
disposición. Actualmente, nos es difícil precisar
más. Pero el señor Sénéchal de la Grange, quien va a
regresar nuevamente a Bolivia, se pone a la disposición de la Sociedad de
Antropología y de todos los sabios que tengan problemas
para dilucidar o informaciones que recabar. Gracias a la
atención que realiza el personal médico que él
posee en las minas de Huanchaca, podría hacer recopilar todos
los antecedentes de interés relativos a los 7.000 obreros
de la mina, que pertenecen a todas las razas indígenas de la altiplanicie del
Perú, de Bolivia, del Brasil y de la República Argentina.
No sabríamos, pues, agradecer suficientemente
al Señor Sénéchal de la Grange por tan generosa propuesta, que servirá en gran
medida a los intereses de la ciencia (1).
2. En las sepulturas, el señor Sénéchal de la Grange ha
encontrado maravillosas puntas de flecha hechas en sílex y en
diferentes tipos de rocas, todas ellas finamente
dentadas, de las cuales algunas no parecen haber sido utilizadas [para la caza].
3. Había aún un gran número de arpones de madera para la
pesca. Algunos terminaban en un sílex tallado bastante grande, en forma de
lanza, mientras que otros terminaban en un sólido anzuelo de hueso.
4. Dos o tres marcos de espejo
(?) (cadres a miroir) adornados por
un diseño muy simple, conformado por líneas quebradas. El señor Sénéchal de la
Grange ha hecho referencia a numerosos otros objetos que irán a enriquecer
nuestras colecciones públicas. Entre éstas, debo señalar dos momias:
una de hombre y otra de mujer; las dos dicen relación a personas que perecieron
de muerte violenta. La mujer trabajaba en las minas de cobre de Chuquicamata;
ella presenta la cabeza aplastada por un derrumbe ocurrido en época
desconocida; el cuerpo está momificado en forma natural. Junto a
ella, se ha encontrado diferentes objetos, notablemente un saco de
piel curtida en el cual se halló dos o tres
grandes piedras, de 20 a 25 cm de longitud, y
seleccionadas verosímilmente por su forma de hacha de mano, las que
servían para desprender el mineral. Había allí, igualmente, un martillo de
piedra bruta, muy interesante, en forma de pirámide. El
mango está formado por una rama de árbol de un metro de largo y doblado.(à frais) en su parte
media. La piedra está inserta al medio de la rama [así] doblada. Se mantiene en
su lugar mediante amarras de cuero curtido de un centímetro de
longitud, dispuestas en forma de redes (réseaux). Las
dos ramas de árbol dobladas se unen mediante pequeños
cuerdas de cuero curtido formando así un mango de 45 cm de largo.
Se halló
igualmente cerca de esta pieza un pequeño cesto redondo, sin tapa,
hecho en cestería de junco trenzado con mucha regularidad en forma de un pote
(bol), sin diseños de color. La momia del hombre fue donada al Museo de
Etnografía del Trocadero; ha sido colocada en la sala Lorillard,
vitrina Nº 51. Esta momia fue hallada hacia el año 1880
en trincheras abiertas en las arenas del altiplano de
Bolivia para la instalación del ferrocarril de Antofagasta
a Pulacayo. El cuerpo se encuentra perfectamente
momificado; la piel se ve levantada en algunas partes, en especial
en el brazo derecho, dejando ver una musculatura en buen estado.
Se trata de un hombre joven, imberbe, de
pequeña talla (de alrededor de 1,50 m de alto) y su cara es
alargada. Los cabellos son de un color café (brun) y lisos, y están trenzados en
penachos (touffes) en
torno a la cabeza y son lo bastante largos como para
caer por delante hasta el cuello y por detrás, hasta las
espaldas. Sobre la cabeza se observa una
pequeña redecilla de hilo de algodón blanco en forma de
red (filet) que
termina en una pequeña borla o pompón formado por una veintena
de gruesos hilos de lana roja. Alrededor del cuello, se
observa un cordón de algodón del cual está suspendido un pequeño saco de ocho
centímetros de alto por tres de ancho. Este saco [o bolsita] está
hecho en tejido de algodón de dos colores y el diseño se
compone de dos hiladas de un centímetro de ancho, amarillo y rojo
sucediéndose alternativamente a todo lo largo [de la pieza]. El saco está
cerrado por medio de un fino cordón amarillo: es incontestablemente un saco de
amuletos. En el interior del saco [o bolsa] se hallan dos
puntas de sílex, un pequeño guijarro aglomerado con una incrustación
de cobre y cuatro granos de limonita pisilítica (limonite pisilitique).
Los lóbulos de las orejas están perforados y atravesados
por un pequeño trozo de madera dura, afilada en uno de sus
extremos, delgada (mince)
como una aguja de tejer, y de un largo de alrededor de cuatro centímetros;
diríamos [que semeja] una espina larga.
El cuerpo está extendido todo a su largo, acostado sobre
el costado derecho, con el antebrazo plegado, con la cara dorsal de la mano
apoyada sobre la mejilla en la actitud del sueño. Los pies están desnudos y
desprovistos de sandalias. No hay traza alguna de tatuaje. El cuerpo está
vestido solamente de un puncho (sic! por poncho) de color, tejido en
forma regular en el telar (au métier) que desciende hasta unos 10 cm debajo de
la rodilla. El puncho (sic! por
poncho), lo sabemos, es una pieza de tela en forma
de cubierta perforada al medio por medio de
una abertura para dejar pasar la cabeza
y mantenerlo sobre el
cuerpo. En la parte del cuello se
observa una especie de encaje formado por 7 gruesos puntos de tapicería en lana
roja cuyos hijos suben de cada lado en una misma línea, a
dos centímetros de distancia. Directamente sobre la piel se halla un cinturón
aplastado. Está hecho de la reunión de una veintena de cordelillos en
pelo de llamo, que probablemente servía para suspender un paño (hoy día
ausente).
El pubis está guarnecido de pelos. Pero la
persona fue castrada con la ayuda de un
instrumento sumamente afilado, cuya corte se
ve aún hoy perfectamente nítido al nivel del pubis mientras que se ven restos
de las bolsas [bolas]. La extracción del pene ha tenido
lugar con toda certeza después de la muerte; tal
vez fue practicada por el obrero que la descubrió en la
trinchera del ferrocarril, para hacerse con él algún amuleto.
Esta momia es, pues, interesante por más
de una razón.
El señor Sénéchal de la Grange ha hecho obsequio a la
Sociedad, para su museo particular, de los cinco cráneos que yo
acabo de presentar; éstos vienen a llenar una laguna en nuestras
colecciones y debemos dirigir a nuestro generoso donante nuestros más calurosos
agradecimientos.
A causa de su especial importancia, yo he creído útil ofrecer un dibujo de cada uno de estos cráneos
para nuestros lectores del Boletín. Me ha parecido que la
fotografía presentaba una gran ventaja sobre los (instrumentos)
goniómetros y cefalómetros conocidos. Así, pues, he buscado una posición que
fuera la misma para todos los cráneos en estudio y sobre todo un medio para
hacerlos comprables entre ellos. He pensado que la fotografía
señalética (signalitique) imaginada
para la persona viva por nuestro colega el señor Alfonso
Bertillon, podría tener su aplicación en la craniometría ya que ella presentaba
todas las condiciones requeridas para lograr la mayor uniformidad posible
de posturas y reducción. Mi amigo, el señor Alfonso
Bertillon ha tenido a bien adaptarse a mis
indicaciones y las fotografías de la página 706 han sido realizadas en su
Servicio en las condiciones señaladas en la nota adjunta. [Ver más abajo].
La aplicación del método del señor Alfonso
Bertillon a la craniometría presenta, con respecto
de los diversos aparatos craniométricos, la
ventaja del diseño fotográfico sobre todos los dibujos hechos a
mano. Pero el procedimiento del señor A. Bertillon es tan rigurosamente exacto
que permite tratar la fotografía obtenida como un verdadero dibujo geométrico,
así como tomar mediciones precisas. Es ésta una
ventaja inapreciable que hará los más grandes servicios a
los investigadores que se dedican a la craniometría.
Nota sobre la reproducción fotográfica de cráneos.
[Esta sección, de interés únicamente para la historia de la craniometría, no se tradujo en esta ocasión y se omite aquí. Nada aporta desde el ángulo eco-antropológico. Se puede, sin embargo, leer en francés, en el original.
Discusión.
El señor Presidente pide al señor Chervin que transmita
al señor Sénéchal de la Grange los agradecimientos de la
Sociedad. Expresa, igualmente, el anhelo de
obtener referencias exactas sobre el tipo de la sepultura de los
cráneos que acaban de ser ofrecidos.
El señor Chervin es de opinión de que los cadáveres
habían sido enterrados en la arena, sin ninguna
otra forma de sepultura (o tumba).
El señor A. de Mortillet hace
notar que las flechas presentadas por el señor
Chervin se aproximan por su forma a aquellas que se encuentran
en Europa”.
[Hasta aquí, nuestra traducción del texto original francés].
_____________________________
Nota 1. Por recomendación del señor M.
Chervin, los señores Sénéchal de la Grange y de Créqui-Monfort
acaban de organizar una verdadera misión antropológica llevando consigo a
investigadores calificados como los señores Adrien de Mortillet,
Courty, el Dr. Neveu-Lemaire y J. Guillaume.
Nuestras Notas al texto.
(1) Para un museo francés de la época, todos los hallazgos de la expedición tenían un particular valor: la exposición al público de los componentes de una cultura indígena local, poco documentada hasta entonces. Entre estos elementos de especialísimo interés, estaban los restos humanos, en particular los cráneos. ¿Por qué los cráneos, podríamos preguntarnos hoy?. ¿Era esto una moda, o una simple curiosidad por entonces?. Moda, no, preocupación seria, sí. Recordemos que la época se caracterizó por un marcado interés por registrar los orígenes y variabilidad del poblamento humano, a partir del descubrimiento casual del cràneo del hombre de Neanderthal, en Alemania, por obreros en una cantera en el año 1856, datado en 40.000 años. Nacía así la disciplina de la paleoantropología. Tal inquietud intelectual es comparable a la actual curiosidad humna por escrutar los orígenes de la vida en otros planetas del universo...!.
(2) En la misma zona y frente a la isla Guamán tuvimos nosotros la suerte de encontrar, en agosto o septiembre de 1964, un esqueleto humano igualmente extendido que ostentaba a la altura del pecho y como única ofrenda, una gran concha de ostión (Argopecten purpuratus, ), desgastada en sus bordes. Descubrimiento no puedo olvidar hoy por haber sido el primero encontrado por mí en ese tiempo. No había signo alguno de atisbo de tumba o sarcófago, habiendo sido excavada directamente en la arena. Referencia explícita y detallada a este hallazgo, estampé en mi obra "Eco-antropologìa", publicada por Pampa Negra Ediciones, Antofagasta, 2024, pg. 93.
(3) En nuestra zona costera norte, el modo de enterramiento habitual desde los tiempos de la cultura Chinchorro era con el cuerpo total o parcialmente extendido. Los pueblos del interior (aymaras y quechuas) empleaban siempre la forma fuertemente flexada, o en cuclillas.
