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sábado, 30 de enero de 2016

La vegetación presente en la pampa del Tamarugal a mediados del siglo XVIII: un testimonio veraz del cartógrafo Antonio O´Brien.

Presentamos en este segmento del blog  un análisis de la vegetación  que existía en la Pampa del Tamarugal  en la época del Teniente de Gobernador don Antonio O´Brien  en agosto de  1765, fecha que estampa en su famoso Plano. O´Brien se distinguió en su tiempo por sus habilidades cartográficas. Disponemos hoy, por tanto, de lo que podríamos llamar "fotografías" de la época. Tal como lo explicamos en detalle más abajo, al traer a colación sus propios textos, nos interesa saber  qué especies vio y distinguió este cartógrafo así como conocer su abundancia relativa, la  que trató de expresar gráficamente en su Plano de la "Pampa de Yluga" y en su famosa Descripción.  O´Brien denomina "Pampa de Yluga"  a esta extensa  pampa o planicie que se extiende al Este y frente a la quebrada de Tarapacá, en la zona de su desembocadura en la pampa del Tamarugal.  Es la área donde los potentes derrames de aguas  producidas por  los aluviones provenientes de las quebradas de Aroma, Tarapacá y Quipisca, permitieron, desde tiempos indígenas, establecer esporádicas chacras de cultivo y cabañas de emergencia, durante los cortos meses de existencia de agua.

¿Dónde se hallaba  Yluga?.  ¿Un sitio específico o un área?

Yluga es un topónimo  cuya ubicación exacta hasta hoy ha escapado por completo a la pericia y diligencia  de los investigadores  (etnohistoriadores o arqueólogos). Se supone haya sido un pequeño punto de descanso, en plena pampa,  en la ruta o huella que desde  Tarapacá, iba hacia el Mineral de Huantajaya, en la costa. Tal vez - así lo sospechamos- coincida con el sitio llamado "Ramainga"  (¿ramada del Inca?) que según el testamento del  encomendero  Lucas Bartínez Begaso era un lugar, en plena pampa,  donde se hacía carbón para las explotación de la plata del mineral de Huantajaya, junto a Iquique.  Yluga, [seguramente Iluca, en idioma indígena] seguramente, quedaba en dirección a dicho mineral, sito en la cordillera de la costa,  como el Plano  y el trazado de sus caminos parecen corroborarlo. El hecho de que allí tuviese el citado encomendero esclavos negros haciendo carbón hacia el año 1560, probaría que dicho lugar era una potente arboleda en su tiempo. Solo en tales sitios se justifica  producir carbón de leña.  El topónimo sobrevivió hasta  mucho después de la época de O´ Brien, pero  no  ha sido posible hasta ahora hallar el lugar mismo, que pudo haber sido arrasado por algún potente aluvión. El geógrafo peruano Mateo Paz  Soldán  en su Geografía del Perú   (Tomo I, Librería de Fermin Didot hermanos, París,1862), lo posiciona en plena pampa. Algún día, tal vez, avezados arqueólogos descubrirán las ruinas de este lugar cuya existencia histórica estaría bien documentada. De existir aún  hoy sus rastros, como sospechamos, ello nos depararía muchas sorpresas. 

Fig. 1. Firma de don Antonio O´Brien y dedicatoria de su obra sobre Tarapacá al Virrey de España en Lima.  Dice textualmente: "con el más profundo respeto y veneración queda a los pies de Vuestra Excelencia, su más rendido criado, Antonio O-Brien".
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Fig. 2. el Virrey del Perú  el barcelonés don Manuel de Amat y Junyent   (1704-1782), quien nombró a O´Brien como Teniente de Gobernador de Tarapacá e Inspector de minas del mismo distrito. (Imagen tomada de Internet). Amat  ejerció el cargo de Virrey del  Perú entre los años 1761 y 1766 y encargó a O´Brien numerosos  trabajos, conociendo de cerca sus notables habilidades.

Fig. 3.  Vista del Plano de la Pampa de Yluga, conservado en el Museo Naval de Madrid. La imagen es borrosa, por lo cual hemos puesto la  transcripción de la leyenda del mismo (que figura en el recuadro, a la derecha) en nuestra figura siguiente  (Fig.4). Este es uno de  los  varios planos que O´ Brien elaboró en la zona de Tarapacá.   Debemos la fotografía al historiador don José María Casassas quien gentilmente nos la obsequiara  en el año 1972 en Antofagasta.

Fig. 4. Detalle de la leyenda del Plano de la Pampa de Yluga, tomado de nuestro trabajo: "Antecedentes históricos para un estudio de la re-utilización de suelos agrícolas en la pampa del Tamarugal, Provincia de Tarapacá, Chile", publicado en  la revista Norte Grande, Instituto de Geografía, Pontificia Universidad Católica de Chile  (Vol. Nº 1,  1974, frente a pg.  22). En el número 28, se reseña explícitamente un tipo particular de vegetación descrito como  "monte bajo que llaman pillallas".
  
Para formarnos una idea más precisa  del valor e importancia de estas referencias,  entregamos aquí una transcripción nuestra de unas  páginas de su famosa descripción donde se refiere a la vegetación..

Páginas de la Descripción original de 1765.

A continuación, presentamos las tres páginas del original colonial de la "Descripción" de donde extractaremos, más abajo, en forma sintética,   la información relativa a la flora presente en dicha pampa en dicho año 1765.  Después, analizaremos  el texto en detalle, haciendo ver sus aportes.

Fig. 5.  Primera página de la descripción de la Pampa de Yluga que se inicia en el número marginal  75 de su Descripción general. Para él, esta  planicie  se inicia en  la quebrada de Arica y acaba en el límite con Chile. Corresponde, pues, a lo que los geógrafos denominan  la "depresión intermedia"  que por el sur,  termina en el curso del río Loa.  (Número marginal  76 del original).
  
Fig. 6.  Segunda página de la descripción. Aquí se mencionan  en forma particular las especies de árboles y arbustos que conforman la arboleda del Tamarugal en esa fecha.


Fig.7.  Tercera página de la descripción.

La Descripción de la Pampa de Iluga por Antonio O´Brien en 1765.

Muy pocos lugares de Chile actual tienen el notable  privilegio de contar con una antigua,  minuciosa y detallada  descripción de su geografía,  hidrología y  de su flora  particular. Este documento es un retrato fiel del aspecto que ofrecía la pampa al observador atento, hace exactamente  250 años, antes de que se iniciaran las primeras exploraciones para explotar del salitre natural de su suelo. Contamos, para fortuna nuestra,  con una fina y perspicaz descripción y, por añadidura,  con un excelente Plano ilustrativo que abarca una extensa superficie entre la quebrada de Aroma, por el norte, y la localidad de Pica, por el Sur en la actual Región de Tarapacá. (Norte de Chile). En él, las corrientes de agua, los caminos y sobre todo  las zonas arboladas con diferentes especies vegetales, merecen una mención especial. 

Muerte  lenta y silenciosa del Tamarugal en la actualidad. 

 El tema es hoy de renovado interés científico, por cuanto   los bosques del Tamarugal, replantados pacientemente por la Corporación Nacional Forestal (Corfo), entre los años   1960 y 1972,  están muriendo hoy lenta pero inexorablemente a vista de ojos. Basta  hacer un breve recorrido por la carretera panamericana entre Pozo Almonte y la antigua estación de ferrocarril en Pintados, para ver   cientos de hectáreas de  árboles ya crecidos,  totalmente secos hoy, o a punto de perecer.  ¿La causa?. El fuerte descenso de las napas freáticas  y la falta de una adecuada recarga  de los sedimentos de la pampa, por la disminución notoria de las lluvias en el altiplano, los efectos directos del calentamiento global y,  sobre todo,  la extracción masiva  e incontrolada de aguas fósiles  del subsuelo tanto en el piso mismo de la pampa como en las localidades de La Tirana, La  Huayca y los oasis  piemontanos de Pica y Matilla. No existe reglamentación alguna al respecto y mucho menos una fiscalización de pozos y sondajes profundos los que han proliferado de una manera escandalosa en la zona.

Cualquier  medida futura de  replantación en esta extensa pampa, requerirá de ingentes cantidades de agua, las que solo cabe obtener  mediante  el uso de agua  de mar desalinizada, pero necesita, además,  del apoyo del conocimiento histórico para saber  cuál fue la zona arbolada en el pasado, qué especies prosperaron en ella  y qué aspecto presentaba ésta hace dos siglos y medio. 

¿Qué sabemos  del bosque  del Tamarugal en el siglo XVIII?.

Solo a partir del año  1765 tenemos noticias   detalladas y fidedignas sobre el estado de la vegetación en la pampa  que hoy llamamos "Pampa del Tamarugal" en la depresión intermedia de la Primera Región de Chile. Con anterioridad, las noticias son muy vagas e imprecisas y no nos permiten  obtener un cuadro coherente  sobre  el aspecto de este bosque del tamarugal en los siglos XVI y XVII. Las Crónicas españolas nos refieren  las peripecias de los viajes de los conquistadores Diego de  Almagro y Pedro de Valdivia con frases  lacónicas y poco expresivas. En ninguna de ellas  hay referencia clara  a los bosques del Tamarugal, aunque sí con frecuencia la   suma escasez de población,   a la sal acumulada en su superficie y a la terrible  falta de agua del trayecto y la necesidad de llevarla en cueros de animal (odres).

La cita del texto de  O´Brien.

Por eso es de especial interés,  a este propósito,  citar ad litteram la magnífica y  detallada descripción que nos dejó don Antonio O´Brien,  Teniente de Gobernador de Tarapacá en el año  1765 en el capítulo VII de su Descripción que titula:  "Descripcion del valle o Pampa de Yluga y de el Tamarugal". Nos circunscribiremos tan solo a las referencias  explícitas que allí se hace a la flora local que a él le tocó observar personalmente y en la que se fijó en forma particular. En otros capítulos de este blog nos hemos referido a este notable personaje, don Antonio O´Brien y su rol  de inspector de las minas. Su nominación como Teniente de Gobernador, con residencia habitual en el pueblo de Tarapacá, le permitió conocer palmo a palmo la región y sus contornos, así como sus problemas y necesidades. (Consulte nuestras etiquetas:  Antonio O´Brien,  Mineros de Tarapacá, Minería de la plata,  Pampa del Tamarugal).  

Texto parcial de la Descripción  (referente a la vegetación).

"Es un territorio  que según las señas y experiencia que se tiene, ha sido fertilísimo, no pudiendo dudarse que lo es y que lo volverá a ser siempre que se le introduzca agua que los riegue. Se ven en este territorio muchas y dilatadas chacras, en las que permanecen  los rastrojos del trigo y maíz que produjeron.  Asimismo, hay en él gran cantidad de árboles que llaman tamarugos, algarrobos y molles, muchas y crecidas retamas con un espeso e intrincado bosque de monte bajo, que en parte lo hacen impenetrable, por esta parte frente del pueblo de Pica. Y es bastante húmedo y muy abundante de agua subterránea; hay en este sitio en el camino que se sigue desde el dicho pueblo [de Pica] para el cerro de San Augustín de Guantajaya, dos pozos que llaman Puquios, el más profundo es de catorce varas, y por lo regular tiene tres [varas] de agua y solo sirven para dar de beber a los que transitan por este camino porque hasta ahora no ha habido quien hubiere hecho una noria u otra máquina para regar algunas tierras. Es en algunos parajes salitrosa,  por la parte que sigue a la costa, pero a más de no ver mucho el salitre, es superficial, criando una costra de  cuatro a seis dedos de grueso, y el terreno debajo de esta costra es gredoso y dulce, y todo el resto de la Pampa es especial tierra para trigo y maíz. La última cosecha que se cogió seis años ha, llegó a dar ciento treinta y dos fanegas de trigo por  una, y desde entonces no ha vuelto a sembrar en ella por falta de agua".  (Transcripción nuestra tomada directamente de una fotocopia del original del Archivo de Indias, 1765,  Nº 76;  cfr. Archivo de Indias, Legajo Charcas, 490, Nº 76)  Solo se modernizó la grafía, ortografía y sintaxis  de acuerdo al idioma español actual,  para facilitar su lectura, sin cambiar ni una sola palabra del texto).

De este extraordinario texto deducimos lo siguiente:

1. En tiempos de O´Brien había,  en lo que hoy conocemos como Pampa del Tamarugal, "gran cantidad de árboles".  Es decir, se mantenía todavía bien conservado el  tupido bosque en  numerosos sectores. Esto a pesar de la intensa explotación  realizada  por los encomenderos de Tarapacá en el siglo XVI y, antes aún, por el Inca para la obtención del mineral de plata de Huantajaya.  El Plano de la Pampa de Yluga  ilustra claramente las áreas vegetadas,  señalando  mediante una simbología  clara e inteligible, los sectores de mayor densidad de árboles y/o arbustos.

2. Distingue nítidamente O´Brien tres especies arbóreas allí presentes: tamarugos [Prosopis tamarugo], algarrobos [Prosopis alba]  y  molles  [Schinus molle].  Con estos mismos nombres los  denomina O´Brien, siendo entre éstos "molle"   [mulli],  el único nombre  de árbol de raíz indígena original.

3. Añade, como dato muy importante, la presencia de  un "bosque" de "monte bajo" que denomina "pillalla"  matorral que  a veces presenta tal densidad que  impide atravesarlo. Se refiere- lo sabemos bien- a la especie arbustiva Atriplex atacamensis, que forma  enormes conjuntos de forma   circular u oval, a  veces de  muchos metros de contorno.  Esta especie endémica de Chile es conocida en Antofagasta y en la IIIª Región de  Chile con el nombre indígena de  "cachiyuyo"  o "hierba de la sal" en lengua quechua. El término  indígena de pillalla, en cambio, sospechamos sea probablemente de origen local, posiblemente puquina. En todo caso, ciertamente, no es ni quechua ni tampoco aymara. En efecto, la desinencia final  -alla-  está presente en algunos topónimos de esta región  como Cumiñalla, en el Salar de Pintados.

4. Alude concretamente a las grandes siembras de maíz y trigo  en "chacras" que se hacían en sectores de la pampa cuando bajaba el agua de aluvión por las quebradas. Estas chacras  las dibuja  con especial esmero indicando con el número 27  su presencia  mediante un cuadriculado ad hoc. Una  de estas chacras se muestra en el Plano rodeada de un seto de árboles vivos, lo que sugiere al investigador   su plantación ex professo por los agricultores  como protección, tal vez, contra  los excesos destructivos del aluvión, o como defensa contra los vientos.

5. Las "crecidas retamas" de que nos habla O´Brien son las  plantas que hoy  llaman los habitantes  locales como "retamillas" o  "retamas" y corresponden al arbusto Caesalpinia  aphila de la  familia Leguminosae. (Subfamilia Caesalpiniaceae).  Este arbusto tiene hojas diminutas o totalmente ausentes y numerosos tallos largos y flexibles. Al florecer en los meses de septiembre hasta noviembre, se llenan de vistosas flores de un color amarillo intenso  con tintes de rojo. Su fruto, es una vaina. En sus flores se suele hallar un muy pequeño coleóptero de la familia Buprestidae y son polinizadas, además, por abejas silvestres del género Centris   sp.  que anidan bajo tierra. 

Un nuevo texto de O´Brien, continuación del anterior,  nos ilustra sobre otros aspectos importantes relativos a la forma de explotación de la flora local,  en los que el inteligente Teniente de Gobernador fija su atención  con una mirada que hoy día  clasificaríamos de  eco-antropológica o simplemente ecológica. Hélo aquí:

"77....Mucha parte de este valle cría con las humedades  de las nieblas y las que coge el terreno con  el agua que corre de las quebradas que he dicho [nombró más arriba a Aroma, Tarapacá, Mamiña, Macaya y la de La Calera],  un monte bajo y espeso que llaman Pillayas [se trata de Atriplex atacamensis]; cuando están verdes las comen las mulas. Este monte de arboleda se ha secado mucha parte de él en las inmediaciones de la Quebrada de Tarapacá por dos razones: la primera, porque siendo el terreno más alto, parece que las aguas subterráneas corren más profundas y no alcanzan los árboles tanta humedad como necesitan para su conservación no obstante que todavía  hay muchos algarrobos, tamarugos y molles en esta parte.
78. La segunda, porque es mucha la cantidad de ellos que cortan para leña, hacen carbón y otros menesteres, siendo lo que más destruye esta arboleda el modo  que tienen de hacer el carbón que es como dije:  cortan los árboles y los destrozan y cuando están secos, juntan una cantidad de ellos y les pegan fuego sin otra precaución alguna, y cuando les parece que están  pasados de fuego los apagan con tierra y sucede que si pusieron cien quintales de leña, sacaron veinte o veinte y cinco de carbón bien malo, y de este modo han destruido  la mayor parte  de la arboleda, con muy poca utilidad, y si no se pone remedio, vendrán a quedar en menos tiempo del que piensan, sin leña ni carbón ni donde ir a buscarla. 79.  Toda esta pampa o valle es despoblada y en ella no hay parte alguna que no pertenezca a Su Majestad (que Dios guarde)".(énfasis nuestro).

Comentario nuestro:

1. Advierte O´Brien con mucha perspicacia y con una mirada  que hoy llamaríamos ecológica, acerca del peligro derivado del modo abusivo y destructivo de explotación contemporánea de la leña y carbón en estos bosques. Si siguen procediendo así- señala- acabarán pronto con la arboleda.

2. Se indica en forma tajante que  no hay en esa época  [1765] habitantes estables en esta extensa pampa. Este dato es muy interesante pues comprobaría  que  aún no  se ha iniciado  aquí  la instalación de buitrones de beneficio de la plata en la pampa, cerca y alrededor de la actual población de La Tirana.  La actividad que aquí se realizará más tarde  en torno a estos buitrones exigía ya , de facto,   una forma de poblamiento al menos semi-permanente.


3. El autor  identifica aquí las expresiones  "pampa" y "valle" de Tarapacá. Por tanto, O´Brien distingue dos entidades diferentes: por una parte  la quebrada de Tarapacá  y por otra, su valle o pampa aledaña.  De ambas, traza excelentes planos. Sobre este tema, puede consultarse el artículo del arquitecto-historiador  iquiqueño Patricio Advis: "El alcance geográfico del nombre Valle de Tarapacá en la temprana Colonia", Revista Camanchaca, 1989, Nº 8, Taller de Estudios Regionales  (TER),  Iquique.

4.  Aunque no se nombre explícitamente a esta especie como  parte del "monte bajo" señalado por  O´Brien, hubo y hay aún en sectores del Tamarugal otro arbusto muy común en esta pampa: la sorona o brea   (Tessaria absynthioides).

5. Para   tener una idea más precisa de todas las especies que todavía hoy pueblan esta pampa y  sectores aledaños, véase nuestro artículo en este mismo blog:  "Flora endémica de la Pampa del Tamarugal y oasis aledaños: su uso en el pasado y en la actualidad", (Sábado 17 de Enero de 2009).

6. Somos de opinión de que "Yluga"   para O´Brien designa un sitio específico, no una comarca o área extensa,  razón por la cual geógrafos como Paz Soldán le adscribe  un punto específico en su Plano. Era tan importante  dicho lugar a los ojos de O´ Brien  que designa a toda la pampa con dicho nombre, anotándolo como un sinónimo de "Pampa del Tamarugal". La razón, en  nuestra opinión, es que  la tupida arboleda nativa y endémica  del Tamarugal existente en esa época, se hallaba situada en la planicie,  frente a la desembocadura  de las quebrada de Tarapacá, Quipisca  y  Quisma (Pica-Matilla). Al Norte  de la quebrada de Aroma  no había arboleda alguna, al parecer.  Los caminos  desde Tarapacá y Pica hacia la costa, en el Plano de O´Brien  atraviesan estas extensas arboledas, donde habría, seguramente, pequeñas postas de auxilio o tambillos  para los  caminantes, dotadas de  sombra, leña, agua y algunas provisiones.


                                 

Fig. 8.  Retama o retamilla (Caesalpinia aphila; Familia Leguminosae). Todavía  se puede observar conjuntos sobrevivientes de esta especie a unos  5 km  hacia el Weste de la localidad de La Tirana,   a corta distancia de la carretera panamericana N-S. Esta planta  fue  muy utilizada  hasta el siglo pasado para   techar cabañas o refugios y  para  armar las paredes de las mismas.  Alcanza una altura  máxima de unos  3.50 m.

                           
Fig. 9.  Ejemplares  de tamarugo (Prosopis tamarugo)   a unos  3-4 km al sur de la Tirana. Pueden alcanzar hasta los  10-12 m de altura sobre el suelo.

                             
Fig. 10.  Conjunto de pillallas (Atriplex atacamensis) visible hoy a un costado de la ruta actual  que conduce a La Tirana, a unos  4-5 km  del cruce de la Carretera Panamericana N-S.

                             
Fig. 11. Conjunto antiguo de algarrobos  (Prosopis alba) junto al socavón de Comiña, entre  los pueblos de Matilla y Pica.

Fig. 12.    Árbol de algarrobo (Prosopis alba) cargado de   frutos ( vainas de color amarillo) en el sector de Canchones, predio "Los Puquios", Pampa del Tamarugal. (foto H. Larrain,   15 Enero  2016).

domingo, 5 de mayo de 2013

Restauración de cerámica arqueológica o histórica: ¿cuándo, para qué hacerlo y cómo hacerlo?. Un intento de guía técnica.


Las fotografías que  siguen, ilustran en detalle  el procedimiento seguido por nosotros, en una operación de salvamento arqueológico,  para  reconstruir y pegar los fragmentos  cerámicos hallados en el contexto de las chacras abandonadas o antiguos  campos de siembra  aún presentes y visibles al nivel de la Pampa del Tamarugal, en la región de Tarapacá. Norte de Chile  (Pampa Iluga).

                         
Fragmentos de una botija colonial española hallada en plena Pampa, cerca de  melgas de cultivo antiguas (siglo XVIII?). El tipo de pasta color blanquecino, no es propia del área de Tarapacá. Consultado al efecto el Dr. Daniel Schávelzon, experto argentino en  cerámicas coloniales,  nos indica que se trata, sin la menor duda, de cerámica sevillana, traída desde la madre Patria  (consulta hecha en Julio 2013). Escala  gráfica: estuche de cámara  fotográfica de  10 cm. de largo. 

Indagaciones previas.

En el capítulo anterior de este Blog hemos relatado in extenso la visita  realizada el 12 del  mes de Abril de este año 2013 a la zona de campos agrícolas (sembríos) abandonados en la pampa del Tamarugal, en la zona cercana  a  la desembocadura de la quebrada de Tarapacá. Con ocasión de dicha visita, hemos rescatado para la ciencia y la investigación algunos fragmentos de cerámica colonial, hallados abandonados desde hace siglos en la zona de antiguas melgas, para salvarlos de su posible sustracción futura por parte de visitantes inescrupulosos. Recientes huellas de vehículos nos indican ya el interés por venir a  explorar esta zona. Por tal motivo, hemos considerado conveniente y más aún, necesario recogerlos cuidadosamente con el objeto, en lo posible, de restaurar las piezas para permitir su estudio científico  y posterior análisis.

Destino de las piezas rescatadas.

Su destino obligado -como debe ser- será un Museo donde las piezas rescatadas puedan ser valoradas y,  ojalá, estudiadas por expertos. En este caso, el destino de estas piezas será muy pronto el Museo de Pica, por su gran cercanía geográfica al sitio del hallazgo, y por la presencia en dicho museo de arqueólogos profesionales que nos ofrecen garantías de  su cuidado y  su correcta utilización científica ulterior.

En las líneas que siguen, se parte de la base, como se explicará más abajo,  de que la recolección  se ha realizado siguiendo los cánones y normas establecidos por la legislación vigente, Ley  Nº 17.288 del año 1970.

Fig. 1. En esta forma  hallamos  in situ este confuso conjunto de fragmentos, recogidos evidentemente en las proximidades por algún antiguo visitante, el que por fortuna, los dejó aquí olvidados. Se hallaban, parcialmente ya cubiertos por arena,  a pocos metros de un gran conjunto de melgas o eras de cultivo abandonadas en plena pampa..Aquí, según se observa, se entremezclan claramente tres períodos de ocupación: a) el indígena (Fotos  4 y 5; 12), el colonial  (Fotos 6 a 11) y la época de explotación salitrera, a partir de los  años 1850-60 en adelante  (Fotos 2 y 3). . En otras palabras,  este conjunto representa  el desarrollo de unos 500 años de historia local. (1.350 D.C a 1.880 D.C). (Foto H. Larrain). 

Fig. 2.  Cuatro fragmentos  de loza de una taza, casi con certeza de procedencia inglesa, de fines del siglo XIX. (Foto H. Larrain).


Fig.3. Por fortuna, en la base de la taza  aparece  una inscripción  típica de este tipo de loza ("Ware mark", en inglés), que nos delata  inmediatamente su lugar de procedencia. Se lee "Bosphorus", nombre de fantasía de la fábrica británica de origen. Su fecha puede corresponder  a los últimos decenios del siglo XIX.  Tal vez posterior al año 1880. Diámetro de la taza en su base:  8.0 cm.

Fig. 4.  Esta imagen muestra cómo ha sido posible  pegar dos fragmentos de un plato indígena. El fragmento mayor estuvo expuesto a un largo período erosivo por haber quedado a la intemperie. El fragmento más pequeño seguramente estuvo largo tiempo enterrado. Sospechamos se trate de un ceramio indígena de la época del "Desarrollo Regional" tardío, por la presencia de numerosos brochazos color rojo del respectivo engobe. Presenta aún bastante brillo. Sospechamos  que corresponde al período de contacto con la llegada del Inca  a la zona (hacia  1470)  a través del Qhapaqñan  incaico, uno de cuyos ramales pasa muy cerca de aquí (Foto H. Larrain; consulte el capítulo anterior de este Blog).
   
Fig. 5. El  lado opuesto del mismo ceramio, de un  tipo plato extendido. Note el brillo característico que aún se conserva y el tipo de engobe rojizo, aplicado a brochazos, a la superficie. Presenta un notorio estrangulamiento, a modo de cuello,  en su parte superior y un típico agujero de reparación, al extremo derecho, arriba. No se halló, por desgracia,  a su alrededor el resto de la vasija. La curvatura de este fragmento nos  permite precisar con bastante seguridad su diámetro total: 30 cm. Alto: 4,1 cm.  Posee una base recta.  (Foto H. Larrain).

Fig. 6.  Fragmentos de una escudilla  o plato hondo  colonial. Cerámica vidriada (siglo XVIII?). Se encontró un total de  26 fragmentos, incluyendo  varios fragmentos de la base y bordes. El diámetro total es difícil calcularlo, pues los fragmentos de boca son muy pequeños; sin embargo, aproximadamente, debió medir  unos  20-22 cm. En cambio, se puede medir bien el diámetro de la base: 8, 4 cm y el alto del plato, que  es exactamente: 4,6 cm. En esta imagen, los dos fragmentos de mayor tamaño ya están formados por  varios trozos pegados por nosotros,  poco antes (Foto H. Larrain).

Fig. 7.  Se logró armar y pegar algo menos de la mitad de la escudilla, incluyendo un trozo de borde y fragmentos de la base. Se puede establecer  así  su alto exacto: 4,6 cm.  y el diámetro de su base plana:   8,4 cm.   Quedaron varios fragmentos pequeños sin poder ser ubicados correctamente en su lugar.  (Foto H. Larrain).


Fig. 8. Aparecieron en este mismo conjunto  14 fragmentos de una taza de época colonial, de curioso color y diseño, incluyendo cinco trozos de la  boca, los que hasta ahora no nos ha sido posible hacer coincidir, salvo dos fragmentos. El diámetro de boca calculado fue de 10-12 cm., en base a  los pequeños trozos conservados. (Foto H. Larrain).


Fig. 9.  Los cuatro grandes fragmentos de la botija perulera colonial tal cual fueron encontrados in situ.  Hemos explicado por qué, probablemente, fueron hallados aquí todos juntos.  Nos sorprende bastante el color crema sucio,  tan claro,  de la pasta y arcilla usada, coloración que nunca habíamos observado en este tipo de botijas, a pesar de haber visto varios miles de fragmentos. Mide aproximadamente unos 60 cm. de alto actual, faltándole la parte superior: esto es, el cuello y la pequeña boca. Estas partes faltantes no aparecieron en el hallazgo; tal vez, quedaron abandonadas  en el sitio de donde fueron levantados, a causa de su pequeño tamaño. Tal vez, revisando con cuidado los alrededores del sitio del hallazgo, sería posible dar con los trozos faltantes. (Foto H. Larrain).

Fig. 10.  Se muestra aquí la botija perulera  ya pegada. Los cuatro grandes fragmentos coincidían perfectamente,  a pesar de la fuerte erosión sufrida por el paso del tiempo.  El color crema sucio corresponde aproximadamente al patrón  Hue 5Y 8/1,  de acuerdo a la Tabla de Colores de Munsell   (1975 Edition).  (Foto H. Larrain).                                                                                                                        


Fig. 11.  Vista hacia el interior de la botija perulera, mostrando las estrías perfectamente circulares dejadas por el torno de alfarero en que fue elaborada. El ancho medio de las paredes, en la parte superior   (bordes), fluctúa entre   los  1,1 cm.  y los  1,4 cm, a causa del desgaste y erosión sufrido por uno de los fragmentos  en el sitio donde quedó expuesto a la intemperie, por  espacio de  dos siglos  y medio o tal vez más. (Foto H. Larrain).


Fig. 12.  Fragmentos de la cerámica negro sobre engobe rojo, con diseños,  propia de un estilo ariqueño, tal vez Pocoma y Gentilar, cuya etapa final  correspondería -según creemos-  a la llegada del Inca a la zona tarapaqueña. No tiene sentido alguno recoger estos fragmentos por ser muy escasos y no constituir parte significativa de una vasija reconocible. El investigador debe en estos casos, tomar fotografías in situ, (como lo hemos hecho aquí),  ojalá por ambas caras, señalar su coordenada exacta pero no debe recoger por ningún motivo estos fragmentos aislados que,  sin arrojar mayores detalles sobre la forma del ceramio, solo contribuyen a llenar cajones de las bodegas de algún Museo donde de poco o nada sirven. Esto en circunstancias normales. Muy diferente es el caso del arqueólogo especializado que,  provisto de los necesarios permisos para el estudio y caracterización de la cerámica de un área, precisa de colectar  gran cantidad de cerámica de superficie. Aún en este caso, estimamos que la autoridad debería normar mucho más los procedimientos, para evitar  "agotar"  y "estrujar"  los yacimientos,  con el levantamiento de toda la evidencia cerámica presente. En estos aspectos, la legislación arqueológica actual nos parece aún muy deficiente y permite verdaderos "saqueos" de los sitios  por parte de los arqueólogos en terreno. Nunca debemos olvidar que nuestros sucesores, los arqueólogos del futuro, provistos de mejores tecnologías, necesitan contar con el material cerámico para su estudio. Moraleja: jamás "agotar" los sitios, extrayendo todo su  material cultural (Foto H. Larrain).




Fig. 13.  Ceramio del tipo ánfora (aribaloide de influencia Inca) rescatado en las faldas del Cerro Oyarbide, costa sur de Iquique. Fue restaurado por nosotros  en base a  más de 60  fragmentos. Falta la típica base en punta. Se utilizó "cola fría" como pegamento. Esta vasija y la siguiente (Fig. 14) fueron halladas,  muy cerca una de otra,  y al costado de una  huella  tropera de tránsito hacia la costa. Su finalidad obvia debió ser el transporte de agua  para el largo viaje. (Foto H. Larrain).


Fig.14. Restauración de parte de una olla  hallada en las faldas del Cerro Oyarbide, Costa Sur de Iquique junto a una huella de tránsito hacia la costa. Se logró unir los 17 fragmentos hallados. Falta la base, probablemente cóncava,  pero se aprecia bastante bien el aspecto general de la vasija.  Las pequeñas etiquetas visibles solo tuvieron  por finalidad  contar el número de fragmentos unidos. Se utilizó "cola fría" como pegamento. (Foto H. Larrain).


Importancia de la cerámica diagnóstica.

La cerámica arqueológica antigua, procedente de  antiguos  campamentos, conchales,  sitios poblados, campos de cultivo o  sitios ceremoniales   puede llegar a ser "diagnóstica", es decir, puede ofrecer al experto y conocedor  información fidedigna y en ocasiones, hasta  certeza  total, sobre su origen, cronología aproximada  o cronología relativa, adscripción cultural  e  incluso,  su posible lugar de elaboración y cocción. En otras palabras, esos fragmentos pueden  contribuir a  situar con bastante precisión un lugar  en la escala de tiempo (aportando una cronología:  (¿cuándo se hizo?) o en la escala del espacio (¿de dónde viene?)  y en el  marco de una "cultura" dada  (¿a qué cultura pertenece?). Estos fragmentos  pueden, en algunas ocasiones y  bajo algunas circunstancias, ayudar a responder  preguntas cruciales para  determinar el tipo de cultura   de que se trata (¿qué cultura representa?) ,  su procedencia  (¿de dónde viene?), o su posición en el tiempo.(¿de qué fecha es?). En otras palabras, estos fragmentos "diagnósticos" nos "hablan" un determinado lenguaje  y pueden responder  múltiples preguntas sobre la cultura presente en los lugares.

Cerámica diagnóstica: una expresión viva de las cuatro coordenadas arqueológicas.

 La cerámica, pues, aunque se encuentre fragmentada,  sobre todo cuando está decorada, pintada   o presenta una coloración o pasta singular, o posee formas típicas o raras, permite fijar con mucha precisión las coordenadas  culturales que ya el gran arqueólogo australiano-británico Gordon V. Childe, en sus obras, había establecido como factores determinantes de toda cultura. Childe, en efecto  estableció - y fue absolutamente pionero en esto- las tres  coordenadas básicas de la arqueología:  a) la  primera es la "cronológica", la que fija la posición en el tiempo; b)  la segunda, es la coordenada "corológica", que nos indica qué objetos se encuentran normalmente asociados o juntos, por pertenecer a  un mismo grupo humano, y la tercera c), la coordenada "cultural" que estudia los componentes culturales en sí mismos.

La coordenada ecológica.

 Hemos considerado necesario,  ya desde el año 1972,  agregar una cuarta coordenada, que hemos bautizado como  la coordenada "ecológica"  la  que, de hecho, no está comprendida entre las anteriores, y  la cual nos enseña qué  elementos del paisaje y medio ambiente son parte integrante de la cultura respectiva, o, lo que viene a ser lo mismo, en qué tipo de paisaje físico o ecosistema biológico se desenvuelve  la cultura  en estudio.. De este interesante tema trata un capítulo específico de nuestro del Blog, titulado "Contexto ecológico-geográfico",  redactado el 27 de  Marzo del año 2008 (Véalo en este mismo Blog).

Nuestra experiencia previa en reconstitución de piezas arqueológicas.

Desde el año 1963, cuando en la Universidad del Norte, en Antofagasta, hacíamos nuestras primeras armas en arqueología de campo, tropezamos en cierta salida a terreno al sector norte de la ciudad de Antofagasta con un conjunto de fragmentos, al parecer de una sola vasija arqueológica, y que permitían, a primera vista, una reconstitución.Vasija cuyo diseño y colorido nos llamó poderosamente la atención. Así, logramos armar, con inmensa emoción y regocijo, una hermosa  olla que, tras  las pesquisas hechas, resultó ser de factura Inca cuzqueña.  Finamente decorada, fue reconstruida por nosotros en base a 55 fragmentos que logramos reunir trabajosamente tras cribar o harnear cuidadosamente la tierra alrededor, en busca de los más pequeños restos del ceramio (Véase el artículo. "Contribución al estudio de una tipología de la cerámica encontrada en conchales de la provincia de Antofagasta", Anales de la Universidad del Norte, Antofagasta, Nº 5, 1966: 83-128).

Presencia de la cultura Inca en la zona de Antofagasta.

Esta fue nuestra primera contribución científica  al estudio de  la arqueología regional  del área de Antofagasta y, a lo que creemos, la primera constatación fidedigna de la influencia cultural Inca en esta zona del país. Por entonces,  éramos todavía meros autodidactas y no teníamos aún formación académica en arqueología, la que llegaría algo después, entre los años 1965 y 1970, en la Escuela Nacional de Antropología e Historia, de la  Universidad Nacional Autónoma de México,  en   México, Distrito Federal..   


Fig. 15.   Arriba en la parte superior,  dibujo del ceramio  reconstruido por nosotros a mediados del año 1963  en base a 55 fragmentos, algunos de ellos sumamente pequeños. A la izquierda, se muestra  el elaborado diseño hecho en cuatro colores, del borde la la olla incásica de paredes sumamente finas. (dibujos de Agustín Llagostera M.). 

Experiencia previa.

En los años siguientes (1965-1970), ya en  México, tuvimos muchísimas oportunidades de reconstruir vasijas en base a sus fragmentos, cuando trabajé en el laboratorio de cerámica del Museo Antropológico del Parque de Chapultepec, en Ciudad de México,  bajo la atenta mirada del profesor y arqueólogo Román Piña Chan, uno de mis recordados y venerados maestros.

En mis años de investigador en la ciudad de Iquique, entre  1993 y el presente año 2013,  he tenido algunas oportunidades de hallar casualmente ceramios fragmentados, en contextos arqueológicos perturbados o huaqueados, cuya reconstitución he intentado con bastante éxito.  En base a estas experiencias previas, me pareció un deber traspasar mi pequeña experiencia en este rubro, en beneficio directo  de los  jóvenes arqueólogos o antropólogos culturales, que fueran  mis discípulos en la Universidad Bolivariana de  Iquique.

Tarea propia de un restaurador especializado.

Normalmente esta tarea de reconstituir las piezas halladas sea en una excavación debidamente autorizada, sea en una operación de urgente salvamento, debería ser propia y particular de un museólogo restaurador especializado y dotado de una formación técnica específica en este campo. Es el procedimiento obvio y natural que se sigue en los países que cuentan con  Museos de alto prestigio y con un variado personal capacitado en diversas especialidades de estudio y conservación de los materiales. Pero la pobreza y penuria de la mayor parte de nuestros Museos Regionales  o locales, de la que somos conscientes, impone al investigador-arqueólogo que estudia un yacimiento o un descubrimiento casual, la imperiosa necesidad de aprender, el mismo, a manejar  técnicas  mínimas para sacar provecho de un determinado estudio arqueológico o de una prospección de terreno, con fines de investigación.

¿Qué y cuándo recoger y conservar?.

1.   ¿Cómo sé yo qué recoger y conservar cuando me encuentro con un gran número de fragmentos dispersos en el suelo?. Estudiemos bien  los casos. Hay casos y casos. En un viaje de prospección  o inspección preliminar a un sitio arqueológico, me voy a encontrar, ciertamente, con muchísimos fragmentos en superficie. Pueden ser miles.  En lo posible - y así lo exige la ley-  no se debe recoger nada, para conservar y preservar el sitio para futuras investigaciones hechas por expertos arqueólogos. Lo señala claramente así la Ley de Monumentos Nacionales. En décadas pasadas, antes de la promulgación de la Ley de Monumentos Nacionales 17.288  del año 1970, los arqueólogos -como pudimos verlo personalmente en San Pedro de Atacama y tantos otros sitios - solían recoger de los sitios arqueológicos algunos trozos cerámicos o líticos, en forma sumamente selectiva, es decir, aquellos que les parecían "diagnósticos", esto es que podrían ofrecer una respuesta al investigador acerca de su cultura. Y con ese material seleccionado, elaboraban sus tipologías líticas o cerámicas.

Los fragmentos "diagnósticos" de los arqueólogos.

 Así,  por ejemplo, tratándose de cerámica,  se colectaba  solamente fragmentos de boca y cuello, cuello y asas  y/o fragmentos de base, pues  estas partes permiten apreciar bastante bien  la forma general de un ceramio. El resto (del cuerpo de la vasija)   quedaba por lo general allí disperso y abandonado y, por cierto, mutilado para siempre. Fragmentos decorados eran altamente valorados por ser claros indicadores de un determinado estilo cultural y aún de una época o período cultural. De esta suerte, se destruía contextos culturales y se dificultaba grandemente la labor de arqueólogos posteriores, perdiéndose no poca información. Esos fragmentos recogidos quedaron, en el mejor de los casos, en un cajón ignorado en una bodega, y con suerte portan  (ojalá!) alguna indicación del sitio de origen, v. gr. Ta-47   (sitio  Tarapacá-47). Era imposible precisar más en aquellos tiempos. Hoy, gracias al GPS  podemos señalar las coordenadas con precisión casi matemática  y un mínimo rango de error, preservándose así el lugar exacto del hallazgo. Incluso es posible hoy regresar exactamente al mismo  lugar en busca de más evidencias o para confirmar  hipótesis, o para  recabar otro tipo de información  del lugar  (v. gr. de tipo eco-antropológico). .

El arqueólogo avezado que excava un yacimiento con la debida autorización del Consejo de Monumentos Nacionales,  recoge con cuidado, sirviéndose de harneros finos de distinto diámetro de malla,  todos los  restos culturales sean éstos cerámicos, biológicos u osteológicos o de otra índole, los que luego, en laboratorio, someterá a examen minucioso. Puede así llegar a colectar miles de fragmentos cerámicos, miles de elementos osteológicos o biológicos. Pero no es éste, ciertamente, nuestro caso.

Arqueología de salvataje.

No hablamos aquí, ciertamente,  de estas situaciones  que forman parte de  una  metodología arqueológica fina de excavación. Sólo los arqueólogos titulados están autorizados a excavar yacimientos y a levantar todos sus elementos culturales. Los libros especializados de arqueología, por lo demás,  nos indican exactamente qué se debe hacer en tales casos.  Aquí, en este capítulo del Blog, tan sólo nos abocaremos a enseñar una guía práctica  de cómo proceder en casos extremos,  de salvamento urgente,  cuando hallamos algo por casualidad, que corre peligro de ser  destruido o saqueado.  Tal como nos ocurrió en la reciente visita  al sitio de las chacras antiguas en el Tamarugal.

Los hallazgos casuales en sitios  expuestos al saqueo o robo.

Hay numerosas ocasiones  en que tropezamos con  hallazgos cerámicos casuales, fruto del azar. O fruto de un trabajo fortuito en un campo de cultivo, en  una  carretera  en construcción  o en el patio trasero de una casa. O en el súbito desmoronamiento de un muro o un talud por efecto de un temblor o terremoto, o en el caso de un aluvión que ha dejado paredes de quebradas,  expuestas  y desnudas. O simplemente, cuando avistamos algo que nos parece de gran importancia con ocasión de una visita o o prospección.  Muchas veces el trabajo o faena que allí se realiza, por variadas razones, no se puede o no se quiere interrumpir. ¿Qué hacer?. Aquí interviene  lo que se llama una "arqueología de salvamento o de salvataje". La Ley lo contempla para casos excepcionales.

El dilema ineludible; o  se guarda y conserva adecuadamente , o se pierde para siempre.

Si en una faena o trabajo aparece de súbito un entierro, o un grupo de cántaros, o o un montón de monedas antiguas,  debería, de acuerdo a la Ley,  llamarse de inmediato a Carabineros, detener el proceso, custodiar el lugar y esperar que la autoridad que resuelva, sobre todo cuando allí aparecen restos humanos. Esta situación ideal que la ley contempla, pocas veces se da. O porque no hay forma de llamar a Carabineros, o por lo aislado del lugar, o porque  los dueños del sitio se niegan a detener la obra, o porque existe el riesgo de que los operarios o curiosos se roben rápidamente las piezas, o por otras múltiples razones.  Y, sin embargo,  hay que actuar.  El arqueólogo debe decidir.  ¿Qué hacer?. ¿Adoptar la política del  avestruz y decir: "mejor me desentiendo", o actuar?. Creemos que hay una respuesta obvia:  o se salva y se resguarda lo encontrado  (antes de que desaparezca, sea despojado o robado por los espectadores u operarios), o se perderá para siempre. Nos preguntamos: ¿qué es mejor para el desarrollo de la ciencia arqueológica?. La respuesta parece evidente. Hay que salvar  el objeto, en caso de evidente necesidad de levantarlo,  para evitar su desaparición para siempre. Pero, a la vez,  hay que saber exactamente  cómo proceder en tales casos. Esto es muy importante, porque existe todo un protocolo para ello. Es lo que aquí intentamos  hacer, al proponer esta "Guía Práctica"  para casos de salvataje  o salvamento de urgencia.

Cómo y cuándo recoger y cómo restaurar; intento de una  pequeña guía técnica.

En el supuesto, pues, de que estamos ante una situación de  "salvamento o salvataje arqueológico", para recuperar piezas para su estudio científico y conservación, sugerimos el siguiente procedimiento, que es fruto de nuestra experiencia. Siga atentamente los pasos:

1.   Observe con cuidado los restos cerámicos de especial interés que están a la vista. Si son escasos y no  permiten reconstruir parte importante de una vasija, nunca los recoja; déjelos en su lugar,  tome fotos  (Vea Fig. 12)  y coordenadas con el GPS,  usando una escala gráfica,  e indique en forma concisa  en su Libreta  de Campo  los detalles del hallazgo. No se confíe nunca de la sola fotografía; ésta puede fallar.

2.  Si hay abundancia de  restos cerámicos juntos o cercanos, en cambio,  y tras un rápido examen se llega al convencimiento de que pertenecen a una misma vasija  (por el color de la pasta, grosor del fragmento,  tipo de superficie, características del engobe o tipo o color de  su decoración),  la primera e imprescindible medida es fotografiar el hallazgo in situ, tal como se presenta, poniendo a la vista una escala gráfica que permita  apreciar el tamaño de los trozos o fragmentos  y, finalmente,  tomar las coordenadas con un GPS. (Vea Fig. 1).;

3.  Lo tercero, es recoger cuidadosamente en una bolsa plástica todos los fragmentos que suponemos son parte de una misma vasija, incluso los más pequeños. Para esto conviene revisar bien los alrededores inmediatos hasta cerciorarse de que no hay más. A veces se puede hallar trozos de la misma vasija a  una distancia de varios metros. Por lo cual es preciso escudriñar bien los alrededores. No pocas veces, algunos  permanecen semi-enterrados. Para ello, conviene cavar con los dedos o, mucho mejor, con un pequeño rastrillo de mano (de jardín) hurgando en el lugar  (mejor aún si utiliza un harnero de malla fina)  hasta una cierta profundidad, en busca de otros trozos que hayan sido ocultados por la arena, como resultado del inevitable arrastre eólico. En nuestra zona desértica, donde corren vientos intensos, es frecuente  hallar numerosos fragmentos enterrados bajo una capa de arena. En el caso de nuestro hallazgo  de 1963  (Vea la Figura 13: ollita incaica), más de la mitad de los fragmentos  estaban totalmente ocultos, bajo tierra. La criba minuciosa del lugar mediante un harnero fino nos entregó, aquella vez,   la cosecha final de 55 fragmentos. Que sepamos, es éste el único hallazgo temprano, hecho en superficie, de cerámica inca imperial cuzqueña,  en las proximidades de la ciudad de Antofagasta  (Chile).

4.  Haga, en lo posible,  un breve croquis de campo para asegurar la posición del hallazgo, sobre todo si está asociado a otros elementos culturales (v.gr.  recinto, ruinas, huesos, textiles o cestería).

5.  Una vez en la casa o laboratorio, viene el proceso de lavado cuidadoso de los fragmentos, seguido de un cepillado muy suave que permita extraer finas partículas de polvo o arena adheridas. En nuestro ambiente desértico es frecuente la presencia de  partículas de sales de sodio o calcio adheridas a la superficie. Luego de lavar, deje secar  por un tiempo prudente  (varias horas). Es mejor dejar los fragmentos expuestos al sol, máxime en clima  húmedo.

6. Sigue ahora el proceso de  poner a la vista, en una mesa de trabajo, sobre un paño o una hoja de periódico, todos los fragmentos hallados, separándolos en grupos  por  sus formas: trozos de boca, trozos de base, trozos de cuerpo , asas, etc.

7. Para el paso siguiente, es decir, la tarea de  unir los fragmentos que calcen, se  necesita  tener a la mano un pegamento adecuado y un  plato  grande o pocillo  con abundante arena. Este último, para depositar, fijándolos en la arena, los trozos recién pegados. El pegamento que recomendamos es lo que en Chile conocemos con el nombre de  "cola fría", material que se adquiere en ferreterías  o librerías, y que se suele usar con frecuencia entre los escolares para pegar maderas, cerámica, loza, cartón o papel. No use nunca ni Neoprén por su gran toxicidad, ni ciertos compuestos como "la gotita", elemento que viene en pequeños potes; material que si bien pega muy bien, es demasiado rápido en el secado y tiene el  gravísimo inconveniente de que cualquier mínima porción se adhiere tan firmemente a los dedos, que cuesta mucho separarlos. Usando, pues, "cola fría" como aglutinante, se tiene la enorme ventaja de poder limpiar, incluso con los mismos dedos, el exceso de pegamento sobrante en las superficies recién pegadas,  sin mayor problema para el cutis, pues uno puede lavarse luego las manos. Este pegamento se disuelve fácilmente al agua.

8.  La tarea de buscar el calce exacto entre fragmentos, requiere de cierta habilidad y experiencia y, sobre todo, de muchísima paciencia. Se debe separar los fragmentos por su aspecto (bordes, base, cuerpo), su  grosor y el aspecto y color de la pasta, buscando su afinidad. Recomendamos  iniciar el pegado con los fragmentos de base (fácilmente reconocibles  por ser más gruesos y planos o, por presentar abundante  tizne, o por ser totalmente convexos, según el caso), o con los fragmentos de boca (fáciles de identificar por el borde y labio,  bien terminado y definido).

9. Si vemos que dos fragmentos calzan perfectamente entre sí,  agregue una pequeña cantidad de pegamento a ambas superficies de contacto, untándolas en toda su extensión de calce; en seguida, únalos y apriete fuertemente uno contra el otro, por algunos segundos, para lograr una total adherencia. Luego, con el debido cuidado,  limpie del exceso de pegamento las superficies de contacto y entierre levemente los trozos  recién pegados,  parados,   en  el plato o pocillo de arena fina dispuesto ad hoc, de modo que quede firme y seguro. La arena permite fijarlos en la forma que mejor nos plazca, para un mejor pegado, cuidando solamente que las superficies recién pegadas no lleguen a tomar contacto directo con la arena. Ahí se les deja por espacio de  una hora o más,  hasta que se adhieran perfectamente. Si se deja el pocillo con las piezas recién pegadas a pleno sol, el  proceso del pegado es mucho más rápido.

10. De fundamental importancia es verificar bien, antes de recoger y levantar los fragmentos, el estado de  los bordes de éstos: si éstos están muy erosionados,   el calce se dificultará  notoriamente. Y, en tal caso, es preferible no recoger nada y dejar todo in situ,  pues  será  muy difícil llegar a buen puerto con la reconstitución de la vasija o ceramio. Sin embargo, nuestra experiencia  en esta materia sugiere que este caso es más bien raro. Hemos logrado reconstruir ceramios muy antiguos, máxime cuando han estado enterrados  y aparecen a la luz casualmente.

10. Cuando existe decoración o pintura, se busca más fácilmente el calce siguiendo el trazo de las figuras de los diseños. La existencia de decoración o pintura a colores (con diseños o figuras)  facilita muchísimo la tarea del pegado.

11. Va a llegar un momento en que Ud. tiene ya parte de la boca  y parte de la base bien pegadas e instalados en las superficie del pote con arena.  Aquí viene el paciente esfuerzo por  buscar el calce perfecto del resto de los fragmentos. Hay que ensayar muchas veces, aproximando una y otra vez  los fragmentos entre sí, en busca del calce  perfecto.  El grosor de éstos y el tipo de pasta (ennegrecida  o rojiza, con tal o cual tipo de antiplástico : v.gr. con  presencia de mica, cuarzo blanco o biotita, etc.), le  sugerirá a  Ud. el "parentesco" o relación  existente entre dos fragmentos. Si son idénticos en este aspecto, la posibilidad de calce crece notoriamente.

12.  Por lo general, las paredes de la  porción superior de la vasija, cercanos a la boca o cuello, presentan un grosor generalmente menor que la parte que se acerca al fondo o sea, a la base de la vasija.  Normalmente, en la base y sus proximidades, se presenta el grosor máximo de la pared  en todo ceramio.  La observación  atenta de la curvatura de los fragmentos, también es indicadora de  la parte de la vasija  a que corresponde: v.gr. cuello, panza o base.

13.  En el pocillo con arena, pues, se va colocando los diversos fragmentos una vez  unidos. Luego se busca con paciencia, el calce perfecto entre éstos, aproximándolos  desde todos los ángulos. Trabajo que requiere de dedicación y tiempo y  que  generalmente termina en el éxito, siempre y cuando se cuente con  un suficiente número de fragmentos de la pieza respectiva. Insistimos, si hay pocos fragmentos conservados  in situ, no cometa el error de recogerlos. No obtendrá  ningún resultado útil.

14.  Disponiendo de parte de la boca, del cuerpo y  de la base, generalmente se lograr el calce  parcial de fragmentos cada vez mayores, de  modo que va apareciendo poco a poco la forma final de la vasija. Cantidades superiores a  los 50-60 fragmentos, generalmente nos auguran  el éxito en la  faena de la reconstitución de una vasija pequeña. Cantidades inferiores a los  10-15 fragmentos, nos dejarán casi siempre en gran incertidumbre,  pues  gran parte de la vasija quedará sin reconstruir, a no ser que se trate de fragmentos de gran tamaño ( tal como se muestra en  la botija colonial  de la Fig. 9 de este capítulo).

15.  Esta tarea, dependiendo del tamaño de la vasija o ceramio, puede llevar horas de laborioso trabajo. Por lo demás, sirve de descanso y distracción  a la mente, ocupada en el estudio o en la investigación. Es lo que nos ha ocurrido a nosotros. Confesamos al lector que entretenidos en esta tarea por horas y horas, hemos disfrutado muchísimo al descubrir formas y diseños nuevos, no discernibles al comienzo del proceso de restauración. La contribución a la ciencia de este tipo de labor es, por lo demás,  indudable.

16. El proceso termina cuando se  agrega una etiqueta, pegada a los fragmentos, donde se indique lugar, fecha y descubridor. Nuestra costumbre  es poner cada objeto así reconstruido dentro de una bolsa plástica con cierre hermético  (tipo ziplock), para evitar  la desaparición de la leyenda escrita. La leyenda debe ir pegada dentro de la bolsa y ésta, perfectamente cerrada. No debe olvidarse que existen pequeños insectos ápteros llamados por nosotros  "pececillos dorados", que son  expertos en devorar el  papel   y/o  la tinta (Orden Thysanura). Una leyenda dejada al descubierto, puede  así desaparecer por completo, al cabo de poco tiempo, devorada por estos voraces insectos primitivos.

Esperamos que esta sucinta guía práctica pueda ser de real utilidad para  los jóvenes investigadores y arqueólogos que  se vean de súbito ante la eventualidad de realizar un rescate de emergencia.