viernes, 22 de diciembre de 2023

Un trabajo nuestro inédito sobre los Atacameños: "Apuntes para un estudio de los Atacameños", escrito a fines del año 1965.

Nota:   Las fotografías que anteceden a nuestro artículo escrito en 1965, corresponden a personeros insignes de la arqueología chilena citados en el texto. Fueron tomadas de la obra "Historia de la arqueología en Chile", de Mario Orellana Rodríguez, escrita en el año 1996.  

 
Fig. 1.  Rodulfo Amando Philippi (1808-1904).


Fig. 2.   Max Uhle (1856-1948).


Fig. 3.    Augusto Capdeville   (1864-1932).   
             

Fig. 4. Aureliano Oyarzún (1858-1947).


                                 
Fig. 5.   Ricardo Latcham  (1869-1943).


Fig. 5.  Junius B. Bird. (1907-1982).


Fig. 6.   Jorge Iribarren Charlín (1908-1977)).

    Fig. 7. Grete Mostny Glaser (1914-1991).

Fig. 8. Gustavo le Paige, S.J. (1903-1980).

Fig. 8.  Asistentes al Primer Congreso de Arqueología celebrado en San Pedro de Atacama, Enero 1963. Le Paige, de sotana gris, es el cuarto personaje de izquierda a derecha. Lautaro Núñez, es el último del grupo en el extremo derecho, y el único sobreviviente actual del grupo.

Rescatando un viejo manuscrito.

Entre los innumerables papeles y documentos de mi biblioteca, he rescatado este antiguo trabajo nuestro de investigación, hasta hoy  inédito, escrito entre los meses de octubre y diciembre  del año 1965.  El documento está escrito laboriosamente  en máquina de escribir de la época y fue terminado en la ciudad de México, lugar donde estaba yo por entonces estudiando la carrera de Antropologia, en la Escuela Nacional de Antropología e Historia de la UNAM. Fue escrito, pues,  hace  ya  casi sesenta años.  Dado que no pocas páginas del documento original estaban ya perdiendo claridad y  nitidez y corrían el riesgo de perderse para siempre, encargué a la señora Carola Lorca Arrau de Santiago de Chile su transcripción en forma digital.

Unas páginas del ejemplar original.

A renglón seguido, muestro aquí  unas páginas del antiguo original, para comprobar su estado físico actual.

Fig. 9. Portada del trabajo antiguo de 1965 que porta mi firma. 

                                

Fig. 10. Una página del escrito en que se puede observar  su estado actual de deterioro. 

                                 

Fig. 11. Una página correspondiente a la bibliografía del trabajo. 

Una sintesis de la cultura atacameña.

Nuestro objetivo primero fue no solo salvar el documento de su destrucción  sino también dejar constancia de una investigación de síntesis pionera nuestra sobre la etnia  atacameña. Nada parecido se había realizado hasta entonces, cuando los estudios sobre los atacameños eran en extremo fragmentarios y descansaban principalmente en los trabajos pioneros de  Ricardo Latcham,  Grete Mostny,  Hans Niemeyer, Mario Orellana, Jean Christian Spahni, Lautaro Núñez o Ingeborg Lindberg,  y los más recientes aportes (a partir de 1958) del sacerdote-arqueólogo jesuita Gustavo le Paige, cura párroco de San Pedro de Atacama. 

Los trabajos antiguos de  Sénéchal de la Grange  (1902), Créqui Montfort (1906), Max Uhle (desde el año 1913),  Gösta Montell  (1926), Aureliano Oyarzún (desde 1929),   Stig Rydén (desde 1936), -entre otros-  habían ya demostrado  la enorme riqueza cultural de los pueblos del Loa y del Salar de Atacama.

La obra cumbre de Ricardo Latcham: "Arqueología de la región Atacameña", publicada en el año 1938, había logrado reunir y sintetizar los conocimientos existentes sobre la cultura atacameña hasta esa fecha. Pero los numerosos trabajos posteriores, y muy en particular, los aportes de Gustavo le Paige, nos entregaron una desconocida profundidad cronológica y un conocimiento mucho más cabal de la evolución cultural ocurrida en Atacama gracias a sus extensos recorridos y sus excavaciones de numerosos cementerios y tumbas. En efecto, Le Paige había intentado comprobar lo que el denominara "la continuidad de la cultura atacameña". Los cambios notorios en el bagaje cultural, a lo largo del tiempo, no significan  para le Paige la llegada de pueblos y culturas  nuevas a la zona, sino solamente,  la adaptación y asimilación de influencias extranjeras vecinas. Así, se puede hablar de" cambios" ocurridos, pero dentro de una tendencia general a una "continuidad".

Nuestro trabajo del año 1965 pretendió reunir, pues,  todos los antecedentes existentes sobre Atacama y sus culturas hasta esa fecha (1965),  esto es cuando se cumplían ya  27 años de la publicación pionera de Ricardo Latcham.  Mi intención por entonces fue reunir el máximo de antecedentes para presentar una futura tesis en arqueología en este mismo tema. Luego de mis dos años de estadía en la ciudad de Antofagasta y de mis contactos asiduos con el arqueólogo le Paige, su Museo y sus descubrimientos en terreno, acariciaba yo por entonces la idea fija de  escribir una nueva síntesis de la "arqueología de la culturas de Atacama". Esto ocurría cuando yo apenas había cursado el primer año de la carrera de Arqueología en México. Los descubrimientos de le Paige  demostrando el influjo cultural de Tiahuanaco  y de diversas culturas del NW de  Argentina en el Salar de Atacama, estaban señalando que el Salar der Atacama había llegado a ser un potente bastión cultural propio y particular,  de tránsito obligado de muchos viajeros entre la puna frígida boliviana o argentina y la costa del Pacífico. 

La rica biblioteca del Instituto Panamericano de Geografia e Historia de México y la  propia biblioteca del Museo Arqueológico de ciudad de México me permitieron - como lo prueban las referencias utilizadas en este trabajo- el acceso a una rica bibliografía.

Mi decisión de cambiar el  tema de mi tesis.

 ¿Por qué -me pregunto hoy- desistí finalmente  de investigar y presentar este tema para mi tesis final de la carrera de  arqueologia?.  Hoy no estoy seguro, pero sospecho que fue mi "descubrimiento" posterior del enfoque ecológico-cultural, tras la lectura reflexiva de las obras de numerosos geógrafos y antropólogos  como M. Bates, K. Butzer, I.W. Cornwall,  L. Faron, A. Hawley,  E. Odum,  C. Sauer,   J. Steward, C. Troll, W. Weischet,  C. Wissler, M. Towle, Mc Bryde o Ruth  Bunzel,  en las  que los componentes del  paisaje geográfico y su influencia en la cultura de los grupos humanos se hacía especialmente visible. Además,  la lectura de obras sobre los grupos Zuñi o Hohokam de Nuevo México (Pueblo Indians)  me permitió percibir patentes paralelismos con las culturas  de Atacama en Chile. Fruto de estas influencias fue el contenido de la tesis de maestría  que presenté en México en enero de 1970, con el título de:  "Las culturas arqueológicas en Chile: Ensayo de una zonificación ecológico-cultural".

A partir de entonces, el tema de la "relación cultura-medioambiente"  se  transformó en el "leit motiv" de mis investigaciones antropológicas hsta el día de hoy. Y de aquí surgió el concepto de una "eco-antropología" considerada por mí como una sub-disciplina particular de la antropología, donde las ciencias geográficas juegan un rol muy importante en el análisis de la cultura de los pueblos.  

Tempranamente, ya en el año  1972, plasmaba yo estas ideas en un pequeño artículo titulado:

"Conceptos básicos y posibilidades del enfoque ecológico en la investigación arqueológica" publicado en Cuadernos de investigaciones Históricas y Antropológicas, Año I Nº 2, septiembre de 1972 , 1-23, Museo Regional de Iquique, Universidad del Norte,  Iquique.   

Es de espertar que algún día este trabajo pionero nuestro, por fin editado in extenso en este Blog, pueda ser tal vez  considerado digno de figurar en alguna futura "Historia de la arqueología en Chile". 


Texto del trabajo original. 


APUNTES PARA UN ESTUDIO DE LOS ATACAMEÑOS

 

 Esbozo de un trabajo de investigación más profundo sobre el tema. Esquema para una posible disertación arqueológica. Octubre – Diciembre, 1965 (inédito),  México, D. F.


José Horacio Larrain Barros.



Observación previa: en este trabajo hay lagunas evidentes. El esfuerzo por abarcar de una mirada el estudio de los muy diferentes aspectos conectados con la vida de los atacameños, hace, indudablemente, que algunos entre ellos queden solo tocados someramente y otros, debido a la carencia de la bibliografía indispensable, permanezcan en el terreno de las hipótesis o sugerencias. En particular, echo de menos cierta bibliografía chilena, como obras de Ricardo E. Latcham, Grete Mostny y Francisco Cornely, cuyos artículos diseminados en revistas latinoamericanas, imposibles de conseguir aquí en México, no me han sido accesibles. Igualmente, ciertos trabajos importantes de la bibliografía argentina de esta zona tampoco están a mi alcance: v. gr. los trabajos de Ambrosetti, Debenedetti, Salas, Boman, Vignati y otros. Alguna bibliografía reciente sobre secuencia arqueológica del Norte de Chile, como la de Lautaro Núñez, ha quedado igualmente fuera de mi acceso.


 

AMBIENTE GEOGRÁFICO Y CULTURAL SUDAMERICANO. GENERALIDADES:

 

El grupo indígena cuyo estudio iniciamos ocupa la zona occidental de la América del Sur, entre los paralelos 16° y 30° de latitud sur (aproximadamente) y los meridianos 65° y 72° de longitud oeste. Como veremos en el decurso de este trabajo, este hábitat se extendió –en la etapa de la expansión máxima– algo más hacia el Norte, y muy probablemente,  también hacia el Sur.

 

Al estudiar las zonas de los paisajes naturales de la América del Sur (los “Naturlandschaften”) que nos propone Oskar Schmieder en su notable obra: Enzyklopädie der Erdkunde, Länderkunde Südamerikas (1932), resulta particularmente sugestivo constatar que –a grandes rasgos– los grupos indígenas sudamericanos ocupan un hábitat que responde de un modo notable a las particularidades geográficas, climáticas y por consecuencia, ecológicas del continente sudamericano. Dicho de otro modo, los grupos indígenas más representativos de Sudamérica (desde el punto de vista cultural) se asientan en un hábitat muy uniforme –climáticamente hablando– y labran en él una cultura y economía notablemente adaptada y, por ende, dependiente de las condiciones geo-ecológicas en que viven. Una somera comparación entre las láminas que trae Schmieder en las páginas 10 y 21 de la obra citada, ilustra bien lo que vengo diciendo. Así, las altiplanicies de los Andes del Norte y Centrales (llamadas Puna o Altiplano, según los países) están ocupadas por pueblos de cultura agrícola avanzada, conocedores de los sistemas de irrigación[1], terrazas y andenes de cultivo, y que utilizan variados tipos de cereales, frutas y tubérculos en su alimentación. Estos pueblos, los Chibcha, en Colombia, Kechuas y Aymarás (Perú, Bolivia y parte de Chile)[2], Atacameños (Norte de Chile y Noroeste argentino) y, finalmente, los Diaguitas (NW argentino y Norte chico chileno entre los paralelos 30° a 37° de latitud sur), emparentados con los anteriores por su lengua y hábitos, además de su agricultura avanzada, desarrollan una metalurgia notable, en particular en oro, plata, cobre y bronce. Parece haber entre estos dos elementos, agricultura avanzada y metalurgia desarrollada, una relación muy estrecha: la segunda presupone y necesita a la primera.

 

Asimismo, los araucanos, provistos de una economía basada en el cultivo primitivo (además de pesca, caza y recolección de semillas), ocupan un hábitat muy homogéneo en las zonas geográficas de Chile central y sur. Solo tardíamente (siglo XVIII) y por razones políticas, invadirán las pampas argentinas hasta llegar a poner en peligro a Buenos Aires.

 

Caribes y tribus Arawak pueblan una zona geográfica igualmente homogénea: las Guayanas y la cuenca del Amazonas. También aquí desarrollarán una economía de agricultura primitiva, caza, pesca y recolección.

 

Los Llanos del Mamoré, región geográfica que no forma parte del sistema andino, pero que está próximo a él y que es apta para el desarrollo de la agricultura, verá florecer una economía agrícola, con indudable influencia del altiplano, de los indios Mojo y Bauré, principalmente.

 

El Noroeste del Brasil, Minas Gerais, buena parte del Brasil central, el Gran Chaco, Brasil del Sur, la Pampa y la Patagonia oriental constituyen, es verdad, varios paisajes geográficos, que aunque diferentes por su flora y fauna, y aún precipitación[3], poseen algo en común: la riqueza y abundancia de caza, pesca y semillas (frutas) para recolección. Esta abundancia de productos naturales, les hace permanecer estacionariamente en estado nomádico o seminomádico y no les hace experimentar, en lo más mínimo, la necesidad de la práctica de la agricultura. Este tipo de economía fomenta el nomadismo –y seguramente los conflictos armados con los vecinos-, y crea una economía únicamente basada en los productos de la caza, pesca y recolección. En el Sur (Pampas y Patagonia oriental), la caza mayor está constituida por el guanaco y el ñandú o avestruz patagónico. Los grupos humanos que viven de este sistema económico son los Ges, Guaicurú, Charrúa, Puelche y, en el extremo Sur de , los Tehuelche.

 

Finalmente, los grupos de la Patagonia occidental (zona desmembrada en fiordos, islas y canales del extremo sur de Chile): los Chonos, Alacaluf, Yahgan y Ona (llamados también Selknam), por el hecho de vivir en un hábitat eminentemente insular y costero, permanecerán en el nivel económico más bajo, viviendo casi totalmente del producto del mar: pesca de peces, mamíferos marinos y mariscos, productos cuyo desperdicio se acumula en los “conchales” o “concheros”. Esta dieta marina se verá parcialmente complementada con recolección de frutas silvestres (fresas) y caza (aves)[4].

 

Esta revisión general y rápida de los grupos indígenas sudamericanos (solamente los principales), nos lleva insensiblemente a la conclusión de que los grupos con economías casi totalmente basadas en los productos del mar (o lagos), son los más atrasados culturalmente, los menos aptos para progresar y, probablemente, los que más reflejan las condiciones de vida de los más primitivos pobladores de América: aquellos habitantes de la costa –y ríos adyacentes– cuyo tosco instrumental lítico y carencia de cerámica, denota y expresa su total dependencia del mar. Restos de estos antiguos grupos costeros los encontramos aún en tiempos históricos entre la costa occidental de la América del Sur: los Changos de la costa norte de Chile, estudiados por R. Latcham y A. Oyarzún, ya desaparecidos en el mestizaje con el español y el atacameño, pero cuyo recuerdo perdura en la denominación de “changos” con que se sigue llamando a los pobres pescadores de la costa, que viven de la pesca y de la extracción de mariscos (en particular del erizo) con que surten a los mercados de las ciudades vecinas; los Uros o Puquinas, pescadores de las islas del lago Titicaca, estudiados por Posnansky (1938) y La Barre (1946), de los cuales había grupos costeros que hablaban el mismo idioma (pukina), verosímilmente trasladados allí por los incas. De estos grupos Uros quedaban, al tiempo del estudio de Posnansky, muy escasas familias. Hoy posiblemente han desaparecido. En el sur de Chile, tenemos a los Chonos, Alacaluf, Yahgan y Ona, grupos que nunca fueron numerosos, pero que por el impacto colonizador (enfermedades, alcohol) fueron rápidamente reducidos a grupos minúsculos. Hoy día deben existir aún algunas familias aisladas. El exhaustivo estudio que de ellos hizo Gusinde, no pudo ser hecho más a tiempo (1931–1936). La economía de estos grupos, culturalmente tan atrasados, dependía de una manera tan esencial del mar y era, por tanto, tan radicalmente diferente de la de los colonizadores, que no nos ha de extrañar su absoluta imposibilidad de asimilar los nuevos elementos culturales. Por lo que no quedaba más alternativa que la del mestizaje (lo ocurrido con los changos) o la extinción total (caso de los grupos de la Patagonia occidental, Chonos, Alacaluf, Ona, Yahgan). Es realmente de lamentar que la antropología no haya llegado a tiempo para salvar e integrar a estas interesantes reliquias del pasado americano.

 

De modo semejante, aunque por razones algo diversas, las tribus nómadas de cazadores y recolectores terrestres desaparecen casi sin dejar siquiera rastros de mestizaje tras de sí. Ges, Guaycurú, Charrúa, Puelche y Tehuelche, sucumben al contacto con el colonizador. Acostumbrados estos grupos a una vida nomádica que les exigía extensos territorios de caza y recolección, no pueden sostenerse contra el empuje de la colonización europea que exige más y más tierras para sus ciudades y haciendas ganaderas. Los indios, privados de sus territorios y de sus fuentes de caza (guanaco, ñandú, etc.) son muertos por los hacendados que organizan verdaderas razzias contra ellos. El indio naturalmente se defiende atacando y organizando incursiones de venganza. Será necesario que el ejército argentino organice un avance sistemático y arrollador, a las órdenes del general Roca, por los años ochenta del siglo XIX, para acabar por el exterminio, con el peligro indígena.

 

Los grupos de culturas agrícolas, más avanzados culturalmente y mucho más numerosos (ya que el excedente de producción agrícola favorecía el aumento de la población), sobreviven más fácilmente y se integran a las nuevas nacionalidades mediante un mestizaje más o menos intenso[5]. Los araucanos parecen constituir una excepción: habiéndose reducido considerablemente su número, debido a las guerras con los españoles, se rehacen y en las reducciones actuales –herencia de las reducciones de la época de las misiones– y protegidos por el gobierno de Chile, aumentan en población y se van integrando con muy poco mestizaje y guardando sus características raciales a la nación.

 

Los demás: Kechuas, Aymaras, Atacameños, Diaguitas, forman hoy parte importante de las naciones del extremo sur, en particular en Perú y Bolivia. Los Chibcha, poseedores en el momento de la conquista de una cultura agrícola avanzada, sin embargo de lo dicho, se extinguen casi por completo. La razón de esta desaparición hay que buscarla, sin lugar a dudas, en la fiebre del oro y esmeraldas que se apoderó de los colonizadores españoles en los siglos XVI y XVII en esta zona. La leyenda de “El Dorado”, propalada por los indígenas precisamente para alejar a los invasores de su territorio, situándolo en regiones inhóspitas mucho más al Este o al Sur de su propio territorio, contribuyó poderosamente a encender y mantener viva por generaciones el ansia por la riqueza (Schmieder, 1932).


 

PAISAJES NATURALES DE LA ZONA ATACAMEÑA EN LA ÉPOCA DE SU MÁXIMA EXPANSIÓN

 

La zona ocupada en algún momento por los grupos atacameños comprende, fundamentalmente, tres paisajes naturales diferentes, aunque íntimamente relacionados climáticamente: a) una parte (meridional) de la costa árida occidental en Perú y Chile; b) la parte sur de los Andes Centrales, a partir, aproximadamente, del Nudo de Vilcanota (14° de L. S), incluyendo, por su extrema semejanza, la Puna de Atacama, por el sur; c) el extremo NW del Noroeste Argentino, incluyendo las actuales zonas donde se levantan hoy las ciudades argentinas de Jujuy, Salta, Tucumán, y, en parte, La Rioja, por el sur. Por el este, este hábitat alcanza, aproximadamente, hasta los 65° de L. W., y el paralelo 30° de L. S. como límite meridional.

 

En el territorio chileno, el hábitat atacameño encierra al departamento de Arica, y las provincias nortinas de Tarapacá, Antofagasta y Atacama. (Cfr. Mapa I). En lo que sigue, analizaremos más en detalle las características de estas zonas naturales, como prenotando indispensable para comprender las peculiaridades de la cultura de los atacameños.


 

1.   COSTA ÁRIDA OCCIDENTAL


Ya el cronista español Cieza de León, en la primera parte de su crónica sobre el Perú, (Cieza de León, 1553), en el cap. 59, apunta ya con certero trazo las características climáticas de esta zona, a partir de los 4° de L. S. Comentando la extrema sequedad de la zona dice: “…los habitantes dependen por entero de la irrigación artificial y no cultivan más la tierra de la que pueden regar con los ríos…; donde riegan, todo es desierto seco, pedregoso o arenoso. En algunos lugares crecen arbustos espinosos y cactus; en otros, solo se encuentra arena. La época en que se forman las nubes es llamada el invierno. Estas nubes aparentan estar cargadas de agua, pero, a lo más, dejan caer una llovizna tan fina que apenas humedece el suelo. También es notable que solo sople el viento del sur. Este viento domina en toda la costa hasta Túmbez…”[6].

 

Esta extrema sequedad, debido a la falta casi absoluta de precipitación, ha de atribuirse en buena parte a la acción de las aguas frías de la corriente de Humboldt (proveniente del territorio Antártico), que por su temperatura no alcanzan a cargar de agua a los vientos marinos; además, ha de atribuirse a la peculiaridad de los vientos alisios en esta zona, que alcanzan un desarrollo tal que casi nunca llegan a formar lluvias de tipo ciclonal o cenital[7]. Como ejemplo característico de este clima podemos apuntar que, en la ciudad de Antofagasta, Chile (23° 38’ L. S.), situada en la costa misma, entre los años 1891-1911, o sea, un lapso de 20 años hubo 11 años sin precipitación alguna. Exactamente el mismo fenómeno se presenta en otros puntos de la costa del Perú y de Chile.

 

Arica, por ejemplo, presenta una media anual de 0,7 mm entre los años 1911 y 1949, lo que equivale a precipitación prácticamente nula. Para Fuenzalida Ponce (1965), la razón última de la sequedad del norte chileno hay que buscarla en que “todo el primer sector de nuestro país se encuentra bajo la influencia del anticiclón del Pacífico (verdadero cinturón que genera una zona de altas presiones subtropical y que circunda casi ininterrumpidamente el hemisferio sur), que con su papel bloqueador y generando una gran estabilidad por subsidencia, inhibe las precipitaciones; simultáneamente, hace predominar en toda la región influenciada por él, vientos del S. y SW”[8]. Para encontrar lluvias invernales, aunque todavía en escasa cantidad, hay que descender hasta Vallenar, situado en los 28° de L. S.

 

Fuenzalida Ponce (Op. cit.) con razón subdivide la zona de clima desértico del norte de Chile en dos secciones, según intervenga o no, el fenómeno por demás curioso de la nebulosidad costera. Así llama a la primera sección: “clima desértico con nublados abundantes”[9] y comprende la zona de la faja costera con un ancho máximo de 30 a 40 km., encerrando la cordillera de la costa. Esta sección llega hasta Huasco, por el sur. La segunda sección es llamada por él: “clima desértico normal” (BW). Esta nebulosidad aparece en la costa occidental a partir de los 8° de L. S. en los meses de invierno y primavera, y han sido denominadas en el Perú con el nombre de “Garúa” y en Chile, con el de “Camanchaca”. Esta nebulosidad, acompañada de abundante humedad, se forma en la superficie del agua fría del mar y se deposita sobre la costa, muy en particular en la franja de la cordillera de la costa sobre los 500 m. de altura, donde forma una curiosa vegetación xerofítica compuesta principalmente de cactáceas (Eulychnia spinibarbis, Cereus coquimbensis, Echinocactus sp. y varias especies de Opuntia), subarbustos o matorrales en los que se pueden observar: Baccharis petiolata, Baccharis marginalis (chilena), y especies de los géneros Coldenia, Boerhaviana, Telanthera, Chenopodium (máximo en la zona de sequedad extrema y arenosa); arbustos tales como Lycium chañar (chañar arbustivo), Bahia ambrosioides (chamicilla), Proustia tipia (tipia), Euphorbia lactiflua (lechero), Ophriosporus foliosus (rabo de zorro). A partir de los 24° 30’ (Punta Miguel Díaz) hasta La Serena, aumenta un poco la precipitación costera y se forma lo que se denomina “Jaral costero”, en que aparecen arbustos de hasta 1,20 m. de altura, algunos siempre verdes. Aquí aparecen también cactáceas nuevas[10]. Las hierbas que acompañan a esta formación vegetal, que nunca llegan a formar un manto continuo, se componen principalmente de las familias Gramineae, Amarillidaceae y Compositae. Como ejemplo de la intensidad de esta nebulosidad queremos indicar el caso de Iquique (20° 8’ L .S) que presenta, en término medio, 110,4 días totalmente cubiertos al año, y solo 66,6 días totalmente despejados[11].

 

Esta extrema sequedad ha permitido la creación de grandes depósitos de “guano” (voz quechua para designar el estiércol de aves marinas), denominadas “guaneras”. Estos se forman en las costas, particularmente en las islas y penínsulas abiertas, por la acumulación de los excrementos de aves marinas, en particular del Cormorán guanay, el ave guanera por excelencia, (Phalacrocorax bougainvillei, Lesson), que anida por millones en tales sitios expuestos al mar, el piquero (Sula variegata), el pelícano o alcatraz (Pelecanus thagus, Molina) y variadas especies de gaviotas (Larus dominicanus, Larus modestus y otras). Sobre la fauna ornitológica, cfr. Goodall, Johnson, Philippi, 1951.

 

A diferencia del desierto interior, como veremos, esta zona costera carente de precipitación posee, sin embargo, una humedad relativa bastante considerable. Esa humedad, precisamente, es la que se condensa en forma de nieblas. Iquique, por ejemplo, presenta una humedad relativa del orden de 74% y varía muy poco en el curso del año.

 

Ya dijimos que este curioso clima solo se presenta en una angosta faja costera, al avanzar hacia el desierto interior, la nebulosidad desaparece como por encanto, al pasar las últimas estribaciones de la angosta cordillera de la costa. Al cesar las nieblas, cesa automáticamente la humedad, y nos hallamos en el desierto más seco e inhospitalario de la tierra, donde el sol brilla implacablemente durante todo el día. Pero como las pampas de este desierto se encuentran a un nivel medio de 1.000 m. de altura, no podemos hablar propiamente de un desierto cálido. Las temperaturas medias anuales dan 18° C. y la humedad relativa, muy baja, 39% y aún menos. “Los caracteres más llamativos de este desierto son la gran limpidez de la atmósfera, baja humedad relativa, fuerte oscilación diaria de la temperatura y carencia casi absoluta de precipitaciones. Éstas, en realidad, suelen presentarse, pero están afectadas a la forma típica de las lluvias de desierto; son torrenciales y se presentan cada 5-7 años sin obedecer a ninguna regla[12].

 

En esta costa árida, de la que hemos aportado datos de la zona chilena, pero que es muy semejante en el sur del Perú, aparecen -a lo largo de sus 27 paralelos- diversos vallecitos transversales que llegan al mar. Estos valles permitieron la vida a diferentes grupos culturales, bastantes independientes entre sí. Francisco Pizarro y Diego de Almagro, conquistadores del Perú, al desembarcar en la costa norte de ese país, observaron estos grupos culturales indígenas separados unos de otros a veces por extensos territorios desérticos, y que se habían desarrollado con gran independencia unos de otros. Parece que el imperio incaico los incorporó a su seno no mucho antes de la Conquista Española[13].

 

Al sur del paralelo 17° L. S., tales valles se tornan insignificantes; en algunos, el agua de sus cauces ni siquiera llega todos los años al mar. Es el caso de los valles transversales del departamento de Arica (Chile): Lluta, Azapa, Chaca, Camarones y Vitor. En la costa norte de Chile, entre el espacio comprendido entre los 19° L. S. y los 27° L. S., solo un pequeño río, el Loa, se abre paso penosamente a través del desierto para desembocar casi seco, en el mar. Su desembocadura se halla a los 22° 28’ L. S. y por la forma de U larga que describe su cauce, es uno de los ríos más largos de la costa occidental de Sudamérica. Como es natural, este río no solo será una vía de comunicación obligada con la costa (para los habitantes atacameños del Altiplano), sino también será un oasis fértil para la agricultura de sus habitantes.

 

La temperatura de las zonas estudiadas es bastante constante y denota claramente el clima subtropical. Así, por ejemplo, Lima situada en los 12° 21’ L. S. tiene una temperatura media anual de algo más de 21°C y Arica, la primera ciudad del norte de Chile, casi fronteriza con el Perú, disminuye apenas a una temperatura media anual de 19,5°C. Hacia el sur, esta temperatura va disminuyendo muy lentamente (Antofagasta, 18°C.)[14].

 

Entre los valles del sur del Perú que elaboran culturas propias, nos interesa citar aquí los valles de Chincha, Ica, Nazca, al sur de Lima, que dejarán sentir su influjo sobre los grupos atacameños limítrofes del norte de Chile.

 

 

 

2.   ANDES CENTRALES Y PUNA DE ATACAMA:



 Siguiendo a Schmieder (1932), estudiaremos esta zona como una unidad geográfica, aun cuando otros, como la Encyclopaedia Britannica[15] prefiera separarlos en dos paisajes distintos.

 

Esta zona, llamada en tiempos coloniales el “Alto Perú”, es el hinterland de la zona árida costera que acabamos de estudiar (“Bajo Perú”).

 

Este paisaje natural está lejos de presentar una unidad: hallaremos en él altas cordilleras, altiplanicies elevadas, valles profundos, planicies a menor altura, y, por último, salares. Se extiende desde aproximadamente los 30° L. S. hasta cerca de la frontera con el Ecuador (4° L. S.). Empezando nuestra descripción por el sur, diremos que comprende, en primer lugar, la Puna de Atacama, el Altiplano chileno y boliviano, y el Altiplano peruano. Hablaremos brevemente de los tres primeros, quedando el último, en realidad, prácticamente fuera de nuestro estudio.

 

La cordillera de los Andes que viniendo del sur estaba formada por una sola cadena montañosa, que establecía en sus altas cumbres (y, a la vez, en la línea divisoria de las aguas) la frontera argentino-chilena, se ensancha y se divide en dos brazos a la altura del paralelo 28° L. S. Una, la Cordillera Occidental, será la Cordillera de los Andes propiamente dicha (frontera argentino-chilena), y la otra, la oriental, recorrerá mediante varios sistemas montañosos, la Puna argentina, al W de las ciudades argentinas de Jujuy, Salta, Tucumán y La Rioja. La zona comprendida entre ambas cadenas será, propiamente, la Puna de Atacama que, por lo indicado, se interna en el NW argentino y el SW de Bolivia. Más hacia el norte, la Puna se interna en territorio boliviano recibiendo con propiedad el nombre de Altiplano boliviano.

 

La cordillera oriental argentina, Cordillera de Calalaste, y otros sistemas más al norte, se continúan en Bolivia mediante la llamada cordillera de Lípez (en la provincia boliviana del mismo nombre) y la cordillera de los Frailes. Esta última va a unirse, pasando por la parte oriental de la ciudad de la Paz y del Lago Titicaca, al macizo de la cordillera occidental de los Andes en el nudo de Vilcanota, situado a los 14° L. S. (al sur del Cuzco). Desde este punto de unión, ambas cordilleras vuelven a bifurcarse, formando el elevado Altiplano peruano, y no se vuelven a unir hasta el cerro Pasco, formado otro nudo andino (10° 40´L. S.)  (Cfr. lám. III del apéndice a este trabajo).

 

La Puna de Atacama se halla a una altura media de unos 4.000 m sobre el nivel del mar y presenta elevados picos montañosos y extensos salares. Entre los primeros, tenemos el volcán Llullaillaco (frente a la caleta Blanco Encalada, a los 24° 30’ L.S), de 6.750 m de altura; el Nevado de Tres Cruces, de 6.330 m; el Nevado Ojos del Salado, el más alto de Chile, de 6.908 m, algo al E del anterior (y frente a Caldera); el volcán Incahuasi de 6.610 m, el volcán Socompa, de 6.050 m; el volcán Licancabur, de 5.921 m. Estos dos últimos volcanes, junto con el Láscar, algo más al W de la misma zona (5.641 m) dominan el hábitat actual de los atacameños vecinos al gran Salar de Atacama. Más hacia el Norte, citaremos el volcán Guallatiri (cordillera de Arica) de 6.060 m de altura y, finalmente, en la frontera con el Perú, el volcán Tacora de 5.900 m.

 

Entre los numerosos salares de la zona, residuos de los antiguos lagos glaciares, nombraremos en Chile los de Punta Negra y Atacama (de más de 150 km de largo); y más al Norte, el salar de Ascotán; en Argentina, los de Antofalla y Arízaro, por no nombrar sino los mayores; en Bolivia, el de Uyuni, el mayor de todos, con una superficie cercana a los 500 km2 y el de Coipasa que ostenta aún dos pequeños lagos interiores. Fuera de estos hay cientos de pequeños salares tanto en la Puna misma como en el desierto chileno (v. gr. al interior de Iquique).

Al W de la cordillera de Lípez y de los Frailes, la Puna boliviana se va erosionando mediante el cauce de los ríos que aquí nacen y que van drenando las aguas hacia la Gran Cuenca del Paraná-Uruguay. En cambio, el E tanto en el Altiplano boliviano como en la puna chilena y argentina, la presencia de cordones montañosos (Bolivia: cordillera de Lípez y de los Frailes; Argentina: cordillera de Calalaste y Sierrras del E; Chile: cordillera de Domeyko y Claudio Gay) ha impedido la fuerte erosión de las altiplanicies, favoreciendo así la creación de los grandes lagos sin salida, los actuales salares. En efecto, las terrazas de playa observables en los márgenes del lago Titicaca, a 35 m y 50 m sobre el nivel actual del lago, indican a las claras que el nivel de este era antiguamente mucho más elevado. Tales lagos, en opinión de Schmieder, se habrían producido en épocas anteriores al gran levantamiento pleistocénico de los Andes, que se habría verificado en tres fases[16].


Las observaciones de Gustavo Le Paige[17] acerca del nivel del Salar de Atacama y de la presencia constatada por él de capas de kieselgurg[18] hasta cerca de 100 m sobre el nivel actual del salar, confirmarían la existencia de estos gigantescos lagos interiores, inicialmente de agua dulce, pero que se fueron salinizando por el acarreo de sales realizado por los ríos que los alimentaban[19].



3.   NOROESTE ARGENTINO


 El paisaje natural que Schmieder denomina “Noroeste Argentino” y que reproduce en la fig. 25, p 94 de la obra tantas veces citada y que nosotros agregamos en nuestro apéndice (lámina IV), no corresponde exactamente a la zona de influjo u ocupación atacameña. Esta última es más reducida y se restringe a la zona comprendida entre el meridiano 65° L.W por el oriente y el paralelo 30° L.S como límite meridional. Su límite W lo señala la frontera argentino-chilena. De hecho, nos referimos solamente al límite NW del gran noroeste argentino. El límite oriental lo marcan las ciudades argentinas de Jujuy, Salta y Tucumán, y su frontera meridional, una zona al N de la ciudad de San Juan, cerca de La Rioja[20].


Más hacia el este, las tierras planas del Gran Chaco por el N y los depósitos pleistocénicos de la formación pampeana por el S, penetran en las sierras terminales de los Andes, las rodean y forman bolsones por los cuales se incrustan en el corazón del noroeste.

 

El clima de la Puna argentina es seco, desértico y frío (BWk) y más hacia el E, seco estepario en las regiones de Salta, Humahuaca, Andalgalá, Tinogasta, Catamarca y aún La Rioja. En este clima, caracterizado con las siglas BS, la precipitación se encuentra influenciada por el régimen pluvial del borde de la Pampa –no lejana- y sube hasta cerca de 200 mm en el año; en la zona de la Puna, de clima desértico, la precipitación es sensiblemente inferior. Las pocas lluvias se precipitan durante el verano en forma de aguaceros torrenciales, acompañados frecuentemente de granizo[21]. Solo localmente, el E de la Sierra de Aconquija, en la cercanía de Tucumán, aumenta la precipitación de modo notable por la acción de lluvias ascensionales (Steigungsregen) y neblinas. Así, Tucumán presenta una media de casi 1.000 mm de precipitación anual.

Gran parte de la zona esteparia corresponde, con bastante exactitud, al hábitat de los diaguitas y en lo geográfico corresponde a la zona en que la Puna de Atacama se va desmembrando en numerosas sierras hacia el E y sobre todo hacia el S. De este modo, encontramos las Sierras de la Huerta, la cordillera (o sierra) de Famatina, Sierra de Velasco, Sierra de Ancasti, Sierra de Ambato, Sierra de Aconquija y Sierra de Lerma. La última estribación de los Andes, la más oriental y meridional, será la Sierra de Córdoba (paralelos 31°-33° L.S)[22] que es el hábitat propio de los indios  Comechingones y Sanavirones, los más orientales que reciben el influjo agro-alfarero de las civilizaciones de la Puna. Más hacia el E, solo hallaremos tribus nómadas de hábitos cazadores y recolectores.



4.   BIOGEOGRAFÍA DEL ALTIPLANO[23] Y DEL NOROESTE ARGENTINO:

 

a)   Flora: en la región preandina, entre los 1.500 m a 3.600 m, hallamos hasta más o menos los 20° 16’ L.S. asociaciones de cactáceas columnares, relativamente densas y otras menores. Entre las primeras tenemos Cereus candelaris (quisco candelabro) y Cereus atacamensis (cardón), y entre las cactáceas menores, los géneros Opuntia y Pilocereus. Más hacia el sur, hasta más o menos los 30° 10’ L.S, domina en los faldeos inferiores de los Andes una formación vegetal que se ha llamado “Jaral andino desértico”, formado por plantas bajas (40-60 cm), de caracteres fuertemente xerofíticos, a menudo espinosos, que permanecen durante varios años en estado latente (en estado de semilla o bulbo), en espera de las escasas lluvias ocasionales, y que brotan con gran rapidez al llegar éstas, hasta alcanzar pleno desarrollo. Estas especies, muy abundantes en la zona alrededor del Salar de Atacama y que mantienen una interesante fauna entomológica, son, entre otras:


-  Arbustos: Adesmia atacamensis (jarilla), Atriplex atacamensis (cachiyuyo), Ephedra andina (pingo-pingo), Acantholippia triphida, Tessaria absinthioides (brea), Proustia baccharioides (huañil), Ophriosporus triangularis (rabo de zorro).

-  Hierbas: Coldenia atacamensis, Cristaria divaricata (malvilla), Loasa fruticosa (hortiga), Calandrina salsoides, Glaux atacamensis, Silvaea fastigiata, Dinemandra glaberrima.

 

Entre Copiapó y Vallenar aparecen algunas especies nuevas que no se hallan más al norte: Balsamocarpum brevifolium (algarrobilla), Caesalpina angulicaulis (retama), Bulnesia chilensis (retama), Cordia decandra (carbonillo), Cassia acutifolia (alcaparra), etc.

 

En las altas mesetas y cordones andinos se desarrolla una formación vegetal denominada “tolar” (Tola Heide en alemán) que se caracteriza por el dominio de plantas arbustivas que pueden llegar al metro de altura, de hojas y ramas resinosas, crecimiento esparrancado y follaje generalmente de color oscuro. Forman un matorral relativamente denso. Entre las especies dominantes nombraremos: Baccharis tola (tola), Baccharis santelices (dadin), Fabiana ericoides (tolilla), Fabiana denudata, a las que se suelen asociar otras de los géneros Adesmia, Atriplex, Ephedra, Acantholippia, Opuntia, Phacelia, Senecio, Calandrina, Artemisia, etc.

         La estepa andina constituye un piso vegetal entre los 3.500 y 4.000 m de altitud y forma la típica vegetación de la Puna, propiamente dicha. Está constituida principalmente por especies gramíneas de carácter xerofítico que forman champas (cojines) perennes, mezcladas con algunas comunidades de arbustos enanos y algunas hierbas perennes. Se extiende por las altas mesetas andinas en el extremo norte de Chile y más al sur, cubre los faldeos de los cordones montañosos. Esta formación a menudo se ve interrumpida por las vegas andinas, formadas por afloramientos de agua del derretimiento de las nieves o aguas termales, que procuran abundante forraje a la ganadería en altura (alpacas, llamas, ovejas). Las principales especies de esta estepa andina son: Stipa frígida, Stipa ichu, Festuca acantophylla y representantes de los géneros Distichlis, Polypogon, Poa, Festuca, Werneria, Gentiana. Entre los arbustos, se pueden citar: Chuquiragua oppositifolia (hierba blanca), Adesmia histrix, Baccharis genistelloides, Erigeron senecioides, etc.

         La alta montaña, sobre los 4000 m, está formada casi exclusivamente por plantas que crecen en cojines, designadas con el nombre genérico de “llaretas”, a las que se ha de agregar (hasta aproximadamente el paralelo 20° L.S) la queñoa (Polylepis tarapacana). Las especies más interesantes de llareta son: Laretia compacta, Azorella sp., Laretia acaulis, Pyenophytas, que se lignifican casi en su totalidad y provistas de hojas pequeñísimas. Constituyen y han constituido desde tiempos inmemoriales un combustible inapreciable. Aún hoy en la región del Loa superior, los camiones “llareteros” se empinan por los altos faldeos andinos en busca de esta codiciada planta que llevan a vender a los pueblos de los valles cordilleranos.

         En las partes bajas, y generalmente en los valles, prosperan dos variedades de árboles, las más importantes de la zona por la calidad de su madera: el algarrobo y el chañar. El primero (Prosopis chilensis y Prosopis alpataco, ambas muy semejantes) posee una durísima madera, apta para combustible y fabricación de objetos caseros y adornos. Su fruto, una vaina, es dulce y comestible, y excelente forraje para los animales. Su pariente, el Prosopis tamarugo, ha formado bosques ralos en la famosa pampa del Tamarugal, provincia de Tarapacá, Chile, cuyos frutos mantienen numerosos rebaños de ovejas en la actualidad. El segundo, el chañar (Gourliaea decorticans), sin adquirir tanto desarrollo como el anterior, da excelente madera para construcciones ligeras (vigas), excelente combustible y da, igualmente, un fruto redondo comestible. Del algarrobo se hacía en tiempos atacameños y se sigue haciendo hoy en día, una bebida alcohólica, producto de la fermentación de su fruto dulce.

 

b)  Fauna: en la región preandina y en la estepa andina hallamos al huemul, gran ciervo de importancia antiguamente, pero hoy casi del todo extinto (Hippocamelus bisulcus antisiensis), el guanaco (Lama guanicoe), el puma (Puma concolor), la vizcacha del norte (Lagidium viscacia cuvieri). Entre las aves más típicas de esta zona se encuentra el cóndor (Vultur gryphus) y la perdiz (Nothoproeta ornata).

En la Puna y en particular en la formación llamada Tolar, cabe destacar al quirquincho (Chaetophractus nationi), chingue real (Conepatus rex), la vicuña (Vicugna vicugna), la alpaca (Lama pacos), la llama (Lama glama). Estos tres últimos animales solo existen domesticados, no conociéndose especies silvestres; el ñandú del norte (Pterocnemia tarapacensis) y la perdiz llamada kiula (Tinamotis pentlandii). En los roqueríos se encuentra la chinchilla (Chinchilla boliviana), muy apreciada por su piel, lo que la ha llevado al borde de la extinción. Los criaderos artificiales en Chile y en el mundo han permitido su mantención, pero en su hábitat primitivo es casi desconocida hoy[24]. El chinchillón (Chinchillula sahamae) y el ratón chinchilla (Abrocoma cinerea).

También en la Puna o en los salares que mantienen algo de agua, se encuentran las siguientes aves: Phoenicoparrus andinus y jamesi (flamencos o parinas)[25], Fulica gigantea (Tagua gigante), Recurvirostra andina (caiti), Chloephaga melanoptera (guayata, piuquén). Estas aves han sido y son de importancia económica para el indio, pues en la época de nidificación y postura, sus huevos les sirven de alimento. Por la gran cantidad de puntas de flechas encontradas en los márgenes de estos lagos y salares, consta que su caza constituyó un importante elemento en la alimentación del antiguo cazador andino, antes del descubrimiento de la agricultura.



5.   CARACTERÍSTICAS GENERALES CLIMÁTICAS Y GEOLÓGICAS:

 

a)   Régimen de precipitaciones: Al observar las cartas geográficas de la repartición de las precipitaciones en Sudamérica, notamos enseguida que las regiones que ocupan nuestra atención en este estudio: costa árida occidental, Andes centrales (más la Puna de Atacama) y NW argentino, ocupan precisamente la zona de menor precipitación, menos de 25 cm al año. Al hablar de la costa árida adelantamos algunas explicaciones de este fenómeno. En lo que respecta a la Puna de Atacama y Altiplano boliviano, podemos decir que en su parte oriental reciben una pequeña cantidad de precipitación en las partes elevadas, por efecto de los vientos del Atlántico que logran llegar a esas alturas. Estas lluvias ascensionales (Steigungs-regen) penetran en ocasiones en las cadenas y cuencas interandinas dejando caer su agua, que disminuye a medida que se avanza de E a W. En la Puna de Atacama y en el Altiplano boliviano, estas lluvias de verano (diciembre a marzo) se denominan “Invierno boliviano”. En la zona del Salar de Atacama se presentan sobre todo en los meses de enero y febrero en forma vehemente, acompañadas de fortísimos vientos que levantan terribles trombas de polvo y arena. Durante los citados meses, se presentan dos a tres veces, pero no obligatoriamente todos los años. En las zonas elevadas y picos montañosos se acumula el agua en forma de nieve. La cordillera de Domeyko, al W del gran Salar de Atacama, sirve de límite occidental a estas precipitaciones. Hacia el W a una altura media de 2000 m se extiende el desierto de Atacama y del río Loa hacia el N, la Pampa del Tamarugal, a la que ya nos hemos referido. En estas dos últimas regiones, el agua no cae prácticamente nunca. Es, por lo tanto, la zona más desértica y seca, ya que nunca llegan a formarse aquí lluvias ciclonales. Como los vientos predominantes aquí son corrientes horizontales dirigidas al Ecuador, tampoco llegan a formarse aquí lluvias de convección, y si alguna vez llegan a formarse, la extrema sequedad de la atmósfera las hace muy poco abundantes. A medida que avanzamos hacia el W (en Bolivia, región de las Yungas, montaña del Este Boliviano; en Argentina, el Gran Chaco y la Pampa, ver lam. III y IV), aumenta la precipitación y el clima seco, árido y frío de desierto (BW) o de estepa (BS) se va aproximando al clima tropical (AW) con lluvias en verano (centro y este de Bolivia) o al clima templado con lluvias de verano (CW) del norte argentino)[26].

 

b) Temperaturas: en los Andes, las temperaturas se dan fundamentalmente en función de la altura. Ya hemos observado la notable regularidad de las temperaturas en la costa occidental árida. Allí el influjo del mar y de la corriente fría de Humboldt es decisivo. Aún en pleno verano, sobre los 4000 m hiela, por lo que la agricultura difícilmente sobrepasa aquí los 4200 m y solo en vallecitos especialmente protegidos. Más arriba se observan estaciones y pastizales (vegas y bofedales) de pastores (llamas, en especial) que resisten bien hasta los 5200 m de altura. Durante el día, el sol implacable se hace agobiador en los meses de verano (diciembre-marzo), pero durante la noche la temperatura desciende considerablemente, pudiendo observar fácilmente diferencias de hasta 35° C y aún más[27].

 

c)    Vegetación: ya nos hemos extendido sobre el tema al hablar de la biogeografía del Altiplano y de la Puna. Como anota Schmieder[28], es difícil hacerse una idea del aspecto primitivo de estas zonas de vegetación pues, con la densa población de la Puna, el hombre destruyó y asoló las asociaciones vegetales en busca de combustible. Así, es muy posible que el algarrobo, chañar, queñoa y otros arbustos grandes hayan tenido una dispersión mayor o se hubieran encontrado en formaciones más densas (bosques). La llareta, casi seguramente, iniciaba su aparición mucho más bajo que hoy, lo mismo los cardones (Gereus sp.) que fueron –y son- intensamente utilizados como madera para la fabricación de vigas para techos, palos de telares y otros artefactos domésticos. Nos ha tocado ver en los pueblos cordilleranos de Machuca, Socaire, Peine, Tilomonte y Toconao este empleo del cardón. De modo particular, es interesante observar cómo los techos de las iglesias y capillas de la zona de San Pedro de Atacama y del Loa, están sostenidos por vigas muy largas de esta cactácea gigante y existentes hoy solamente en alturas superiores a los 3000 m.

 

d)  Vulcanismo: es bien conocido el rosario de volcanes que rodea la Puna de Atacama y a los que hemos hecho referencia al hablar de los Andes centrales y Puna de Atacama. Algunos de estos volcanes han estado en tiempos históricos –y aún están- en actividad[29]. Testigo de esta intensa actividad volcánica, desarrollada durante muchos milenios, es la superficie misma de la Puna, cubierta de andesitas, ignembritas, basaltos que forman profundas capas sobre las que se asienta en los valles una cubierta de gravas y arena de origen glacio-fluvial, y en las laderas lavadas por la lluvia una minúscula capa vegetal cuando no se presentan desnudas del todo, dejando al descubierto el material volcánico solidificado y fuertemente erosionado por los siglos.

A la acción volcánica de la época terciaria[30] y plegamientos subsiguientes, se agrega, en el Cuaternario, la acción de los volcanes más elevados que depositan nuevas capas de andesita volcánica sobre la ignembrita del Terciario[31]. La Puna de Atacama, y muy en particular la zona de los salares andinos, es un libro abierto para el geólogo que desee estudiar las manifestaciones del vulcanismo.

 

 

CONSECUENCIAS  CULTURALES  DE  LOS  FACTORES ANALIZADOS:

 

I.                  HÁBITAT Y AGUA

 

Las consideraciones anteriores sobre la geología de la zona, su biogeografía y su clima, caracterizado por su sequedad, frío y aridez extrema, nos hacen comprender fácilmente por qué los pueblos que llegan a estas regiones buscan un hábitat cercano al agua.

El agua se encuentra aquí en dos firmas, principalmente: ríos (riachuelos) y lagunas (antiguos lagos glaciares reducidos a un tamaño pequeño. Como veremos, los pueblos cazadores y recolectores más antiguos establecen de preferencia sus campamentos de caza en las márgenes de las lagunas (hoy salares, en su mayoría secos), donde hallan una abundante caza y pesca. No puede ser pues simple coincidencia que en estas regiones estudiadas (Altiplano, Puna, desierto), el material lítico más antiguo y los hábitats de esos grupos se hallen precisamente en los bordes de esas lagunas. Así –en la zona atacameña actual- encontramos los talleres líticos de Ghatchi, Loma Negra, Puripica, Ascotán, Cebollar, Tulán, Pelún, Tambillo, etc., precisamente en las antiguas márgenes de las lagunas, hoy salares enteramente secos[32].Lo mismo ocurre en el SW de Bolivia, según las observaciones de Ibarra Grasso, Le Paige y Barfield[33].

Con la introducción de la agricultura vendrá la instalación de los grupos humanos en los estrechos valles, escasos de agua, cercanos a las fuentes cordilleranas. El nómada se hará sedentario. Sus precarias habitaciones de caza (viviendas estacionales) se harán aldeas definitivas. Las laderas de los costados de los valles se harán terrazas de cultivo, irrigadas con inteligentes sistemas de canales y presas. El hombre del período agro-alfarero no es más un hombre cazador que merodea las orillas de las lagunas en busca de alguna presa sedienta o hambrienta. Es, desde ahora, un habitante de los valles. Solo estos le pueden brindar pastos abundantes para sus animales domésticos, comida para sus familiares. En estos valles es donde crece el cereal silvestre que desde tiempos anteriores sus antecesores cazadores supieron recolectar y moler. Aquí cultivará, pues, el cereal y el tubérculo que serpa ahora plantado en ordenadas hileras. La caza y la recolección pasará ahora a ser una actividad secundaria a la que había que volver solamente en tiempos de hambruna o mortandad del ganado.

         Es posible –pero no está ni mucho menos probado- que la domesticación de la llama haya sido llevada a cabo por el cazador-recolector. Al fin y al cabo, mediante la caza del guanaco salvaje, advino el conocimiento de las múltiples utilidades que este animal podía prestar. Por otra parte, pastos magros para estos animales tan resistentes a la sed y al hambre, podían encontrarse sin dificultad a lo largo de los cordones andinos o en las vegas laterales de las montañas. Creemos posible que la domesticación de la llama haya precedido en largos siglos a la invención (o introducción) de la agricultura y alfarería, cosas ambas absolutamente inconciliables con la vida de nomadismo del cazador-recolector.

         La vida del cazador nómada, en cambio, era hasta cierto punto compatible con la mantención de pequeños rebaños de llamas domesticadas que llevarían consigo en sus migraciones.

         Es también posible que exista una relación (¿de casualidad, tal vez?) entre el progresivo desecamiento de las lagunas andinas y la adopción de la vida agrícola. Al amenazar con extinguirse la fuente de subsistencia lacustre (caza, pesca), parece se vieron obligados a descender a los valles –allí estaba el agua- para explotar sus recursos al máximum. ¿No surgiría así la agricultura incipiente, muy apegada aún a las formas primitivas de recolección, como una necesidad impuesta por el medio adverso? Da que pensar el hecho de que los pueblos Uro y Chipaya de las islas y márgenes del lago Titicaca vivan hasta el día de hoy de los productos que les ofrece la pesca y la caza. No han sentido la necesidad de una economía agrícola porque el lago les abastecía de todo lo necesario. Lo mismo ocurrió con los indios changos en la costa chilena y con los habitantes de la costa desmembrada e islas del sur de Chile. Me parece evidente que si las lagunas andinas les hubieran continuado ofreciendo un alimento no habrían dado el gran salto a la economía agrícola que significaba para ellos un cambio trascendental.

         Estos pueblos atrasados de economía de pesca y caza recién citados, podrían con razón ser considerados restos de las antiquísimas poblaciones de cazadores-recolectores del período precerámico, que sobrevivieron sin variar sus hábitos, merced del hábitat excepcional que les ofrecía tanto el Titicaca y sus islas que, aunque iba bajando de nivel no se desecaba, como las islas y fiordos aislados del extremo occidental de Sudamérica.

 

         La geología andina parece confirmar lo dicho, puesto que sugiere que el decaimiento de los actuales salares debe haberse intensificado por las fechas en que allí mismo surge la vida agrícola incipiente. Esta consideración nos llevaría ya a la espinosa cuestión de la posibilidad de la invención de la agricultura en regiones independientes entre sí, debido, como dije, por una parte, como necesidad impuesta por el medio y, por otra, a la presencia de peculiares condiciones climáticas que favorecen el crecimiento de las plantas aprovechables por el hombre. La etnobotánica, por otro lado, al mostrar el uso preferencial de ciertas plantas y frutos alimenticios por determinados grupos de zonas específicas y al demostrar que el hábitat de una planta ha de buscarse allí donde exista en una época determinada el mayor número de especies de la misma (silvestre o cultivadas), parece estar apuntando hacia una pluralidad de centros de invención o adopción de la agricultura.

         Con todo, las escasas dataciones de 14C actualmente disponibles para la zona atacameña que no se remontan más allá de la Era Cristiana, parecerían rebatir las sugerencias precedentes. Sin embargo, somos de la opinión de que hay que esperar a que trabajos estratigráficos serios, realizados en zonas agrícolas de carácter primitivo, donde pudo haber se dado “el paso”[34] a la economía agrícola (Calar, Hatchar,?) puedan ayudarnos a arrojar luz sobre este problema. En todo caso, no creemos ni mucho menos que haya que adoptar el difusionismo como un dogma intangible y, mucho menos, que esta difusión deba haberse realizado por fuerza desde la zona mesoamericana. Habría que aportar las pruebas definitivas para aceptar esa difusión desde un centro tan lejano. ¿O habrá que volver los ojos a los hoy secos valles de la costa –como lo ha hecho Fréderid Engel en la costa sur del Perú- para buscar allí las raíces más antiguas de la agricultura de esta región de los Andes?.


 

II.   AISLAMIENTO GEOGRÁFICO Y CULTURAL

        

El capítulo “El hábitat y el agua” que acabamos de clausurar parecería no tener relación alguna con el tema que nos ocupa: los atacameños, por las implicaciones arqueológicas que trae consigo. Creemos, sin embargo, que la tiene y muy importante. Los factores geográficos que con toda intención hemos querido profundizar en los capítulos anteriores, nos están demostrando de modo bastante claro –a mi entender- que esta zona, como muy pocas otras, ofrece condiciones insuperables para llevar a efecto el aislamiento geográfico-cultural de un grupo humano y, por ende, debería ofrecer igualmente un amplio cuadro de interesante evolución cultural que, partiendo de las formas precerámicas primitivas, llega a descubrir la vida agrícola y a progresar dentro de ella sin ser fundamentalmente cambiada por las influencias exteriores. Esta tesis que su propugnador, Gustavo Le Paige, ha denominado “La continuidad de la cultura atacameña”, la apoya en los sucesivos descubrimientos arqueológicos que en la zona del Salar de Atacama y salares de Tarapacá, SW de Bolivia y NW argentino, ha venido realizando a partir de 1958[35]

         Antes de analizar esta tesis y confrontarla con las explicaciones de otros eminentes estudiosos de la cultura atacameña, tratemos de formarnos una idea lo más cabal posible del aislamiento en que viven estos pueblos.

 

         Las comunicaciones hacia el N han sido, evidentemente, las menos difíciles y más frecuentes. Si consideramos que el dominio atacameño, en la época de expansión máxima indicada por la toponimia, se aproximó por el NW a la zona del lago Titicaca y de ahí pasó al Perú (zona sur), la única vía de comunicación viable era el Altiplano boliviano en la región de los salares de Uyuni, Coipasa, Desaguadero y Titicaca. Aquí tienen que haberse puesto en contacto muy temprano con los habitantes protoaymarás (para denominar de algún modo a los habitantes del Altiplano antecesores de la cultura de Tiahuanaco. Si en alguna parte, es indudablemente aquí donde se verificaron los intercambios mutuos, las influencias que no han sido, como se ha pretendido hasta ahora, solamente en dirección sur, sino también, y tal vez con no menos intensidad, en dirección norte. Pero todo esto son hipótesis que están lejos de haber sido probadas en el terreno. Estos contactos con el N, aunque importantes, parecen haber sido marginales desde que encontramos una cultura atacameña ya muy bien estructurada antes del influjo Tiahuanaco.

 

         Las comunicaciones por la costa quedan prácticamente descartadas en lo que se refiere al núcleo medular de la cultura atacameña. En los valles del norte (departamento de Arica) se verificó sin duda un intenso mestizaje cultural desde muy temprano con las culturas de los vecinos valles del sur del Perú. Prueba de ellos son las notables influencias de Ica, Chincha y Nazca (protonazca) que se superponen y terminan por eclipsar la influencia atacameña en esa zona marginal.

         Por el sur nos enfrentamos a una barrera natural casi infranqueable: el desierto de Atacama que los corta de los primeros valles transversales del Norte Chico chileno: Copiapó, Vallenar, Coquimbo[36]

 

         Los habitantes de la costa, los changos y sus antecesores, eran poseedores de una cultura de cazadores-recolectores, por lo que, fuera del comercio de los productos del mar, era poco o nada lo que podrían ofrecer como elementos de intercambio cultural a los adelantados atacameños. Por el contrario, tal como lo prueban las excavaciones practicadas en la costa, reciben ellos numerosos aportes de la cultura del Altiplano y de la Puna (cfr. Bird, 1943); lo prueba también el material reunido en Iquique por Ancker Nielsen que, desgraciadamente hasta la fecha, no ha sido publicado.

         Ya en tiempos históricos, por testimonio de cronistas, sabemos que los indios costeros eran tributarios de los atacameños. Verosímilmente, lo mismo debe haber ocurrido desde tiempos más antiguos[37].

 

         Si nos volvemos al E, tenemos, a partir de los 65° L.W hacia el E, las tierras del Gran Chaco, en el norte y la Pampa, en el sur, regiones ambas de clima y flora muy diferentes y habitadas por los pueblos no agrícolas y, por tanto, en etapa más atrasada de desarrollo. De ellos no se podía esperar tampoco gran cosa en materia de influencia cultural. Y si transmitieron algunos elementos culturales, propios de zonas tropicales más cálidas, estas serían de carácter excepcional o transitorio.

 

         Hacia el SE se extendía el pueblo Diaguita[38] que presenta grandes afinidades lingüísticas y culturales con los atacameños[39]. Parece que ambas culturas se influencian mutuamente en grado bastante intenso, sobre todo en las regiones de la Puna argentina donde eran limítrofes. En cambio, apenas si se deja sentir el influjo diaguita en el territorio chileno atacameño. El problema de las relaciones y origen de estos dos pueblos está poco estudiado. No sería con todo extraño que se tratase de una rama atacameña que en época temprana se asienta en las sierras orientales que bajan de la Puna y evoluciona hacia formas culturales (cerámicas) diferentes. Además, hablamos hoy con cierta facilidad de Diaguitas, como si no hubiesen existido, a lo que parece por las excavaciones practicadas en el territorio argentino, varias culturas bastante bien diferenciadas y muy antiguas: Ciénaga, la Isla, Tafí, etc. Los Diaguitas o Calchaquíes de la época histórica poco o nada han heredado de los antiguos patrones culturales.

         El aislamiento en este sector SE se basa en la aridez de su hábitat (de los atacameños) no ejercía ninguna codicia desenfrenada entre los habitantes de las zonas más bajas, mucho más ricas y más aptas para el desarrollo de la agricultura. Es el aislamiento del pobre, a quien nadie envidia.

 

         Si bien las consideraciones geográfico-culturales ofrecen base para sostener un aislamiento desde épocas muy antiguas y un apoyo para la tesis de un desarrollo cultural propio e independiente, el argumento más firme en que se apoya es de orden arqueológico. Llegados a este punto, tenemos que adentrarnos en el estudio del origen de la cultura atacameña y de su desarrollo en la época de su máxima expansión.

 

 

ORIGEN Y DESARROLLO DE LA CULTURA ATACAMEÑA

 

I.                  EL ORIGEN:

 

El plano n°1 del Anexo de este trabajo nos muestra en rojo la minúscula zona a que se ha visto reducida la población atacameña en nuestros días. Esta zona comprende la región oriental de la provincia chilena de Antofagasta, con una pequeña penetración en el SW boliviano y en el extremo NW de la Argentina. Queda comprendida entre los paralelos 22° L.S. y 24° L.S. Los poblados atacameños se hallan concentrados en las inmediaciones del Salar de Atacama por el sur y en las riberas del río Loa y sus afluentes por el norte[40]. Los poblados de la zona norte recién señalada, han sufrido con el correr del tiempo un fuerte influjo aymará, proveniente del Altiplano boliviano y que parece ser posterior al siglo X d.C.

 

         En un artículo escrito para el Congreso de Arqueología de San Pedro de Atacama, realizado en esa localidad atacameña en enero de 1963, Gustavo Le Paige defendió con vehemencia la continuidad de la cultura atacameña[41]. El autor en trabajos anteriores había sugerido tal tesis, al hacer un análisis de sus propios hallazgos precerámicos en dicha zona[42]. Tal continuidad no quiere decir continuidad estilística o persistencia de idénticos patrones culturales, a través de siglos o milenios. Tal cosa es imposible en cualquier grupo humano. Se trata, más bien, de la continuidad de un mismo pueblo en un mismo hábitat que de cazador-recolector nomádico que recorre infatigablemente las lagunas andinas acechando al guanaco, al puma o a las parinas y taguas, se convierte en agricultor que se establece en los valles, iniciando su vida de aldeas, obligado por el progresivo y amenazador desecamiento de las lagunas. Tal continuidad, según Le Paige, de modo alguno se opone a la asimilación de influencias culturales provenientes del exterior, pero que no transforman radicalmente el patrón de vida, sino solamente lo enriquecen.

         A partir de 1958, Le Paige, y posteriormente Barfield[43], Orellana[44] y Kaltwasser[45], descubre en una gran cantidad de sitios dispersos por la cordillera de los Andes, en las provincias de Tarapacá y Antofagasta, y regiones vecinas del SW de Bolivia y NW argentino, una gran variedad de industrias líticas, indudablemente precerámicas, que denotan una tipología muy antigua. Tal material proviene siempre de superficie, generalmente de las márgenes de las lagunas y salares, pero no se halla asociado a formas cerámicas de ninguna especie. Su descubridor basa la gran antigüedad de tal material en las siguientes consideraciones:

 

a)   Tipológicas: se trata de hachas de mano, bifaciales, raederas, raspadores, obtenidas de núcleos y por percusión, y carente de retoque secundario. Estos tipos presentan indudable semejanza con las industrias Abbevillense o Acheulense del Paleolítico Inferior de Europa. Además, se hallan asociados a choppers, chopping-tools y lo que se ha llamado pre-projectile-point. En tales asociaciones jamás aparecen puntas de proyectil. El material más primitivo y que clasifica de más antiguo, hallado en las lomas de Ghatchi, muy cerca de San Pedro de Atacama, lo relaciona con Tule Springs, fechado para Estados Unidos en 22.000 años. Le Paige distingue dos períodos: Ghatchi I y Ghatchi II, identificando el primero con la “Pebble Culture” (consiste en choppers, chopping-tools y pre-projectile-points); Ghatchi II ya tendría bifaces, hachas de mano, raspadores toscos.

 

b)  Geológicas: los instrumentos más antiguos se hallan en las márgenes elevadas de los antiguos lagos pleistocénicos. El hallazgo de kieselgurg en Ghatchi y Tulán, a muchos metros sobre el nivel actual del Salar, confirmaría la antigüedad de la cultura que evidentemente debió establecerse a las orillas del lago primitivo.

 

c)    De tamaño de los instrumentos: éstos son de gran tamaño[46]; las llamadas hachas de mano han servido indudablemente para puntas de lanzas. A medida que las terrazas se acercan al nivel actual del Salar, el utillaje disminuye de tamaño, adquiere retoques secundarios por presión y se va aproximando a la forma de puntas. En las últimas épocas, aparecerán, ya muy cerca del borde del salar actual, las puntas de flechas típicas, pedunculadas y trabajadas ahora en pedernal. Éstas, pedunculadas o no, por su pequeñez nos indican ya claramente el uso del arco.

 

d)  Geográficas: los sitios donde se ha hallado el material lítico más primitivo es hoy tan árido y la abundancia del material allí es tal, que hace suponer que el hábitat primitivo conoció un clima bastante diferente, con fauna y flora abundante. Hoy no se podría cazar allí absolutamente ningún animal, a no ser alguno que otro pajarillo insignificante. Grandes lagunas, con mucho mayor precipitación y bosquecillos de las pocas especies que hoy se han refugiado en los valles, cerca del agua (algarrobo, tamarugo, chañar), en un ambiente más cálido indudablemente favorecerían una caza abundante y una población relativamente numerosa. Tal cosa bien pudo haber ocurrido en la época del “optimum climaticum” que se suele colocar hacia los 8.000 a.C. (inicio), que sigue al período tardío glacial[47]. Este testimonio arqueológico y las declaraciones de los geólogos favorecen la existencia de un paleoclima bastante diferente al actual. Tal cambio de clima debió suponer largos períodos de tiempo.

 

 Apoyándose en estos argumentos, Le Paige postula para su industria más antigua: el ghatchinense, 30.000 años o más. Tal fechamiento, aunque tentativo, ha sido considerablemente debatido en el citado congreso y rebajado por la mayoría a una fecha aproximada a los 10.000 años como máximo, fecha en que la retirada de los hielos y el aumento de las temperaturas (advenimiento del optimum climaticum) iniciaba también el progresivo desecamiento de aquellos lagos glaciales. En fechas anteriores, habrían estado aún en acción los efectos del período post-glacial o post-pluvial[48]. La afirmación de Le Paige, demasiado aventurada, parece no haber tomado suficientemente en consideración las alternancias del paleoclima zonal.


Estas industrias del precerámico atacameño (Ghatchinense, Lomanegrense, Puripicanense) presentan una notabilísima similitud con hallazgos líticos en el corazón del NW argentino, en la Sierra de Aconquija. La industria lítica allí hallada ha sido denominada “Ampajanguense” por su descubridor Eduardo M. Cigliano. Así lo hace notar el mismo Cigliano al comparar ambos materiales. Él y sus colaboradores hallaron en las terrazas del río Ampajango un material primitivo cubierto de choppers, hachas de mano toscas, lascas (industria de nódulos y lascas como la de Ghatchi), en terrazas fuertemente erosionadas y siempre en la superficie. Cigliano compara este material con el de El Jobo, Venezuela[49], con el de Ghatchi y con el encontrado en Ayampitín (González, Alberto Rex, 1952, 1959) y Viscachani (Bolivia); igualmente con el material encontrado en el Perú por Cardich[50], en Lauricocha. El complejo Ayampitinense, fechado ya claramente por el C14 alrededor de los años 6.000 a.C.[51], muy semejante a Viscachani sería también, a lo que parece, la fecha aproximada de Ghatchi II, ya que según los investigadores sus materiales son muy similares. De acuerdo con Cardich[52], el complejo Lauricocha, descubierto por él en la zona del Altiplano peruano central, presenta analogías con Ayampitín y Viscachani; su horizonte más antiguo lo fecha Cardich hacia los 8.000 a.C.


Ahora bien, tipológicamente tanto el material de Ampajango como el de Ghatchi I, es más primitivo y probablemente más antiguo[53]. Cigliano, sin aceptar las fechas de Le Paige que considera exageradas y faltas de base adecuada, coloca el Ampajanguense, en forma tentativa hacia el 12.000-10.000 a.C. y afirma que las semejanzas del Ampajanguense con el Ghatichinense son tan notorias (salvo en la materia prima usada), que no se descarta la posibilidad de que las dos áreas arqueológicas hayan estado relacionadas[54].


Para Le Paige, los materiales de la Loma Negra (su Lomanegrense) son contemporáneos de Ghatchi, aunque más toscos en su factura, debido al tipo de material usado, un basalto más difícil de trabajar.


Siguiendo en el orden cronológico (por consideraciones tipológicas), viene la industria lítica de Puripica (“Puripicanense”), que consta de puntas provistas de retoque marginal, asociadas a percutores y morteros del tipo de recolectores (provistos de agujeros redondos, cóncavos, de un dm. aproximado de 12 cm). También aparecen habitaciones antiguas caracterizadas por basamentos en círculo. Puripica, al decir de los arqueólogos que intervinieron en el Congreso, presenta indudables afinidades con Ayampitín y sería contemporáneo de él (“Horizonte Puripica-Ayampitín”)[55].


Sigue el complejo lítico de Tulán (sitio epónimo a 3.600 m de altitud, al extremo SE del Salar de Atacama). Este horizonte es situado por el dicho Congreso entre los años 7.500 – 4.000 a.C.


Por último, se presenta la industria lítica Tambillo (“Tambillense”), cuyo sitio epónimo se halla en un cono de deyección de una quebrada lateral que afluía al Salar de Atacama a 27 km al S de San Pedro de Atacama. Solo consta de puntas y raspadores de menor tamaño que los anteriores (Vea Le Paige, 1964, pp. 130-136, reproducciones de su material). Ya no existen los instrumentos de gran tamaño, tan típicos de las industrias anteriores. Se le sitúa cronológicamente hacia el año 4.000 a.C.[56].


 Como podemos comprender, la cronología de todas estas industrias, tipológicamente muy variadas, se basa además de las consideraciones tipológicas, fundamentalmente en las analogías con el Ayampitinense argentino del cual se poseen dataciones por el C14. Faltan absolutamente estudios estratigráficos. Todo el material que se posee proviene de recolecciones de superficie, lo que dificulta enormemente la seriación tipológica del material, ya que no sucede con frecuencia encontrar sitios donde exista solo un tipo de material, hallándose frecuentemente mezclados. Del mismo defecto adolecen las apreciaciones de Dick Ibarra Grasso acerca del material de Viscachani (S de Bolivia).

 

Todo lo dicho acerca de estas industrias precerámicas de la zona atacameña, aún cuando su cronología sea todavía muy discutible, nos está hablando con suficiente claridad de la uniformidad notable que adquieren las formas de utillaje de estos cazadores-recolectores primitivos, sin duda los más antiguos habitantes de la Puna. Una cadena de descubrimientos: El Jobo (Venezuela), Lauricocha y Toquepala (Perú), Viscachani (Bolivia), Laguna Colorada y Laguna Hedionda (S de Bolivia)[57], zona atacameña chilena: desde Ascotán hasta casi 25° L.S., Ampajango, Ayampitín, Ichuña e Intihuasi (NW argentino), sin considerar aquí los numerosos descubrimientos de Menghin de industrias precerámicas en el centro y sur de la Argentina[58], nos dan señas del cazador primitivo que se mueve y lleva su vida nomádica en un hábitat muy semejante, provisto de un utillaje muy similar[59], obtenido de lascas y nódulos. Puede ser útil a este respecto relacionar estos hallazgos con las olas de poblamiento de América, tal como las ve Pedro Bosch-Gimpera en el trabajo recién citado. Según él, habría habido dos olas de poblamiento de América: una de la cultura asiática de “lascas y nódulos”, tradición tardía de un Paleolítico Inferior o Medio que no evolucionó hacia otras formas propias de un Paleolítico Superior, sino que sobrevivió casi intacto en regiones marginales de Siberia y Oceanía. Esta ola habría entrado por el puente de las islas Aleutianas entre los años 25.000 y 30.000 a.C. A este tipo probablemente pertenecerían las antiguas industrias que hemos estado comentando. La segunda ola, la de los cazadores evolucionados de la misma Siberia, habrían entrado por los años 10.000 a.C., a fines del Paleolítico Superior Siberiano, aprovechando la “Hanover Retreat” de la gran glaciación Wisconsin (10.000-9.100 a.C.). De esta ola procederían las tradiciones que nos dan las puntas Sandía, Clovis, Folsom, Midland, Plainview, Angostura, Meserve, Agate, Scottsbluff, etc.[60].


 

II.               PERÍODO AGRÍCOLA


Las investigaciones de Le Paige en la zona del Salar de Atacama y sus descubrimientos de 47 cementerios con cerca de 3.600 cuerpos exhumados, hacen aparecer el período alfarero: cerámica, textiles, adornos de turquesa, trabajo en metales (oro, plata, cobre, bronce), trabajos de fina talla en madera, instrumentos agrícolas, cestería, etc., como algo ya plenamente desarrollado, con características propias, todo lo cual supone necesariamente una larga evolución en el tiempo. Las fechas de C14 para los cementerios actualmente datados nos dan año 263 d.C. (+/- 150 para la tumba n° 2.532, de Quitor 6 y el año 313 d.C. para la tumba de Solor 6). Ambas tumbas y cementerios se sitúan en la Fase II de la Cultura de San Pedro de Atacama que se caracteriza, entre otras cosas, por su inconfundible alfarería negra pulida, cocida en ambiente reductor. Pero existe una Fase I que la precede, que se caracteriza por una alfarería bastante diferente denominada alfarería tipo S. Pedro rojo pulido, de cántaros de tipo globular. En los cementerios que muestran entierros superpuestos, las tumbas con alfarería rojo pulido siempre están debajo de las que presentan alfarería negro pulido. ¿En qué momento y dónde se inicia el período alfarero y agrícola en la zona atacameña? Sería fácil decir que precede de influjo exterior. ¿De dónde? Le Paige ha encontrado cerámica tipo San Pedro negro pulido (de la Fase II) en asociación con cerámica Tafí (Argentina) que data del siglo IV a.C. y aún asociada a cerámica Chiripa (del Altiplano boliviano) que data de los S. IV y V a.C. ¿Debemos admitir una larga supervivencia de estos tipos cerámicos en la zona o tenemos derecho a dar mayor antigüedad a la primera fase de la Cultura San Pedro, con fechas que a lo mejor se aproximan a los 500 a.C.? El futuro tal vez nos dirá la antigüedad del período agrícola y cerámico de esta zona. Para deshacer el hiatus que se observa actualmente entre los períodos finales del Tambillense (precerámico) y la invención (o introducción) de las técnicas alfareras y agrícolas se necesitan estudios estratigráficos concienzudos de sitios habitacionales aptos para esas primeras ocupaciones. A mi modo de ver, estos sitios no los ofrecen los valles, sino mucho más probablemente las cuevas y abrigos contiguos a los cauces de antiguos ríos, probablemente hoy ya secos. Así lo hizo con éxito Mc Neish en Tehuacán, Puebla (México)[61].


Le Paige ha reconocido varios sitios que él denomina Mesolítico y que representarían el paso del Paleolítico Final (Tambillense final) al Neolítico Agro-alfarero. En los lugares Machuca, Curiquincha, Renque, Llanada, Haltchar y algún otro, aparece el tránsito de la punta tetragonal, tan típica del Tambillense, a la punta pequeña de pedúnculo ya insinuado, generalmente de vidrio volcánico[62]. Reconoce igualmente lugares del Paleolítico final que muestran, según él, el paso al Neolítico: Calar, Calarcoco, Ghatchi 1 y 2, Tepus, Tumbre, Zapar, Talikuma (Socaire), Tchapuraqui (Toconao), Tilocalar 1 y 2[63]. En estos últimos lugares, creo descubrir los asentamientos y pueblos más antiguos.

        

Estos antiguos poblados, pequeñísimos, hacen ver, junto a las puntas del Tambillense final (perfectamente aislado como precerámico en sitios no contaminados con cerámica), fragmentos de una cerámica tosca, generalmente denotando formas de plato con fondo curvo, nunca plano, y muy diferentes de la alfarería que posteriormente caracterizará las etapas o Fases I y II de San Pedro. Además, aparecen morteros de la época del recolector (provistos de agujero redondo, más o menos profundo, en el que la “mano” molía con movimiento giratorio). Esa cerámica tosca de superficie, parece ser la más antigua de la zona. Faltan aquí de nuevo, por desgracia, asociaciones evidentes obtenidas en un estudio estratigráfico impecable, entre esa cerámica, los morteros y las puntas del Tambillense final. Ya hemos dicho que todo el material lítico hasta ahora descrito por Le Paige provino de recolección de superficie.

Calar, considerado por Le Paige como sitio transicional del Paleolítico Superior al Mesolítico y al Neolítico, no ha dado, hasta ahora al menos, pruebas evidentes de ello. En el suelo de sus patios se halló abundante material del Tambillense sin alfarería, lo mismo que en el material de relleno de muros del patio o corral. Pero también se hallaron varias tumbas típicas de la II Fase de la Cultura San Pedro, con cerámica negra pulida y tabletas de rapé. Estas tumbas podrían, evidentemente, denotar una ocupación mucho más tardía. Le Paige reconoce que lo que él denomina Mesolítico, presenta serias dificultades para su explicación.

 

El tránsito del Paleolítico Superior Final al Neolítico Agro-alfarero se demostraría, según Le Paige:


a)   Por la transformación y disminución de tamaño observado en las puntas del Tambillense final de raíz precerámica, que ostenta ya un pedúnculo insinuado.

b)  La presencia del mortero típico del recolector, pero aún apto para los primeros ensayos agrícolas.

c)    El hallazgo de estos elementos en aldeas muy pequeñas de rasgos primitivos por el tipo de viviendas y corral, en eminencias cerca del agua, pero nunca junto al cauce mismo.

d)  La presencia de una alfarería más primitiva, que no existe en las Fases I y II, típicas de la Cultura San Pedro.

e)   Por la existencia del corral comunal de grandes dimensiones, que precede el corral individual, propio de cada grupo familiar.

 

Tentativamente, se podría, tal vez esbozar a grandes rasgos el siguiente esquema cronológico:

 

Características Culturales 

Fases Culturales

Elementos distintivos

Fechamiento tentantivo

CULTIVO INCIPIENTE

 

 

 

 

 

 

 

C

U

L

T

I

V

O

 

D

E

S

A

R

R

O

L

L

A

D

O

MESOLÍTICO

Primeras aldeas, corrales con habitaciones circulares. Cerámica tosca: platos de forma curvo, morteros de tipo recolector.

Desde 2.000 a.C.?

S. PEDRO FASE I

Cerámica rojo pulido; formas globulares. Metal (Cu, Au, Ag).

Desde 500 a.C.?

S. PEDRO FASE II

Cerámica negro pulido, diversidad de formas: incisas o no; complejo del rapé, gorros.

Desde 100 a.C.?

S. PEDRO FASE III

Cerámica tipo “concho de vino” (rojo violáceo).

Desde 600-700 d.C.?

INCAICA

Cerámica incaica (aríbalos, platos, decoración de llamitas); trazado de pueblos, Centro ceremonial, tambos, casas de techos de dos aguas, etc.

Desde 1.375 d.C..

 

 

         Conviene advertir que la diferenciación de estas tres fases ha sido hecha solamente en base al estudio de los cementerios, máxime cuando había tumbas superpuestas, pero no de sitios habitacionales.

        

         Con el advenimiento de la Fase III, se produce un notorio descenso cultural, apreciable en los rasgos culturales. La cerámica es notablemente inferior. La llegada del Inca renovará nuevamente los tipos e introducirá multitud de elementos nuevos tanto en la cerámica como en la arquitectura y metalurgia. Lo veremos al tratar de la Conquista Incaica.

 

 

 

EXPANSIÓN ATACAMEÑA


 

a)   Demostrada por la toponimia:

 

Por motivos lingüísticos y análisis de la toponimia, Max Uhle (1922), destaca la presencia del nombre típicamente atacameño muy lejos del hábitat actual a que han quedado reducidos en torno al Salar de Atacama y río Loa. En efecto, tales denominaciones se encuentran en el NW argentino (desde el Salar de Arizaro hacia el N), en las provincias bolivianas de Chicas, Lípez[64] y Carangas; en las regiones al W del río Desaguadero y en las adyacentes al lago Titicaca y, finalmente, en las regiones cercanas al origen de los ríos Apurimac (afluente del Ucayali, que lo es del Amazonas) y Paucartambo[65].

         Habría que examinar también a qué se debe la aparición de nombres tan atacameños como Ica, Arica, Tarapacá, no solo en la región de Ica y Arequipa (sur del Perú) donde tal influencia seguramente llegó, sino en sitios tan alejados como la frontera ecuatoriano-peruana, sobre el río Cururay (afluente del Napo) o en la frontera colombiano-peruana y aún en territorio brasileño sobre el río Putumayo (afluente del Amazonas).

         En todo caso, debemos afirmar que esta difusión máxima –que no ha sido confirmada hasta el presente por el registro arqueológico- debió ocurrir presumiblemente en época temprana, antes tal vez de la difusión de la gran cultura de Tiahuanaco[66].


       Ahora bien, según las apreciaciones actuales[67] la época clásica de Tiahuanaco comienza con los albores de la era cristiana, si bien su etapa temprana debió existir doscientos o trescientos años antes. Como lo hace notar Le Paige,  el influjo de Tiahuanaco en el Salar de Atacama corresponde a la época clásica de esta cultura y no a su etapa epigonal o decadente (después del 800 d.C.)[68]. La fuerte influencia de Tiahuanaco se hará sentir en todo el norte chileno y en el Perú, y a partir de esas fechas resta posibilidades de influencia a una influencia atacameña más allá de las actuales fronteras de Chile. Resulta, entonces, posible que tal difusión máxima se haya verificado en los primeros dos siglos antes o después de la Era Cristiana. Para esas fechas, la cultura atacameña en el Salar de Atacama aparece firmemente establecida, con características más bien definidas. Uhle llega a decir[69] que habrían sido los atacameños los que dieron origen a ciertos elementos de la cultura de Tiahuanaco, v. gr., el signo “escalerado”, influjo que habría tenido lugar a partir del altiplano chileno de Arica, laguna de Chungará. Desconozco qué base científica tenga esta afirmación.


Según Keller (1952), la toponimia atacameña se extiende por el territorio chileno hasta Santiago (v. gr. nombre del volcán Tupungato). Allí mismo da abundantes citas (p. XLIV) de toponimia atacameña en Chile central.  

Oyarzún[70] estudia las influencias de los atacameños en la zona araucana. Describe y analiza la toponimia atacameña hasta el río Bío-Bío (37° L.S.) e incluso cree encontrar en tumbas de la zona araucana vasijas con decoración atacameña. Nuestros conocimientos actuales nos enseñan que tal decoración no es atacameña sino fruto de las influencias sur-peruanas (decoración negro o rojo sobre blanco, o negro blanco y rojo sobre anaranjado natural de la cerámica, con figuras geométricas tales como rombos, líneas paralelas, campos reticulados, triángulos con figuras de serrucho, líneas en zig-zag, etc.). Tal influjo sur-peruano fue muy intenso en Tacna y Arica, y de ahí descendió hacia el sur. Pero fueron indudablemente los atacameños los que sirvieron de intermediarios –al asimilarlos- de estos elementos culturales en su difusión al sur.


Más interesantes y de más peso me parecen las informaciones que nos aporta Santa Cruz[71] acerca de la difusión de los atacameños. Identifica a los indios “camanchacas”, citados para el litoral del Cobija y costas de Atacama junto a los changos como atacameños. Tales indios son citados en una escritura que otorga en 1659 títulos de encomienda a Fernando de Aguirre. En esa escritura, se dice que los changos son un grupo diferente. En efecto, según el cronista Pedro Lozano Machuca[72] había en el puerto de Atacama (así se llamaba entonces el puerto de Cobija) 400 indios Uros que daban tributo a los atacameños. Estos Uros son repetidas veces identificados con los changos de la costa, desde Arica hasta el valle de Choapa. Philippi, que visitó estos parajes a mediados del siglo XIX por encargo del gobierno de Chile, los describe por extenso[73]. También se refieren a ellos en sus relatos de viaje realizados en los s. XVIII y XIX D’Orbigny[74] y antes que él Frézier[75][76].


Fuera de la influencia atacameña sobre la costa de su territorio, muy explicable por razones geográficas y comerciales, la influencia atacameña es notoria, al decir de Santa Cruz (óp. cit.) particularmente en la provincia de Coquimbo. Esta influencia simultáneamente difunde vocablos aymarás en dicha región. En efecto, la vecindad entre atacameños y aymarás en la Puna de Atacama, hace asimilar a los primeros multitud de términos de los segundos. Esta influencia debe haber sido relativamente tardía cuando los atacameños habían disminuido en número e influencia, y debían afluir frecuentemente a los mercados aymarás del Altiplano boliviano para intercambio de sus productos.


No es, pues, de extrañar que, en la provincia de Coquimbo, junto a nombres atacameños: v. gr. Copayapu (deformada por los españoles en Copiapó), que significa abundancia de cactus; Paya (dos); Elqui (Chinche de campo); Andacollo (de “Anta”, este pueblo, y “collo”, cabeza), aparezcan también nombres aymarás tales como Pay (desierto, v. gr. en el nombre Paypote); Cota (mar); tunca (diez); Challa (arena, Santa Cruz, art. Cit.).


Según Montecinos (1882), la influencia de los atacameños se habría extendido por el NE hasta el territorio de los Chiriguanos (Chaco).

 

Resumiendo, podemos concluir que el influjo atacameño se extendió, tal como lo muestra el Plano N° 1, y basándonos en argumentos onomásticos y toponímicos, desde el sur del Perú, vecindades del Cuzco por el N, hasta aproximadamente el paralelo 65° de longitud W por el E y posiblemente hasta la provincia de Concepción (Chile central) por el S. Insistimos en que esta sería la expansión máxima, lograda seguramente en época temprana y de ningún modo en forma simultánea. Parte del influjo toponímico pudo deberse a avances esporádicos o a la sujeción mediante tributo de tribus primitivas más lejanas y no denotan forzosamente ocupación real de su territorio.


El problema del hábitat atacameño se complica bastante en relación al grupo vecino de los Diaguita, ubicado al SE y E de su territorio. Según Tovar (1961, la lengua Kunsa de los atacameños y la lengua Kaká (o Cacán) de los Diaguita estaban probablemente emparentadas. Tal vez son ambos pueblos originarios de un tronco lingüístico y cultural común. Para Krickeberg (1946, p. 229), los atacameños representarían un grupo “más reciente que los Diaguita, que por su grado de desarrollo no llega a alcanzar el nivel de la cultura Diaguita que la superaba palpablemente en arquitectura, cerámica, escultura y metalurgia”. Para el mismo autor, la cultura atacameña solo se desarrolla después de la extinción de la cultura Tiahuanaco. Los hallazgos arqueológicos parecen rebatir lo suficiente este punto de vista. Las fechas de la cultura atacameña (Fase I) prácticamente igualan en antigüedad a las obtenidas en las culturas Diaguita. Con todo, me parece claro que, en su conjunto, la civilización Diaguita manifiesta más esplendor y riqueza de formas.

         Los Diaguita ocupaban las sierras que descendían de la Puna de Atacama hacia el E (en el NW argentino) y los valles agrícolas del Norte Chico chileno a partir de Chañaral y Copiapó. Desde ahí se extendieron hacia el sur. Para Santa Cruz (1913), los “indios picones” tantas veces citados por los cronistas a ambos lados de la cordillera, eran, sin duda, Diaguita.

 

         Ya en 1541, el gobernador de Chile, Rodrigo de Quiroga, afirma que la naciente ciudad de Santiago fue atacada “por toda a gente de guerra de esta provincia (Mapocho) y mucha parte de indios diaguitas a quienes estos habían mandado a llamar para que les ayudasen a destruir esta ciudad”[77]. Esto quiere decir que los Diaguita chilenos se habían extendido ya por entonces hasta las inmediaciones de Santiago. De hecho, la arqueología ha confirmado tales afirmaciones.

         Aun cuando hay diferencias de importancia entre los elementos culturales de los diaguita y atacameños, con todo también hay muy importantes rasgos comunes. Tales rasgos serían la existencia en ambas culturas de pipas, los elementos del complejo del rapé, máscaras, pucarás… Aunque debe quedar en claro que la cerámica de ambos lugares es muy diferente. Aún entre los grupos tradicionalmente llamados Diaguita de Chile y Argentina, hay diferencias notables en la cerámica, tanto que numerosos autores se inclinan hoy abiertamente a considerarlos grupos totalmente distintos. Sin embargo, los testimonios históricos insisten en la homogeneidad lingüística existente entre los Diaguita del lado chileno y argentino. Probablemente se trataba de dialectos mutuamente inteligibles.

         

Por lo dicho, se ve que el problema de las relaciones de parentesco y comunidad cultural entre atacameños y diaguitas queda en pie y está muy lejos de haber sido elucidado.

 

b)  Demostrada por la arqueología:

 

Aquí pisamos terreno algo más seguro. Ya en 1926, Gösta Montell[78] hacía notar las notables semejanzas que existían en los elementos culturales hallados en tumbas de la zona del río Loa (Calama, Chíu-Chíu), en la pampa de Jujuy (NW argentino) y en Arica (N de Chile). Estas semejanzas han sido advertidas por diferentes autores (Boman, 1908; Uhle, 1913 a, 1918, 1922; Latcham, 1928; Mostny, 1954; Vignati, 1931), sin suficientes razones no las reconocen.

En efecto, en todos estos lugares, aunque a veces unidos a otros elementos culturales, aparecen rasgos típicos de las antiguas fases de la cultura atacameña. Las tabletas y tubos de rapé, con su extraordinaria talla en madera de algarrobo, las cajitas de pintura en madera o piedra, la cestería en espiral decorada con fibras de diferentes colores que formaban grecas decorativas de tipo geométrico, las calabazas pirograbadas, los cencerros de madera o bronce, las máscaras, las pipas de greda, las técnicas textiles (trama múltiple[79]), la representación del sacerdote enmascarado simulando el felino, los sacrificios humanos representados en las tabletas de rapé, la costumbre de las cabezas-trofeos y el culto especial a la cabeza cortada (testimoniada por la arqueología), el uso del bezote, etc. Todos estos elementos, con pequeñas variantes, existen en las regiones ya indicadas: Salar de Atacama, sitio que, junto con los valles del río Loa, constituye el hábitat más importante; NW argentino y costa chilena desde Arica hasta Taltal, por lo menos[80]. Igualmente, en el SW de Bolivia hasta el Titicaca.

Es enteramente natural que en las zonas marginales de la cultura atacameña los habitantes asimilen muchos elementos de los vecinos. Es el caso de los del departamento de Arica (Chile) que recibe, seguramente desde muy temprano, una fuerte influencia de los valles peruanos del sur: Chincha, Ica, Nazca, Tacna, muy notoria en el desarrollo de una cerámica peculiar que comprende varios estilos bien caracterizados: San Miguel, Pocoma, Gentilar. Del altiplano peruano-boliviano llegan importantes influencias, además de Tiahuanaco. Los estilos que reciben estas influencias son principalmente Sobraya, Maytas y Chiriboya. En la zona de la Puna Argentina, Quebrada de Humahuaca y Sierras del E, se incorporan elementos de las tribus nómadas del Chaco y de las pampas, pero a la vez traspasan a estos elementos culturales del Altiplano andino (Chiriguanos en el Chaco; Comechingones, Sanavirones y Juríes, en las sierras de Córdoba y al N de ellas. Los Diaguita argentinos sostienen frecuentes guerras con sus vecinos seminómadas: juríes o lules que conducen a la destrucción de ciudades y pucarás de los primeros[81].

 

 

DISCUSIÓN DE LA CRONOLOGÍA DE  LAS  DIFERENTES FASES DE  LA  CULTURA  ATACAMEÑA

 

A partir de los trabajos de Max Uhle (1913 a, 1918, 1922), se estableció una división cronológica de las culturas de la zona atacameña. Primitivamente aplicada a la zona de Tacna y Arica, fue luego extendida por el autor y más tarde por Ricardo Latcham a todo el territorio atacameño.


Uhle distingue 7 períodos:

 

1.   Período primordial: propio de culturas de cazadores-pescadores (Paleolítico)

2.   Período arcaico: propio de las culturas de los indios changos.

3.   Período de influencia Chavín: 400-600 d.C.

4.   Período Tiahuanaco epigonal: 600-900 d.C.

5.   Período Atacameño Indígena: 900-1.100 d.C.

6.   Período Chincha-atacameño: 1.100-1.350 d.C.

7.   Período Incaico: 1.350-1.536 d.C.


Como las semejanzas culturales entre la zona de Arica-Tacna y la zona del Loa eran bastante notorias, otros autores aplicaron, como decíamos, la misma cronología a la zona propiamente atacameña. Tal es el caso de Latcham[82]. Rydén (1944) recibe esta cronología prácticamente sin discusión. La única importante diferencia en los puntos de vista de Uhle y Latcham reside en el hecho de que para Latcham lo típicamente atacameño no emerge hasta tiempos post tiahuanacos, o sea, entre 1.100 y 900 d.C. Mientras que para Uhle, con mejor visión de la realidad según nos parece hoy, hubo influencias atacameñas en la cuenca del Titicaca en tiempos pre-tiahuanaco[83].

Bennett[84] en su estudio sobre los atacameños discute esta cronología aceptada por Latcham y cree en la existencia de una cultura atacameña por lo menos contemporánea a Tiahuanaco clásico. Igualmente, Bennett pone en tela de juicio la denominación chincha-atacameño de Uhle y Latcham: “the significance and validity of the ‘chincha-atacameño’ división is yet to be established satisfactorily[85].


Esta apreciación de Bennett relativa la existencia de lo atacameño previamente a la expansión de la cultura Tiahuanaco, se basa entre otras cosas en el hecho de que las investigaciones de la puna argentina hechas principalmente por Ambrosetti (1907) y Von Rosen (1924) en lugares de la Puna de Jujuy, Casabindo y Morohuasi (Von Rosen) y el valle de Calchaquí, provincia de Salta (Ambrosetti), muestran un primer estrato puramente atacameño, sin influencia de Tiahuanaco; solo posteriormente aparece allí el elemento cultural diaguita. Esta indicación de Bennett viene a confirmar lo dicho acerca de la expansión de los atacameños hacia el E[86].


Un poco antes de Bennett, Junius Bird, en sus estudios estratigráficos en concheros de Arica (Playa Müller) y Punta Pichalo (Pisagua)[87], establece una nomenclatura del tipo técnico, basada en el criterio sitio-tipo, recomendado por la arqueología moderna para evitar las denominaciones de orden etnológico o histórico sujetas a variadas dificultades. Así, en los niveles propiamente cerámicos, establece una cultura primera que denomina Arica I, que correspondería al I Período Atacameño Indígena de Uhle-Latcham, y luego una segunda, Arica II, equivalente grosso modo al Período Chincha Atacameño. Bird, con mucho tino, no asigna fechamientos a dichas culturas. Se contenta con indicar la cronología relativa. Posteriormente, Mostny[88], Schädel (1957) y sobre todo los investigadores del Museo Regional de Arica, han intentado perfeccionar esta cronología y división cultural[89]. Así, han distinguido diversos estilos: San Miguel, equivalente a Arica I de Bird, Pocoma y Gentilar, equivalente más o menos a Arica II de Bird. En otros lugares, Cabuza, El Morro, Las Maytas, encuentran variados conjuntos arqueológicos, algunos más antiguos según parece que el complejo Arica I, pero de los cuales faltan estudios estratigráficos comparativos serios. Así, al presente se distingue una variada gama de estilos, siendo difícil determinar si corresponden a horizontes culturales diferentes y, más difícil, por faltar fechas de C14,   es  averiguar su cronología. Arica, sitio de empalme de influjos culturales provenientes del S (Atacama), del Perú y del Altiplano boliviano, es indudablemente un lugar que depara muchas sorpresas a la cronología y secuencias establecidas por los arqueólogos.


El material cerámico que aparece desde un principio en el departamento de Arica y Tacna (Chile y Perú) y que ha dado lugar a la denominación de los diferentes estilos[90] cerámicos en la zona, es totalmente diferente de lo típico atacameño de hoy (Fases I-III San Pedro). En cambio, otros elementos culturales: máscaras, tabletas y tubos de rapé, gorros de plumas, técnicas de la cestería, etc., son idénticos.

Falta mucho por hacer en la zona ariqueña. La relación con lo atacameño no está estudiada. Falta una cronología adecuada y, más aún, estudios estratigráficos que permitan obtenerla. Mostny (1945), Schädel (1957) y el Museo Regional de Arica, a partir de 1965 han excavado numerosas tumbas o señalado –como lo hace en particular la expedición Schädel- la presencia de gran cantidad de lugares arqueológicos. Esto evidentemente no basta. Se puede decir que el estudio arqueológico de Arica está en sus comienzos. Faltan buenos estudios comparativos del material obtenido en tumbas atacameñas de diferentes sitios como para poder delimitar arqueológicamente la difusión de esta cultura. Núñez Lautaro, en sus estudios sobre los keros del Norte de Chile (1963 a), la escultura y trabajo en madera del N de Chile (1961 a, 1961 b) y acerca de la tableta de rapé (1963 b), está iniciando, en este punto, un trabajo muy fructífero y de grandes perspectivas. Fuera del trabajo de Bird, ya citado, y las esporádicas excavaciones de Mostny, se puede decir que no se ha comenzado aún un trabajo arqueológico con métodos científicos en la zona de los valles transversales del extremo norte chileno[91].

A diferencia del salar de Atacama y la cuenca del Loa, donde la influencia de Tiahuanaco se verificó principalmente en los primeros siglos de la Era Cristiana (Tiahuanaco Clásico), en la zona del departamento de Arica esta influencia parece ser muy tardía y corresponder plenamente a la época del Tiahuanaco decadente. En todo caso, no llega a formar aquí –como tampoco en el hábitat atacameño de más al S- un horizonte independiente. Se enlaza y asimila a las culturas locales.

 

La cronología sugerida por Orellana (1963) para la zona de San Pedro de Atacama y que fue aprobada en sus líneas generales en el Congreso de San Pedro de Atacama (1963), postula tres fases:

 

I.          500? d.C.                      -          800 d.C.

     (posible inicio anterior)

II.        800 d.C.                         -       1.200 d.C.

III.      1.200 d.C.                       -       1.536 d.C.

     (esta última subdividida en preincásica e incásica)

 

Para Orellana, lo característico de la Fase I es la cerámica roja pulida (San Pedro Rojo Pulido); de la Fase II, la cerámica negra pulida (San Pedro Negro Pulido), aunque no con exclusividad, ya que también se da en la Fase I cerámica “Rojo-violácea” (llamada con prioridad “tipo concho de vino" por Le Paige).


Le Paige[92], trabajando sobre un material comparativo infinitamente más vasto y apoyándose en dos fechamientos de 14C que colocan a la Fase II mucho más temprano, considera estas fechas de Orellana como muy tardías. Para él, las fechas de C14 y la asociación indudable de cerámica Ciénaga, Tafí y aún Chiripa (del NW argentino y Altiplano boliviano), obligan a retrotraer los inicios de la segunda fase (por lo menos) a los comienzos de la Era cristiana, sino antes. Esto no nos ha de extrañar, puesto que en el Altiplano boliviano conocemos culturas cerámicas bastante anteriores a la Era cristiana. Ya conocemos la intensidad de las intercomunicaciones andinas que, después de la domesticación de la llama –seguramente en los tiempos mesolíticos-, se hacían sumamente fáciles a través de las cordilleras.

Antes de los descubrimientos de Le Paige en el Salar de Atacama e inmediaciones, ha habido un verdadero prurito en minimizar la antigüedad de los hallazgos de la cultura atacameña. Latcham, como tantos otros, se siente deslumbrado con la gran cultura de Tiahuanaco y tiende, por eso mismo, a quitar antigüedad a lo atacameño del que se tenían tan pocos datos. Pero el descubrimiento de industrias precerámicas en la zona, la antigüedad de las culturas cerámicas de las regiones limítrofes y el antiguo desecamiento de las lagunas andinas (actuales salares), obliga a revisar las antiguas posiciones y da esperanzas fundadas de encontrar horizontes cerámicos primitivos en alguno de los valles en que se practicó la agricultura por vez primera en la zona.

Para Le Paige, el influjo Tiahuanaco, aunque intenso en San Pedro de Atacama y zonas vecinas, de ningún modo es indicador de un verdadero horizonte cultural que hubiese, por así decirlo, destruido lo autóctono. Se trata, más bien, de un objeto cultural recibido en calidad de préstamo por una cultura ya plenamente formada. Para Le Paige –quien sigue a Uhle- la tableta de rapé no es un elemento cultural tiahuanacoide, sino atacameño. La razón es bastante simple. De las 725 tabletas de rapé halladas hasta ahora, solo 25 provienen del Altiplano boliviano (zona de la cultura Tiahuanaco); en cambio 670 provienen de la zona atacameña interior, sin tomar nota de las 10 halladas en la costa de Antofagasta (de indudable procedencia atacameña) y dos de la zona diaguita argentina[93].

Habría sido sumamente interesante esbozar una comparación de la cronología que ya se va esbozando de San Pedro de Atacama y la existente para las culturas del NW argentino que poseen varias fechas de C14. Desgraciadamente no disponemos de la bibliografía necesaria.

 

Conclusión: aunque la cronología absoluta no esté ni mucho menos plenamente establecida, contamos ya con una cronología relativa, basada en los estilos cerámicos, sobre todo. Estos se suceden sin cambios demasiado bruscos en los cementerios estudiados. Esto parece ser un indicio comprobatorio de la tesis de Le Paige acerca de la continuidad de la cultura atacameña (Le Paige, 1963 a, 1963 c, 1964). La sucesión de las culturas se ha verificado en el seno de un mismo pueblo en su forma pacífica, con importación o invención de formas y decoraciones nuevas, sin sustitución violenta de una cultura por otra. En esta paulatina evolución de cuyos pasos apenas si tenemos las primeras ideas, no son los aportes extranjeros lo decisivo, sino el substratum autóctono que asimila, adapta, inventa, siempre procurando adaptarse al difícil hábitat en que le ha tocado vivir.


 

APORTES CULTURALES FORÁNEOS


 

1.   TIAHUANACO:

 

Es, entre todos, seguramente el más importante. Este aporte no tiene lugar, como se ha afirmado con frecuencia, durante el Tiahuanaco epigonal (tardío), o sea, hacia el 700 d.C., sino indudablemente desde los primeros siglos de la Era Cristiana, fechas que coinciden claramente con su período de florecimiento (Tiahuanaco Clásico).

El aporte de Tiahuanaco es, ante todo, estilístico. Sus tipos cerámicos, tan conocidos, no llegan sino en escaso número como claros indicadores de un pujante comercio entre ambas regiones. Es igualmente muy posible que el impulso para el desarrollo de la metalurgia del cobre, bronce, oro y plata provenga también de Tiahuanaco; no lo sabemos aún. En los hermosos kero-retratos de oro (vasos de faz humana proyectada en relieve) que aparecen en Larrache, junto con diademas de plata de estilo claramente tiahuanacoide, podríamos ver una muestra de la metalurgia del Altiplano[94].

Sus patrones decorativos serán ampliamente copiados en sus tabletas de rapé, tubos, huesos grabados a fuego, cajitas de tinturas y, más que todo, en sus tejidos. En ellos encontramos frecuentemente los famosos dibujos geométricos, conocidos como “escalerado” (o “Treppenzeichen” de Posnansky[95]), las representaciones del sacerdote enmascarado con máscara de felino, la representación del sacerdote-cóndor, ambos en actitud de sacrificar a una víctima humana o con la cabeza del enemigo entre las manos.


         Como el descubrimiento de la cultura de Tiahuanaco precede a la atacameña, tal como se ha demostrado en los últimos diez años, todas las semejanzas entre ambas tienden a favorecer a Tiahuanaco. Lo hallado se comparó de inmediato a Tiahuanaco, casi sin discutir la mayor antigüedad de ésta. Un estudio más profundo, basado en fechas seguras, quizá (es solo una hipótesis de trabajo) revele que el proceso pudo ser, parcialmente al menos, inverso.

         Con todo, al referirnos al influjo de Tiahuanaco sobre la cultura atacameña, no queremos dirimir de antemano un problema que queda planteado y que es digno de estudiarse. Solo empleamos el modo de hablar establecido hasta hoy. Es posible que Tiahuanaco haya recibido aportes culturales de los atacameños (v. gr. estilísticos) que, según sugerencia de Uhle, pudieron venir del Altiplano chileno de Arica.


 

2.   CULTURAS DEL NOROESTE ARGENTINO:


 

Tenemos numerosas muestras de cerámica típicamente del noroeste argentino: La Isla, Tafí, Santiago del Estero, Condorhuasi (Catamarca), pero son todas manifestaciones del intercambio comercial y no pruebas de verdadero influjo. Tampoco hay, al menos hasta ahora, relaciones claras entre formas cerámicas del NW argentino y las atacameñas. Digno de estudio es el rasgo cultural del enterramiento en urnas (Solor) que bien puede ser una influencia de culturas del valle de Santa María, donde era frecuente el enterramiento en urnas. Un influjo muy probable lo encontramos en la cerámica incisa de varios lugares (pucos, cajetes), tanto de color negro como rojo y que presenta ciertas similitudes con los elementos decorativos de Candelaria.


         Mientras no se decida con fechas seguras la espinosa cuestión de la antigüedad de las culturas atacameñas, por una parte, y la de las culturas del NW argentino, por otra, será difícil determinar quién presta a quién determinado rasgo cultural.  Sobre este tema hay un interesante trabajo en preparación de la arqueóloga argentina Myriam Tarragó de Font[96].


 

3.   CULTURAS DEL SUR DEL PERÚ:


 

Ya hemos indicado profusamente la influencia ejercida por las culturas sur-peruanas en la zona limítrofe –y marginal- de la cultura atacameña, zona que comprende los valles transversales del extremo norte de Chile. Aquí hay fuerte influjo de formas y elementos decorativos, siendo la típica cerámica atacameña del centro principal prácticamente desconocida hasta hoy. Este influjo está poco estudiado. Uhle y Latcham han hablado de la influencia chincha en forma genérica. Hay evidente relación con las formas cerámicas de los valles cercanos de Mollendo, Locumba, Sama y Tacna, Tarata. Esta influencia se ha mezclado a lo que parece con elementos venidos del Altiplano boliviano (región de “Muñecas”) para formar lo que se ha denominado el “horizonte tricolor del Sur”. La influencia de Tiahuanaco puede haber llegado también por conducto de los valles peruanos que están más próximos a las fiebres del Titicaca.

         Este influjo del horizonte tricolor del sur llega seguramente en época muy tardía hasta el Loa y regiones vecinas de Tocopilla, Antofagasta y aún Taltal. En Guatacondo (prov. de Tarapacá, Chile) y Pica, se encuentran tejidos con decoración claramente sur-peruana (Nazca tardío). Max Uhle, buen conocedor del material de algunos valles sur-peruanos (Chincha, Ica, Nazca), afirma categóricamente esta influencia en la zona de Arica y Tacna, trabajada por él[97][98].


 

4.   INFLUJO INCAICO.


 

Como tendremos ocasión de ver en la parte histórica, esta influencia fue de corta duración y, por tanto, no alcanzó mucha profundidad. Además, la pequeña población de los valles atacameños no permitió la llegada de grupos numerosos de colonizadores quechuas (“mitimaes”) que en otras regiones cambiaron sensiblemente el aspecto cultural de la región.

         En la zona atacameña, el material de origen incásico es bastante escaso. Aparece en Arica y también junto al Salar de Atacama, en Catarpe y en Toconao, principalmente. En cambio, poblarán mucho más densamente el valle de Copiapó hacia el sur, donde había mucha mayor población indígena y mayores perspectivas para la agricultura (zona diaguita chilena). El influjo cultural incaico se realiza en tres órdenes principales:


a) Arquitectónico: introducen el techado a dos aguas y los pueblos de calles bien trazadas y construcciones rectangulares de ángulos precisos. Lo observamos en el centro administrativo incaico en Catarpe y en la ciudad antigua de Peine (hoy en ruinas).


b) Comunicaciones: establecen tambos o postas para los correos del Inca. Por las márgenes del Salar pasa precisamente el camino incaico que, viniendo del Cuzco, llegaba al valle de Copiapó y perfeccionan la red de caminos que comunican con la costa y el otro lado de la cordillera.


c) Técnicas: aportan elementos nuevos en la cerámica local, ya muy decadente; traen nuevas especies para la agricultura (tal vez el zapallo, Cucurbita máxima) y algunos frutos subtropicales como el guayabo y el mango; introducen probablemente el perro (Canis inga) que parece no haber sido conocido en tiempos atacameños, ya que nunca se le ha hallado en tumbas. En cambio, en Arica esta introducción parece ser mucho más antigua, pues se le encuentra con frecuencia en las tumbas anteriores a la llegada del Inca.


d) Lengua y religión: aquí, como en la región Diaguita, el quechua llega a imponerse rápidamente sobre el atacameño o kunsa. Prueba palpable de ello es que los misioneros no ven la necesidad de predicar en esta lengua ni hacen gramáticas o diccionarios. Se predicaba en la lengua del Cuzco[99]. La primera recopilación de vocablos de la lengua atacameña de que se tenga noticia se realizó en 1890[100]. La administración incásica, mediante las autoridades locales (“curacas”) ya habían impuesto el quechua como idioma oficial. Con la religión debe haberse producido un fenómeno semejante. Como no existían centros ceremoniales a la usanza incaica, los Incas construyen muy pronto uno a los pies del volcán Licancabur. Este se convierte, a juzgar por la abundante cerámica incaica allí hallada, en un centro de peregrinación o romería. En la cima del Licancabur existe un adoratorio con casas anexas, probablemente para los sacerdotes. Este culto a la divinidad, simbolizado en la cima del volcán (¿o culto al fuego), puede ser mucho más antiguo. De hecho, también hay adoratorios en la cima del Quimal y en otros montes de la región. El Inca le quita el carácter local y lo transforma en un culto más general.


El inca deja un grato recuerdo entre la población atacameña. Parecen haber sido dominadores benévolos que solo exigían una integración al imperio, sin forzar a los habitantes a abandonar sus costumbres o culto. La toponimia local acusa numerosos ejemplos del paso del Inca: Tambillo (28 km al S de San Pedro de Atacama), restos de un tambo incaico, Incahuasi, Camino del Inca, etc.[101].

 

         Todas estas influencias sufridas en el correr de los siglos, enriquecen el patrimonio autóctono atacameño, pero no lo transforman radicalmente. En frase de Bennett (1944), “these influences modified and enriched the basic pattern without, however, replacing or eliminating it entirely. Where the records are more complete, it could probably be demostrated that the maiority of “pure” atacameño characteristics were particularly well adapted to the difficult environment of North Chile and the Puna of Jujuy[102].


 

 

LOS ATACAMEÑOS: ¿RAZA?, ¿LENGUA?, FORMAS DE VIDA



1.   RAZA:

 

De acuerdo con la clasificación de Von Eickstedt, este grupo que tratamos caería dentro de la denominación “Andide”. Pero con ello poco o nada ganamos en el conocimiento de su origen. Kurth[103] en su estudio sobre las razas humanas, advierte que todos los restos humanos que se supone más antiguos en América: Tepexpan, Lagoa Santa (1840, Brasil oriental), Confins (Minas Gerais, Brasil), Punin (Ecuador), Lansing, Brown’s Velley, Vero, poseen ciertos rasgos en común: dolicocefalia, poco desarrollo de las arcadas supraorbitarias, nariz y cara ancha, todos ellos rasgos que no apuntan a lo típicamente mongoloide. Estos hallazgos estarían más bien indicando una inmigración de elementos europeos antiguos (alteuropaeische Schichte), llegados a América antes de la diferenciación racial operada posteriormente en el Asia Nororiental.


En cambio, los rasgos que presentan los grupos indígenas actuales, prácticamente en todas partes, son marcadamente mongoloides, como lo son sobre todo los pueblos que tanto en Meso como en Sudamérica se elevaron a altas civilizaciones[104]. Según nos lo muestra la arqueología y la etnología de la región atacameña, los grupos que la habitan no hacen excepción a esta regla, sino que, por el contrario, la confirman en forma palmaria. De hecho, los estudios craneométricos efectuados sobre el material osteológico de San Pedro de Atacama[105], demuestran fehacientemente la tendencia a la braquicefalia, más aún, a la hiperbraquicefalia. De acuerdo con la tabla que indicamos en notas al pie[106], Toconce (28 cráneos) ostenta un índice de 76 a 91; Caspana (70 cráneos) de 74 a 94; Toconao (14 cráneos) de 81 a 91; San Pedro de Atacama (150 cráneos) de 75 a 99; Tilomonte (17 cráneos) 79 a 98. En algunos de los lugares: Solor (San Pedro: Ayllu Campo 3), Toconao, Tilomonte, Sequitor (San Pedro), hay un notable predominio de la hiperbraquicefalia sobre las demás formas.


Estos datos nos hablarían de un pueblo que es heredero de las olas de tipo mongoloide que llegan a América después del grupo europeo antiguo. ¿Echa esta consideración por tierra todo lo dicho acerca de la continuidad de la cultura atacameña? El día en que se halle restos óseos asociados claramente a los más primitivos artefactos del Precerámico de la zona se podrá adelantar algo sobre el particular. Por otra parte, me parece bastante prematuro hablar de una “ola de cazadores-recolectores dolicocéfalos” cuando se dispone de tan pocos elementos de juicio. La fecha de 12.000-10.000 a.C. como posible momento del paso de estas hordas mongoloides a América parecerían conciliarse con las apreciaciones de la antigüedad de las industrias líticas americanas más primitivas (Cfr. lo dicho en pp. de este trabajo.


Siguiendo la costumbre de los pueblos andinos y peruanos en general, los atacameños deforman la cabeza con procedimientos ya conocidos en el Perú. Utilizan principalmente dos tipos de deformación: tabular erecta y tabular oblicua, siendo bastante elevado el porcentaje de cráneos deformados en el total de cuerpos[107].


 

2.   LENGUA:

 

Denominada por los cronistas Kunza (o Cunza), que significa “la nuestra”, Lican-antay (de Licán: este pueblo) o Lipe (por los habitantes de esta área del SW de Bolivia: los Lípez), esta lengua se puede considerar prácticamente extinguida hoy. Gustavo Le Paige dice haber conocido al último probable hablante en uno de los ayllus de San Pedro de Atacama. Mostny decía en 1954[108] que quedaban aún algunos hablantes de la lengua en el pueblo de Peine. Esta lengua, estudiada solo a partir de 1890 y de la cual hay referencias anteriores a partir de Philippi (1860) y Tschudi (1866/69)[109], nunca fue hablada por una población muy numerosa. El hábitat mismo no permitía un gran aumento de la población.

Parece estar emparentada con la lengua Kaká y/o Cacán de los Diaguitas argentinos y solamente con ella. Este parentesco se prueba por las similares terminaciones toponímicas y por los apellidos comunes, constatados en ambos pueblos, no solo en la Colonia española, sino aún hoy. Es posible que haya habido mutua inteligibilidad entre ambas lenguas.


A pesar de los esfuerzos hechos, ninguna de estas dos lenguas ha podido ser clasificada dentro de las familias lingüísticas americanas. De hecho, en su clasificación de las lenguas americanas, Mc Quown y Greensberg ni siquiera la citan[110].


El mapa lingüístico de Sudamérica que aparece en el apéndice a este trabajo, nos muestra la expansión de la lengua atacameña (Plano N°2), excluyendo, no sé por qué razón, la Puna argentina que por los restos arqueológicos se muestra claramente atacameña[111].

Aún hoy, 1965, hay algunas personas en los pueblos aislados de Peine Socaire, Cámar que conocen algunas voces sueltas del kunza. Se conserva, incluso, una antiquísima invocación a los dioses o espíritus de las aguas: la ceremonia del Talátur en el pueblo de Socaire, que se practica con ocasión de la limpia de canales. Su texto se sigue repitiendo por el oficiante en kunza, aun cuando casi no se comprende ahora su sentido[112], [113].

Mostny describe, igualmente, algunas otras ceremonias que portan su nombre kunza y en las que aún se entremezclan algunas palabras de esta lengua[114].

 

 

3.   PATRONES DE ASENTAMIENTO:


 

Dejaremos de lado las precarias viviendas de los cazadores-recolectores del Precerámico pues, por haber servido de refugio a innumerables generaciones posteriores ya no guardan el sello de autenticidad cronológica. Los márgenes de los antiguos salares presentan frecuentemente tales ruinas muy difíciles de datar. Así pues, volveremos la vista a los conjuntos habitacionales (primeras aldeas) que parecen los más antiguos y donde –presumiblemente- se realizaron los primeros intentos de cultivo y fabricación de la cerámica.


Según Le Paige (1958 b), a quien sigo en este punto por no poder consultar aquí la bibliografía de Mostny al respecto, los más antiguos grupos de viviendas se encontrarían en Calar y Hatchar. En efecto, aquí aparecen unidos el material lítico Tambillense (Paleolítico Superior, final) y la cerámica presumiblemente más antigua. Se trata aquí de conjuntos situados en pequeñas terrazas altas, cerca del cauce del agua. Hay uno o dos grandes patios (o corrales) a cuyos costados (E u W) se agrupan una junto a otra las viviendas circulares, pero sin completar todo el contorno[115]. Calar, por ejemplo, presenta a su costado E unas 20 viviendas, cada una de 4 a 5 m de dm, apretadas una contra otra. Exactamente la misma disposición se observa en Hatchar, siendo aquí las viviendas algo más pequeñas. Es muy posible que los círculos (pircas) de piedra más pequeños sean en realidad depósitos de grano o “silos” de la vivienda contigua.

         La forma y disposición de la construcción sugiere una intensa vida comunitaria. El corral común, igualmente, sugiere la propiedad colectiva del ganado. Esta disposición se cree que es la más antigua, permanece visible en el plano de los actuales pueblos de Machuca y Calarcoco[116]. La techumbre ha sido, casi seguramente, hecha de ramas o madera de cardón (Cereus atamensis) y paja (de alguna variedad de Stipa sp).


         Más recientes a juicio de Le Paige, son las habitaciones que él denomina el “Megalítico”. Se nota aquí un esfuerzo en los constructores por elevar más las construcciones, mediante el emplazamiento en la base de grandes y anchos bloques de piedra. Vestigios de este tipo de construcciones se observan en Toronar a 5 km al sur de Socaire. Todas las viviendas (siete) están aisladas unas de otras, son también circulares, hechas enteramente con el sistema de “pirca” (superposición ordenada de piedras no especialmente canteadas para formar un muro). El techo lo constituyen grandes lajas o piedras largas y delgadas, dispuestas de modo que forman un arco hacia arriba, sobre dos de las paredes, formando así una falsa bóveda (el centro de gravedad no está en el centro, sino en cada piedra)[117]. El conjunto se halla cubierto de barro y piedrecitas. Una abertura cuadrada a nivel del suelo permite entrar arrastrándose. También se encuentran tales restos en el antiguo pueblo de Socaire. No hay aquí vestigios de corrales y sí de la práctica de la agricultura. Nos hallamos aquí probablemente en un momento de transición entre el Paleolítico Superior Final y el Neolítico. Tales viviendas, por su extraña forma y puerta de acceso, han sido frecuentemente consideradas “silos” o bodegas de granos. Y en efecto en su evolución final han llegado a serlo. Se les encuentra hoy en el pueblo de Peine (pero rectangulares). En el NW argentino, tales silos fueron frecuentemente usados como cámaras sepulcrales[118]. Pero en sitios donde solo existe este tipo de construcciones no se puede creer que todos son silos y ninguno vivienda.

        

 En Tilocalar hallamos un pueblo típico de pastores. La agricultura es imposible aquí. Las casas se hallan aisladas unas de otras, pero también se encuentra un grupo de 30 casas juntas bien edificadas, todas circulares y tapadas con grandes lajas formando una falsa bóveda. El corral de 10 m de dm, único, parece ser comunitario.


Otro paso en la evolución de los patrones de asentamiento atacameño lo hallamos realizado en Topain (Paguaytape). Aquí los corrales ya no son comunes. Surge más intenso el sentido de propiedad de la tierra y del ganado. Los corrales se encuentran separados, lejos de la ciudad, junto a los campos de cultivo. ¿Habrá surgido este “individualismo” como una necesidad vital al aumentar desmesuradamente la población y hacerse más difícil el procurarse pasto para el ganado? Ahora cada familia se ve obligada a sacar a pastar a sus animales y los trae de regreso por la tarde para encerrarlos en el corral familiar. El encierro en sitios separados facilita el llevar a los animales donde se quiere. Es, pues, posible que el aumento de la población humana y del ganado, y la escasez de pastos, por otra, haya forzado a llegar a una solución de tipo familiar con régimen de propiedad privada. 

Parece que entre los pueblos prehispánicos solo donde había una muy fuerte autoridad centralizada estatal rige el sistema comunitario de posesión de la tierra. En estos pueblos aislados y sometidos a intensas presiones del medio, este proceso hacia la individualidad parece incontrarrestable[119].


Como última etapa de la vida de asentamiento atacameño, debemos citar los famosos Pukarás o Pueblos-fortalezas. Para Montandon[120] y Le Paige[121] se trata de construcciones que se inician entre los siglos IV al VI d.C. Su origen lo buscan en la necesidad de protegerse contra migraciones belicosas de los vecinos del norte, seguramente del Altiplano boliviano.


La aparición del Neolítico en el sur del Perú, con la agricultura y la domesticación de la llama, trae posiblemente consigo un notable aumento de la población. Sabemos que, en la época de la llegada de los españoles, estos valles surperuanos estaban muy densamente poblados. Esto debió existir desde antiguo. Ahora bien, la superpoblación en todas las regiones del mundo provoca movimientos migratorios y ansias de conquista. Por otra parte, el aumento de la población trae casi insensiblemente la necesidad de una administración (para la repartición de las tierras, aguas, pastizales, etc.) y con ello, de una autoridad. De aquí a la formación de un imperio no tenemos más que un paso.


 Aquí ve Le Paige, con toda razón, la causa del avance de las culturas surperuanas hacia el sur y el consecuente retroceso de los atacameños que ocupaban hasta entonces extensas zonas. Vendrá luego el florecimiento de Tiahuanaco en el Altiplano boliviano a orillas del Titicaca, con sus grandes construcciones megalíticas. Auge que provoca indudablemente una penetración en las regiones limítrofes de la Puna. Con todo, las construcciones de los Pukarás, según Montandon (1950), no son manifestación de un arte contemporáneo de la cultura de Tiahuanaco, sino pertenecen a un estadio intermedio entre el arcaico megalítico y el megalítico andino, lo que en este caso haría remontar sus orígenes a los primeros siglos de la Era Cristiana. Así, el avance de estos pueblos del norte determina la unión de los grupos agrícolas aislados de atacameños que lleva a la erección de estas ciudades-fortalezas en sitios especialmente aptos para su defensa. Basta echar una ojeada a la geografía de la zona elegida para construirlos para convencerse de su finalidad. Es exactamente el caso de los burgos de la Edad Media. No es, pues, primariamente el no ocupar las ya escasas tierras de cultivo lo que les inclina a buscar esos sitios tan escarpados. Es en primer plano la defensa.


Para Le Paige los pukarás tienen sus raíces en la época megalítica. El hecho de las grandes diferencias entre los pukarás no se debe a su diversa época de construcción, sino más bien a la falta de autoridad o administración central que fijara patrones arquitectónicos. Cada valle construía con los materiales que encontraba a mano y en la forma que le parecía mejor.  

Carece, pues, de toda base la afirmación que durante tanto tiempo circuló de que estas construcciones tenían un origen incaico. Brühl (1875-1887)[122] en su obra Kulturvölker Alt-Amerikas se hace eco de esta tradición al afirmar que el pukará de Lasana pertenece a la época incaica. Así como en México todo lo grande se consideró Azteca, en los países andinos se vinculó obligatoriamente con los incaico. La antigüedad del pukará de Quitor (cerca de San Pedro de Atacama) queda demostrada por el hallazgo de una tableta de rapé de estilo Tiahuanaco clásico, empotrada en el hueco de una viga. Además, las grandes habitaciones provistas de grandes vigas, cuyos hoyos en los muros son aún visibles, hablan de techos livianos de ramas y paja. El inca nunca techó así sus fortalezas.


Una ojeada a la lámina del Mapa 1 (señalados con triángulos negros) nos permitirá observar la pequeña dispersión de los pukarás de la región actual atacameña en el lado chileno: río Loa por el N y Salar de Atacama por el S. Esta es desde aquellos lejanos tiempos la zona de más intenso poblamiento. También, es verdad, la Puna argentina y la región Diaguita nos ofrece pukarás de características muy semejantes[123].

Al W y ya cerca de la costa, tenemos el pukará de Quillagua y Ancachi sobre el curso inferior del río Loa, a 90 km de la costa. Al N tenemos los pukarás de Chiu-chíu, Lasana y Turi, al centro Quitor (San Pedro).


Lasana es el pukará que desde tiempos antiguos llamó la atención de viajeros e investigadores. Descrito por Bollaert (1860)[124], Brühl (1875), Royem, Klaus (1926)[125], Nichols (1929), Latcham (1936, 1938), es estudiado más profundamente por Rydén (1944)[126], Mostny (1950) y Montandón (1950).

 

Lasana, lugar situado a unos 15 km al N de Chiu-Chíu, se asienta en una lengua de roca, entre el actual cauce del río Loa, por un lado, y un cauce seco, por el otro. La zona edificada mide aproximadamente, según datos de Rydén, 300 metros de longitud máxima por 75 cm de ancho, con una cabida para 150 familias. Las habitaciones, pequeñas, casi todas de iguales dimensiones, se apretujan unas contra otras, aprovechando al máximo el escaso espacio. Cada casa está constituída por una sola habitación. Para llegar a ella se deben atravesar de 10 a 15 habitaciones. Las calles son muy estrechas (2 m de ancho máximo). El techo era plano y hecho de paja y ramas. Las ventanas, muy pequeñas, parecen troneras. La ciudad estaba circundada por un muro exterior y otro interior formado por las murallas de las casas. El espacio intermedio serviría para organizar la defensa. Las casas son rectangulares, pero irregulares. Sus muros fueron construidos con bloques de piedras más o menos planas, superpuestas según el sistema pirca, rellenándose los huecos con una mezcla o con mortero que se endurecía. Según Latcham (1936a, p. 22), esta mezcla se hacía con greda y arena; el agua semi-salobre se encargaba de endurecerla. El tamaño de las habitaciones (viviendas) algo variable, era de aproximadamente 5m x 4m o 4m x 4m, o 4m x 3m. En un extremo de la habitación se encuentra infaltablemente el silo o depósito del grano. Estos silos han sido utilizados a veces como cámaras sepulcrales, a juzgar por la cantidad de huesos hallados allí, cosa que ya llamó la atención a Bollaert (1860)[127.


El pukará de Quitor es citado por Philippi[128] en su Viaje al desierto de Atacama y posteriormente fue editado por Mostny (1950).


         Hemos dicho que los pukarás de la zona Diaguita presentan grandes similitudes con los atacameños[129]. Un fuerte indicio que favorece la tesis del parentesco entre ambos grupos. Es sabido que fuera de estas dos zonas, no existen pukarás de estas características.


 Hemos repasado las etapas principales por las que fue pasando el asentamiento de los grupos agrícolas atacameños. Fuera de los tipos enunciados –que son los más importantes-, hay también otros, aunque menos característicos del desarrollo evolutivo. Así, hay pueblos chicos, defendidos (una supervivencia de la idea de los pukarás, pero más modernos), como Zapar, Alto de Labra y Tchapuraqui. Hay pueblos con casa central, protegida por otras colocadas en derredor; hay pueblos formados por casas aisladas que siguen la corriente de un arroyo; pueblos formados por casas aisladas en medio de sus campos de cultivo; hay, finalmente, viviendas en cuevas, lo que puede significar una antigua supervivencia de los tiempos del cazador-recolector (v. gr. al E de Peine). También hay pueblos que perduran hasta hoy construidos enteramente con ramas, como en Sequitor (ayllu San Pedro) y Tilomonte[130].


Nada hemos dicho acerca de construcciones de tipo religioso o ceremonial. Según todas las apariencias, no las hubo, al menos ciertamente no como grandes estructuras para el culto. Tal vez hubo oratorios familiares en cada casa, pues aún hoy día existe esta costumbre en los ayllus de San Pedro: se destina una pequeña habitación en la que existe un altar rodeado con todos los santos de la devoción del dueño. Para las grandes festividades religiosas, cada uno saca en procesión sus propias imágenes. Esta costumbre puede ser el indicio de una asimilación de rasgos culturales paganos al culto católico, del mismo modo que los bailes, dentro o fuera de la Iglesia, fueron admitidos como parte integrante y muy importante del ceremonial católico en la zona norte de Chile y sur del Perú.


El único centro ceremonial de que se tenga noticias ha sido descrito por Le Paige[131]; se haya en la base del volcán Licancabur y fue ciertamente erigido por los Incas. Con todo, no descartamos la posibilidad de que estudios estratigráficos en diversos adoratorios existentes, sobre todo en la cima de los cerros, aporte pruebas a favor de un culto público atacameño.

 

 

4.   ORGANIZACIÓN SOCIAL.



A través del registro arqueológico es muy poco lo que podemos saber acerca de su organización social. De cazadores nómadas pasan a una vida agrícola incipiente, persistiendo en sus hábitos de vida independiente. Ya hemos indicado, al hablar de los patrones de asentamiento, que sus más antiguos pueblos –según se cree- son agrupaciones de no más de 20-30 casas. Aunque con un profundo sentido comunitario inicial, según veíamos, el grupo familiar o conjunto de familias (clan), se mantiene en un relativo aislamiento de los otros grupos, forzado en buena parte por las condiciones geográfico-ambientales de su medio. Los estrechos valles que apenas permitían una agricultura capaz de alimentar a sus habitantes, no dejaban el menor margen para el establecimiento de estructuras administrativas o autoritarias, con poder sobre todos los habitantes. La dispersión de las viviendas estaba, pues, condicionada por la pequeñez de las áreas de cultivo. Los únicos valles algo más amplios, Calama y San Pedro de Atacama, sostuvieron una población más densa y, tal vez, una organización superior al clan familiar.


A su llegada en 1540, el español encontró autoridades incaicas establecidas en San Pedro de Atacama y a la población repartida en ayllus, según un antiguo patrón de las zonas andinas, evidentemente anterior al Inca[132]. Es probable que la estructura del ayllu como comunidad familiar que posee tierra sea una institución muy antigua. No así, seguramente, la forma mucho más desarrollada que adquirió bajo el Imperio Incaico como agrupamientos de población para la mejor explotación de la tierra, pero también para rendir cuenta más fácilmente del tributo. Parece indudable que, en los valles más extensos ya citados, la escasez de tierras, el aumento de la población (a juzgar por los numerosos cementerios hallados) y del ganado, deben haber forzado a la población desde época temprana a discurrir un sistema administrativo y autoritario para dirimir los conflictos derivados de la repartición del agua, herencia de la tierra, etc.

         A su arribo, los incas establecen de inmediato un centro administrativo para el valle de San Pedro que sitúan en Catarpe[133]; un centro ceremonial al pie del Licancabur, al cual afluían aldeanos de todo el contorno llevando consigo sus alimentos y el agua que no existe en la región inmediata. La gran cantidad de fragmentos de cerámica incaica prueba el origen, por una parte, y por otra la intensidad de la vida durante los días festivos. Hasta la cima del volcán subirían, tal vez, únicamente los sacerdotes y dignatarios, mientras el pueblo esperaba en la base. Existen trozos de un camino de ascenso al Licancabur[134].

         El Inca será quien organiza el correo del imperio que, pasando por el Salar (por los tambos o posadas construidos cada 25 km para alojamiento de los chasquisi o mensajeros del Inca), llevaban a Copiapó por el S y a la Puna argentina, por el E. Cerca de Toconao (Sur de San Pedro) y junto a una pequeña aguada, subsisten los restos de un tambo (sitio llamado Tambillo); igualmente hay otro al Sur de Tilomonte.


Es probable que el Inca a su llegada haya superpuesto sus autoridades a las locales o parcialmente reconocido éstas. En todo caso, no hay indicios de resistencia del atacameño al inca. Todo lo contrario. El Inca se presenta como un elemento elevador del nivel cultural que había descendido mucho en la Fase III de la cultura de San Pedro, tal como lo demuestra el arte de las tumbas de este último período.


De la organización familiar no podemos decir prácticamente nada.



 

5.   COMERCIO Y COMUNICACIONES.


 

Hay pruebas muy claras de las intensas relaciones comerciales que sostenían los atacameños con sus vecinos. En las Relaciones geográficas, Tomo II, apéndice III, 1581[135], el factor de Potosí, Pedro Lozano Machuca, refiere que los indios Atacamas, unos 2.000 en número, habían sido concedidos en encomienda a Don Juan Velázquez Altamirano de la ciudad de La Plata (Chuquisaca). Esto puede sonar algo extraño, es decir, esta dependencia del Altiplano de Bolivia. Pero se aclara de inmediato cuando oímos que el mismo Lozano, al visitar como Tesorero Real las tierras de Potosí, Lipez y Atacama, nos dice que los indios de Atacama “van a Potosí para sus negocios”. Si consideramos que la distancia Calama-Potosí en línea recta es de 310 km, podemos formarnos una idea de lo que significaba hacer ese trayecto a pie, ya que las llamas, como sabemos, eran solo animal de carga y jamás cabalgadura[136]. Simultáneamente, de los Urus y Aymaras de las cercanías del Titicaca, dice el mismo autor que tienen “tratos con Potosí, Tarapacá y Atacama”[137].


El mismo Lozano ya citado nos dice que vendían llamas en Potosí a cambio de otros productos. En los productos más apetecidos para ellos figuraban, evidentemente, además de cerámica y objetos de adorno de metal (sobre todo en la última época cuando la metalurgia en el Salar de Atacama había decaído sensiblemente), la coca, elemento indispensable para ellos hasta el día de hoy. La trayectoria de estos viajes por las cordilleras andinas se ven en un mapa de 1787 publicado por Vignati[138].


Como se puede apreciar a través de estas citas, los atacameños eran comerciantes trashumantes que viajaban continuamente en busca de diversos productos y llevando a cambio los suyos propios. Es muy probable que, como los Muiscas y Chibchas del Altiplano bogotano, llevasen sal como objeto de intercambio. Es sabido que en la Cordillera de la Sal (W del Salar de Atacama) existen minas de sal que son beneficiadas hasta el día de hoy.


En lo que respecta al comercio y comunicaciones con la costa, poseemos un testimonio del mismo Factor Lozano Machuca[139]. Hablando de los pobladores de la costa (changos o uros) dice: “es gente muy bruta, ni siembran ni cogen y susténtanse solo de pescado (…) que hay unos 400 uros [en Cobija, llamado entonces Puerto de Atacama] que dan tributo a los atacameños”.


Este testimonio nos está probando que los Uros o Changos de la costa entregaban pescado seco y mariscos secos a los de Atacama, a cambio de sus tejidos, maíz seco, objetos metálicos, máxime de cobre (anzuelos), adornos y posiblemente, también coca. Este intercambio ha sido plenamente demostrado por la arqueología de las regiones costeras. Allí, desde Pisagua hasta Taltal, se han hallado textiles, objetos de cobre, maíz, tabletas y tubos de rapé, y cerámicas de indudable procedencia atacameña. Nosotros mismos en la costa de Antofagasta hemos hallado en concheros anzuelos de cobre, pinzas depilatorias del mismo metal, trozos de textiles y abundante cerámica de la última época (o Fase III), del mismo tipo que se encuentra en el pukará de Quitor[140].


El río Loa fue evidentemente la primera y mejor vía de comunicación con el interior y la costa. Montell (1926) prueba lo dicho al establecer el hallazgo de conchas marinas en tumbas de la región del Loa Superior (Chiu-Chíu). Dice la autora textualmente: “it may easily be supossed that the Río Loa Valley formed one of the highways for the transportation of merchandise and that its population, to a great extent, took part in this commerce”[141].


Pero había muchas otras rutas intensamente traficadas. Santa Cruz (1913) cita la existencia de una “buena aguada” en Cerro Moreno [junto a Antofagasta][142] y un camino traficado desde La Chimba [quebrada a 3 km del N de la ciudad de Antofagasta] hasta el pueblo de Atacama (San Pedro), Calama y Chiu-Chíu y otro camino “por la costa” hasta Cobija por el N y hacia el S en dirección de Paposo, Taltal, Chañaral y costa de Copiapó (Puerto Viejo)[143].

         Especifica Santa Cruz que todo este territorio era parte de la encomienda de Francisco de Aguirre (siendo Mejillones su límite máximo por el N), lugarteniente de don Pedro de Valdivia (Conquistador de Chile) y pacificador del Valle de Atacama.


 

6.  FUENTES ECONÓMICAS: AGRICULTURA Y GANADERÍA.



 a)   Generalidades y sistemas: compartiendo el sistema básico de vida de todos los grupos andinos de alta civilización, los atacameños basan su economía en la agricultura y la ganadería[144] [145].


Como hemos visto al tratar del Mesolítico atacameño, los grupos humanos se asientan en los estrechos valles, aprovechando al máximo sus escasas fuentes de agua y magras tierras. Sin duda, la primitiva arquitectura se desenvolvió conforme a patrones elementales que recordaban en muchos rasgos a la recolección en el fondo de valles y quebradas. Podemos afirmar sin temor a equivocarnos que los andenes de cultivo en las laderas aparecen más tarde, cuando la explosión demográfica derivada de la buena alimentación, los obliga a aprovechar todo el suelo disponible.


Creemos que la agricultura desde sus mismos inicios estuvo acompañada de la crianza de la llama (y tal vez, la alpaca). Desde las primeras aldeas que hemos podido examinar, aparecen los corrales para estos animales. La vicuña solo se mantiene en estado salvaje, pues nunca llegó a ser domesticada. Ignoramos la razón de esta dificultad.

Los patrones que seguían en el trabajo agrícola son extraordinariamente semejantes a los de otros grupos andinos del norte: sistema de terrazas de cultivo en las laderas, sostenidas por muros de contención, construcción de canales y túneles para conducción del agua (recordemos el canal elevado que lleva el agua desde una distancia de 3 km a la base del pukará de Lasana). Socaire nos muestra canales excavados en la roca. El sistema de regadío llamado “de caracol”, que tiene por finalidad ahorrar agua, evitando que ésta se apoce. La aplicación de abonos, v. gr. guano de las covaderas de la costa y aún del salitre. Aplicación de diversas herramientas agrícolas: palas de piedra con mangos de madera, cuchillones para destrozar los terrones, palos cavadores (digging stick, coa)[146]. Carecían del arado, igual que en toda América precolombina, como tampoco hubiesen tenido bestia con que tirarlo. En la desembocadura del Loa se han hallado arados muy primitivos de madera, fruto de la colonización española, que supone el empleo del caballo o el buey.


Las herramientas agrícolas, aparentemente de tan poca consistencia, se prestaban, sin embargo, perfectamente para el trabajo de las tierras arenosas y suaves de sus valles.

Aumenta el caudal de sus vertientes, hacen presas para guardar el agua para la época de la seca. Conocen la técnica del hacer almácigos que luego trasplantan al lugar definitivo.


En lo que se refiere a la alimentación, conocen la técnica de la preparación del chuño (papa deshidratada) y del charqui (carne desecada). Cultivan árboles frutales tales como guayabos, pacayes, chirimoyos y tunas, aunque es probable, como decíamos, que algunas de estas especies hayan sido introducidas por los incas. Replantan en sus valles algarrobos, tamarugos, chañares, molles y sauces amargos. Pedro Pizarro, hablando de los quechuas, dice que “crían ganado montés”, aludiendo a la costumbre de mantener pastizales de reserva para la crianza de guanacos, vicuñas y huemules silvestres. Es muy posible que los atacameños hayan tenido costumbre semejante.

Entre los animales domésticos conocen la llama y la alpaca, el cuy (Guinea pig), ambos criados en abundancia hasta hoy en la región. Conocen el perro, pero aparentemente solo en la última época, tal vez de introducción incaica y, por lo tanto, muy tardía. Keller agrega –dato que no he encontrado corroborado por otros autores-, que mantenían aves domésticas de corral[147].


A la explotación de las minas y trabajos en metalurgia dedicaré párrafo aparte.


La existencia de la llama y la alpaca desde tiempos muy antiguos ha sido probada por el hallazgo ininterrumpido en las tumbas femeninas de los primeros siglos de la Era cristiana, de todo el instrumental de hilado y tejido. Con frecuencia en las costas aparecen estos instrumentos, acompañados de ovillos de lana ya hilada o por hilar de diversos colores.


b)  Plantas cultivadas: en este punto sigo a grandes rasgos a Keller (1952), quien se basa en los trabajos de Sauer (1950); hago la salvedad que a mi entender Keller exagera indebidamente –y con insuficientes fundamentos- la riqueza y autosuficiencia de la agricultura atacameña. De modo particular no puedo aceptar sin pruebas las aseveraciones que él hace respecto al hecho de que muchas especies habrían sido domesticadas por los atacameños. Hecha esta salvedad, procedo a enumerar las especies botánicas que él señala.


Además del maíz (Zea mais) del que conocen seis o siete variedades[148], cultivan hasta el día de hoy la quínoa (Chenopodium quinoa) en las regiones altas, donde se da en perfectas condiciones, y su especie afín, la cañahua (Chenopodium pallidicaule). Ambas especies prosperan perfectamente a alturas entre 3.500 y 4.200 m y suministran un grano muy apto para sopas, harinas y tortillas. Cultivan también el bledo (Lupinus mutabilis), llamado a veces chocho o altramuz.

Entre las especies de calabazas, conocen el zapallo (Cucurbita maxima) y otras especies de Lagenaria. Aunque raras veces se han encontrado en tumbas, conocían la papa (Solanum tuberosum) de la que obtenían el chuño. Igualmente, la oca (Oxalis crenata), el Ulluco (Ullucus tuberosa), la Maca (Lepidium meyenii).

Fuera de las especies citadas, cultivan la sicana (Sicana odorífera), que consumían cruda o cocida; la caigua (Cyclanthera pedata) que aún es consumida en el Norte Grande chileno.

También la yuca o mandioca (Manihot utilissima) es conocida, como el camote (Ipomoea batatas), según Mostny, traído por los incas[149], aunque según el mismo Keller, el único antepasado silvestre que se conoce: Ipomoea paposana, que se da en la costa de Chile (25° L. S) se halla en territorio de los atacameños. El nombre camote es náhuatl; los quechuas lo denominaron “apichu” o “cumara”, siendo este último nombre idéntico al usado en Polinesia para denominarlo. ¿Cómo se ha de explicar este hecho?.

Cultivan, además, la achira (Canna edulis); el yacón (Polymnia edulis), tubérculo este último semejante a la dalia, refrescante y de color blanco por dentro, que se comía crudo; la ajipa o xiquima (Pachyrhizus sp.) de raíces comestibles; ají o chile (Capsicum rutescens).


Entre los árboles frutales cultivan el Guayabo (Psidium guayaba).

Por la altura de su territorio no pueden cultivar, pero reciben en intercambio la coca (Erythroxylum coca) que les llega por intermedio de los aymarás de las Yungas bolivianas; el algodón (Gossipium barbadense) que viene de las tierras bajas del sur del Perú y extremo norte de Chile.

Keller agrega que parece que lograron domesticar algunas plantas típicas de su hábitat, como el pepino del Norte (Solanum muricatum) y algunas variedades de pequeños tomates (Physalis peruviana y Cyphomandra betana).


Igualmente, de las regiones bajas reciben el tabaco (Nicotiana tabacum) originario del Ecuador y Perú. El hábito de fumar, probablemente en ocasiones cúlticas, era muy extendido a juzgar por las numerosas pipas de greda encontradas en la zona atacameña[150].

Muchas de estas especies han sido adoptadas desde tiempos inmemoriales de los grupos andinos vecinos. Algunas han llegado tardíamente con el Inca. Es difícil precisar cuáles fueron mientras no se haga estudios muy detallados del contenido de las vasijas funerarias, aspecto que desgraciadamente es pasado por alto casi siempre –por falta de método- por nuestros arqueólogos.


¿Qué plantas domesticaron los atacameños? A juicio de Keller, muchas de las citadas. Con los datos disponibles no se puede zanjar esta cuestión. Serán necesarios pacientes estudios de estratigrafía y cuidadosos análisis botánicos, para lo cual es indispensable que todo el material que se halle sea cuidadosamente registrado y analizado. El extraer indiscriminadamente los cuerpos y ofrendas de las tumbas, despreciando el resto, ha llegado a ser una práctica funesta de nuestra arqueología chilena que, por desgracia, lo único que consigue es hacer más difíciles y menos fructuosos los trabajos futuros.


c)    Ganadería: a este respecto, conviene que agreguemos algunos datos. La presencia de corrales en las agrupaciones de viviendas, aún en las más antiguas, nos está indicando que los auquénidos (llama, alpaca) fueron aprovechadas desde muy temprano como animal de carne, leche y carga. Las actividades comerciales que desarrollaban eran posibles gracias a la llama con la que transportaban hasta la costa (Cobija, Paposo, etc.) o hacia el Altiplano boliviano o la Puna argentina, sus mercaderías.

Como veremos a propósito del arte rupestre atacameño (Felsbilder, Petroglifos), parece probable que los numerosos petroglifos hallados en esta zona, desde la cordillera hasta la costa, tengan relación estrecha con las rutas de las caravanas de llamas, sus sitios de descanso y ramoneo, sea como señalización de tales rutas, sea también como actos rituales en relación con tales viajes, sea, finalmente, como actos conmemorativos.

La mayor parte de estas representaciones en la roca son de llamas domesticadas, notándose pocas de otro tipo.


Pocos kilómetros antes de llegar a Quillagua (sobre el río Loa), viniendo por el sur junto al antiguo camino, se observan aún algunos petroglifos en unas rocas vecinas que forman parte de un pequeño cerrito del que en un tiempo se desprendieron. Se observan varias llamas pequeñas. Debajo de tales rocas, existe una planicie por donde hoy pasa la nueva carretera Panamericana que en parte la ha cortado, cubierta por pequeños pedruscos y arena. Bajo tal capa superficial se halla gran cantidad de guano de llama. No hay hoy señales de pircas en la zona que señalen antiguos corrales, pero tal vez eran sitios de pastoreo en épocas pasadas, cuando había más humedad en la zona. Hoy el paraje es absolutamente desértico[151].


Durante casi todo el trayecto de Chíu-Chíu a Lasana (Pukará), se observan a la derecha del camino y del río Loa, en rocas enormes desprendidas de los acantilados, muchas representaciones de auquénidos[152]. Esta era una ruta muy traficada entre Chiu-Chíu y Lasana, los lugares de mayor poblamiento en la zona, y los pueblos de Ayquina, Turi, Toconce, Caspana, hasta el Altiplano boliviano.

Semejantes observaciones cabe  hacer a propósito de muchas otras representaciones que se hallan en otras quebradas del Norte: Guatacondo, Maní, Aroma, río Loa (Taira, desembocadura, etc.).


En todos los pueblos del hábitat actual atacameño, con la sola excepción de Calama, tal vez, se siguen criando rebaños de llamas, aunque cada vez en menor número. Va siendo desplazada sobre todo por la oveja y la cabra. La llama soporta la altura mejor que la oveja o cabra, y sobre todo solo come el follaje de los arbustos, pero jamás, como la cabra, los troncos y las raíces, siendo por estas razones un animal que mantiene mejor la vegetación.


 

7.   ARTE   E   INDUSTRIAS.


a)   Arquitectura y tipos de sepultura


Al tratar los “Patrones de asentamiento”, hemos ya hablado de los diferentes tipos de arquitectura de las aldeas y pukarás de la zona atacameña. Solo queremos agregar aquí que la zona no muestra en ningún sitio ni la monumentalidad (v. gr. de Sacsahuamán o Písac, Perú), ni la ornamentación observable en Tiahuanaco o en Chanchán. La arquitectura es aquí muy simple, funcional, de forma casi siempre bastante irregulares. Si bien se emplea (v. gr. en Lasana) ciertas formas de mortero para pegar las piedras, no conocen el estuco ni tampoco cantean las piedras de los muros, salvo en los umbrales, para presentar un ángulo más o menos recto.


Describiremos varios tipos de sepultura de la zona, sin pretender indicarlos todos.


-Tipo 1: es la forma más simple. Un sencillo pozo de poca profundidad, redondo u oval, sin revestimiento alguno (frecuente en algunos cementerios de San Pedro de Atacama).


-Tipo 2: sepulcros igualmente redondos, con las paredes laterales formadas de piedras paradas, unas sobre otras, con o sin revoque que las una y con un techo formado por lajas que se van superponiendo (Ambrosetti, 1904)[153].


-Tipo 3: sepulturas en “hornos” (generalmente individuales). Se trata aquí de construcciones sobre la superficie del terreno, rectangulares, con piedras unidas con barro por dentro y por fuera; las piedras se van juntando hacia arriba para formar una especie de horno. Algunas presentan ventanas semejantes a los “silos”, propias de la Puna argentina.


-Tipo 4: sepulturas (generalmente colectivas) en grandes grutas tapiadas o abrigos rocosos. Las hay en la Puna argentina (Torohuasi)[154] y también se encuentran junto al pukará de Lasana (al N), bajo grandes bloques de piedra.


-Tipo 5: especies de silos en rincones de las habitaciones de los pukarás. Se observa cierta similitud con el tipo 3.


 

Hay otros tipos de menor importancia. Los cuerpos, sin excepción, se hallan en posición flexada. Generalmente el fardo funerario se ata con cuerdas de textiles (San Pedro) o vegetales (Arica)[155].


Como vemos, se observa gran variedad de tipos y es imposible decir cuál es el más típico de los atacameños. Estamos convencidos que, tanto aquí como en todas las culturas, el tipo de enterramiento estaba muy condicionado por el tipo de terreno que encontraban, siendo mucho más importante, a mi juicio, el contenido de las ofrendas que el tipo de sepultura para reconocer un grupo cultural.


b)  Trabajo en madera: el complejo del rapé: al hablar de la influencia de Tiahuanaco, citamos los instrumentos del complejo del rapé como algo muy típico de tal influjo. En la zona del norte chileno, Núñez estudia las diferentes formas de las tabletas y las reduce a tipos especiales. Sus trabajos sobre la escultura en madera en esta área es lo mejor que se conoce sobre el tema.

La extraordinaria conservación y la calidad artística de una gran variedad de objetos en madera, la mayoría de los cuales se relaciona con la aspiración del rapé, ha hecho que Disselhoff-Linné[156] denominen a esta cultura como “La cultura de la madera”.


Durante mucho tiempo los autores han discutido la utilidad de estas tabletas y tubos. Salas[157] es el que mejor estudia y analiza la bibliografía al respecto.

Los tubos, llamados al comienzo “escarificadores”, fueron considerados instrumentos quirúrgicos[158] o instrumentos para succionar sangre[159].

Las tabletas recibieron en la terminología arqueológica diferentes denominaciones, según el uso que se les atribuía: se les llamó “tabletas para ofrendas” que debían recibir la sangre en los sacrificios humanos (Ambrosetti); instrumentos para preparar la coca (Von Rosen); o para moler los colorantes empleados en la pintura corporal (Montell)[160].

Boman (1906) es quien acierta en indicar que se usaban para moler sustancias narcotizantes que se respiraban por la nariz, al igual que el paricá, entre otros grupos del Brasil[161].


Uhle adopta este parecer cuando escribe: “estos atacameños parecen haber tenido un vicio arraigado y profundo del uso de narcóticos. Numerosos son los objetos en la colección [se refiere a los procedentes de su excavación al sur de Calama, hecha por orden del Gobierno chileno en julio-agosto de 1913] que parecen haber sido destinados para ejecutarlo, tubos para soplar los narcóticos como rapé, a las narices, tabletas de madera en que los preparaban y numerosos aparatos para conservarlos y secarlos. Muchos de ellos tienen figuras de monstruos imaginarios, que nos dan una idea de sus nociones religiosas”[162].


Posnansky, que había interpretado primeramente las tabletas de piedra halladas por él como usadas para hacer ofrendas de sustancias balsámicas[163], al escribir en 1938 dice: “es hasta ahora enigmático el empleo que se daba a aquellas tablillas. En el terreno de las hipótesis, tanto podrían haber servido para afirmar el polvo del incienso (poco probable por el tamaño de las tablillas), cuanto para espatular el ocre empleado para teñir los rostros (…) empero, la espátula hallada en Tiahuanacu al lado de la ya citada tablilla [se refiere a una de piedra], demuestra, al parecer, otro uso muy distinto. Tiene forma de un pequeño cucharón que pudo haber servido para alzar una reducida cantidad de algún polvo cuyas partículas se absorbían por la nariz o por la boca. Estoy plenamente convencido de que los Arawakes, además de las distintas chicas, la coca y el tabaco, tuvieron otros estimulantes más, como por ejemplo ciertos polvos que absorbían por la nariz. En Tiahuanacu, diversas excavaciones dieron por resultado el encuentro de artefactos de hueso similares a los llamados snuffing-pipes. En una de las tumbas prehispánicas de tipo Tiahuanacu, situadas en las cercanías de Cochabamba, se encontró últimamente un “snuffing-pipe” cuya conformación demuestra, evidentemente, que sus dos puntas eran introducidas en las fosas nasales para absorber algo (fig. 129)… de esta manera, es probable que aquellas tablillas, diremos aún ceremoniales, hayan tenido el objeto de suministrar algunas sustancias para la práctica de ciertas ceremonias de culto, pues, de otro modo, no demostrarían tanto esmero en su fabricación ni se hallarían tan cuidadosamente adornadas con figuras simbólicas[164].


Los numerosos hallazgos posteriores de tabletas, tubos, etc., han dado plenamente la razón a estas suposiciones. Se supone que el polvo empleado en la aspiración era de Piptodenia macrocarpa[165]. Como en el interior de los tubos se halló con frecuencia ataditos de espinas de cactus, se pensó en su uso quirúrgico. De hecho, estas espinas solo servían para limpiar el tubo de los fragmentos de polvo que se hubiesen atascado. La espina, aunque pequeña, al ser introducida por ambos extremos, cumple perfectamente esta función.


Estas tabletas son en general pequeñas. Miden unos 14 cm de longitud por unos 10 de ancho (aunque se ha encontrado una gigante de 25 cm de longitud. Uno de los extremos (el mango) está provisto de hermosas figurillas, esculpidas con primor, en número variable, que representan figuras de felinos a cóndores, sacerdotes enmascarados y otros seres mitológicos. La parte que constituye el recipiente presenta un ahondamiento muy poco profundo (alrededor de 1 cm o menos), perfectamente rectangular, donde se recibía el polvo narcotizante.


Es en estas tabletas y tubos donde el arte de los atacameños se eleva a su máxima expresión artística. Hay en los mangos de las tabletas, en el contorno de los tubos aspiradores, como en los mangos de las cucharillas y pilones, unas representaciones notablemente realistas, otras cuidadosamente estilizadas.

El labrado se hace siempre con madera de algarrobo[166].

Fuera de las tabletas y tubos, tenemos hermosas cucharillas, pilones para moler polvo y colorantes, vasitos de madera (keros), sea de esculturas en relieve de animales o seres humanos[167].

Muchas veces estas esculturas se enriquecen con incrustaciones de piedras semi-preciosas tales como malaquita o turquesa, para destacar, vgr. los ojos o simplemente como elementos decorativos.


Otro importante trabajo en madera, imitación del realizado en la zona diaguita en bronce y cobre, son los cencerros, a veces provistos de varios badajos de tamaños variados, siendo el mayor de ellos de unos 40 cm de longitud. Son tallados de una sola pieza de madera. Presentan algunas decoraciones incisas. Se supone sirvieron –como hoy- para que la llama madrina sirviera de guía a la recua o rebaño. Los más grandes pudieron servir para llamar a ciertas ceremonias cúlticas o, tal vez, como instrumento propio del shamán. Algo así como el tambor kultrún entre las machis.


c)    Trabajo en piedra y hueso:


 No alcanza, ni con mucho, el desarrollo del trabajo en madera. Sin embargo, han aparecido algunas tabletas talladas en piedra, idolillos de turquesa (pequeñitos) e innumerables collares de cuentas de turquesa o simplemente de una toba volcánica blanquizca muy blanda. Estos collares no alcanzan un gran pulimento. Llama la atención a este respecto las decoraciones ejecutadas en los tejidos, especialmente gorros o cintas frontales, hechas de diminutas cuentecitas de estas piedras, muy semejantes a los trabajos ejecutados con “chaquira” por los actuales huicholes de México. Estas cuentecitas son a veces de cobre. El efecto que logran sobre el tejido, de por sí ya multicolor, es notable.


El trabajo en hueso más notable es efectuado en las espátulas que presentan extraordinaria semejante con la talla en madera y que indudablemente fueron utilizadas en relación con la absorción del rapé. También han sido hallados algunos pocos huesos grabados a fuego (pirograbados), representando en su contorno figuras sacerdotales enmascaradas, generalmente de felinos provistos de hermosos tocados y atavíos, cetros y otros adornos. El sacerdote se representa hincado con una pierna solamente y siempre de perfil. Estos huesos provienen de los huesos largos de auquénidos, tienen una longitud de unos 15 cm y fueron, por el modo de estar cortados, probablemente cajitas para contener alguna sustancia relacionada con el culto.

Fabrican también otros instrumentos de hueso, destinados al trabajo textil, tales como “apretadores de trama” y otros. Estos instrumentos están simplemente pulidos, pero no presentan ornamentación especial. Las agujas no suelen ser de hueso, sino de espina de cactus.


d)  Cestería y pirograbado de calabazas:


 En toda la zona atacameña, la cestería es ejecutada en la técnica de aduja o espiral (coiled basketry), técnica, por lo demás, a utilizada por gran cantidad de grupos indígenas de Norte y Sudamérica, especialmente en el lado del Pacífico. En Chile fue usada por los araucanos y los habitantes de Tierra del Fuego. La planta empleada en Arica para su fabricación[168] es siempre tanto para la aduja como para la fibra, Cortaderia selloana. La técnica, según lo explica Mostny, es como sigue: “un delgado y largo manojo de cintillas [la aduja] se enrolla y se cose con la fibra de enlace, de manera que este pase por encima de la aduja que está en proceso de ser cosida y perfora un punto de la fibra de enlace y una parte de la aduja de la corrida anterior. Este proceso empieza en el centro del fondo y sigue hasta que el manojo esté cubierto de puntos hechos con la fibra de enlace y ha tomado la forma deseada del canasto”[169].

Mediante el uso alternado de fibras de enlace oscuras y claras, se obtiene grecas y figuras escalonadas de hermoso efecto.


Esta cestería, que tantas formas y tamaños alcanza entre los atacameños, alcanza una enorme difusión. Ya en la Fase I de San Pedro de Atacama aparece plenamente desarrollada. Bird halla, en las fases Arica I y Arica II, esta cestería acompañada desde un comienzo con cerámica, textiles y agricultura. Sin embargo, halla también indicios de un período agrícola con cestería y textiles, pero sin cerámica, habiendo entonces la cestería suplido a la cerámica como vasijas y recipientes. Halla Bird en esto un paralelo con la cultura de los Basket Makers en el SW de los Estados Unidos[170].


Las calabazas de diferentes tamaños y formas son usadas profusamente como recipientes para líquidos o semillas, desde muy temprano. A veces lisas, a veces con hermosas decoraciones en el sistema del pirograbado. Ambrosetti las cita para Jujuy y Calingasta, y las llama mates[171]. En otro trabajo[172] reúne todo el material de ellas conocido hasta esa fecha.


Para el estudio de su ornamentación, puede consultarse a Latcham (1938), Rydén (1944), Montell (1926), Le Paige (1964), Lám. 154-158.

 

e)   La metalurgia: consta por los hallazgos arqueológicos que el atacameño conoció la metalurgia del oro, plata, cobre y bronce. Pero la mayor parte de los objetos metálicos hallados son de cobre o bronce.


Ya Klaus Royem refiere que en las tumbas de Chíu-Chíu encontró “fragments of blue and lustrous copper ores that apparently had been worn as ornaments[173]. El mismo autor refiere que al hacer obras de voladura para los cimientos de la Planta Cuprífera de Chuquicamata (cerca de Calama), fueron hallados muchos esqueletos de mineros prehispánicos, con sus hachas de piedra aún en sus manos. Igualmente, en varios lugares se han hallado las galerías excavadas por ellos en busca de metal.


En San Pedro de Atacama han sido hallados numerosos objetos en cobre y bronce. Incluso en cobre templado, invento que no ha podido ser imitado hasta el presente y que los atacameños probablemente aprendieron de los incas.

En menor abundancia se han hallado objetos de oro y plata. Cintas de plata recubriendo la faz de los difuntos han sido halladas en Larrache (San Pedro de Atacama): kero-retratos y otros adornos que revelan el influjo o más bien el comercio con Tiahuanaco, pues es probable que estas piezas de Larrache sean de factura tiahuanacoide[174].

En cobre y bronce han sido fabricadas gran número de piezas tanto para usos agrícolas como para adornos: brazaletes, pendientes, aros, cintas, etc.


La llegada del Inca dará un nuevo auge a la industria metalúrgica del cobre, bronce y plata. En San Pedro de Atacama, en 1957 fue hallada, al hacer los cimientos para la casa de fuerza, una fundición de los tiempos incaicos de la que rescataron cantidad de piezas en cobre[175].

 

 f)     Evolución de la cerámica atacameña: pipas de greda


No tenemos datos precisos sobre la cerámica más antigua atacameña en la zona del Salar de Atacama. Faltan estudios estratigráficos al respecto. Le Paige es de la opinión de que la cerámica más antigua es la encontrada en los pueblos que él llama del Mesolítico: cerámica tosca, platos de fondo curvo y sin decoración.

Más tarde –no sabemos exactamente en qué momento-, aparece en tumbas la cerámica globular del tipo rojo-pulido. Posteriormente, el tipo negro-pulido, mucho más fino y rico en formas[176]. Finalmente, viene la derivación hacia formas nuevamente más pobres: es la cerámica rojo-violácea (llamada por Le Paige “tipo concho de vino”).


Esta secuencia marca una evolución lenta. Hay momentos (cementerios) en que coexisten por un tiempo dos estilos cerámicos, hasta que llega a desaparecer totalmente uno de ellos[177].

Ya habíamos indicado que las formas cerámicas y tipos hallados en Arica por Bird no tienen nada que ver con las del Salar de Atacama. En Pisagua, Bird distingue dos estratos cerámicos, correspondientes a dos estilos diferentes: Punta Pichalo I y Punta Pichalo II. Corresponderían a los estratos cerámicos costeros más antiguos. Cronológicamente más recientes serían los estilos Arica I y Arica II, excavados de Arica.

Aunque en pequeña cantidad, han sido halladas en la zona atacameña pipas de greda, al igual que en la zona diaguita. Posiblemente tuvieron una significación ritual. Miden alrededor de 25-40 cm de longitud y se las encuentra casi siempre en relación con el complejo del rapé (tabletas, tubos).


 g)   Industria textil-vestimenta


Para el estudio de este tema me remito a los trabajos de Montell (1926, 1929), Oyarzún (1931a), Latcham (1938, 1939, 1940), Mostny (1952), Millán de Pallavecino (1954) y Lindberg (1960, 1962, 1963).


A grandes rasgos, podemos decir que se empleó la lana de llama y alpaca, y también a veces la de guanaco[178]. No se puede asegurar con certeza si se empleó lana de otros animales, v. gr., vicuña, chinchilla, vizcacha o perro. Pero sí se usó a veces pelo humano. La lana se teñía con colorantes casi exclusivamente vegetales, cuando no se usaba en su color natural. Mostny (1952, p. 25), explica las técnicas seguidas.


     Posnansky[179], hablando de los tejidos de Calama y Chíu-Chíu, afirma que fueron manufacturados en el lugar y no importados. Lo mismo se ha de decir de todo el territorio atacameño donde se criaban llamas y alpacas, con la sola excepción de la costa  de Arica, al sur de los valles del departamento de Arica.

     En cuanto a las formas más corrientes de vestimenta, podemos señalar la camisa sin mangas, provista de pequeñas aberturas laterales para los brazos, estando los costados cosidos y otra abertura al centro, para la cabeza. Esta pieza llegaba hasta las rodillas y algo más arriba[180].

  Se han hallado también mantas grandes, rectangulares, que debieron usarse probablemente a modo de chamall (vestimenta masculina de los araucanos), cubriendo el pecho hacia abajo, o del kepam (pieza femenina que se usaba pendiendo de un hombro, mientras el resto se pasaba por debajo del brazo y se fijaba a un lado mediante un alfiler especial, llamado por los quechuas topu). Se han hallado tales topus de plata y cobre, algunos sosteniendo la manta al modo indicado[181].

     Es frecuente en alguna de las épocas de la cultura atacameña de San Pedro, el hallazgo de hermosos gorros tejidos de lana sobre estructura de madera delgada. A estos gorros, se agregaba a veces un tocado de plumas, sea de cóndor (Vultur gryphus) o jote (Cathartes aura jota) o alguna variedad de loro. Estas últimas plumas multicolores halladas tanto en Arica como en Chiu-Chíu y San Pedro de Atacama, testimonian el intercambio comercial con lejanas zonas, como el Beni boliviano, de donde seguramente proceden.

     Muy abundantes son las bolsas, hermosamente decoradas, en las que es fácil ver influencia de Ica o Nazca (sobre todo en Arica), destinadas a guardar la coca, maíz, algarrobo u otras provisiones[182].

 

Parte indispensable de la vestimenta atacameña son las sandalias (llamada ujutu, ojota por los quechuas), sencillas piezas de cuero simple o doble, que, por medio de correas, igualmente de cuero, se ajustan y anudan al pie, pasando por su talón. Estas piezas han sido descritas por Montell (1926), p. 17; Rydén (1944), p. 180 ss.; Mostny (1952), p. 23; Latcham (1938) y varios más.


Como complemento del adorno debemos nombrar aquí los bezotes o tembetás, pieza de pedernal pulido o turquesa en forma de T, que mediante una horadación se insertaba al medio del labio inferior (bajo él), o a ambos lados de la comisura de los labios. Los había de 10 hasta 33 mm de longitud. No se conocen narigueras u orejeras[183]. Tales tembetás han sido hallados con gran profusión en San Pedro, en todos sus ayllus.


Habría que agregar, como objetos de adorno, los collares de cuentas de turquesa o piedra blanca volcánica, los cintillos decorativos de los gorros, los alfileres o topus artísticamente labrados en metal.

 

h)  El arte rupestre


Hemos indicado, al hablar del complejo del rapé, que en estos instrumentos hechos en madera de algarrobo o hueso halla el arte atacameño su máxima expresión.


Hay, sin embargo, otra manifestación artística que merece un breve análisis: el arte rupestre o representaciones pictográficas en cuevas o muros rocosos. Numerosos autores se han ocupado de estas manifestaciones artísticas[184]. En Chile estas pictografías han sido denominadas largo tiempo “Pintados” y en la bibliografía arqueológica se les conoce como “petroglifos”.


Según Le Paige, que ha analizado en detalle muchos de los petroglifos de la zona atacameña chilena[185], los “más antiguos (…) son posiblemente rituales”. De hecho, según el observa, en las zonas de antiguo poblamiento halla grabados primitivos en estrecha conexión con sitios culturales: dólmenes y piedras tacitas que, a juicio de casi todos los autores, poseían uso ritual. Tal sería el caso de los petroglifos de Tulán, Tononkos (Toconao), Alto de Tocolén, Tchapuraqui. Otros petroglifos hallados sin conexión visible con sitios de culto, representarían más bien, para Le Paige, escenas de caza o escenas simbólicas. Sin embargo, es muy posible que, al igual que los habitantes de las cuevas del Paleolítico Superior de Europa, el hombre americano cazador y recolector, pero seguramente más lo primero que lo segundo, haya visto en la representación pictórica de la caza un poder misterioso sobre el animal. La representación de motivos agrícolas tan abundantes (llamas conducidas por el hombre, llamas pastando), pudo hacerse para obtener de los dioses abundancia de cría y con ella, de carne, leche, lana y cuero.


Las representaciones pertenecen, sin duda, a muy diferentes épocas. Las hay del cazador primitivo que no conoce el arco y que utiliza la jabalina (lanza) y posiblemente el propulsor o lanza-dardos. Las hay de la época del arco y flecha; las hay que presentan al hombre cabalgando, el caballo o el burro, indicio de la admiración que debió producir al nativo la llegada del español montado. La mayoría de las pictografías se hacen con incisiones en la roca, sin ayuda de pintura. Pero también las hay con pinturas de colores rojo, violáceo, azul, amarillo y anaranjado. En un petroglifo ubicado en la confluencia de los ríos Caspana y Salado, y en una cueva junto a este último río, a 4 km al W de Ayquina, se puede observar a un grupo de once cazadores que rodean a 16 auquénidos salvajes, que han sido atraídos a la trampa por hombres que no aparecen. Los cazadores son representados corriendo, en actitud de lanzar sus jabalinas. La escena es de gran movimiento[186].

 

Abundan escenas de auquénidos solos, también de hombres y llamas, llamas cargadas; a veces aparecen otros animales, pero en escaso número: v. gr. el puma, el jaguar, aves o el perro. Muchas veces se trata de signos geométricos: un sol con sus rayos, signos escalerados, zigzags, signos que asemejan barcos, peces. Hay petroglifos que parecen mostrar verdaderos planos de pueblos o signos que parecen glifos de una escritura. El tamaño es muy variable: los hay pequeños de 10 cm y menos; otros son enormes, de 2 a 3 m. La técnica es igualmente variable. La mayoría han sido hechos por incisión con otra piedra cortante (sistema de cincel) en los bordes de la roca; otros en las laderas montañosas, separando el pedruzco y dejando visible el polvo o tierra blanquizca. No hay aquí incisión propiamente tal, sino simple limpieza del terreno para lograr el efecto. En esta última técnica logran figuras enormes: hasta 10-15 m de altura, siendo visibles desde muy lejos[187].


Desde antiguo, estas representaciones atrajeron la atención de viajeros y naturalistas. Ya las cita Bollaert (1860) para las provincias del norte. Philippi, en su viaje al desierto de Atacama, emprendido por orden del Gobierno chileno por los años 1854-1855, describe los petroglifos de San Bartolo, cerca del pueblo de San Pedro de Atacama. Atribuye su origen al deseo de perpetuar algún gran acontecimiento de caza, tal como indica el Inca Garcilaso refiriéndose a los grandes rodeos de auquénidos salvajes efectuados en la cordillera[188].


Brühl, citando a Bollaert y Gillis[189], describe numerosos petroglifos de Tacna, Arica, Tarapacá y Antofagasta, y sugiere que indicaban la presencia de lugares de culto o servían para recordar hazañas diversas.

El que con más detalle ha estudiado los petroglifos de Taira (Loa Superior, a 10 km al N de Conchi), es sin duda Stig Rydén[190], que dedica a estas representaciones un agudo análisis y excelentes fotografías. Iribarren Charlín (Cfr. bibliografía citada por Niemayer, 1964), ha estudiado durante los años 1947-1962 numerosos grupos de petroglifos de la provincia de Coquimbo. Mostny (1948), Niemayer y Le Paige estudian los petroglifos de la zona atacameña. Este último trata de hacer una clasificación de ellos e intenta una suerte de cronología[191].


Mostny (1964), en un interesante trabajo sobre los petroglifos de Angostura (río Loa Superior), analiza detenidamente las pictografías encontradas en varios bloques rocosos y señala varias evidencias acerca del carácter ritual de tales representaciones. Así, por ejemplo, aparece el culto al felino en conexión con la idea del sacrificio humano. Se trataría aquí de un lugar de culto propio de una población de cazadores[192].


 

8.   CULTO  Y  RELIGIÓN.


 

Al tocar el tema del arte rupestre, hemos indicado la probable vinculación de aquellas pictografías con lo cúltico y religioso, sin descartar el que pudieran haber servido a la vez para fines agrícolas o ganaderos. En estos pueblos primitivos, la vida diaria y la lucha por la existencia constituía una unidad con el mundo de los dioses o espíritus que sabían ver en todas las manifestaciones de su existencia. Aquí está la razón del porqué las actividades agrícolas en todos los pueblos primitivos sean ocasión para demostrar –por medio de fiestas especiales- la gratitud al dios o de impetrar su ayuda para la actividad que se inicia. Creo que la verdadera interpretación de este arte habrá que buscarlo en una serie de elementos naturales y sobrenaturales, que se entremezclan sin posibilidad de separación real.


a)   Centros ceremoniales: ya hemos indicado que, según todas las apariencias, no los hubo de carácter general o comunitario. El Inca instituye uno al pie del Licancabur y posiblemente al pie de otros montes venerados desde antiguo. Posiblemente, el culto se rendía a la divinidad en el propio recinto familiar. Con todo, en algunos lugares (Rinconada, Puna argentina), se han hallado algunos recintos mayores que poseen monolitos cilíndricos de hasta 2 m de altura o piedras sacrificiales (altares).

Es posible que estas construcciones hayan alojado al ídolo. Las crónicas dicen que los atacameños eran fervientes adoradores de sus ídolos, pero no hay aún clara confirmación arqueológica al respecto. Lo dicho se aplica a la Puna argentina, sobre todo a la Quebrada de Humahuaca[193] y no a la zona atacameña chilena donde no se han encontrado tales construcciones. Puede esto atribuirse al hecho de que la arqueología de la zona ha trabajado sobre todo en cementerios y nada o casi nada en los poblados.

Una especie de lugar de culto común son las llamadas “Apachetas”. Consisten en montones de piedras, relativamente pequeñas, situadas en los cruces de los caminos o en los cerros, a los cuales los viajeros agregan cada uno la suya y hacen una ofrenda de hojas de coca, para impetrar la bendición para su empresa. Esta costumbre parece ser muy antigua y está, hasta el día de hoy, muy arraigada en toda la zona atacameña, en la Puna argentina y en el SW de Bolivia. Es posible que sea un ancestral culto atacameño, adoptado más tarde por los invasores aymarás de S de Bolivia.

Le Paige[194] y Mostny[195] insisten en la relación que se encuentra entre las pictografías y la presencia de determinadas cuevas y abrigos rocosos de piedras sacrificiales (verdaderos dólmenes, algunas) que presentan curiosos hoyos (tacitas) o hendiduras comunicadas entre sí. Ambos son de opinión que estos lugares deben haber servido para ejecutar sacrificios humanos. La sangre de la víctima, cuya cabeza sostiene el sacerdote provisto de máscara de puma o cóndor, llena la primera tacita para correr luego por los canales hasta el suelo. Mostny[196] cree ver en tres de sus paneles de Angostura esta escena: el felino, semi-antropomorfizado, se inclina sobre su víctima, mientras lo rodean otros personajes del ritual sacrificial. Le Paige describe así dos de sus hallazgos: 


“En una cueva, a un km y medio más debajo de Tulán, hay una especie de mesa de sacrificio. En la parte horizontal ligeramente inclinada de la roca, hay varias acequias esculpidas en forma de zigzag, quizás con un primitivo dibujo de aves. Estos dibujos iban descendiendo hasta el suelo, sobre una mesa de piedra”…).

 

En Tononkos (…) se ve un dolmen en un conjunto de petroglifos muy extraños. El dolmen, mesa dos veces más larga que ancha, puesta sobre dos pies de piedra, está orientada hacia el Quimal (cerro), en tanto que en el sentido de la longitud, está dirigida hacia el Licancabur (volcán) por el norte o hacia el Socompa (volcán), por el sur. En su superficie se encuentran varias tacitas de poca profundidad… dos de esas tacitas están unidas por un canal en el centro de la parte lateral, donde se habría colocado el sacerdote oficiando frente al Quimal. La parte septentrional de la mesa tiene varias series de hoyos pequeños, iguales a los de la gran piedra de Tahapuraqui[197].


Es muy posible que estemos ante pequeños centros ceremoniales de un clan de cazadores. Mostny cree que pudo haber varios cultos, según el estadio económico: así uno vinculado con el felino, propio de los cazadores más antiguos, cuyo gran enemigo era el puma que había que aplacar. Otro, vinculado con el agua: propio de los agricultores; otro, el de los pastores no agrícolas, vinculado con la llama ya domesticada[198].


b)  El shamán o sacerdote atacameño. 


Su existencia se deduce, no tanto de lo dicho, cuanto sobre todo de las representaciones de él en los mangos de las tabletas de rapé o en los tejidos. Se le representa generalmente con máscara de puma, pero también a veces con máscara de cóndor. Su instrumento para el sacrificio debe haber sido el hacha ritual, muchas veces representada en las tabletas y hallada en tumbas. 

El hermoso tocado con que aparece adornado en los huesos pirograbados de San Pedro de Atacama, como los elementos que lleva en las manos y pies, debieron ser distintivos de su rango. El cencerro, como lo sugiere Mostny, pudo ser el instrumento acompañante de la ceremonia.ç



c) Las divinidades.



 Con mucha probabilidad, fueron el puma andino (o jaguar: onza) y el cóndor. Sus representaciones se repiten en las maravillosas tabletas para rapé, en los mangos de cucharas, espátulas, etc. No cabe dudar de que su papel en el culto atacameño corresponde al que ocupó el jaguar entre los Olmecas y culturas posteriores en México.

 d)  Existencia de sacrificios humanos.

Parece que no puede dudarse de su existencia. No solo por el hecho de que los lugares rituales sugieren vehementemente tales ritos, sino porque se ha constatado de diversos modos un culto especial a la cabeza-trofeo. Le Paige ha encontrado en los cementerios de San Pedro cuerpos cuidadosamente enterrados sin cabeza, y las cabezas, cada una envuelta aparte, todas juntas (eran de cuatro individuos), al pie de los difuntos. En los mangos de las tabletas se representa con frecuencia al sacerdote enmascarado que tiene una mano en el hacha y en la otra la cabeza recién cortada de una víctima humana[199]. Se han hallado cuerpos enterrados sin cabeza y cabezas sin cuerpos[200]. Se han hallado tumbas de varios cuerpos que, a juzgar por la posición, dan la idea de que varios de los difuntos fueron sacrificados para acompañar al difunto principal. Es difícil concebir que, al modo de los panteones familiares, las tumbas eran abiertas de tiempo en tiempo para agregar otro cuerpo.

 

e)   Ritos y divinidades agrícolas.


Mostny (1961) es la que mejor ha estudiado las creencias religiosas de los atacameños. Según ella, el primer paso del ciclo agrícola es la siembra. Veremos cómo se mezcla la actividad económica con lo religioso. El trabajo se ejecuta en común (“la minga”). Un hombre es elegido para ir delante de todos, abriendo la tierra con el azadón. Una vez sembrado el campo, se canta una canción especial y se baila el “tuscalu”. La canción es el “convido a la semilla” y su texto, una mezcla de castellano y kunza (Mostny, 1949).


El segundo paso del ciclo agrícola es la limpieza de los canales de regadío. Esto daba lugar a una fiesta que describen Barthel (1959), Mostny (1954) y Ruben (1952): “Sus puntos esenciales eran la elección de dos hombres para tocar el clarín [flauta de caña] y el puto-puto [trompeta de cuerno] que representan el elemento masculino y femenino; la participación de toda la población adulta en los trabajos de limpieza de los conductos de agua (…); el sacrificio de ofrendas aportadas por todo el pueblo (harina de maíz, chicha, hierbas aromáticas, etc.) y la invocación de vertientes, cerros, nubes y almas de los antepasados por parte del “ckantal” (del kunsa ckantur: dar); el baile “talátur” que acompaña con una canción en kunza; se llama con su nombre a los cerros y se pide que haya agua en abundancia; se habla del crecimiento del maíz y de las papas y de la unión del hombre y mujer para que todo crezca[201].


Mostny cree que en algún momento del ceremonial de la siembra intervenían los “santos de los antiguos”. Se colocaban en medio de los campos de cultivo para atraer bendiciones para los dueños. Se trata de piedras toscamente labradas, provistas de una especie de cintura en su parte media y, a veces, con insinuaciones de rostro en la parte superior. Los habitantes actuales, temerosos de sus maleficios, tratan de deshacerse de ellos, sea enterrándolos (por oficio de un yerbatero), sea arrojándolos al río. Varios han sido encontrados in situ: en los campos de cultivo antiguos[202]. Su dispersión actual comprende el curso superior del río Loa.


Posnansky[203] al describir las fiestas entre indios chipaya, habla de un rito que indudablemente tiene un origen común con el que describimos. Dice: “Hay muchas otras fiestas entre los chipayas que tienden principalmente a obtener bastante prole de sus animales domésticos, lluvia y fertilidad para sus negros campos. En ellas juegan un papel no poco importante unas piedras de forma extraña que los aymarás llaman mallku, los uros sampti y los chipayas samiri, y de las cuales me cupo encontrar una hace años, en los Yungas de La Paz. Las figuras 70-71 reproducen uno de estos ídolos protectores del campo y animales. Consiste en una figura antropomorfizada de ojos cerrados y desproporcionada boca. Descansa, como si estuviera meditando, sobre las manos que sostienen las mandíbulas. Sobre medio cuerpo se nota una protuberancia encima de una faja ancha, que podría indicar el órgano genital. De la faja abajo, se reduce el cuerpo y da la impresión de haber sido enterrado hasta la mencionada faja, sobresaliendo únicamente de la superficie de la tierra la parte superior del cuerpo (fig. 72). Los chipayas aún conservan muchas tradiciones como las del tata sabaya (fig. 73) y del tata sajana, que son las casas donde los mallkus viven y cocinan” (p. 52).

Indudablemente estamos aquí antes la misma tradición.


A juzgar por los numerosos hallazgos de cajitas con sustancias colorantes, parece casi cierto que los atacameños practicaban la pintura corporal. Pero si ésta tenía significación ritual, no es posible decidir.

 

TIEMPOS HISTÓRICOS

 

a)   Penetración incaica.


    

Según el inca Garcilaso de la Vega (1869-1871, vol. I, p. 339, la región de Arequipa hasta Atacama habría sido conquistada por el Inca Yahuar Huaccac, durante el primer tercio del siglo XIV. Las crónicas de la Conquista, sin embargo, señalan una época posterior, hacia el año 1475, época en la que el Inca Tupac Yupanqui penetró al territorio chileno actual, alcanzando hasta el Maule, donde fue detenido definitivamente por los araucanos.

 Los recuerdos hablan de un primer intento incaico por apoderarse de Atacama que les resulta fallido. En todo caso, parece que conquistan Atacama no a la ida hacia el sur, sino a su regreso. Sabemos que los incas emplearán el camino que va desde el Altiplano boliviano hasta Copiapó, pasando por las tierras diaguitas y cruzando luego por el Paso de San Francisco hasta el valle de Copiapó. El camino hacia el sur, cruzando la zona diaguita, era mucho más abastecido que el del desierto de Atacama.


Le Paige[204] sintetiza en los siguientes rasgos el influjo de la civilización incaica sobre los atacameños:


-Aprovecha y perfecciona la red de caminos ya existentes, dotándola de posadas o “tambos” a distancias regulares. De este modo, se establecerán comunicaciones entre los salares de Tarapacá y Bolivia, con los pueblos de Calama y Chiu-Chíu. Otro camino unirá el Altiplano con San Pedro de Atacama (pasando por El Tatio), para continuar a Tilomonte, donde se bifurcará, yendo el uno hacia la Puna argentina y el otro a Copiapó.


-Establece un centro militar en Catarpe. La gente lo llama “Tambo” o “Tambillo”. Su plano muestra en seguida que no se trataba de un pueblo. Había grandes patios para los animales de carga y recintos para alojar a los funcionarios. Al pie del volcán Licancabur, construye un centro ceremonial religioso. En la cima (casi 6.000 m), existe un adoratorio con dos pequeñas viviendas al lado. En el pueblo religioso no se ha hallado el menor rastro de habitación permanente: piedras para moler, herramientas agrícolas o tumbas. Solo gran cantidad de cerámica incaica, con su pasta muy bien cocida y decoración de llamitas. Esto está demostrando que el lugar era visitado por grandes multitudes con ocasión de ciertas festividades. Debían traer consigo su alimento y aún el agua, pues no la hay buena en la región. De aquí la presencia de tanta cerámica.


-Introduce el uso del adobe y del techo de dos aguas, desconocido hasta entonces. La construcción atacameña era de piedra apenas labrada y con techo inclinado.


-Perfecciona la cerámica muy decadente de la última época. Aparece ahora la cerámica bien cocida, las formas típicas incaicas: aríbalos, el plato con mango, las vasijas grandes de doble panza, etc.


-Explota intensamente las minas de cobre y construye pueblos mineros en Ayaviri y Puripica. Enseña al indígena la fabricación del cobre templado. También explotan y trabajan la plata. Prueba de ello es la fundición de plata encontrada en Peine.


-Enseña nuevo tipo de trazado de pueblos: una calle central bordeada de casas a ambos lados. Esta forma de pueblo es típica de Peine, que parece haber sido residencia de algún funcionario inca. Esta forma contrasta con el pueblo antiguo de Peine.


-Ayuda al atacameño en su resistencia al español. Construye para defensa del pueblo la fortaleza de Oyrintor (8 km al E de Toconao). Sus muros de lajas superpuestas en ordenada forma, revelan de inmediato una técnica muy diferente de la del atacameño. La misma técnica se observa en los Santuarios de Licancabur.


-Fomenta la agricultura e introduce, probablemente, algunas nuevas plantas domesticadas. Pero de esto último no tenemos pruebas.


-Establece una autoridad central centralizada que coordina los trabajos agrícolas como las construcciones comunes o la resistencia[205].


b)  La conquista española


Diego de Almagro, a su paso hacia el sur, intenta reducir a los atacameños. Pierde algunos hombres y debe proseguir su viaje. Santa Cruz[206] presupone que por ese tiempo los incas habían ya abandonado el dominio de la zona. Es indudable que la noticia de la caída del Imperio en poder de Pizarro y la muerte de Atahualpa tienen que haber trastornado la autoridad incaica en el sur. En este sentido, es cierto que los grupos atacameños resisten tanto en Atacama como en Copiapó y Huasco a las huestes de Almagro que venía acompañado de funcionarios incas del Cuzco. Según Le Paige, son los mismos gobernadores incas los que fomentan la resistencia. Y parece probable que así fuera[207].

A su llegada por el Altiplano, Pedro de Valdivia es fuertemente hostilizado en su marcha hacia el sur. Es el año 1540. Los principales centros de resistencia atacameña, fomentada por las escasas autoridades incaicas, fueron el Pukará de Quitor (a medio camino entre San Pedro y Catarpe) y la fortaleza de Oyrintor, al E de Toconao. Según cuenta Pedro de Valdivia en sus memorias, su lugarteniente Francisco de Aguirre puso fuego a la ciudad (Quítor) y cortó la cabeza a veinte notables. Así impuso la pacificación. El recuerdo de estas crueldades realizadas en el lugar denominado “Las cabezas” (Quitor), perdura hasta hoy, tal como perdura la admiración por el Inca.

A las dos principales ciudades cabeceras de la zona, Atacama La Grande (San Pedro) y Atacama La Chica (Chiu-Chíu), se imponen nombres españoles: así nacen San Pedro de Atacama, en honor al conquistador Pedro de Valdivia, y San Francisco de Chíu-Chíu, en honor de su lugarteniente Francisco de Aguirre. El español deja guarniciones en la zona y prosigue con su viaje de conquista hacia el sur. El primer paso en los lugares conquistados es la erección de ciudades al estilo español. El plano era en todas partes más o menos el mismo: una plaza central, rodeada por la iglesia, el cabildo y la gobernación. Es la forma actual del pueblo de San Pedro de Atacama.


La obra de la cristianización empieza desde muy temprano. Se sabe que a partir de 1557 había un sacerdote estable en San Pedro, donde ya había una capilla y que atendía a los pueblos colindantes. Peine presenta las ruinas de una antiquísima capilla, entre las ruinas del pueblo que debió ser abandonado a consecuencias de una peste. Chiu-Chíu posee una hermosa iglesia –conservada intacta hasta el día de hoy, siendo la más antigua de Chile-, a partir del año 1607. El edificio del cabildo de San Pedro de Atacama, muy deteriorado, debió ser derribado en la década del 40 (1940-1950). La iglesia actual del pueblo fue renovada a comienzos del siglo XVIII. Su hermosa torre se derrumbó en 1882. La iglesia sufrió un incendio en 1839. La torre actual, absolutamente desprovista de gracia, construida en madera, fue erigida en 1894.

Dignas de ser citadas por su elegancia son las capillas de Toconce, Río Grande, Machuca y la torre de la iglesia de Ayquina[208]. La transformación operada en la estructura de los pueblos se hizo sentir de inmediato en San Pedro de Atacama y Chiu-Chíu, los dos centros principales. El español adopta la construcción de adobe incaica e impone el sistema de pueblo perfectamente trazado, rectangular.

El español introduce el ganado vacuno, ovejuno y cabrío, empezando estos animales a desplazar lentamente a las llamas y alpacas. El ganado vacuno y caballar no prosperó en las alturas. El clima era demasiado duro. En cambio, las ovejas y cabras se adaptaron perfectamente al nuevo hábitat.

Hoy encontramos rebaños de llamas y alpacas solo en los pueblos más alejados y más altos. Ya no existen en Quillagua, Calama, Chiu-Chíu. Son escasos en San Pedro. Pero todavía se les puede ver en Toconao, Socaire, Peine, Toconce, Ayquina y Caspana.


La agricultura sigue desarrollándose conforme a antiguos patrones, aunque ya han desaparecido las antiguas herramientas agrícolas. La tierra cultivable ha ido disminuyendo notoriamente. Los ayllus de San Pedro se ven cada vez más estrechados por las arenas del Salar, que avanzan implacables impulsadas por los vientos. Para detenerlas, se ven obligados a erigir tapias y barricadas de ramas y palos. La fotografía aérea de San Pedro muestra bien la paulatina disminución de los terrenos de cultivo y las amplias zonas claramente deslindadas, pero ya abandonadas por la falta de agua.

Como ocurrió con los incas, tampoco los españoles pudieron transformar notablemente la estructura de la tierra en estos oasis de Atacama. Aunque nominalmente había títulos de encomiendas, no hay indicios de que el sistema se haya aplicado en la región. La razón es simple: la tierra era muy escasa y muy poco el fruto que se le podía sacar.


 c)    Los descendientes de los atacameños, modo de subsistencia:


 El mestizaje que se produjo en toda esta zona fue relativamente bajo. Lo prueban los rasgos típicamente indígenas de toda la población, excepción hecha de algunas ciudades que, por razones diversas, experimentan un importante influjo de blancos o mestizos. Esto se debe a que la población española en los pueblos era muy exigua. En los primeros tiempos, una pequeña guarnición militar, algún funcionario civil, el cura y algún comerciante aislado. Los rasgos físicos de los actuales descendientes de los atacameños difícilmente se diferencian en algo de los vecinos aymarás del SW de Bolivia. De su antigua vestimenta no guardan el menor rastro. Visten como los quechuas o aymarás del norte: faldas largas y repolludas, las mujeres, y el típico sombrero a veces superpuesto a la capa. Este modo de vestir revela el conservantismo de estas gentes, ya que el atuendo que se puede observar hoy corresponde en parte al modo de vestir de los europeos de la Edad Media o de comienzos de los Tiempos Modernos. El pantalón comenzó a ser usado muy pronto por los hombres. La camisa de estilo incaico o uncu, fue desplazada por el poncho.

Después de la rebelión de Tupac Amaru, salió un edicto que prohibía a los indígenas el uso de la vestimenta de sus antepasados. Tampoco debían exhibir ninguna clase de adornos o costosos vestidos. Se quería así destruir la individualidad del indio. Estas medidas, aunque adoptadas en el Virreinato del Perú, tenían también vigencia para toda la zona atacameña del norte.

El poncho, de procedencia araucana –aunque posthispánico[209]- llega a generalizarse entre los aymarás, quechuas y atacameños durante el siglo XVII[210].


La agricultura se desarrolla en terrazas o andenes de cultivo o en los sitios planos. El sistema de regadío es por inundación de la pequeña área, pasando luego el agua a la terraza siguiente.

Las propiedades agrícolas eran propiedad del ayllu o clan, trabajando cada uno un trozo de tierra. El gobierno chileno en los últimos años ha entregado títulos de dominio a todos estos dueños de pequeñas parcelas que han heredado de sus antepasados. La subdivisión de los predios es excesiva y una misma persona suele poseer varios pequeños retazos de terreno en zonas a veces muy alejadas[211].


La producción agrícola principal es la alfalfa (la gente la llama “alfa”) que, al igual que el maíz, se da bien con aguas algo salobres. El maíz, trigo, cebada, papas, maravilla, calabazas (zapallo) y quínoa en los sitios más altos. En San Pedro de Atacama prosperan bien los perales, membrillos. En Toconao, se da casi toda clase de frutas: cítricos, aguacate (palta), chirimoya, mango, guayabo, vid, durazno, damasco, etc. Esto se debe a la posición especialmente protegida de sus predios. Quedan en el fondo de un profundo valle, protegido por los acantilados.

La escasez creciente del agua es el principal problema. El gobierno ha realizado obras de captación y conducción del agua tanto en San Pedro de Atacama como en Toconao y ha construido kilómetros de tubería y canales a fin de llevar el agua a través de los sitios arenosos, bajo un calor sofocante. Con todo, el problema de la disminución de las fuentes de abastecimiento de agua es general en toda la Cordillera del Norte y esta solución es solo transitoria.

La vida tranquila pero dura de todos estos grupos humanos se vio turbada primero con el trazado y construcción de la línea férrea que une actualmente el puerto de Antofagasta (Chile) con La Paz (Bolivia), pasando por varios pueblos atacameños.

Luego, hacia 1912, se iniciaron los trabajos para la construcción de una gran planta explotadora de cobre en Chuquicamata, al N de Calama. Esta mina, de propiedad de la Chile Exploration Co., subsidiaria en Chile de la Anaconda Copper Co., produce hoy unas 250.000 ton de cobre al año y emplea una mano de obra de cerca de 6.000 obreros y empleados. Ha surgido así en pleno desierto un gigantesco complejo industrial que atrae con sus altos salarios al pobre habitante de los oasis.


En la década entre los años 20 y 30, se difundió la caza de la chinchilla que colmó al pequeño pueblo de Peine de aventureros y extraños. El animal fue rápidamente extinguido y de no haber sido por la crianza realizada en criaderos especializados en diversas partes del mundo, este valioso animalito habría desaparecido.


En su mayor parte, la gente vive de la producción agrícola que vende o cambia por telas, vestidos o alimentos. A Calama y San Pedro bajan los pobladores de las aldeas más altas, trayendo sus corderos, frutas y, más que todo, sus tejidos, que continúan produciendo sea con lana de llama, sea de alpaca o vicuña.


Calama y San Pedro de Atacama han visto nacer modernas hosterías que atraen al turista. Ambas ciudades poseen un museo de arqueología. En el museo de la última ciudad nombrada, trabaja el sacerdote-arqueólogo Gustavo Le Paige, cuyos trabajos constituyen la base principal de buena parte de este trabajo. A él también se deben, hay que reconocerlo, las obras de progreso agrícola y captación de aguas realizadas en la región. Las colecciones que encierra el museo: el contenido de casi 4.000 tumbas excavadas en la región y el material lítico del Precerámico, que tantas veces hemos citado, constituyen el material arqueológico más valioso e interesante de Chile. Resulta verdaderamente singular observar a los pobres descendientes de una rica cultura extasiarse ante las vitrinas que muestran la grandeza y progreso de sus antepasados.


El tráfico de mercaderías hacia Bolivia, antes de la construcción del ferrocarril, también se hacía por esta zona. Santa Bárbara y Beter (ayllu de San Pedro de Atacama) eran posadas de paso y reabastecimiento de las mulas que desde Cobija subían las cargas hasta el Altiplano boliviano. En Beter se pueden observar las ruinas de un pueblo entero que vivía de este tráfico. Hasta los pianos de cola se subían por la cordillera, rumbo a las mansiones de los magnates bolivianos de Oruro, La Paz o Cochabamba.

 

 

CONCLUSIÓN: ¿Fue la atacameña una verdadera civilización?

 

Por todo lo que hemos dicho, creemos que debemos responder con un sí. Aunque ciertamente no alcanzó el auge de las grandes civilizaciones del Perú (Chimú, Mochica, Inca) y sus realizaciones son inferiores, nos parece que la suma de elementos diagnósticos de una civilización también se da aquí. Existen ciudades organizadas. Fortalezas provistas de muros defensivos y troneras. Obras de regadío y presas. Cultivos altamente desarrollados de numerosas especies comestibles. Un activísimo comercio con las culturas vecinas. Alto desarrollo de la metalurgia, de la talla de la piedra, madera y hueso; cementerios con numerosos cuerpos. Ritos religiosos, sacerdocio y festividades agrícolas. No hubo, a lo que parece, un poder centralizado fuerte. Pero este se debió al aislamiento de los pueblos y las características de su hábitat.

 

 

 

                                                                                                     

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(el signo # indica trabajo consultado por el autor de estas líneas)



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