jueves, 20 de noviembre de 2008

Anecdotario de Gustavo Le Paige: el "padre" de los atacameños

En capítulos anteriores, hemos procurado esbozar y rescatar para la posteridad la figura señera de Gustavo Le Paige, S.J. como un gran investigador de la arqueología de la zona atacameña. Hemos presentado antiguas fotografías del Museo inicial hacia 1963, ya ajadas por el tiempo. Igualmente, nos hemos permitido presentar partes inéditas de una entrevista que le hiciéramos en Noviembre del año 1979, cuando, aunque todavía muy lúcido, ya se encontraba decaído y atacado por el cáncer que le llevaría finalmente a la tumba.

Tenemos el firme convencimiento que Le Paige fue el gran propulsor de la arqueología en la Región de Antofagasta, y en particular, en el ámbito del Salar de Atacama, cuando de esa extensa área prácticamente no existía un conocimiento estructurado sobre la evolución cultural de sus ancestros, los atacameños. Solo retazos de información fruto de esporádicas excavaciones y rescate de ajuares de tumbas atacameñas, hechas casi todas por extranjeros (Sénéchal de la Grange, Spahni, Uhle) y cuyas colecciones no reposan hoy en el territorio patrio sino en museos de Europa (Francia, Suiza, Alemania). Le Paige deja una impronta muchísimo más profunda que sus predecesores en la zona al decidir por sí solo, contra la opinión generalizada de la época, establecer firmemente un Centro de Investigaciones y un Museo Arqueológico en el sitio mismo de los hallazgos. Algo inédito e incomprensible por entonces. Ese humilde Museo que conocí en la época de su inauguración en 1963 y cuyas fotografías muestro en otro segmento de este mismo Blog se ha convertido hoy en la puerta de entrada al mundo de Atacama.

Quisiera presentar hoy un tipo muy diferente de recuerdos. Aquellos, más íntimos y personales , que le retratan como una gran persona humana, y como un auténtico protector y "padre" de los Atacameños. Recuerdos venerados que han brotado de mis frecuentes visitas a San Pedro, entre 1963 y 1965. Porque, como anotara en otro segmento de este Blog personal, tuve el raro privilegio de vivir en la misma casa parroquial de entonces, un pequeño conjunto de 4 ó 5 habitaciones de piso de tierra y muros gruesos de adobe sin enlucir. Mi condición de jesuíta joven y entusiasta arqueólogo aficionado, me abría las puertas al trato fraterno con un Le Paige aparentemente huraño e introvertido, pero rico en buenos sentimientos, al que pocos realmente llegaron a conocer de cerca. Voy lentamente enhebrando recuerdos, con el apoyo de la memoria.

Pretendo así presentar pequeños cuadros fugaces de la vida de Le Paige, aquellos que por la impresión que me dejaron por entonces, más firmemente han quedado adheridos a mi memoria. Los rótulos de cada acápite nos remitirán sin dificultad a su contenido.

Los vasos de oro del cementerio de Larrache.

Uno de los especímenes arqueológicos que Le Paige mostraba tan sólo a sus más íntimos era su valiosa colección de queros o vasos ceremoniales de oro, hoy resguardados en una bóveda especial del Museo de San Pedro de Atacama. Estos vasos, descritos por él en un trabajo arqueológico publicado en el año 1964, fueron hallados en forma enteramente circunstancial cuando se cavaba una profunda zanja para hacer una acequia de regadío en el ayllo de Larrache [término propio de la lengua kunza de la etnia atacameña; laratche, significa "negro" según el Vocabulario del sacerdote Emilio Vaïsse]. Le Paige nos lleva con mucho misterio al lugar donde tiene escondido su tesoro. Llegamos a su aposento, pequeño, estrecho y mal iluminado. Bajo la cama, saca una gran caja de cartón. Alli, envueltos en viejos papeles de diario arrugados, va sacando uno a uno los vasos de oro que muestra con una sonrisa de satisfacción que no olvidaré fácilmente. "Esta es la prueba de la cultura que alcanzaron los atacameños ", me dice. "Porque estas piezas de oro son iguales o mejores que las aparecidas en el sitio de Tiahuanaco, a cuya cultura pertenecen". "Los atacameños de entonces (siglo VI D.C.) ya habían alcanzado una elevada cultura". "Estas piezas de oro tienen que haber pertenecido a un gran señor atacameño", me señala. Inquiero, curioso: ¿ y por qué los tiene guardados en esta forma, siendo piezas tan valiosas? . "Estando aquí entre papeles sucios, nadie podría imaginar que guardo este tesoro", me dice con una sonrisa pícara.

Nadie lo sabía, ni siquiera sus fieles ayudantes. Y tal vez por ello han logrado sobrevivir hasta el presente. Tomar estos objetos de oro macizo, y pasar los dedos por las facciones del personaje alli representadas, fue un verdadero deleite intelectual. que se nos concedía por gracia.

El dormitorio de los perros

En mis asiduas visitas a San Pedro alojaba yo en el dormitorio del fondo, destinado a los huéspedes, generalmente sacerdotes. Nunca olvidaré lo que me ocurrió en mi primera visita. Nos habíamos quedado charlando hasta tarde, mitad en francés, mitad en castellano. El tema era- lo recuerdo aún- sus experiencias de misionero en el Congo Belga [hoy Zaire]. Al hacerse tarde, le Paige preparó unos huevos fritos, los que comimos con pan. Era este sacerdote notablemente austero tanto en el comer como en el dormir. Algunas veces cocinaba el mismo; otras pedía a la dueña de un restaurante que por entonces existía al frente, a un costado de la Plaza, algún plato preparado. No recuerdo ahora su apellido. Habiendo terminado nuestra frugal cena y haciendo por entonces mucho frío ( era el mes de julio 1963), Le Paige me indicó, entregándome una vela, el dormitorio del fondo. "No está muy limpio", me dijo, "porque aquí todo se llena de polvo por el fuerte viento que penetra constantemente por paredes y ventanas". Tomé mi pequeña mochila (herencia traída de Innsbruck, Austria) y me encaminé a tientas hacia la pieza del fondo.

Rendido, en pocos minutos ya estaba dormido. Unas enormes mantas de lana tejidas por manos atacameñas, sumamente pesadas, estaban echadas encima. Debajo, unas sábanas arrugadas, llenas de polvo. Pasan unos largos minutos, tal vez una media hora. De pronto, un gran estruendo. Siento que alguien invade mi privacidad e intenta compartir mi cama. Me asusto y salto a un lado. ¿Qué había pasado?. Los dos perros de Le Paige tenían allí su propio dormitorio. Era yo quien había invadido su privacidad y ellos con pleno derecho, reclamaban su lugar. Tuvimos que compartir la cama, no sin cierta situación embarazosa pues los dos perros eran de buen tamaño y nada livianos. Me costó dormirme con esos compañeros inesperados, verdaderas moles echadas a mi lado.

Pero debo decir, en agradecimiento a le Paige, que pasé así una noche estupenda, pues en el gélido clima de San Pedro en pleno invierno, los perros me dieron, sin pretenderlo, un calor inesperado, mejor que cualquier calefactor. En los días siguientes, ya nos buscábamos con los dos mastines, para compartir amigablemente la misma cama caliente.

La fallida poda de algarrobos en San Pedro

El pintoresco episodio que paso a referir retrata de cuerpo entero la rica personalidad de Le Paige; también su temple y su carácter. Este relato me fue transmitido en San Pedro, por esos mismos años, por pobladores que fueron sus testigos directos. No lo bebí directamente de labios de Le Paige, pero sí de sus colaboradores inmediatos. Pero me tomé el trabajo - lo recuerdo bien - de verificarlo con él mismo, meses después.

Por entonces en los valles y oasis del Norte de Chile azotaba el flagelo de la "mosca azul", o "mosca de la fruta", insecto que constituía una temida plaga que asolaba por entonces varios oasis frutícolas de las zonas de Arica y Tarapacá. Se había establecido en consecuencia una cuarentena para todos los productos que desde el río Loa cruzaban hacia el sur, para impedir su propagación a las zonas agrícolas de Copiapó, Huasco y Coquimbo. Toda la fruta que fuera sorprendida en los controles aduaneros, era requisada y rápidamente quemada in situ. La lucha contra la "mosca azul" [Ceratitis capitata, fam. Tephritidae) la llevaba a cabo con mucha energía el SAG (Servicio Agrícola Ganadero), pues el país aunque se hallaba habitualmente libre de este flagelo, era periódicamente infectado desde los países vecinos de Perú y Bolivia, donde la peste era y sigue siendo, endémica.

Este control en los pasos fronterizos se realiza hasta el día de hoy, prohibiéndose absolutamente la internación de frutas tropicales (mangos, naranjas, pomelos, plátanos, guayabas, y otras frutas) al país. Por entonces, la peste había sido recientemente detectada en Pica, al interior de Iquique, y el SAG extremaba las medidas de vigilancia y control. La erradicación de esta peste era combatida por entonces con métodos drásticos, que hoy nos parecen totalmente draconianos: la corta y poda total de los árboles presumiblemente infectados.

En este escenario regional, un buen día tuvo conocimiento Le Paige, párroco católico de San Pedro de Atacama, que funcionarios del SAG procedentes de la ciudad de Calama, estaban por llegar a San Pedro. Su objetivo: erradicar la "mosca de la fruta" de la localidad. El procedimiento propuesto: cortar, hasta su base, todos los algarrobos existentes en el valle, es decir varios miles de ellos. Esta inusitada medida partía de un supuesto -hoy reconocidamente erróneo- de que el fruto del algarrobo, una vaina dulce y comestible, era un posible portador y sustentador de larvas de esta mosca.

La noticia, difundida secretamente, anunciaba que los funcionarios del SAG vendrían en varias camionetas, provistos de sierras eléctricas y se instalarían en San Pedro y sus alrededores todo el tiempo requerido para ejecutar la tala del algarrobo , parcela por parcela.

Le Paige reaccionó conforme a su fuerte temperamento. Sin hacer saber para qué, convocó a todos los hombres capaces de trabajar del pueblo y sus ayllos vecinos , a presentarse muy temprano, hacia las siete de la mañana, provistos de herramientas de trabajo ( palas, picotas y chuzos), en la huella de entrada a San Pedro. Intrigados, pero obedientes al mandato del pastor a quien veneraban, varias docenas de hombres aparecieron en escena, a esa hora temprana, armados de toda clase de herramientas. El aviso, repartido por todo el poblado decía escuetamente que debían presentarse hacia la salida del sol, premunidos de herramientas para cavar.

El pueblo obedeció ciegamente al pastor, tanta era la confianza que le tenían. Le Paige, en su vieja sotana color gris claro, también portaba barreta y azadón. Al encontrarse a la salida del pueblo, rumbo a Calama, el pastor les informó brevemente de las verdaderas intenciones de los funcionarios : traían orden del Gobernador de talar todos los algarrobos del valle. Le Paige ya había tomado la decisión de impedir este atropello. El sabía mejor que nadie que el algarrobo era para los atacameños, sus feligreses, un árbol casi sagrado; éste les daba además de su madera, vainas dulces de las que preparaban harina y un brebaje dulce: de rancia tradición secular, el arrope. También lo usaban frecuentemente como medicina y alimentaban a sus animales, en especial sus ovejas y cabras. Todos comprendieron que la tala indiscriminada de los algarrobos significaba para ellos la hambruna. Tardarían los algarrobos varios años en rebrotar y rehacerse.

A una orden de Le Paige, todos los atacameños presentes comenzaron a cavar una profunda zanja, a manera de foso, la que atravesó y perforó el camino en un lugar donde se hiciera del todo imposible el paso. La tarea duró unas dos horas. Como a las 10 de la mañana, se presentó la caravana de vehículos cargados de funcionarios, maquinaria y sierras. Le Paige alineó a sus "tropas" de lugareños, provistos de sus herramientas, al lado del foso recién abierto, a manera de un verdadero escudo humano.

Se inicia el diálogo indignado y violento de los funcionarios, exigiendo abrir paso a los vehículos. Le Paige se declara el único responsable. Toda clase de insultos al cura entrometido. Le Paige les increpa diciendo que jamás se les permitiría el paso para talar los árboles. Que ya sabían de sus intenciones. Viene un sinfín de dimes y diretes: "que se acusaría al Cura ante el Gobernador y el Intendente Regional". Le Paige exige entonces que se presente ahí, ant ellos, el propio Gobernador. Que él y todo su pueblo quieren hablar con él. Pasa una hora de inútiles tratativas. Por fin los funcionarios, indignados pero impotentes, emprenden la retirada, devolviéndose por el mismo camino que habían traído.

Nunca más se supo de ellos. Nunca apareció, tampoco, el Gobernador ni autoridad alguna, ni Le Paige fue citado a declarar. La vida de los atacameños prosiguió igual que antes. Había triunfado la cordura por sobre un ignominioso intento de vulnerar gravemente su modo de vida y su sustento más preciado: el algarrobo. Poco después, se comprobó y difundió científicamente que el árbol de algarrobo [Prosopis chilensis] no era portador, ni en sus ramas ni en sus frutos, de la temida plaga de la "mosca azul". Todo había sido una lamentable equivocación, la que estuvo a punto de destruir el habitat atacameño en sus cimientos mismos: su relación íntima con la naturaleza y su flora tradicional, de la que dependía en gran medida su sistema de vida tradicional y la de sus animales.

Este relato, que me fuera confirmado como auténtico unos años después por varios de los que presenciaron el hecho en calidad de testigos, se lo traje a la memoria un día a Le Paige y le pregunté si ello era efectivo. No hubo otra respuesta de su parte sino una sonrisa burlona, como diciéndome : ¿"cómo iba a permitir yo tamaña monstruosidad"?. Confirmada su autenticidad por varios testigos presenciales, este episodio nos muestra bien a Gustavo Le Paige en su carácter de protector y verdadero "padre" del pueblo atacameño.

Le Paige sabía bien la relación íntima de los atacameños con su tierra y con su flora nativa. Y este gesto verdaderamente sublime pero a la vez atrevido y audaz del sacerdote, nos lo presenta aquí como un verdadero pionero de una auténtica eco-antropología en esta región desértica de Chile, donde el árbol es parte íntima de la vida del habitante del medio árido Aquí se da, entre habitante y flora autóctona, una verdadera simbiosis, de la que no tiene noción alguna el habitante de la urbe, criado y nutrido entre el asfalto y el cemento. Sin haber usado jamás Le Paige el concepto de eco-antropología, por entonces desconocido, este tipo de acciones y reacciones del sacerdote arqueólogo nos lo revelan en una potente faceta ecológica, muy poco destacada hasta el presente, enriqueciéndose con ello notablemente su rica y potente personalidad y su aporte personal a la auto-identificación del pueblo atacameño.