domingo, 12 de mayo de 2019

¿El primer mapa etnográfico de Chile?: el mapa de los pueblos indígenas del geógrafo Pedro Cunill Grau del año 1961. Análisis y comentarios.

Fig. 1.  Portada del  "Atlas histórico de Chile" del geógrafo chileno Pedro Cunill Grau  publicado por la editorial Zig-Zag de Santiago de Chile en  1961.

¿Qué es y  qué pretende ser un mapa etnográfico?.

Conviene que aclaremos bien este concepto antes de seguir. Un mapa o plano etnográfico busca representar en forma  gráfica (mediante el dibujo),  la presencia cultural constituida por las etnias o pueblos originarios en las diferentes regiones del territorio patrio.
"Etnografía"  es un voz compuesta artificial y proviene de dos palabras griegas: εθνος (pronunciado éthnos, que significa pueblo, o etnia y γράφειν (pronunciado graphéin) que significa escribir, dibujar, trazar. "Etnografía", por lo tanto es una descripción  en forma de escrito y/o dibujo  de los pueblos antiguos. Y lo primero que se suele escribir sobre ellos desde los tiempos del historiador griego Jenofonte, es su posición geográfica, o sea indicar dónde habitan o habitaban;  aliis verbis, mostrar su(s) territorio(s)  tribal(es). Es exactamente lo que hicieron los antiguos cosmógrafos coloniales al dibujar sus mapas.  Nos señalaron en ellos la presencia de los pueblos originarios, con bastante precisión, en  el área donde originalmente vivieron y desenvolvieron sus actividades.

Qué  dibuja y grafica un mapa etnográfico.

Así como un "mapa físico" busca mostrar mediante una representación gráfica, las características físicas  (esto es, perceptibles en el paisaje) de un área determinada,  exhibiendo la presencia de sus sistemas montañosos (=orografía), ríos y lagos (=hidrografía), sus lomajes, pampas, valles y/o desiertos (=geomorfología), un plano o mapa etnográfico  tiene por misión  entregarnos   información actualizada sobre los lugares de presencia de agrupaciones indígenas en la época que se estudia. Un mapa etnográfico, en consecuencia, omitirá deliberadamente otros muchos aspectos que puede ofrecer el estudio del territorio, concentrándose solamente  en el tema específico del área ocupada  por la presencia indígena. 

Los aborígenes en los mapas coloniales de América o Chile. 

Es conocido el hecho de que  los antiguos planos de  América elaborados en España,  Inglaterra, Francia u Holanda durante el período colonial, incluyen casi siempre, valiosas referencias al poblamiento americano, señalando  a grandes rasgos, las zonas pobladas  por indígenas. Es el caso, por ejemplo,  del antiguo Plano que ilustra la portada de este mismo Atlas de Cunill  (Fig. 1), al  señalar a la Patagonia argentina como la "Regio Patagonum", es decir, la región de los indígenas  llamados "Patagones".  Sabemos hoy que bajo este nombre genérico se designó tempranamente a los  indígenas Tehuelches (aónikenk)  y a los indios Pampas  (querandíes  y otros) del centro-sur de la república argentina.

El plano de América del  Sur de Juan de la Cruz  Cano y  Olmedilla.

Entre todos los planos coloniales que hoy existen, el caso más insigne, probablemente, para el tema que aquí tratamos, es el del Plano del cosmógrafo español Cano y Olmedilla, Éste porta este sugestivo título:

 "Mapa Geográfico de  América Meridional dispuesto y gravado por Don Juan de la Cruz Cano y Olmedilla, Pensionado de su Majestad  Individuo de la Real Academia de San Fernando y de la Sociedad Banscongada de los Amigos del País  teniendo presentes varios Mapas y noticias originales con arreglo a  observaciones astronómicas", Londres,  1775.

En este notable Plano, tal vez  el más preciso y completo  de la  época colonial, se indica la existencia y presencia de varias etnias o pueblos indígenas en los contornos del  actual territorio de Chile.
La información etnogeográfica sobre las agrupaciones indígenas que nos entrega Cano y Olmedilla representa, sin duda alguna, un valioso precedente histórico para la confección de los Planos específicos posteriores de tipo etnográfico, que cada país americano ha ido publicando a lo largo del tiempo, para dar  conocer a sus connacionales la presencia de las diversas etnias en los contornos del territorio patrio.

Los planos etnográficos en Chile republicano.

 En el caso chileno,  como creemos poder demostrarlo en este capítulo, la tarea de confeccionar planos o mapas de carácter etnográfico fue, según nos parece,  sumamente tardía. En Chile, en efecto, pese a las investigaciones tempranas de los arqueólogos Max Uhle y Ricardo E. Latcham,  y a los esfuerzos de historiadores de los grupos mapuches como Tomás Guevara con anterioridad  al año 1920,  no se observa por lo general un especial interés de los historiadores  por  profundizar, y muchísimo menos por graficar en detalle, en planos específicos, el área de asentamiento, la actividad económica y el tipo cultural  de los diversos pueblos indígenas del país. Latcham es lapidario al referirse precisamente a este abandono:

"Nuestros historiadores del siglo pasado, propagaron un serie de errores respecto de los indios del país, los que quedaron arraigados de tal manera en la enseñanza que se creyó inútil hacer mayores investigaciones. Se suponía que de Coquimbo al sur la raza indígena había sido homogénea y de  estirpe araucana. Se imaginaba que dicho pueblo vivía  en estado de salvajismo y que sólo con la llegada de los Incas se introdujo entre ellos, los vestigios de cultura más adelantada que encontraron los españoles a su arribo. El territorio  que hoy forman las provincias septentrionales de Chile, era muy poco conocido durante  los primeros tiempos de la colonia y en todo caso, formaba parte del virreinato del Perú.  Se formó la idea de que es región  era poblada solo en la costa por reducidas tribus de pescadores y que el interior era desierto y deshabitado. Todos estos conceptos son erróneos como hemos demostrado en numerosas publicaciones y conferencias, durante los últimos treinta años, aun cuando todavía se repiten en los textos de historia".". (Latcham,  1942 [1937]: 5).

Esto escribía el arqueólogo  Ricardo E. Latcham en abril del año 1937.

Los trabajos tempranos sobre etnografía chilena.

 Los trabajos pioneros de los historiadores Diego Barros Arana (1875)  y  José Toribio Medina (1882) nos aportan, sin duda, informaciones valiosas sobre la cultura y  las costumbres de algunos grupos étnicos, pero en ningún momento intentan estos autores trazar y/o dibujar mapas de ocupación de todo el territorio, ni siquiera planos a la usanza de los historiadores coloniales (esto es, señalando su nombre tribal en el área precisa).  Nos hemos preguntado por qué. Daría la impresión, leyendo hoy sus trabajos, que  el primer afán de los gobiernos nacionales fue controlar y dominar todo el extenso territorio poblándolo rápidamente y,  si era preciso, instalando colonos extranjeros (alemanes, suizos e italianos) y/o chilenos. Daría la impresión de que con ello se buscaba minimizar e invisibilizar en lo posible la presencia indígena local, como si ésta constituyera una rémora u obstáculo insalvable al desarrollo de dichas regiones. Esta perspectiva, a lo que creemos, contagió también a  nuestros historiadores. Tal vez no habría sido ésta su  primera intención, pero el desarrollo de los hechos -en particular los tristes y cruentos episodios de la pacificación de la Araucanía- parecerían así sugerirlo. Ya lo sugiere también en alguna medida el hecho de que el libertador don Bernardo O´Higgins  en el año   1818, designe a los  pueblos originarios (mapuches) como ciudadanos pleno iure de la naciente República,  como un modo indisimulado de incorporarlos al nuevo país al que ellos, por lo demás,  no se sienten en absoluto unidos. 

Sobre este tema de la descripción y enumeración e las etnias  aborígenes de Chile,  puede el lector consultar nuestra obra "Etnogeografía" ,tomo XVI   de la colección Geografía del Chile, del Instituto Geográfico Militar, Santiago, 1987: pp. 60-68.  Allí se analiza en detalle el aporte de los historiadores y  antropólogos tempranos de los  siglos  XIX y  XX.


La confección de mapas: tarea de los geógrafos.

No deja de sorprendernos bastante el hecho de que los grandes historiadores chilenos, en su inmensa mayoría, hayan sido tan poco proclives a trazar mapas o planos de las realidades que describen tan prolijamente; casi nos atreveríamos a sostener que la  expresión cartográfica  no les interesaba  mayormente. ¿Se debió esta actitud, tal vez,  a la falta de manejo de esta excelente herramienta heurística  (¿ignoratio elenchi?)?. O,  ¿tal vez, imaginaron nuestros historiadores que sus escritos  eran per se suficientes para  entender los hechos, sin necesidad de incluir una guía didáctica gráfica?.  En sus escritos, la expresión gráfica mediante el uso de  planos resulta, por consiguiente,   muy pobre  por no decir burda, y muchas veces se halla totalmente ausente. No siguen ellos, pues, la experimentada  senda de muchos de sus antecesores  coloniales o republicanos tempranos como,  en nuestro propio país ,es  el caso de la "Histórica Relación del Reyno de Chile"  del padre  Alonso de Ovalle (1646),  o  el "Viage al desierto de Atacama" del gran explorador y  naturalista,  el sabio  alemán Rudolf Amandus Philippi  (1864). En ambas obras, los mapas, esquicios y dibujos son piezas fundamentales, insustituibles.

El aporte de los geógrafos  para la descripción más perfecta del territorio.

Serán los geógrafos de formación cartográfica, conforme a la índole propia de su especialidad científica,  quienes inicien, con gran éxito, la tarea gráfica, de carácter descriptivo  del país, con el aporte de nuevos Atlas y  Mapas especializados. Tarea exigida, por lo demás, por el sistema educacional que requería con urgencia de herramientas prácticas para la enseñanza.  Así nacerá tardíamente, con el geógrafo  Pedro Cunill,  en  1961, el primer Atlas Nacional de Geografía Histórica, tarea  que será  posteriormente continuada por otros, generalmente geógrafos y/o antropólogos,  a partir de  1975.  Tarea que hasta hoy  (2019) realizan con sin igual energía en nuestro país, las geógrafas Ana María Errázuriz Körner y Pilar Cereceda Troncoso.

El "arrinconamiento" de las comunidades indígenas del área mapuche.

Mientras los sucesivos gobiernos de Chile (máxime en el período 1851-1883) "arrinconaban" a los mapuches, pehuenches y huilliches,  en la zona situada entre los ríos Biobío y Toltén, (es decir, entre las Regiones VIII a X), concediéndoles allí minúsculas  "mercedes de tierras", como resultado de la mal llamada "Pacificación de la Araucanía",  se iniciaba simultáneamente  y con gran energía una suerte de  "re-poblamiento" del mismo territorio (considerado en gran parte vaco) con colonos en su mayoría extranjeros (alemanes, italianos y suizos). Otro tanto ocurrirá,  y más o menos por las mismas fechas, en la república argentina  en la época del dictador  Juan Manuel de Rosas y su despiadada campaña de exterminio contra los indios pampas, poyas y tehuelches. Al obligárseles  a asentarse  en un territorio determinado y a abandonar su semi-nomadismo, se les cercenó considerablemente y de manera drástica,  su derecho a ocupar y disponer de sus extensos territorios de caza, pesca  y recolección de antaño.

La colonización del  sur.

En Chile, en efecto, el escritor y político Vicente Pérez Rosales (1807-1886) recibe la comisión específica del presidente don Manuel Montt  (que gobierna el país entre 1851-1861) para contratar y traer familias de colonos alemanes -en su inmensa mayoría católicos- los que serán asentados particularmente en la zona de Villarrica- Osorno-Puerto Montt, en pleno territorio originalmente  de habitat  huilliche  y cunco. 

¿El primer mapa detallado de los pueblos originarios de Chile?. 

Dos son los mapas  del Atlas de Cunill de especial intéres para nosotros. el primero se titula: "Los aborígenes en América". El segundo:  "Los aborígenes en Chile".

"Los aborígenes en América".

Fig. 2.  Plano de la América Meridional con representación de las principales  tribus y pueblos  presentes en la época de la conquista, distribuidas  en lo que el autor denomina:"áreas culturales". El territorio correspondiente a la república de Chile queda englobado en  dos grandes áreas de América: el "área incaica" (de color amarillo)  y el  "área  del guanaco"(de color blanco), y en ellas,  se nombra aquí  a un total de  7  agrupaciones  indígenas.

Mapa de los aborígenes en Chile.

Fig. 2.   Mapa etnográfico de Chile de Pedro Cunill, publicado por la editorial Zig-Zag en 1961. Aquí quedan representados los nombres de  16 pueblos originarios indígenas. Al parecer, se trataría del primer mapa gráfico de los pueblos originarios de Chile.

Análisis de los dos Planos del Atlas de  Pedro Cunill.

El primer Plano (Fig. 2): los Aborígenes en América. 

Nuestra tarea se concentrará ahora en el examen de sus Planos. Trataremos brevemente del primero.  Éste (Fig.  2),  nos muestra a América Central  y  Sur  a partir más o menos del Río Grande, actual frontera con los Estados Unidos.  El mapa distingue aquí  tres  "áreas culturales"Área 1de agricultura intensiva. Aquí incluye a los grupos  Nahuas,  Chibchas  e Incas. Área 2:  Área de recolectores, cazadores y pescadores (área del guanaco),Área 3:  o de agricultura de la mandioca.  Incluye el área amazónica y el área de las Antillas. 

No es nuestro objetivo discutir ahora los alcances y contenido del concepto aquí usado de "área cultural", que  poco coincide con el elaborado por el antropólogo norteamericano  Julian  Steward  apenas dos años después, en su famoso Handbook of South American Indians.  (Steward, 1963). Porque esto  daría pie a otro capítulo especial de nuestro blog. Nos contentamos, pues, por el momento con comentar que el criterio seguido por Pedro Cunill para catalogar a las etnias es exclusivamente de carácter  económico: es decir señalando el origen de su alimentación (agricultura, pesca, caza o recolección).

El  segundo  Mapa de Cunill:  los aborígenes en Chile  (Fig. 3).

Este mapa  (Fig. 3)  nos concierne directamente y le dedicaremos más espacio de análisis.  El Plano nos indica la presencia de un total de 16 grupos o pueblos indígenas a lo largo del extenso territorio de Chile. De norte a sur,  distingue distintas áreas, dotadas de diferente reticulado y colorido, siempre en tonalidades distintas del color café.  Sección 1: atacameños; sección 2: diaguitas; sección 3: picunches;  sección 4chiquillanessección 5:  araucanos; sección 6:  huillichessección 7: cuncos; sección 8: pehuenches; sección 9:  puelchessección 10:  poyas; sección 11:  tehuelches; sección 12:  patagones; sección 13:  onassección 14: chonossección 15: alacalufes; sección 16: yaghane.s  Cada "sección" corresponde aquí a una porción de territorio nacional. 

Comentarios a esta enumeración de áreas ocupadas por pueblos indígena.

1.  En estricto sentido, esta enumeración de 16 etnias indígenas  no dista mucho de la que actualmente  está en boga  entre nosotros y es reconocida por los geógrafos y antropólogos. 

2.   Lo primero que llama especialmente  la atención en ella es la total ausencia del pueblo aimara. En el extremo norte (entre la frontera con el Perú y el río  Salado) Cunill solo señala la presencia de los pueblos atacameños. ¿Sigue con esto, según sospechamos,  la antigua nomenclatura propuesta por Max Uhle  que denominaba dicha región como "chincha-atacameña"?. Si bien en el plano de América (Fig. 2) apunta la existencia de los aimaraes en territorio altoandino perú-boliviano, los ignora en el territorio perteneciente a Chile (Fig. 3). Probablemente, también, haya influido en él la enumeración de pueblos indígenas que traza don Aureliano Oyarzún, del año 1927, quien también los omite completamente.  En la época de Oyarzún, esta omisión resulta  algo más comprensible, pues eran territorios que Chile había ganado recientemente al Perú y Bolivia en la guerra del Pacífico. Pero su omisión en 1961, nos resulta por demás extraña e incomprensible.  

3.  Después de señalar  el área ocupada por los picunches  (o "gentes del norte"), Cunill anota  un extensa área de chiquillanes.  La presencia de los chiquillanes  en nuestro territorio no era constante. Si bien  recorrían con frecuencia el área central, eran pueblos mayoritariamente  nómades que tanto ocupaban el territorio trasandino vecino, en Argentina actual (área de Mendoza y San Juan),  como el nuestro, particularmente en sus sectores montañosos. Se dejaban caer furtivamente durante la época de las cosechas al valle central de Chile para robar y saquear. Así, residían en nuestro territorio solo transitoriamente.  Eran recolectores y cazadores y no practicaban la agricultura. Odiados por los agricultores del valle central, fueron fuertemente perseguidos. Que sepamos, hoy no quedan  trazas de ellos ni en Chile ni en la Argentina. Pero la forma de representación que emplea Cunill  induce a engaño, pareciendo ser pueblos residentes los que solo eran "visitantes" o, más precisamente,  merodeadores y saqueadores.

4. Se reseña en este Plano, como un pueblo particular, habitante de nuestro territorio, el de los "patagones".  No queda claro a qué grupo étnico se refiera aquí Cunill con este nombre. Porque generalmente los llamados "patagones" por los primeros viajeros españoles  no eran otros que los mismos tehuelches.¿Tal vez sugiere una  facción de esta tribu, la facción meridional?.  Persiste la duda.

5. Cunill apunta la presencia de los poyas, asignándoles un extenso territorio  continental. Se sabe, sin embargo,  que los poyas preferían  las áreas montañosas bajas del occidente argentino actual, y solo eventualmente bajaban por la zona montañosa de  Aysén llegando a  veces hasta hasta Chiloé pero, por lo general, se mantenían en las zonas aledañas al Lago General Carrera o al lago Nahuelhuapi, donde  fueron catequizados  (y parcialmente  asentados  en sus orillas) por  los misioneros jesuítas a  mediados del siglo XVIII. Además de la caza y recolección, practicaban allí una pequeña agricultura incipiente.

6. Los puelches  ("gentes del Este"), eran cazadores pampeanos de guanacos y avestruces y recolectores terrestres que irrumpían esporádicamente en los huertos mapuches  y huilliches robando y saqueando sus sementeras. Vivían en la zona cordillera argentina en los territorios de Neuquén y Río Negro, frente a Villarrica y Osorno. Poseían una lengua que les emparentaba con los tehuelches de las Patagonia y comerciaban activamente con los mapuches, con los cuales terminaron fusionándose y, al parecer,   mestizándose.

7. La asignación por parte de Cunill de extensos territorios en Chile continental tanto a tehuelches como a poyas y puelches resulta, por tanto, francamente engañosa. Porque su presencia era tan solo esporádica y  de carácter estacional, penetrando por los pasos fronterizos bajos de la cordillera, habiendo dejado allí escasos rastros de su presencia. 

8. Cunill denomina "yaghanes"  a los yámana, asumiendo la nomenclatura de Lucas Bridges quien fue el primero en llamarles "Yaghan" (cfr. Bridges, (1950 [1948]).  El sacerdote y antropólogo Martín Gusinde S.V.D. que vivió entre ellos y estudió  por años su cultura y tradiciones, prefiere el nombre de yamana con el que ellos se identificaban a sí mismos. (cfr. Gusinde,  1931-1939).

9. Por último, echamos  de menos en este recuento a la etnia de origen polinésico  Rapanui propia de  Isla de Pascua, la que no aparece dibujada en este Mapa  pesar de que la isla se encontraba  en posesión de Chile desde el año 1888. 

10. Finalmente,  debemos destacar que habiendo total ausencia de planos etnográficos anteriores del territorio patrio, el trabajo del geógrafo Cunill del año 1961 representa un  paso muy valioso  en el reconocimiento, por parte de Chile, de  la presencia e influencia indígena en su territorio.  

(Nota final.  Para la redacción de este trabajo hemos contado con la entusiasta colaboración de la joven geógrafa Srta. Daniela Ninoska Rivera Marín, titulada en el Instituto de Geografía de la Pontificia Universidad Católica de Chile,  quien nos obtuvo de la Biblioteca Nacional de Chile en Santiago, copia de los Planos de Cunill aquí reseñados. A ella, pues,  nuestra especial gratitud.)

Bibliografía usada.

Barros Arana, Diego,  1875. "Apuntes sobre la etnografía de Chile", Anales de la Universidad de Chile,  tomo XLVII, 5-12, Santiago. 

Bridges, Lucas, 1950 [1948],  Uttermost Part f the Earth, New York, E.P. Dutton and Co. Inc. London, Hodder & Stoughton, (second impression), 558 p. .

Cunill Grau, Pedro,  1961.  Atlas Histórico de Chile, Editorial  Zig-Zag, Santiago de Chile. 

Gusinde, Martin, 1931-1939. Die Feuerland Indianer, Verlag des Internationalen Zeitschrift Anthropos, Wien, 3 Bände   (Band II: die Yamana) , Mödling bei Wien. 

Larrain, Horacio,  1987. Etnogeografía. Volumen XVI de la Colección  Geografía de Chile. editado por el Instituto Geográfico Militar, Santiago de Chile,  285 p.

Latcham, Ricardo E.,  1942 [1937], "Antropogeografía prehistórica del Norte de Chile", Boletín del Museo Nacional de Historia Natural,  Tomo XX, 5-.17), Santiago de Chile.

Medina, José Toribio,  1882,  Los Aboríjenes de Chile,  Imprenta Gutemberg, Santiago de Chile.

Oyarzún, Aureliano, 1981, [1927],  Estudios  antropológicos y arqueológicos, Compilación, Introducción y  Bibliografía de Mario Orellana Rodríguez,  Editorial Universitaria,  Santiago de Chile.

Steward, Julian H., 1963a., Handbook of South American Indians, 7 Vols., Cooper Square Publishers Inc.,  New York.

Steward, Julian H.,  1963b., "South American Cultures: an interpretative Summary",  in Handbook of South American Indians (Julian H. Steward ed.), Volume 5: The comparative Ethnology  of South American Indians, Cooper Square Publishers, Inc.,  New York, pp. 669-783.

Steward, Julian H., 1963c., "The native population of South America", in  Handbook of South American Indians, (Julian H. Steward ed.), Volume 5: The comparative Ethnology of South American Indians, Cooper Square Publishers, Inc., New York, pp. 655-668.


viernes, 19 de abril de 2019

Mapa de ubicación y tipo de cultura de los pueblos originarios de Chile hacia 1540: nuestro trabajo pionero del año 1975. Comparando el ayer (1975) y el hoy (2019).


Fig. 1. Parte superior del mapa, que corresponde al habitat de los changos de la costa  norte, aimaras y atacameños o lickan antai, con los colores respectivos para cada etnia. (Regiones chilenas de Arica, Tarapacá y Antofagasta).

Un mapa etnográfico de Chile en  1975.

Prácticamente desconocido resulta hoy, en el mundo de la Historia, Geografía y Etnografía de Chile, el trabajo que elaboramos  en 1975  para la revista ilustrada "Expedición a Chile", cuya edición se inició en dicho año. Nuestro objetivo entonces fue dar a conocer, en detalle, la localización, población, actividad económica y tipo de cultura de las diferentes tribus indígenas de nuestro país.  La nueva revista, sobre la cual hemos escrito un par de capítulos anteriores en este blog,  tenía por objeto dar a conocer rincones ocultos de Chile, ricos en flora y fauna,  hacia donde se podía expedicionar acompañados de  científicos de varias disciplinas. Mostrar a la juventud un Chile bastante desconocido en múltiples facetas, constituyó entonces el gran desafío del grupo de científicos que bajo la dirección del ingeniero  y matemático Alberto Vial Armstrong se reunieron  a fines del año 1974 para discutir y definir los objetivos y alcances de la futura  revista, destinada primariamente a re-encantar a la juventud chilena y a mostrarles su país  con una "nueva lupa":  la expedición guiada por científicos.

En busca de los pueblos autóctonos.

En estas investigaciones del Chile aún oculto o poco conocido,  no podían faltar las expediciones al corazón de algunas de las etnias, habitantes primigenios del territorio patrio: los mapuches y los qawashqar, este último  nombre autóctono de los alacalufes. Descubrir  y presentar a los lectores sus modos de vida, su relación con el medioambiente  y su  cosmovisión  era, sin duda, un tema ineludible si se quería mostrar el rostro aún oculto del Chile, que tan solo los científicos ilustrados o algunos académicos conocían de cerca.  Acercar este conocimiento a toda la juventud nacional, ansiosa  de nuevos derroteros  en las circunstancias políticas difíciles que vivía el país en esas fechas, constituía  no solo un desafío, sino también  un imperativo para enriquecer y profundizar nuestro conocimiento  del propio país. 

Se muestra el modo de vida de los mapuches y qawashqar.

Se eligió para ello, como tema principal de varios fascículos de la revista, el examen del modo de vida de  dos pueblos indígenas, muy diferentes entre sí: los mapuches:  agricultores del centro-sur del país y los alacalufes o qawashqar pescadores-recolectores marinos de los canales patagónicos. Dos etnias en extremo disímiles en su desarrollo cultural, economía  y  población. Mientras los mapuches mostraban una robusta población en incremento, con centenares de miles de representantes, los qawashqar estaban al borde de la extinción,  contando apenas con apenas un par de decenas de  descendientes, que vivían en pequeñas  cabañas de madera donadas por el Estado, en la localidad de Puerto Edén, su último refugio en su tierra ancestral: los archipiélagos patagónicos.  De su antigua  actividad  marina, apenas si quedaban ya rastros, cuando el lingüista greco-francés Christos Clairis Basiliadis los visitó y  estudió su lengua ya moribunda, en su última morada, en el año  1973.  Nuestra revista tuvo el privilegio de acceder a su material fotográfico de primera mano y al relato circunstanciado del propio investigador. Privilegio en realidad, único e irrepetible,  que agradecemos en forma particular.

Como parte de  esta novedosa perspectiva de dar a conocer, además de la flora y fauna nativa, la presencia indígena,  surgió en nosotros el anhelo de  pergeñar un plano o mapa etnográfico de Chile que fuera una guía práctica  para los estudiantes del país.

Observaciones al Plano nuestro de 1975.

El  Plano que aquí analizamos presenta ciertas peculiaridades que lo diferencian bastante de su predecesor, el plano del geógrafo  Pedro Cunill Grau, editado en el Atlas Histórico de Chile del año 1961. Dejamos aquí en claro que no se trató por cierto de una investigación lingüística o socio-lingüística  de nuestro territorio. Su característica básica fue dar a conocer el área territorial en que se desenvolvieron las diferentes tribus o pueblos indígenas del territorio nacional, en la época inmediatamente anterior al contacto español. Pretendía solamente servir de apoyo a la enseñanza de la historia y geografía  en los colegios y escuelas del país.
Sus  diferencias básicas respecto a planos anteriores, como el de Cunill Grau  (1961, cfr. bibliografía) se podrían tal vez resumir en los siguientes puntos:

a)  El Plano se acompaña, por el reverso, de un  extenso texto descriptivo, dedicado a  cada etnia  o grupo indígena. En ese texto, se  muestra su ubicación, se estima el monto de su población, se señala su economía básica (agrícola, cazadora, pastoril o de recolección y pesca), su forma de aprovechamiento del medio ambiente  (su ecología), así como  sus expresiones religiosas,  su lengua propia y su forma de asentamiento en el paisaje. Más abajo, presentamos al lector el texto descriptivo que acompaña al Plano.

b) Cada etnia es señalada con un color particular.

c)  Se agregan, a un costado, imágenes representativas de su vestimenta  y ajuar.

d)  Se  indica el  área de  influencia de su lengua y cultura en el territorio nacional.

e)  Las tribus sureñas de tehuelches y onas se extienden hacia el territorio actual de la Patagonia y Tierra del Fuego de la república argentina, compartiendo territorio en ambas naciones.

f) Y, por fin, se indica en forma simbólica, mediante líneas en zigzag,  las probables zonas de contacto con pueblos y culturas vecinas situadas en las actuales repúblicas de Perú, Bolivia y Argentina.

Por ser el plano muy largo (1m.), hemos optado por presentarlo en dos secciones o partes que mostramos a continuación:

 Fig. 1.  Territorio propio de aimaras,  lickan antai o atacameños  y mapuches.

 Fig. 2.  Área del territorio ocupado por las diferentes tribus del extremo sur, hasta la isla de el Cabo de Hornos.


Fig 3. La simbología empleada por nosotros en el mapa etnográfico del año 1975.

Texto redactado en 1975  ( en la parte posterior del Plano).  Escaneado desde el original.







 Comparando el ayer y el hoy: observaciones finales.

Analizando nuestro plano del año 1975, correspondiente a la situación poblacional indígena en el año 1540 (fecha del arribo de Pedro de Valdivia), podemos con mucho dolor comprobar cómo varias de las antiguas tribus habitantes del país, se han extinguido por completo en el transcurso de cinco siglos y medio. Algún grupo indígena ha sido lamentablemente omitido en este Plano (aunque no en el texto), como es el caso de los tehuelches o aonikénk  que hoy sabemos llegaban hasta el área de Puerto Natales y Punta Arenas y el mismo Estrecho de Magallanes, en sus correrías por la extensa Patagonia  argentina.
Quedan hoy, en el extremo sur,  muy escasos descendientes de los qawashqar y de los yámana o yaganes quienes ya perdieron  su antigua  lengua  y sus costumbres. Idéntica o peor es la situación de los onas, antiguos cazadores de guanacos de la Tierra del Fuego. Los tehuelches subsisten aún hoy en  pequeños grupos de descendientes en la república argentina en las riberas de los ríos Santa Cruz y Río Negro. No quedan indicios de chonos, puelches, poyas  ni de los pescadores  changos de la costa norte. Tampoco de los picunches en la zona central. Los changos  que subsistieron en la zona de Paposo-Taltal (IIª Región de Chile), desaparecen totalmente  hacia la década del 20 ó 30 del pasado siglo. De la antigua presencia diaguita  (IIIª y IVª Región de Chile) solo quedan descendientes lejanos,  fuertemente mestizados y aculturados, los que solo recientemente se han  auto-reconocido como tales y se  han afiliado a la Corporación Nacional de Desarrollo Indígena  Nacional   (CONADI).
En la zona montañosa de Copiapó (cerca de la frontera argentina) quedan restos muy pequeños y dispersos de los antiguos moradores  collas, quienes practican hasta hoy un pastoralismo semi-nómadico de cabras y ovejas en un medio geográfico muy depredado y escaso en alimentos.  Esta etnia no figuraba siquiera en los primeros planos etnográficos ni tampoco en el plano nuestro de 1975 que aquí comentamos, pues su existencia como grupo indígena era por entonces prácticamente ignorada y no estaba registrada oficialmente, ni siquiera en su propia región (IIIª  Región de Chile, Región de Atacama).

Los indígenas en Chile según la Corporación Nacional de Desarrollo Indígena (CONADI).

 La CONADI hoy reconoce la existencia de aimaras, quechuas y lickan antai o atacameños en las provincias del extremo norte. Diaguitas en la  IIIª y IVª Región;  pascuenses o Rapa nui en Isla de Pascua; mapuches  y huilliches en las regiones  VIIIª,  XIXª y Xª.  Los escasos descendientes de qawashqar, onas, y yamana (o yaganes), han perdido por completo su lengua y sus costumbres tradicionales y viven en algunos poblados sureños, como en la  Isla Navarino,  entre blancos, aunque hacen hoy valer con energía sus derechos  a sobrevivir como tales. Estimamos que fuera de sus genes (patentes en su genotipo y fenotipo) y de algunos pocos recuerdos de antaño, es muy poco o nada  lo que en ellos sobrevive hoy de su cultura antigua: se han aculturado totalmente,  y adaptado  hoy al modo de vivir de la mayoría blanca y se han mestizado fuertemente con ellos. En realidad, no tenían otra alternativa para sobrevivir.  O se adaptaban  o sucumbían.

La forzada extinción de  las tribus del extremo sur de América.

El pavoroso exterminio experimentado por estas tribus sureñas de chonos, yámanas, onas, qawashqar, poyas  o tehuelches  (o aonikenk), ha sido descrito, con negras tintas, por diferentes autores. Sucumbieron estas tribus sea a manos del ejército argentino del general Roca  (pampas y tehuelches), o  provocado por  las masacres de algunos grandes hacendados y estancieros chilenos y argentinos de la Patagonia y Tierra del Fuego (caso de tehuelches y onas), o, por fin, por los ávidos comerciantes de pieles de lobos marinos en la zona de los archipiélagos chilenos desde comienzos del siglo XIX  (chonos, qawashqar  y yaganes). Su calvario ha quedado tristemente  registrado en numerosos relatos de misioneros, viajeros, historiadores y descriptores de la Patagonia, tanto chilena como argentina.  (Cf. Thomas Falkner, S.J,  (1809); Guillermo Cox,  (1863); George Chaworth Musters (1871); Martin Gusinde, (1931-37); Lucas E. Bridges, (1950); Mateo Martinic  (1961, 1971); Horacio Larrain  (1986), Rodolfo Casamiquela,(1991) y recientemente,  Luis Alberto Borrero (2001), para no citar sino unos pocos autores de varias nacionalidades que se han referido con cierta extensión  a su habitat y cultura o  a su triste destino).

(Nota:  el presente capítulo solo ha pretendido presentar y dar a conocer a los expertos en Ciencias Sociales y al profesorado nacional la existencia de esta mapa etnográfico de nuestra autoría, diseñado hace ya casi 45 años, y no intenta, en modo alguno, recapitular o examinar  la rica bibliografía existente tanto en Chile como en Argentina sobre  el respectivo poblamiento indígena  y su destino actual).

Bibliografía básica citada.

Borrero, Luis Alberto, 2001, El poblamiento de la Patagonia. Toldos, milodontes y volcanes, Emecé Editores, Buenos Aires.

Bridges Lucas E.,  1950,  Uttermost Part of the Earth,  E. P. Dutton and Co, New York; Inc.;  London,  Hodder &  Stouton.

Bridges, Lucas E., 1952, El último Confín de la Tierra, Emecé Editores, S.A., Buenos Aires.  (traduccion de la obra precedente).

Casamiquela, Rodolfo, 1991, "Bosquejo de una etnología de la Patagonia Austral", Waxen, 3,  41-80.

Cox, Guillermo, 1863.  "Viajes a las rejiones septentrionales de la Patagonia",  Anales de la Universidad de Chile, tomo XXIII, Semestre 2º, 3-103; 151-238 y 437-509. Santiago. de Chile.

Cunill Grau, Pedro,  1961, Atlas Histórico de Chile, Publicaciones de la Liga Chileno-Alemana con ocasión del Sesquicentenario de la Independencia de Chile, 34 mapas, Editorial Zig-Zag, Santiago de Chile.

Falkner, Thomas  S.J., 1809, Description of Patagonia, Two Volumes,  Longman and Co., London.

Gusinde, Martin SVD., 1931-36,  Die Feuerland Indianer, Verlag des Internationalen Zeitschrift Anthropos, 3 Bände [Band I: Die Selk`nam (1931); Band II: Die Yamana (1937);  Band III: Anthropologie der Feuerland Indianer (1930)], Mödling bei Wien.

Larrain, Horacio,  1986, Etnogeografía,  Colección "Geografía de Chile"  Tomo XVI, Instituto Geográfico Militar, Santiago de Chile, 285 p.
                                            
Martinic, Mateo, 1961, "Los Tehuelches, antiguos habitantes de nuestras estepas patagónicas", Revista Revista Geográfica Terra Australis, Nº 9, 52-59.

Musters  Chaworth, George,  1871, At home with the Patagonians,  Cambridge University Press. London.














viernes, 29 de marzo de 2019

Apuntes sobre los puquinas: un desconocido pueblo indígena habitante del extremo sur peruano y Norte de Chile (Regiones de Arica y Tarapacá).


Breves apuntes sobre la presencia de la lengua puquina en el extremo norte de Chile (Regiones de Arica y Tarapacá).

Dr. Horacio Larrain Barros (Ph.D.), antropólogo cultural y arqueólogo.
Investigador emérito, Centro del Desierto de Atacama (CDA), Pontificia Universidad Católica de Chile, Marzo 2019.

Los aimaras: ¿únicos pueblos residentes?.

Tradicionalmente,  todos los autores que se han referido al  poblamiento prehispánico del extremo norte de Chile (Arica y Tarapacá) en el momento del contacto español, han apuntado a la presencia de la etnia aimara como único ocupante de la región, tanto en  los sectores altiplánicos, como  en las quebradas y valles. Y, por consiguiente, la toponimia existente en esta zona que hoy comprende las Regiones de Arica y Parinacota y la región de Tarapacá ( denominadas Iª y XVª Región de Chile), ha sido interpretada, prácticamente sin excepción,  como de origen exclusivamente aimara. (Cf. Alfredo Wormald, “Frontera Norte”, (1963?), Luis Urzúa Urzúa  “Arica Puerta  Nueva” (1969);  Manuel Mamani “Estudio de la toponimia de Arica y Parinacota”, 2011, entre otros). Nadie se había atrevido a poner en duda esta afirmación  que aparecía como una verdad  maciza e inconcusa.

Las primeras referencias  en Chile.

José Toribio Medina en su obra  Los  Aborígenes de Chile" (1882) no hace referencia a los pueblos aimaras por tratarse de territorios recientemente conquistados tras la Guerra del Pacífico. En la brevísima etnografía de Chile que nos trae el geógrafo Luis Riso Patrón en su Diccionario Jeográfico de Chile (1924), en el norte chileno, apunta brevemente la presencia de "los aimaraes y quechuas de las provincias de origen peruano y de los atacameños del desierto de Atacama..."  (1924: Introducción: xxiv).  Y este autor sería al parecer uno de los primeros en Chile  (¿o, tal vez, el primero?) en referirse expresamente a las etnias del extremo norte del país. 
Curiosamente, Aureliano Oyarzún, en su obra específicamente dedicada a "Los aborígenes de Chile",  escrita en  1927,  ni siquiera los nombra.

Los planos y mapas etnográficos.

Lo mismo ha ocurrido con los pocos autores que han diseñado o dibujado mapas etnográficos de nuestro país, Chile, tratando de mostrar gráficamente su localización exacta en el territorio nacional. Es el caso del que creemos primer Plano etnográfico de Chile, editado en nuestro país, obra del geógrafo Pedro Cunill Grau  (1961); o  de los  Planos de localización geográfica de las etnias de Chile de nuestra propia autoría (Larrain, 1975; Larrain y Errázuriz 1983; Larrain, 1987, 2017; ver bibliografía final). Hasta hace muy poco, nadie había cuestionado seriamente esta visión, ni siquiera a título de hipótesis, pero hoy considerada incompleta. En general, se ha dado por descontado que  no habría habido, en la época del primer contacto indígena-español (viaje de Diego de Almagro en 1535-36), otras etnias o pueblos ocupando partes importantes de este extenso territorio. Esto a pesar de que la  arqueología  regional sur peruana y norte chilena había demostrado desde los tiempos del científico alemán Max Uhle  (1922) la existencia de diferentes grupos culturales, en épocas tardías,  a juzgar  por las distintas formas cerámicas halladas por él en el Norte Grande de Chile (Arica) y en el departamento de Tacna  (Perú).

La presencia costera de los changos o camanchacas.

En la costa, sin embargo, la mayor parte de los  autores reconoce la presencia de una etnia especial de gente de mar, constituida por grupos de pescadores-recolectores changos o camanchacas, herederos de una antiquísima tradición pescadora desde la época de la cultura Chinchorro (5.000-6.000 A.P.). Éstos poseían una economía esencialmente marina y llevaban una existencia dependiente totalmente del mar, usando para sus constantes movimientos a lo lago de la costa sus típicas balsas de cueros de lobos marinos. Ocupaban casi exclusivamente el borde litoral, junto al mar,  allí donde se podía hallar escasas aguadas, generalmente salobres. Varios cronistas se refieren explícitamente  a ellos y, en forma particular, Antonio  Vásquez de Espinoza  y Reginaldo de  Lizárraga.  (Cfr. Larrain, 1974:  55-80).

Intentos fallidos por  descubrir la lengua de los changos.

 A pesar de  intentos varios (Cfr. Philippi, 1860, A. Brésson, 1870-74, Loukotka, 1968, D´ Ans, 1976, Lehnert,  1978, entre otros) de su lengua nada se sabe con absoluta certeza y lo más probable a nuestro entender es que, siendo tan pocos en número, carecerían de lengua propia y habrían adoptado como propia la lengua de las etnías agrícolas del interior  (puquina, aymara, atacameño o lickan antai) con las cuales  tenían contacto permanente, suministrándoles en reciprocidad pescado seco, mariscos y algas a cambio de maíz, frijoles,  calabazas, quínoa y coca. Si en tiempos más remotos estos grupos esencialmente costeros  hablaron alguna  vez un idioma propio, y diferente de otros  (como en el caso de las "lenguas pescadoras"  que nos reseña  la etnohistoriadora  peruana María Rostworowski de Díez Canseco para la costa del Perú central), tal cosa no sería válida, en todo caso,  para el extremo norte desértico de Chile, en las regiones costeras de Arica y Tarapacá.

El conocimiento transmitido por los geógrafos y etnohistoriadores chilenos plasmado en los manuales de historia y geografía  de la  educación chilena.

He aquí una breve  síntesis  del conocimiento que  existía hasta hace un par de décadas: 

Con excepción de la franja costera, habitada  por los pescadores changos, en la época de la conquista por Pizarro (1532) el territorio de Arica y Tarapacá,  estaba poblado exclusivamente por comunidades de lengua y cultura aimara, desplazadas desde hacía no mucho tiempo desde los antiguos cacicazgos de  Lupaqas y Carangas del altiplano boliviano, contiguos o cercanos al lago Titicaca.

¿Y  qué decir de la presencia  quechua en la región?.

Igualmente, era conocido el hecho de que  el Inca había establecido  a lo largo del Camino del Inca o Qhapaq Ñan, pequeñas guarniciones de  mitmaqkuna (mitimaes) quechuas que ejercían el control sobre el camino del Inca, asegurando el tránsito  expedito de provisiones, hombres y  productos del trueque o del tributo de los pueblos conquistados hacia el Cuzco, capital del imperio Inca. La presencia  de la lengua y cultura quechua  en la región de Arica y Tarapacá quedaría, en tiempos prehispánicos, restringida, al parecer, solamente a las pequeñas guarniciones militares de mitmaqkuna anexas al Qhapaq Ñan de los Incas.  Dos vías principales incaicas surcaban estas regiones septentrionales de Chile: la  del altiplano, que corría  con dirección N-S sobre los  4.000 m de altitud  y la de la depresión intermedia o Pampa del Tamarugal, entre los 1.000-1.500 m. de altitud s.n.m. Ambas vías convergían hacia San Pedro de Atacama, tierra de los lickan antai o atacameños.  A la vera de tales vías, el Inca instaló  posadas o tambos  (tanpukuna  en lengua quechua)  bien surtidos, para proveer a las necesidades de los viajeros y también, para proteger y custodiar las remesas de tributos provenientes de las provincias del sur  del vasto imperio (NW de Argentina y Chile). 

Esta era la visión predominante hasta casi fines del siglo XX,  transmitida por historiadores  y arqueólogos  tanto peruanos como chilenos.

La intervención de los lingüistas.

Las cosas empiezan a cambiar radicalmente  con el aporte de los lingüistas quienes nos traen una nueva y revolucionaria visión del tema. Fue el gran mérito del lingüista peruano Alfredo Torero Fernández de Córdova (1930-2004)  el haber puesto sobre el tapete el tema de la lengua puquina. En efecto, se graduó de lingüista en la Universidad de La Sorbonne, en París, con una tesis titulada: "Le puquina, la troisième langue générale du Pérou", iniciándose así en América los estudios de esta lengua, hasta entonces  casi desconocida. Se considera a Torero, con sobrada razón, el "padre de la lingüística andina". Siguiendo de cerca sus pasos,  Rodolfo Cerrón Palomino ha profundizado este tema, ofreciéndonos notables trabajos acerca de la difusión geográfica de esta lengua (Cfr. infra, bibliografía).  A través del estudio de la toponimia local y regional, los lingüistas fueron descubriendo la existencia de nombres de lugares que ciertamente no eran de origen quechua o aimara -pues no son fácilmente traducibles  a partir de estas lenguas-  y que delatan claramente la presencia antigua de otra lengua, en este caso la lengua puquina, de origen altiplánico. Esta lengua, originada probablemente en la cultura Tiahuanaco (o a través de la cultura Pucara, como afirman otros autores), según Cerrón, se habría desplazado hacia el occidente, bajando por las quebradas hasta alcanzar la costa, tanto en los departamentos de Arequipa y Moquegua (en Perú), como en las regiones de Arica y Tarapacá (en Chile).  Esta presencia puquina ha quedado  así, pues, indeleblemente plasmada en la toponimia local hasta hoy. 

Los topónimos puquinas en el Norte de Chile  (aporte de Cerrón Palomino).

Son numerosos los topónimos  actuales en nuestra zona que tendrían un probable origen puquina. Sería el caso, por ejemplo, de  las voces  terminadas en "paya", "baya"  o "huaya" con el significado de cuesta o pendiente abrupta, como en el caso  tarapaqueño de Chanabaya, Huantajaya, Huatalaya (área de Iquique).  Sus variantes pueden adquirir la forma terminal de  "pay", "way", "guay" o "bay" como se puede observar  en los topónimos, también   tarapaqueños,  Chintaguay (vertiente en Pica), Huayquique (playa en Iquique), Guaylicana  (antigua hacienda en interior de Arica), Guayhuasi  (ranchería   al interior de Arica),  Guaytapa (vertiente) o Paiquina (mina de cobre junto al río Loa).


Hay también otros  casos.

El sufijo puquina  -ta   con el significado de  “el que tiene o posee algo”,  está presente en numerosos topónimos de nuestra zona tarapaqueña y ariqueña tales como Chacota (bahía), Huanta (lugarejo),  Chuquicamata (mina de cobre), Chiquinata (ancón), Miñita (pueblo), Unita (Cerro), Lluta (río y valle),  Chucumata (actual aeropuerto de Iquique), Quipinta (pueblo) y varios otros más,  términos  que no han logrado ser interpretados correctamente a través de las lenguas aimara  o quechua y que podrían ser de origen puquina.  Bastante más abundante, también,  es este sufijo -ta en topónimos de los departamentos de Moquegua y Tacna, en el Perú. 

Hay varios otros casos más, como el radical "Coa" presente en el topónimo Concoa, vertiente de agua dulce que brota en el poblado de Pica, que significa "ídolo", "divinidad". El radical "huara"  con el significado de río,  en el topónimo Huara, y  tal vez Huarasiña, localidades situada en la Pampa del Tamarugal.   O en el caso del radical "chata" con la significación de "cerro" como en  los montes Payachata, (tal vez una voz mixta aimara-puquina; cerros elevados del interior de Arica, junto al lago Chungará ).  

Habría que dejar constancia, sin embargo,  que hay no pocos términos en la región,  cuyo origen queda, por el momento, en total penumbra. Tal sería el caso de "Loa" (nombre del río que separa Tarapacá de Antofagasta)  o "Pica" (que algunos estiman de origen kunsa),  Cavancha o Pacache  (denominación antigua del actual Patache, costa sur de Iquique). De paso, señalemos que sería una total aberración la traducción del topónimo "Pica" como "flor en la arena",  -como se señala en la respectiva Municipalidad- engendro lingüístico que hasta hoy se repite  de boca en boca en la región, sin la menor base científica. 

Traducciones distorsionadas.

Contra lo generalmente admitido por los aimaristas chilenos que lo han traducido generalmente como lugar dormitorio (del verbo aimara: <iquiña> dormir), la voz  Iquique (originalmente referido en los documentos tempranos como <Ique-ique>) también sería, según Cerrón, un término puquina cuya significación, por ahora, queda oscura. La reduplicación  <Ique-ique>, como traen las fuentes más tempranas, parecería sugerir la presencia de más de un elemento característico de este lugar. Pero, ¿cuál?..(¿ guano o guaneras?). 

Area de dispersión de la lengua puquina.

 Respecto de su área de dispersión, Cerrón nos la señala con precisión: “…puede sostenerse que la lengua se emplazaba inicialmente en la cuenca del lago Titicaca —el renombrado lago de Poquina del que nos habla Guamán Poma, cubriendo toda la meseta del altiplano y rebasándolo, por la vertiente occidental de los Andes, desde las cabeceras del rio Colca (Arequipa) hasta Arica e Iquique…”.  (Cerrón Palomino, 2010; énfasis nuestro).

Una lengua es fruto maduro de la cultura  de un pueblo.

La lengua puquina fue hablada, pues, por comunidades numerosas en un extenso territorio y, a lo que parece, todas ellas herederas tardías de la antigua cultura altiplánica de Tiahuanaco (o Pucara, según otros) después de su desaparición. Su extensa área de dispersión entre los siglos  XI-XIV D.C. (?)  ha quedado bien señalada por el lingüista Rodolfo Palomino (en cita más arriba). 

¿Qué representa una lengua propia? 

Una lengua propia es generalmente hablada por un pueblo que posee una cultura peculiar, diferente de otras en muchos aspectos. La lengua es, entre todos los componentes de la cultura, uno de los elementos más importantes: representa su modo de expresarse, de comprender y dominar el ambiente que los rodea, así como de comunicarse con los demás miembros de la misma tribu. Pero también, un elemento diferenciador por esencia.  El hecho de poseer una lengua diferente, se debe, sin duda alguna, a un largo proceso de incorporación de otros elementos, provenientes de contactos con otros pueblos. Físicamente pueden tal vez parecerse, pero culturalmente no. Cada pueblo (etnia) nombra en su propia lengua  los lugares  donde halla elementos del entorno geográfico y cultural que utiliza  o  aprovecha en su propio beneficio  (y pasan, con ello a ser parte de su "morada" en sentido amplio). Esta denominación particular y propia que sus habitantes hacen de los elementos y lugares que les son útiles de su entorno (flora, fauna, geología, mineralogía, geomorfología, hidrología, etc.) hoy se conoce como "Onomástica  geográfica".
Los puquinas, pues, aplicaron al paisaje natural ocupado por ellos o sus características, su propia "onomástica", diferente de la quechua y aimara, la que por fortuna ha perdurado en parte hasta hoy (no pocas veces algo modificada), a pesar de los desplazamientos  humanos y la llegada tardía de nuevos ocupantes, portadores de una lengua diferente. 

Desaparece la lengua hablada pero perdura  la onomástica.

Perdida la lengua puquina por la superposición (¿o imposición?) arrolladora del aimara o del quechua en tiempos históricos relativamente recientes (¿hacia mediados del siglo XVIII?), en el área que nos traza Cerrón,  permanece como testimonio irrecusable su antigua toponimia peculiar (su propia denominación de los lugares), cuya localización puede acreditar y comprobar hoy, con bastante fidelidad, las superficies o regiones antiguamente  habitadas por esta etnia. 

Su área de dispersión.

Ahora bien, Cerrón Palomino ha  intentado  señalarnos su  área de dispersión antigua, tanto en el sur peruano como en el norte chileno, casi hasta el mismo río Loa (probablemente),  y la grafica en mapas especiales en su trabajo del año 2010. Y así el área que este autor reivindica como de habla puquina, era ciertamente enorme. Poseía  al momento del contacto español tal número de hablantes, que mereció ser considerada  y señalada  como la "tercera lengua general del Perú",  estudiada por los evangelizadores jesuitas y/o franciscanos. Se ha señalado que el Padre Bárcena (o Barzana), de la Compañía de Jesús, compuso un léxico puquina-castellano para uso de los párrocos y sacerdotes evangelizadores, tal como había sido expresamente solicitado por los Concilios Limenses.  

No solo la lengua: también hay otros componentes  perdurables de la cultura.

La lengua es, sin embargo,  solo uno de los elementos (aunque importantísimo) de una cultura dada, que por su estructura es capaz de  perdurar en el tiempo.  Hay ciertamente varios otros elementos del acervo cultural que ciertamente también debieron dejar sus rastros. Bien lo saben los arqueólogos que los buscan y estudian.. Entre ellos -entre otros-  su artesanía en cerámica y/o en madera o cestería, y el estilo particular y diseño  de sus textiles, Podríamos, pues, lícitamente preguntarnos hoy -como antiguos arqueólogos de campo-   cuál fue el estilo cerámico  o los motivos expresados en  su textilería típica, o cuál  su sistema de enterramiento, o qué diseños preferentes practicaron en su arte rupestre (geoglifos y petroglifos). Si - tal como se puede ver en las diversas culturas peruanas conocidas- (v. gr. Chavín, Nazca, Chancay, Mochica, Pucara o Chimú), todas ellas  mostraban diferencias significativas en los rubros señalados, constituyéndose así en auténticos "fósiles guías" para el arqueólogo, existe una altísima probabilidad de que también se pueda descubrir estilos decorativos o artísticos, o formas de enterramiento  propios y exclusivos  de los puquina que los diferenciaban claramente de sus vecinos.

Un intento de hipótesis.

 A este respecto, y solo a manera de hipótesis tentativa, podríamos lucubrar que alguno de los estilos cerámicos que los arqueólogos reconocen  hoy en las Culturas de Arica, pertenecientes al período denominado de "Desarrollo Regional"  (1.100-1.470 D.C.), y que  los arqueólogos de Arica denominaron estilos "San Miguel", "Pocoma" o "Gentilar" podría ser, tal vez,  un componente cultural puquina.  Pero, ¿cuál?. ¿Cómo  descubrirlo?.  Un modo lógico sería  ver y comparar  los estilos cerámicos observables, en este mismo período de tiempo,  en las regiones que Cerrón Palomino adjudica al pueblo y etnía puquina. Máxime donde  domina ampliamente la toponimia puquina.  Es decir, tanto en el extremo sur peruano como en las regiones de Arica y Tarapacá. ¿Cuál es el estilo o las formas de la cerámica tardía más recurrente y común, o cuáles son los diseños típicos del arte rupestre  que comparten Arica y  Tarapacá con los departamentos peruanos de Moquegua, Arequipa y Tacna?. Aquí tienen la voz los arqueólogos de campo, tanto chilenos como peruanos. Mejor aún, ambos en equipo. Tal vez sea éste un camino para descubrir  el arte propio y característico de la cultura puquina que debió quedar, ex hypothesi,  expresado  en su cerámica y textilería, o, tal vez, en sus formas de enterramiento o en otras expresiones culturales. Tal vez, sea este esfuerzo un modo concreto de "dar vitalidad y cuerpo" a la cultura material de los grupos puquinas, cuya existencia como pueblo queda de manifiesto gracias al  arduo trabajo de los lingüistas, pero cuyas expresiones culturales visibles nos quedan, por ahora, totalmente en la penumbra. Hay aquí, evidentemente, una ímproba tarea  para  los arqueólogos, etnólogos, museólogos y etnohistoriadores. Pero siempre contando con el apoyo insustituible de lingüistas especializados en las diferentes lenguas de la región.  Sin ellos, no se irá muy lejos o se corre el riesgo de  errar lamentablemente el camino.  Esto último es lo que echamos hoy lamentablemente en falta en nuestro país.

Observaciones personales que me hacen meditar.

La hipótesis tentativa que hemos sugerido más arriba, se basa en múltiples observaciones personales. Durante los años en que estudiábamos el trazado del Camino del Inca o Qhapaq  Ñan (2011-2015) a través de la  depresión intermedia de Tarapacá, entre la quebrada de Camarones y  Quillagua (en el río Loa),  observamos  con extrañeza que, junto a restos cerámicos incaicos, hallábamos  frecuentemente, y preferentemente en torno a los tambos o lugares de descanso de las caravanas, fragmentos cerámicos de estilos tanto "San Miguel" como "Pocoma"; muy rara vez, el estilo "denominado Gentilar".  ¿Qué significación damos a este hecho?. Creemos que gentes portadoras de dichas culturas (y poseedoras de dicha cerámica), habitantes de dichas regiones, debieron acompañar normalmente a las expediciones incas a través del Qhapaq Ñan  por  Arica y Tarapacá. ¿En qué momento exacto?. No lo sabemos a ciencia cierta, Tal vez desde los tiempos de Pachacuti Inca, que según algunas crónicas habría sido el primer conquistador de Tarapacá. Sospechamos,en todo caso, que  fue en  épocas tempranas, contemporáneas con las primeras penetraciones del Inca hacia el sur, a juzgar por el estado avanzado  de destrucción  y fragmentación de los restos cerámicos encontrados. Solo excavaciones prolijas realizadas en dichos sitios de pernoctación o acampada,  podrían aclarar este punto decisivo.  Que los Incas, en sus desplazamientos siguiendo el Qhapaq Ñan en esta región (tramo Camarones-Quillagua) se hayan servido en sus viajes de cargadores locales puquinas de los pueblos comarcanos, es ciertamente más que probable.  Máxime si, como se ha sostenido por los lingüistas, los jerarcas del Incario eran, igualmente,  hablantes del puquina (la "lengua secreta de los Incas"), al igual que los fieles cargadores de las andas del Inca (en opinión de Cerrón). 

¿Sólo  una fantasiosa hipótesis, o una verdad por descubrir?.

¿Mera hipótesis la nuestra?.  ¿ O tema digno de estudio?.  Creemos que al menos hay aquí una base interesante para una proficua discusión interdisciplinaria en la que, además de historiadores, antropólogos, arqueólogos,  etnógrafos y geógrafos humanos, no deberían faltar ciertamente los lingüistas cuyo aporte, a la luz de este trabajo, resulta hoy día insustituible.
Urgencia de re-escribir la historia regional.

Merced a estos descubrimientos que por fortuna nos aporta hoy la lingüística  peruana, habrá que re-escribir muy pronto la historia y la etnografía de nuestra Región septentrional.  En adelante, deberá señalarse tanto en los manuales escolares como en los documentos oficiales de los ministerios de educación y gobierno, en las regiones de Arica y Tarapacá, la sobrevivencia al menos hasta mediados del siglo XVIII,  de  remanentes de la lengua y cultura  puquina,  tanto en la costa como en las quebradas ariqueñas y tarapaqueñas, dejando allí  hasta hoy estampada a fuego su  toponimia. Al extinguirse su lengua causada por el predominio estatal (y de la predicación) por intermedio del quechua o del aimara, los puquinas terminaron por quechuizarse o aimarizarse. Es lo que habría ocurrido, con mucha probabilidad,  en estas regiones de Chile y en el extremo  sur de Perú. 

Una nueva lengua prehispánica para Chile. 

Con estos descubrimientos de la lingüística se  agrega así un nuevo pueblo y una nueva lengua a las habladas por pobladores  del Chile prehispánico e hispánico temprano. Lo que involucra, como queda señalado, la necesidad de modificar, a la brevedad, los planos, mapas y descripciones donde conste la presencia de comunidades indígenas  al momento de la llegada del español  a nuestra región (1534).

Y, qué sucedió en el altiplano chileno?.

La situación poblacional de las regiones del altiplano chileno, situadas por sobre los 3.800 m de altitud, nos parece a primera vista algo diferente; la toponimia reinante parecería ser allí claramente aimara y no se registra, sino  rara vez,  toponimia puquina reconocible. El altiplano chileno habría sido, al parecer, un dominio indiscutido de la cultura aimara, en la época de los reinos altiplánicos, desde mucho antes del contacto indígena-español, pero ciertamente posterior a la desintegración de la civilización de Tiahuanaco.

Enfoque eco-cultural  y toponimia.  

Alguien podría preguntarse con razón qué hace este trabajo de corte lingüístico en nuestro  blog de enfoque eco-antropológico. La razón nos parece evidente. Pues la onomástica con la que los pueblos antiguos denominaron sus lugares (de residencia, de pesca, de obtención de materias primas diversas,  de cacería, de adoración o súplica),  etc.),  sin excepción, lleva la impronta inconfundible del medio ambiente natural tal como fue percibido por ellos in situ.  Por eso, nos recuerda con frecuencia Cerrón Palomino, que  el criterio de "plausibilidad semántica" es  fundamental  cuando nos enfrentamos a varios posibles orígenes de un topónimo.

El criterio de plausibilidad semántica.

Este último criterio, del cual poco se habla entre nosotros, se basa en una descripción física, casi fotográfica, de los rasgos predominantes, que saltan a la vista, en un lugar dado. Es decir, los antiguos describen lo que ven  y tal como lo ven. Y por eso, a la hora  de elegir entre "estrella "  y  "río o curso de agua",  como posible traducción del topónimo "Huara en el Tamarugal de Tarapacá,  nos quedamos con la segunda acepción, sabiendo por la geografía y geomorfología que  enormes cursos de agua llegaban hasta Huara en tiempos antiguos (y aún recientemente, de tanto en tanto)  con ocasión de las lluvias torrenciales de verano del altiplano tarapaqueño  y sus desbordes a través de las quebradas de Aroma y/o Tarapacá.  Ahora bien, en lengua aimara "Huara" significaría "estrella", mientras que en puquina es "río o curso de agua". La primera  traducción nos transmite algo inasible, etéreo, y que, por lo demás,  resulta  visible en todas partes (¡y no solo allí!), mientras que la segunda, es mucho más plástica y gráfica, algo que llama inmediatamente la atención del visitante: ¡un enorme caudal de agua que inunda periódicamente la comarca!..

Confirmaciones.  ¿Qué nos entregan los topónimos?.

El cronista Dávalos y Figueroa (1602) viene a confirmar nuestro aserto al describirnos,  a la perfección, lo que caracteriza a los topónimos o nombres de lugar de origen indígena: "a los pueblos [los indígenas] dan los nombres conformes a la calidad o señal del sitio que tienen, como sitio de fortaleza, tierra de sal, provincia de piedras, de agua, de oro, de plata, de corales, tierra cenegosa o anegadiza, sitio de quebradas, lugar riscoso,  lugar nuevo, lugar viejo,  sitio ahumado, y assí por este modo van todos los más sin etimología  que denote más ingenio". (Dávalos y Figueroa,  1602:124v), citado, en epígrafe de uno de sus capítulos, en Cerrón Palomino, Voces del  Ande: 2008: 163; (texto entre corchetes  es agregado nuestro al igual que el subrayado).

El prolífico etnohistoriador peruano Waldemar Espinoza Soriano escribiendo en 1980, apuntaba exactamente a la misma idea  cuando nos dice: 

 "Antonio Raimondi (1874) se dio perfecta cuenta de esta propiedad [de los topónimos indígenas] e invariablemente mostró su admiración al comprobar que en el territorio los topónimos señalan una particularidad objetiva del terreno de la ecología, de la flora, de la fauna, del lugar circundante, o de la función que desempeñaban, hecho que en forma continua ha constituido un gran apoyo para los buscadores de minas y tesoros en el Ecuador, Perú y Bolivia" (Espinoza Soriano, 1890: 154; énfasis y paréntesis cuadrados nuestros). La gran obra en varios tomos aquí aludida  pertenece al geógrafo italiano Giovanni Antonio  Raimondi, radicado en el Perú  (1824-1890), y se llama  El Perú, publicada entre 1874-1913.

(Nota:  debo al Dr.  Cerrón Palomino gran parte de la información lingüística aquí contenida, sea  a través de la lectura de sus valiosos trabajos gentilmente enviados al suscrito, sea mediante nuestra recientes comunicaciones personales, vía e-mail,  relativa a sus escritos recientes sobre el tema). 

Bibliografía básica.


(Nota:  la bibliografía escrita sobre los puquinas es bastante extensa, máxime la referida a los territorios situados en el altiplano boliviano. No es nuestra intención aquí presentarla completa, sino solo aludir a aquellos trabajos que tienen una atingencia directa con nuestro planteamiento: esto es,  su presencia en territorio chileno actual).

Brésson, André,  1870-1874, "Le désert d´Atacama et Caracoles (Amérique du Sud), par M. l` Ingenieur A. Brésson,  1870-1874. Texte et Dessins inédits",  in  Le Tour du Monde, Nouveau Journal des Voyages,  a los territorios tome XXIX, fasc. 750-751, 321-352.


Cerrón Palomino, Rodolfo: 2000, "La naturaleza probatoria del cambio lingüístico: a propósito de la interpretación toponímica andina"Lexis,  XXIV, 2, 339-354.

Cerrón Palomino, Rodolfo, 2008, Voces del Ande. Ensayos sobre onomástica andina, Pontificia Universidad Católica del Perú, Fondo Editorial, Lima.

Cerrón Palomino, Rodolfo, 2010, "Contactos y desplazamientos lingüísticos en los Andes Centro-Sureños: el puquina, el aimara y el quechua", Boletín de Arqueología PUCP, Nº  14,  Lima, 255-282.

Cunill Grau, Pedro, 1961,  Atlas histórico de Chile", Instituto Geográfico Militar, Santiago de Chile. 

D´Ans, André Marcel,  1976,  "Chilueno o Arauco, idioma de los Changos del Norte de Chile, dialecto mapuche septentrional",  Estudios Atacameños, Nº 4,  113-118.  Antofagasta.

Espinoza Soriano, Waldemar,  1980, "Los fundamentos lingüísticos de la etnohistoria andina y comentarios en torno del Anónimo de Charcas de 1804", Revista española de Antropologia Americana, Facultad de Filosofía e Historia, Universidad Complutense de Madrid, tomo X, 1980: 149-181.

Larrain, Horacio,  1974: "Demografía y asentamientos de los pescadores costeros del sur del Perú y norte chileno, según informes del cronista Antonio Vásquez de Espinoza (1617-1618)",  Revista Norte Grande, Instituto de Geografía, Universidad Católica de Chile, Santiago, 55-80.

Larrain, Horacio,  1975.  "Grupos indígenas de Chile hacia 1540",  Revista "Expedición a Chile", Editora Nacional Gabriela Mistral, Santiago.  (Este Plano  mide 1.05 m de longitud y, por el reverso, presenta textos con una descripción detallada de los 14  grupos indígenas  allí reconocidos).  

Larrain, Horacio y Ana María Errázuriz,  1983a. "Población indígena en el territorio chileno hacia  1535", en Atlas de la República de Chile, Instituto Geográfico  Militar, Santiago, pág. 8.

Larrain, Horacio y Ana María Errázuriz 1983b. "Patrón económico y nivel de organización de los pueblos indígenas de Chile hacia 1535"Atlas de la República de Chile, Instituto Geográfico Nacional, pág. 9.

Larrain, Horacio,  1987.  Etnogeografía, Tomo  XVI.  Instituto Geográfico Militar, Santiago de Chile,  285 p. (Tomo especial de la Colección Geografía de Chile,  dedicado al estudio de los pueblos indígenas de Chile desde un ángulo geográfico. Presenta cuatro Planos de la ocupación indígena del territorio). 

Larrain, Horacio, 2017,  "Pueblos originarios de Chile a mediados del siglo XVI", Atlas Chile y el mundo en imágenes,  Edición actualizada, Origo Ediciones, Santiago de Chile, pág. 88.  

Lehnert, Roberto, 1978.  "Acerca de la lengua de los changos del Norte de Chile, perspectiva bibliográfica", Cuadernos de Filología,  8:  35-52,  Universidad de Chile, Departamento de Idiomas, Instituto de Literatura Nortina, Antofagasta.

Lizárraga, Reginaldo de, 1968 [1605], Descripción breve de toda la tierra del Perú, Tucumán, Río de la Plata y Chile", Biblioteca de Autores españoles, Ediciones Atlas, Madrid, vol. 216,  (ver caps. 67 y 68 relativos al extremo norte de Chile).

Loukotka, Cestmir, 1968, Classification of South American Languages, Latin American Center, University of California, Los Angeles, U.S.A.

Mamani, Manuel, 2010, “Estudio de la toponimia de Arica y Parinacota. Origen y significado de lugares del Norte chileno”Ediciones Universidad de Tarapacá,  Arica. 

Philippi, Rodulfo Amando,  1860.  Viage al desierto de Atacama  hecho de orden del gobierno de Chile en el verano  1853-1854, Halle (Sajonia), Librería de Eduardo Anton. (hay edición simultánea en idioma alemán). 

Raimondi, Antonio, (1874-1913), El Perú.  6 vols., Imprenta del Estado, Lima.  (Ver vol. I, 1874).

Rostworowski de Díez Canseco, María,   1986.  "La Región del Colesuyo", Revista Chungará, Arica, 1986:  127-135.

Torero, Alfredo, 1965, "Le puquina, la troisième langue générale du Pérou", Université de la Sorbonne, Paris.  (Tesis de Maestría).

Uhle, Max,  1922, Fundamentos étnicos y  arqueología de Arica y Tacna, 2º edición, Sociedad Ecuatoriana de Estudios Históricos, Imprenta de la Universidad Central, Quito, Ecuador,  99 p., 27 Láminas.

Urzúa Urzúa, Luis,  1969, “Arica Puerta  Nueva: historia y folklore Editorial Andrés Bello, Santiago de Chile. 

Vásquez de Espinoza, 1969 `1630], Compendio y Descripción  de las indias Occidentales, edición y estudio preliminar por B. Velasco Bayón, Ediciones Atlas, Biblioteca de Autores españoles, Vol. 231, Madrid.  (Ver especialmente caps. 32-33).

Wormald Cruz, Alfredo, ¿1963?,  Frontera Norte”, Editorial del Pacífico, Santiago de Chile.