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lunes, 29 de junio de 2020

La elaboración de carbón de leña en los cerros de la zona central de Chile: Observaciones hechas en 1983 junto al río Codegua (precordillera de Graneros).

                     
Fig. 1.  El área de elaboración del carbón de leña indicada en este artículo. El río Codegua cruza la imagen de este a oeste, escenario donde se solía realizar la corta de leña y producción de carbón en la década del 1980. (Tomado de Google Earth; los títulos son un agregado nuestro). Coordenadas geográficas aproximadas: 34º 02` L. S.  y 70º 32`L.W.   

                     
Fig. 2.   El ambiente  geográfico-ecológico del lugar. El área circundante estaba poblada de espinos (Acacia caven), quillay (Quillaja saponaria)  y litres  (Lithraea caustica), especies  que ocupan la pequeña terraza fluvial. Son especies muy  representativas del matorral de secano de la zona central de Chile.  En el primer plano de la foto, se observa, además,  algunos ejemplares del  cactus (Trichocereus chilensis), quila (Chusquea quila),   quillayes (Quillaja saponaria) y  la bromelia Puya chilensis que  ascienden por las laderas más soleadas y secas. Los árboles más grandes de atrás son fresnos (Fraxinus excelsior), árbol  de origen europeo que ocupa  el fondo más húmedo de esta quebradilla de  "Las Ñipas" pues es muy ávido de agua.  Especie que sospechamos fue traída  por los jesuitas desde Europa  a su antigua hacienda y que  se ha  reproducido y prosperado muy bien  en estas quebradas, donde ha encontrado un clima semejante al de Europa.  

El horno de barro.

Las imágenes que siguen, muestran muy bien el aspecto del horno y el apresto para la quema. Las tres fotografías (Fotos 3, 4 y 5) nos han sido gentilmente enviadas por nuestro sobrino Cristián Larrain Arnolds, y corresponden a la zona de Cuncumén, Sector "El Asilo" (Vª Región de Chile, parte de la cordillera de la costa). La vegetación aquí es bastante similar a la que señala en la Figura 2.

Fig. 3. Dos hornos de barro y una pila de leña ya cortada, a punto de ser introducida en su interior. (Foto Cristián Larrain Arnolds, 02-07-2020).

Fig. 4. El horno ya está lleno de leña. Falta solo instalar la "puerta", es decir el trozo de latón que la cubrirá. El toque final, consiste en embadurnar con barro  las junturas, para  cerrar por completo la entrada de aire, una vez encendido.  (Foto Cristián Larrain A., 03-07-2020).

Fig. 5. Estos troncos sostienen  el trozo de latón que conforma la "puerta" de acceso. Solo falta sellar totalmente  la entrada. (Foto Cristián Larrain A., 02-07-2020).
                                 
                      
Fig. 6.  Horno de leña ya abandonado. Fotografia enviada por el arqueólogo Ulises  Cárdernas, en visita inspectiva a la zona de  La Punta, (Comuna de Codegua), Sitio llamado "quebrada Portón de Varas, Planicie Rodelillo", ubicado a los 836 m de altitud s.n.m. Otro testigo de la explotación del carbón de leña de  especies nativas  hace unos 20-30 años, o tal vez más, en una zona muy próxima, al Norte del río Codegua. Algo distinto en su forma  a los anteriores,  refleja sin duda pequeñas diferencias locales de estilo. (Ulises Cárdenas, septiembre  2020).

La explotación del carbón de leña.

La tarea de hacer carbón de leña es de muy antigua data colonial. Ciertamente no es -como podría sospechar alguien- una reminiscencia cultural  indígena, sino claramente hispana. Revisando la obra del abate Juan Ignacio Molina (Molina, 1810), al hablar del espino (Caven en lengua mapuche), árbol preferido para la obtención del carbón,  no se hace referencia alguna a la elaboración de  su carbón  por parte de los naturales o de los españoles de su tiempo.
En cambio, se alaba la dureza de su madera:  "los artesanos lo emplean para hacer los mangos de sus instrumentos"  (Molina,  1986 [1810]: 186). La obra:  Flora arbórea de Chile de los autores Roberto Rodríguez, Oscar Matthei y Max Quesada  (1983), en cambio,  nos señala: "su madera...es muy buscada para la fabricación de carbón vegetal de excelente calidad, lo que ha llevado a una rápida explotación de los otrora extensos espinales"  (1983: 53).

Una referencia  del año 1820.

Sobre el este tema, creemos sería de intéres aportar aquí el testimonio de un  marino inglés que recorrió las costas de Pacífico Sur y luchó a las órdenes del Lord Cochrane  en las guerras de la Independencia. Se trata del oficial naval Richard Longeville Vowell quen escribó una notable y detallada reseña de sus viajes y de su  participación en acciones navales en la costa de Pacífico. Al recorrer Chile, nos ofrece  una magnífica descripción de sus ciudades, sus habitantes y sus costumbres. Tambien nos ofrece  una muy valiosa descripción de sus paisajes  naturales, y de su flora, fauna y aún de su mitología.  Al pasar por la cuesta de Lo Prado rumbo a Valparaíso, hace especial referencia al árbol del  espino (Acacia caven) y su utilización en el país:

"El terreno montañoso que se extiende entre Bustamante y el pie de la Cuesta, está cubierto principalmenrte de espino, árbol espinoso, rojizo, que crece hasta un grueso considerable....Como los troncos de estos árboles son  bastante altos y lo suficientemente derechos, producen una madera excelente para horcones, especie de vigas biterminales de las granjas para sostener el techo de fagina...Son útiles también para guardacantones, puentes y para toda obra expuesta forzosamente a mojarse pues su madera es notablemente duradera y muy resistente a la humedad. Se vende con facilidad y  a un alto precio, cortada en trozos para el fuego, pues arde bien con poco humo y deja cenizas fuertes. Es también la madera  más adecuada para hacer carbón,  por lo cual se la busca con preferencia, pues no se puede obtener carbón mineral sino en las cercanías de Penco, en la bahía de Concepción,  que contiene tanto azufre y es tan pizarreño que no sirve para los menesteres domésticos, quizá ni aún para fundir el hierro." (Longeville Vowell, 1968: 88-89; cap. IV;  énfasis nuestro).

La normativa actual del Ministerio de agricultura de Chile, ha prohibido el empleo de ciertas especies arbóreas para hacer carbón. Es el caso del espino (Acacia caven), del boldo (Peumus boldus)  del quillay (Quillaja saponaria), del canelo  Drymis winteri), del  ciprés de la cordillera (Austrocedrus chilensis), el lun (Escalonia revoluta), y otras más, escasas. (Cfr. Decreto Nº 366, del 30-03-1944 del Ministerio de Tierras y Colonización) Este Decreto rige la explotación del  quillay y otras especies forestales).

Releyendo viejas notas de campo.

Revisando mis viejos Diarios de Campo, (Diario Nº 23, 1982-1984),  dí con unas notas mías referidas a la explotación del carbón de leña en las estribaciones bajas de la  precordillera de Graneros, parte del antigua hacienda de "La Leonera" (Fig 1). La referencia nos pareció digna de ser conservada, por provenir directamente de un carbonero experimentado. Exactamente sobre esta misma zona, hemos escrito un par de artículos en este mismo Blog, con ocasión de nuestros descubrimientos arqueológicos realizados en el estero de "Las Ñipas", pequeño afluente del río Codegua.  (Ver bibliografía, al fin de este trabajo). El área de nuestros descubrimientos arqueológicos distaba no más de 300 metros de los primeros hornos de carbón, ya abandonados, construidos entre  1945 y 1980, a los que se alude en  la cita siguiente.
 Justamente,  la entrevista al carbonero  que más abajo reproducimos,  se realizó  en los días en que iniciábamos con mi familia y alumnos de historia de la Universidad de Santiago, las excavaciones arqueológicas (Ver bibliografía, abajo) en las proximidades de los hornos de leña derruidos. La presencia de varios hornos antiguos, atrajo nuestra atención  y nos indujo a realizar  la presente entrevista. 

Breve historial de la zona  referida.

La zona de La Leonera formó parte de la extensa hacienda "La Compañía"  uno de cuyos últimos dueños (antes de su parcelación) fue don Ventura Blanco Viel  (1846-1930). La antigua hacienda perteneció a los antiguos jesuítas, y fue adquirida, tras el destierro de la Orden jesuíta (en 1769) por Orden del rey de España  Carlos III,  por don Mateo Toro y Zambrano en 1778  por la suma de 100.000 pesos de la época.  
En recuerdo de sus antiguos dueños, los jesuítas,  ha quedado hasta el día de hoy en pie la antigua iglesia en el lugar que lleva por nombre "La Compañía",  rica en imágenes y ornamentación colonial. El área próxima a la cordillera de esta hacienda fue comprada  por mi padre, Horacio Larrain Cotapos  hacia  1940, quien vendió algunas parcelas a algunos de mis tíos Barros Casanueva, fruto de la partición de la antigua hacienda a la muerte de don Ventura Blanco Viel, el último propietario de la antigua hacienda. La parte cordillerana (sobre los 950 m de altitud)  ascendía a un total aproximado de  10.000 há.,  colindando hacia el Este en su parte más alta con la Compañía Minera "El Teniente",  sociedad explotadora del mineral de cobre, cerca de Caletones. La parte  agrícola más importante de la antigua hacienda, más próxima a Graneros,  con el nombre de "La Blanquina," fue comprada  por don Luis Alberto Fernández Larrain,  al mismo tiempo que mi padre (1940).

Ârboles preferidos para hacer el carbón.

 El área precordillerana baja donde se desarrolla esta vegetación de bosque esclerófilo no presentaba otra fuente de ingreso para el agricultor sino la producción de carbón de leña y alguna eventual crianza de cabras. La ausencia de sectores planos impedía por completo la práctica de la agricultura, salvo en algunos muy escasos planos. Los árboles y arbustos más frecuentemente preferidos para la quema del carbón  eran,  además del espino  (Acacia caven), el boldo (Peumus boldus), el litre (Lithraea caustica),  el  peumo (Cryptocarya alba)  y, eventualmente, por ser más escaso, el lingue (Persea lingue). En la zona que estudiamos, la explotación del carbón de leña se venía realizando probablemente al menos desde la década del 1920,  pero se intensifica  y se hace más común, a lo que creemos, entre los años 1935-45 por la creciente demanda de carbón vegetal para uso en los braseros, tipo de calefacción campesina muy en boga.  (Cf. Pacheco Marín, 2005, en bibliografía abajo).

Hornos abandonados.

En nuestras excursiones veraniegas desde el refugio de mi padre junto al estero las Ñipas entre los años 1982-85, acompañado de mis hijos María Cristina y Carlos, topé frecuentemente con hornos ya abandonados, (despues de ser usados por varios años) en las laderas bajas, cerca de arroyos invernales, testigos mudos de la antigua presencia de una mayor vegetación arbórea.  Alguno que otro se hallaba casi intacto, testigo de muchas quemas.
Esta actividad, tan común en los cerros de la cordillera de los Andes en la zona central de Chile,  practicada por años, sin duda, ha contribuido, junto con la mantención de hatos de cabras (cabrerías), a la disminución del tamaño y diversidad de la vegetación arbórea en dicha área.  Algunas especies de árboles autóctonos, sin duda, se han visto más afectadas por esta  industria local, hoy casi totalmente abandonada.

Texto de la entrevista.

Presentamos aquí a nuestros lectores el texto completo de nuestra entrevista hecha in situ a un carbonero, don José Maldonado, el día 19-06-1983 en el sector de La Leonera (Diario de Campo Nº 23: 222-225). Las Notas en negro, encerradas en un pequeño círculo, son adiciones  nuestras actuales (Junio  2020), y  tienen por objetivo esclarecer ciertos conceptos.


Fig. 7.    Primera página de la entrevista hecha el  19-06-1983, hace exactamente 37 años.

Fig. 8. Segunda página de la entrevista.

 Fig. 9. Tercera página de la entrevista

 Fig. 10.  Cuarta página y final de nuestra entrevista.

Fig. 11.  Detalle ampliado de la forma en que el carbonero va disponiendo los trozos de  leña, previamente cortados aproximadamente a la misma medida. Van alternándose en su posición  para facilitar al máximo la dispersión de calor interior del horno. Si el horno está intacto, el llenado del mismo se realiza desde la parte superior. La forma curvada final del horno  (cúspide)  la da el operario agregando gruesas capas de barro fresco, arcilloso, tomado del mismo lugar,  encerrando así  y cubriendo por completo las sucesivas capas de leña que ha dispuesto ordenada y alternadamente en su interior. La tarea final, una vez terminado el horno, es hacer una cierta cantidad de perforaciones u hoyitos desde el exterior, en todo el contorno del horno, (pueden ser decenas), a  una distancia de  20-30 cm. uno de otro,  con el objeto de crear vías de escape al humo mientras se realiza la combustión interior en forma muy lenta (en atmósfera reductora, sin llama). (Cf. Pacheco Marín, 2005, en bibliografía abajo).

Notas nuestras al texto  de la entrevista  (entre paréntesis redondos):
  
1.  La fecha de esta entrevista fue el 19-06-1983. Fue grabada durante un viaje a Codegua.

2.  El carbonero José Maldonado trabajaba por cuenta de Pedro Gómez, quien a su vez era capataz de mi padre en La Leonera; éste trabajó desde niño en esta labor que había aprendido,  a su vez, de su padre.

3.  "Ruco" es la expresión que usa el carbonero para designar a la sencilla cabaña  o choza donde aloja durante el trabajo  de la quema de la leña. Voz que deriva de la ruca mapuche o vivienda familiar típica de la zona de la Araucanía.  Más abajo, en el texto de la entrevista, se indica su forma  de factura, con empleo de la quincha para levantar los muros.  (Vea Nota 12).

4.  La pequeñez e incomodidad de la choza  o "ruco" impide al hombre casado  tener consigo a su familia, la que permanece en el pueblo más cercano (en este caso, Codegua) donde sus hijos asisten a la escuela. Esta vivienda rústica y transitoria es apenas un simple refugio para  guarecerse durante la noche o cuando arrecia la lluvia.  El carbonero, por lo general, vive allí solo, durante  largas temporadas, mientras  hace la quema en el horno, allí junto.

5.  El horno pequeño, (que es el más común),   hace unas 13-14 cargas de leña y cada carga representa unos 350 kg de leña. La carga total, por lo tanto, significa unos 4.900-5.000 kg de leña.  El carbonero emplea tanto leña seca como verde para cargar el horno. Nuestro carbonero José Maldonado prefiere la verde, porque según  él, rinde más.  Cuando la leña usada para la  quema  no es de espino sino de otro tipo de árbol, el producto final obtenido se llama "carbón blanco".

6.  Hago recuerdo al carbonero de la existencia de una ruina de un enorme horno, en la quebrada de Las Ñipas. El también la  ha visto.  El tamaño o el número de hornos próximos entre sí,  nos da una idea aproximada de la presumible riqueza de leña en derredor. El  horno siempre se construye en la proximidad de una apreciable cantidad de árboles para facilitar al máximo  su carga y así ahorrar energía.  El carbonero, antes de construir el horno, realiza una inspección  previa, precisa, de la potencialidad del lugar.  Varios hornos cercanos, delatarían la presencia de  una masa boscosa mayor.

7.  Cuando se fabrica por primera vez el horno, después de reunir las cargas necesarias de leña para llenarlo, la primera tarea es hacer una excavación circular de un mínimo de 40 a 60 cm de profundidad para darle mayor capacidad. Dispuesta la carga  y apilada en ese lugar elegido, se procede a levantar las paredes del horno  dándole la forma final en su cúpula, mediante el aditivo de gruesas capas de barro. La altura final del horno es variable y depende de la cantidad de leña, pero  fluctúa por lo general entre  1.40 m y 1.70 m.

8.  Si  en cambio el horno está previamente intacto (completo), la carga del horno se verifica a través de la puerta lateral, desde la parte baja,  introduciendo los palos cortados uno a uno y disponiéndolos de manera tal de ocupar todo el espacio interior disponible, en la forma que indica la figura  Nº 7.  Si, como es más frecuente,  la parte superior (o techo) del horno se ha caido parcialmente y falta, se carga por arriba. Terminada la carga de la leña, se procede, en este caso, a completar toda la parte superior o de la cúpula del horno, echando una gruesa capa de barro hasta darle su forma curva definitiva. 
Al barro agregado, de aspecto gredoso,  se  quita toda la piedrecilla de mayor tamaño y así, mediante la alta temperatura obtenida por la combustión interior, las paredes del horno finalmente se cuecen, presentando una coloración rojiza pálida y una dureza, características de  la cerámica.

9. En el caso presente, se da al horno la forma final de cúpula, para facilitar el escurrimiento del agua de lluvia  en el invierno. La capa de barro (o greda) debe ser muy gruesa, sobre todo en la parte superior, para ser capaz de resistir y soportar lluvias intensas.  En la Pampa del Tamarugal, en Tarapacá, donde nunca llueve, las cargas de leña no se introducen a un horno, sino que la postura ordenada de los leños cortados, se realiza en una especie de trinchera alargada (o foso), de varios metros de longitud la que, una vez llena de troncos  de la leña  elegida (que aquí es tamarugo),  es tapada con abundante tierra. Actividad ésta que pudimos observar personalmente en dicha zona  varias veces.

10.  Interesante nos resulta hoy la referencia al tipo de saco usado. Todavía se empleaba en 1983 el saco hecho de arpillera (de cáñamo), pero ya entonces se empieza a utilizar con fuerza el plástico,  que substituirá muy pronto totalmente el empleo del cáñamo.

11.  Ya hemos insinuado más arriba que tanto el horno como el "ruco" se procuraba ubicar en las cercanías de un arroyo, por la necesidad de agua para su construcción.

12. Los muros del "ruco" o choza rústica,  son formados de "quincha", tipo de material compuesto de ramas y embadurnados con abundante barro, en lo posible rico en greda  (arcilla). El interior se calefacciona con un brasero. La leña para alimentarlo, sobra allí.

Notas adicionales.

1. El encendido del horno, se verifica  por la "puerta" (generalmente hecha de latón), situada en la parte inferior,  la que es luego tapada y bien sellada con barro un vez encendido.  Previamente, se  hace una  cantidad de perforaciones  a  20-30 cm de distancia una de otra, por donde el horno "respira" y humea, durante la combustión lenta (sin llama) que puede durar dos a tres días como mínimo.

2.  Para la elaboración de este capítulo, he recibido valiosa información de mis hermanos Andrés y Cristián Larrain Barros,  así como de mi sobrino, Cristián Larrain Arnolds. Aporte que agradecemos  en forma especial.

Bibliografía sucinta. 


Galaz Montero, Inés de las Mercedes,  2004, "Caracterización del sistema de producción de carbón de espino (Acacia caven, Mol) en la Comuna de Pumanque, VI Región",  Memoria de Título, Universidad de Chile,  Escuela de Ciencias Forestales,  Santiago de Chile.

Larrain, Horacio, 2015. "Cazadores-recolectores montañeses hace 2.500 años atrás: Excavación en La Leonera, Quebrada de Las Ñipas,  Comuna de Graneros (Chile Central)", Capítulo en su Blog científico: https://eco-antropologia.blogspot.com  de fecha  30-04-2015.

Longeville Vowell, Richard, 1968 [1831], Campañas y Cruceros en el Océano Pacífico, Editorial Francisco de Aguirre, Buenos Aires, Santiago de Chile, (Prólogo y traducción de José Toribio Medina. Traducción de la parte de la obra original de 1831 publicada en Londres referente a Chile,  en tres tomos.

Pacheco Marín, Germán Enrique, 2005, "Evaluación del proceso de carbonización y calidad del carbón de Acacia caven (Mol)   producido en hornos de barro", Memoria de Título, Universidad de Chile, Facultad de Ciencias Forestales, Departamento de ingeniería de la madera,  Santiago, Chile,

Rodriguez, Roberto, Matthei, Oscar,  Quesada, Max, 1983. "Flora arbórea  de Chile", Editorial de la Universidad de Concepción, Chile.

jueves, 14 de mayo de 2015

¿Cómo llegamos a localizar el sitio de un campamento de cazadores-recolectores?: antecedentes de una excavación de un sitio arqueológico datado en 2.500 A.C. en La Leonera, Graneros.

Nuestro descubrimiento en la quebrada de "Las Ñipas", Graneros   (VI Región).

En  dos capítulos anteriores, nos hemos referido in extenso, a un  descubrimiento arqueológico  nuestro, de tipo enteramente casual, hecho  junto al estero "Las Ñipas", ( Comuna de Graneros, VI Región de Chile), de un campamento de cazadores-recolectores fechado por el C14  en unos 2.500 B.P (antes del presente). Hemos mostrado allí, en detalle, fotografías del proceso de excavación, y, también, del protocolo de la excavación entregado al Consejo de  Monumentos Nacionales en su época. A través de estos documentos, queda claro qué se descubrió allí y qué  características culturales poseía  el grupo humano que  habría sido el ocupante ocasional del lugar. El lugar del hallazgo corresponde  al matorral de secano  de la zona central de Chile, y desde el punto de vista botánico, al bosque esclerófilo chileno, formado por boldos, peumos, litres y quillayes, árboles autóctonos muy comunes que pueblan  las quebradas y laderas bajas de las primeras estribaciones de la Cordillera de los Andes. Las coordenadas  UTM  del yacimiento son:  357714 E y 6232620 S.

¿A través de qué signos llegamos a dar con este  asentamiento humano?.

Creemos que puede ser de interés para los especialistas  y también para los jóvenes estudiantes interesados en la arqueología como ciencia,   reseñar aquí y explicar  cómo  llegamos a este descubrimiento. En otras palabras, qué signos  nos condujeron al lugar, y qué elementos  del paisaje   nos fueron encaminando poco a poco hasta descubrir  el lugar exacto  del campamento. Lo que  al inicio pareció ser un descubrimiento aislado y solitario   (en 1979),  pronto, a medida que aumentaban los indicios (1980),  nos  llevó a configurar la  hipótesis de la existencia in situ de un campamento de cazadores, hipótesis que fue plenamente confirmada más tarde (1983).

Un antecedente fundamental.

Para ello, debo señalar antes un antecedente importante. Mi padre, Horacio Larrain Cotapos  (1899-1984) luego de la venta  de su  parcela  "Santa Inés del Arrayán",  parte del antiguo fundo de La Leonera, en diciembre de 1979,  había levantado  al pie de la porción cordillerana restante de su propiedad, junto a la pequeña quebrada de  Las Ñipas, una casita  sencilla  y austera de madera,   muy cerca de la vivienda de su inquilino Pedro Gómez  y  a  unas decenas de metros de la cabrería que éste cuidaba en el lugar. Amante apasionado de la naturaleza, de los animales y de las plantas, mi padre gustaba de volver, cuantas veces podía,  a las tierras que con tanta dedicación y empeño había trabajado por cuarenta años, a partir de su compra en el año 1939. Así, se escapaba de Santiago, cuyo ambiente le aburría, y ocupaba esta pequeña casa  para recorrer  con su empleado Gómez, su cabrería, sus colmenas de abejas y los hornos de explotación de carbón en los cerros de  su propiedad. Esto ocurría  al lado poniente de la quebradilla  "Las Ñipas", pequeño afluente del río Codegua que le llegaba por el Sur y muy cerca de éste.  Aquí, en los primeros contrafuertes  de la precordillera, el terreno agrícola aprovechable era casi inexistente  y solo se podía cultivar un pequeño huerto labrado con esfuerzo  en la caja del río, repleta de piedras de acarreo fluvial.


Fig.1.  El primer croquis nuestro,  luego del descubrimiento de las primeras piezas líticas, el 19/11/1980.
En este sencillo croquis,  se puede ver la posición relativa de las casas de Pedro Gómez, nuestro cuidador, (Número 1) y de mi padre ( Número 2),   el sitio ocupado por los corrales  y la cabrería (Número 3) y el sitio exacto donde  fueron hallados los primeros artefactos arqueológicos, muy pequeños:  dos puntas de proyectil y  un raspador.  En el sector denominado aquí "plano inclinado" se halla la terraza fluvial bien provista de árboles  del tipo esclerófilo, donde  posteriormente  pudimos ubicar con exactitud  el lugar de mayor concentración de artefactos y el campamento antiguo.

Un mes de vacaciones durante varios años. Diario de Campo

Sabiendo de nuestro entrañable gusto por la naturaleza y la vida campesina, mi padre nos facilitaba su casia de madera durante  una temporada  en los veranos. Así,  durante varios años (1977-1984)  tuve la oportunidad de llevar a mi familia a veranear  al lado del río Codegua. Durante un mes, que se nos hacía siempre corto, disfrutábamos del lugar. Mi padre, eventualmente,  nos facilitaba allí caballos para las excursiones. Mi innata inclinación por el estudio de la naturaleza, heredado de mi padre, me llevaba a realizar, con mis pequeños  hijos María Cristina y Carlos, largas expediciones a pie por los cerros cercanos, de donde volvíamos con cosecha de moras, flores del campo,  ramas de culén o manojos de berros que recogíamos en las aguadas. Ahí les iba dando yo a mis hijos  los nombres vernáculos y científicos de arbustos y árboles que poblaban  los cerros.

La vegetación  natural del sector precordillerano  de Chile central.

En el sector había mucha vegetación arbustiva  nativa que se arrimaba sobre todo al fondo de la quebrada. En las laderas de los cerros, se podía ver quiscos, puyas,  quillayes, espinos,  quilo,  cardos, palquis,  y manchones de quilas, cuyas utilidades o propiedades  procuraba yo enseñar a mis hijos. En el capítulo anterior, señalamos nosotros la gran variedad de especies vegetales que poblaban el sector, todas ellas características del matorral de secano del centro de Chile. Una de mis actividades predilectas, durante estas vacaciones, era la colecta de insectos. Premunidos, pues, de redes, frascos ad hoc  y "chupete", colectábamos mariposas, abejas silvestres, avispas,  coleópteros, chicharras y otros insectos   en las corolas de las flores del campo, en el pasto o en las ramas de árboles y arbustos. Centenares de insectos capturados en esos años se hallan hoy en la colección entomológica de  mi propiedad. Mis dos hijos, invariablemente,  me acompañaban  dichosos en tales paseos. ¡Hasta les enseñé a  preparar, en un extensor,   las mariposas, con sus alitas extendidas!.
He aquí, pues,  el trasfondo, el escenario geográfico-ecológico y humano de nuestro hallazgo: realizado gracias a nuestros paseos diarios por los alrededores, tratando de escudriñar la naturaleza y sus secretos.

Anotaciones en mis Diarios de Campo.

Para reproducir con toda fidelidad  las circunstancias que rodearon  los descubrimientos, nada más oportuno que recurrir a mis notas de campo de aquellas fechas.

Referencias en mis Diarios de Campo de la época   8Vols.  XII y XIII).

La primera mención a este tema, que encuentro ojeando  mis viejos Diarios de Campo, trae la  fecha
19/09/1979.

Dice así:    "hallazgo en La  Leonera, de 2 puntas de flechas de cuarzo, muy pequeñas, y un raspador. Ubicación (sigue croquis del hallazgo que ocupa casi toda la página. Se reproduce aquí en  la Fig. 1 de este capítulo, arriba)."  Después del croquis,   sigue la siguiente reflexión mía,  que copio  ad litteram:

"(....) son indicio cierto de presencia de cazadores de la zona. Las flechas son muy pequeñas y fueron utilizadas para aves. Hay  [en la zona]  muchas tórtolas, perdices, y codornices, turcas, tencas, etc. Pueden ser también agricultores del valle que complementaban su dieta con caza de aves. La presencia de la Quebrada Las Ñipas y su vertiente y del río Codegua, favorecen la presencia de aves en el lugar.
Sospecho que junto a la vertiente "Las Ñipas" debe existir algún posible asentamiento humano o, al menos, signos de campamento. El área jamás ha sido trabajada, sino es en la corta de árboles  para obtención de carbón, de lo que hay trazas de unos 5  [hornos] en el área inmediata"-(Diario de Campo  Horacio Larrain, tomo  XII: 80-81;  énfasis nuestro).

Certeros atisbos iniciales.

Tal fue mi primera reacción ante este  pequeño  hallazgo. Como se puede ver,  el atisbo inicial resultó ser de verdad, profético. El único error en nuestra primera percepción fue  que  no  se halló, terminada ya  la excavación, evidencia alguna de  actividad agrícola; todo apuntaba a la caza-recolección como actividad económica primaria de los antiguos pobladores. Si hubiesen sido agricultores, habrían traído consigo su cerámica; lo que aquí no ocurrió.  

 Segunda referencia  en mis Diarios de Campo.

La segunda referencia, muchísimo más  extensa,   la encuentro  en mi Diario  de Campo del día  26 de Febrero de 1980, seis meses después  (Vol. XIII:   213-142).  Tras los primeros descubrimientos de septiembre del  año 1979 que me dieron la primera  valiosa pista,  en una nueva permanencia en Las Ñipas con mi familia, se sucedieron, uno tras otro,  numerosos descubrimientos de lascas o esquirlas (fruto del retoque en la fabricación de  artefactos líticos) y de instrumentos varios,  muy típicos  del cazador-recolector.  Fue tal mi entusiasmo por el hallazgo, que me propuse  buscar  el yacimiento principal, esto es, el campamento mismo de los antiguos moradores. De seguro no estaría muy  lejos. Hasta dos veces al día recorrimos incansablemente los alrededores, haciendo numerosos hallazgos  Mis dos hijos me acompañaban  siempre,  en forma entusiasta, colaborando activamente en los hallazgos. Para ellos, era algo nuevo, casi increíble: ser testigos de la presencia, ante sus ojos,   de más de 2.500 años de historia!. Al hallar nuevas lascas de obsidiana, estampé en mi Diario el siguiente comentario que habla por sí solo:

"Empezó entonces una  búsqueda afanosa con Carlitos, hallando en una hora y media de búsqueda, unos 50 fragmentos de obsidiana, algunos grandes de hasta 4.5 cm  de longitud; unos  60 fragmentos de sílex rojo granate, ...; muy pocos de sílex blanco, o casi transparente y muy pocos veteados de tonos rojo y blando. No puedo dudar ya de que dí con un lugar de campamento de indígenas cazadores de pajarillos (por lo pequeño de las puntas [líticas]  en general), con fácil acceso al río y con agua de la quebrada "Las Ñipas"..." (Diario H. Larrain, Vol. XIII: 215; énfasis nuestro). 

Búsqueda ansiosa de evidencias arqueológicas.

A partir de ese momento,  dejé casi de lado la búsqueda de insectos, y  todo mi interés se  concentró en hallar más evidencias y en  circunscribir la zona de los hallazgos arqueológicos, en procura de atinar con el centro del campamento antiguo.   Al entomólogo aficionado de los primeros días, sucedió  rápidamente el arqueólogo  de campo, formado en México.

Al cabo de esos pocos  días de frenética búsqueda de evidencias, entre los tres,   se pudo obtener un total de  530 lascas, entre obsidiana, sílex blanco y  jaspe ( rojo-marrón) y un total de 21 instrumentos o trozos de éstos),  entre ellos:  puntas de proyectil,  raspadores, percutores,  bifaces y  raederas. (Diario H. Larrain, Vol. XIII: 232). Más abajo,  se muestra  el dibujo hecho entonces  en el Diario de Campo, de las piezas halladas en esta temporada de trabajo.

Recuerdo que buscamos  evidencias   dejadas por los antiguos cazadores hasta el último momento, antes de partir a Santiago el día  1 de Marzo de 1980, fecha del término de nuestras vacaciones.  Nos fuimos felices, seguros de haber hallado la zona de campamento antiguo, atestiguada por el área de máxima concentración de  lascas y artefactos (enteros o rotos).

Nuestra propia síntesis en ese momento ( 29/02/1980).

Nada mejor que copiar de nuestro propio Diario de Campo (Vol. XIII: 233-235) las reflexiones que  dejé estampadas  sobre este descubrimiento

"La impresión del conjunto es que:

a)  el sitio fue ocupado solo esporádicamente,
b)  por un grupo [humano] muy pequeño  (horda),  o una sola familia de cazadores,
c)  que no conocieron - o emplearon- la cerámica;
d) que no hay trazas de sitios habitacionales aquí, pues las rocas son muy pequeñas y no ofrecen abrigo alguno adecuado;
e) que se dedicaron a fabricar sus instrumentos  talleres in situ);
f)  que la materia prima pudo provenir del lecho del río Codegua, con excepción de la obsidiana:
g) que los abrigos rocosos de las cercanías podrían  dar la clave para buscar los sitios habitacionales; 
h)  que el instrumental [hallado] revela caza menor, trabajo en cueros y huesos, para extraer la carne y el cuero, cazando en consecuencia roedores, conejos, aves de quebrada ( tórtolas, torcazas, diucas, codornices, perdices  y  [aves] de río;
i) que la ocupación del yacimiento es probablemente de verano, para aprovechar los frutos del quilo, boldo, peumo, maqui y quiscos (su fruto llamado "copao"),  y para la caza de aves y pequeños animales;
j) que la capa ocupacional siendo tan tenue, no revela ocupación periódica por el mismo grupo, sino más bien casual; es por antonomasia un sitio que podríamos definir como campamento esporádico y taller lítico;

El  área arqueológica  según croquis de la  época. 


Fig. 2.  Se señala  aquí  el área arqueológica donde se halló la  mayor concentración de  lascas y artefactos líticos (centro del croquis, lugar de los puntos negros). La vista es una perspectiva  tomada de Weste a Este. Esta área corresponde a una pequeña terraza fluvial  labrada por la quebrada a lo largo del tiempo, y  se halla a los pies de un pequeño cerro que se yergue hacia el Este. Los puntos  en negro intenso denotan la presencia de pequeños afloramientos de roca. Del sitio, por efecto de las precipitaciones y pequeños deslizamientos de tierra, fueron cayendo, a lo largo del tiempo, hacia el Norte  lascas e instrumentos abandonados,  hacia  la huella  que conduce a los "Corrales de Piedra", razón por la cual los hallamos también  allí.  (Croquis fechado 28/02/1980;  Diario de Campo H. Larrain, Vol. XIII: 220).

  Se señala en el croquis, igualmente, la presencia de varios ejemplares de  árboles  y arbustos de espinos, litres y peumos que ocupan la terraza entre la base del cerro y   el borde del estero o quebrada. Allí, en  su parte media arriba,  se hizo,  a manera de prueba, en febrero de 1980 un pequeño sondeo de   20 cm x 20 cm., constatándose la presencia de  lascas tanto en superficie como en profundidad. De esta constatación, surgió la idea de poner por obra una excavación metódica,  mediante pozos de sondeo de  1m  x  1m,   labor que hicimos exactamente tres años más tarde.
                                                                                                                                                                  
Dibujo de los instrumentos líticos hallados in situ.  (tomados del Diario de Campo, Vol. XIII : 228-231).  

Los  instrumentos  mostrados aquí, han sido tomados directamente de los originales de nuestro Diario de Campo   (Vol. XIII: 228-231), y  son parte de un  total de  23 instrumentos  y trozos de instrumentos,  hallados en el asentamiento de los antiguos cazadores de la quebrada de Las Ñipas, junto al río Codegua. Todos, fueron hallados en superficie, en numerosos recorridos nuestros   Salvo el raspador  en piedra andesita (Fig. 3), todos los demás son  muy pequeños,  tal como se puede comprobar por la escala gráfica que se acompaña.

Fig. 3.   Raspador  hecho en piedra del lugar (¿andesita?).

                           
Fig. 4.  Dos pequeñas  puntas de proyectil en sílex:  arriba,  en color blanco;  abajo, color marrón.


Fig. 5.   Otros artefactos líticos; pequeños raspadores y raederas y fragmentos de puntas de proyectil. Las tres representadas abajo, son en obsidiana volcánica, color negro brillante.

                                            Fig. 6.  Pequeños raspadores o raederas  en jaspe.                                       

Conclusiones eco-antropológicas.

1.  Todos los instrumentos  aquí mostrados  aparecieron en superficie. En la excavación que se realizó tres años más tarde,  en Enero-Febrero 1983 (Vea  capítulo anterior de este mismo Blog), se rescató otros materiales tal como consta por el protocolo e Informe  enviado al Consejo de Monumentos Nacionales.  Se ha de tomar en cuenta que según nos había comunicado Pedro Gómez, el cuidador de mi padre, había llovido bastante fuerte, con muchos relámpagos y truenos, unos cuantos días antes. Esto significó que el suelo había sido lavado y la lluvia había dejado al descubierto  no pocos elementos, antes invisibles. En sitios arqueológicos, se suele recomendar el recorrer detenidamente el área, inmediatamente  después de las lluvias, pues éstas dejan al descubierto objetos y elementos antes ocultos o semi-enterrados. Lección que aprendiera yo en las ruinas de Teotihuacán,  en México, durante mis estudios de arqueología  en la década del 60.

2.  Salvo el gran raspador en andesita, todos los instrumentos encontrados son muy pequeños. Las puntas de proyectil  son aptas para la caza menor: tal vez solamente  para aves y roedores. Llama la atención, también la pequeñez de los raspadores y raederas tanto en obsidiana como en  sílex y jaspe.  Todo  estos artefactos son parte del utillaje de caza menor de los cazadores-recolectores.

3. Lascas e instrumentos   han sido arrastrados por las lluvias desde la terraza fluvial hacia  el camino en forma natural. Su posición actual es un indicio importante para ubicar la localización del campamento mayor.

4. Con este capítulo del Blog, se da término al examen de este sitio arqueológico. Los tres capítulos que hemos dedicado a este lugar arqueológico, forman una unidad indisoluble.  Luego de las excavaciones practicadas en enero-febrero del año 1983,  no volvimos nunca más al lugar, pues la propiedad  de mi padre, lamentablemente, se vendió  muy poco después. No puedo negar, al rememorar hoy estos hechos del pasado, la intensa  nostalgia  que hoy  me embarga  al  escribir estas líneas.