sábado, 18 de mayo de 2013

Un notable artista en mimbre: las manos incansables del inolvidable "Manzanito".




Rescatando del olvido expresiones valiosas de este arte popular.

 He querido rescatar del olvido a este artesano, ya hace años desaparecido, y que  nos deleitó por largo tiempo en la famosa "Feria de Artesanía Tradicional" del Parque Bustamante, de la Universidad Católica, en Santiago de Chile.  El breve pero sustancioso artículo que aquí presentamos en su texto original, nos trae a la memoria su valioso  y hoy casi desconocido legado.   Apareció éste  en la antigua  revista "En Viaje",  de la Empresa de Ferrocarriles del Estado de Chile, (Junio del año 1961; Año XXXVIII, Nº 332: pp.  20-21), notable producción literaria, de la que hoy casi nadie se acuerda, pero que alimentaba en su época, con excelentes colaboraciones,  la cultura de todos cuantos viajábamos en tren por aquellos ya lejanos años de la década del cincuenta o del sesenta. Investigadores como  Juan Uribe Echavarría, Oscar Bermúdez,  Oreste Plath, Sady Zañartu y otros muchos más,  no desdeñaron escribir en sus páginas,  hoy desteñidas por el paso del tiempo.

Recordemos el aporte silencioso de los ausentes.

 Hace bien  recordar a los ausentes cuando ellos mismos ya no están entre nosotros. Su obra, sin embargo, perdura  y ha hecho  historia. Trazos de una historia que queremos registrar aquí, en beneficio de nuestros ex alumnos geógrafos, antropólogos, arqueólogos, sociólogos  o arquitectos, antes de que el inexorable paso del tiempo borre del todo las huellas de su paso. Ellos, jóvenes investigadores,  en su contacto asiduo con el pueblo humilde,  fuertemente arraigado al terruño de los antepasados, deben aprender a valorar estas producciones  de un  "arte popular",  que no por ser "popular", deja de ser "arte", fruto exquisito de una larga y venerable tradición, mantenida con dientes y uñas, a pesar del esfuerzo "civilizador" de ciertos sic dicti  agentes del "Progreso". para quienes el "Pasado"  -por venerable que sea-  es sinónimo de atraso, marginalidad u oscurantismo.

El origen humilde  de "Manzanito".

"Manzanito", como todos lo conocíamos  o como señalaba su carnet de identidad:  Luis Manzano Cabello, fue un típico y genuino hombre de campo, sencillo y emprendedor,  de la zona central de  Chile. Un campesino neto, nieto y biznieto de campesinos. Desde los diez años, aprendió a trabajar de la mano de su padre, en el campo,   la fibra de mimbre; aprendió a " hilarla",  retorcerla y estrujarla hasta  "hacerla hablar", en figuras ingenuas de  animales y aves. Del mimbre  supo hacer arte, arte genuino ; no sólo objetos utilitarios como cestas y  canastos, juegos de sillas y mesas  o decoración de paredes como solemos ver hoy a la venta  a orillas de la carretera panamericana,  a nuestro paso por Chimbarongo o en la isla de Chiloé. (Dalcahue, Quellón).

La materia prima: el mimbre.

El mimbre -como le denominamos en Chile- es un arbusto de la familia de las Salicáceas  (Salix biminalis)  y pariente muy cercano del sauce llorón (Salix babilonica)  y del sauce chileno (Salix humboldtii)  que crece en las quebradas del Norte Grande. De origen europeo, prospera y se desarrolla bien  en  Europa y Oeste de Asia, su patria de origen y de allí llegó a Chile, en época incierta,   seguramente en una época temprana de la Colonia. Necesita de mucha agua y crece normalmente  a orillas de arroyos  o  cursos de agua mansos y limpios. Sus ramas forman  varillas a veces de varios metros de largo, las que peladas o cortadas en dos o tres partes en el sentido de su longitud,  constituyen una excelente materia prima para el tejido. Manteniéndolas húmedas, se dejan manipular y entretejer, casi como si se tratara de una  hilo de lana  grueso. Muy resistente a la torsión, puede llegar a plasmar  formas y figuras  muy variadas. Se conoce su uso desde épocas muy antiguas en Europa,  y durante toda la Edad Media fue de  frecuente empleo en  la elaboración de canastos y cestas de diferentes formas y tamaños. Durante la Colonia y la República temprana, los  muebles de mimbre tapizaron las casas solariegas tanto como las más humildes viviendas campesinas.


Su uso tradicional en el campo chileno.

 En nuestra patria,  su uso obligado  en canastos y cestas ha sido proverbial en los viñedos y cultivos de frutales y hortalizas. Todos hemos conocido en nuestra niñez la variedad de tamaños y coloridos de las canastas de mimbre en uso en las antiguas casas patronales  y en cada una de lasa casas de inquilinos de la zona central de  Chile. Hasta el día de hoy, se vende  una gran variedad de productos confeccionados en mimbre en Chimbarongo, en Requinoa, Buin o pueblos aledaños a la carretera Norte-Sur, entre ellos,   hermosos juegos de sillas y mesas de mimbre muy cotizados,  en las terrazas y jardines de nuestra clase media y alta. Solo  muy recientemente la llegada de juegos semejantes desde el extranjero, por obra de la apertura al comercio internacional,   hechos en ratán en la India, Malasia o Indonesia, le han empezado a hacer una  competencia desleal, en grave detrimento de nuestra identidad  y  tradición histórica.

El arte de "Manzanito".

¿Por qué Lorenzo Berg Salvo (1924-1984),  por años incansable organizador de la Exposición, escultor de nota, se fijó en la obra  de Manzanito?.  ¿Qué vio en ella de   llamativo, diferente a otras producciones hechas en el mismo material, el  mimbre?. ¿Dónde está el "arte" en este tipo de obras humildes, que no suelen figurar en las grandes Exposiciones o en los Palacios de Bellas Artes?. Es lo que trataremos de descubrir. Los antropólogos culturales   y algunos estetas  del arte nos han enseñado a distinguir entre  las "artes mayores" y  las "artes menores". Estas últimas, vinculadas estrechamente  al quehacer familiar, a las actividades directamente productivas,  parecerían representar el rol de  la "Cenicienta" en este baile real. Serían  un tipo de "arte" de segunda clase. ¿Cómo y ¿por qué?.

(Dejo por ahora inconcluso este apartado, que esperamos seguir analizando con lupa; necesitamos reflexionar  sobre este arte y su originalidad, fruto de la sabiduría o sapiencia  popular, ajeno a la  sabia Academia y  a los  críticos de una determinada Escuela de  arte).

En busca de  artesanos avezados para la Feria de Artesanía Tradicional.

Buscando artesanos tradicionales  de excepción,  a lo largo y ancho de nuestro país, nuestro "Manzanito" un día fue casualmente redescubierto por el escultor y artista nacional  Lorenzo Berg Salvo quien lo invitó a participar  en la Feria de Artesanía Tradicional. Allí tuvimos la suerte de conocerlo personalmente y admirar su producción artística entre los años  1979 al 1983. En aquellos años, nos tocó recorrer numerosos pueblos y campiñas del  Norte Chico y Norte Grande para seleccionar valiosos y originales  artesanos  que quisieran  participar en la Feria. Y entonces, por vez primera,  trajimos, con la anuencia de Berg,  a exponer en la Feria, a  artesanos indigenas  nortinos,  aymaras y atacameños de  la   Iª  y  IIª Región de Chile. Recuerdo con especial cariño entre ellos a los artesanos textiles Javier Vilca y Enrique Ticuna de la comunidad aymara de Lirima,  caserío perdido entre los gélidos bofedales altiplánicos; o a la encantadora  Evangelista Soza, incansable tejedora del Salar de Atacama.  O, finalmente, a Alejandro  González,  eximio tallador de la piedra liparita gris del pueblo de  Toconao.
  
Rememorando la obra artística de "Manzanito".

Con unción y respeto, pues, he decidido rescatar hoy, en beneficio de nuestros ex alumnos y lectores asiduos,  esta pequeña muestra artesanal de uno de los mas notable cultores del arte del mimbre en nuestra patria y en el mundo: "Manzanito". El artículo escrito por Alejandro Chávez B. en esta vieja Revista "En Viaje"  de hace 52 años atrás,  nos ha impelido bruscamente a "revivir al pasado" para  reconquistar su vera y rica historia, hoy gravemente comprometida por lo que se ha llamado  la "economía global", que invade y pisotea -muchas veces con burdas e inútiles  bagatelas-  aún  los rincones más apartados del planeta y que  compromete y "arrincona" seriamente nuestra identidad  nacional y regional, relegándola al olvido,   so pretexto de "progreso" y "desarrollo". ¿De qué "progreso" hablamos realmente?.  ¿El "progreso" del ratán o rattán sobre nuestro noble y tradicional mimbre?. Nos parece simplemente ridículo. Porque lo que hoy nos está llegando del exterior ni siquiera es ya el rattán auténtico, noble  bejuco proveniente de una palma trepadora, abundante otrora en Sumatra o Borneo,  llamada científicamente Calamus caesius,  (fam. Palmae), sino un burdo e insípido sustituto artificial, que imita exactamente su color y su brillo. ¿Progreso  o retroceso?.


He aquí el texto completo del artículo de  Alejandro Chávez B.:





Reflexiones  antropológicas.   (en construcción).


domingo, 5 de mayo de 2013

Restauración de cerámica arqueológica o histórica: ¿cuándo, para qué hacerlo y cómo hacerlo?. Un intento de guía técnica.


Las fotografías que  siguen, ilustran en detalle  el procedimiento seguido por nosotros, en una operación de salvamento arqueológico,  para  reconstruir y pegar los fragmentos  cerámicos hallados en el contexto de las chacras abandonadas o antiguos  campos de siembra  aún presentes y visibles al nivel de la Pampa del Tamarugal, en la región de Tarapacá. Norte de Chile  (Pampa Iluga).

Fragmentos de una botija colonial española hallada en plena Pampa, cerca de  melgas de cultivo antiguas (siglo XVIII?).  Escala  gráfica: estuche de cámara  fotográfica de  10 cm. de largo.

Indagaciones previas.

En el capítulo anterior de este Blog hemos relatado in extenso  la  visita   realizada el 12 del  mes de Abril de este año 2013 a la zona de campos agrícolas (sembríos) abandonados  en la pampa del Tamarugal,  en la zona cercana  a  la desembocadura de la quebrada de Tarapacá. Con ocasión de dicha visita,  hemos rescatado para la ciencia y la investigación algunos fragmentos de cerámica colonial, hallados abandonados desde hace siglos en la zona de antiguas melgas, para salvarlos de su posible sustracción futura por parte de visitantes inescrupulosos. Recientes huellas de vehículos nos  indican ya el interés por venir a  explorar esta zona. Por tal motivo, hemos considerado conveniente y más aún, necesario recogerlos cuidadosamente con el objeto, en lo posible,  de  restaurar las piezas para permitir su estudio científico  y posterior análisis.

Destino de las piezas rescatadas.

Su destino obligado -como debe ser- será un Museo donde las piezas rescatadas puedan ser valoradas y,  ojalá, estudiadas por expertos. En este caso, el destino de estas piezas será muy pronto el Museo de Pica, por su gran cercanía geográfica al sitio del hallazgo, y por la presencia en dicho museo de arqueólogos profesionales que nos ofrecen garantías de  su cuidado y  su correcta utilización científica ulterior.

En las líneas que siguen, se parte de la base, como se explicará más abajo,  de que la recolección  se ha realizado siguiendo los cánones y normas establecidos por la legislación vigente, Ley  Nº 17.288 del año 1970.



Fig. 1. En esta forma  hallamos  in situ este confuso conjunto de fragmentos, recogidos evidentemente en las proximidades por algún antiguo visitante, el que por fortuna, los dejó aquí olvidados. Se hallaban, parcialmente ya cubiertos por arena,  a pocos metros de un gran conjunto de melgas o eras de cultivo abandonadas en plena pampa..Aquí, según se observa, se entremezclan claramente tres períodos de ocupación: a) el indígena (Fotos  4 y 5; 12), el colonial  (Fotos 6 a 11) y la época de explotación salitrera, a partir de los  años 1850-60 en adelante  (Fotos 2 y 3). . En otras palabras,  este conjunto representa  el desarrollo de unos 500 años de historia local. (1.350 D.C a 1.880 D.C). (Foto H. Larrain). 

Fig. 2.  Cuatro fragmentos  de loza de una taza, casi con certeza de procedencia inglesa, de fines del siglo XIX. (Foto H. Larrain).


Fig.3. Por fortuna, en la base de la taza  aparece  una inscripción  típica de este tipo de loza ("Ware mark", en inglés), que nos delata  inmediatamente su lugar de procedencia. Se lee "Bosphorus", nombre de fantasía de la fábrica británica de origen. Su fecha puede corresponder  a los últimos decenios del siglo XIX.  Tal vez posterior al año 1880. Diámetro de la taza en su base:  8.0 cm.

Fig. 4.  Esta imagen muestra cómo ha sido posible  pegar dos fragmentos de un plato indígena. El fragmento mayor estuvo expuesto a un largo período erosivo por haber quedado a la intemperie. El fragmento más pequeño seguramente estuvo largo tiempo enterrado. Sospechamos se trate de un ceramio  indígena de la época del "Desarrollo Regional" tardío, por la presencia de numerosos brochazos color rojo del respectivo engobe. Presenta aún bastante brillo. Sospechamos  que corresponde al período de contacto con la llegada del Inca  a la zona (hacia  1470)  a través del Qhapaqñan  incaico, uno de cuyos ramales pasa muy cerca de aquí (Foto H. Larrain; consulte el capítulo anterior de este Blog).
   
Fig. 5. El  lado opuesto del mismo ceramio, de un  tipo plato extendido. Note el brillo característico que aún se conserva y el tipo de engobe rojizo, aplicado a brochazos, a la superficie. Presenta un notorio extrangulamiento, a modo de cuello,   en su parte superior y un típico agujero de reparación, al extremo derecho, arriba. No se halló, por desgracia,   a su alrededor el resto de la vasija. La curvatura de este fragmento nos  permite precisar con bastante seguridad su diámetro total: 30 cm. Alto: 4,1 cm.  Posee una base recta.  (Foto H. Larrain).

Fig. 6.  Fragmentos de una escudilla  o plato hondo  colonial. Cerámica vidriada (siglo XVIII?). Se encontró un total de  26 fragmentos, incluyendo  varios fragmentos de la base y bordes. El diámetro total es difícil calcularlo, pues los fragmentos de boca son muy pequeños; sin embargo,  aproximadamente, debió medir  unos  20-22 cm. En cambio, se puede medir bien el diámetro de la base: 8, 4 cm y el alto del plato, que  es exactamente: 4,6 cm. En esta imagen, los dos fragmentos de mayor tamaño ya están constituidos por  varios trozos pegados por nosotros  poco antes (Foto H. Larrain).

Fig. 7.  Se logró armar y pegar cerca de la mitad de la escudilla, incluyendo un trozo de borde y fragmentos de la base. Se puede establecer  así  su alto exacto: 4,6 cm.  y el diámetro de su base plana:   8,4 cm.   Quedaron varios fragmentos pequeños sin poder ser ubicados correctamente en su lugar.  (Foto H. Larrain).


Fig. 8. Aparecieron en este mismo conjunto  14 fragmentos de una taza de época colonial, de curioso color y diseño, incluyendo cinco trozos de la  boca, los que hasta ahora no nos ha sido posible hacer concidir, salvo dos fragmentos. El diámetro de boca calculado fue de 10-12 cm., en base a  los pequeños trozos conservados. (Foto H. Larrain).


Fig. 9.  Los cuatro grandes fragmentos de la botija perulera colonial tal cual fueron encontrados in situ.  Hemos explicado por qué, probablemente, fueron hallados aquí todos juntos.  Nos sorprende bastante el color blanco sucio,  tan claro de la pasta y arcilla usada, coloración que nunca habíamos observado en este tipo de botijas, a pesar de haber visto varios cientos de ellos. Mide  aproximadamente unos 60 cm. de alto actual, faltándole la parte superior: esto es, el cuello y la pequeña boca. Estas partes faltantes no aparecieron en el hallazgo; tal vez, quedaron abandonadas  en el sitio de donde fueron levantados, a causa de su pequeño tamaño. Tal vez, revisando con cuidado los alrededores del sitio, sería posible dar con los trozos faltantes. (Foto H. Larrain).

Fig. 10.  Se muestra aquí la botija perulera  ya pegada. Los cuatro grandes fragmentos coincidían perfectamente,  a pesar de la fuerte erosión sufrida por el paso del tiempo.  El color blanco sucio corresponde aproximadamente al patrón  Hue 5Y 8/1,  de acuerdo a la Tabla de Colores de Munsell   (1975 Edition).  (Foto H. Larrain).                                                                                                                        


Fig. 11.  Vista hacia el interior de la botija perulera, mostrando las estrías perfectamente circulares dejadas por el torno de alfarero en que fue elaborada. El ancho medio de las paredes, en la parte superior   (bordes), fluctúa entre   los ---cm.  y los --cm, a causa del desgaste y erosión sufrido por uno de los fragmentos  en el sitio donde quedó expuesto a la intemperie, por  espacio de  dos siglos  y medio o tal vez más. (Foto H. Larrain).


Fig. 12.  Fragmentos de la cerámica negro sobre engobe rojo, con diseños,  propia de un estilo ariqueño, tal vez Pocoma y Gentilar, cuya etapa final  correspondería -según creemos-  a la llegada del Inca a la zona tarapaqueña. No tiene sentido alguno recoger estos fragmentos por ser muy escasos y no constituir parte significativa de una vasija reconocible. El investigador debe en estos casos, tomar fotografías in situ, (como lo hemos hecho aquí),  ojalá por ambas caras, señalar su coordenada exacta pero no debe recoger por ningún motivo estos fragmentos aislados que,  sin arrojar mayores detalles sobre la forma del ceramio, solo contribuyen a llenar cajones de las bodegas de algún Museo donde de poco o nada sirven. Esto en circunstancias normales. Muy diferente es el caso del arqueólogo especializado que,  provisto de los necesarios permisos, para el estudio y caracterización de la cerámica de un área, precisa de colectar  gran cantidad de cerámica de superficie. Aún en este caso, estimamos que la autoridad  debería normar mucho más los procedimientos, para evitar  "agotar"  y "estrujar"  los yacimientos,  con el levantamiento de toda la evidencia cerámica. En estos aspectos, la legislación arqueológica actual nos parece aún muy deficiente  y permite verdaderos "saqueos" de los sitios  por parte de los arqueólogos en terreno.Nunca debemos olvidar que nuestros sucesores, los arqueólogos del futuro, provistos de mejores tecnologías,   necesitan contar con el material cerámico para su estudio. Moraleja: jamás "agotar" los sitios, extrayendo todo su  material cultural (Foto H. Larrain).




Fig. 13.  Ceramio del tipo ánfora (aribaloide de influencia Inca) rescatado en las faldas del Cerro Oyarbide, costa sur de Iquique. Fue restaurado por nosotros  en base a  más de 60  fragmentos. Falta la típica base en punta. Se utilizó "cola fría" como pegamento. Esta vasija y la siguiente (Fig. 14) fueron halladas,   muy cerca una de otra,  y al costado de una  huella  tropera de tránsito hacia la costa. Su finalidad obvia debió ser el transporte de agua  para el largo viaje. (Foto H. Larrain).


Fig.14. Restauración de parte de una olla  hallada en las faldas del Cerro Oyarbide, Costa Sur de Iquique junto a una huella de tránsito hacia la costa. Se logró unir los 17 fragmentos hallados. Falta la base, probablemente cóncava,  pero se aprecia bastante bien el aspecto general de la vasija.  Las pequeñas etiquetas visibles solo tuvieron  por finalidad  contar el número de fragmentos unidos. Se utilizó "cola fría" como pegamento. (Foto H. Larrain).


Importancia de la cerámica diagnóstica.

La cerámica arqueológica antigua, procedente de  antiguos  campamentos, conchales,  sitios poblados, campos de cultivo o  sitios ceremoniales   puede llegar a ser "diagnóstica", es decir, puede ofrecer al experto y conocedor  información fidedigna y en ocasiones, hasta  certeza  total, sobre su origen, cronología aproximada  o cronología relativa, adscripción cultural  e  incluso,  su posible  lugar de elaboración y cocción. En otras palabras, esos fragmentos pueden  contribuir a  situar con bastante precisión un lugar  en la escala de tiempo (aportando una cronología:  ¿cuándo se hizo?) o en la escala del espacio (¿de dónde viene?)  y en el  marco de una "cultura" dada  (¿a qué cultura pertenece?). Estos fragmentos  pueden, en algunas ocasiones y  bajo algunas circunstancias, ayudar a  responder  preguntas cruciales para  determinar el tipo de cultura   de que se trata (¿qué cultura representa?) ,  su procedencia  (¿de dónde viene?), o su posición en el tiempo.(¿de qué fecha es?). En otras palabras, estos fragmentos "diagnósticos" nos "hablan" un determinado lenguaje  y pueden responder  múltiples preguntas sobre la cultura presente en los lugares.

Cerámica diagnóstica: una expresión viva de las cuatro coordenadas arqueológicas.

 La cerámica, pues, aunque se encuentre fragmentada,  sobre todo cuando está decorada, pintada   o presenta una coloración o pasta  singular, o posee formas típicas o raras,  permite fijar con mucha precisión las coordenadas  culturales que ya el gran arqueólogo australiano-británico Gordon V. Childe, en sus obras, había establecido como factores determinantes de toda cultura. Childe, en efecto  estableció - y fue absolutamente pionero en esto- las tres  coordenadas básicas de la arqueología:  a) la  primera es la "cronológica", la que fija la posición en el tiempo; b)  la segunda, es la coordenada "corológica", que nos indica qué objetos se encuentran normalmente asociados o juntos, por pertenecer a  un mismo grupo humano, y la tercera c), la coordenada "cultural" que estudia los componentes culturales en sí mismos.

La coordenada ecológica.

 Hemos considerado necesario,  ya desde el año 1972,  agregar una cuarta coordenada, que hemos bautizado como  la coordenada "ecológica"   la  que,  de hecho, no está comprendida entre las anteriores, y  la cual nos enseña qué  elementos del paisaje y medio ambiente son parte integrante de la cultura respectiva, o, lo que viene a ser lo mismo, en qué tipo de paisaje físico o ecosistema biológico se desenvuelve  la cultura  en estudio.. De este interesante tema trata un capítulo específico de nuestro del Blog, titulado "Contexto ecológico-geográfico",  redactado el 27 de  Marzo del año 2008 (Véalo en este mismo Blog).

Nuestra experiencia previa en reconstitución de piezas arqueológicas.

Desde el año 1963, cuando en la Universidad del Norte, en Antofagasta, hacíamos nuestras primeras armas en arqueología de campo, tropezamos en cierta salida a terreno al sector norte de la ciudad de Antofagasta con un conjunto de fragmentos, al parecer de una sola  vasija arqueológica, y que permitían, a primera vista,  una reconstitución. Vasija cuyo diseño y colorido nos llamó poderosamente la atención. Así,  logramos armar, con inmensa emoción y regocijo, una hermosa  olla que, tras  las pesquisas hechas, resultó ser de factura Inca cuzqueña.  Finamente decorada, fue reconstruida por nosotros  en base a 55 fragmentos que logramos reunir trabajosamente tras cribar o harnear cuidadosamente la tierra alrededor, en busca de los más pequeños restos del ceramio (Véase el artículo. "Contribución al estudio de una tipología de la cerámica encontrada en conchales de la provincia de Antofagasta", Anales de la Universidad del Norte, Antofagasta, Nº 5, 1966: 83-128).

Presencia de la cultura Inca en la zona de Antofagasta.

Esta fue nuestra primera contribución científica  al estudio de  la arqueología regional  del área de Antofagasta y, a lo que creemos, la primera constatación de la influencia cultural Inca en esta zona del país. Por entonces,  éramos todavía meros autodidactas y no teníamos aún formación académica en arqueología, la que llegaría algo después, entre los años 1965 y 1970, en la Escuela Nacional de Antropología e Historia, de la  Universidad Nacional Autónoma de México,  en   México, Distrito Federal..   


Fig. 15.   Arriba en la parte superior,  el ceramio  reconstruido por nosotros a mediados del año 1963  en base a 55 fragmentos, algunos de ellos sumamente pequeños. A la izquierda, se muestra  el elaborado diseño hecho en cuatro colores, del borde la la olla incásica de paredes sumamente finas. (dibujos de Agustín Llagostera M.). 

Experiencia previa.

En los años siguientes, en  México, tuvimos muchísimas oportunidades de  reconstruir vasijas en base a sus fragmentos, cuando trabajé en el laboratorio de cerámica del Museo Antropológico del Parque de Chapultepec, en Ciudad de México,  bajo la atenta mirada del profesor y arqueólogo Román Piña Chan, uno de mis recordados maestros.

En mis años de investigador en la ciudad de Iquique, entre  1993 y el presente año 2013,  he tenido algunas oportunidades de hallar casualmente ceramios  fragmentados, en contextos arqueológicos perturbados o huaqueados, cuya reconstitución he intentado con bastante éxito.  En base a estas experiencias previas,  me pareció un deber traspasar mi pequeña experiencia en este rubro, en beneficio directo  de los  jóvenes arqueólogos o antropólogos culturales, que fueran  mis discípulos en la Universidad Bolivariana de  Iquique.

Tarea propia de un restaurador especializado.

Normalmente esta tarea de reconstituir las piezas halladas sea en una excavación debidamente autorizada, sea en una operación de urgente salvamento,  debería ser propia y particular de un museólogo restaurador especializado y dotado de una formación técnica específica en este campo. Es el procedimiento obvio y natural que se sigue en los países que cuentan con  Museos de alto prestigio y  con un variado personal capacitado en diversas especialidades de estudio y conservación de los materiales.  Pero  la pobreza y penuria de la mayor parte de nuestros Museos Regionales  o locales, de la que somos conscientes,  impone  al investigador-arqueólogo  que estudia un yacimiento o un descubrimiento casual, la imperiosa necesidad de aprender, el mismo, a manejar  técnicas  mínimas para sacar provecho de un determinado estudio arqueológico o de una prospección de terreno, con fines de investigación.

¿Qué y cuándo recoger y conservar?.

1.   ¿Cómo sé yo qué recoger y conservar cuando me encuentro con un gran número de fragmentos dispersos en el suelo?. Estudiemos bien  los casos. Hay casos y casos. En un viaje de prospección  o inspección preliminar a un sitio arqueológico, me voy a encontrar, ciertamente, con muchísimos fragmentos en superficie. Pueden ser miles.  En lo posible - y así lo exige la ley-  no se debe recoger nada, para conservar y preservar el sitio para futuras investigaciones hechas por expertos arqueólogos. Lo señala claramente así la Ley de Monumentos Nacionales. En décadas pasadas, antes de la promulgación de la Ley de Monumentos Nacionales 17.288  del año 1970, los arqueólogos -como pudimos verlo personalmente en San Pedro de Atacama y tantos otros sitios - solían recoger de los sitios arqueológicos algunos trozos cerámicos o líticos, en forma sumamente selectiva, es decir, aquellos  que les parecían "diagnósticos", esto es que podrían ofrecer una respuesta al investigador acerca de su cultura. Y con ese material seleccionado, elaboraban sus tipologías líticas o cerámicas.

Los fragmentos "diagnósticos" de los arqueólogos.

 Así,  por ejemplo, tratándose de cerámica,  se colectaba  solamente fragmentos de boca y cuello, cuello y asas  y/o fragmentos de base, pues  estas partes permiten apreciar bastante bien  la forma general de un ceramio. El resto (del cuerpo de la vasija)   quedaba por lo general allí disperso y abandonado y, por cierto, mutilado para siempre. Fragmentos decorados eran altamente valorados  por ser claros indicadores de un determinado estilo cultural y aún de una época o período cultural. De esta suerte, se destruía contextos culturales y se dificultaba grandemente la labor de arqueólogos posteriores, perdiéndose no poca información. Esos fragmentos recogidos quedaron, en el mejor de los casos, en un cajón ignorado en una bodega, y con suerte portan  (ojalá!) alguna indicación del sitio de origen, v. gr. Ta-47   (sitio  Tarapacá-47). Era imposible precisar más en aquellos tiempos. Hoy, gracias al GPS  podemos señalar las coordenadas con precisión casi matemática  y un mínimo rango de error, conservándose así  el lugar exacto del hallazgo. Incluso es posible hoy regresar exactamente al mismo  lugar en busca de más evidencias o para confirmar  hipótesis o para  recabar otro tipo de información  del lugar  (v. gr. de tipo eco-antropológico). .

El arqueólogo avezado  que excava un yacimiento con la debida autorización del Consejo de Monumentos Nacionales  recoge con cuidado, sirviéndose de harneros finos de distinto diámetro de malla,   todos los  restos culturales sean éstos cerámicos, biológicos u osteológicos o de otra índole, los  que luego, en laboratorio, someterá a examen miinucioso. Puede así llegar a colectar miles de fragmntos cerámicos, miles de elementos osteológicos o biológicos. Pero no es éste, ciertamente,  nuestro caso.

Arqueología de salvataje.

 No hablamos aquí, ciertamente,  de estas situaciones  que forman parte de  una  metodología arqueológica fina de excavación.. Sólo los arqueólogos titulados están autorizados a  excavar yacimientos y a levantar todos sus elementos culturales. Los libros especializados de arqueología, por  lo demás,   nos indican exactamente qué se debe hacer en tales casos.   Aquí, en este capítulo del Blog, tan sólo nos abocaremos a enseñar una guía práctica  de cómo proceder en casos extremos,  de salvamento urgente,  cuando hallamos algo por casualidad que corre peligro de ser  destruido o saqueado.   Tal como nos ocurrió en la reciente visita  al sitio de las chacras antiguas en el Tamarugal.

Los hallazgos casuales en sitios  expuestos al saqueo o robo.

 Hay numerosas ocasiones  en que tropezamos con  hallazgos cerámicos casuales, fruto del azar. O fruto de un trabajo fortuito en un campo de cultivo, en  una  carretera  en construcción  o en el patio de una casa. O en el súbito desmoronamiento de un muro o un talud por efecto de un temblor o terremoto, o en el caso de un aluvión que ha dejado paredes de quebradas  expuestas  y desnudas.O simplemente, cuando avistamos algo que nos parece de gran importancia con ocasión de una visita o o prospección.  Muchas veces el trabajo o faena que allí se realiza, por variadas razones, no se puede o no se quiere interrumpir. ¿Qué hacer?. Aquí interviene  lo que se llama una "arqueología de salvamento o de salvataje". La Ley lo contempla para casos excepcionales.

El dilema ineludible; o  se guarda y conserva adecuadamente , o se pierde para siempre.

 Si en una faena o trabajo aparece de súbito un entierro, o un grupo de cántaros, o o un montón de monedas antiguas,  debería, de acuerdo a la Ley,  llamarse de inmediato a Carabineros, detener el proceso, custodiar el lugar  y esperar qu la autoridad que resuelva, sobre todo cuando allí aparecen restos humanos. Esta situación ideal que la ley contempla, pocas veces se da. O porque no hay forma de llamar a Carabineros, o por lo aislado del lugar, o porque  los dueños del sitio se niegan a detener la obra, o porque existe el riesgo de que los operarios o curiosos se roben las piezas, o  por otras múltiples razones.  Y, sin embargo,  hay que actuar.  El arqueólogo debe decidir.  ¿Qué hacer?. ¿Adoptar la política del  avestruz y decir: "mejor me desentiendo", o actuar?. Creemos que hay una respuesta obvia:  o se salva y se resguarda lo encontrado  (antes de que desaparezca, sea despojado o robado por los espectadores u operarios, o se perderá para siempre. Nos preguntamos: ¿qué es mejor para el desarrollo de la ciencia arqueológica?. La respuesta parece evidente.  Hay que salvar  el objeto, en caso de evidente necesidad de levantarlo,  para evitar su desaparición para siempre. Pero, a la vez,  hay que saber exactamente  cómo proceder en tales casos. Esto es muy importante, porque existe todo un protocolo para ello. Es lo que aquí intentamos  hacer, al proponer esta "Guía Práctica"  para casos de salvataje  o salvamento de urgencia.

Cómo y cuándo recoger y cómo restaurar; intento de una  pequeña guía técnica.

En el supuesto, pues, de que estamos ante una situación de  "salvamento o salvataje arqueológico",  para recuperar piezas  para  su estudio científico y conservación, sugerimos el siguiente procedimiento, que es fruto de nuestra experiencia. Siga atentamente los pasos:

1.   Observe con cuidado los restos cerámicos de especia interés que están a la vista. Si son escasos y no  permiten reconstruir parte importante de una vasija, nunca los recoja; déjelos en su lugar,  tome fotos  (Vea Fig. 12)  y coordenadas con el GPS,  usando una escala gráfica,  e indique en forma concisa  en su Libreta  de Campo  los detalles del hallazgo. No se confíe nunca de la sola fotografía; ésta puede fallar.

2.  Si hay abundancia de  restos cerámicos juntos, en cambio,  y tras un rápido examen se llega al convencimiento de que pertenecen a una misma vasija  (por el color de la pasta, grosor del fragmento,  tipo de superficie, características del engobe o tipo o color de  su decoración),  la primera e imprescindible medida es fotografiar el hallazgo in situ, tal como se presenta, poniendo a la vista una escala gráfica que permita  apreciar el tamaño de los trozos o fragmentos  y, finalmente,  tomar las coordenadas con un GPS. (Vea Fig. 1).;

3.  Lo segundo, es recoger cuidadosamente en una bolsa plástica todos los fragmentos que suponemos son parte de una misma vasija, incluso los más pequeños. Para esto conviene  revisar bien los alrededores inmediatos hasta  cerciorarse de que no hay más. No pocas veces, algunos  permanecen semi-enterrados. Para ello, conviene cavar con los dedos o con un  pequeño rastrillo de mano (de jardín) hurgando en el lugar  (mejor aún si utiliza un harnero de malla fina)  hasta una cierta profundidad, en busca de otros trozos que hayan sido ocultados por la arena, como resultado del inevitable arrastre eólico. En nuestra zona desértica donde corren vientos  intensos, es frecuente  hallar numerosos fragmentos enterrados bajo una capa de arena. En el caso de nuestro hallazgo  de 1963  (Vea la Figura 13: ollita incaica), más de la mitad de los fragmentos  estaban totalmente ocultos, bajo tierra. La criba minuciosa del lugar mediante un harnero fino nos entregó  la cosecha final de 55 fragmentos. Que sepamos, es éste el único hallazgo temprano, hecho en superficie, de cerámica inca imperial cuzqueña,  en las proximidades de la ciudad de Antofagasta.

4.  Haga, en lo posible,  un breve croquis de campo para asegurar la posición del hallazgo, sobre todo si está asociado a otros elementos.

5.  Una vez en la casa o laboratorio, viene  el proceso de lavado cuidadoso de los fragmentos, seguido de un cepillado que permita  extraer finas partículas de polvo o arena adheridas. En nuestro  ambiente desértico es frecuente la presencia de  partículas de sales de sodio o calcio adheridas a la superficie. Luego de lavar, dejar secar  por un tiempo prudente.

6. Sigue ahora el proceso de  poner a la vista, en una mesa de trabajo, sobre un paño o una hoja de periódico,  todos los fragmentos hallados, separándolos en grupos  por  sus formas: trozos de boca, trozos de base, trozos de cuerpo , asas, etc.

7. Para el paso siguiente, es decir, la tarea de  unir los fragmentos que calcen, se  necesita  tener a la mano un pegamento adecuado y un  plato  grande o pocillo  con abundante arena.  El pegamento que recomendamos es lo que en Chile conocemos con l nombre de  "cola fría", material que se adquiere en ferreterías  o librerías, y que se suele usar con frecuencia entre los escolares para pegar maderas, cerámica, loza, cartón o papel. No use ni Neoprén por su gran toxicidad  ni ciertos compuestos como "la gotita" , elemento que viene en pequeños potes; material que si bien pega muy  bien, es demasiado rápido en el pegado y tiene el  grave inconveniente de que cualquier mínima porción se adhiere tan firmemente a los dedos,  que cuesta mucho separarlos. Usando, pues, "cola fría" como aglutinante, se tiene la enorme ventaja de poder limpiar, incluso con los mismos dedos,  el exceso de pasta sobrante, en las superficies recién pegadas,  sin mayor problema para el cutis, pues uno puede lavarse luego las manos. Este pegamento se disuelve al agua.

8.  La tarea de buscar el calce exacto entre fragmentos, requiere de cierta habilidad y experiencia y, sobre todo, de mucha paciencia. Se debe separar los fragmentos por su aspecto (bordes, base, cuerpo), su  grosor y el aspecto y color de la pasta, buscando su afinidad. Recomendamos  iniciar el pegado con los fragmentos de base (fácilmente reconocibles  por ser más gruesos y planos o, por contrario, totalmente convexos, según el caso), o con los fragmentos de boca (fáciles de identificar por el borde bien terminado y definido) .

9. Si vemos que dos fragmentos calzan perfectamente entre sí,  agregue una pequeña cantidad de  pegamento a ambas superficies de contacto, untándolas en toda su extensión de calce; en seguida  únalos y apriete fuertemente uno contra el otro, por algunos segundos, para lograr una total adherencia. Luego, con el debido cuidado, entierre levemente los trozos  recién pegados , parados,   en  el plato de arena fina dispuesto ad hoc, de modo que quede firme y seguro. La arena permite aplicarlos en la forma que mejor nos plazca, para un mejor pegado, cuidando solamente que las superficies recién pegadas no lleguen a tomar  contacto con la arena. Ahí se les deja por espacio de  una hora, aproximadamente,  hasta que  se adhieran perfectamente. Si se deja el pocillo con lo recién pegado a pleno sol, el  proceso es mucho más rápido.

10. De fundamental importancia es verificar bien el estado de  los bordes de los fragmentos: si éstos están muy erosionados,   el calce se dificultará  notoriamente. Y, en tal caso, es preferible no recoger nada y dejar todo in situ,  pues  será  muy difícil llegar a buen puerto con la reconstitución de la vasija o ceramio. Sin embargo, nuestra experiencia  en esta materia  sugiere que este caso es más bien raro. Hemos logrado reconstruir ceramios muy antiguos, máxime cuando han estado enterrados  y aparecen a la luz casualmente.

10. Cuando existe decoración o pintura, se busca más fácilmente el calce siguiendo las figuras de los diseños. La existencia de decoración o pintura a colores (con diseños o figuras)  facilita muchísimo la tarea del pegado.

11. Va a llegar un momento en que Ud. tiene ya parte de la boca  y parte de la base bien pegadas e instalados en las superficie del pote con arena.  Aquí viene el paciente esfuerzo por  buscar el calce perfecto del resto de los fragmentos. Hay que ensayar muchas veces, aproximando una y otra vez  los fragmentos entre sí en busca de calce.  El grosor de éstos y el tipo de pasta (ennegrecida  o rojiza,  con tal o cual tipo de antiplástico : v.gr. con  presencia de mica, cuarzo blanco o biotita, etc.) le  sugerirá  a  Ud. el "parentesco" o relación  existente entre dos fragmentos. Si son idénticos en este aspecto, la posibilidad de calce  crece notoriamente.

12.  Por lo general,   las paredes de la  porción superior de la vasija, cercanos a la boca o cuello,  presentan un grosor generalmente menor que la parte que se acerca al fondo o sea, a la base de la vasija.  Normalmente, en la base y sus proximidades, se presenta el grosor máximo de la pared  en todo ceramio.  La observación  atenta de la curvatura de los fragmentos, también es indicadora de  la parte de la vasija  a que corresponde: v.gr. cuello, panza o base.

13.  En el pocillo con arena, pues, se va colocando los diversos fragmentos una vez  unidos. Luego se busca con paciencia, el calce perfecto entre éstos, aproximándolos  desde todos los ángulos. Trabajo que requiere de dedicación y tiempo y  que  generalmente termina en el éxito, cuando existe un suficiente número de fragmentos de la pieza respectiva.

14.  Disponiendo de parte de la boca, del cuerpo y  de la base, generalmente se lograr el calce  parcial de fragmentos cada vez mayores, de  modo que  va apareciendo poco a poco  la forma final de la vasija. Cantidades superiores a  los 50-60 fragmentos, generalmente nos auguran  el éxito en la  faena de la reconstitución de una vasija pequeña. Cantidades inferiores a los  10-15 fragmentos, nos dejarán casi siempre en la incertidumbre,  pues  gran parte de la vasija quedará sin reconstruir, a no ser que se trate de fragmentos de gran tamaño.( tal como se muestra en  la botija colonial  de la Fig. 9 de este capítulo: ).

15.  Esta tarea, dependiendo del tamaño de la vasija o ceramio, puede llevar horas de laborioso trabajo. Por lo demás, sirve de descanso y distracción  a la mente, ocupada en el estudio o en la investigación. Es lo que nos ha ocurrido a nosotros. Confesamos al lector que entretenidos en esta tarea  por horas y horas, hemos disfrutado muchísimo al descubrir formas y diseños nuevos, no discernibles al comienzo del proceso de restauración. La contribución a la ciencia de este tipo de labor es, por lo demás,  indudable.

16. El proceso termina cuando se  agrega una etiqueta, pegada a los fragmentos, donde se indique lugar, fecha y descubridor. Nuestra costumbre  es poner cada objeto así reconstruido dentro de una bolsa  plástica con cierre hermético  (tipo ziplock), para evitar  la desaparición de la leyenda escrita. La leyenda debe ir dentro de la bolsa. No debe olvidarse que existen pequeños insectos ápteros, expertos en devorar el  papel  (Orden Thysanura).

Esperamos que esta sucinta guía práctica pueda ser de real utilidad para  los jóvenes investigadores y arqueólogos que  se vean de súbito ante la eventualidad de realizar un rescate de emergencia. 










miércoles, 17 de abril de 2013

Revisita y examen de las antiguas chacras de cultivo en la Pampa del Tamarugal: la magnífica herencia de don Antonio O´Brien.





Fig. 0.  Vista general de  un extenso conjunto de eras agrícolas de época colonial o indígena, de distintas dimensiones, en un área plana de la pampa. Tema que estudiamos ex professo en este capítulo del Blog.

Revisita  al sector de chacras antiguas en la Pampa.

Muy recientemente,  con fecha 12 de Abril 2013,  realizamos una corta visita de inspección a la zona de las "chacras antiguas" de la pampa del Tamarugal, no muy lejos de la desembocadura de la quebrada de Tarapacá y a bastante distancia en dirección weste desde el sitio arqueológico conocido como el poblado prehistórico de Caserones. Conformaban el pequeño grupo expedicionario el arquitecto Pedro Lázaro Boeri,  la  arqueóloga de la Universidad Bolivariana, Srta. María José Capetillo Prieto y  el autor de este Blog, Horacio Larrain. El  jeep  Nissan Terrano de Pedro nos permitió llegar felizmente a destino por terrenos accidentados y  potentes e interminables pedregales . Traíamos in mente una serie de  dudas que queríamos resolver en el terreno mismo.

De este viaje de prospección y de sus hallazgos, hemos dejado constancia escrita en mi "Diario de Campo" Volumen  97: pp. 62-71. 

¿Por qué decidimos volver a visitar esos lugares?. Nuestro primer contacto  con la enorme zona de melgas de cultivo del Tamarugal.

Tuvimos la inmensa fortuna de conocer por primera vez estas vastas extensiones de campos de cultivo en el invierno del año 1972, cuando el entonces Director del Museo Regional de Iquique, Jorge Checura Jeria, nos condujo al lugar  (Vea Fig.32, en este capítulo)  que él y los geógrafos del Instituto de Geografía de la Universidad Católica de Santiago habían  estado estudiando previamente  en la fotografía aérea  mediante  la técnica de fotointerpretación (analizando las fotos obtenidas por el vuelo Hykon de 1955).  Estas  notables concentraciones de cientos de hectáreas de chacras, cultivadas otrora en el corazón de la Pampa,  habían quedado descritas e incluso bien dibujadas  desde el año 1765, en el famoso "Plano de la Pampa de Iluga" del Teniente de Gobernador de Tarapacá  don  Antonio O´Brien. Plano que ha sido objeto de numerosos estudios tanto por parte del historiador don Oscar Bermúdez Miral,  como por el arqueólogo piqueño Lautaro Núñez  y  los geógrafos  y antropólogos de la Pontificia Universidad Católica de Chile entre los años 1971 y 1973, incluídos nosotros mismos. Sobre este sevillano O´Brien y su notabilísima obra cartográfica en la región de Tarapacá,  hemos escrito varios  pequeños trabajos en este mismo Blog.  Remitimos a nuestros lectores a dichos segmentos del Blog. (Ver etiquetas Antonio O´Brien, Pampa del Tamarugal, Agricultura del desierto, Oscar Bermúdez).

Algunos estudios tempranos sobre estos sembríos  en plena pampa.

Tal vez el primer estudio dedicado a analizar  este sistema de antiguas melgas de cultivo en esta pampa y  que quedó lamentablemente inédito, se debe a la pluma del historiador y arquitecto iquiqueño Patricio Advis Vitaglic. Este artículo se titulaba: "Antiguos sembríos en el desierto de Huara (Iquique) en la Pampa del Tamarugal", Mecanografiado, 1971 (copia en poder del autor de este Blog).
Nosotros mismos retomamos poco después este tema de estudio en nuestro artículo: "Antecedentes históricos para un estudio de la reutilización de suelos agrícolas en la Pampa del Tamarugal, Provincia de Tarapacá, Chile", que fuera publicado en  la Revista Norte Grande, del Instituto de Geografía de la Pontificia Universidad Católica de Chile, Vol. I, Nº 1,  Marzo 1974: 9-22, con  una reproducción  y copia del Plano de la Pampa Iluga, de Antonio O´Brien.

Objetivos del presente viaje.

Revisando unos viejos  y ya ajados "Diarios de Campo" míos del año 1980, di casualmente con un detallado y colorido croquis de campo que me hiciera el geógrafo fìsico Luis Velozo Figueroa, investigador que, en los años setenta,  formó parte activa  del grupo de la Universidad Católica interesado en estudiar la Pampa del Tamarugal (Diario de Campo Nº 14; pp. 93-94). Velozo había dedicado muchas horas al estudio de fotointerpretación del área, en base a las fotografías aéreas obtenidas en el  vuelo Hykon  realizado el año 1955. Este era, por entonces el instrumento eurístico de última generación para este tipo de estudios geográficos con información captada desde el espacio.  A través de ese estudio y como resultado del mismo, Velozo me señaló en un croquis no sólo la presencia de miles de chacras abandonadas,  sino también de numerosos canales, algunos de gran porte, y de ruinas de corrales y recintos.Por entonces (1980) Velozo y el grupo del  taller de la Universidad Católica ya no trabajaba en esta zona de Tarapacá,  por efecto directo del  Golpe de Estado del año 1973 y la consiguiente instauración del régimen militar.  Este croquis privado, que por razones obvias no puedo revelar aquí,  fue nuestro fiel  guía en esta ocasión en la detección previa hecha por Pedro Lázaro a través del Google Earth. Con satisfacción,  pudimos confirmar plenamente en gabinete varias de las prolijas observaciones hechas en 1972 por el geomorfólogo Velozo. Y con este valiosísimo antecedente  en nuestro poder, preparamos en detalle  la  breve pero sustanciosa expedición para el domingo 12 de este año  2013.


Las preguntas  que en forma de hipótesis tentativas guiaron  nuestra pesquisa

¿Qué posible antigüedad  poseen estas extensas y dilatadas chacras de cultivo en medio de la  soledad de la pampa actual?. Nos guiaban varias hipótesis, en forma de preguntas, al iniciar este estudio de terreno:

1.   ¿Se conservaban aún estas melgas de cultivo antiguas,  detectadas por los arqueólogos, historiadores  y  geógrafos en 1971, esto es,  hace  exactamente   43 años?. 
2.    Los aluviones posteriores  al año 1972, ¿habían causado algunos daños y modificaciones  significativas y notorias al  área antiguamente cultivada?
3.    ¿ Qué señales  culturales concretas de  la época indígena podían todavía observarse en el terreno?. ¿Y de qué época podían ser, aproximadamente?
4.    ¿Qué tipo de vegetación se puede observar todavía  hoy en dicha área?.
5.    ¿Se  detecta  algún tipo de fauna en la zona?.
6.   ¿Se puede señalar la presencia  en el área de algún  pequeño poblado antiguo,   que pudiera adscribirse  a la época indígena  y que pudiera corresponder al mítico  y escurridizo  "Iluga"?. 
7. Y, por último, qué tipo de restos de  presencia antigua  (recintos  o  casuchas, objetos),  dejaron in situ  los agricultores que venían esporadicamente a cultivar en el desierto?.

Con estas ideas in mente y premunidos  de los instrumentos indispensable ( GPS,  Brújula, Escalas métricas, Cámaras fotográficas, Anteojos de larga vista, Libreta de campo, etc.)  emprendimos el camino. Desde Huara, enfilamos hacia Tarapacá  por la carretera asfaltada. En un punto de la  ruta, cuyas coordenadas exactas habíamos  fijado de antemano,  nos dirigimos hacia el sur y sureste, a campo traviesa,   por  áreas pedregosas y  muy accidentadas. Por cierto, sin rastros de caminos recientes.

La vegetación presente en el área.

Lo primero que llamó nuestra  atención fue la presencia de una escuálida y  casi totalmente seca vegetación  circundante. Esta se componía de algunas escasas retamillas (Caesalpinia aphila), casi todas ya secas,  algunos  tamarugos vivos de poca alzada  (Prosopis tamarugo), uno que otro pimiento solitario (Schinus molle) también vivo  y,   en mucha abundancia  pero apenas sobreviviendo, numerosísimas  plantas rastreras  de la  especie Tiquilia sp, probablemente de la especie atacamensis. (Familia Boraginaceae).  Es obvio que estas plantas han logrado asentarse aquí con la llegada hasta el lugar de cauces antiguos de agua, procedentes de potentes derrames esporádicos llegados desde la quebrada de Tarapacá durante el invierno altiplánico, en época estival. No hay aquí señales recientes de los típicas superficies de limos blanquecinos que cubren la superficie arenosa,  dejados por el paso del agua barrosa del aluvión. Lo que significaría a las claras  que hace mucho tiempo (seguramente muchos decenios) no ha llegado agua alguna a estos lugares. Se observa en torno a muchas de estas débiles plantas la presencia invariable de pequeñas nebkas o montículos circulares de arena, efecto directo del arrastre eólico acumulativo causado por los vientos dominantes del  weste y surweste.  Cuatro o cinco especies de plantas, incluyendo los arbustos y árboles)  se puede detectar a  lo más  en el lugar, y   éstas, en un 90 %,  muertas desde hace muchísimo tiempo. 
Al menos- pensabamos nosotros al atravesar estos yermos paisajes- un eventual caminante pudo hacer aquí fuego pues existe material combustible suficiente. Pero solo eso;  nada más.

La fauna presente.

En cuanto a la presencia de  fauna, observamos con sorpresa y  curiosidad la presencia de una avecita que,  al  percatarse de nuestra llegada,  salió disparada, en un vuelo rasante y rapidísimo, rumbo al Este. Presenta un plumaje de colores de tintes café claro y obscuro, moteada, de puntos blancos,  fácilmente reconocible. Casi con certeza, estimamos se trataría del ave altiplánica Tinamotis pentlandii o perdicita de la puna, también llamada quiula por los indígenas  (Fam. Tinamidae). Es residente de la puna andina que, por razones climátidas o variaciones bruscas de temperatura desciende en ocasiones, generalmente en pequeñas bandadas, a la pampa y aún llega a la costa. En efecto, la hemos observado dos o tres veces  en años pasados en el oasis de niebla de Alto Patache,  en los meses de Junio o Julio, a los 800 m. de altitud,  acurrucada entre plantas de Nolana intonsa o Frankenia chilensis.  Fuera de esta avecita altiplánica, solo observamos en nuestra expedición  algunos  escasos ejemplares de una avispa pequeña, de franjas amarillas y blancas en su abdomen, excavando pequeños hoyos o madrigueras en el suelo arenoso para depositar sus huevos;  probablemente  pertenecen a la familia Sphecidae.  No se observa, a primera vista,  en este árido y reseco paraje donde casi nunca llueve, otros rastros de vida animal.


Secuencia fotográfica  de nuestra expedición.

Las fotografias que siguen, tomadas por nosotros en esta expedición, procuran  explicar las observaciones  y hallazgos que fuimos haciendo en  el terreno. El orden de las fotos señala  el curso de nuestro recorrido hacia  el sur de la ruta asfaltada  que, desde Huara,  apunta  rumbo  al pueblo de  Tarapacá  (Iª Región, Chile).

El paisaje geográfico de la pampa ante nuestros ojos.


Foto 1. Después de atravesar un pesado sector de pedregales y haber bordeado un hermoso campo de dunas, tuvimos a la vista este extenso arenal,  fruto del arrastre eólico, cubierto ampliamente  por plantas rastreras de Tiquilia  atacamensis. Esta planta,  único vegetal observable en este sector de la pampa, se mantiene aún  vivo, aunque  con escaso vigor  y lozanía. La humedad  aportada por el rocío matutino, captada por la planta, - así lo  sospechamos- explicaría suficientemente  su persistencia y sobrevivencia en una zona donde prácticamente jamás llueve (promedio anual de pluviosidad : 0.4 mm de agua caída al año). Aquí, entre  las plantas, observamos repentinamente, incrédulos, el vuelo rasante de un ejemplar del  ave Tinamotis pentlandii, residente habitual del altiplano  andino. Seguramente pudo encontrar  todavía en el follaje de Tiquilia, algunos pequeños insectos (probablemente hemípteros o áfidos) como único alimento. Vimos sus pisadas frescas, diseminadas en torno a las plantas vivas de  Tiquilia.   Arriba, en la parte media alta de la foto y hasta perderse de vista, podemos descubrir sin dificultad  el inicio de un tramo del Qaphaqñan o "Camino del Inca", que enfila directamente  hacia  el área de las antiguas chacras cultivadas en la pampa.El hallazgo de este trozo del Camino del Inca, en este lugar, nos sorprendió gratamente. Ciertamente, no esperábamos hallarlo en este sitio solitario, tan alejado de las comunidades  humanas actuales. Bordeado ordenadamente de  piedras a sus costados,  se extiende, en forma sorprendentemente rectilínea,  por varios centenares de metros, tomando un rumbo directamente al sur.


Fig. 2.  Vista de norte a sur  del tramo del Qhapaqñan incaico. Nuestros acompañantes el arquitecto Pedro Lázaro y  mi ex alumna, la arqueóloga María José  Capetillo señalan  el borde exacto donde se alinean,  con gran precisión, las piedras indicadoras del borde del camino. Aquí  medimos el ancho del camino y nos dio exactamente 7.50 m. de ancho  y, para nuestra sorpresa,  esta misma anchura resulta notablemente  persistente y fija,  a lo largo  de varios centenares de metros.

Fig. 3.  Generalmente, las piedras han sido  echadas cuidada y ordenadamente a un lado de la huella, sin crear, propiamente allí  una línea exacta o un muro lateral, tal como se puede observar aquí. Pero demarcan, muy  precisamente, los bordes del camino, aislándolo en forma patente del pedregal vecino y haciéndolo fácilmente  transitable por  recuas de llamas cargadas durante la  época Inca y colonial..

Fig. 4.   Las arenas han invadido  la antigua senda, mostrando un aspecto  limpio  y totalmente libre de obstáculos al tránsito. Resulta fácil imaginar así el paso de pequeños  grupos de grupos de 2 a 3 llamas de frente,  cargadas, en ordenadas  filas, avanzando hacia el sur o hacia el norte. También resulta fácil imaginar a los chasquis o mensajeros del Inca, portadores de sus qhipus, en frenética carrera hasta la siguiente paskana o tambillo, para transmitir rápidamente sus mensajes en lengua quechua a otro chasqui, corredor, en veloz carrera   rumbo a su destino.


Fig. 5.   Si uno no supiera que se trata con certeza de una antiquísima senda inca, intacta y sobreviviente hasta hoy, podría llegar a pensar, al tropezar súbitamente con ella,  que se trata de  un trazado de camino moderno, realizado aparentemente con maquinaria. A sus lados,  la superficie de la pampa  está totalmente cubierta de pedregales, hoy  apenas transitables en un buen jeep.

Fig.  6.  María José Capetillo, nuestra arqueóloga de campo, mide con un instrumento ad hoc exactamente el. ancho de la vía  incaica:  correspondiendo  a 7.50 m. Tan expedito es este camino en este sector de la pampa en dirección N-S que notamos  había sido ya traficado varias veces por vehículos antes que nosotros, observándose diversas huellas, antiguas y recientes. 

Fig. 7.  Un fragmento de cerámica prehispánica, probablemente del tipo "Charcollo", delata   el antiguo paso por el lugar de caminantes indígenas.  Charcollo es un tipo cerámico de origen altiplánico y  en parte, a lo que creemos,  contemporáneo de la presencia  Inca en la zona (años 1400-1536  D.C.).

Fig. 7.  A un costado de la senda inca,  avistamos el esqueleto ya calcinado y blanquecino de una mula.  Seña inequívoca del paso por este lugar de animales de origen europeo durante todo  el  largo período colonial español.

Fig. 8.  Resto de una pata de esta misma  mula, con su herradura  y sus clavos aún firmemente adheridos al casco.  Corresponde a  la misma foto anterior.

Fig. 9.  Estructura casi circular, sumamente arruinada  (ruedo), situada en el interior de una amplia zona amurallada y protegida. Diámetro aproximado:  3.5.- 4.0 m.  Observe el largo muro perimetral, hacia el fondo de la fotografía.


Fig. 10.   Fragmento de boca y asa de una vasija  del tipo olla de cocina de época indígena, hallada junto a las estructuras circulares. ¿A qué época pertenece?. No lo sabemos. Podría ser de factura  indígena pero  en época colonial.

Fig. 11. Otra de las estructuras circulares, muy derruída. Pudo, tal vez,  ser la  base de alguna vivienda circular,  a juzgar por  el pequeño tamaño del recinto. Los numerosos corrales que hemos observado en este sector (Vea fotos más abajo)   normalmente tienen un tamaño (perímetro)  bastante mayor y presentan un mucho mejor grado de conservación..Sospechamos se trate en este caso de estructuras muy antiguas, de época inca o tal vez,  pre-Inca. Tal vez digan relación con la aldea arqueológica de Caserones (definitivamente abandonada en el siglo VIII-IX D.C.).

Fig. 12.  Un pequeño fragmento de cerámica vidriada colonial (siglos XVII  ó XVIII?). Hallado por nosotros, aislado y solitario,   muy cerca del muro perimetral observable en nuestra Figura 11. Señal inequívoca de presencia colonial  en la  zona de la pampa abierta, muy lejos de la aldea prehispánica de Caserones.

Fig. 13.  Fragmentos muy bien cocidos de una vasija de estilo presumiblemente Pocoma o  Gentilar,   de las culturas típicas de Arica, correspondientes, tal vez, a  un período de contacto con la llegada del Inca  a Tarapacá.  ((siglos XIII al  XV?).

Fig. 14.   Un evidente y clarísmo corral  para animales. Muestra presencia de abundante guano (de llamas y mulares) en su interior. Su presencia, contiguo a las eras de cultivo,  nos indica a las claras  que se trajo hasta aquí  animales tanto para  comer el rastrojo de la cosecha (maiz o trigo), como  para el traslado a sus pueblos del producto cosechado.

Fig.  15.  Fragmento cerámico,  al parecer de una taza colonial, que muestra la inserción del asa al cuerpo de la vasija. (Colonial temprano;  siglo XVII?)

Fig.  16. Conjunto de fragmentos de cerámicas coloniales (coloreadas), vajilla indígena local  y aún loza de la época del salitre,  que descubrió María José todo junto,  in situ, en las cercanías del gran recinto amurallado. Sin duda, se trató de material  reunido por algún  visitante aficionado, que lo dejó allí abandonado hace bastantes años. Esos fragmentos de la cerámica vidriada colonial española, correspondientes a un plato,  fueron posteriormente restaurados por nosotros. (El resultado de este trabajo  de salvamento se mostrará en nuestro capítulo siguiente del Blog, hoy en preparación, destinado a indicar el trabajo de restauración  de las piezas halladas en el presente viaje).

Fig. 17.  A la izquierda, un enorme canal de regadío  que se pierde en lontananza  hacia el Este (hacia Tarapacá). A la derecha, eras o melgas de cultivo de la época   indígena o colonial regadas a partir de este gran canal.

Fig. 18. Una acequia  marcada en el paisaje y un grupo de  bolones de piedra, colocados ex professo,  y  que señalan la presencia de una bocatoma o "pongo". La voz "pongo" es una castellanización de la voz quechua "punku"  que significa   "puerta". En efecto, los pongos constituían las bocatomas o "puertas" de entrada del agua de regadío a cada melga,  a partir de una acequia mayor.

Fig. 19.  Superficie que muestra  decenas de antiguas eras o melgas de cultivo,  ya muy borradas por el paso del tiempo, dejando a la vista solamente las acumulaciones de bolones que marcan claramente la presencia de bocatomas o "pongos".

Fig. 20.  Despojos y basuras dejados por una instalación de faena en plena pampa, en medio de las antiguas melgas de cultivo.  Parecen corresponder a una instalación de los años 1950-60 del pasado siglo.  Se observa  plástico grueso (para formar  un pequeño embalse de agua), fierros,  tablas,  restos de una vivienda  y útiles de cocina, camastros, sillas,  etc. No nos queda claro el objetivo concreto de esta faena, de  época relativamente reciente. No se descarta que haya correspondido a una tardía instalación breve en el lugar,  con fines esencialmente agrícolas (sembríos) por parte de comuneros de aldeas del interior (Tarapacá, Pachica, Mocha, etc), para el aprovechamiento agrícola  de las aguas  aportadas por  aluviones eventuales procedentes de la quebrada de Tarapacá.


Fig. 21. Entre los elementos abandonados en la faena descrita en la Fig. 20, María José Capetillo halló in situ  estos cuatro grandes fragmentos de una botija "perulera", de época colonial   (Como escala, el estuche de la cámara fotográfica que mide  10 cm.).  Seguramente, alguno de los operarios de la  faena los recogió por curiosidad de los alrededores, entre las melgas abandonadas.   El extraño color de la pasta  (color crema muy claro)   y el grado avanzado de erosión superficial de la vasija, nos sugiere una  muy larga exposición al sol y a los agentes atmosféricos (vientos).  Parecería corresponder a un tipo bastante temprano, tal vez del siglo XVII. Hemos visto y examinado en estos años  muchos centenares de fragmentos de botijas de la época colonial,  en distintos lugares de Antofagasta, Arica y Tarapacá, pero nunca habíamos observado esta coloración tan clara de la pasta, que nos parece ser muy probablemente foránea  (¿del Caribe o española?.).  Para salvarlos de un posible  saqueo futuro, pérdida  o robo, recogimos los fragmentos y armamos la pieza, pegando todos sus fragmentos.Esto lo vamos a  ver con claridad en el próximo segmento del Blog, (en reparación). Hemos enviado la foto a expertos en cerámica colonial para  saber más acerca de su posible origen y fechación. Si se tratara de cerámica temprana colonial, lo que no es imposible, este hallazgo constituiría una prueba fehaciente del aprovechamiento del agua de aluviones por parte de los primeros encomenderos españoles o sus súbditos indígenas.


Fig. 22.  Detalle del alineamiento de las eras o melgas. Observe los invariables "pongos" o bocatomas  construidos con simples  bolones de piedra   propios del lugar.

Fig. 23.  En hiladas interminables, las eras o melgas de cultivo se proyectan en el piso de la pampa  con rumbo sur.


Fig. 24.   Detalle de los bordos o bordes de cada melga. Solo constituídos por simple acumulación  de arena. obtenida  de la misma era en construcción.

Fig. 25.   Otro corral para la guarda de animales (llamas,  mulas y asnos). Superficie aproximada:  30 m2.



Fig. 26. Detalle del  extenso muro perimetral sur,  totalmente en ruinas,  que  rodea una amplia superficie que se trató de resguardar del flujo e ingreso de las aguas de aluvión. Estos, sin embargo, rompieron el muro en algunos sectores, tal como se observa aquí, dejando  huella de la acumulación y posterior evaporación del agua terrosa y limosa.


Fig. 27. Otra vista  del mismo muro perimetral derruído (sector sur). Vista hacia el  weste.

Fig. 28.  El mismo muro desde otro ángulo de visión. Vista hacia el Este.

Fig. 29.  Un trozo de yunque, de  piedra volcánica,  de la que se extrajo lascas o fragmentos filosos  de gran tamaño, como excelentes instrumentos para cortar. Fue hallada dentro de una de las posibles viviendas circulares. La libreta que sirve de escala mide  exactamente  20 cm. de largo.


Fig. 30.  Fragmento de gran tamaño de una olla de cocina  indígena, de época indefinible,  hallada en las cercanías de las recintos circulares.
Fig. 31. Otro recinto  en el interior del  área protegida por muros perimetrales. En el perímetro de este  sitio protegido con muros y entre los recintos, se halló  muy escasa evidencia de cerámica. La gran cantidad de arena que cubre  todo el área, posiblemente esté  ocultando otros restos culturales antiguos, hoy día no visibles. Nuevamente observamos que el estado sumamente  ruinoso de este conjunto, parece delatar una gran antigüedad,  la que contrasta fuertemente  con los corrales,  mucho más recientes,  de las fotos  14 y 25.

Un recuerdo fotográfico  de la misma zona, tomado el año 1972.

La foto que sigue, ya borrosa por el paso del tiempo, tiene un larga historia.  Fue tomada  exactamente en la misma zona que hoy  hemos vuelto a visitar, 41 años después. Por entonces, yo estaba  en la Universidad del Norte, Sede de Arica, como profesor e investigador adscrito al Museo de Azapa. A fines del año 1971 llegué de regreso de los Estados Unidos, (State University of New York, en Stony Brook), Universidad donde había realizado mis estudios para obtener  el  Magister en Arqueología (1970-1972). Flamante arqueólogo, hacía yo mis primeras armas  en arqueología en Chile.
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Fig. 32.  Esta antigua fotografía  fue tomada in situ, en plena pampa,  por el arqueólogo cubano Alonso Riva de la Calle, en Junio del año 1972  en la zona de campos de cultivo de pampa Iluga (Pampa del Tamarugal). A la izquierda, Jorge Checura Jeria, director por entonces  del Museo de Iquique. A la derecha, yo mismo. En aquella época, tenía yo  43 años. Es éste uno de los poquísimos recuerdo gráficos que conservo de esos dos sufridos  años pasados en Iquique,  muy  poco antes del golpe de estado militar  (1972-1973).

Conclusiones.

1. Esta extensa zona de la pampa  es aún hoy un enorme misterio para la  geografía  humana que hay que explorar. La afirmación de que hubo en la pampa  poca a nula actividad humana - la que quedaba sólo circunscrita a los pueblos de la  cordillera o de las quebradas, y que solo era traficada por huellas  de animales rumbo a la costa -, debe ser hoy  tomada cum mica salis.  Más bien,  debe ser hoy francamente cuestionada.  Hubo una enorme actividad humana esporádica,   restringida eso sí a los períodos cortos en que bajaba abundante agua por las quebradas en tiempos de aluviones.

2. Estos períodos de cultivo intensivo en la pampa, (de maíz, en tiempos indígenas y de maíz y trigo en tiempos coloniales),  como lo vemos aquí por las fotografías tomadas en este viaje, al parecer,  fueron mucho más frecuentes que en la actualidad. La duración del regadío por inundación en plena pampa, gracias a un muy elaborado sistema de canales y acequias, duró varios meses y posibilitó, lo sospechamos, la realización de un par de cosechas  por temporada.

3. Numerosas familias de los pueblos comarcanos desde las quebradas, se movilizaban  y radicaban por meses en la pampa para  sembrar, cuidar y mantener  bajo riego a sus sembríos.  Tales sembríos, muy probablemente, atrajeron también  una fauna  numerosa de aves granívoras,  ávidas de semillas y aún de  animales depredadores que había que espantar y ahuyentar.

4. Nosotros topamos al menos con cuatro o cinco corrales y varios sitios de vivienda anexos. Debe haber muchísimos más en la extensa zona  de la pampa, tapizada hoy de antiguos campos cultivados.

5. Es altamente probable que un rastreo minucioso de tipo arqueológico de este enorme sector de pampa nos entregue datos de la existencia de pequeñísimos caseríos, de  ocupación más prolongada  en el tiempo, y correspondientes, tal vez,  a la temprana época de ocupación de la aldea  de Caserones. Así, es muy posible que  la mítica aldea de "Iluga",  cuya presencia exacta aún no ha sido detectada con precisión por los investigadores y arqueólogos,   exista realmente, y no sea sólo una  denominación genérica para la pampa, como parece señalarlo Antonio O´Brien en su famoso Plano del año 1765. Los antiguos dieron nombres concretos a cosas concretas: cerros, aguadas, ríos o aldeas; nunca a regiones, vagas e  imprecisas. Así, igualmente  algún día - así lo esperamos-  daremos también con  el mítico  "Ramainga", lugar  donde el encomendero,Lucas Martínez Begazo mantenía esclavos negros haciendo carbón, en plena pampa del Tamarugal, para abastecer sus minas de plata de Huantajaya, según lo atestigua en su testamento.

6. En suma, luego de este reciente viaje de exploración, sospechamos fundadamente que el estudio de la pampa del Tamarugal  desde el ángulo de su antiguo poblamiento y aprovechamiento  por parte de las comunidades  de las quebradas,  se encuentra aún en pañales. Queda, al parecer, mucho por hacer en esta zona poco conocida, deficientemente estudiada  y de muy difícil acceso.

7. El hallazgo hecho por nosotros (fotos 2 a 6) de tramos extensos del Qhapaqñan (o Camino del Inca), desconocidos hasta ahora en la bibliografía regional, según creemos  y  que conducen aparentemente  hacia Cerro Unita, por el N., y directamente hacia los campos de sembríos abandonados, por el S., nos estaría sugiriendo que la zona fue  intensamente explotada en tiempos incas y obviamente para su servicio (¿tal vez para la mina de Huantajaya, operada por el Inca?). Si así no fuera, ¿que sentido tiene - nos preguntamos-  trazar una ruta, bien delineada, amplia, perfectamente homogénea en sus dimensiones, y  con un claro rumbo N-S.?  Esta fue   obra,  sin duda, de personas clarividentes interesadas en mantener esa ruta perfectamente expedita durante todo el año.  ¿Quién sino el Inca pudo reclutar  tanta gente como para  diseñar, trazar y ejecutar ese trabajo que tiene que haber demandado años de esfuerzo  y numeroso personal de operarios a cargo para su construcción y mantención?. ¿Las comunidades aledañas?. Creemos que no. Ellas, es nuestra opinión, se contentaban - como se contentaron durante todo el período colonial y republicano- con sus sencillas huellas tradicionales o senderos de comunicación,  a través de los cerros, por donde comunicaban sus pueblos entre sí desde tiempos inmemoriales para el tráfico y el comercio  inter-aldeano.

8. Aquí,  en cambio, en este trazado rectilíneo  bien elaborado,  que observamos en medio de la pampa, expedito, limpio y totalmente libre de obstáculos, estamos ante una forma superior y diferente de  organización, administración y control del espacio, estamos, en nuestra opinión, ante una mente lúcida que supo sabiamente administrar y organizar  el  comercio  y el contacto interregional  tanto como  la mensajería a distancia  de los chasquis, en beneficio directo del centro imperial en Cuzco.  A nuestro juicio, aquí estamos hablando de otra forma de administrar el espacio -diferente de la pre-existente entre los pueblos-  con una visión fuertemente centralista, orientada hacia la capital imperial Cuzco, destino obligado de las riquezas y tributos de las provincias y  de numerosas   personas y bienes y en ocasiones ejércitos,  para el  servicio del  Qhapaq Inca, su Señor.