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sábado, 29 de noviembre de 2008

La descripción del Partido deTarapacá de don Antonio de O´ Brien : Clima y Vegetación costera

Primera hoja de la Descripción del Partido de Tarapacá, de don Antonio de O´Brien

Dedicatoria y Rúbrica de don Antonio O´Brien, al inicio del Documento que contiene la descripción del Partido de Tarapacá y Puerto de Yqueyque. (Dice textualmente: "Excelentísimo Señor con el más profundo respeto y veneración queda a los pies de Vuestra Excelencia su más rendido criado Antonio O´- Brien).

Después de una extensa y detallada descripción del Mineral de Huantajaya, de sus vetas y panizos, tanto en el cerro de San Simón como en el San Agustín, y de un relato circunstanciado de los diferentes mineros que allí laboraron desde los inicios del siglo XVIII, Antonio de O´Brien dedica unos párrafos significativos al clima allí reinante. Su descripción precisa y muy acotada hace indispensable un análisis especial, desde el ángulo eco-cultural, propio de este Blog.

Para nosotros, estudiosos de las neblinas costeras y oasis de niebla, estos párrafos revisten un muy particular interés. He aquí su texto:

" 38...... El temperamento de este Zerro de San Agustín de Guantajaya es mui benigno y sano, es seco y cálido en el Verano húmedo y frío en el Invierno, aunque llueve muy poco, pero las nieblas y brumasones [sic!] de la Costa (que aquí llaman camanchacas) que son casi continuas particularmente las noches y mañanas del Invierno humedecen bastante la superficie de la tierra. El frío no es mucho, y el calor es llevadero por las Virasones de la Mar".

Analicemos prolija pero brevemente este texto, precioso para nosotros.

Características climáticas del área sujeta al regimen de nieblas.

a) distingue muy exactamente O´Brien las dos estaciones del año, el verano y el invierno, con climas muy diferentes: "seco y cálido el verano", "húmedo y frío el invierno". Lo que distingue de inmediato este clima, del propio del interior, caliente y siempre seco.

b) Se señala que llueve muy poco en la región;

c) sin embargo, las neblinas son casi continuas, especialmente en las noches y en las mañanas;

d) Estas neblinas localmente se conocen como "camanchacas". Este dato es de especial interés, pues es muy importante saber y destacar en qué lugares de la costa norte fue usado este término en tiempos antiguos. Un día habría que trazar, con apoyo etnohistórico, desde el sur peruano hasta el norte de Chile, el segmento de franja costanera dónde con certeza fue usado tempranamente este nombre, al parecer, estrictamente asociado al habitat costero de los antiguos pobladores "changos".

e) Estas camanchacas humedecen "bastante" la superficie de la tierra; y , sin embargo, como dice a continuación el mismo texto, "la aridez de la tierra es grande; y aún con estas casi continuas humedades, no se cría Yerba alguna, ni otra planta...". Es decir, el cronista se sorprende de que a pesar de la gran cantidad de humedad allí reinante por muchos meses- de la que obviamente fue testigo presencial en sus visitas al mineral de Huantajaya- , no alcanza ésta a producir vegetación propiamente tal. En el apartado que sigue, analizaremos sin embargo, más especialmente el tema de la vegetación observada por el cartógrafo en este segmento costero del desierto de Atacama.

f) Estas neblinas se producen, al decir de O´Brien, " particularmente [durante] las noches y mañanas del invierno". Lo que es efectivo. Según nuestra experiencia en el sitio del oasis de niebla de Alto Patache, a unos 70 km en línea recta hacia el Sur, Invierno y Primavera son los dos períodos de máxima condensación de la niebla y, por ende, de mayor captación [humedecimiento del suelo].

g) Distingue entre "nieblas" y "brumasones". Sospechamos que bajo el primer epíteto quiere significar O´Brien las nieblas densas, mojadoras, arrastradas por vientos intensos del Sur o Suroeste, que condensan abundante humedad sobre el terreno, mientras que, en el segundo caso, las brumasones" serían neblinas o brumas poco densas, más estáticas, y consecuentemente bastante más "secas".

Estas últimas las hemos observado depositadas muy cerca de tierra, casi estáticas, cubriendo llanuras o pampas interiores, por lo general en horas muy tempranas de la mañana.

La escasa vegetación existente

a) Por una parte se indica en este texto que aquí, en el área del Mineral de Huantajaya, "no se cría yerba alguna". Pero, pocos reglones más abajo, parece contradecirse al indicar que existen algunas excepciones. ¿De qué se trata?. Veamos el texto alusivo.

"Y aunque con estas casi continuas humedades no se cría Yerba alguna, ni otra planta que las que llaman cardones, solo se ve en el Inbierno en las Cabezas de los Zerros por la parte que mira al Sur y al Oeste, una especie de Verdina que se cría en las Piedras que crece hasta dos Dedos de alto y en mui raro Zerro distante de este Mineral se suele criar una especie de paja delgada y corta, que llaman Pajonal, pero es tan poca que de nada sirve" [subrayado nuestro].

b) La excepción, según O´Brien, la representan tres curiosas "plantas":

-- la primera, son los "Cardones". Aunque no se detiene a explicar qué son y qué aspecto tienen estos "Cardones"(como lo hace Gerónimo de Bibar en su Crónica del año 1558) , sabemos hoy muy bien a qué se refiere el cartógrafo O´Brien. Este mismo nombre ha llegado hasta nosotros, y se sigue usando hoy día en nuestra costa árida aplicada una especie de cactácea columnar, cuyo nombre científico es Eulychnia iquiquensis Schumann, (descrita por Julius Heinrich Karl Schumann (1810 -1868). También se les conoce localmente con el nombre de "copaos", denominación que más bien se aplica a su fruto, que es bastante ácido, pero comestible. Los antiguos indígenas subían a los cerros para cosecharlos, en la temporada del verano.

-) la segunda, es lo que llama "una especie de verdina que se cría en las Piedras". Para nosotros, que nos hemos pasado meses y años trabajando en el área de las neblinas, estudiando en detalle su ecosistema vegetal y animal, esta "verdina" no puede ser otra cosa sino líquenes de las más variadas especies. La sugerencia a su color verdoso ["verdina"] y a su habitat preciso ["se cría entre las piedras"], apunta claramente a las dos grandes divisiones botánicas de los líquenes, aquellos que se adhieren, en forma de costras diminutas y coloreadas diversamente, a la superficie de las rocas o terrones expuestas al aire [líquenes crustosos], y aquellas que adquieren un cierto aspecto arborescente [líquenes fruticosos] y que pueden o no adherirse a las piedras circundantes y aún asentarse directamente sobre arenas. Estos últimos, de colores verdosos o parduzcos, forman colonias muy numerosas sobre los suelos humedecidos casi perpetuamente, y pueden medir hasta 4-6 cm de alto. En invierno, bajo el efecto humificador de la niebla, los paisajes de laderas y cerros adquieren tonos verdosos o parduzcos, muy característicos,
que destacan sobre el color normal mucho más de las arenas.

c) Investigaciones muy recientes realizadas por liquenólogos en el sitio del oasis de niebla de Alto Patache, (65 km al Sur de Iquique) invitados por el "Centro del Desierto de Atacama" de la Pontificia Universidad Católica de Chile (CDA), han señalado a la fecha la existencia de más de un centenar de especies, entre las cuales hay una, extremadamente escasa y rara, incluso considerada extinta, la que merece una especial protección. Se trata de la especie Santessonia cervicornis Follmann, encontrada por el Dr. Gerhard Follmann en las alturas de Cerro Moreno y bautizada por él.

d) La tercera planta que aquí se describe es "una especie de paja, delgada y corta, que llaman pajonal". A primera vista, podría creerse se trate de formaciones de alguna gramínea, como es el caso del ichu o paja brava [también conocido más a Sur como coirón] y común en la altiplanicie andina. Porque, en efecto, este ichu (Stipa ichu) se da en muy pequeñas cantidades y en ejemplares muy aislados, en sectores especialmente húmedos, en varios oasis del sur de Iquique. Lo hemos constatado en Alto Patache y Alto Chipana, y especialmente en el oasis de Punta de Lobos. Pero la descripción y el nombre local entregado aquí: "pajonal", nos está indicando claramente que O´Brien se refiere aquì a la presencia de "tillandsiales" o densos conjuntos de la bromeliácea Tillandsia landbecki Phil. En efecto, la Tillandsia se asemeja vagamente al pastizal o pajonal. Pero para el experto, se trata de algo totalmente diferente. La Tillandsia forma, en las proximidades de las Minas de Huantajaya, algo tierra adentro, enormes mantos de guirnaldas, que son observables en las partes altas de los cerros, alimentadas durante meses, por las frecuentes neblinas que vienen del Pacífico. A estas formaciones alude O´Brien, sin género de duda. Y en algunos antiguos mapas de la zona, ciertas alturas de los cerros donde prosperan, reciben la denominación explícita de "pajonales". Estos "pajonales", pues no son propiamente "paja" sino una bromelia, planta epífita carente de raíces, que da una pequeñísima flor color canela. Sospechamos que el ganado de camélidos americanos (guanacos o llamas) pudo alimentarse de este "pajonal", a flta de mejor alimento. Porque en tal caso, su utilidad para el viajero que los atravesaba rumbo a la costa, con recuas de mulas o llamas, era por demás evidente. Si así fuera -como creemos- no se justificaría ciertamente la frase lapidaria de O´Brien: " es tan poca que de nada sirve".

Más bien, esta frase nos estaría señalando que O´Brien no conoció ni visitó personalmente los extensos campos de tillandsias, que cubren cientos de hectáreas y que se encuentran en las proximidades del Cerro Guanaco y Cerro Oyarbide, unos 20-25 km. al sur de Huantajaya, en plenos cerros de la cordillera de la costa. Y es obvio que no los conoció, pues allí no había, por entonces, explotaciones mineras al estilo de Huantajaya o Santa Rosa. Tampoco los describe el viajero y científico Charles Darwin, quien pasa, sin embargo, muy cerca de ellos, a lomo de mula, rumbo a la salitrera "La Noria, en Julio de 1835. De haber ambos conocido y visitado esa zona alguna vez , y sabiendo de su especial esmero en describir objetivamente el paisaje circundante , sin duda alguna lo hubieran advertido y destacado con fidelidad en su relato.


miércoles, 26 de noviembre de 2008

La "Descripción del Partido de Tarapacá" de don Antonio de O´Brien . (1)

Con el telón de fondo de la hermosa caligrafía del siglo XVIII, mostramos aquí una hoja, la primera, de la famosa "Descripción de Tarapacá". Estudiada desde el ángulo de la historia por primera vez por don Oscar Bermúdez, en su obra: Cartografía y Labores administrativas de Antonio O´Brien, esta minuciosa Descripción merece un análisis mucho más exhaustivo tanto desde el punto de vista histórico, como también desde el ángulo geográfico y ecológico. Lo que aquí presentaremos es, pues, sólo un tímido esbozo en tal sentido. Porque somos plenamente conscientes de la inmensa riqueza escondida en este texto, siempre que se le analice en forma global, sin dejar de lado ninguno de sus aspectos. Porque posee muchos, no siempre visibles a primera vista. En efecto, este texto rezuma experiencia directa, honestidad, credibilidad y, más que todo, profundo conocimiento del medio ambiente hostil en el que le tocó ejercer su cargo.

Antecedentes.

Hemos mostrado arriba una hoja de su famosa "Descripción de Tarapacá."No pretendemos ofrecer aquí una versión completa de esta maravillosa Descripción. Tampoco hacer un estudio acabado de la misma. Espero sea parte de mis proyectos de futuro. Por ahora, solo quisiéramos destacar algunos pocos aspectos de la misma, los que nos parecen particularmente valiosos desde un ángulo geográfico o antropológico. Tengo en mis manos una copia completa del documento original, que existe en el Archivo de Indias, del que entresaco por ahora sólo aquellos párrafos directamente atingentes a nuestro enfoque eco-cultural:

Los puertos y caletas de la Costa.

Así hablando de los puertos y caletas de la costa, señala la existencia de "Yqueyque, de Loa y de Tucupilla, cerca de Cobija, que es una corta caleta. Este [último] es poco seguro y mucho menos el de Loa, pues no se puede dar fondo en él con embarcación de portte porque los muchos remolinos y corrientes la abaten a la Playa...".

Respecto al puerto de Iquique [Yqueyque] destaca, con gran conocimiento de causa:

El de Yqueyque es seguro, y el único donde fondean las embarcaciones de todos tamaños que comercian con esta Provincia, tiene un solo Río que es el de Loa, cuio nombre toma del Puerto dicho en donde desemboca..."

Respecto a la pesca en la costa, al comercio y a otros recursos madereros, señala explícitamente:

En la Costa tiene muchas Pesquerías, en las que se coje abundancia de todo genero de Pescado, particularmente Congrio, que hecho Charquesillo, conducen con cantidad de marisco a vender a las provincias interiores de que sacan bastante cantidad. También ay en las Puntas Farellones e Islotes, abundancia de Huano que conducen a las Provincias comarcanas, tanto por mar, como por Tierra, para el cultivo de las sementeras y es abundantísima de mui especial sal, particularmente para salar carnes, pero mui escasa de madera para fabricar, pues solo se crían sauces, Algarrobos, y Tamarugos, los que apenas proveen para las reducidas casas de que se componen los Pueblos, y tablazón no la hai de ninguna especie."

El carácter de desierto absoluto queda muy bien retratado por O´Brien, quien evidentemente habla aquí por experiencia propia, y no por boca de otros. Su descripción no puede ser más viva y elocuente:

"Este es territorio penoso de vivir en él, tanto por los continuos Temblores y las frecuentes pestes que se padecen casi anualmente en los principios y fines del Inbierno y del Verano, como por la escases de víveres que la hacen mucho más cara que Lima, y por lo costoso que es el trancitar por qualquiera parte de este Partido, pues es menester llevar consigo el que camina hasta el Agua y Carbón necessario para ese Viaje y se carece de médico y de Botica..." [destacado nuestro].

(Segmento en construcción. Continuará.)

domingo, 23 de noviembre de 2008

El legado de Robert Gerstmann a Gustavo le Paige

Las fotos, conservadas en un viejo álbum personal, fueron tomadas entre diciembre de 1964 y Enero de 1965 por nosotros, con la cámara Leika de fabricación rusa donada por Gustavo le Paige a H. Larrain en noviembre de 1964. Representan bien un momento de la vida temprana de la Universidad del Norte, mi Alma Mater por aquellos años. Fue exactamente la época en que llegó a la Universidad el preciado legado fotográfico de Robert Gerstmann, enviado desde Santiago por don Luis Peña Guzmán. Consideramos que, por su antigüedad, estas fotos ilustran en alguna medida el desarrollo arquitectónico alcanzado por la Universidad a fines del año 1964 y comienzos del año 1965.

Foto 1: Vista hacia el Norte. Densas nubes de camanchaca costera invaden los cerros en la zona de la Quebrada de La Chimba (Enero 1965).

Foto 2. La naciente ciudad universitaria en enero de 1965 y la nueva población "Gran Vía".

Foto 3 Los nuevos pabellones de Rectoría y Administración (Enero 1965).

Foto 4. Desde lo alto del acantilado, acceso a la actual Población Coviefi, se observa las nuevas edificaciones de la Universidad del Norte.

Hay un recuerdo personal de gran interés en relación a la adquisición por el Museo de San Pedro de Atacama del material fotográfico y equipos de Roberto Gerstmann en el año 1964. Conocí muy de cerca el caso que paso a referir. Don Roberto Gerstmann, famoso fotógrafo de familia de origen alemán pero nacido en la república báltica de Lituania, ya anciano y retirado, vivía solo en Santiago. Había viajado intensamente por Perú, Bolivia y el Norte de Chile, tomando infinidad de vistas de paisajes geográficos y escenas de enorme interés etnográfico y folklórico. Gerstmann, viejo y ya enfermo, estaba preocupado por el destino futuro de sus colecciones fotográficas y de su biblioteca. El sabía bien que el material por él recogido en decenios de expedición por tierras ignotas del altiplano perú-boliviano, era inédito y de gran valor para la cultura.Tenía un doble valor: el etnográfico-folklórico y el propìamente artístico-fotográfico.

Casualmente, consultó sobre el particular a uno de sus poquísimos amigos en Santiago, el entomólogo Luis Peña Guzmàn, con el que había trabado una sólida amistad. El dilema que se presentaba era qué hacer con la rica herencia cultural de Gerstmann, en el caso de su muerte, que se preveía cercana. Luis Peña consultó a su amigo, Hans Niemeyer Fernández, ingeniero y arqueólogo. Ambos coincidieron en que el mejor destino de ese material era la joven Universidad del Norte, reciente obra de los jesuìtas en Antofagasta, y, en esta institución,en particular, el Museo de San Pedro de Atacama, fundado y regentado por Gustavo Le Paige. Consideraron que esta joven Universidad Católica, de gran pujanza por entonces, valoraría muy especialmente este precioso legado.

Contando con la aprobación de don Roberto, sus amigos decidieron que, a su muerte, todo su legado partiría al Norte. Luis Peña me comunicó por carta conmigo sobre estas intenciones, solicitándome indagar con las autoridades universitarias al respecto. Lo que hice, hablando con su Rector, el Padre Gustavo Arteaga Barros S.J y el Vice-Rector, el Padre Alfonso Salas Valdés S.J. En efecto, al fallecer Gerstmann en Santiago y no dejar herederos directos (que sepamos, Gerstmann nunca se casó ni tuvo hijos), Luis Peña Guzmán,la única persona que frecuentaba su casa, recogió todas sus pertenencias de tipo cultural (su rica biblioteca y su laboratorio fotográfico) y ya existiendo acuerdo previo con la Universidad del Norte, un día apareció en la calle Angamos de Antofagasta, un día
no precisado del año 1964 (no lo recuerdo bien), un camión cargado con sendas cajas de madera, selladas, destinadas a la Universidad del Norte.

Allí Peña había depositado, asistido por sus ayudantes, el laboratorio fotográfico completo, su Colección de rollos fotográficos y carpetas llenas de fotografias en blanco y negro y su biblioteca particular. Eran tres o cuatro grandes cajas de madera, muy pesadas, cada una de unos 1.20 m de altura por unos 0.80 m. de ancho. Apenas llegaron, el Padre Alfonso Salas me mandó llamar. La Universidad extendió una nota de recepción y agradecimiento a don Luis Peña G. Recuerdo perfectamente el grupo de cajas, instaladas ya en el acceso de la Bodega de la Universidad. Luis Peña nos habìa avisado por telégrafo de la pronta llegada de este envío.

El entonces Vice-Rector de esta Casa de Estudios, Alfonso Salas Valdés S.J., sabiendo de mi cercanía y amistad con Le Paige, me pidió viera yo la manera de enviar rápidamente a San Pedro de Atacama parte de este material (el laboratorio fotográfico y las cámaras). Se determinó que gran parte de la biblioteca y las colecciones de fotografías, de gran formato, que pudimos ojear en ese momento, quedaran en la biblioteca de la Universidad, para integrar el Centro de Documentación de la misma, en formación. Con el Padre Salas - hasta hoy lo recuerdo nítidamente) estuvimos mirando los libros y las carpetas con espléndidas fotografías de gran formato. Los libros, casi todos, estaban redactados en alemán, en ruso, en inglés y en francés.

Me extasié ante los libros, y pedí permiso para quedarme con dos de ellos: uno era la obra de Thomas Mann Der Zauberberg (La Montaña Mágica), publicada en 1924 y el otro, una obra de Walter Ruben titulada: Tiahuanaco, Atacama und Araukaner, drei vorinkaische Kulturen,(1952), ambas en alemán. (Le Paige no leía alemán, y con alguna dificultad, el inglés). Todavía conservo ambas obras que pertenecieran a don Roberto Gerstmann. El resto partió, por encargo expreso de Luis Peña, con destino al Museo de San Pedro de Atacama.

Yo imagino que ese antiguo laboratorio fotográfico, consistente en cámaras y numerosos rollos de películas, aún debería conservarse en el Museo de San Pedro de Atacama, pues me consta que el Padre le Paige usó algunas de esas cámaras frecuentemente y trató de instalar por sus propios medios, el laboratorio fotográfico. Le Paige, poco después (fines de 1964), me obsequió una de esas antiguas càmaras fotográficas, una pequeña Leika, de fabricación soviética (Leipzig).

Tengo entendido que Luis Peña corrió con todos los gastos de médico y de sepultación de su amigo Gerstmann, pues, por lo que he averiguado, fuera de su empleada, no tenia parientes ni conocidos en Chile, ni nadie que se preocupara de èl. Era un hombre muy solitario. No le conocí personalmente.

Me acuerdo muy bien de haber ojeado con especial deleite muchas de las grandes fotos en blanco y negro que venían en grandes Carpetas en la Colección, la que quedó depositada en la Universidad del Norte, sede de Antofagasta. Recuerdo que gran parte de ellas eran de Bolivia y altiplano del Perú, países donde el vivió por largos años. No pocos objetos etnográficos, sobre todo textiles, de la colección de Gerstmann, traida igualmente desde Bolivia, quedaron en casa de Luis Peña.

(Capítulo en elaboración).

sábado, 22 de noviembre de 2008

Le Paige: de arqueólogo aficionado a investigador de la etnia atacameña

Los primeros ensayos en arqueología.

Cuando visité a Le Paige por primera vez en su flamante Museo de San Pedro de Atacama, en 1963, nada sabía yo aún de arqueología y de sus métodos. Muy poco después, ya en México y dedicado plenamente a los estudios arqueológicos, pude darme cuenta que su metodología distaba mucho de ser la usual entre los científicos, contando éstos con el apoyo de la estratigrafía, la cronología absoluta entregada por el método del C14 y el testimonio de las ciencias biológicas (paleo-botánica, paleo-zoología). Le Paige era un científico esencialmente intuitivo, por entonces muy poco sistemático. Manejaba en sus inicios una bibliografía bastante reducida, casi toda redactada en francés, y sus primeras tipologías fueron tomadas de aquéllas por entonces en boga en Europa, particularmente en Francia. Por eso cuando el hablaba de "Paleolítico" y "Neolítico", o comparaba sus piezas arqueológicas con las de Europa, frecuentemente le escuchábamos términos como "Musteriense " o "Solutrense", mediante los cuales no hacía sino repetir y calcar a la letra la terminología que bebía ansiosamente en las obras de Henri Breuil, Francois Bordes o Annette Laming Emperaire, escritas en francés por ese tiempo.

Etnografía, arqueología y evangelización en la zona atacameña.

Le Paige había trabajado como misionero largos años en el Congo Belga [hoy Zaire]. Se había interesado vivamente en la etnografía y en el folklore local de las etnias africanas y había aplicado prácticamente , mucho antes que el Concilio Vaticano II , las nociones de "aculturación religiosa" y "enculturación". Aficionado a la pintura él mismo, nos mostraba tímidamente algunas de sus obras hechas en el Congo, con temas exóticos tomados de la etnografía local.

Nunca -que sepamos- se dedicó a la arqueología en su época de misionero en Africa negra. Pero su intento por introducir en la liturgia católica el ethos y cultura indígena local, le valió una reprimenda y una fuerte llamada de atención de su obispo, el que se quejó ante el Provincial jesuíta de la misión, por meter "furtivamente" elementos culturales de la cultura zulú en el ritual de la Misa católica. Para él los signos de la realeza entre los zulúes - me explicaba- debían ser presentados también, con la misma solemnidad y elegancia, en el desarrollo de la liturgia y ritos católicos. Por eso el libro sagrado, la Biblia, que se leía desde el ambón ante la comunidad de fieles, debía asentarse en gloria y majestad sobre una hermosa piel de tigre, signo de realeza zulú.

Esa mescolanza de lo "católico" y lo "pagano", en el rito más sagrado de la liturgia eucarística, no fue para nada del gusto de su obispo, el que solicitó al Provincial de la Compañía de Jesús su alejamiento definitivo de la misión del Congo. Durísimo golpe para el joven sacerdote que debió retornar a Lovaina. Pero Dios quiso que, providencialmente, conociera aquí a un joven sacerdote chileno Alberto Hurtado Cruchaga, quien por entonces cursaba sus estudios de especialización en Pedagogía en la Universidad de Louvain [Lovaina]. Este encuentro cambió su vida y su destino para siempre.

Para le Paige, arqueología, etnografía y misión evangelizadora, eran fácilmente conciliables. Más aún, debían ser necesariamente conciliables. Porque todas conducían a la "verdad" total. Porque estas tres orientaciones y formas de conocimiento tenían que ver con la cultura local y su evolución a través del tiempo. Por tanto, para él "mostrar al mundo la cultura atacameña" era parte esencial de su misión, tal como lo era la evangelización en la práctica de la liturgia, la moral y el dogma católico.

Los trabajos de campo de Le Paige.

Tuve la fortuna de acompañar a Le Paige en muchas de sus salidas a terreno. Recuerdo bien las visitas a Toconao y vecindades, Loma Negra, Ghatchi, Tulán, Tilomonte, y algunos de los ayllos próximos a San Pedro como Larrache, Solor, Túlor, Quitor.

Estas visitas ciertamente no formaban parte de ninguna planificación arqueológica o estrategia científica de prospección sistemática del área atacameña. Nada parecido. Nunca le ví una carta del Instituto Geográfico Militar donde fuera haciendo anotaciones de sus visitas y descubrimientos. Mentiría si lo afirmara. No pocas veces los descubrimientos tenían que ver con la aparición de restos arqueológicos, lo que le era comunicado en seguida por los Carabineros o los propios pobladores. Así fue como se enteró de la aparición de restos en el callejón de Larrache, o de estructuras semienterradas en Tulor, o de tumbas en Toconao o Peine.

Le Paige y su metodología de trabajo de campo.

Algunas veces me tocó presenciar personalmente la llegada de señoras ancianas o mujeres con niños, que llegaban a la parroquia con algún "recuerdo para el Padre", que habían encontrado en sus chacras y que sabían Le Paige apetecía particularmente. Le Paige las recompensaba siempre con alimentos no perecibles (tarros de leche, de manteca, aceite o harina, fideos) que llegaban en esos años a la parroquia a través del programa de "Cáritas Chile", para el alivio del hambre de los más pobres. Si entre los elementos que traían había algo de especial interés arqueológico, le Paige les preguntaba más detalles o decidìa ir personalmente a buscar más evidencias. Casi siempre sacaba su pequeña libreta de campo, donde anotaba brevemente. Y los objetos permanecían a veces por días y días sobre su viejo escritorio, llenándose de polvo entre sus papeles, documentos, herramientas o mensajes, todo en un bello y espléndido desorden.

Francamente, no sé cómo lograba entenderse con la gente, pues su español fue siempre bastante deficiente y además, hablaba muy rápidamente, casi comiéndose las palabras. Pero su afecto hacia la gente no exigía a la verdad un lenguaje más claro: era el lenguaje del amor, comprensible para todos, aún para los pequeños.

Decidía en pocos momentos una salida a terreno. Llamaba a dos o tres de sus ayudantes, que fueron siempre jóvenes atacameños del pueblo, se echaba en la parte trasera del jeep palas, azadones, cajones o bolsas, y algunos víveres y siempre agua. El cocaví era siempre muy exiguo; nada de exquisiteces, como solemos hacerlo hoy en nuestras salidas a terreno. Manejaba en forma casi despiadada, brutal: el jeep zumbaba y casi se desarmaba, trepando cerro arriba o quebrada abajo. Y, a verdad, en mis recuerdos está siempre aún vivo y palpitante el temor a desbarrancarnos. Recuerdo una vez que nos tocó cambiar un neumático al vehículo en plena pampa, bajo un viento feroz y un frío mortal. Eran más de las siete de la tarde y oscurecía ya. Le Paige, con su sotana arremangada y sin mayor abrigo, hacía rápidamente gran parte de la faena, ayudado de sus fieles ayudantes, que mantenía siempre junto a sí. Y pensar que por entonces le Paige ya tenía sus buenos sesenta y tantos años. Era notablemente ágil de movimientos aún en su vejez.

Llegados al lugar, se bajaba herramientas, cajas y bolsas. ninguna protección contra el terrible sol, salvo los sombreros. Inspeccionaba con cuidado el lugar. El decidía donde excavar. Era muy terco y difícilmente hacía a caso a indicaciones de otros. Porque en cierto modo el "olía" el lugar exacto, por su experiencia y olfato arqueológico. Pero a veces fallaba. Sus ayudantes carecían de voz en estos momentos; solo obedecían al jefe de la expedición. Hacían exactamente lo que Le Paige les ordenaba hacer. Jamás recuerdo que ellos hicieran alguna suerte de sugerencia.

Descubrimiento de un contexto arqueológico Tiwanaku.

Corría el año 1963. Recuerdo muy bien una ocasión en que visitamos el sector de  Calar. Era una pequeña aldea de varios recintos pequeños, totalmente en ruinas, lugar que Le Paige consideraba un habitat muy antiguo de pequeños cultivadores. Se hallaba inmediata a una antigua quebrada, hoy totalmente seca. Nos ordenó a sus ayudantes y a mí limpiar un muro, siguiendo su trazado, hasta su base por espacio de unos dos o tres metros, espátula en mano. Nos indicó que debíamos rescatar y guardar en bolsitas los fragmentos de cerámica que halláramos entre los escombros y , aparte, aquellos incrustados en el muro mismo. Excavamos también en la base del muro. Pero nada apareció de interés para él. Aparentemente, buscaba indicios de alguna tumba, la que no apareció. Yo recuerdo que me preguntaba por qué excavábamos en la base del muro...!. Agotados por el esfuerzo y el calor tremendo del mediodía, nos sentamos un momento a descansar y tomar algo de líquido. Momento que aproveché para insinuarle que hiciera el intento de cavar en el centro de la habitación, donde aparecían algunas grandes piedras desordenadas. Se resistió un tanto. Miré a sus ayudantes atacameños, como buscando apoyo en ellos. Insistí y le dije: "¿qué perdemos, si lo intentamos"? Aceptó al fin. Empezamos a cavar y sacamos algunas piedras grandes. A poco andar, a unos 30 ó 40 cm de profundidad, no más, apareció un fardo funerario intacto, con vasijas de alfarería como ofrenda. No resistió su curiosidad y hurgó entre las telas polvorientas del fardo de la momia. Apareció entonces una hermosa "tableta de alucinógenos", o "tableta de rapé" (como decíamos entonces), tallada en madera, con la cara de un personaje en el mango, y varios implementos de hueso. Era un contexto completo de implementos para la inhalación de alucinógenos en tiempos atacameños, posiblemente de los siglos V ó VI de nuestra era cristiana. Le Paige estaba radiante: era lo que él había presentido. Pues el hallazgo, por la tipología de la tableta, le conducía, según explicaba, a una época temprana de ocupación del lugar, tal como lo imaginara previamente. ¿Qué será hoy de este contexto arqueológico?. "¿No ve, Padre", - le dije- , "yo tenía razón!". Para mí había sido un enorme descubrimiento personal y yo deducía, sin razón alguna, que había sido "mi instinto" el que me había guiado.

Le Paige nunca lo olvidó. Yo, tampoco. Por entonces, Le Paige buscaba ávidamente evidencias tempranas de la influencia de la cultura de Tiwanaku en el área atacameña. Y este hallazgo fortuito así parecía también confirmarlo. Más aún, Le Paige se inclinaba a creer por entonces (1963) que posiblemente algunos de los hallazgos de San Pedro de Atacama fueran cronológicamente anteriores a las grandes realizaciones urbanas del sitio-tipo del Tiwanaku clásico, junto al lago Titicaca.

jueves, 20 de noviembre de 2008

Anecdotario de Gustavo Le Paige: el "padre" de los atacameños

En capítulos anteriores, hemos procurado esbozar y rescatar para la posteridad la figura señera de Gustavo Le Paige, S.J. como un gran investigador de la arqueología de la zona atacameña. Hemos presentado antiguas fotografías del Museo inicial hacia 1963, ya ajadas por el tiempo. Igualmente, nos hemos permitido presentar partes inéditas de una entrevista que le hiciéramos en Noviembre del año 1979, cuando, aunque todavía muy lúcido, ya se encontraba decaído y atacado por el cáncer que le llevaría finalmente a la tumba.

Tenemos el firme convencimiento que Le Paige fue el gran propulsor de la arqueología en la Región de Antofagasta, y en particular, en el ámbito del Salar de Atacama, cuando de esa extensa área prácticamente no existía un conocimiento estructurado sobre la evolución cultural de sus ancestros, los atacameños. Solo retazos de información fruto de esporádicas excavaciones y rescate de ajuares de tumbas atacameñas, hechas casi todas por extranjeros (Sénéchal de la Grange, Spahni, Uhle) y cuyas colecciones no reposan hoy en el territorio patrio sino en museos de Europa (Francia, Suiza, Alemania). Le Paige deja una impronta muchísimo más profunda que sus predecesores en la zona al decidir por sí solo, contra la opinión generalizada de la época, establecer firmemente un Centro de Investigaciones y un Museo Arqueológico en el sitio mismo de los hallazgos. Algo inédito e incomprensible por entonces. Ese humilde Museo que conocí en la época de su inauguración en 1963 y cuyas fotografías muestro en otro segmento de este mismo Blog se ha convertido hoy en la puerta de entrada al mundo de Atacama.

Quisiera presentar hoy un tipo muy diferente de recuerdos. Aquellos, más íntimos y personales , que le retratan como una gran persona humana, y como un auténtico protector y "padre" de los Atacameños. Recuerdos venerados que han brotado de mis frecuentes visitas a San Pedro, entre 1963 y 1965. Porque, como anotara en otro segmento de este Blog personal, tuve el raro privilegio de vivir en la misma casa parroquial de entonces, un pequeño conjunto de 4 ó 5 habitaciones de piso de tierra y muros gruesos de adobe sin enlucir. Mi condición de jesuíta joven y entusiasta arqueólogo aficionado, me abría las puertas al trato fraterno con un Le Paige aparentemente huraño e introvertido, pero rico en buenos sentimientos, al que pocos realmente llegaron a conocer de cerca. Voy lentamente enhebrando recuerdos, con el apoyo de la memoria.

Pretendo así presentar pequeños cuadros fugaces de la vida de Le Paige, aquellos que por la impresión que me dejaron por entonces, más firmemente han quedado adheridos a mi memoria. Los rótulos de cada acápite nos remitirán sin dificultad a su contenido.

Los vasos de oro del cementerio de Larrache.

Uno de los especímenes arqueológicos que Le Paige mostraba tan sólo a sus más íntimos era su valiosa colección de queros o vasos ceremoniales de oro, hoy resguardados en una bóveda especial del Museo de San Pedro de Atacama. Estos vasos, descritos por él en un trabajo arqueológico publicado en el año 1964, fueron hallados en forma enteramente circunstancial cuando se cavaba una profunda zanja para hacer una acequia de regadío en el ayllo de Larrache [término propio de la lengua kunza de la etnia atacameña; laratche, significa "negro" según el Vocabulario del sacerdote Emilio Vaïsse]. Le Paige nos lleva con mucho misterio al lugar donde tiene escondido su tesoro. Llegamos a su aposento, pequeño, estrecho y mal iluminado. Bajo la cama, saca una gran caja de cartón. Alli, envueltos en viejos papeles de diario arrugados, va sacando uno a uno los vasos de oro que muestra con una sonrisa de satisfacción que no olvidaré fácilmente. "Esta es la prueba de la cultura que alcanzaron los atacameños ", me dice. "Porque estas piezas de oro son iguales o mejores que las aparecidas en el sitio de Tiahuanaco, a cuya cultura pertenecen". "Los atacameños de entonces (siglo VI D.C.) ya habían alcanzado una elevada cultura". "Estas piezas de oro tienen que haber pertenecido a un gran señor atacameño", me señala. Inquiero, curioso: ¿ y por qué los tiene guardados en esta forma, siendo piezas tan valiosas? . "Estando aquí entre papeles sucios, nadie podría imaginar que guardo este tesoro", me dice con una sonrisa pícara.

Nadie lo sabía, ni siquiera sus fieles ayudantes. Y tal vez por ello han logrado sobrevivir hasta el presente. Tomar estos objetos de oro macizo, y pasar los dedos por las facciones del personaje alli representadas, fue un verdadero deleite intelectual. que se nos concedía por gracia.

El dormitorio de los perros

En mis asiduas visitas a San Pedro alojaba yo en el dormitorio del fondo, destinado a los huéspedes, generalmente sacerdotes. Nunca olvidaré lo que me ocurrió en mi primera visita. Nos habíamos quedado charlando hasta tarde, mitad en francés, mitad en castellano. El tema era- lo recuerdo aún- sus experiencias de misionero en el Congo Belga [hoy Zaire]. Al hacerse tarde, le Paige preparó unos huevos fritos, los que comimos con pan. Era este sacerdote notablemente austero tanto en el comer como en el dormir. Algunas veces cocinaba el mismo; otras pedía a la dueña de un restaurante que por entonces existía al frente, a un costado de la Plaza, algún plato preparado. No recuerdo ahora su apellido. Habiendo terminado nuestra frugal cena y haciendo por entonces mucho frío ( era el mes de julio 1963), Le Paige me indicó, entregándome una vela, el dormitorio del fondo. "No está muy limpio", me dijo, "porque aquí todo se llena de polvo por el fuerte viento que penetra constantemente por paredes y ventanas". Tomé mi pequeña mochila (herencia traída de Innsbruck, Austria) y me encaminé a tientas hacia la pieza del fondo.

Rendido, en pocos minutos ya estaba dormido. Unas enormes mantas de lana tejidas por manos atacameñas, sumamente pesadas, estaban echadas encima. Debajo, unas sábanas arrugadas, llenas de polvo. Pasan unos largos minutos, tal vez una media hora. De pronto, un gran estruendo. Siento que alguien invade mi privacidad e intenta compartir mi cama. Me asusto y salto a un lado. ¿Qué había pasado?. Los dos perros de Le Paige tenían allí su propio dormitorio. Era yo quien había invadido su privacidad y ellos con pleno derecho, reclamaban su lugar. Tuvimos que compartir la cama, no sin cierta situación embarazosa pues los dos perros eran de buen tamaño y nada livianos. Me costó dormirme con esos compañeros inesperados, verdaderas moles echadas a mi lado.

Pero debo decir, en agradecimiento a le Paige, que pasé así una noche estupenda, pues en el gélido clima de San Pedro en pleno invierno, los perros me dieron, sin pretenderlo, un calor inesperado, mejor que cualquier calefactor. En los días siguientes, ya nos buscábamos con los dos mastines, para compartir amigablemente la misma cama caliente.

La fallida poda de algarrobos en San Pedro

El pintoresco episodio que paso a referir retrata de cuerpo entero la rica personalidad de Le Paige; también su temple y su carácter. Este relato me fue transmitido en San Pedro, por esos mismos años, por pobladores que fueron sus testigos directos. No lo bebí directamente de labios de Le Paige, pero sí de sus colaboradores inmediatos. Pero me tomé el trabajo - lo recuerdo bien - de verificarlo con él mismo, meses después.

Por entonces en los valles y oasis del Norte de Chile azotaba el flagelo de la "mosca azul", o "mosca de la fruta", insecto que constituía una temida plaga que asolaba por entonces varios oasis frutícolas de las zonas de Arica y Tarapacá. Se había establecido en consecuencia una cuarentena para todos los productos que desde el río Loa cruzaban hacia el sur, para impedir su propagación a las zonas agrícolas de Copiapó, Huasco y Coquimbo. Toda la fruta que fuera sorprendida en los controles aduaneros, era requisada y rápidamente quemada in situ. La lucha contra la "mosca azul" [Ceratitis capitata, fam. Tephritidae) la llevaba a cabo con mucha energía el SAG (Servicio Agrícola Ganadero), pues el país aunque se hallaba habitualmente libre de este flagelo, era periódicamente infectado desde los países vecinos de Perú y Bolivia, donde la peste era y sigue siendo, endémica.

Este control en los pasos fronterizos se realiza hasta el día de hoy, prohibiéndose absolutamente la internación de frutas tropicales (mangos, naranjas, pomelos, plátanos, guayabas, y otras frutas) al país. Por entonces, la peste había sido recientemente detectada en Pica, al interior de Iquique, y el SAG extremaba las medidas de vigilancia y control. La erradicación de esta peste era combatida por entonces con métodos drásticos, que hoy nos parecen totalmente draconianos: la corta y poda total de los árboles presumiblemente infectados.

En este escenario regional, un buen día tuvo conocimiento Le Paige, párroco católico de San Pedro de Atacama, que funcionarios del SAG procedentes de la ciudad de Calama, estaban por llegar a San Pedro. Su objetivo: erradicar la "mosca de la fruta" de la localidad. El procedimiento propuesto: cortar, hasta su base, todos los algarrobos existentes en el valle, es decir varios miles de ellos. Esta inusitada medida partía de un supuesto -hoy reconocidamente erróneo- de que el fruto del algarrobo, una vaina dulce y comestible, era un posible portador y sustentador de larvas de esta mosca.

La noticia, difundida secretamente, anunciaba que los funcionarios del SAG vendrían en varias camionetas, provistos de sierras eléctricas y se instalarían en San Pedro y sus alrededores todo el tiempo requerido para ejecutar la tala del algarrobo , parcela por parcela.

Le Paige reaccionó conforme a su fuerte temperamento. Sin hacer saber para qué, convocó a todos los hombres capaces de trabajar del pueblo y sus ayllos vecinos , a presentarse muy temprano, hacia las siete de la mañana, provistos de herramientas de trabajo ( palas, picotas y chuzos), en la huella de entrada a San Pedro. Intrigados, pero obedientes al mandato del pastor a quien veneraban, varias docenas de hombres aparecieron en escena, a esa hora temprana, armados de toda clase de herramientas. El aviso, repartido por todo el poblado decía escuetamente que debían presentarse hacia la salida del sol, premunidos de herramientas para cavar.

El pueblo obedeció ciegamente al pastor, tanta era la confianza que le tenían. Le Paige, en su vieja sotana color gris claro, también portaba barreta y azadón. Al encontrarse a la salida del pueblo, rumbo a Calama, el pastor les informó brevemente de las verdaderas intenciones de los funcionarios : traían orden del Gobernador de talar todos los algarrobos del valle. Le Paige ya había tomado la decisión de impedir este atropello. El sabía mejor que nadie que el algarrobo era para los atacameños, sus feligreses, un árbol casi sagrado; éste les daba además de su madera, vainas dulces de las que preparaban harina y un brebaje dulce: de rancia tradición secular, el arrope. También lo usaban frecuentemente como medicina y alimentaban a sus animales, en especial sus ovejas y cabras. Todos comprendieron que la tala indiscriminada de los algarrobos significaba para ellos la hambruna. Tardarían los algarrobos varios años en rebrotar y rehacerse.

A una orden de Le Paige, todos los atacameños presentes comenzaron a cavar una profunda zanja, a manera de foso, la que atravesó y perforó el camino en un lugar donde se hiciera del todo imposible el paso. La tarea duró unas dos horas. Como a las 10 de la mañana, se presentó la caravana de vehículos cargados de funcionarios, maquinaria y sierras. Le Paige alineó a sus "tropas" de lugareños, provistos de sus herramientas, al lado del foso recién abierto, a manera de un verdadero escudo humano.

Se inicia el diálogo indignado y violento de los funcionarios, exigiendo abrir paso a los vehículos. Le Paige se declara el único responsable. Toda clase de insultos al cura entrometido. Le Paige les increpa diciendo que jamás se les permitiría el paso para talar los árboles. Que ya sabían de sus intenciones. Viene un sinfín de dimes y diretes: "que se acusaría al Cura ante el Gobernador y el Intendente Regional". Le Paige exige entonces que se presente ahí, ant ellos, el propio Gobernador. Que él y todo su pueblo quieren hablar con él. Pasa una hora de inútiles tratativas. Por fin los funcionarios, indignados pero impotentes, emprenden la retirada, devolviéndose por el mismo camino que habían traído.

Nunca más se supo de ellos. Nunca apareció, tampoco, el Gobernador ni autoridad alguna, ni Le Paige fue citado a declarar. La vida de los atacameños prosiguió igual que antes. Había triunfado la cordura por sobre un ignominioso intento de vulnerar gravemente su modo de vida y su sustento más preciado: el algarrobo. Poco después, se comprobó y difundió científicamente que el árbol de algarrobo [Prosopis chilensis] no era portador, ni en sus ramas ni en sus frutos, de la temida plaga de la "mosca azul". Todo había sido una lamentable equivocación, la que estuvo a punto de destruir el habitat atacameño en sus cimientos mismos: su relación íntima con la naturaleza y su flora tradicional, de la que dependía en gran medida su sistema de vida tradicional y la de sus animales.

Este relato, que me fuera confirmado como auténtico unos años después por varios de los que presenciaron el hecho en calidad de testigos, se lo traje a la memoria un día a Le Paige y le pregunté si ello era efectivo. No hubo otra respuesta de su parte sino una sonrisa burlona, como diciéndome : ¿"cómo iba a permitir yo tamaña monstruosidad"?. Confirmada su autenticidad por varios testigos presenciales, este episodio nos muestra bien a Gustavo Le Paige en su carácter de protector y verdadero "padre" del pueblo atacameño.

Le Paige sabía bien la relación íntima de los atacameños con su tierra y con su flora nativa. Y este gesto verdaderamente sublime pero a la vez atrevido y audaz del sacerdote, nos lo presenta aquí como un verdadero pionero de una auténtica eco-antropología en esta región desértica de Chile, donde el árbol es parte íntima de la vida del habitante del medio árido Aquí se da, entre habitante y flora autóctona, una verdadera simbiosis, de la que no tiene noción alguna el habitante de la urbe, criado y nutrido entre el asfalto y el cemento. Sin haber usado jamás Le Paige el concepto de eco-antropología, por entonces desconocido, este tipo de acciones y reacciones del sacerdote arqueólogo nos lo revelan en una potente faceta ecológica, muy poco destacada hasta el presente, enriqueciéndose con ello notablemente su rica y potente personalidad y su aporte personal a la auto-identificación del pueblo atacameño.









viernes, 24 de octubre de 2008

Fundo El Portezuelo de Colina, El refugio científico de Luis Peña Guzmán

El lugar donde Lucho quiso esconder su vida de sabio.

En las fotos que siguen, hemos querido mostrar en imágenes el lugar elegido por Lucho y Miguel Eyquem, su amigo arquitecto, para establecer la morada del sabio y sus valiosas Colecciones. A unos 15 km de Santiago y a otros tantos de Colina, el lugar ofrecía la paz y quietud que Luis Peña buscaba para sí y sus hermanas solteras. Al costado noroeste del peñón denominado "El León", de unos 200 m. de altitud sobre el valle, se ofrecía un paisaje de laderas pobladas de plantas xerófitas, propias de la sabana del valle central de Chile. Cactus, litres, quillayes, algarrobos y espinos alternaban con alguno que otro colliguay o guayacán solitario.

El Cerro " denominado "El León", se yergue abrupto y desafiante sobre el costado oriente de la planicie del valle central, albergando antiguas canteras y manantiales y una bien conservada flora autóctona. Lo que atrajo casi de inmediato las miradas de Lucho Peña. (foto H. Larrain).

En la parte media de la foto, en un descanso del cerro y hacia la derecha, semioculta entre elevados álamos, se alcanza a divisar la casona, obra genial del arquitecto Miguel Eyquem (foto H. Larrain).

Parte media del edificio, de intrigante y desafiante arquitectura, mirando hacia el nororiente. Desde el Parque. (foto H. Larrain octubre 2008).



Sector nororiente del edificio. Desde esta esquina, gustaba Miguel Eyquem, el arquitecto constructor, dirigir su mirada hacia las cimas nevadas de la cordillera (foto H. Larrain, octubre 2008).



Area norte del edificio. El ventanal que se observa mirando al norte, corresponde exactamente al escritorio del entomólogo. (Foto. H. Larrain, octubre 2008).

La casa de Alfredo Ugarte Peña, sobrino directo de Lucho, a escasos metros de la casa-museo. Alfredo es hoy el curador del Museo y encargado de las visitas guiadas de estudiantes.

El costado sur de la casa-museo. Se observa el vehículo Mazda y la parte posterior del camper, ambos usados por Lucho en todas sus últimas expediciones (foto H. Larrain, octubre 2008).

Arboleda que se ha formado entre la casa-museo y la casa de las hermanas Peña Guzmán. (foto H. Larrain, octubre 2008).

Costado sur de la casa-museo. Entre un molle y hiedras trepadoras (foto H. Larrain, octubre 2008).


Entrada a la casa-museo por el costado sur. (foto H. Larrain, octubre 2008).
Sección del laboratorio donde Lucho solía pasarse muchas horas en el microscopio, haciendo sus observaciones entomológicas (foto H. Larrain, octubre 2008).

Estos cubículos permitían, en tiempos de Lucho, el trabajo simultáneo de 3 ó 4 de sus ayudantes de campo. Lucho inspeccionaba de cerca el trabajo que daba diariamente a cada uno de ellos. De esta suerte, sus ayudantes aprendían con él todas la menudencias de la colecta, guarda, protección y cuidado de los especímenes, y, a la vez, con la generosidad que lo caracterizaba, les enseñaba todo lo que el iba estudiando o recibiendo de otros, los grandes entomólogos extranjeros que venían especialmente a visitarlo, desde lejanas tierras.(foto H. Larrain, octubre 2008).

Sección de uno de los cubículos destinado para sus ayudantes. Aquí se acumulaban y aún se acumulan, miles de cajas de cartón conteniendo sobres con insectos secos, material que sirve de estudio y de canje con instituciones extranjeras. Se reciben diariamente solicitudes de canje o compra de especímenes colectados por Lucho, primero y por Alfredo, después de él, en más de 500 expediciones a América. Salvo Venezuela y las Guyanas, Lucho colectó en todos los demás países de América del Sur, especializándose en Perú, Bolivia y Argentina, en un claro afán por examinar y llegar a entender las interrelaciones y conexiones biológicas y geográficas con nuestro país.


Hall de ingreso a la casa-museo. En las pareces, fotos y recuerdos de sus viajes. (foto H. Larrain, octubre 2008). Ya no está alli la gran piel de boa, de 6 metros de largo, traída del Amazonas. También desaparecieron misteriosamente las cabezas reducidas, hechas por los jíbaros, traídas de uno de sus primeros viajes al Ecuador, de las que Lucho relataba espeluznantes historias.

Escritorio de Lucho Peña, atiborrado de libros, cajas de insectos y elementos de trabajo. Cuesta ver la diferencia entre el hoy (2008) y el día en que Lucho nos dejó (1995). (foto H. Larrain, octubre 2008).

Sección del escritorio actual. Se observa muy pocos cambios desde la época de Lucho. Aquí fueron redactados sus trabajos científicos y escritos más valiosos, desde 1984 hasta su muerte (1997). Lucho muy tempranamente adquirió un computador el que aprendió a usarlo hábilmente. Nos dejó un claro ejemplo al esforzarse por adaptarse con facilidad a los cambios tecnológicos. (foto H. Larrain, octubre 2008).

Pequeño jardín interior con plantas tropicales y caída de agua. Aquí se suele mantener vivos a anfibios chilenos y plantas acuáticas. (foto H. Larrain, octubre 2008)

Costado del hall interior. En las paredes, recuerdos de sus viajes a Bolivia , Paraguay y Brasil. (foto H. Larrain, octubre 2008).

El amplio hall central. Al fondo, abajo, cajas de vidrio donde cría hoy Alfredo insectos y lagartos y otros animales, para sus exposiciones y visitas guiadas. (foto H. Larrain, octubre 2008).

El deambular de los Peña en busca de casa definitiva.

Después del trágico incendio de la casa de la familia Peña Guzmán, ocurrido en el año 1940, donde Lucho perdió todas sus colecciones y la familia, todas sus pertenencias, la familia se trasladó a la chacra de "El Bosque", junto a Malloco, donde vivieron por varios años. Posteriormente, hacia el año 1962, la familia adquirió una casa grande en la Avenida Colón 5500. Lucho tuvo la suerte de encontrar una casa en arriendo, justo al lado de la de su madre y hermanas. Aquí vivió varios años, mientras buscaba su hogar científico definitivo, del que hablaremos luego.

Recuerdo como si fuera hoy esa pequeña casa de un piso que Lucho Peña todavía ocupaba por allá por el año 1972, en un extremo escondido de la calle "La Reconquista", contiguo a la amplia casa-quinta de 5.000 m2 que ocupaban su madre y hermanas en Avenida Colón 5500. Allí tenía asiladas, en espléndido desorden, sus Colecciones, sus libros, sus curiosos recuerdos de viaje. Más de una vez me alojé allí, entre montañas de cajas de insectos y olor a paradicloro, escapando de problemas familiares. Lucho me acogía con el afecto de un hermano. Hablábamos de antropología y de insectos, de plantas y de viajes al Trópico, de quiméricos planes de crear un gran Instituto, el que siempre soñó: El "Instituto de Estudios y Publicaciones Juan Ignacio Molina".

Dos de sus ayudantes compartían su casa por entonces. Era su costumbre - y lo fue hasta su muerte- el acoger, formar y educar a sus ayudantes, generalmente de extracción popular o campesina, pero ansiosos de aprender la ciencia del Maestro ( la Entomología) y elevar su nivel de vida. ¡Y no pocos lo lograron!. Los nombres de Gerardo Barría, Osvaldo Segovia, y más tarde, José Escobar, Lupercio Escobar, Hernán Navarrete, entre otros, figuran entre sus protegidos. A todos ellos, les cambió la vida al contacto con Lucho. Y estoy cierto que todos ellos lo han sabido agradecer. Fue esta una faceta de la personalidaad de Lucho, poco conocida y poco valorada y, me atrevería a decir, absolutamente insólita entre los cientificos que me ha tocado conocer.

El Portezuelo junto a "Las Canteras". ¡Por fin un refugio para el sabio!.

Lucho recorría en compañía de su entrañable amigo el arquitecto Miguel Eyquem los alrededores de Santiago, buscando su futuro hogar científico. Quería escapar del Santiago inhóspito, superpoblado, caótico. Buscaba la paz y el lugar ideal donde poder establecer su futuro Museo, donde poder vivir en contacto vital con la naturaleza, "lejos del mundanal ruido". Fija sus ojos en unas colinas, sobre el villorrio de "Las Canteras", al pie del cerro "El León" (Vea fotos, más arriba). El paisaje es agreste: en los lomajes, algarrobos, espinos, por doquier; más arriba, macizos de "incienso" y de imponentes cactus chilenos. Dos canales de riego la atraviesan, entre álamos y zarzamoras. El extremo que mira hacia el Norte, con vista espléndida al valle de Chicureo, por entonces zona exclusivamente agrícola, será el lugar elegido para la futura casa-museo. Eyquem elige el lugar, orientado hacia las montañas de los Andes, y con vista infinita hacia el norte, el oeste y al este. El ojo del arquitecto quiere conectar el edificio con los picos de la cordillera, en un afán por armonizar luz, perpectiva y paisaje infinito, desplegados en todas direcciones, menos al sur. Y el edificio va brotando de la mente de Miguel, quien acompañado de maestros inexpertos, va elevando a pulso sus delgados muros y desplegando las alas de una extraña techumbre sinuosa, como imitando el oleaje suave de la playa. Se respeta cada árbol, cada roca, cada forma del paisaje, y la construcción va siguiendo el trazado natural del terreno, casi sin modificarlo. Es el terreno el que manda, no la estructura.

Lucho se resigna: el constructor quiere crear la "guarida" del sabio, a su arbitrio, dejándose llevar por sus atisbos e intuiciones. Lucho sólo exige para sí un espacio mínimo. Un pequeño escritorio con mucha luz natural y un exiguo dormitorio con luz escasa, semi escondido. El no necesita más. La mayor parte será destinada a bodegas, estanterías de libros, laboratorios y salas de exhibición. Un inmenso living y un gran corredor de acceso en declive servirán de hilo conductor al visitante que podrá admirar en paredes y rincones toda clase de exponentes de la fauna y de la flora, en fotografías o en ejemplares . No falta un pequeño jardín interior, expuesto directamente a la luz, con cascada de agua y plantas de interior, dando un hálito de vida a la piedra y al cemento. Corona el living una gran chimenea de piedras lajas, traídas de una cantera próxima, única fuente de calor invernal en la amplia construcción.

Mucho más que una morada para un sabio egoísta y ególatra, el edificio se nos aparece como un Museo magnánimente dispuesto para el discurrir pausado de alumnos, profesores y visitantes. Un guía puede llevar un curso completo de niños, sin que se enteren de la presencia del científico, insimismado, tal vez, observando al microscopio los ojos facetados de un raro ejemplar de mariposa.

Muy pronto su hermana Marta, soltera, decide dejar Santiago y ser la primera moradora de la colina. Allí levantará, con el apoyo de Lucho su hermano, su casita, una versión reformada de las casas tipo "Hogar de Cristo". La casa se adosará a unos vetustos algarrobos, que pronto verdearán y crecerán magníficos al abrigo del agua de riego. Poco después, Teresa y Alicia, las hermanas solteronas, construirán muy cerca de Lucho, una casa de adobes y tejuela de alerce, de tinte campesino sureño, con espacios compartidos. La madre, Teresa, ha muerto en el año 1985, y ya no hay motivo para seguir en Avenida Colón. Se vende la casa-quinta y las tres solteras, junto a Lucho, emprenden un caminar, juntos, porque el destino las ha unido indisolublemente al hermano que ha elegido la "ciencia" por mujer y compañera de toda una vida. Los otros hermanos: Carlos, Patricio, Carmen y Ana María, casados y con familia, seguirán caminos diferentes, pero siempre cercanos.

Pocas familias he conocido tan increíblemente unidas. Todos viven pendientes de todos y la enfermedad de uno, atrae la preocupación inmediata de todos. Reina un hermandad pocas veces vista en estos tiempos en que las familias suelen disgregarse, dispersándose por todos los senderos de Chile. Y los lazos familiares se van debilitando.En esta familia late, muy vivo, ese recuerdo imborrable del hermano que les hace tanta falta, que era, sin quererlo, el eslabón genético de esa cadena de amor, herencia valiosa de sus padres Luis Peña Otaegui y Teresa Guzmán García Huidobro.

Lucho nos dejó para partir a la mansión del padre Dios, un 27 de Septiembre del año 1995. Fué entonces su sobrino, Alfredo Ugarte Peña, quien tomará el timón del barco creado por Lucho; construyó su casa a metros de la casa-museo (ver foto aquì) , heredó sus gustos y su interés por la entomologìa y la ciencia. Y la casona-museo se ha visto nuevamente- como antaño en vida de Lucho- inundada de juventudes que ávidamente acuden aquì a conocer de cerca la Naturaleza que se les muestra en infinitud de ejemplares de insectos y en ejemplares vivos de extraños animales de Chile y el extranjero.

Porque Alfredo, siguiendo a la letra el camino trazado por Lucho, realiza hoy, una obra de educación ecológica y ambiental encomiable, que hace del Portezuelo de Colina un cálido hogar científico para la juventud chilena, Tal como Lucho siempre lo soñó, y que, por arteros manejos, estuvo a punto de zozobrar. Dios quiso que primara por fin la sensatez y que el sueño de Luis Peña Guzmán siguiera vivo y palpitante, de modo que muchos niños chilenos, ricos y pobres, pudieran seguir "expedicionando a Chile", tal como él lo hizo de modo magistral mientras estuvo entre nosotros. Ahí, en la casa-museo del Portezuelo, sigue vivo y palpitante el recuerdo de Lucho, fanático expedicionario, entre sus fotos, sus libros, sus recuerdos, su "aura" de científico excepcional; su herencia ecológica y su legado. Y esperamos que siga latiendo ese imborrable recuerdo, al mismo ritmo, en ese mismo lugar, por muchas generaciones más.

Para un acabado estudio arquitectónico de detalle de esta casa-museo (Casa Luis Peña), consulte la página web: www.barqo.cl/v1/proyecto).

miércoles, 22 de octubre de 2008

El legado del jesuíta Gustavo Le Paige S.J.: Noviembre 1979


En octubre 1979, Gustavo Le Paige, el sacerdote-arqueólogo jesuíta, fue obligado por sus superiores a viajar a Santiago, para cuidar de su salud e internarse en el hospital. Tenía ya 76 años cumplidos. Lo hizo a regañadientes, pues presentía que ya no volvería a su querido San Pedro. Supe que estaba muy enfermo y decidí ir a visitarlo. Yo había sido su confidente y amigo en aquellos ya lejanos años 1963-64, en San Pedro de Atacama. Por entonces, siendo también yo miembro de la orden jesuíta, se suponía que sería el sucesor obligado de Le Paige en el Museo de San Pedro. Mi gusto por la arqueología asi lo hacía presentir. Cuando iba, pues, a San Pedro, alojaba en la humilde casa parroquial de piso de barro y llena de polvo, y departía con Le Paige como un hermano. Las circunstancias siguientes me hicieron variar de derrotero, y abandonando la orden de la Compañía de Jesús a comienzos del año 1965, viajé a México y me matriculé en la Universidad Autónoma de México, en la carrera de Arqueología.

El germen que sembrara Le Paige durante esas asiduas visitas a San Pedro (1963-65), en que de sobremesa, cada noche, nos sumíamos en hondas cavilaciones sobre la importancia y antigüedad de la cultura atacameña, hizo fructificar en mí una vocación de arqueólogo que me ha acompañado toda mi vida, hasta el día de hoy. A menudo el punto focal de nuestras conversaciones versaba sobre las teorías antropológicas del también jesuíta, Pierre Teilhard de Chardin (Orcines, [Francia], 1881 - Nueva York [USA], 1955), genial paleontólogo y eximio teólogo, mirado con reticencia por entonces en la Iglesia Católica por sus ideas evolucionistas. Teilhard era muy admirado por Le Paige a quien leía con especial fruición. Le Phénomène humain, obra crucial de Teihard (editada secretamente en 1948 y publicada solo luego de su muerte en 1955, en Nueva York), era uno de sus libros de cabecera. Pronto llegó también a ser el mío.

Redacté estas líneas en mi Diario de Campo a pocas horas de haber efectuado la entrevista adjunta. Durante muchos años, he guardado celosamente este documento. Aunque pudiera alguien pensar que no es oportuno referirse a situaciones tan personales, a reflexiones hechas en la intimidad de una conversación privada, estimo, pasado ya tanto tiempo, que este escrito permitirá revelar la grandeza de alma de Le Paige, su espíritu de cristiano ejemplar y de científico profundo. Estoy cierto que esta entrevista arrojará nueva luz sobre facetas del pensamiento de este sacerdote-arqueólogo, las que nos permitirán conocer más a fondo su rica personalidad y sus ideales más caros. Copio textualmente de mi Diario de Campo (Vol. XII (1979), 104-111) el detalle de la entrevista que le hiciera en ese momento:

"2/XI/1979. Visito al P. Gustavo Le Paige S.J., recluído en una pieza del Colegio San Ignacio [Residencia de los Jesuítas, en calle Alonso Ovalle, esquina San Ignacio]. Son las 11.30 A.M. Está [siendo cuidado por] un muchacho de Antofagasta, que le sirve de enfermero. Llevo la grabadora oculta dentro del portadocumentos. La grabación, es apenas audible. Está feliz de verme. No nos veíamos desde Enero del año 1965, a pesar de habernos escrito varias veces [entretanto]. Está hace como tres semanas en Santiago. Problemas del riñón, [como] consecuencia de una operación a la próstata, por haber dejado de tomar un remedio que se le recomendara.[En efecto,] se escapó del hospital de Chuquicamata [sin terminar su tratamiento]. Habla muy quedo. Apenas lo escucho. Comenzamos [la conversación] en castellano; luego, insensiblemente, nos pasamos al francés. No oculta su gran alegría al verme nuevamente. En la grabación [que acabo de escuchar] mi voz es muy clara [así como] mis preguntas. Esta me guiará en est reproducción [hecha de memoria] de la entrevista. Entre corchetes, las palabras que agrego para una mejor intelección del texto de la entrevista.

Le digo que lo veo muy bien de aspecto físico. Pero le cuesta harto caminar y sentarse. [El enfermero acompañante lo ayuda a acomodarse en la silla]. Lo felicito por el libro sobre la Cultura Atacameña que acaba de publicar con Bente Bittmann y Lautaro Núñez ["Cultura Atacameña", Serie El Patrimonio Cultural Chileno, Colección Culturas Aborigenes, Ministerio de Educación, Departamento de Extensión cultural, Octubre 1978, 64 p.]. Se muestra orgulloso de èl. lo hace traer [por el enfermero]. Me muestra sus fotos. Me dice: "ahora podemos decir que se publica bien en Chile...Es un orgullo para nosotros".. Me muestra la hoja [de la obra] donde se reproduce una punta [lítica] de 20.5 cm. de largo. Me dice que fue suya la idea de publicar estos volúmenes: "fue mi propia idea". Pero [observo] que no se dice eso en la obra.

Le cuento de nuestro Proyecto para hacer una "Etnografía de Chile" desde la llegada del español. Me contesta: "hay que ver de dónde vienen [los ancestros] y para eso se necesitan dataciones de C 14". Le explico que partimos con la llegada del español, y solo de paso nos referiremos a los antecedentes arqueológicos. Insiste en que deberíamos referirnos al aspecto biológico de los grupos (estudio de los grupos sanguíneos de cada comunidad étnica) ; [lo que hoy se hace mediante el estudio del ADN de los pueblos]. De tener esos datos [me dice] habría una maravillosa confirmación acerca de su origen.

Le pregunto quién sigue con [la revista] Estudios Atacameños, [ de la que fuera fundador]. Me dice que el Centro formado en el propio Museo de San Pedro. Lo embromo [diciéndole] "me ofrezco para ir personalmente a San Pedro,... ¿me recibe allá?" . "Por cierto", me contesta sin dudar

Le pregunto si tiene [disponible para mí] un ejemplar de su obra "Culturas Atacameñas". [Hace un gesto al enfermero para que me reserve uno].

Le pregunto [a continuación, en francés]: "Est-ce-que vous vous rappelez quand nous sommes allés visiter Tambillo et la decouverte que nous avons fait ensemble là?". Se ríe, recordando aquel mes de Noviembre 1974. "Sous la pierre il-y-avait un cràne". "No recuerdo bien las fechas", me dice. Le digo que todo ello debe estar escrito en su Diario. "Por cierto", me dice. "Hay que publicarlo", le digo. "Lo vamos a publicar", me dice. Le observo: " [mais] votre Journal est plein des signes inintelligibles, qu´il faudrait traduire". Me dice que al comienzo [de su Diario] hay un glosario de los signos (abreviaciones) que usa.

Me ofrezco para ayudarlo en la publicación de sus manuscritos (Journal). Le recuerdo cuando le dibujé para un número de Anales de la Universidad del Norte, tabletas de rapé y tubos de hueso con decoración [propia] de Tiahunaco. Me dice que está por publicar un libro sobre las 125 tabletas de rapé que existen en [el Museo de ] San Pedro. Tiene la sospecha de que el Tiahuanaco de San Pedro podría ser un antecedente del Tiahuanaco Clásico del Lago Titicaca. No están aún seguros, pero sospechan que el Tiahuanaco Clásico sea posterior a lo [hallado en] San Pedro. Pero no tienen las pruebas.

"Creo que Ud. nos acompañará aún por muchos años", le observo. Se ríe y reimos juntos alegremente. Le pregunto: ¿se enviará a otro jesuíta para hacerse cargo del Museo, o no?. Le expreso mi temor de que la obra científica de la Iglesia se vea abandonada allá. Me dice que es muy dura la vida allá, que no se vé quién pudiera ir. No teme por la obra de la Iglesia, pues la Compañía de Jesús tiene tanta parte en la obra (Museo) como la Universidad del Norte.. Insiste en que él es el Director del Museo. Pero, le digo: "¿et aprés Vous?... "¿après moi le Déluge"?. Se ríe. No ve el peligro (que yo estoy convencido existe y grave) . Cree que la Compañía de Jesús y sus Provinciales tienen [clara] conciencia del problema [que se generará luego de su muerte].

Le pregunto qué relación tiene con el P. [Giorgio] Serracino, que estuvo con él en San Pedro. Me dice que lo ordenaron de sacerdote "sin suficiente información", me insiste. "Desde el punto de vista científico, le digo, ¿no cree Ud. que sería el candidato ideal para ocupar su puesto en San Pedro?. "No", me contesta. "Tiene un carácter infernal". Expresa sus dudas sobre [la solidez de] su formación arqueológica en U.S.A. [G. Serracino estuvo un semestre siguiendo cursos de arqueología en Cornell University hace pocos años atrás]. [Le Paige] no parece confiar mucho en ella.

"¿Cuál cree Ud. - le pregunto- el aporte más importante hecho por Ud. a la arqueología chilena e internacional?. "Revelar San Pedro", me dice sin la menor vacilación. Antes de él, casi nada se sabía sobre San Pedro [de Atacama]. Se conocía la iglesia del pueblo, el pukará... Muy poco más. Me muestra [en su libro reciente] una foto de una piedra laja tallada [procedente] de Tulán. Me dice que es la cultura tal vez más interesante de la zona de San Pedro. Le digo que no he visitado San Pedro desde 1964. Se ríe suavemente. "Vaya a verlo - me dice- "el Museo está muy lindo". Le pregunto qué piensa hoy acerca de los antiguos niveles del lago. Acepta que hubo niveles mucho más altos del lago [ que hoy]. Cree que hubo mayores aportes de agua y que luego hubo mucha evaporación y empezó a descender el nivel de las aguas. Le pregunto: "¿por qué cree Ud. que hubo desarrollo cultural tan importante en San Pedro de Atacama?. "Es la presencia del oasis" - me dice sin dudar. ¿Cree Ud, que sus habitantes se refugiaron (huyendo) desde otras regiones?. "No, la evolución cultural se produjo allí mismo", me dice enfáticamente. ¿Cree Ud, que la población de San Pedro, digamos hacia los 500 D.C., fue más numerosa que hoy? "Poco más importante que hoy, pero no mucho más" - me dice.

"!Cuántos recuerdos!", me dice. ¿Cuál es su impresión general acerca de su presencia en San Pedro durante tantos años (20-21 años)?, ¿Le gustó vivir allí, verdad?. "Oh sí", me dice, con entusiasmo, "fue mi vida... viví feliz allí". Le pregunto: ¿Sintió Ud. alguna vez una discordancia [discrepancia] entre sus creencia religiosa y espíritu apostólico y su vocación arqueológica?. "De ningún modo", me dice. "Dios es también el Dios de la Ciencia. Siempre dije a los pobladores de San Pedro que yo me debía a la Humanidad antes a que a ellos. Jamás me negué a ellos. Ellos lo entendieron, pero no todos. Ni podía pretender que lo entendieran todos. Nunca tuve el menor escrúpulo [respecto] de mi actividad arqueológica en San Pedro".

Le pregunto: ¿Cómo lo consideraron [ a Ud.] los científicos visitantes?, ¿como religioso o como científico? " Ambas cosas siempre", me dice. "Me respetaron en mi doble calidad de científico y de religioso". Le digo: y los obispos, ¿cómo lo comprendieron?.... ¿ y Monseñor Valenzuela? Se sonríe. "Algunos más, otros menos; pero todos respetaron mi obra". ¿Y los Provinciales jesuítas ?. "Plena comprensión y apoyo total" , me dice. "Ellos eran conscientss de la gran obra científica que se estaba haciendo. Jamás tuve un problema con ellos", me dice.

Me ofrezco para ayudarlo en sus publicaciones. Me dice: "que tiene todavía algunos MSS [manuscritos] que desearía publicar. Que ahora, con la paz del retiro de Santiago, ha escrito algunas ideas. Que ha reflexionado mucho y recibido muchas luces sobre Dios, la Trinidad, la Eucaristía y la vida espiritual, el alma... , con gran claridad." Le pedí que escribiera todo eso...Me dijo que quisiera confiarme algunos manuscritos para que yo me encargara de su publicación. Le dije que le prometía hacerlo, y lo haría en la Revista Norte Grande [revista que yo por entonces publicaba en el Instituto de Geografía de la Universidad Católica] . Me lo agradeció mucho. Se emocionó mucho cuando me lo dijo. Presentí que estos documentos - y tal vez también su "Journal" [Diario de Campo], me los confiaría. Me sentiría ciertamente muy honrado de poder hacerlo, pues creo que ayudar en esa obra, sería un honor para mí.

Me pidió que volviera a verlo. Que teníamos [aún] mucho que hablar. Estaba muy emocionado y ambos derramamos lágrimas juntos. Le aseguré que volvería y le llevaría el último número de Norte Grande. Me levanté, me hinqué y le pedí su bendición. Me la dió, emocionado, en castellano. "Horacio, siempre confié en Ud. "No estoy triste de que Ud. haya abandonado la Conpañía de Jesús. Son los caminos de Dios. Y Ud. siguió el camino de la Ciencia. Sea fiel".

Me despido diciéndole: "no me olvide en sus oraciones". Me acompaña con su mirada viva y emocionada hasta la puerta. Dice a su enfermero: "si viene el señor Larrain, hágalo entrar de inmediato". Son las 13.20 hrs." (fin de la entrevista). (Extracto ad litteram del mi Diario de Campo, Vol. 12, pp. 104-11, con adición de explicaciones entre corchetes).

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Hoy. a casi treinta años de aquella entrevista, aún me emociono al recordar su bondadosa acogida y su franca y espontánea conversación sobre temas religiosos y arqueológicos, sobre los que tanto departimos, rodeados de sus fieles perros, en muchas noches heladas, en la parroquia de San Pedro de Atacama. Sin la menor duda, debo mi vocación científica a aquellos recorridos por los polvorientos caminos de Atacama acompañando y preguntando mil cosas al Padre Le Paige. Y he procurado serle fiel, tal como él me lo pidiera.

Y una vez más, me convenzo que la intrincada cadena de la transmisión científica del conocimiento de generación en generación, pasa por el diálogo franco y abierto entre maestros y discípulos. Los primeros, tratando de dar lo mejor de sí, su visión de las cosas y su experiencia, y, los segundos, viendo todo lo rico y positivo que se encierra en ese mensaje de vida; luego vendrán los pasos siguientes, en ansiosa búsqueda personal de la verdad huidiza y lejana, siempre esforzándonos más y más hacia el conocimiento total. Pero sabiendo que por mucho que escrutemos e indaguemos, la verdad total nos será esquiva y, a lo más, alcanzaremos algunos tímidos atisbos de ella, sin lograr aprehenderla en su plenitud total. Esta solo la posee Dios, sumo hacedor y conocedor de todas las cosas: "las visibles y las invisibles" (visibilia et invisibilia).

viernes, 10 de octubre de 2008

Ingeborg Lindberg: changos históricos

Junto a sus investigaciones de tipo textil, su campo de estudio de preferencia, Ingeborg Lindberg se dedicó durante su presencia en el Norte de Chile, a estudiar algunos aspectos del folklore local y etnografía de la zona del interior de Antofagasta o de la costa árida. Especial mención merece aquí este pequeño artículo en el que la autora nos describe el modo de vida de los actuales mariscadores de la costa, que la gente todavía hoy rotula como "changos". Por cierto, no son éstos descendientes de los antiguas camanchacas o changos, pero sí heredaron su modo de vida semi nomádico y sus costumbres tanto alimenticias como de asentamiento y movilidad.
Por tratarse de un trabajo sumamente escaso y de difícil acceso, nos ha parecido conveniente incluirlo aquí, como parte de la sección "Biblioteca Virtual Horacio Larrain" Pretendemos con ello facilitar a nuestros alumnos y discípulos el acceso a una bibliografía muy poco conocida, ya que su edición original hecha en provincia, constó de muy pocos ejemplares.

Ingeborg Lindberg fue una autodidacta en temas de etnografía y folklore. Pero su capacidad de observación y su espíritu aventurero, la condujeron a muchos lugares poco conocidos, francamente ignotos o alejados de todas las rutas traficadas, dándonos asi cuenta de realidades que han escapado a los ojos de otros observadores. Aquí radica el valor de este pequeño documento que ofrecemos a los investigadores y estudiantes de antropología y etnografía del Norte de Chile.

Muy poco se ha escrito desde el ángulo de la etnografía, sobre el modo de vida de estos Changos históricos, por lo que nos complacemos en entregar este pequeño opúsculo como parte de nuestra "biblioteca virtual Horacio Larrain".

Este opúsculo está ilustrado con croquis a pluma del arquitecto antofagastino Carlos Contreras Alvarez, quien también tuvo la gentileza de entregarnos, en el año 1974, un trabajo ilustrado con sus dibujos, sobre las técnicas constructivas empleadas en la vivienda aymara, para la revista Norte Grande, Vol. I Nº 1, 1974: 25-33

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