miércoles, 21 de septiembre de 2016

Empleo de plantas nativas por los indígenas atacameños: valioso aporte del naturalista Rodulfo Amando Philippi en 1860.

Ilustramos aquí este capítulo con algunas imágenes de la flora  referida en él por el viajero alemán Rodulfo Amando  Philippi en su obra: Viage al Desierto de Atacama (Halle, Sajonia, 1860).



Fig. 1.   Ejemplar en flor de Tetragonia  sp. fotografíado en el oasis de niebla de Alto Patache, en el mes de  octubre 2015 (Foto H. Larrain).  Según Philippi, sus hojas  carnosas habrían sido, igualmente, consumidas por los habitantes de la zona.

Fig. 2.  El suelo arenoso en los faldeos bajos de la zona de Palo Buque (junto a Los Verdes, sur de Iquique),  cubierto de ejemplares  de Nolana  jaffueli  y de  Fortunatia biflora con ocasión  de las fuertes lluvias del  día 8 del mes de agosto del año 2015. Visitamos dicha zona en octubre del mismo año.  A esta misma área, precisamente, se refiere el artículo del arqueólogo Julio Sanhueza, citado más abajo. (altitud:  150 m. snm).

  Fig. 3.  Ejemplar de la  Liliácea Fortunatia biflora, entre   plantas de Nolana jaffueli en el mismo lugar.  Los pequeños bulbos de esta especie  se hallan  tan solo a unos  12-18 cm de profundidad, según pudimos verificarlo en el terreno.   (Foto H. Larrain, octubre 2015).

Referencias etnográficas.

En nuestro afán por  descubrir  aportes eco-antropológicos en antiguas descripciones de viajeros en el territorio patrio, hemos tropezado con algunos textos del naturalista alemán Rodulfo Amando Philippi, avecindado ya en Chile, que nos  permiten ilustrar  mejor el modo de vida y cultura de los lickan antai o atacameños. Aquí y allá, dispersos en una maraña intrincada de explicaciones descriptivas de especímenes de la flora nativa, Philippi, nos entrega retazos de información etnográfica, al parecer poco conocidos. Éstos los hemos espigado en el capítulo denominado "Florula atacamensis" en el que se enumera las especies de plantas que el viajero observó durante el transcurso de su homérico viaje por el desierto de Atacama. Al estar este  capítulo  redactado en latín, idioma hoy lamentablemente casi del todo desconocido entre los científicos de nuestro país, esta información ha quedado prácticamente en la penumbra, por no decir en total desconocimiento de nuestros investigadores antropólogos. Por tal razón, nos ha parecido oportuno darlo a conocer a nuestros público culto pues nos da nuevas luces acerca del uso que los naturales de Atacama hacían, a mediados del siglo XIX, de su flora autóctona.

Donde encontrar esta información.

La información la hemos recabado de la conocida obra del naturalista Philippi: Viage al desierto de Atacama, publicada en Halle, Sajonia, en el año 1860. ( Edición original, Librería de Eduardo Anton, Halle  (Sajonia),  1860 :180 y passim); reedición en Santiago de Chile, Eds. Augusto Bruna y Andrea Larroucau, 2004:  231 y passim).

Empleo de la flora nativa.

El hecho no nos ha de sorprender, pues todos los pueblos de la tierra, en tiempos antiguos, se han servido abundantemente de su flora nativa tanto para su alimentación como para su cobijo, aseo o para alimento de sus animales. Lo interesante del caso presente es que el descriptor Philippi  se dio el trabajo de preguntar a sus entrevistados  y/o a sus baquianos sobre el uso particular de cada especie. Lo cual revela ciertamente una constante preocupación etnográfica y antropológica poco común. Ya hemos señalado en un capítulo anterior de este mismo blog,  la preocupación de Philippi por las lingüística atacameña, y el  valioso rescate que hace de expresiones y  términos en esa lengua que aprende de sus guías atacameños y de algunos pobladores ancianos que casualmente topa en su trayecto. 

Análisis eco-antropológico de un valioso texto.

Mostraremos primero el texto latino de la edición de  1860,  nuestra traducción  y agregaremos notas de nuestra cosecha para mejor ilustrar al lector acerca de  la importancia de la referencia.

El texto latino principal respecta a la utilidad de la flora nativa para el  hombre.

"Nullam plantam vidi, qua homo vesci possit, si bulbos papita del campo dictos Cumingiae campanulatae excipis, nam fructus Ephedrae istius supra dictae et Lycii humilis, Jume ab incolis vocati,  etsi edules, parvi momenti sunt. Sed fortasse  tetragoniae annuae partis litoralis, uti spinaciae coctae aequeo modo ac tetragonia expansa comedi possunt. Medullam quoque caulis Pitcairniae cujusdam, Chagual dictae,  incolae comedunt, quam ob rem nullam locis accesibilibus florentem vidi. Etiam a mulis animalibus qui alimentum rudissimum haud spernunt, pabulum parcissimum in deserto; gramina, ubi sunt, praeferunt sed libenter fame coacti etiam juncos, cyperos, scirpos comedunt, necnon atriplices et ephedram. In annis siccioribus ob deficientem vegetationen vita caprarun et asinorum, de quibus existentia incolarum litoralium pendet,  periclitatur;  tunc hominibus, admotis ad cactos et pitcairnias ramulis foliisque siccis ignem accendere necesse est, quo facto spinae harum plantarum comburuntur, ita ut caprae asinique eas depascere possint.". (Philippi, op. cit., 1860: 180).

Notas  adicionales nuestras.

Dada la extrema parsimonia del latín, en la descripción hecha por Philippi, nos ha parece necesario agregar notas nuestras al pie, para explicitar  su pensamiento y ampliar nuestros conocimientos,sobre el tema.

Nuestra traducción del latín.

No vi (1) planta alguna de la que el hombre pueda alimentarse, a excepción de los bulbos ya indicados de la papita del campo, Cumingia campanulata (2), pues  el fruto de  la Ephedra ya dicha (3) y del Lycium humilis (4), denominado Jume (5) por los habitantes, aún cuando son  comestibles, son de poca importancia (6).  Pero tal vez las plantas anuales de tetragonia, cocidas al modo de las espinacas, del mismo modo que la tetragonia expansa de la porción costera, puedan servir de alimento (7). Igualmente, los habitantes comen la médula de los tallos de cierta Pitcairnia, conocida como Chagual (8), razón por la cual no vi ningún ejemplar en flor en los lugares accesibles. Hay escasísimo forraje en el desierto incluso para  animales que, como las mulas,  no desdeñan el alimento más rudo; donde encuentran gramíneas, las prefieren (9), pero  cuando están apretados por el hambre, con gusto comen variedades de  juncos (10), totoras (11), y aún ephedras (12) y atriplex (13).  En los años más secos, por causa de la falta de vegetación, peligra la vida de las cabras y burros de los que depende la existencia de los habitantes del litoral (14); en tales casos, se ven obligados a acercar al fuego las ramas y hojas de cactus y pitcairnias secas, con lo cual  se queman las espinas de estas plantas, de tal modo que las puedan  así comer las cabras y burros (15)". (Philippi, op. cit., 1860: 180).

Nuestras notas.

(1)  Las finas observaciones hechas por Philippi incluyen un extenso tramo de la costa desértica entre Taltal y caleta El Cobre, además del extenso y agotador recorrido por el interior de  la región,  rumbo a San Pedro de Atacama. Philippi fue siempre acompañado del baquiano y buen conocedor de la zona el minero Diego de Almeyda de quien, sin duda, recabó parte de  la valiosa información ecológica que aquí presentamos al lector, máxime en la franja costera.

(2)  Cuando Philippi describe minuciosamente esta especie en el capítulo noveno de su obra  titulado  "Flora Deserti", anota textualmente: "frequens  prope Paposo occurrit; incolis papita del campo dicta et  inter esculentas habitus.  Ipse bulbos edi et  recentes bonos inveni in posterum diem servati aliquantulum adstringentes et amaruli fiunt..." (edición 1860: 226). Traducido al  español: "se presenta con frecuencia cerca  de Paposo;  es denominada como papita del campo por los residentes y es considerada como comestible. Yo mismo comí estos bulbos y los hallé buenos  estando frescos, pues guardados para el día siguiente  se vuelven algo astringentes y amargos".

¿Qué especies  anota Philippi?.

Philippi, por lo visto, quiso comprobar personalmente  lo que sus informantes le señalaron sobre la palatabilidad  de esta especie. Nos queda ahora por averiguar de qué especie botánica se trataba. Se trataría de una liliácea o tecofilácea, sin duda, pero, ¿cuál?. La denominación científica  Cumingia campanulata no aparece en la gran obra del botánico chileno Carlos Muñoz Pizarro: Sinopsis de la flora Chilena (Santiago, Ediciones de la Universidad de Chile, 1966). Tampoco bajo la denominación "papita del campo", en la obra reciente "Ciencia Indígena de los Andes del Norte de Chile", de Carolina Villagrán y Victoria Castro, (Editorial Universitaria, S.A., 2004). Tal vez aquel nombre de Cumingia campanulata, dado por Philippi pasó ya a la sinonimia botánica y hoy se le reconozca con otro nombre, diferente. Es casi seguro. Sospechamos fundadamente que se trataría de alguna especie de los géneros Fortunatia,  Leucocoryne o aún Zephyra que prosperan en la costa desértica y hemos visto crecer en Paposo y también en varios oasis de niebla al sur de Iquique (Chipana, Punta de Lobos, Alto Patache y Punta Gruesa).




En Alto Patache, a los 770 m.s.n.m., hemos colectado hace algunos unos años  (1997 y 2002) bulbos de Leucocoryne ixioides y de  Fortunatia biflora y los hemos preparado crudos, como ensalada, con algo de aceite y sal. Tienen buen sabor. Bulbos secos de Liliáceas y Tecophilaceas han sido hallados, además, en tumbas antiguas en el sector de Caleta Cáñamo y Patillos, a muy corta distancia del oasis de Alto Patache, confirmando así su uso en la alimentación humana por los antiguos pescadores del sector. Así, el arqueólogo Julio  Sanhueza  en un estudio relativo a las poblaciones costeras prehispánicas de la costa de Iquique señala  textualmente: "en los basurales y las tumbas  los registros de densos bolsones del bulbo clasificado como Zephyra elegans D. Don nos siguen planteando la hipótesis que pudo ser un recurrente alimenticio complementario que crece en faldeos de la Cordillera de la Costa"  (en "Poblaciones tardías en playa "Los Verdes" costa  sur de Iquique, I° Región de Chile",  (en Revista Chungará,  N° 14,   1985: 45-60; subrayado nuestro).  La expresión "densos bolsones..." apunta, indudablemente al enorme empleo de esta especie por parte de los antiguos pescadores.

Nuestra propia experiencia.

 En un capítulo reciente de nuestro blog:  http://eco-antropologia.blogspot.com hemos señalado, con imágenes alusivas,  la presencia de una nutrida vegetación temporal que apareció  exactamente en esta misma zona descrita por Sanhueza debido a las fuertes lluvias del 8 de agosto del año 2015. Entre esta flora autóctona, aparecieron numerosos ejemplares de la liliácea Fortunatia biflora en los faldeos que caen del macizo de Punta Gruesa hacia la localidad de Los Verdes.  Curiosamente, ningún ejemplar de Zephyra elegans y, muy raros, de Leucocoryne ixioides. Los bulbos de estas especies son extraordinariamente semejantes entre sí, del mismo tamaño y muy fáciles de confundir. Nos parece, pues, que considerar estos bulbos arqueológicos como pertenecientes únicamente a la especie Zephyra elegans sería poco fundada  y tal vez  pueda atribuirse a la falta de material comparativo de parte de los clasificadores. Si no, ¿cómo explicar la total desaparición de  Zephyra elegans de estos faldeos en la actualidad, tan próximos a Los Verdes?. El dato concreto de Sanhueza a nuestro entender, se explicaría tal vez mejor mediante el consumo por parte del hombre, de las tres citadas especies, todas ellas igualmente comestibles.   Consulte el capítulo  de nuestro blog: "-----------
(3) Ephedra breana existe hoy en relativa abundancia  en toda la costa norte desértica, en la parte más alta de  los oasis de niebla y en mayor abundancia aún, en la zona de Paposo. Produce unas minúsculas brácteas color rojo cuando maduras y éstas son dulces y agradables al gusto. Las hemos degustado varias veces. Pero su aporte alimenticio es ciertamente  muy escaso. (Cfr. Nota 11, abajo).

(4)  La planta del género Lycium  produce unos frutitos  muy pequeños de color blanco, dulzones, que son comestibles. En la zona litoral de Iquique, en los oasis de niebla, se encuentra hoy Lycium leiostemum  planta leñosa que debió constituir un excelente combustible para los antiguos habitantes pescadores de la costa.

(5)  Esta voz "jume" parecería ser  atacameña  (lickan antai). No consta, sin embargo,  en el "Glosario de la Lengua Atacameña" de  Emilio Vaïsse y otros, y tampoco en la obra de Ludovico Bertonio  "Vocabulario de la Lengua Aymara",  1612.

(6)  "De poca importancia", sin duda  por  su minúsculo tamaño. De acuerdo a nuestra experiencia de terreno, tanto  Ephedra como  Lycium no  florecen todos los años en esta costa desértica. Sólo en los años más húmedos.

(7)  Tetragonia  es abundante  y presenta gran desarrollo en años lluviosos o de "El Niño"  en nuestra zona costera norte. Adquiere un buen porte y sus hojas suculentas, de tamaño muy superior a la de otras especies costeras, nos parecen comestibles. En efecto, las hemos probado varias veces y aunque son bastante saladas, son comestibles. Con toda probabilidad, fue un alimento adicional  recogido por los habitantes de la costa, en épocas de lluvias o lloviznas eventuales, entre los meses de agosto a diciembre,  época en que adquieren su mayor desarrollo.  (Vea la Fig.     ).

(8)  Esta "Pitcairnia", sin duda, parece ser  un nombre antiguo por Deuterocohnia chrysanta (Phil) o tal vez por Puya berteroniana o alguna otra Puya. No aparece registrada como Pitcairnia en los catálogos actuales de botánica. Era conocida por los pobladores como "chagual", voz que viene de -chawar-  o -cchahuara-; expresión bien conocida tanto en la lengua quechua como aymara (Cfr. Ludovico Bertonio, Vocabulario de la Lengua Aymara, Juli, Perú, reimpresión facsimilar agosto 1984:161: 74). Su significado es  "planta para hacer sogas, o  cabuya"; (Vea también Rafael Aguilar,  Gramática Quechua y Vocabularios, (adaptación de la obra de Antonio Ricardo, 1586) , 1970: 148).

(9)  Numerosas gramíneas se hallan en el desierto y el propio Philippi reconoce y colecta alrededor de 20 géneros diferentes. Las especies preferidas por los animales (mulas y burros) eran las que  se desarrollaban en torno a las  escasas aguadas dulces del desierto. (Vea Fig. 6).

(10)   Género Juncus spp.

(11)   Con el nombre genérico  quechua de totora,  -t´utura- , los antiguos  reconocían a las especies actuales de los géneros Typha y Scirpus. Ambos géneros se hallan en torno a las aguadas  o riachuelos perennes sea de la costa, sea del interior.

(12)   Ephedra breana es la más común de las especies de este género que se halla tanto en la costa, como en el interior del desierto. Phillippi la nombra como Ephedra andina  (Philippi, 1860: 223). El autor  le dedica, luego de su descripción botánica, el siguiente comentario, muy a propósito para nuestro enfoque eco-antropológico:  "Frecuens in locis mediterraneis deserti..;  Incolis pingo pingo: mulis ramulis vescuntur, homines  fructum, i. e. bracteas demum carnosas, rubras, satis insipidae comedunt (Philippi, 1860: 50).  Traducido al  español: "Es frecuente en sitios en medio del desierto...; los habitantes del lugar la llaman  pingo-pingo; las mulas se alimentan de sus ramas; los hombres comen su fruto, esto es, sus brácteas,  que son precisamente carnosas, y de un color rojo, bastante insípidas".

(13)   El atriplex  aquí citado es probablemente Atriplex atacamensis  que forma enormes  conjuntos o manchones,  a veces de varios  m2 de ruedo, cuyos tallos tiernos son comestibles para los animales hambrientos  (mulas y burros). Sospechamos que guanacos y llamas los comían, igualmente. Philippi distingue y clasifica en su obra cinco  especies de este género, en su dilatado viaje por el desierto.  (Vea Fig.4).

(14)   La crianza de hatos de cabras y burros en la zona costera desértica, solo fue posible en sitios de presencia de aguadas costaneras permanentes, de aguas potables. Tal cosa ocurría en la zona de Paposo, y Caleta el Cobre , en la costa sur de la región de Antofagasta. Esta crianza, de evidente origen hispánico, permitió a los pescadores changos, que antiguamente  vivían, en gran parte,  de los productos del mar (pesca y recolección marina), ampliar bastante su base de sustentación económica. Cabras y burros les suministraban, además de su carne, leche, producto fundamental para su alimentación  y cueros para hacer cuerdas, y hasta sus camas. Tanto cabras como burros son animales rústicos que  se alimentan de gran parte de la vegetación costera, incluyendo los cactus, tilandsias  y puyas, y no requieren de forraje  importado; lo que no ocurre con la oveja. Por esta razón, ni ovejas ni caballos ni bovinos  fueron utilizados por el hombre en estas zonas de desierto.

(15)  Esta práctica de chamuscar y quemar superficialmente las espinas de cactus y puyas,  para hacerlos más fácilmente comestibles para su ganado caprino, pudimos presenciarla personalmente en años secos en las alturas de El Tofo y junto a  la playa Temblador, entre  1980 y 1985. Las escasas familias de cabreros allí residentes, recurrían a este procedimiento brutal, tan dañino para la vegetación natural, para salvar su ganado, ante la imposibilidad de importar un costoso forraje foráneo.
                                
Fig.  4.   Ejemplar de  Atriplex atacamensis localmente llamado  pillalla en Tarapacá y cachiyuyo, en el salar de Atacama.  Imagen  captada  en la pampa del Tamarugal (Región de Tarapacá)  a unos pocos kilómetros al oeste del poblado de Matilla (foto H. Larrain,  octubre 2015; escala de   1 metro).


Fig. 5.  Plantas de  Oxalis   sp. en flor, creciendo entre las oquedades de las rocas en el oasis de niebla de Alto Patache. Conocido en la zona como "vinagrillo",  sus hojas y aún flores  también son comestibles por el hombre. Pero Philippi no lo nombra  en esta referencia. La incluimos aquí por constituir, igualmente, un alimento ocasional   en tiempos prehispánicos, para los cazadores indígenas que  subían del área litoral a cazar guanacos en los oasis de niebla.   (Foto H. Larrain, octubre  2015).

Fig. 6.  Ejemplar de la gramínea Stipa ichu,  alimento preferido por mulares y asnos durante la expedición de Philippi. Fue, igualmente,  alimento preferido por los guanacos que llegaban antaño hasta estos oasis costeros. Especie muy escasa hoy en los oasis costeros de la costa de Iquique, es mucho más abundante en los faldeos de Paposo. Es  la misma especie que se halla  en abundancia    por sobre los  3.500 m de altitud snm.  y que los  residentes aymaras utilizan hasta hoy  para cubrir las techumbres de sus  viviendas.  (Foto H. Larrain en Alto Patache, octubre 2015). 

jueves, 8 de septiembre de 2016

Los primeros trabajos del grupo de estudio de la niebla en El Tofo, IV Región de Chile: Esfuerzos exitosos.

Nos hemos propuesto en  varios artículos anteriores de este blog, dar a conocer las actividades  realizadas en la década del  80 del pasado siglo, para el estudio del aprovechamiento de las neblinas costeras o camanchacas,  en la IV Región de Chile, a partir del mes de Enero del año 1980.

Ya hemos señalado en otro capítulo que nosotros no fuimos, en modo alguno,  los pioneros en estos estudios. En Chile,  ya había demostrado el potencial de las nubes  estrato-cúmulos provenientes del océano Pacífico el  botánico y fisiólogo vegetal alemán Jochem Kummerov en 1966, al estudiar las extrañas asociaciones vegetales del bosque relicto de Fray Jorge, junto a la desembocadura del río Limarí. Su trabajo: "Aporte al conocimiento de las condiciones climáticas del bosque de Fray Jorge", fue publicado en el Boletín de la  Facultad de Agronomía de la Universidad de Chile, Santiago, N° 24, 1966:  21-24.

Los verdaderos pioneros.

Era la primera vez que en nuestro país se medía, con un instrumental adecuado e internacionalmente reconocido (captador del tipo Grunow), la cantidad de agua proveniente de la atmósfera sobre una asociación vegetal, detectándose allí, por el solo efecto de la condensación de la niebla costera, una pluviometría (=cantidad de agua caída en un m2 de superficie medidas en mm)  muy semejante a la media caída en la costa de Valdivia, en el sur de Chile,  varios grados geográficos más al sur.  Es decir, era la primera vez que se comprobaba  experimentalmente la existencia de un clima peculiar (rotulado como clima BWn).   Poco antes, y desde los años 1958-59, un joven y entusiasta  profesor de física de la naciente Universidad del Norte en Antofagasta llamado Carlos Espinosa Arancibia, experimentaba con extraños aparatos que llamaba "estructuras macrodiamante" la captación del agua de la niebla en los áridos cerros que miran a Antofagasta junto al sacerdote jesuita uruguayo y sismólogo Germán Saa, el joven físico Ricardo Zuleta, y otros profesores más. Eran los humildes pero prometedores inicios en esta gesta memorable.en la costa semidesértica  del norte de Chile.

 Los pioneros de la Universidad  del Norte, Antofagasta.

Fig.1.   Los físicos Carlos Espinosa y Ricardo  Zuleta  en su laboratorio en la Universidad del Norte. Esta foto  debe corresponder, aproximadamente,  a los  años 1967-69. (imagen tomada de la obra de Christiaan Gischler: The missing link in a production chain. Vertical obstacles to catch camanchaca, UNESCO-ROSTLAC, Montevideo, Uruguay,  1991, p. 14).


Fig. 2.  Esta foto nos muestra el ciprés (Cupressus sp.) plantado en el año  1962  por los investigadores Carlos Espinosa y Germán Saa, S.J., en cerros al interior de la costa de Antofagasta. Se desarrolló espléndidamente con el agua de la neblina, plantado inicialmente en tierra abonada, en el interior de un tambor metálico de capacidad de 200 lts.  Curiosamente,  las ramas del árbol se desarrollaron casi exclusivamente  hacia los lados, en forma perpendicular al viento predominante. Personalmente nos tocó ver vivo este árbol a mediados del año 1964. En la imagen,  de izquierda a derecha, en tercer lugar vemos a Carlos Espinosa, y en quinto lugar, a Ricardo Zuleta.  La extensión medida por Zuleta de las ramas laterales alcanzaba más de  los 4.0 m. Muchos años más tarde,  en 1985,  pude visitar nuevamente el mismo lugar, pero el árbol estaba ya enteramente seco pero entero.  (Imagen tomada de la misma obra de C. Gischler,  1991: 14).

Nuestro artículo periodístico.

En el texto del artículo de divulgación escrito por nosotros  para el Diario "El Mercurio" de Santiago de Chile, publicado el 7/10/1981 que presentamos más abajo, se alude a la plantación de varias especies vegetales en lo alto de los cerros de El Tofo y a las posibilidades de reforestación utilizando el agua de la las nieblas costeras o camanchacas.  Este  texto es uno de los primeros trabajos escritos por  nosotros  sobre la base de las experiencias adquiridas en el Cordón Sarcos, en los cerros  y alturas de El Tofo,  a unos 900 m de altitud  snm.  Este texto solo tuvo por efecto  informar a la comunidad nacional, acerca de los experimentos que se estaban realizando en las alturas del El Tofo, con fines prácticos.  Que gran cantidad de agua podía ser captada en beneficio humano,  quedó demostrado cuando en el año 1992 la caleta de pescadores de Chungungo recibió agua potable de la atmósfera, por medio de más de 100 captadores, gracias al apoyo del Environmental Service de Canadá y la Corporación Nacional Forestal de la IV Región.  Tal hecho, inédito en Chile, no fue posible sin las experimentaciones  realizadas in situ en los años precedentes por el Equipo de Zonas Áridas de la  Universidad Católica de Chile entre  1980 y 1985.

Texto del artículo de 1981.


Reforestación de parcelas experimentales en los altos de El Tofo.

En la primavera del año 1981 asesorados por  el botánico y ecólogo vegetal  Dr. Rodolfo Gajardo, de la Universidad de Chile, apenas un año después de nuestra primera visita al lugar, iniciamos la plantación de una parcela forestal experimental. Para ello cercamos con postes de eucaliptus y alambre de púas un terreno cuadrado, de  aproximadamente media hectárea, para evitar la intromisión de cabras, ganado menor que existe en la zona y cuyas voracidad es bien conocida.  El trabajo fue ejecutado por  obreros contratados en la vecina localidad de La Higuera. Inicialmente, fue nuestro anhelo introducir allí  las especies vegetales bien conocidas de la asociación vegetal del oasis de niebla de  Fray Jorge  (olivillo, arrayán y canelo), situado en  30°  23´ de Lat. Sur, bastante  más al sur.  Pero al no encontrar en el mercado local este tipo de árboles, tuvimos que resignarnos con  plantar especies foráneas de Eucaliptus y pinos, y algunas especies  del  secano costero de la zona central de Chile, como  quillay (Quillaja saponaria) y  molles (Schinus latifolius). Según mis recuerdos, estas especies se desarrollaron inicialmente bastante bien, a pesar de la presencia de fuertes vientos que frenaban el crecimiento en altura. El problema que pronto se suscitó fue que, debido a la altísima humedad reinante allí durante casi todo el año, se produjo una proliferación masiva de líquenes, de diversas especies, que terminaban por cubrir enteramente troncos y ramas, ahogando y sofocando su crecimiento. Los árboles no morían, pero su crecimiento quedaba visiblemente entorpecido, sin lograr alcanzar  el tamaño y aspecto propios de su especie  en lugares más secos.

Reforestar con especies adaptadas al medio nuboso.

Creemos que a futuro se podría probar la reforestación con otras especies arbóreas,  como aquellas que viven hoy en Fray Jorge, ya citadas más arriba o, tal vez, con aquellas que prosperan bien en las lomas peruanas más sureñas como el mito (Carica candicans),  el   huarango (Acacia macrocantha), o el "arrayán" (Myrcianthes ferreyrae), especies que vimos vivas en las lomas peruanas de Pacta y Lachay, en nuestro viaje de estudios  en el mes de Junio 1981. Si bien estas especies arbóreas prosperan hoy en lomas situadas varios grados geográficos  al norte de la frontera chileno-peruana, las condiciones de humedad son en cierto modo  semejantes.  Los ensayos de reforestación realizados en los últimos decenios en las lomas peruanas de Atiquipa  (16° 34´20´´ Lat Sur), por ejemplo, deberían ser estudiados cuidadosamente por nuestros botánicos y ecólogos vegetales en busca de respuestas.

Comentario  eco-antropológico.

1.  Aunque hoy en los oasis de niebla del extremo norte chileno a excepción de la cactácea Eulychnia iquiquensis  no existen especies propiamente arbóreas siendo la especie más alta, entre las leñosas, Lycium leiostemum (llamado "chañarcillo"), creemos probable que en tiempos antiguos, mucho más húmedos  que hoy, hayan prosperado in situ otras especies arbóreas, relegadas hoy a otras zonas del país de mayor pluviosidad. Estudios finos de palinología  en dichos lugares probablemente podrían arrojarnos algunas sorpresas en este sentido.  No hemos sabido del empleo de esta técnica en sitios de oasis de niebla costaneros del extremo norte de  Chile. Tal vez ya existan.

2.  Queremos rendir un particular tributo de admiración y reconocimiento a los pioneros de estos estudios en Chile y, en particular, al Dr. Carlos Espinosa Arancibia, profesor emérito de la Universidad Católica del Norte (Ex Universidad del Norte) en la ciudad  de Antofagasta, único sobreviviente hoy día ( Septiembre 2016) de aquella pléyade inicial de estudiosos de este tema. Cuando nuestro pequeño grupo de estudios de la niebla formado con los geógrafos Pilar Cereceda y Nazareno Carvajal  inició audazmente sus investigaciones en los cerros de El Tofo y Playa Temblador,  el físico Carlos Espinosa nos brindó generosamente toda su cooperación, enviándonos copia de la bibliografía que ellos habían  empleado y producido con sus experiencias en la costa de Antofagasta. Modelo de cooperación científica que  agradecemos.

3.  Conscientes del tremendo potencial hídrico que encierran las  nieblas costeras o camanchacas, en el Norte de Chile, abogamos firmemente por una continuación de estos estudios,  disminuyendo considerablemente los costos de fabricación e instalación de atrapanieblas, o mejorando sensiblemente su forma y  diseño a fin de  aprovechar  en mejor forma su rendimiento. Hoy, en el mejor de los casos, los aparatos en uso en nuestra zona captan  el 30% del potencial hídrico que atraviesa las mallas, perdiéndose   el resto en el suelo, arrastrado por los vientos.

4. Si bien es cierto que  esta pérdida  favorece grandemente el crecimiento a su alrededor  de un tupido manto vegetal bajo de Nolanas, Cristarias, Chañarcillo y otras especies, tal como lo hemos comprobado en el oasis de niebla de Alto Patache, a 75 km al sur de Iquique (Chile),  es deber de las nuevas generaciones de científicos y geógrafos reducir de manera significativa los costos e incrementar la productividad de los aparatos captadores para llegar a producir agua potable a bajo costo para uso de las comunidades humanas de pescadores y recolectores marinos que viven en su medio.

5.  Éstas, sometidas periódicamente  a los efectos destructores del Fenómeno climático de "El Niño" o de las intensas marejadas costeras que suelen destruir una y otra vez sus cultivos marinos, difícilmente podrán incrementar y afianzar sus poblaciones sin el recurso a la neblina, fuente de vida, presente en los cerros inmediatos a su habitat.  Este poderoso recurso, que tienen a sus espaldas les pertenece, es parte de su hinterland y el Estado debería asegurarles su posesión y uso para su propio desarrollo y perdurabilidad en el tiempo.





jueves, 1 de septiembre de 2016

Informe de actividades del grupo de estudio peruano-chileno sobre las camanchacas costeras: documento para la historia del aprovechamiento de las nieblas costeras (Junio 1981).

                          
Fig. 1.   Participantes del viaje  de estudios  a los oasis de niebla en junio  1981.  El primero, de izquierda a derecha es el ingeniero forestal de CONAF   La Serena,  Guido Soto; el tercero, es el ingeniero agrónomo peruano Carlos López Ocaña; el cuarto personaje  es Horacio Larrain, el quinto Christiaan Gischler.  De derecha a izquierda, el primero, es el meteórologo peruano Valdivia Ponce, el segundo,  es Carlos Espinosa, físico de la Universidad del Norte, Antofagasta; el tercero, el joven geógrafo Nazareno Carvajal (foto tomada de la obra:  The misssing link in a production chain. vertical obstacles to catch camanchaca, ENESCO, Montevideo, Uruguay,  1991, pg. 50). 

Orígenes del Proyecto Binacional Chile-Perú en  1981 para el estudio de la niebla.

Revisando viejos archivadores que contenían  información sobre los primeros intentos nuestros para estudiar y utilizar la neblina costera o camanchaca (1980-1981), apareció este viejo Informe, que encierra valiosos datos sobre el intercambio de experiencias entre científicos peruanos y chilenos en el año 1981. El cerebro gestor y organizador de este Encuentro, fue el infatigable hidrogeólogo holandés Christiaan Gischler, gran propulsor de los estudios de la camanchaca costera  hoy lamentablemente casi enteramente olvidado.  Damos a conocer hoy los prolegómenos de este Informe, en el  que se llegó a elaborar el Proyecto Binacional chileno-peruano para la utilización de las neblinas costeras.  Tenemos hoy el profundo convencimiento de que  aquel esfuerzo temprano por elaborar un plan común entre peruanos y chilenos para estudiar juntos el fenómeno de la camanchaca costera y su aprovechamiento, debería constituir un ejemplo y un modelo de colaboración futura entre países hermanos, dotados del mismo recurso y de las mismas necesidades.

                                                  
Fig. 2. El hidrogeólogo de UNESCO, Christiaan Gischler durante  nuestro viaje a terreno en Fray Jorge, oasis de niebla de la IV Región  de Chile (río Limarí). (Foto H. Larrain, Junio 1981).

Fuimos testigos y actores de dicho viaje de estudios.

La copia que aquí presentamos, desteñida y manchada por el tiempo (data de hace 35 años) es fiel reflejo de la intensa actividad desarrollada por el grupo de científicos, al que tuve el honor de acompañar  como antropólogo y arqueólogo,  con una experiencia mía aún muy precaria e incipiente en el tema.  Este fecundo viaje y las conversaciones sostenidas en el terreno mismo con los demás científicos, todos ellos  de larga experiencia, fue  para nosotros antropólogos muy aleccionador y marcó el inicio de nuestro marcado interés por estos estudios. Nadie podía imaginar entonces que el tema hídrico y su posibilidad de captación a través de las nubes costaneras,  nos seguiría interesando hasta el día de hoy.  Fue un gran honor para nosotros, recién incorporados al tema de estudio de las neblinas costeras, el que se nos haya confiado entonces  la honrosa tarea de  elaborar esta síntesis del Encuentro Binacional  Chile.Perú.  Pilar Cereceda, geógrafa e infatigable compañera de faenas en El Tofo, no pudo entonces acompañarnos, por estar enferma. Lamentamos mucho su ausencia.

                            
Fig. 3. El equipo de científicos durante su parada en la aguada  "Los Perales" a unos 350 m.  sobre el nivel del mar, subiendo por la caleta de Paposo. La aguada fue muy utilizada hasta muy tardíamente por los pescadores changos que residían en Paposo: de aquí obtenían  una excelente  agua  para beber y para sus animales cabríos. (Foto H. Larrain, Junio 1981)

                                                  
Fig. 4. En  las lomas de  Pacta (Perú).  Al extremo derecho, subiendo y mirando a la cámara, Christiaan Gischler;  de chaqueta negra, Carlos Espinosa (Foto H. Larrain  Junio 1981).

Un Informe desconocido hoy.

El original de este Informe, entregado a UNESCO hace 35 años, debe dormir plácidamente en algún recóndito cajón de alguna oscura bodega de la Oficina de UNESCO  en Montevideo. Creemos que ha llegado el momento de desenpolvar este  añejo documento en beneficio de las nuevas generaciones de estudiosos que se han incorporado al "Centro del Desierto de Atacama" de la Pontificia Universidad Católica de Chile. A ellos corresponde hoy seguir investigando con aplicación y entusiasmo este recurso, adoptando las nuevas tecnologías de la geografía, la cartografía  y la ingeniería mecánica.

El texto del Informe presentado  en Junio del año 1981.

El Informe  contiene tanto el resultado de las reuniones sostenidas en Antofagasta (Universidad del Norte) como en Lima (Sede de la ONERN), como las principales conclusiones del viaje a terreno del grupo de investigadores.

Fig. 1.  Preparativos del Encuentro Bi-nacional Perú-Chile.


     Fig.2.   Participantes en el Encuentro.                                        

     Fig. 3.    Actividades durante  el viaje  Santiago-Antofagasta.                                      


Fig. 4. Actividades desarrolladas en la ciudad de Antofagasta y visita al oasis de nieblas de Paposo (II Región de Chile). Trabajos presentados en Antofagasta (Universidad del Norte).

Fig. 5.  Elaboración del Proyecto chileno-peruano titulado:  "Aprovechamiento de las nieblas costeras (camanchacas)  en las zonas áridas del Pacífico Sur"   en la ciudad de Antofagasta.

La experiencia previa de Christiaan Gischler en el tema.

Christiaan Gischler se desempeñaba a la sazón como hidrogeólogo encargado por UNESCO  de estudiar el  problema del agua en zonas áridas de América con sede en Montevideo, Uruguay. Estaba a cargo de la Oficina  Regional de Ciencia y Tecnología para América Latina y el Caribe (UNESCO/ROSTLAC), y había participado activamente en las reuniones previas sobre el problema hídrico sostenidas en Tacna (16/08/1979), en la "Conferencia sobre Desertificación" en Nairobi (Kenia) en  1979,  y en la Conferencia de Mar del Plata (Argentina) en 1977. Este  Viaje, -al que aquí nos referiremos en detalle y del que aportaremos imágenes de la época-,  se gestó como consecuencia natural del interés de UNESCO por aportar nuevos conocimientos e intercambiar opiniones  entre los expertos peruanos y chilenos sobre  el candente tema de los efectos de la desertización en nuestras zonas. La ya probada existencia de  agua potable de excelente calidad y potencialmente aprovechable de las neblinas costeras rasantes en las costas del Perú y de Chile, constituía  un enorme  potencial hídrico que había que estudiar en profundidad.  

Sabia combinación de  teoría y práctica.

Las páginas de este ya viejo Informe muestran al detalle  el procedimiento seguido en aquellos años: una sabia combinación de sesiones de trabajo en Antofagasta y Lima con conferencias de científicos de ambos países, con experiencia en el tema  y, posteriormente, un viaje  a  lugares específicos más relevantes para el  estudio de la niebla.  A una distancia de  más de 35 años del hecho descrito aquí, nuestro recuerdo permanece vívido de las experiencias adquiridas en  las visitas a terreno  efectuadas al bosque higrófilo de  Fray Jorge, y los oasis de niebla  de El Tofo, Cerro Moreno, Paposo (en el norte de  Chile)  y, en el Perú, a las zonas de lomas costeras  de Pacta y Lachay, mientras apenas tenemos un muy vago recuerdo de las sesiones de trabajo sostenidas por entonces en la ciudades de Antofagasta y Lima. 

Comentario eco-antropológico.

1.   Este capítulo de nuestro blog  lo  hemos  destinado primariamente para el conocimiento de los estudiosos de las neblinas costeras y su aprovechamiento por el hombre.  Es parte importante de la historia de este esfuerzo  nacional,  que para nosotros  comenzó en el año 1980. Esperamos que las nuevas generaciones de científicos jóvenes, vivamente interesadas hoy por el problema de la falta de agua de buena calidad en el mundo,  especialmente en las zonas desérticas,  puedan aprovechar  y sacar enseñanzas de  este ejemplo de fraternidad y hermandad  científica entre naciones vecinas.

2.   Este Encuentro científico Chile-Perú demuestra bien la necesidad  y el beneficio  inherente a compartir experiencias con los países vecinos, dotados de un mismo y poderoso recurso, la camanchaca. De hecho, gracias a esta experiencia, varios de nosotros  hemos seguido, por el resto de nuestras vidas, interesados por este tema y su solución.

3.  Este ejemplo nos alienta a seguir estudiando tanto el potencial de la niebla en sí, como los modelos y tipos de captadores que  sean cada vez más eficientes y más resistentes a la potencia del viento, y que, a la vez,   puedan ser fácilmente instalados y manipulados por  la gente  que vive junto a la costa y que los necesita hoy con más urgencia que nunca para su supervivencia.   

4.   A la vez, este recuerdo  de lo que se logró hace 35 años, constituye -así lo creemos- una suerte de gigantesco desafío para los centros de estudio universitarios que  durante décadas han dedicado esfuerzos en este sentido,  de manera de poder  llevar  sus investigaciones al terreno práctico, logrando  así  subvenir a las perentorias necesidades de agua potable de las poblaciones costaneras.

5. Somos de opinión de que las Universidades  del extremo norte de Chile que tengan  carreras de Geografía, Ingeniería Mecánica, Arquitectura, Física  y aún Química, deberían  interesarse más por esta temática de tan decisiva  importancia para el servicio del hombre  de la Región, que necesita cada vez más de nuevas y promisorias fuentes de agua de buena calidad.

6. Hemos extraído del  "baúl de los recuerdos"  estas fotos y esta experiencia con la finalidad de  que los noveles científicos que se inician en este campo de estudio de las neblinas costeras,  sepan reconocer y aquilatar el esfuerzo de los pioneros, sus predecesores,  que con escasos medios pero con energía sin  igual, dieron lo mejor de sí para  mejorar las condiciones  de vida de los esforzados habitantes de la costa desértica.  La historia, una vez más  nos demuestra ser  verdaderamente  una magistra vitae (maestra de la vida), señalándonos  rumbos a seguir  y/o advirtiendonos  de  posibles errores, fallas  u omisiones.    

7. Por fin, creemos que este Informe  y su viaje  constituye parte significativa de la historia  de la utilización de la camanchaca en Chile y Perú,  historia que está por escribirse, continuando  y completando la excelente obra pionera de Christiaan Gischler en 1991.

miércoles, 24 de agosto de 2016

Noticias adicionales sobre el modo de vida y la cultura de los changos, pescadores-recolectores de las costas de Atacama: demografía, movilidad y embarcaciones.


Fig. 1.  Portada de la obra original de Philippi, publicada en Halle, Sajonia, en el año 1860.

En nuestro capítulo precedente, hemos  analizado con lupa  la información que nos entrega el sabio naturalista alemán Rodolfo Amando Philippi en su obra Viage al desierto de Atacama (Halle, Sajonia, 1860) sobre  el ecosistema  marino bañado por la neblinas costeras o camanchacas y  el hábito de la pesca de los changos pescadores de la costa.  En este capítulo entregaremos el resto de la información que nos suministra el investigador alemán sobre estos indígenas en diferentes páginas de su obra. Téngase presente, pues,  que el presente capítulo constituye con el anterior una unidad  indisoluble. 


Fig. 2. Parte del plano de la zona recorrida por la expedición Philippi  en 1853-54. Fue confeccionado por Guillermo Döll,  ingeniero geomensor,  infatigable compañero de viaje y faenas del sabio Philippi y alemán como él.  El plano muestra  el camino recorrido desde  Paposo, en la costa, cruzando el desierto hacia el Este,  pasando por Cachinal de la Sierra, Agua del Profeta, Varas, Punta Negra, Imilac,  Tilopozo, Peine, Toconao,  y finalmente el pueblo de Atacama.  De aquí la ruta se desviaba hacia el poniente para alcanzar Calama, y de aquí, siguiendo el curso del río Loa, las posadas de Calate,  Guacate, Miscante y Colupo, para desembocar finalmente en la costa,  junto a Gatico  (y Cobija).

Nos servimos aquí para nuestro análisis, de la reciente reedición  (2008)  hecha a la obra del sabio alemán  y editada por los Sres. Augusto Bruna y Andrea Larroucau para la  "Biblioteca Fundamentos de la Construcción  de Chile". (auspiciada por la Cámara Chilena de la Construcción,  Pontificia Universidad Católica de chile y  Biblioteca Nacional de Chile).

Los párrafos que siguen,  y que reproducimos aquí a la letra, nos completan  el cuadro de la ecología cultural que rodea la vida de esta etnia de pescadores, habilísima explotadora del medio ambiente marino de las costas desérticas del norte de Chile. En efecto, la vida de estas rústicas familias, sometidas a las exigencias de una suma escasez de agua y recursos vegetales,  nos demuestra una sorprendente adaptación al medio, del que dependen  a cada instante y que, a la vez, plasma y configura sus hábitos y su vida familiar, social  y económica.

El texto original (los párrafos entre paréntesis en negrita así como las notas numeradas, son nuestras):

(Importancia del lobo marino para los changos).

"Antes había en toda la costa muchos lobos marinos (1), que son de suma importancia para los habitantes, dándole sus botes, techo para sus ranchos, etc. (2), pero han  disminuido de repente  hace unos veinte años. Me contaron que entonces una peste, una especie de hidrofobia, atacó a todos los animales (3), no solo a perros y zorras, sino también  al ganado vacuno, caballar, ovejas y cabras; los pescadores creen que las misma enfermedad eliminó a los lobos, porque encontraron en esa época un gran número de lobos muertos en las playas (4), gordos y sin heridas. En el camino de Paposo a El Cobre, uno de mis mozos mató de un peñascazo a un lobo  nuevecito que dormía en un escollo de la playa;  era la Otaria porcina (Sem.) de Gay. (5).

(Presencia de la ballena en la costa).

"Se dice que aún el número de las aves ha disminuido mucho (6).  Hasta el año 1812 se extraía un gran número de plumas de alcatraz o pelícano de toda la costa, principalmente de Chañaral, que servían en general para escribir en vez de las plumas de ganso (7) y de acero que se usan actualmente. He dicho que la playa está cubierta de huesos de ballena; sin embargo, no he oído hablar de que haya encallado recientemente alguno de estos animales monstruosos ni que haya sido el aceite y barba de ballena  un producto de aquella costa" (8) .

(Vida social, lengua,  familia y trabajo).

"Los habitantes de la costa, desde Huasco hasta Bolivia (9), se llaman changos (10); es una tribu india que tiene actualmente la sangre muy mezclada (11). Su idioma ha sido el chileno o araucano, según me han dicho (12), pero actualmente lo han olvidado del todo y hablan solo el castellano.  El número de los que viven en el litoral del desierto será de 500 más o menos (13).  Hombres y mujeres viven separados la mayor parte del año, dedicados los primeros a la pesca o al trabajo de mina y ocupadas las otras en apacentar sus cabras, moviéndose continuamente de un lugar a otro según encuentran pasto y agua (14). En invierno, cuando el mar embravecido no permite la pesca, los hombres cazan guanacos (15).  No hay matrimonios verdaderos entre esta gente y, aunque tuviesen la mejor voluntad del mundo,  no podrían obtener la bendición de la Iglesia,  en razón de que no hay más que un solo cura en el departamento, en la ciudad de Copiapó (16).  Los hijos quedan con las madres, hasta que los varones tienen la edad suficiente para asociarse a los trabajos de los hombres"(17).

(Características de sus embarcaciones).

. "Las embarcaciones en que estos changos se abandonan a la mar se llaman balsas (18) y son muy particulares. Se componen de dos odres de cuero de lobo (19) hinchados de aire  (20), que terminan en cada extremo en una punta algo relevada (21). Tienen como diez pies de largo (22) y son un poco más anchos en la parte posterior  (23) . Están unidos encima por medio de un techo de palitos, en el cual los pescadores se sientan (24). Esta clase botes, por su ligereza y elasticidad, son muy aptos para esta costa peñascosa, donde botes de madera no pueden atracar sin exponer a romperse (25). Se tiñen de rojo con ocre (26)". (Philippi, reedición 2008: 46-47).


Fig. 3.   Balsa de pescadore changos dibujada por  Philippi en Caleta El Cobre,  al norte de Paposo. Aquí, fue disuadido Philippi por sus guías de continuar su viaje por tierra, a través de la costa hasta La Chimba (actual Antofagasta).  Observe la posición de los remeros y sus remos de doble paleta.

(Nuestro  estudio de  este  elocuente texto, se ofrece aquí en forma de "Notas"). 

Notas

(1)  La relativa escasez de la población de lobos marinos (Otaria flavescens)   que  anota Philippi en su texto, bien podría deberse a un fenómeno transitorio  y natural de mortandad animal por falta de alimento suficiente. Esto suele ocurrir en nuestras costas cuando ha sobrevenido un potente fenómeno de "El Niño" que elimina y da muerte en grandes cantidades a la anchoveta (Engraulis ringens), la presa más recurrente del lobo marino.

(2)  La importancia del lobo marino para  el pescador costero de la antigüedad en nuestra zona norte ha sido bien destacada por numerosos autores. Al parecer, el primero de ellos que nos relata, con lujo de detalles, el sistema constructivo de la balsa, utilizando para ello dos odres hechos con la piel del lobo  marino, es el cronista español Gerónimo de Bibar. Bibar, en efecto destina un capítulo entero de su obra, publicada en Sevilla, España en 1557,  a la descripción  del sistema constructivo de las balsas. (Crónica y Relación copiosa y verdadera de los Reynos de Chile..., edición 1966,  Edición Fondo Histórico y Bibliográfico José Toribio Medina, Santiago de Chile,  cap, V, págs.  10-12).  En materia de descripciones de estas balsas y del lugar de observación de las mismas, , no existe mejor trabajo de recopilación bibliográfica que el que nos ofrece don Gualterio Looser  en sus dos artículos:  "Las balsas de cuero de lobos de la costa de Chile", (Revista Chilena de Historia Natural, Año XLII (1938) 232-266 y "Las balsas de cueros de lobos inflados de la costa de Chile", Revista Universitaria, Universidad Católica de Chile,  Años XLIV y XLV, (1960), N° 23,  247-273.  Looser, aunque botánico de profesión, se interesó especialmente durante su vida por los temas arqueológicos y etnográficos, sobre los cuales nos dejó notables trabajos.
Del lobo marino, el pescador chango  obtenía múltiples elementos necesarios para su vida marítima:   carne, grasa (de la que obtenía el aceite), sangre, huesos (de donde obtenía el famoso "chope" o instrumento para mariscar), cuero (tanto para la confección de balsas, como para  techumbre de sus viviendas), vejigas (para el transporte de agua dulce) y hasta pelos. (Sobre este tema, puede consultarse  nuestra propia tesis de maestría en Antropología, titulada: " Análisis demográfico  de las comunidades de pescadores changos del norte de Chile en el siglo XVI", Stony Brook, L. I., (U.S.A.),  Mayo 1978, passim).

(3)  No hemos hallado ninguna  referencia que confirme tal suposición. El contagio de una peste de animales terrestres a los marinos, cuyo alimento y habitat es tan diferente, no parece muy probable.

(4)  Hemos ya señalado en nuestra Nota 1 que la mortandad de lobos marinos se explica más fácilmente por la falta de alimento de esta especie causada por la llegada del "Fenómeno de El Niño" a nuestras costas. Esta mortalidad ataca principalmente a los ejemplares juveniles, incapaces de nadar mar adentro a cazar otras especies marinas.

(5)  Los changos solían cazar estos ejemplares jóvenes cuya carne es más tierna. Según el relato de un guanero español de apellido Ruiz a quien conocimos en "La Pescadora", al sur de Pabellón de Pica, él había cazado un par de veces, estos pequeños lobeznos que llaman poppies, espiándolos en los roqueríos  y  que su carne  era muy buena, sabiéndola  condimentar. (com. pers.  agosto  1998).

(6)   Con ocasión del arribo a nuestras costas del Fenómeno  de "El Niño", de aguas superficiales más calientes, como lo hemos señalado más arriba,  toda la fauna marina carnívora sufre de hambre, también las aves y se produce enorme mortandad. Incluso las algas perecen en gran número, inundando las playas con sus talos ya desprendidos de su pie.  La diferencia de  1 a 2 grados centígrados en la temperatura media  del mar  es más que suficiente para dasatar esta verdadera catástrofe.

(7)  Se usaron antiguamente las plumas de ganso (Anser anser), prefiriendo las plumas grandes de las alas o remeras, las que eran cortadas en su base, en un ángulo especial. Empezaron a usarse en el siglo VI D.C.  hasta el siglo XIX, cuando aparecen las primeras plumas metálicas.

(8) Existen numerosas referencias a varazones de ballenas moribundas en nuestras costas.Tal mortandad obedece, por lo general, a causas puramente naturales, de origen climático. Con la caza indiscriminada  efectuada por enormes  barcos-factorías japoneses y chinos, sin embargo,   su número se ha visto considerablemente disminuido y algunas de sus especies se encuentran expuestas a su extinción definitiva.  La ballena ha sido muy perseguida en  los dos siglos precedentes paras obtener su aceite y sus barbas; estas últimas fueron muy  usadas  en corsetería y otros fines  en el siglo XIX e inicios del XX.

(9) El habitat costero asignado por Philippi  en su época a estos pescadores changos va desde la desembocadura del río Huasco (28° 27´ S)  hasta  el entonces reconocido  límite norte de la república de Bolivia, o sea el río Loa (22° 00 ´S). Philippi no visita ni estudia la región costera situada inmediatamente al norte del río Loa. Por tanto, la zona costera de Tarapacá y  Arica  le  es totalmente desconocida.  Sólo se limita  el sabio a  dar referencias  de la zona que él llega a conocer y recorrer personalmente, Por otra parte, no sabemos qué argumentos tuvo a la mano Philippi para asignar el río Huasco como el límite meridional de estos pescadores changos. Seguramente, tal afirmación es eco de lo que sus informantes  en Paposo pudieron referirle al respecto  y/o de lo que los marinos de la corbeta "Abtao" pudieron proporcionarle. Su referencia  a los límites extremos de su habitat, por lo tanto, han de considerarse solo estimativos.

(10) Sabemos  por otras fuentes (v. gr. Malaspina y su expedición en 1790) que también eran llamados "changos"  los pescadores  de la región costera del norte Chico situados desde el área de Pichidangui (32° 06´ S )  hacia el  norte,  hasta la desembocadura del río Copiapó.  Ya hemos señalado en otra parte que la denominación "changos" no es la más antigua. "Camanchacas" fueron denominados muy  tempranamente,  a fines del año 1579,  por   el corsario inglés  Francis Drake, que los avista y visita  en Morro Jorge  (Morro Moreno)   y en Pisagua, donde intercambia objetos por pescado fresco. (Cfr. trabajo de Bente Bittmann, "Notas sobre poblaciones de la costa del Norte Grande Chileno").

(11)  El mestizaje que según Philippi se presentaba entre los pescadores recolectores changos de la costa norte chilena era algo totalmente  esperable, dado  su escaso número y su frecuente contacto con las poblaciones alteñas del Salar de Atacama y del altiplano de Lípes, muy superiores en número. Si el mestizaje y contacto entre comunidades humanas  vecinas  ha sido una realidad constante desde el inicio de la historia en todo el globo, con mayor razón en el caso presente, cuando ambas comunidades (changos y atacameños o lickan antai) se necesitaban mutuamente para poder sobrevivir. Ya Lozano Machuca tempranamente, en el año 1581, anotaba que  los pescadores costeros "uros" -como él los denomina- "no pagan tributo pero dan pescado a los caciques de Atacama en señal de reconocimiento"  ( en la "Carta del Factor de Potosí Pedro Lozano Machuca al Virey  (sic!) del Perú", en donde se describe la Provincia de Los Lipes", Relaciones Geográficas de Indias, Perú, Ministerio de Fomento, II, Apéndice III-xxv, Madrid  1885).

Un poco más al Norte,  el contacto asiduo y el incesante intercambio económico entre los changos de la desembocadura del río Loa y los caciques de Pica era tan importante que cuando don Pedro de Valdivia constituye en 1540 una segunda encomienda en la zona, después de la de Tarapacá,  llevará ésta significativamente  el nombre "encomienda de Pica y Loa" y  se levantará en el Loa una capilla para la evangelización de sus pobladores indígenas. Lo que, curiosamente, no ocurre en el caso de la Encomienda de Tarapacá  donde no se cita  Ique-ique  o la  isla homónima  como parte constitutiva del nombre de  la encomienda. Lo que se explicaría perfectamente bien por la presencia de una mucho mayor población changa en la desembocadura de  río Loa que en la isla y contornos de  Ique-ique.

(12)   La lengua hablada por estos grupos costeros changos ha sido motivo de debate entre los especialistas. Unos afirman que tuvieron una lengua especial y propia sin señalar cuál sería ésta; otros, que era la lengua de los uros del lago Titicaca; otros, que ya habían olvidado enteramente su antiguo idioma; otros, por fin,  que éste era el araucano o mapudungun, idioma de los mapuches. Philippi se inclina por esta última hipótesis,  pero no investiga más sobre este tema. El viajero francés Brésson en el año 1870  recogió  algunas voces de los pescadores de Paposo y concluyó que su idioma fue el araucano  pero estaba en vías de desaparecer. André Marcel D´Ans, lingüista y etnólogo belga, escribió un artículo específicamente sobre este tema analizando el trabajo de Brésson: "Chilueno o Arauco, idioma  de los changos del norte de Chile, dialecto mapuche septentrional", (en la revista Estudios Atacameños, 1976:  113-118).
Nuestra sospecha -también señalada por otros investigadores-  es que la presencia de algunos pescadores de lengua mapuche en Paposo podría atribuirse, no tanto a la supervivencia de grupos étnicos mapuches, arraigados de larga data en la zona, sino al  reciente traslado forzoso operado por españoles, de algunas poblaciones costeras del centro de Chile hasta esa localidad.  Se sabe hoy  con certeza, en efecto, que  Francisco de Aguirre, quien poseía una  encomienda en la zona central de Chile, tenía otra, y muy extensa, desde la zona de la Serena hasta cerro Moreno y Mejillones en Antofagasta. Así, sabemos que efectuó traslados masivos de  familias de la etnia picunche, de lengua y cultura mapuche,  hacia el Norte.  En otras palabras, la presencia de mapuche-hablantes en la caleta del Paposo  no sería, pues, en modo alguno una situación original, sino una masiva relocalización provocada por el conquistador en el siglo XVI. Los informantes de Brésson, en consecuencia, tal vez habrían sido descendientes de aquellos transplantados forzados, al estilo de los  mitmaqkuna, tan comunes en los tiempos del Inca.
Tenemos la sospecha que los changos nunca poseyeron una lengua propia en la costa chilena actual, sino que hablaron la misma lengua de sus vecinos de tierra adentro, con los cuales tenían asiduo contacto. En las costas de Arica y Tarapacá, era la lengua puquina y en Antofagasta la lengua lickan antai de los atacameños. Creemos que su número era demasiado pequeño (y siempre lo fue así), como para tener lengua propia. Esto, al menos desde los tiempos próximos a la llegada del Inca. Si sus lejanos predecesores, los Chinchorro, entre el séptimo y el cuarto milenario A.C., poseyeron o no una lengua propia, diferente de la de sus vecinos, es otra cuestión distinta, sobre la que no existe la menor información fidedigna.

(13)   Calcula Philippi una población total de  unos 300 changos, viviendo entre el río  Huasco y el río Loa, esto es, unas 60 familias, si suponemos una ratio poblacional  1 a 5. ¿Cómo llega  el naturalista alemán a esta cifra tentativa?.  Sin duda,  fue gracias a los datos de sus fieles guías y baquianos, Diego de Almeida y José Antonio Moreno más otros informes dispersos recibidos entre Paposo y Caleta el Cobre.

(14)   Son numerosos los testigos de la  extrema movilidad  y nomadismo de los changos a lo largo de la costa, en busca de recursos alimenticios. Entre éstos, destaca la interesante observación de Pedro Vicente Cañete y Domínguez, Gobernador Interino de Potosí en  el año 1787:  "De esto proviene que el puerto (de Cobija) jamás se ha poblado sino de los infelices pescadores, que viven de solo pescado desde que aprenden a comer....Frezier Fol. 130 testifica de 50 casas, pero éstas son  unas veces más y otras menos, porque como todos son pescadores, se llevan en las canoas los cueros de que forman sus cabañas sobre costillas de ballena, y entonces se minora el número, y crece cuando se juntan en el puerto...."  (Cañete y Domínguez, "Noticia del puerto de la Magdalena de Cobija...",   cit, en Larraín, Revista Norte Grande, vol.  I, N° 1, 1974:  83 y 87). Pocas citas hay tan explícitas y elocuentes como ésta para explicar y entender la notable movilidad costera de estos indígenas que hasta portaban  consigo  sus precarias  chozas en sus balsas, al partir de pesca a caletas más alejadas.

(15)  La caza del guanaco por parte de los changos en invierno (esto es entre mayo y octubre), en la épocas de las camanchacas,  fue una realidad para las comunidades costeras. La vegetación costera en los oasis de niebla (y Paposo era uno de los más notables)  permitió pacer aquí  por unos meses a pequeñas tropillas de guanacos que ramoneaban la vegetación de  Gramíneas, Nolanáceas,  Cristarias y otras especies comestibles que crecen en dichas épocas del año.  Nosotros hemos hallado, en efecto, en oasis de niebla de la costa sur de Iquique  desde Alto de Junín (Pisagua) hasta  altos de Chipana (junto al río Loa), infinitos senderos de guanacos, con sus característicos  bosteaderos y revolcaderos, en todos las laderas más altas de la cordillera costera. Y junto a ellos, algunos talleres líticos indígenas con  herramientas y utensilios (confeccionados en sílex y basalto), enteros o fragmentados, prueba inequívoca de su estadía en el lugar con fines de  caza.

(16)  La visita de algún sacerdote al Paposo y caletas vecinas  fue algo  muy esporádico y poco frecuente tanto por la escasez de clero en Copiapó (la ciudad habitada más próxima)  como  por la extrema cortedad de su habitantes, los que frecuentemente se ausentaban de sus campamentos-base. Era un azar encontrarlos a todos reunidos en el lugar. Así lo indica claramente Cañete y Domínguez. Probablemente recibían  el auxilio religioso del sacerdote  una o dos veces al año, con suerte, tal vez para la visita con motivo de la celebración del  Santo Patrono de la localidad. En Paposo debió existir sin duda  una capilla -de la que no hay indicios hoy- al igual que la que hubo en la desembocadura del río Loa y  aún en la isla de Ique-ique, para la atención espiritual de los indios pescadores. Revise Ud. a este propósito el interesante artículo del presbítero Joaquín Matte Varas, titulado "Misión en el Paposo",  en que se relata con interesantes pormenores  su visita eclesiástica a la zona, por orden del obispo Rafael Valdivieso en el año 1841. (Cfr- Joaquín Matte V., Revista Teología y Vida, Vol. 22.
N° 1  (1981),  51-64).  Sobre el oasis de Paposo, su vegetación, recursos  y tipo de  habitat, consulte en este mismo blog  con fecha 27/04/2014, nuestro trabajo: "Paposo: un oasis recóndito de extraña vegetación y antiquísimo poblamiento".

(17)  Los padres y sus hijos ya crecidos salían a perseguir la pesca a caletas vecinas o a pescar en alta mar.  Estos viajes solían durar varios días. Para ello, llevaban agua de reserva en odres o pellejos de lobo marino. Su alimento dependía de su  propia  habilidad para la pesca o el marisqueo de orilla.

(18)  Desde su más temprano registro, el nombre dado a estas embarcaciones es el de "balsas". No consta en ninguna parte su posible nombre indígena, más antiguo. "Balsa" es un término español  y fue dado a varios tipos y formas de embarcaciones  de la zona costera de Chile y Perú.

(19)  "Odres de cuero de lobo". Se trata del lobo marino, Otaria flavescens,  especie de cuyos cuerpos se componía una balsa.  Su alargado cuerpo y forma se prestaba muy bien para la fabricación de los dos odres que la conformaban.   El complejo procedimiento de preparación y confección de una balsa ha sido explicado de manera magistral por el cronista Gerónimo de Bibar en su Crónica del Reyno de Chile, publicada en Sevilla  en el año  1560  (capítulo V).

(20). Aquí no se explica el procedimiento de inflado de la balsa. Sabemos que  el pescador  dejaba   una especie de tubo o canilla hueca por donde echarle aire, soplando con fuerza a su interior. Terminada su faena, lo enrollaba y anudaba.  La faena se hacía siempre en tierra antes de embarcarse, pero  las balsas  podían  también ser infladas en el mar, cuando empezaban a desinflarse por efecto de alguna rotura o perforación. El arqueólogo Hans Niemeyer, en su trabajo del año 1965 titulado; "Una balsa de cueros de lobos  de la caleta Chañaral  de Aceitunas (Provincia de Atacama, Chile)",   publicado en la Revista Universitaria (Universidad Católica de Chile), Año L-LI, Fasc. II, 1965-66: 257-269), retuvo, para fortuna nuestra,  el nombre que dio  el pescador fabricante de la balsa, Roberto Alvarez, en la caleta Chañaral de Aceituno a esta boquilla: "copuna",  que vendría a ser una metátasis por  "pucuna".   Voz que viene ciertamente de  "phukuna", voz quechua que debe pronunciarse con una  -p- aspirada, y que significa precisamente "fuelle para inflar".  ¿Por qué, nos preguntamos, retiene y conservó este implemento su nombre quechua?. ¿Era éste un término también usado en lengua puquina?.  ¿Habrán hablado tal vez, el quechua o el puquina algunos grupos de los changos primitivos?. ¿O tal vez ambas lenguas?.  ¿Es posible que en el extremo sur del Perú hubiesen subsistido también otros términos quechuas, aplicables a la balsa de cueros de lobos?. Un misterio más por resolver sobre este grupo étnico, tan enigmático.  Aquí, una vez más, la opinión de los lingüistas se hace  indispensable.

(21) En ambos extremos, proa y popa, los pellejos de cuero de lobos marinos de la balsa quedan algo levantados, lejos del agua. Este detalle lo confirman todos los diseños y dibujos que existen de estas balsas.

(22)  Diez pies de largo  equivalen a  3.50 metros.  Esta longitud era variable, pues sabemos que existían, a fines del siglo XIX y comienzos del XX balsas algo más largas y grandes, usadas para el transporte especial de carga con sacos de salitre para conducir a los barcos.

(23)  En efecto, los dos pellejos de cueros que sirven de proa van muy cerca una del otro, prácticamente pegados, mientras que  las parte posteriores se distancian. Este diseño  permite que  la estructura  del tablado  que hace de piso de la balsa  tenga una mayor superficie de carga. Esta disposición favorece ciertamente la velocidad de deslizamiento de la embarcación en el agua.

(24)  La posición de los remeros sobre el piso de la  balsa  podía ser doble: o a horcajadas, sentados sobre sus talones y/o con las piernas cruzadas, o también  sentados con los pies en el agua. Los dibujos conocidos nos ofrecen ambas posiciones. El dibujo que nos presenta la obra del ingeniero francés  A. F. Frézier, del año 1716, nos ofrece  un ejemplo del primer caso.   Pero  el remero, cuando es uno solo,  va  instalado en la sección de proa, dejando todo el espacio posterior, más amplio,  para la carga (sacos,  baúles, etc.).  Cuando había dos remeros, uno va a cada lado,  estando instalado uno más adelante y el otro, más atrás. Reman, en este caso simultáneamente y  en forma  acompasada  para impulsar el navío eficazmente hacia adelante.  El remo, para el caso del tripulante único,  era  muy largo y de doble paleta, bogando alternadamente  de un lado y del otro.

(25)  La balsa no posee quilla alguna,  como el catamarán moderno.  Lo que le permite  varar en la orilla arenosa o aún pedregosa, sin sufrir daño alguno aún cuando haya  algo de oleaje. Los botes de madera, en cambio, poseen  quilla  la que se daña fácilmente.

(26)   Le llamó especialmente la atención al sabio Philippi el hecho que  pintaran la balsa chango con ocre rojo. Lamentablemente, el naturalista  no se extiende sobre este tema. ¿Qué era exactamente este ocre rojo?. Casi con certeza, era tierra rojiza rica en hematita  (óxido férrico)  o almagre. ¿ Y cuál fue la función práctica de este ocre?. ¿Por qué pintaban de este color sus embarcaciones?. Por largo tiempo, este fue un enigma para nosotros. La respuesta creemos haberla hallado en un precioso texto del cirujano y botánico francés René Primevére Lésson, quien en la  corbeta La Coquille,  visita  el puerto de Cobija en los años  1823-24  y describe sus habitantes y sus  balsas depositadas en la orilla. La fecha de observación resulta de enorme interés cultural, pues es anterior a la creación del Puerto Lamar (Cobija)  por parte de la república de Bolivia y, en consecuencia, sus habitantes changos tenían todavía escaso y muy esporádico contacto con los blancos.  Según la prolija  descripción de Lésson, quien tal vez fue testigo presencial del hecho, una vez terminada la balsa, "...se les aplica exteriormente una especie de compuesto hecho  con el aceite (de ballena)  y una tierra rojiza; este ingrediente  adquiere  dureza  y  se convierte en una especie de corteza  que sirve para proteger estas pieles contra  el roce con  las arenas cuando la balsa alcanza hasta la playa". (P. A. Lésson, "Voyage autour du monde entrepris par ordre du gouvernement sur la corvette la Coquille", Paris, 1838, 2 Vols. Tome I, pp. 508-510, cit. en Gualterio Looser, "Las balsas de cueros de lobos inflados de las costas de Chile", Revista Chilena de Historia Natural, Año XLIII (1938) 232-266; traducción nuestra del francés).    

Nota final:    Hemos  observado que  en la obra de Philippi, aquí y allá, se puede todavía rastrear  y colectar precisas observaciones de índole  eco-antropológico, incluso entre las descripciones latinas de la flora y fauna recogida en su paso por el desierto. Trataremos de espigar, en un próximo capítulo, en ese universo tan poco conocido de este autor, debido a su empleo de la lengua latina, hoy desconocida para la inmensa mayoría de los científicos nacionales.






viernes, 12 de agosto de 2016

Cómo describió a los changos, pescadores de la costa de Atacama, el naturalista alemán Rodulfo Amando Philippi en 1853.

En un capítulo anterior, editado por nosotros en este blog el 24/08/2011 con el título de: "Rodulfo Amando Philippi y las neblinas costeras: un botón de muestra de su capacidad de observación", nos hemos referido a su descripción de las neblinas costeras  o camanchacas y su efecto en la vegetación. Hoy analizaremos su aporte sobre los grupos costeros denominados changos,  pescadores -recolectores marinos que Philippi  topa primero en  Paposo y  luego en  Caleta el Cobre.  Atraen de tal modo su interés, que  nos regala en su obra dos de sus valiosas láminas sobre este tema.

El viajero y explorador del desierto  R. A. Philippi. 

Nos hemos propuesto la tarea de espigar, en las obras de los grandes viajeros y exploradores del Norte Grande chileno, en pos de  informaciones de primera mano, sobre  las comunidades indígenas que topaban a su paso y su forma de utilización del medio ambiente. Uno de los más notables exploradores e investigadores de nuestro desierto nortino en el siglo XIX, fue, a no dudarlo, el naturalista y científico alemán Rodulfo Amando Philippi. Su gran obra, Viage al desierto de Atacama, fue publicada en Halle, Sajonia en el año  1860, en edición simultánea en alemán y castellano. Ha sido objeto de una reciente y excelente reedición por parte de la Biblioteca Fundamentos de la Construcción de Chile, (Augusto Bruna y Andrea Larroucau, editores), Santiago de Chile, 2008, 353 pgs., un gran plano desplegable y 10 láminas de paisajes, más numerosas láminas de plantas y animales típicos en apéndice ad hoc).


Fig. 1.  Portada de la obra original de Philippi, publicada en Halle, Sajonia (Alemania)  en el año 1860. Observe el lector  la palabra "Viage" escrita con -g- en su época.


Fig. 2.  Reedición  cuidada  provista de una excelente introducción preparada por los Editores  Sres.
Augusto Bruna y Andrea Larroucau, bajo los auspicios de  la Cámara Chilena de la Construcción, la Pontificia Universidad Católica de Chile y la Biblioteca nacional, Santiago de Chile, 2008. Esta obra forma parte de la "Biblioteca  Fundamentos de la Construcción de Chile".

Los changos pescadores y su ambiente ecológico.

De esta hermosa y erudita edición extractaremos aquellos párrafos que nos hablan y describen el modo de vida de nuestros pescadores changos, recolectores eximios de mariscos y algas, habitantes de la costa desértica chilena. Agregaremos, en palabras del propio Philippi, algunos  párrafos atingentes al clima y a los variados recursos que el ambiente ofrece al hombre en esta costa desértica. Porque estos datos nos permitirán entender el género de vida transhumante y movedizo de estos pescadores-mariscadores, en su ir y venir de caleta en caleta, de aguada en aguada.

El texto principal que  hace referencia explícita a la presencia de changos.

En primer término, citaremos, con notas nuestras al pie de página,  el texto más completo que trae Philippi referido a este grupo étnico. Se encuentra en los párrafos finales del capítulo I de su obra titulado "Exploraciones en la costa".

 Dice así (el inicio del  párrafo cuando va entre paréntesis, es adición nuestra):

(Caracterización física de la costa).

"La costa no es otra cosa que la falda escarpada de una meseta (1) cuya elevación es como de 600 metros, que se extiende desde Pan de Azúcar (26° 8´latitud sur) hasta Cobija (22° latitud sur) y tal vez hasta el río Loa, es decir por unas cien leguas por lo menos. Raras veces hay una playa que es siempre estrecha, y en muchos lugares la cuesta (2) cae casi perpendicularmente al mar....".

(Las nieblas costeras y los manantiales).

"....Neblinas densas (3) paran en esta cuesta por casi nueve meses al año, desde Miguel Díaz hasta  Pan de Azúcar; más al Sur (4),  la costa es demasiado baja  e interrumpida para atajar los vapores aqüeos en su camino (5) pero no puedo darme ninguna razón por qué estas neblinas faltan al Norte de Miguel Díaz, donde la cuesta no es tampoco interrumpida y es tal vez aún más alta (6).  Dichas neblinas producen los manantiales (7) y la vegetación particular (8) de la que he hablado extensamente. Es manifiesto que  estas condiciones físicas no permitirán jamás la agricultura y que aún la crianza de ganado será siempre muy limitada (9).(Subrayado nuestro)

(Nomadismo costero). 

"Las pastoras han de ser necesariamente nómades (10) y hay años muy secos en que sus cabras y burros están en peligro de morir de hambre (11). Entonces deben procurar hacer comestibles los chaguares y quiscos para estos animales, juntando palitos alrededor de estas plantas y prendiéndoles fuego para quemar las espinas que las defienden" (12). (Philippi, reedic. 2008: 46; subrayado nuestro).

(La pesca del congrio, presa  preferida).

"En estas circunstancias,  los moradores se ven precisados a buscar su sustento en el mar, que parece abundante de pescado (13). El congrio (14) señaladamente es una fuente de riqueza para esa pobre gente (15); no  es una especie del género conger  de los naturalistas, como lo indica su nombre vulgar y como lo ha creído el señor Claudio Gay, sino un pez no descrito hasta ahora y que pertenece a la sección de los blennioideos, y que he nombrado Genypteros nigricans (16), porque sus aletas ventrales, reducidas a un par de hilos, están colocadas en la misma barba. Este pez alcanza dos a tres pies y se halla solo en alta mar; se pesca con anzuelo y se pesca atando muchos anzuelos a una varilla o un cabo (17). Cuando las repúblicas de Sudamérica  eran todavía colonias españolas, el quintal de congrio seco (18) valía  40 pesos en Valparaíso y 60 pesos en Lima; he dicho arriba que su valor actual en Paposo es de sólo 8 pesos. La introducción del bacalao (19) y otras circunstancias han hecho bajar el precio del congrio y como al mismo tiempo se han abierto muchas minas (20) cuyo trabajo se paga bien,  la mayor parte de los changos (21) han abandonado la pesca para dedicarse  al trabajo de las minas" (22). (Philippi, reedic. 2008:  46-47).

Fig. 3.   Dibujo del propio  R. A. Philippi durante su estancia en la caleta de Paposo. Las viviendas de los changos -ya algo aculturados-  se ven cubiertas con lonas o esteras viejas  y con estacas de palos. Ya no usan como techumbre los cueros de lobo marino, como antaño. Las dos mujeres changas  sacan agua de un pozo abierto en la playa misma, cerca de sus primitivas rucas. Allí junto,  cuatro cabras de su pequeño rebaño ramonean algunas raquíticas plantas.  Observe las grandes ollas de barro que usan para conservar el agua potable. Dada la notable acuciosidad del sabio alemán, podemos colegir que tal escena fue retrato fiel del original visto en su momento.  De gran interés es la presencia del pozo de agua excavado  en plena terraza marina. 

Fig. 4. Notable escena captada en la caleta el Cobre, visitada por el sabio naturalista.  Una típica embarcación pescadora conocida como "balsa", hecha de dos odres de cueros de lobos marinos. Tiene esta imagen la peculiaridad de presentar a dos remeros hincados, que reman en forma simultánea. Caso raro, pues casi todas las imágenes conocidas de  balsas, presentan a un solo tripulante que va hincado en la parte anterior (proa) de la balsa.  Esta embarcación, sin duda, era de mayor tamaño que las normales, de un solo remero.  También sorprende el tipo de remo, de una sola paleta. El remo tradicional de estas balsas, según las Crónicas y descripciones tempranas, siempre tuvo dos paletas, una en cada extremo, siendo así especialmente apto para que el remero pudiera conducir una balsa con facilidad. Sospechamos fundadamente que esta balsa, de mayor tamaño y doble tripulante, haya sido una adaptación tardía de los changos para el carguío del mineral de cobre, en sacos,  hasta  los barcos, tal como lo muestra aquí nuestra  Fig. N° 4.    Que la imagen pretenda reproducir fielmente el original visto por el sabio alemán, no nos cabe la menor duda, conociendo la prolijidad de su autor.

Nuestras notas a este  valioso texto.

(1) Se trata del cordón principal de la cordillera de la Costa. A la verdad,  rara vez  ostenta éste "mesetas" o "mesas", sino más bien  una sucesión de  cordones de cerros  de hasta  800-1.000 m de altitud, que muy rara vez dan lugar a la formación de planos o mesetas de altura.  Hay lugares,  sin embargo, donde se manifiestan tales "mesas"  como ocurre, por ejemplo,   en la zona  arriba  de Pan de Azúcar. Pero la generalización hecha aquí por Philippi no corresponde a la realidad general.

(2)  "Cuesta" en el sentido del talud o ladera de una montaña que cae abruptamente  hacia el mar.

(3)  Philippi se percata inmediatamente de la presencia casi continua de  neblinas densas en esta zona.  Aunque no nos indica la porción altitudinal que cubre esta presencia (que sabemos tiene un techo a los 1.000 m de altitud, zona donde se inicia el fenómeno de la "inversión térmica"), señala agudamente su persistencia por casi nueve meses al año. En efecto, las nieblas cubren los flancos de la montaña costera que miran al W o al NW entre  los meses de Mayo y  mediados de  Enero. Febrero a Abril son los meses más parcos en presencia de nubes, según nuestra experiencia en los cerros situados al sur de Iquique ( sector Alto Patache). Notemos aquí  que Philippi  visita y recorre de preferencia el trozo de costa situado al norte de Taltal, sector de gran profusión de nieblas que llegan a formar mantos de vegetación costera de reconocida abundancia y riqueza botánica.  (Cfr. M. Ricardi, "Fitogeografía de la costa del departamento de Taltal", Boletín de la Sociedad de Biología de Concepción (Chile), tomo XXXII,  1957: 3-9). Philippi visita la zona hacia fines de diciembre, época en que el fenómeno ya está próximo a terminar. No puede caber duda alguna de que Philippi se informa muy  bien por sus arrieros sobre los períodos de mayor humedad en la costa. Sobre esta capa de inversión térmica y sus causas y consecuencias,  se puede consultar con fruto el notable trabajo del geógrafo alemán Wolfgang Weischet titulado: "Las condiciones climáticas del desierto de Atacama como desierto extremo de la tierra", (en Norte Grande, Revista del Instituto de Geografía, Universidad Católica de Chile, Santiago, Vol, I, N° 3-4, 1975: 363-373).

(4)  Cuando los cerros de la cordillera de la costa presentan  menos de 550-600 m de altitud, la gran masa de la niebla, portadora de humedad,  pasa rauda por encima de éstos, sin casi tocar el terreno. Es decir, para que se produzca con intensidad el fenómeno de la niebla mojadora y pueda ésta humedecer el terreno creando allí vida vegetal, se precisa de una mayor altitud de la barrera. Nuestras experiencias en El Tofo (IV Región de Chile) y Alto Patache, (I° Región de Chile), han demostrado que la altitud ideal de captación del agua de niebla se da por sobre los  750-800 m. de altitud hasta los 900 m.  La masa nubosa que procede del océano arrastrada por los vientos alisios que soplan del SW, es  más potente  y rica en humedad en su parte  media que en sus extremos superior e inferior.  Por lo tanto, a altitudes bajas, inferiores a los  500 m.,  esta masa es bastante menos densa y contiene menos vapor de agua, al igual que en altitudes superiores a 1.000 m. (altura de la  "inversión térmica").

(5) "Vapores aqüeos" les llama Philippi con toda razón, pues el contenido de la niebla es rico en vapor de agua, es decir, agua  en forma de vapor.   Si la barrera  que ofrece  la montaña a su paso es baja,  gran parte de esos "vapores aqüeos",  pasa libremente por encima, tierra adentro,  sin condensar y se evapora muy pronto, al chocar con  el aire caliente del interior.

(6)  Philippi se asombra muchísimo de que hacia el norte del sitio Miguel Díaz (24° 36´ L.S.), a pesar de su adecuada altitud, no se dé el fenómeno de la depositación de la niebla y, por tanto, no se produzca allí vegetación alguna. Probablemente, la respuesta correcta haya que buscarla en el hecho que en dicha zona la muralla costera o cadena de cerros, siendo bastante alta, no enfrenta directamente el S o el SW, sino más bien el NW o el N. En otras palabras, la dirección  y orientación de esta barrera respecto al ángulo de incidencia de los vientos portadores de la niebla es aquí absolutamente decisiva. No basta, por tanto, con una altitud adecuada de la barrera montañosa; también debe darse una orientación  y exposición adecuada de ésta. El ideal -tal como ha quedado demostrado en estudios de nuestro equipo en El Tofo y Alto Patache  entre  los años 1980 y 1999-  es que esa parte elevada de  la cadena montañosa  enfrente directamente el SW o incluso el Sur franco, pues en tal caso  la masa de nubes impactará en ángulo recto contra el macizo, condensando fácilmente su contenido de agua dulce en las rocas expuestas o en la propia vegetación allí existente. Según nuestros estudios, tal cosa se da, de preferencia, allí donde la costa forma "puntas" o sea, donde la estribación de la montaña penetra un tanto hacia el mar, generando  una suerte de península. En nuestra costa de Iquique, allí donde  la toponimia señala  la presencia de tales puntas (v. gr. Punta Pichalo, Punta de Angamos, Punta Patache, Punta de Lobos, etc.), se verifica este fenómeno de alta concentración de neblinas rasantes y gracias a la zona de montaña de franca exposición al Sur o Surweste, se produce in situ una interesante y duradera vegetación particular. El caso más claro y evidente en nuestra costa norte se da en la península de Mejillones, arriba de Punta Tetas, donde se mantiene, durante casi todo el año, una densa y tupida  nube de condensación que crea en sus altos un verdor permanente e incluso bosquetes de grandes cactáceas del género Eulychnia.

 Habría que verificar, en consecuencia, la orientación y grado de exposición de la cadena de cerros en la zona aquí aludida por el naturalista Philippi para concluir a este  respecto. (Coteje con nuestra  Nota N° 8).

(7)   Esta afirmación del explorador del desierto es  de sumo  interés. Debemos, por tanto, destacarla muy especialmente aquí.  Las neblinas son la causa de la existencia de aguadas y manantiales en esta costa.  Philippi llega a esta conclusión,  muy válida, tras comparar diversas situaciones, y, tal vez, al discutir el tema con sus compañeros de viaje y aún con sus arrieros y baqueanos. Si en el desierto interior de Antofagasta no llueve prácticamente nunca,  ¿de dónde pudo venir el agua sino de la camanchaca que se infiltra cuando se posa y condensa en los terrenos más altos en forma de garúa persistente ?. Philippi estampa la frase arriba señalada por nosotros en  negrita con una certidumbre total: no duda un momento al respecto.

(8) Philippi nombra explícitamente por sus nombres científicos y enumera  todas las especies botánicas que colecta cuidadosamente tanto en Paposo  (118 especies) como en Miguel Díaz (37 especies).  (Cfr. Philippi, edición 2008: 36, 38).  El explorador nos advierte en su relato que al Norte de la aguada de Miguel Díaz, "la vegetación se concluye casi enteramente con esta agua" (Ibid., 2008: 38).   Aquí señala al respecto  (Ibid. 2008: 40): "La vegetación  es casi nula... Los cerros se elevan a mil metros, pero están destituidos de vegetación. ¿Cómo explicar que las nubes y neblinas se produzcan únicamente cerca de Paposo y no igualmente más al norte? " (Ibid. 2008:  40; subrayado nuestro; compare con lo dicho en la nota N° 6).

(9)  La relación entre presencia de agua y vegetación y ganadería, aunque ésta sea en pequeña escala, es evidente. Los pastores y pastoras que topa Philippi en su viaje disponen de una corta manada de cabras y unos pocos burros. El burro es el animal  más útil en estas condiciones, pues  se presta especialmente para la carga y monta, cualidades valiosísimas  e indispensables en estas latitudes. No existen aquí ovejas, animales mucho más exigentes en materia de forraje. Tampoco caballos o mulares. El burro les daba cabalgadura, posibilidad de bastante carga y también leche que los viajeros saben bien aprovechar. Philippi no olvidará este pequeño detalle.

(10) La suma escasez de agua dulce, reducida a  escasos y distantes manantiales, les obliga a un intenso nomadismo. Los pastores  en tierra deben moverse de aguada en aguada, tal como los pescadores de caleta en caleta. Porque alrededor de la aguada se halla algo de pasto, arbustos  y alimento vegetal.  Los hombres eran pescadores y sus esposas e hijos, pastores. El pastoreo de caprinos en estos parajes surge sólo con la llegada de los animales domésticos europeos. Respecto al período prehispánico, no tenemos antecedentes de que hubieran criado y mantenido llamas en esta costa, lo que resulta menos probable, pero no del todo imposible.  La ganadería y la minería, serán actividades que se incrementarán notoriamente con la llegada del español.

(11)  Esta referencia apunta a  datos obtenidos por Philippi  de labios de los propios changos o,  más probablemente, de don Diego de Almeyda, su experimentado baquiano,  buen conocedor del área que había recorrido intensamente en busca de vetas metalíferas.

(12)  "Chaguares". Se trata de la planta bromeliácea  Deuterocohnia chrysanta  Phil, conocida como "chaguar del jote"  que fue  determinada por el propio Philippi -como muchas otras-  como producto de este viaje.  Especie muy semejante a las Puyas, tan comunes en el paisaje agreste de la IV Región de Chile en su porción costera. Esta voz "chaguar" es de origen tanto quechua como  aymara (cchauara) y designa  "una mata de que hacen sogas" o también cabuya, según el Vocabulario de la Lengua Aymara del jesuíta Ludovico Bertonio  (1612: 72).  En la zona central de Chile el término chaguar (o chahuar) ha sido deformado en "chagual",  tal  como es conocido  hoy.  La costumbre de quemar las espinas de chaguares y cactáceas para  darlas de alimento a cabras y burros a falta de mejor forraje,  la hemos observado personalmente en el sector del cordón Sarcos y cerros de El Tofo, (Norte de la IV Región de Chile) por obra de cabreros entre  los  años 1980-1984.

(13)  Son numerosos los testigos coloniales que afirman que los antiguos changos y camanchacas se alimentaban preferentemente de pescado.  Algunos llegaron a afirmar que sólo se alimentaban de pescado, como Pedro Lozano Machuca a fines del siglo XVI  (1581), cuando habla de los indios "uros" pescadores de la ensenada de Atacama (Cobija); (Cfr. Lozano Machuca en Relaciones Geográficas de Indias, Perú,  tomo II, Apéndice III, xxi-xxviii).

(14 y 15)  Hay dos especies de congrios que se capturan en el norte del país que son el congrio   negro (Genypterus maculatus)  y el congrio colorado (Genypterus  chilensis). Ambas especies y  a lo que creemos también el jurel (Trachurus murphyi) fueron capturados por los pescadores changos para confeccionar el "charquecillo"  o charqui de pescado, muy cotizado por  las poblaciones  altiplánicas y de las quebradas por su alto valor nutritivo y como apetecido objeto de canje o trueque.  Los indígenas atacameños de los contornos del Salar de Atacama efectuaban viajes especiales al puerto de Cobija para canjear el charquecillo allí producido por maíz, coca, papas, quínoa, vainas de algarrobo y otros productos de los ecosistemas agrícolas de altura. El propio Philippi, en su obra,  alude a estos viajes a la costa  para efectuar el trueque de alimentos.  El congrio se captura solo en alta mar, por lo que era necesario disponer de balsas de cuero de lobos marinos para capturarlo. Philippi  ve estas balsas en Paposo y Caleta El Cobre y las describe con cierto detalle  (Cf. Fig. 4 en este capítulo).

(16)  "Genypteros nigricans" es  el nombre dado por Philippi al pez conocido como congrio negro, hoy llamado en la ciencia Genypterus maculatus. La ciencia taxonómica actual ha  respetado  muchas de las denominaciones de  géneros y especies dadas originalmente por el sabio alemán.

(17)   En nuestro capítulo sobre los changos de la costa de la IV Región, descritos por la expedición de Alejandro Malaspina en el año 1780 se hace alusión a los sistemas de pesca en dicha costa  y se hace referencia explícita al término "varilla", también usado aquí para designar  al espinel, término más usual (Cfr. capítulo de este mismo  blog: "Los pescadores changos en las costas del norte de Chile como los vio la expedición de Alejandro malaspina en 1790",  de fecha  31/12/2014,  Notas al texto).

(18)  Este "congrio seco" era el "charquecillo".  Se le secaba y salaba a la orilla del mar. Con cierta frecuencia también se le ahumaba  mediante fogatas hechas con huiros, que son los talos largos de algas marinas de la especie  Lessonia nigrescens  (conocido como "chascón").

(19) El pez llamado "bacalao" es una de las sesenta especies del género Gadus,  común en el Atlántico norte.  Durante el siglo XIX y buena parte del XX fue intensamente cazado para obtener de él su aceite, rico en vitaminas  y substancias minerales como el calcio-3.  Durante nuestra niñez, Inés Barros Casanueva, nuestra madre, nos daba a todos los hermanos Larrain Barros  una cucharada diaria sopera de este poderoso aceite, antes del almuerzo, operación sagrada que sufríamos con indisimulado disgusto por su pésimo sabor, el  que solo  soportábamos con adición de migas de pan.

(20)   Durante la época de la Colonia, se explotaron numerosas vetas en la costa en forma de "pirquines", casi todas  eran pequeñas minas de cobre, superficiales, trabajadas en forma muy precaria y por un escaso número de operarios. Muy poco antes del viaje de Philippi, iniciado en 1855, luego del feliz descubrimiento del mineral de plata de Chañarcillo, por Juan Godoy en 1832 y el mineral de Tres Puntas, en 1848 en la zona de Atacama, sobrevino un verdadero furor por la búsqueda y explotación minera en todo el norte del país. No hubo agricultor que no intentó enriquecerse con el descubrimiento repentino de una veta de oro o plata. El caso de don Diego de Almeida,  baquiano contratado por Philippi para su homérico viaje por el desierto, es un caso típico. Ya era viejo y había invertido casi toda su vida  buscando minas.

(21)    Philippi siempre  denomina "changos"  a los habitantes pescadores de la costa norte.  Tal término también se aplicaba ya a los pescadores de la IV Región (Coquimbo) en época de don Ambrosio O´Higgins, Virrey del Perú, cuando ocurre la visita del  marino italiano Alejandro Malespina  (1790). En la Colonia temprana, sin embargo,  se les denominó  "camanchacas"  o "proanches" -nunca changos-, tal vez por ser habitadores de la franja costera sujeta a este peculiar fenómeno climático: la camanchaca. No tenemos certidumbre acerca de la época precisa en que se les empieza a llamar "changos"  ni tampoco,  el  por qué de tal cambio. Pero debió ocurrir el cambio hacia la mitad del siglo XVII  por razones que desconocemos. ¿Por qué desapareció la denominación antigua  "camanchacas" y se cambió por "changos"?. No lo sabemos. Es un misterio aún no resuelto.

 (22)  Por eso alude aquí Philippi al hecho de que gran parte de los changos, tradicionales pescadores de la costa y productores del codiciado "charquecillo", habían abandonado su antiguo oficio y se habían repentinamente enrolado como mineros  en faenas cerca de la costa,  porque este trabajo les reportaba  ganancias superiores a su actividad pesquera tradicional.  Por tal motivo a Philippi  le cuesta  encontrar changos en la costa de Paposo pues todos se habían mudado ya hacia la actividad minera.

Nota:   habiéndonos extendido  mucho en este capítulo y sin haber agotado aún el tema,  dejamos para el próximo  el completar esta cita relativa a los changos en la que  Philippi se refiere a sus  hábitos sociales,  a su actividad económica, a sus embarcaciones de cuero de lobo marino y nos da interesantes  indicios acerca de su extensión geográfica.