domingo, 30 de junio de 2024

Hace cincuenta años nació la revista universitaria de geografía titulada "Norte Grande". Un esfuerzo interdisciplinario al servicio de las regiones del Norte chileno.


Fig. 1.    Portada del primer número de la revista  "Norte Grande", del Instituto de Geografía de la Pontificia Universidad Católica de Chile, editado en el mes de Marzo, 1974.  El diseño de fondo es un dibujo a pluma del pueblo aimara de Cultane, obra del arquitecto Carlos Contreras  Alvarez (julio 1973). 

La "prehistoria" de nuestra revista.

En marzo del año 1974 un grupo de soñadores se embarcó en una empresa de proporciones insospechadas:  crear una nueva revista universitaria al alero del Instituto de Geografía de la Pontificia Universidad Católica de Chile en Santiago de Chile.  ¿Cómo se gestó esta revista?  ¿De quién fue la idea primera?. ¿Qué enfoque se decidió darle por entonces?  ¿Quiénes intervinieron directamente en esta gesta notable?. ¿Cómo se decidió su nombre: "Norte Grande" y por qué  esta denominación?. Y, por último, ¿cuál ha sido su aporte a la  cultura del Norte chileno?.

Los primeros antecedentes.

Son las preguntas que hoy nos proponemos responder, cincuenta  años después, aún a riesgo de que "la memoria nos juegue una mala pasada", pues nosotros mismos estuvimos involucrados directamente  en su enfoque, nacimiento y desarrollo. El largo tiempo transcurrido ha tronchado también la vida -y lamentablemente también el testimonio directo- de varios de sus destacados protagonistas de antaño.

Circunstancias  precursoras.

En el mes de noviembre de 1972, recientemente exonerado de la  Sede de la Universidad del Norte en Iquique por motivos políticos (1), partíamos  a Santiago con mi pequeña familia en busca de  nuevos horizontes. Mi suegro, don Victor Mardorf Becker, nos  acogió con especial cariño en su casa de calle "la Reconquista" 762.  Por sugerencia del iquiqueño Jorge Checura Jeria, mi antiguo compañero de labores en Iquique, fui a conversar con el geógrafo Hugo Bodini Cruz-Carrera, director por entonces del área de geografía en la Universidad Católica a su oficina sita en el "Campus Oriente"  de la Universidad.  Checura, en efecto, había prestado un decidido apoyo táctico durante las primeras investigaciones hechas por el Instituto de Geografía de la U.C. en la Pampa del Tamarugal en los años 1971-1972. Atraídos por la existencia de grandes extensiones visibles de antiguos campos de cultivo abandonados en la Pampa, de época indígena y colonial,  su presencia  planteaba  interesantes enigmas y reflexiones desde un punto de vista geográfico, hidrológico y aún económico. El tema seducía poderosamente tanto a geógrafos humanos como a geógrafos físicos y económicos, por su implicancia en el desarrollo futuro de la zona. Por entonces, se había  dado a conocer, hacía poco tiempo,  un antiguo Plano colonial de la "Pampa de Iluga", dibujado a mediados del siglo XVIII  por el español Antonio O´Brien, Teniente de Gobernador del  Partido de  Tarapacá  con sede en dicho pueblo. Esta extensa área de estudio era, precisamente en ese tiempo el foco principal de examen por parte del "Taller del Norte Grande", formado por Hugo Bodini en el seno del  Instituto de Geografía, para su estudio multidisciplinario

Fig. 2. Copia fiel del Plano confeccionado por don Antonio O´Brien, Teniente de Gobernador del Partido de Tarapacá, con el nombre de "Pampa Yluga" en 1765 y dibujado en el Instituto de Geografía de la Universidad Católica por el dibujante don  Francisco Sánchez  (Reproducción publicada en nuestra revista "Norte Grande", año 1974,  Vol 1, Nº 1: frente pg. 22).

Los trabajos en la denominada por Bodini "Pampa O´Brien".

El área de estos antiguos campos de cultivo en la pampa ya me era bastante familiar, pues estando yo en Iquique  el mismo Checura me había llevado varias veces a recorrerla en la camioneta de la Universidad del Norte (2). Bodini y los integrantes del equipo del taller del Norte Grande, ya habían publicado algunos trabajos sobre el área. Hugo Bodini se interesó por mi curriculum y grado académico, y después de varias consultas me ofreció un medio tiempo como profesor de Antropología en su  Instituto.  Ofrecimiento que acepté en el acto. De inmediato, también, fui invitado a formar parte del "Taller del Norte Grande". No mucho después, llegaría a ser nombrado director del Departamento de Geografía de Chile y del propio "Taller  del Norte Grande".

Nuestro aporte al "Taller del Norte Grande".

Nuestro ingreso al Instituto de Geografía de  la Universidad en marzo del año 1973, en calidad de profesor de antropología e investigador, significó, de hecho, la súbita irrupción del enfoque antropológico y etnohistórico al "Taller del Norte Grande" que con energía dirigía el geógrafo Bodini (3).  Hubo, pues, desde el inicio,  enormes coincidencias entre el planteamiento geográfico teórico-práctico de Bodini y mi interés personal de tipo antropológico y arqueológico en el estudio de dichas antiguas eras de cultivo abandonadas. Entretanto,  Bodini había logrado formar una pequeña biblioteca especializada en el tema, donde por primera vez pude yo tener acceso -entre muchas otras-  a las famosas obras del peruano Guillermo Billinghurst (1851-1915) sobre Tarapacá, sus salitreras y  sus recursos. (4).

Traía yo conmigo a Santiago una muy modesta experiencia editorial, pues en la sede de Iquique habíamos creado, con el apoyo de mis colegas, una pequeña publicación titulada pomposamente por nosotros como "Cuadernos de investigaciones históricas y antropológicas".  Más aún, habíamos audazmente iniciado, con el apoyo universitario, nada menos que un incipiente Instituto de Investigaciones Históricas y Antropológicas (5).

Mis primeras tareas en el Instituto  (1973).

Hugo Bodini nos asignó como ayudante, desde mis inicios en la U. C.  en 1973, a una joven recién titulada de geógrafa en el mismo Instituto: Pilar Cereceda Troncoso. Inquieta, activísima, además de buenamoza y jovial, deseosa de aprender todo lo que podíamos enseñarle. Nombrada "Secretaria de Actas" del flamante taller del Norte Grande, Pilar tomaba notas cuidadosas en su bien cuidada caligrafía y/o taquigrafía, -técnica que ella bien dominaba-, y nos recordaba todas la tareas que se nos había asignado a cada uno de los participantes para la semana. Una de las tareas que yo le confiara -y que ella recuerda hasta el día de hoy muy  bien-  fue copiar trozos seleccionados de textos de mis lecturas,  para ir formando un archivo  temático sobre el Norte Grande de Chile (6). En este período, yo me esforzaba por leer todo lo que encontraba a mano sobre  las regiones de Arica, Tarapacá y Antofagasta desde  el ángulo tanto  económico (explotaciones de plata, salitre o yodo), como geográfico,  histórico y cultural (7). 

Los colaboradores.

En este taller participaban activamente los colegas  Hugo Bodini, (Director del Instituto), geógrafo humano, Luis Velozo Figueroa, geógrafo físico,  Joaquín Sánchez, geólogo,  Reinaldo Rioseco, geógrafo físico, Reinaldo Börgel, geógrafo físico,  Horacio Larrain, arqueólogo y antropólogo cultural, más nuestras diligentes  ayudantes, Pilar y María Angélica. En ocasiones,  también nos acompañaron en calidad de expositores ocasionales, Hans Niemeyer, arqueólogo, Jorge Domeyko, arquitecto, Manuel Dannemann, profesor de literatura y folklorólogo, Luis Brahm Menge, educador y antropólogo social o el entomólogo y zoólogo, Luis Peña Guzmán. Así campeaba claramente el sesgo multidisciplinario que habíamos acordado dar  a la nueva  revista.

El sesgo particular de nuestra revista.

La revista tuvo en efecto y desde sus inicios, un marcado rumbo interdisciplinario, donde la geografía, la historia y la antropología constituían sus sólidos pilares de sustentación. En efecto,  el estudio de la geografía adquiere sentido pleno con la presencia del grupo humano que es el ocupante, utilizador, modificador y el mayor transformador de los paisajes geográficos. Ciertamente, no queríamos estudiar en la región de Tararapacá tan solo los aspectos físicos de una geografía regional -"ciencia descriptiva  de los lugares"-  con prescindencia de las actividades del hombre, sino, por el contrario, la estudiaríamos a sabiendas que es el hombre y su cultura  quien  altera, transforma, modifica (y no pocas veces destruye) los paisajes  naturales. Por eso, ya en el primer número de nuestra revista "Norte Grande", estampábamos en su primera página esta muy significativa nota:  "Revista de estudios integrados referente a comunidades humanas del Norte Grande de Chile en una perspectiva geográfica e histórico-cultural"  (Vol 1, Nº 1: 1). El acento estaba puesto en la comunidad humana y su habitat. Lo "cultural" hacía obvia referencia al enfoque antropológico  y lo "histórico" al rol que desempeña el devenir histórico en los cambios de la comunidad humana y  del paisaje.

Objetivos propuestos por la nueva revista.

En la "Presentación" de la nueva revista, reseñábamos claramente -y audazmente- nuestros ambiciosos  objetivos:

a)  "Recopilar, analizar y difundir materiales de estudio  que sirvan para interpretar y comprender la vida de las  comunidades antiguas y modernas";

b) "Ofrecer a las entidades estatales una base documental seria para proyectos de desarrollo";

c)  Como Taller (del Norte Grande), nuestro propósito central es estudiar, desde un punto de vista interdiciplinario, las condiciones de habitabilidad de la Pampa del Tamarugal y quebradas aledañas;

d) Queremos llegar a entender el rol de esta Pampa: sus asentamientos y sus cultivos,  en la compleja red de interacciones  entre las aldeas de la cordillera,  la depresión intermedia y la franja costera";

e)   "Esta perspectiva, basada en los aportes  de la historia, la geografía y la antropología, quiere cimentar los esfuerzos tendientes a convertir  la provincia Tarapacá en una "región geográfica" capaz de configurar por si misma un modelo propio de desarrollo regional"  (Vol. I, Nº 1, 1974: 5). 

Como se puede observar, nuestros objetivos eran de una audacia inaudita para los escasos medios con que por entonces contábamos.    

El aporte de la revista "Norte Grande" (8).

Una de nuestras primeras preocupaciones fue  conseguir la colaboración de connotados especialistas tanto en el campo de la geografía, como de la historia y la antropología. Hasta hoy, admiramos, en los primeros números de la revista, algunos trabajos de fuste como los de  Wolfgang Weischet en el área de la Geografía  (Nº 3-4), de Gabriel Martínez Soto-Aguilar (Nº 3-4) y/o  Juan van Kessel (Nº 1),  en el rubro etnográfico; el hermoso trabajo del arquitecto Carlos Contreras  sobre la arquitectura de la vivienda aimara en Cultane (Nº 1),  o la presentación como primicia, de un estudio del Plano colonial de O´Brien  de la quebrada de Tarapacá -hasta entonces inédito-, de Horacio Larrain y Ricardo Couyoumdjian, en el ámbito histórico y etnohistórico (Nº  3-4). 

La sección "Documentos". 

Una de las particuliaridades de nuestra revista, en sus primeros números, fue presentar, en una sección especial denominada "Documentos", sendos capítulos de valiosas pero muy poco conocidas descripciones de exploradores o cronistas del pasado, tanto para facilitar al lector el acceso directo a las fuentes como para corroborar con experiencias pasadas,  nuestras propias observaciones  de campo.   

Después de Hugo Bodini asumió en 1976 como directora del Instituto de Geografía de la Universidad Católica la geógrafa física y cartógrafa señorita Ana María Errázuriz Körner, quien apoyó decididamente nuestra revista así como su novedoso enfoque interdisciplinario, dándonos una gran libertad de acción (9).  

Conmemoración del Número 50 de la revista.

El día 2 enero 2012 editábamos en este mismo blog un capítulo  especial con el título de "La revista "Norte Grande conmemora la aparición de su número 50 (1974-2011)" en el que hacíamos igualmente referencia a  la exitosa  trayectoria de esta revista. A este acto conmemorativo realizado el 30 de diciembre del año 2011 en el Campus San Joaquín de la Pontificia Universidad Católica de Chile fuimos especialmente invitados con la profesora Pilar Cereceda Troncoso, ocasión en que nos tocó pronunciar unas palabras de saludo y agradecimiento. Invitamos a  nuestros lectores a releer dicho capítulo así como a meditar nuestras palabras de entonces.


Colofón.

Nostálgicos de lo que fuimos capaces de crear con escasos medios, pero con audacia y entusiasmo en el año 1974,  saludamos hoy los 50 años de la revista y sus grandes logros a través del tiempo. Por fortuna, Internet nos permite hoy consultar, con gran facilidad y rapidez, aquellos artículos de antaño con sabor y aroma a tiempos pasados. 

Con el poeta romano Ovidio podríamos hoy exclamar con pleno derecho: "Factum abiit, monumenta manent""El hecho pasa..., pero quedan los monumentos".  (Ovidio, "Fasti", 475).  "El suceso histórico como tal ya es cosa añeja, del pasado, pero  permanecen hasta hoy sus monumentos (obras)". Para nosotros y los miles de lectores de esos trabajos pioneros, muchos de sus primeros artículos han sido  inspiradores y/o  francamente innovadores. 

 

Notas.

(1)  En nuestro blog https://eco-antropologia.blogspot.com del 30 de abril del año 2023, hemos editado un capítulo con el título de "La increíble y apasionante historia del Meteorito caído en la región de Taltal: un capítulo ignorado del Museo Regional de Iquique."  Ahí se hace referencia en detalle a nuestra breve permanencia y actividad en la sede de Iquique de la Universidad del Norte  (marzo 1972-Noviembre 1972). 

(2)  En efecto, en el número 2 del "Boletín Informativo" del Museo de  la Sede de Iquique se reseña nuestro interés por profundizar en el estudio geográfico y arqueológico de dicha área de campos de cultivo antiguos. Anotábamos entonces: "dos son las tareas a que nuestro Instituto se abocará en lo meses que restan del año (agosto, 1972): la investigación arqueológico-histórica en la pampa del Tamarugal que se iniciará con una prospección superficial de los restos culturales mediante una  cuadriculación y cuantificación de elementos" (Agosto 1972: 8). 

Jorge Checura tuvo conocimiento y nos mostró una copia, bastante deficiente, del Plano de O` Brien de 1765, publicada en un periódico de la ciudad de Iquique. Documento que ya fue conocido por don Guillermo Billingshurst y comentado en su obra: "Estudio sobre la geografía de Tarapacá" (1880). Es mérito personal de Checura el haber realizado numerosas prospecciones de sitios, en busca de la huidiza ubicación del topónimo "Yluga" empleado por O`Brien. Checura ubicó antiguos canales, acequias y chacras de riego procedentes de los derrames de agua de las quebradas de Aroma y Tarapacá, en épocas de crecidas. El me condujo un día, a mediados de 1972, y me mostró un conjunto de unos 30-35 montículos claramente artificiales, construidos por los antiguos agricultores procedentes de las quebradas aledañas para protegerse de la inundación. Allí, en su cima, levantaron los antiguos rústicas cabañas de cañaveral cuyas trazas (cimientos) pudimos observar junto a fragmentos cerámicos  inca y  de las culturas de Arica (Pocoma y Gentilar). ¿Habrá sido este preciso lugar el sitio huidizo de la aldea de "Yluga" referida por O´Brien?.  Tal vez.  En nuestro trabajo titulado: "Antecedentes históricos para la reutilización de suelos agrícolas en la Pampa del Tamarugal, Provincia de Tarapacá,  Chile" (en revista  "Norte Grande", Nº 1,   9-22) , analizamos en detalle los aportes de Lautaro Núñez, Hugo Bodini y su grupo de estudios del Taller del Norte Grande de  la U. Católica en esos años (1971-73).  

(3)    Al comparar la producción de trabajos del "Taller del Norte Grande", obra de Hugo Bodini,  Jean Pierre Bergoing o  Luis Velozo, entre los años 1971 y 1973, se palpa de inmediato la  enorme diferencia  con el contenido y enfoque de la  nueva revista "Norte Grande".  La "irrupción" del enfoque  etnohistórico y  antropológico se hace evidente como acompañante obligado  del enfoque geográfico-físico tradicional. 

(4)   Entre las obras de don Guillermo Billingshurst  relativas a Tarapacá que entonces nos sirvieron de referencia obligada, destacan: "Estudio sobre la geografía de Tarapacá (páginas de un libro)". Trabajo escrito para el Ateneo de Iquique, Santiago, Imprenta de "El Progreso", 1880 y "El abastecimiento de agua potable del puerto de Iquique", 1888,  en Trabajos y antecedentes presentados al gobierno de Chile por la Comisión Consultiva del Norte, recopilados por encargo del Ministerio del Interior, (Manuel Salas Lavaquí, recopilador).Imprenta Cervantes, Santiago de Chile.

(5)  Alcanzamos a publicar dos números  de estos  modestísimos "Cuadernos...",  en Julio y Septiembre 1972 respectivamente, con breves artículos nuestros y noticias del Museo.  Igualmente, editamos dos números del "Boletín Informativo" del Centro Universitario de Iquique, cuya finalidad fue mantener informada a la ciudadanía iquiqueña sobre los trabajos, expediciones y adquisiciones de nuestro  pequeño museo. Recuerdo que invitamos al historiador  don Oscar Bermúdez (1904-1983) a formar parte de nuestro equipo. En un primer momento, Bermúdez se entusiasmó con la idea, pero, luego no se atrevió a dar ese paso que significaba para él dejar su casa de Antofagasta y las facilidades que el Centro de Documentación de la Universidad del Norte gratuitamente le ofrecía en Antofagasta. 

(6)   Con frecuencia, -lo recuerdo bien- acudía yo a la biblioteca y mapoteca de la biblioteca nacional de Chile en Santiago, en busca de  información. Aquí tuve la oportunidad de consultar una copia valiosa del  Plano del Tamarugal del sevillano Antonio  O´Brien más otros documentos contemporáneos.

(7)  En aquellos años en que no existía ni Internet ni Google como instrumentos de búsqueda,  cada investigador se hacía sus propios ficheros donde acumulaba los datos que consideraba de posible  interés para investigar en su  campo de  estudio. Tanto Pilar, como María Angélica Apey, también geógrafa, nuestra segunda ayudante, escribieron,  de su puño y letra, centenares de fichas para consulta.  Este fichero nuestro, hoy en el Museo de Historia Natural de Santiago, fue creciendo con el tiempo y llegó a albergar decenas de miles de datos. Fichero que, años más tarde, me sería de utilísima herramienta en la redacción de mis artículos y libros.  La bibliografía anexa a mis primeros trabajos en la revista "Norte Grande", es ilustrativa de  las extensas lecturas nuestras  de aquellos años.

(8)  La revista en sus primeros números, fue editada en  los talleres del Instituto Geográfico Militar y tuvo un enorme éxito entre los investigadores del Norte Grande del país. Y aún hoy día sus artículos son frecuentemente citados por los estudiosos. A partir del número 8  (año 1981), la revista cambió radicalmente de giro, concentrándose en el ámbito de lo estrictamente geográfico y abandonando su enfoque interdisciplinario en el estudio del modo de  habitar humano. Pasó a denominarse, en la época transicional de su director Ricardo Riesco Jaramillo, como "Revista de Geografía Norte Grande". Con ello, se quiso acentuar su carácter puramente geográfico ¿Fue este cambio  algo positivo  para la revista y sus lectores?. ¿Ganó con ello la geografía?. Francamente lo dudamos. Dejemos este tema y su examen abierto al escrutinio de los futuros investigadores.  Tal cambio radical y drástico, coincidió con la salida forzada del Instituto de Geografía, bajo el gobierno militar,  de todos los profesores que no éramos geógrafos a mediados del año 1980. El argumento entonces esgrimido fue el de  "una urgente reducción presupuestaria". Con el nombre de "Revista de Geografía Norte Grande", ha llegado a editar hasta hoy ( junio, 2024),  87 números  y aparece tres veces al año.   



 


martes, 25 de junio de 2024

El asentamiento pastoril aimara de Mosquito de Oro en 1973: observaciones hechas in situ en nuestra visita.

 

Dedicatoria.

Dedicamos este trabajo con especial afecto a los  pobladores  aimaras de Lirima, cuyos ancestros  nos atendieron con especial deferencia y afecto, durante nuestras investigaciones en el mes de julio de 1973.   


Antecedentes

En dos capítulos anteriores de este mismo Blog nos hemos referido a nuestras observaciones etnográficas hechas en el lugar en el mes de junio del año 1973 (1). De esto hace ya algo más de cincuenta años (2). La ocasión se dio en el viaje hecho con el sacerdote holandés Juan van Kessel a la celebración de la fiesta patronal de San Santiago, en el pueblo-santuario de Cultane por parte de los lirimeños (3).   Gracias a  las notas tomadas en nuestro diario de campo de la  época (Volumen VI, pp. 10-15),  nos es posible reeditar hoy con fidelidad el aspecto físico-geográfico que ofrecía por entonces la estancia pastoril  aimara de Mosquito de Oro  (4).  Su minuciosa descripción será el objeto específico de este capítulo nuestro.

Los ocupantess de la vivienda pastoril (Vea Fig. 2)  eran don Marcelino Vilca y su esposa doña Paulina Ticuna. En mi recorrido por  el área, me intrigó la presencia de varios corrales, algunos ya en ruinas, en los alrededores de las viviendas. Más aún, la presencia de algunas viviendas más antiguas, igualmente en ruinas, tal como se muestra en nuestra Figura 1. Me pregunté por qué había tantas viviendas distintas, en un mismo e idéntico lugar, unas actualmente en uso y varias otras hace ya mucho tiempo abandonadas.

¿Por qué se ve hoy varios asentamientos, al parecer independientes?.

 La respuesta a este interrogante se encuentra, a lo que creemos, en el propio relato de mi Diario de Campo. En efecto, señalo en una Nota marginal  de la Fig 1, lo siguiente: "se ven  4 asentamientos (¡en realidad, son cinco!). Uno solo ocupado hoy por la gente de Lirima. Antes venía gente con ganado de Cancosa y Sibaya, (pueblos) que hoy no tienen ganado. Señal (para mí) de despoblamiento paulatino" (....). (Ver "Diario" H.L. vol. VI: 3).  

En otras palabras, a mi entender, esto querría decir que con anterioridad a la llegada de la gente de Lirima al lugar, fueron familias de pastores de Cancosa y Sibaya los probables constructores de los 4 asentamientos más antiguos,  hoy día en ruinas. Lo que en buen romance vendría  a explicar que este lugar de pastoreo nunca fue pertenencia propia y particular de un solo pueblo, sino era (o había sido) un punto compartido de pernoctación y breve permanencia de los pastores y ganados de varios pueblos andinos como parte del frecuente circuito trashumántico anual Este-Weste, (entre las aldeas de Cancosa por el E. y Pachica, por el W.), siguiendo  la presencia de sectores de pastos  aptos, apetecibles,  para su ganado (5) .

Carta geográfica que muestra el sitio de pastoreo  de Mosquito de Oro.

Fig.  1.  Fragmento de un plano que muestra la localización de Mosquito de Oro, sobre el estero Paurimani, afluente  de la quebrada de Tarapacá. Tomado del plano del arquitecto Carlos Contreras en su trabajo titulado: "Arquitectura y elementos constructivos entre los pastores de la pampa de Lirima, provincia de Tarapacá", en revista Norte Grande, Nº 1: frente pg. 32).   

Elementos constructivos en Mosquito de Oro.

Aquí cada asentamiento cuenta con su respectivo corral anexo, tal  como se puede observar claramente en nuestra Figura 1.   ¿Hubo tal vez allí en Mosquito de Oro presencia simultánea de dos o tres rebaños, de gente de pueblos diferentes (Lirima, Cancosa, Sibaya)?. No lo creemos,  pues se habría prestado para rencillas y altercados entre los pastores, ávidos de reservar para sí  los mejores pastos para sus animales. Si nos fijamos bien, las viviendas y corrales se hallan en las proximidades del arroyito que recorre todo  el lugar, y que durante mi permanencia a fines de julio 1973 estaba parcialmente helado y semi cubierto de nieve. Tomé por entonces varias fotografías del lugar, las que lamentablemente no he hallado en mis archivos. Tan solo he hallado como prueba de lo dicho un listado de 14 fotos tomadas por mí en dicha ocasión con su respectiva explicación .  (Cf. Diario Nº VI: 1).

Los corrales grandes, eran destinados a albergar el ganado de llamas y alpacas, los más pequeños -más  inmediatos a sus viviendas- estaban destinados al encierro de sus burros de carga y monta. Recordemos aquí que los asnos o burros eran, además de utilísimas bestias de carga, la única cabalgadura disponible y  apropiada para las zonas altas, frías, donde los caballos no resisten. 

Viejas y sangrientas disputas.

Se conserva, sin embargo, en la memoria de los más  ancianos el recuerdo de viejas disputas entre pastores de las aldeas de Cancosa y Lirima, con resultado de varias muertes, en la década de los años 30 del pasado siglo (¿hacia 1935-38?), disputas  seguramente motivadas por la apropiación y uso de los mejores sitios de pastoreo, y cuyo resultado de muertes nunca fue aclarado por la justicia chilena. Es lo que yo escuché sotto voce en esos días de  labios de  una de las señoras. Tema tabú que los mayores de la comunidad evitaban comentar. 

En este lamentable hecho de sangre, sin duda, se puede encontrar -al menos en parte- el origen histórico de las profundas desaveniencias entre los habitantes andinos de Lirima y Cancosa, que perduran hasta el día de hoy. Distanciamiento y recelo que, a partir de la conversión masiva de Cancosa a la religión pentecostal, ha ido en incremento. Lirima, en cambio,  ha mantenido su fidelidad a la iglesia católica, sus pastores y sus prácticas ceremoniales antiguas gracias a la actividad pastoral de sacerdotes como Juan van Kessel, Pablo Diercks  o Argimiro Aláez García.


Imágenes de la estancia pastoril de Mosquito de Oro

Fig. 2.  Plano general de la estancia de Mosquito de Oro  dibujado por nosotros in situ el 22/07/1973. Se puede observar la presencia de cinco asentamientos humanos diferentes, cada uno de los cuales presenta una vivienda y sus corrales anexos. El estado ruinoso de algunas de ellas, delata a todas luces una mayor antigüedad. Probablemente, de solo unos decenios (Diario H.L: Vol. VI:  3). 

 
Fig. 3.  Vivienda de don Marcelino Vilca el patriarca y su familia  (Diario H. L. Nº VI:  12).

Fig. 4.  Asentamiento Nº 1:  corrales de uso reciente. El corral grande se  muestra al medio de la figura. El corral más pequeño es para las crías nuevas y/ o los burros  de carga y monta. (Diario H.L. Nº VI:  10).

Fig. 5.  El fogón en el exterior de la vivienda de don Marcelino Vilca.


Fig. 6.      Planta de la vivienda de don Marcelino Vilca, detalles.


Descripción general nuestra.

En mi Diario de Campo de entonces (Vol VI: 15),  redacté  unas breves notas explicativas luego de dibujar las figuras de las viviendas y corrales cuya fotos mostramos más arriba  (Figs. 3 a 6). Las transcribo a continuación pues constituyen un fuerte apoyo descriptivo a  las figuras mismas.

"Observaciones:

a)  Los corrales se construyen siempre de piedras no labradas, superpuestas, sin barro entre medio (a diferencia de las casas),
b) La orientación de puertas y ventanas no es fija, mientras las de la casa actual de don Marcelino miran al Este (Fig.6),  las del Asentamiento (As.) 5, miran al SE.
b) Viento observado: (viene) del poniente.
c)  Casa del asentamiento 5: sin ventanas: solo una puerta. La cocina: algo derruidos sus muros.. También parece que no tuvo ventanas. La construcción de la casa se ve más cuidada que la cocina (con muros más parejos). Ambas, con mezcla de barro, pero ninguna de ellas fue enlucida de barro, ni por dentro, ni por fuera.
d)  Encontré pocos fragmentos de cerámica bien cocida, con engobe rojo, en las proximidades del Asentamiento 5. Casi no los hay, en cambio, en el  Asentamiento Nº 1 (casa actual de don Marcelino Vilca). (In Diario nuestro Nº VI: 15). (6).

Notas

(1)  Nuestros dos capítulos anteriores referidos al lugar Mosquito de Oro son: 

a) "Mosquito de Oro: un asentamiento pastoril aymara en la cordillera de Tarapacá: conviviendo con los llamos y sus pastores en el mes de julio de 1973",  editado el 12/05/2023.

b)  "Descripción del carneo de un llamo para la festividad de San Santiago. Observaciones hechas en la estancia pastoril de Mosquito de Oro en julio 1973", editado el 23/05/2023.

Con este capítulo, completamos la trilogía dedicada al estudio etnográfico del asentamiento pastoril de Mosquito de Oro en la región de Tarapacá.

(2)  Este viaje a Mosquito de Oro en el invierno del año 1973 fue parte de la expedición organizada por las familias aimaras de la pampa de Lirima a su pueblo-santuario de Cultane con motivo de su fiestas patronal: San Santiago, a la que fuimos invitados los integrantes del grupo de estudio de la quebrada de Tarapacá, dirigido entonces por el geógrafo Hugo Bodini. Sobre la investigación geográfica y demográfica realizada por nosotros previamente en  el pueblo de Coscaya, remitimos al lector al capítulo de nuestro  Blog titulado: "El pueblo de Coscaya en julio del año 1973: una investigación demográfica olvidada (o traspapelada)". editado el 18 d septiembre del año 2011.   

 Al enfermarme  yo y caer víctima de la "puna", me tuve quedar obligadamente unos días recuperándome  en esta estancia de pastores al cuidado de doña Vicenta Ticuna y algunos de sus hijos pequeños. 

(3)  El sacerdote oficiante de la fiesta el holandés Juan van Kessel, nos acompañaba. En esos años, van Kessel estaba a cargo de la extensa parroquia católica de Tarapacá. Mosquito de Oro se alza a los 3.700 m de altitud y Cultane a los 3.850 m.   

(4)  El nombre de "Mosquito de Oro" de esta pequeña estancia  no figura en el excelente "Diccionario Jeográfico de Chile" de Luis Riso Patrón, 1924. En cambio, sí aparece el nombre del cercano  pueblo de Cultane, con la siguiente descripción:  "(aldea) de corto caserío, con cultivos de alfalfa, habitada por indíjenas que se dedican a la cría de ganado vacuno (sic!).   Se encuentra en la margen E de la quebrada del mismo nombre, hacia el SW de la cumbre de la misma denominación" (Riso Patrón, 1924: 276). Yerra claramente aquí por lo demás el erudito geógrafo don Luis Riso Patrón, al atribuir a los aimaras la cría de "ganado vacuno" en esta zona. Se trata, ciertamente, no de vacunos, sino de camélidos americanos o auquénidos (llamas y alpacas). Los vacunos -es bien sabido en la zona- no resisten el crudo clima altiplánico. y solo se les puede ver, en escaso número,  en los sectores más bajos de la quebrada de Tarapacá, dotados de un clima mucho más apacible.

(5)  En esta carta geográfica se puede observar el lugar de pastoreo de Mosquito de Oro situado en el transecto Este-Weste del circuito transhumántico anual de los pastores lirimeños. Obra del arquitecto Carlos Contreras y publicado en la revista Norte Grande, Nº 1, 1974: 25-32)

(6) Es interesante constatar la gran diferencia observada en la presencia de fragmentos cerámicos hallados en torno a las distintas viviendas. Las viviendas más antiguas (ya derruidas) presentan mucho más fragmenteria cerámica dispersa que las más recientes. La razón es obvia. La introducción de las vasijas y contenedores de loza ("v.gr. "Loza Penco", en Chile) a partir de los años  1930-35 viene a sustituir, poco a poco, el empleo tradicional de la cerámica confeccionada en greda (pucos,virques, callana, etc) . Más tarde aún, a partir de los años  1962-63 será el arribo de la utilería de cocina y comedor confeccionada en plástico (polietileno, polipropileno, policarbonato). Lentamente, el empleo de la loza y luego del plástico llegó a sustituir el uso de la greda en la confección de artefactos de cocina (ollas, contenedores, botellas, etc.). Notemos, a este propósito, que las Salitreras de la Pampa del Tamarugal, especialmente las inglesas y alemanas,  con las cuales las aldeas de la precordillera y cordillera estaban en frecuente contacto económico, traían de Europa  a sus  "Pulperías"  toda  esta moderna parafernalia de artefactos culinarios, hechos en baquelita, loza o plástico incipiente. Actividad de intercambio que cesa a fines de la década del 1920 y comienzos de 1930 debido al cierre paulatino -e irreversible- de las Oficinas Salitreras de la pampa. La invasión del plástico, en sus diversas formas y usos, vino a acabar definitivamente con  la elaboración de cerámica  en  los pueblos tarapaqueños (Macaya, Sibaya). 





































domingo, 26 de mayo de 2024

Descripción de dos curiosos objetos ceremoniales aimaras de época colonial tardía, procedentes de Isluga,altiplano de Tarapacá.

 Hurgando en el origen de los dos objetos aqui descritos.

Durante nuestra permanencia en la ciudad de Iquique (entre los años  1993 y 2017) con Marta mi compañera de vida  solíamos visitar semanalmente el mercado donde nos abastecíamos de todo:  alimentos, ropa, utensilios y mobiliario o herramientas las más variadas. Uno de los puestos de venta era arrendado por un conocido anticuario iquiqueño, el señor Maldonado, que nos atrajo poderosamente desde el primer momento. ¿Razón?  Exponía en su pequeño  y abarrotado  puesto de ventas, los más variados objetos provenientes de los pueblos indígenas del interior de Tarapacá,  o de las ruinas de las antiguas salitreras, largo tiempo ya desmanteladas.  Maldonado -según el mismo nos confesara- solía visitar periódicamente los diferentes pueblos indígenas del interior, para comprar a los pobladores objetos o reliquias de tiempos antiguos, que sus dueños conservaban aún  -ya sin uso práctico-  en algún rincón de su vivienda.  Además de algún mueble o escritorio en exposición, nos atrajeron ciertos objetos artesanales indígenas que para nosotros tenían un especial  valor. 

Recuerdo bien  dos objetos que en distintas ocasiones  finalmente le compramos, después de regatear largamente su precio. Los dos tenían especial significación para nosotros desde un punto de vista antropológico y/o etnohistórico.  Hasta hoy, los conservamos con especial cuidado y esmero por su valor intrínseco o simbólico.

Como estos objetos pronto irán  a formar parte  de las colecciones del Museo de Historia Natural de la ciudad de Santiago (Chile) (1), he creido pertinente describirlos aquí y ofrecer  su historial y sus respectivas imágenes para que no se esfume el recuerdo del  lugar y circunstancias concretas de su adquisición.


Una vasija ceremonial aimara.

Es bien sabido que en las celebraciones de los pueblos aimaras y quechuas, la chicha de maíz  jugaba y aún juega un importante rol. En sus fiestas patronales donde celebran el aniversario de sus Santos protectores católicos, o en sus ritos tradicionales (como  la Limpia de Canales,  el Inti raymi o Machaq mara)  la chicha de maíz era -y aún es hoy día- un elemento que nunca puede faltar y que era laboriosamente preparada, con semanas de anticipación, por las mujeres del pueblo.  Para conservar la chicha elaborada en casa, los aymaras -al igual que los quechuas- utilizaban unas grandes tinajas de greda cocida. Los aimaras las llamaban <makhma>  o   <virkhui > . Los quechuas, igualmente, macma (<maqma>) (2).

Los aimaras poseían diferentes tipos de vasijas hechos en cerámica (greda) y había, especialmente en la cercana Bolivia, algunos pueblos alfareros donde tradicionalmente se las fabricaba.  En la zona  aimara chilena de Tarapacá, solo hemos detectado históricamente -hasta ahora-  la existencia de un solo pueblo, Macaya,  donde se fabricó por parte de don Antonio Cáceres y sus hijos,  cerámica casera en piezas de tamaño pequeño  (jarras, ollitas, pucos...)  hasta aproximadamente los años 1980-90. De ello fui testigo presencial en mi visita a Macaya efectuada en febrero del año 1980  con mi amigo Eduardo Monreal. Don Antonio estaba cociendo algunas piezas cundo lo visitamos y fuimos testigos directos de lo primitivo de sus procedimientos e instalaciones.

 Las familias aimaras del altiplano y pre-cordillera andina chilena solían surtirse de cerámica culinaria a través del contacto asiduo con los pueblos bolivianos próximos. En ocasiones, eran los mismos herbolarios y curanderos callahuayas quienes traíande Bolivia, además de sus propias medicinas, objetos de cerámica para la venta.    

De los objetos señalados, voy a referirme, en primer lugar a una gran vasija ceremonial destinada a contener  chicha. Después,  describiré  el  bastón o insignia de mando de los jilacatas o alcaldes de los pueblos de indios conocido como "varayoc" (3) en lengua quechua. Ambos objetos, según Maldonado, procederían del pueblo de Isluga, en el altiplano tarapaqueño.

Recuerdo haber preguntado al señor Maldonado  sobre las posibles  razones por las cuales los indígenas aymaras de los pueblos andinos se desprendían, sin mayor pena o dolor, de  estos objetos antiguos. Me intrigó bastante su respuesta:  "es que ahora son Pentecostales", me dijo. "Sus pastores les prohiben tomar parte en sus antiguas fiestas y ritos religiosos propias del culto católico tradicional.  Ahora estos objetos han pasado a ser para ellos  -al decir de sus pastores-  cosas del demonio". Nos confidenció también  Maldonado  que los pueblos de donde proceden la gran mayoría de los objetos antiguos  usados en sus ceremonias tradicionales y que hoy son puestos a la venta,  eran Isluga y Quebe.  

Efectivamente, según me relatara un día el padre  Pablo Dierckx (4), sacerdote de la Orden de San Francisco en Iquique, y párroco por entonces del poblado de Colchane, estos dos pueblos cristianos fueron convertidos en gran parte a la Iglesia Pentecostal por la predicación de un famoso pastor evangélico de nombre  Braulio Mamani Amaro (1921-2015) en la década de los años 60 ó 70 del pasado siglo. Por ello, algunas de sus antiguas iglesias coloniales  lucen hoy en completo abandono y alguna que otra, como nos consta, ha llegado  ser usada como abrigo y refugio para sus animales, como en el triste caso de la  antigua capilla colonial de Carahuano. 

Como su pastor les inculcaba en su templo que todos estos recuerdos de antiguos ritos y ceremonias eran "cosas del demonio", lo mejor era desprenderse de ellos y si obtenían dinero con su venta, tanto mejor.  De  este modo, llegaron estos objetos, como muchos otros,  a poder del anticuario Maldonado en Iquique.

1. La tinaja para chicha: descripción y fotos.

Fig. 1. Gran tinaja para la conservación de la chicha. (Foto H. Larrain, mayo 2024).

                                

Fig. 2.   Dos pequeños mamelones en torno a la  boca de la tinaja  (Foto H. Larrain, mayo 2024).

Medidas.

alto:  59,70 cm   

diámetro máximo externo (sección panza): aprox. 44,1 cm

diámetro boca (interno):  11.0 - 11.5 cm (algo irregular)

diámetro boca (externo): 16.2-16.9 cm (algo irregular)

diámetro boca más mamelones del  borde: 18.8 cm

diámetro cuello (externo):  aprox. 13,5 cm

largo mamelones (opuestos,  sector boca):  1.0 - 1.03 cm 

ancho mamelones:  1.0 - a 1.03 cm

diámetro de la base (irregular):  aprox. 13.0 cm

Dos asas, situadas a medio cuerpo, equidistantes; miden  6.0 cm (en su base) y 3,6 cm (parte protuberante externa).

Peso total: 11,230 kg.

Capacidad:  (?). No hemos querido intentar medir su capacidad en litros  por observarse una trizadura en su parte media (panza), la que abarca no menos de  36-38 cm. Indicio cierto de futura quebradura que debemos evitar. A ojo, me atrevería a decir que su capacidad ronda los 45-50 litros como mínimo.

Caracterización de su superficie exterior.

La vasija presenta exteriormente un bruñido burdo y un engobe sencillo color café oscuro terroso, con una superficie claramente irregular. Daría la impresión de no haber sido confeccionada mediante el uso de un buen torno de alfarero. Su aspecto exterior, por efecto del intenso uso, muestra algunas zonas más oscuras, ennegrecidas (sucias). No muestra marca o letra alguna que denote  pertenencia a algún pueblo o comunidad  determinada. A pesar del escaso diámetro de  su base (13.0 cm), ésta permite que el ceramio se sostenga bastante bien en pie. Pero su notable  pequeñez nos sugiere claramente que eran probablemente enterrados unos poco centímetros en el piso de tierra de sus viviendas para asegurar su plena estabilidad al  estar llenos de líquido.     


2. El bastón de mando (<varayoc>) de la autoridad aymara.

El bastón de mando, <varayuc> en lengua quechua o <santurei> (forma aimarizada por "santo-rey") era la insignia de mando otorgada por las autoridades españolas a los alcaldes indígenas de los ayllus o a los mallkus  durante el Coloniaje, tanto en el ámbito quechua como en el aimara.  ¿Cuál es su origen? ¿Existe alguna constancia,   de que esta insignia de mando haya tenido algún origen o precedente indígena? . ¿O se trataría, más bien  de una introducción hispana más en el tejido social  y cultural indígena?.

Con estas dudas iniciales, decidimos consultar  sobre este objeto  específico  y su denominación como <varayoc> al versado linguista peruano Rodolfo  Cerrón Palomino, quien nos  comenta en su carta-respuesta:

"Fue un placer recibir tu mensaje y con él las preguntas que me haces. Sobre la primera, que es la estrictamente lingüística, y que me resulta fácil de responder, es que <varayoc> se analiza como /bara-yuq/ 'el que tiene vara (bastón de mando'), o sea la autoridad mayor indígena de las comunidades, llamado en castellano "alcalde de vara". Tú has identificado el núcleo de la expresión, y yo solo quisiera agregar que no se podía decir /wara-yuq/, que habría sido la forma nativizada original, pues se creaba una duplicidad u homofonía intolerable, ya que /wara-yuq/ se interpretaría inmediatamente como 'el que tiene huara', es decir pantaloneta. Así, pues, el sufijo quechua -yuq tiene valor posesivo, y yo lo llamo 'adjudicador'. La palabra, que es institucional andina moderna, es de origen quechua y no aimara. Ahora bien, en cuanto a documentación, sí que estoy perdido, y haces bien en preguntarme si conozco a un buen etnógrafo o a un buen historiador del mundo andino a quien puedas referirte para indagar sobre su creación, y aquí te puedo decir que no, pues mis mejores contactos ya son muertos, y no tengo la dirección de otros conocidos. De todos modos, no la hubieras encontrado en Guaman Poma, ni en la bibliografía temprana colonial (vocabularios y crónicas), ya que el término me parece que tiene origen, si no finicolonial (si puedo emplear esta expresión) o republicano. En tu país debe haber gente que conoce el asunto. ¿Por qué no se lo preguntas a tu paisano José Luis Martínez...? (Carta al suscrito, 12 de mayo, 2024;  énfasis nuestro).


En una segunda carta suya nos confirma:

"Gracias, amigo Horacio, por pasarme el comentario que hace José Luis Martínez sobre la institución del <varayuq>. Lo que en realidad quisiéramos saber es desde cuándo se emplea el nombre híbrido, ya que no está en los documentos clásicos de la temprana colonia. La expresión se ha lexicalizado (5) a tal punto que los historiadores criollos, al describir una foto con el alcalde de vara, nos dicen que allí aparece el alcalde de vara con su varayoc: pura tautología ("el alcalde vara con su alcalde de vara"!). Habrá que indagar sobre el tema en algún momento. Un gran abrazo, Rodolfo". (carta al autor del 27/04/2024).

Por consejo del propio Cerrón-Palomino, escribí después al etnohistoriador chileno José Luis Martínez con el fin de recabar más antecedentes sobre su empleo en la Colonia.  Copio su valiosa respuesta a continuación.


Opinión del etnohistoriador  José Luis Martínez Cereceda


  "...Estuve revisando otros materiales para poder responderle.  Ud. me pregunta por varios temas.  A ver si los puedo responder adecuadamente.

a) parto por las varas.  Efectivamente, la introducción de la "vara de alcalde" o alcalde vara, es colonial.  Se impuso, sobre todo, durante los procesos de reducción de las comunidades indígenas a los pueblos de indios, proceso iniciado a partir de los años 1550s pero impulsado con mucha fuerza por el virrey Toledo a partir de 1570.  Recuerdo haber leído algunos padrones de reducción de esa época y señalaban la designación de alcaldes y la entrega de varas como símbolo de su autoridad.  En la España medieval, la figura del alcalde de un pueblo ("El mejor alcalde, el rey") era la institucionalidad de administración indirecta sobre los habitantes, modelo que se reprodujo también acá.  La tesis doctoral de José María Arguedas, recientemente editada, trata de ese proceso y sus consecuencias en las comunidades andinas contemporáneas (Las comunidades de España y el Perú).  En muchos casos, la agencia indígena local llenó las varas de otras simbologías, tales como la inclusión de una bola representando el mundo imperial o la cristiandad; en otras con cruces cristianas, etc.  Pero las varas también existían desde tiempos precolombinos, usadas igualmente por sus autoridades.  Son muy conocidos los bastones de la costa centro norte de Perú, usados por moches, chimúes y lambayeques (son bastones largos con la figura de una divinidad, usualmente Ai-apaec, en madera con incrustaciones de conchas y piedras semipreciosas.  Y también los incas tenían el yauri, una vara corta, que aparece dibujada y pintada en las crónicas de Martín de Murúa (la de 1596) y en Guamán Poma.  Personalmente he visto varios bastones costeños, pero nunca un yauri, de modo que no me atrevo a describirlo.

b) Sobre la función de las varas, hay varias.  La principal desde el punto de vista español colonial, es la de ser un emblema de la autoridad que se va pasando de alcalde en alcalde al ser rotativo el cargo; la inclusión de significantes religiosos católicos ponía asimismo los rituales y ceremonias bajo la advocación o el control  de esta religión.  Pero sus usos se fueron ampliando.  Frank Salomon tiene un muy buen libro de etnografía sobre las varas del pueblo de Tupicocha, en la sierra central peruana.  Allí las varas, de distintos tamaños y con diseños propios, son usadas y presentadas en común para denotar los rangos de las autoridades y una estructura de poder social y simbólico.  Lo interesante es que sus signos, de acuerdo a Salomon, conforman un sistema semasiográfico, es decir, comunicativo de signos no alfabéticos.  En muchas ocasiones he visto que las varas "son" la autoridad, se ponen en las iglesias antes de los cambios de autoridades, son "cargadas" y una autoridad no puede ejercer sin tenerlas consigo.  En ese sentido, no son un emblema solamente, sino un objeto con poder propio.

c) No soy un especialista en varas, aunque he visto muchas tanto en contextos cotidianos como rituales.  Creo que todas las que he visto tienen algunos elementos en común que extraño en la que Ud. me muestra.  Tienen un cabezal, que puede o no tener un objeto tridimensional en su extremo superior (una cruz, un globo), el cuerpo mismo de la vara, que usualmente tienen bandas horizontales de plata u otro metal, y una punta, puesto que muchas veces se ponen de pie, apoyadas en el suelo o en una pared, o entre los brazos y piernas de sus portadores.  La de Isluga,(que Ud me muestra en foto)  totalmente de plata, tiene un extremo superior simple, y, lo que más me extraña es la terminación del otro extremo, en el que parece haber una especie de ojal por el que pasar una cuerda o algo similar.  Sería más bien un objeto para ser colgado que puesto o transportado por una autoridad.  Pero nada de eso es determinante, por supuesto; las variedades creativas y agenciadas de las comunidades son infinitas". (carta del investigador al suscrito de 15 de mayo 2024;   énfasis nuestro al texto).



En suma, de esos antecedentes creemos poder  concluir:


a)  que hubo ciertamente un claro precedente inca (un tipo de bastón como signo de autoridad en su comunidad) que sirvió de base para la elaboración y concesión del <varayuc>  como insignia de mando en una comunidad indígena en la época colonial. Una de las representaciones de Guamán Poma en su obra de 1616 lo ilustraría,  según nos comunica en su carta el etnohistoriador chileno José Luis Martínez.


b)  Que esta vara o bastón de mando solía incluir  diferentes símbolos representativos del poder en una comunidad dada, simbología que no estaba especialmente reglamentada y que, por tanto, quedaba al arbitrio del  mallku o jilacata respectivo (6).


c)   Que no disponemos aún de antecedentes  seguros para concluir sobre la época probable de la adopción del término híbrido hispano-quechua <varayuq>, término que no figura en ninguno de los Vocabularios coloniales de los siglos XVI y XVII (ni en lengua quechua, ni  aimara). Cerrón Palomino sospecha que este término podría ser de uso "fini-colonial", es decir de los finales de la época colonial. 


d) Martínez Cereceda nos confirma  que este tipo de varas, como símbolo  autoridad en los pueblos indígenas, probablemente  podría datar desde la época del Virrey Toledo  (hacia 1570).


d) que también fueron denominados comúnmente  como <santurei> (tèrmino aimarizado de "Santo Rey")  en muchas comunidades aimaras  en los que se  representaba físicamente la concesión de un mando colonial, otorgado por la autoridad del rey de España.


e) que  el origen "sacro" de estas insignias de mando exigía, por consiguiente,  que fueran guardadas y protegidas en las iglesias, no en las viviendas de los  mallkus o jilacatas


f)  En cuanto  al aspecto externo de nuestro <varayoc> -lo que llama especialmente la atención de José Luis Martínez- podríamos, tal vez, sospechar que  haya sido  objeto de alguna modificación posterior, al pasar a manos de su último dueño.   


                                       

Fig. 3. Imagen de nuestro <varayoc> procedente del pueblo de Isluga. (foto H. Larrain, mayo 2024).

                        

Fig.  4. Otra toma de la misma vara de mando aimara (Foto H. Larrain, mayo 2024).



Descripción de la pieza.


a) Nuestra vara o bastón de mando colonial aimara, confeccionada en madera,  mide 46,5  cm de largo, con un dm medio de  unos 2.05 cm  y ha sido cuidadosamente forrada con 9 láminas sumamente finas de plata, de distinto tamaño (su ancho varía desde 4.7 cm  a 5.9 cm). La imperfección de este forro, nos permite ver porciones de la madera subyacente del bastón.


b) Ostenta a lo largo ocho pequeñas medallones o rodajas, labradas en plata,  con una única decoración interna que muestra diminutos objetos semejando clavos los que, cual manecillas de un reloj, la circundan en un número variable entre 22 y 28. En el centro de dicho medallón o rodaja, se fijó una gema brillante, en vidrio de color tallado y pulido que muestra seis caras, de diferente color. De arriba hacia abajo de la vara, el orden del color de las gemas es el siguiente: rojo sangre, amarillo, rojo sangre, amarillo, verde oscuro (turquesa), rojo sangre, verde y azul.  (Vea Figs. 3 y 4). (7).


c) En su extremo superior, se observa, incrustado,  una especie de tornillo, dotado de un gancho que parecería sugerir que el objeto podía colgarse (¿del cuello del jerarca  mallku o jilacata?)  (Fig. 5).  En su extremo inferior, en cambio,  se puede ver otra pieza metálica en forma de grampa, que fue clavada por sus dos extremos en la base de madera y que hoy se presenta intencionalmente doblada y aplastada (Fig. 8). Este extremo inferior del <varayoc> muestra un pequeño agujero  visible, hoy vacío, que tal vez sirvió antaño para ser fijado al suelo mediante algún tipo de apéndice puntiagudo, hoy inexistente. En el extremo superior, se conserva aún un pequeño fragmento de lo que pudo ser una "flor" u  adorno hecho de lana color verde oscuro, amarrado con un alambre muy fino al "tornillo". Las finas láminas de plata que recubren la base de madera del <varayoc>  tienen , aparentemente, un grosor de algo menos de 0,5  mm.   


Medidas exactas de nuestro <varayoc>:


Esta vara de alcalde indígena consta de una base de madera, revestida de finas láminas de plata (Ag)  y guarnecida con  8  medallones cada uno de los cuales está provisto, en su parte central, de gemas multicolores semejantes,  insertas, igualmente, en una base de  plata ornamentada.  

  

Longitud total de la vara:  46,5 cm

Peso:   273 gr.

Diámetro  de cada medallón de plata de adorno: 4,55 cm.

Diámetro de la vara de madera original (sin el revestimiento de plata): 2,05 cm (No se observa mayor variación en el dm. de la vara a lo largo de la misma).

Diámetro de los cabezales,  superior:  2,5 cm,  inferior: 2,9 cm.

Diámetro de las gemas de vidrio (al centro del medallón):  1,9 cm.  (dos de las gemas color verde están muy dañadas) (8). 

Longitud de cada dibujo de "clavos" en las rodajas: aprox. 1,1 cm (con muy pequeñas variantes). 


                        

Fig. 5.  Detalle de la porción superior de la vara, mostrando una argolla mediante la cual se colgaba  (¿del cuello del oficiante?).  (Foto H. Larrain, mayo 2024). 

                         ¨¨

Fig. 6.  Observe el diferente color de la gema en cada medallón. (Foto H. Larrain, mayo 2024).


                        

Fig. 7.  Gema rota en uno de los medallons de la vara. Note Ud. la decorsción de "clavos"  circundando el interior del medallón. (Foto H. Larrain, mayo 2024).

                        

Fig. 8. Porción basal o inferior de la vara. Muestra una argolla aplastada.  (Foo H. Larrain, mayo 2024).



Notas


(1) Estos dos curiosos  objetos de fina artesanía indígena nortina, son hoy parte de nuestras colecciones etnográficas e irán a formar parte, muy pronto, de las colecciones del Museo Nacional de Historia Natural de Santiago de Chile.  Todos mis apuntes, archivos, fotografías y cassettes antropológicos grabados con sendas entrevistas nuestras a artesanos o cultores indígenas, atacameños y aimaras, ya han quedado depositados en el citado Museo desde el mes de noviembre 2023.

(2)  Según grafía usada por el jesuita Ludovico  Bertonio, en su famosa  obra  "Vocabulario de la lengua Aymara, (impresa en Juli, 1612), reproducción  fotostática del CERES, IFES y MUSEF, Cochabamba,  Bolivia,  1984: 449.  Antonio Ricardo, editor, en su obra  "Arte y Vocabulario de la Lengua General del Perú" , Lima, 1586, (reedición hecha por Rodolfo Cerrón-Palomino et al., Lima, 2014,  pág. 347), trae  la voz <macma> (<maqma>) para este mismo tipo de vasija de greda. Como en muchos otros casos, el intercambio de voces entre ambas lenguas, quechua y aimara era frecuente dada su contemporaneidad y gran proximidad geográfica.

(3) <Varayuq> resulta ser  una expresión híbrida de la lengua quechua (-yuq) y castellana (vara), y ciertamente no es de procedencia aimara sino quechua.

(4) El sacerdote franciscano flamenco Pablo Dierckx  durante más de 30 años (llegó a Chile en el año 1987), misionó incansablemente en los pueblos aymaras de Camiña, Chiapa, Sibaya,  Colchane y sus estancias vecinas, dejando el vivo testimonio de una vida ejemplar de un abnegado pastor católico. Estudió la lengua aimara con la que se entendía con sus feligreses más ancianos y dejó unos valiosos Apuntes para el aprendizaje de esta lengua. El 6 de enero del 2018 se le dió una solemne despedida en el pueblo de Huara, capital de la Comuna que engloba a la mayoría de los pueblos andinos del sector norte del Tamarugal y su Orden religiosa franciscana lo envió al convento del pueblo de Salamanca, donde aún vive ya anciano.

(5)  La expresión "lexicalizar", usualmente utilizada por los lingüistas,  significa hacer que un elemento lingüístico pase a formar parte del sistema léxico usual de la lengua. 

(6)  En nuestro caso, la introducción de una hilada de medallones equidistantes, de plata, de idéntico tamaño,  provistos de una vistosa gema de cristal de color.

(7)  Desconocemos la simbología que se ha querido representar mediante el empleo de este tipo de medallones confeccionados en plata y  provistos de vistosas gemas de varios colores. Sospechamos que ésta debió tener un sentido preciso  para sus creadores y no habría sido un mero y casual  adorno de la vara.  

(8) Lamentamos no haber contado para este trabajo  con la excelente "Tabla de Colores" de Munsell (1975) para poder determinar científicamente  el color exacto de las gemas de los medallones. Las fotos respectivas nos permiten, en todo caso, una cierta aproximación a la realidad.  

Post scriptum

Agradecemos aquí especialmente el apoyo técnico prestado por mis vecinos de El Portezuelo don Alfredo Ugarte Peña, Teresita Ugarte Silva y la señora Beatriz Funes en la realización de este trabajo. 


lunes, 25 de marzo de 2024

¿Tropillas de guanacos en la costa desértica del norte de Chile?.¿Mito o realidad?. Nuestras observaciones en el sector sur de Iquique .

 ¿Colonias de guanacos en el desierto  costero del norte chileno?.


Fig. 1. Guanaco, (Lama guanicoe L). Foto tomada de Internet.

En  el año 1953  el zoólogo Guillermo Mann  publicó un pequeño trabajo sobre la existencia de guanacos en la zona desértica costera de Tarapacá y Antofagasta. Apareció en la revista Investigaciones Zoológicas  Chilenas, (Vol. 1: 10),  con el nombre de  "Colonias de guanacos -Lama guanicoe- en el desierto septentrional de Chile". Tras su atenta lectura, siempre me quedó dando vueltas en la cabeza la idea de hallar algún día rastros de tales colonias, que habrían sobrevivido en sectores costeros especialmente  favorecidos por la presencia de la camanchaca (1).

Nuestras  inquietudes.

Nuestra pregunta era, a mediados de la década de los sesenta del pasado siglo: a) ¿existirán todavía guanacos en la  franja costera de las primeras  tres regiones septentrionales de Chile  (Arica, Tarapacá y Antofagasta)?. b) ¿Cómo poder  tener plena certeza de su presencia?. c) ¿Podríamos hallar signos inequívocos de su existencia (o sobrevivencia) en lo alto de los cerros?.  Y, por fin, ¿por qué y cuándo dejaron de visitar estos lugares?

Nuestro avistamiento de guanacos en Cerro Moreno, en agosto del año  1964.

Tuvimos, como respuesta a la primera interrogante nuestra,  nuestra primera  experiencia previa trepando a  los altos de Cerro Moreno (Antofagasta), donde habíamos avistado (en agosto del año 1964) cuatro ejemplares de guanaco (tres adultos y una cría juvenil) hacia los 800 m de altitud, en la zona poblada de grandes cactáceas  (del género Eulychnia sp.), literalmente cubiertas por masas de líquenes del tipo "barbas de viejo" (¿Ramalina sp.?). Este primer y único avistamiento ya nos sugería claramente una valiosa pista de investigación. Allí también, en las alturas de  Cerro Moreno, habíamos ido aprendiendo, por experiencia directa, a distinguir los senderos antiguos, dejados por el guanaco, y a observar sus defecaderos y sus revolcaderos. Más aún, cuando en una de nuestras ascensiones, habíamos hallado varias puntas de proyectil hechas en sílex, justamente muy cerca o junto a tales senderos. Era evidente, pues, que el antiguo habitante de la costa de Antofagasta, el antecesor de los changos históricos, había tenido por costumbre de encaramarse a lo alto persiguiendo al guanaco, para aprovechar su carne y así diversificar su dieta alimenticia  preferentemente marina, con proteínas procedentes de animales terrestres. De hecho, no podía interpretarse de otra manera la presencia de puntas de proyectil hechas en sílex, fragmentadas o enteras, que  hallamos junto a los senderos que trepaban hacia  lo alto por sobre los 400 m de altitud.

De aquel primer contacto personal con ejemplares de guanaco avistados en los altos de Cerro Moreno, hemos dejado constancia escrita  en nuestra obra "Etnogeografía de Chile" (Colección Geografía de Chile, Instituto Geográfico Militar):

"En Cerro Moreno, Antofagasta, hubo un familia de guanacos hasta 1975.  Nosotros mismos vimos 4 ejemplares  hacia los 600-800 m de altitud,  en laderas que miran al W - SW y donde los cactus del género Eulychnia mantienen una frondosa maraña de líquenes  ("barbas de viejo")  de las que bebían el agua y se alimentaban"  (1987:  69, Nota 11).

Nuestra experiencia en los cerros del sur de Iquique (2).

 
Fig. 2.  Panorámica desde el área del oasis de niebla de Alto Patache hacia el sur. Se divisa a lo lejos  (arriba, a la derecha), el macizo denominado "Pabellón de Pica". (foto H. Larrain, 1997).

Desde nuestra primera visita al Oasis de Niebla de Alto Patache (diciembre de 1996), lugar  situado a unos 65 km al Sur de Iquique y a unos 775 m.snm.,   la idea de investigar la antigua presencia del guanaco (Lama guanicoe L) en esta área surgió potente y avasalladora casi desde el primer día. Habiendo llegado originalmente allí inicialmente con el objetivo concreto de descubrir e investigar el universo entomológico (es decir, el mundo de los insectos)  allí presente, por consejo de nuestro amigo biólogo Walter Sielfeld de la Universidad Arturo Prat, pronto nos dimos cuenta que había otros temas de investigación, tanto o más atrayentes que la entomología. La presencia de abundante camanchaca o neblina costera en el área, y las posibilidades de captarla, y el hallazgo inmediato de piezas líticas, prueba evidente de la práctica de caza animal por parte de los habitantes prehistóricos de la costa, realizado ya en nuestra primera visita, nos llevó rápidamente a interesarnos por estudiar la antigua presencia y actividad humana de caza en ese sector alto, muy próximo a la costa.

Tras las huellas de los guanacos.

Por eso, al visitar por primera vez el Oasis de Niebla de Alto Patache (diciembre  1996) y al hallar las primeras pistas patentes de la presencia de guanacos, quedamos gratamente sorprendidos; más bien diría yo, encandilados con el tema. Los rastros dejados por estos camélidos no nos eran en absoluto desconocidos; más bien, nos eran ya bastante familiares desde nuestros primeros  años de  eterno "caminante" por los cerros que se alzan detrás de la ciudad de Antofagasta  (1963-65). Los habíamos encontrado en los altos de los cerros costeros que miran a la ciudad, en zona de cactáceas columnares del género Eulychnia. Allí mismo, junto o muy  cerca de tales senderos, habíamos tenido la fortuna de hallar, igualmente, alguno que otro ejemplar de punta de proyectil, abandonada por los antiguos cazadores in situ. Pronto comprendimos que guanacos, camanchaca mojadora y flora y fauna autóctona, constituían una valiosa tríada, inseparable, merecedora  de mucho más investigación y estudio. Y por espacio de varios años, nos hemos dedicado a reunir antecedentes in situ sobre la cacería de guanacos por parte del pescador-recolector marino, convertido ahora también en avezado cazador terrestre.

Observaciones anotadas en el "Diario de Campo".

Nuestro Diario o Bitácora de Campo -herramienta insustituible del verdadero explorador-   ha ido sumando en sus páginas  numerosas experiencias y observaciones, muchas de las cuales queremos recoger aquí en beneficio de nuestros lectores, sobre todo de los jóvenes exploradores o "caminantes" que, de alguna manera, se interesan por enfoques nuevos en la ecología o arqueología, mucho más centrados en el análisis de la "morada humana" en su totalidad. "Morada"  en un sentido amplio, que incluye no solo sus asentamientos propiamente dichos (conchales), sino también sus territorios habituales de caza y pesca, su territorio de movilidad estacional, su territorio cúltico o  de veneración a sus deidades, su territorio de obtención de materias primas, etc. Forma de enfoque que nosotros hemos denominado como una eco-antropología. (3).  

Las primeras pistas de guanacos en Alto Patache: 1997.

Fig. 3.  Descubrimiento, junto a la huella de vehículos,  del primer revolcadero de guanacos en el sitio de Alto Patache. Aquí con mis alumnos de sociología José Bustamante y Johanna Chaparro (11/09/1997). En el contorno de esta "depresión" artificial, hallamos los primeros instrumentos líticos, fragmentados, y numerosas lascas  (Vea Fig. 5, más abajo. La escala gráfica de 1 m  permite apreciar el diámetro del revolcadero).


Cuando subimos por segunda vez en vehículo hasta la parte alta del oasis de Alto Patache, no tardamos en tropezar, a la orilla de la huella, con un típico revolcadero, depresión característica de aproximadamente 1.5 m de diámetro y no más  de 18-20 cm de profundidad (ver Fig. 3),  perfectamente circular, que usa el guanaco para revolcarse y librarse así de sus parásitos. En seguida, descubrimos en su derredor, numerosas lascas de sílex dispersas, de variados colores, y tres o cuatro instrumentos tallados que reconocimos de inmediato como toscos cuchillos hechos en sílex de diversos colores. A muy corta distancia del revolcadero, pasaba un sendero de guanacos, bien delineado, que se perdía en lontananza, hacia el norte y hacia el sur. Esa notable experiencia en un lugar nunca visitado antes por arqueólogos, nos dejó fascinados. En visitas posteriores, junto a la colecta obligada de interesantes especímenes entomológicos, máxime de coleópteros tenebriónidos que muy pronto aprendimos a buscar bajo el follaje casi seco de plantas de  Nolana, Ephedra, Lycium o Solanum, o bajo piedras y pedruzcos,  fuimos afinando los ojos en busca de pistas que nos ayudaran a desentrañar el misterio de estos guanacos de antaño  y su esquiva presencia en el lugar.  Hoy, al parecer y  desde hace muchísimos años, han abandonado definitivamente  el lugar. ¿Por qué?   Era la incógnita que deseábamos a toda costa desentrañar.

Quince años de  prolijas observaciones.

En los quince años de constante y fatigoso ascenso al lugar  del oasis de niebla (1996-2012), hemos reunido gran cantidad de observaciones, objetos arqueológicos y fotografías  probativas de la presencia del guanaco en este oasis de niebla. Con paciencia, íbamos describiendo minuciosamente en nuestro Diario de Campo cada una de nuestras observaciones, procurando no omitir detalle. Este material lo expondremos a continuación en beneficio de nuestros lectores y, a propósito de él, aprovecharemos para  insertar nuestras propias reflexiones  eco-antropológicas.

 Trataremos de responder a las siguientes  preguntas: ¿por qué ya no visitan los guanacos este oasis?. ¡Qué esperaban comer allí, cuando venían?.  ¿Cuál era el lugar de origen de estas tropillas?. Y, finalmente, ¿en qué momento dejaron de llegar aquí? , ¿Por qué?.   O, lo que es lo mismo,  ¿en qué fechas, aproximadamente,  llegaron  hasta aquí las últimas tropillas de guanacos?.

Las pruebas inequívocas de la presencia del guanaco en el oasis de niebla.

Si bien nunca tuvimos, durante esos primeros quince años de investigación del lugar   (1997-2012),  la inmensa suerte de observar aquí un animal vivo en este paraje, las evidencias de su antigua presencia  y actividad en la zona, abundaban. ¿Cuáles eran  éstas?

Las enumeramos una a una:

A.  Los  senderos (guanaco trails) trazados en las lomajes  y en en la pampa interior.  Estas huellas han quedado indeleblemente  grabadas en la superficie. Observe las  fotos que siguen: 


Fig. 4.   Retícula formada por numerosos senderos de guanacos que se cruzan (Foto H. Larrain, 10/01/2010).




        

Fig. 5.  Composición fotográfica de Luis Pérez Reyes (2009) en los cerros cercanos a Alto Patache. Observe la increíble malla de  senderos entrecruzados en las laderas.

 Los senderos típicos de guanaco son  muy angostos y nunca miden más de unos 20-25 cm de ancho. Es  imposible confundirlos con un sendero hecho por seres humanos; éstos son mucho más anchos.  El paso frecuente y repetido,  exactamente por los mismos lugares,  ha hecho profundizar la huella. Estas recorren toda el área formando  una  confusa red de senderos a veces paralelos o casi paralelos, que descienden cerro abajo hasta  los 300-350 m de altitud sobre el nivel del mar. Seguramente bajaban hasta la misma terraza marina, pero  la presencia aquí de arenas movedizas y dunas costeras termina  por cubrir y tapar sus huellas aquí abajo.  En lomajes más abruptos, los hemos encontrado muchas veces en líneas casi paralelas, formando un  auténtico mosaico de rejillas; de seguro,  dos o tres animales transitaban muy juntos, uno detrás del otro, dirigidos por un macho guía. Estas huellas, debido a las escasas  y muy esporádicas  precipitaciones en el área, perduran aquí por siglos, decorando el paisaje. 

B. Los defecaderos (o "bosteaderos", como prefieren decir los zoólogos).  Son lugares  situados inmediatamente al lado de los senderos, donde dejaron, acumuladas, sus fecas. Es costumbre conocida de estos camélidos americanos (compartida por llamas, alpacas  y vicuñas), la de defecar siempre exactamente en los mismos sitios. Lo que va produciendo,  con el correr del tiempo, pequeñas acumulaciones. Las fecas que hemos hallado aquí en Alto Patache denotan claramente un largo período de abandono. En efecto, las fecas recién depositadas aglutinan muchas "bolitas" formando pequeños glomérulos o cúmulos. En los bosteaderos abandonados hace mucho tiempo (como en nuestro caso), se ha producido tanto la disgregación de las "bolitas", como igualmente su paulatina e inexorable disminución de tamaño (diámetro). Sospechamos que aquí se produjo el abandono definitivo del área por parte de las tropillas de guanacos visitantes,  hace unos 100  ó más años. Probablemente, no mucho más.(....).  No pocos de los bosteaderos examinados por nosotros son muy pequeños y  las "bolitas" (fecas) que lo componían, han sido ya en parte o desmenuzadas o arrastradas por el viento ladera abajo. La pequeñez de estos bosteaderos (nunca hallamos uno con más de 1.5 m2 de superficie), apunta, igualmente,  a la presencia in situ  de tropillas muy pequeñas de animales, los que tal vez no superaban los 3-4 ejemplares. En nuestro estudio, detectamos la presencia de más de 30 defecaderos, algunos tan pequeños como una superficie de apenas 30 cm2. Los mayores, apenas superaban el m2 de superficie. Los hemos hallado en planicies, hondonadas y también en laderas suaves. Un bosteadero  muy antiguo se detecta de inmediato  por el tamaño muy pequeño  de sus "bolitas", apenas perceptibles. Éstas, con el paso inexorable  del tiempo, el efecto del viento y las eventuales lluvias  in situ, van perdiendo peso y tamaño pero conservan su forma esférica característica.

Fig. 6.  Imagen de un bosteadero o defecadero ("dung piles", en inglés) cercano al taller lítico en el oasis de niebla de Alto Patache.  El tamaño del cuaderno y el lápiz de referencia dan una idea de la pequeñez del sitio. (Foto H.  Larrain, 2012).


C. Los revolcaderos.  Son los sitios preferidos para  echarse y revolcarse. Prefieren para ello sitios planos,  en terrenos  más bien  
blandos, arenosos, donde no hay piedras que estorben. Su forma y aspecto es característico: presentan  pequeñas depresiones de  1.40 - 1.60 m. de diámetro, son casi perfectamente circulares, y tienen una profundidad variable, del orden de los 20-25 cm dependiendo de las características y dureza del subsuelo.  Invariablemente, se hallan a un costado y muy cerca de sus senderos. En varios de estos revolcaderos (como se observa en nuestra figura Nº 3, más arriba), hemos hallado signos típicos de actividad humana: como  lascas de sílex y aún instrumentos toscos, como cuchillos o raspadores. Los guanacos, por lo que se sabe, necesitan refregarse contra  el suelo arenoso. Se lee en la literatura zoológica que esto sería para librarse de parásitos; tal vez sea, también,  por otra razones biológicas que hoy se nos escapan.

D.  La presencia de  artefactos líticos en sus inmediaciones. Frecuentemente hemos hallado puntas de proyectil, generalmente rotas,  rara vez intactas,  junto a estos senderos. Seguir por largo trecho uno de esto senderos, es casi con certeza la oportunidad para hallar  alguna herramienta  en sílex o al menos lascas de este material. Lo hemos comprobado a menudo  personalmente. Lo que vendría a ser un indicio seguro de que el animal herido fue perseguido por sus cazadores, a lo largo de sus sendas; lo que nos  parece obvio. Es sabido que, una vez alcanzado por un proyectil del cazador indígena, el guanaco se va desangrando lentamente, pero puede caminar algunos kilómetros hasta caer finalmente exhausto o muerto. El cazador que sabe que acertó el disparo de su flecha,  lo siguió  imperturbablemente, tal vez por horas y horas,   hasta encontrarlo postrado, desangrado.

Fig.  7.  Estos tres instrumentos fueron hallados a los costados del revolcadero señalado en nuestra Figura Nº 3. Expedición a Alto Patache del día  04/04/1997.  (Referencia en nuestro Diario de campo  Nº 58, pág. 22). 


E. La presencia de parapetos de caza. En varios puntos, de preferencia en  los filos de los cerros, hemos hallado unas extrañas acumulaciones de piedras, desordenadas, pero que claramente no parecen ser un producto natural de la geomorfología y/o de la litología del lugar. Alguien las acumuló allí con una finalidad específica. Sospechamos fundadamente que éstos eran pequeños apostaderos donde el indígena cazador se agazapaba y ocultaba, cubierto tal vez por una piel de guanaco, con  su arco listo para disparar, a la espera del paso de su presa. Estos  parapetos -como los hemos llamado-  se ubican estratégicamente  junto a cruces de senderos donde la visibilidad era mayor en varias direcciones. El cazador debió aprender a conocer, por una larga experiencia, exactamente la hora preferida de paso de los animales, así como los puntos estratégicos de desplazamiento habitual. La presencia de cruces de senderos ya sugería qué lugares eran los  más promisorios para una caza efectiva. En alguno de estos parapetos, hemos hallado restos de conchas marinas o fragmentos pequeños de sílex, frutos éstos del desbaste de las rocas para obtener instrumentos, y son señas inequívocas de la presencia humana. Un afloramiento natural de rocas, pudo ser aprovechado, también, como un parapeto ocasional, con fines de caza. Los restos allí dejados o descartados, pueden  y deben constituir una evidencia palpable de su presencia.

              
Fig. 8. Típico parapeto de caza en una encrucijada de senderos antiguos. (Foto H. Larrain,  2016). 



F. Otra posible seña, más reciente, de su presencia y de su persecución por el hombre, puede ser el hallazgo que hemos hecho, en un par de ocasiones, de un casquete de bala,  como evidencia de caza in situ en el entorno del oasis de Alto Patache. Pudo tratarse, igualmente,  de la caza del zorro chilla o de aún de algún ave. Es posible;  pero la máxima probabilidad -en nuestra opinión- apunta a su interés por perseguir aquí guanacos, presas que por su tamaño valía la pena obtener.

G.  Los huesos de guanaco. En la zona que hemos denominado "taller lítico", donde hallamos amplia evidencia de confección de artefactos líticos (lascas),  hay sectores llenos de pequeños fragmentos de huesos, muy fragmentados, y no pocos de ellos con señas de quema. Su  examen, hecho por el zoólogo chileno Benito González a petición nuestra, comprobó que se trataba únicamente  de huesos de guanaco faenados in situ.  He aquí el conjunto de  fragmentos de huesos obtenidos al cernir cuidadosamente el material extraìdo  del pozo de sondeo que practicamos en el lugar: 


Fig. 9.  Variedad de fragmentos de huesos de guanacos hallados  en el pozo de sondeo del "taller lítico"  el día 04/02/2006. Los huesos color oscuro, negruzco,  fueron expuestos al fuego y quemados. Las astillas más finas, a lo que creemos, corresponden a la práctica de la  extracción cuidadosa de la médula ósea como alimento.  (V
er Dario H. Larrain,  vol. 76: 112-116). 


H. Las puntas de proyectil de sílex halladas en la zona del taller lítico, en el oasis de Alto Patache. Solo en el contorno del taller lítico, hallamos más de 50 puntas, enteras o fragmentadas.

Fig.  10.  Algunas de las puntas de proyectil  están provistas de pedúnculo, elemento que permite asir fuertemente la punta al astil de madera (Foto H. Larrain, 2012).

I.  Los fragmentos de sílex desechados (lascas),  fruto del desbaste de un núcleo para la obtención de las puntas de proyectil (flechas) o raspadores.


Fig., 11. Material de desecho en sílex color blanco. (lascas).

No hemos detectado otras evidencias seguras de su presencia.


Respondiendo las preguntas   iniciales.

Al parecer, no se ha vuelto a  avistar ejemplares de  guanacos en los cerros cercanos a Iquique en los últimos cien años (Vea, sin embargo, nuestra Nota 1).  Existe  la valiosa  información histórica que recoge Lautaro Núñez en uno de sus trabajos antiguos, de que los salitreros ingleses, entre  los años 1880-1890,  hacían todavía eventuales partidas de caza del guanaco en los altos de  Chucumata  (Vea Nota Nº 4).
 
Si no nos equivocamos, el químico y ensayista de metales inglés William Bollaert confirma esta misma versión, en su obra  editada en el año 1860 en Londres.  La permanencia de guanacos en minúsculas tropillas en tales sectores era  un indicio cierto de una mayor presencia o durabilidad de la vegetación in situ. Y ésta, de la existencia de mayor humedad en el área. ¿Lluvias tal vez más frecuentes o una camanchaca más  densa y persistente?. No lo sabemos.

¿Cómo podríamos tener plena certeza de su presencia actual?.

 A mi juicio, la única manera sería verlo deambular aún en alguno de los oasis de niebla de la costa o, al menos hallar alguna vez sus fecas frescas en sus bosteaderos o defecaderos. No existe otro posible modo, que sepamos. De presentarse en estos lugares, solo podría ser con ocasión de la presencia de un año muy anómalo del fenómeno de "El Niño", con la aparición de abundantes lluvias en la costa que permitieran el desarrollo de un  verdadero "desierto florido" en sus contornos por espacio de varios meses (julio-diciembre). De darse tal situación, tendría allí este animal  el alimento indispensable para subsistir allí por tres o cuatro meses.  ¿Podría ocurrir esto?. Sí, pero es altamente improbable, pues  la existencia de modernas rutas asfaltadas, muy concurridas,  en la depresión intermedia o pampa del Tamarugal en dirección  N-S,  espantan y alejan definitivamente  a estos animales, enemigos acérrimos del ruido y de la presencia humana.

Ya hemos respondido más arriba la segunda duda, sobre la existencia de signos inequívocos de su presencia eventual.

¿Por qué dejaron de visitar estos lugares costeros?.  

 Hay tres respuestas que nos parecen  hoy más probables:

a) porque  la presencia de  las actuales rutas y carreteras los alejan y espantan  y así no pueden cruzar de Este a Oeste desde su actual refugio  en altitudes entre los 3.800 y los 2.500 m. de altitud  ni siquiera de noche;   

b) porque en todos los oasis de niebla de la zona norte ha disminuido tan notoriamente la vegetación, que su escasez haría hoy prácticamente imposible su permanencia; 
  
c) Porque, además,  el número de guanacos en la zona precordillerana -su presumible lugar de origen- también ha disminuido ostensiblemente.

Para que algún día en el futuro, volviesen los guanacos a visitar estos parajes costeros donde existen oasis de niebla, se requeriría al menos de  dos factores, prácticamente imposibles de reproducir hoy:
  
a) un período notorio de varios años consecutivos de  aumento en las lluvias en la costa, capaces de  revitalizar y regenerar la vegetación propia del ecosistema de oasis; 
  
y b) la creación de protegidos y bien diseñados "corredores biológicos" que permitieran a esta especie  transitar hacia las costa, sin ser perturbados.  Esta última idea es difícilmente practicable hoy día, dado el tráfico vehicular incesante, de día y de noche, que circula por las carreteras y la presencia y actividad humana creciente en torno a ella. El guanaco es un animal  sumamente tímido y desconfiado, y rehuye sistemáticamente la presencia humana.  La creciente ocupación humana de la pampa, es pues, el primer elemento que a nuestro juicio,  ha ahuyentado de inmediato su presencia.

Notas aclaratorias.

1.   El biólogo Walter Sielfeld de las Universidad Arturo Prat de Iquique nos informó que la última observación segura de guanacos en los altos de Chipana (oasis de niebla) fue realizada en el año 1996 (Com. personal al autor en el año 2006).

2.  Este artículo se nos había quedado en borrador entre nuestros capitulos del Blog desde el año 2012. El trabajo estaba entonces  virtualmente completo. Dado su interés, hemos considerado necesario insertarlo hoy. Solo hemos añadido al trabajo original las fotografías alusivas, y algunos comentarios nuestros  en notas ad hoc. El tema es apasionante. 
Sobre este mismo tópico, hemos publicado otro capítulo de nuestro blog con el título de: "Cómo se cazaba el guanaco en tiempos prehispánicos: argumentos tomados del oasis de niebla de Alto Patache", editado el  24/12/2009. 
 Para entender mejor las estrategias de caza de los primitivos habitantes de la costa en estos oasis de niebla, véase la valiosa tesis del arqueólogo Luis Pérez Reyes: "Parapetos en la camanchaca: estrategias de caza  del guanaco en los oasis de niebla, área de Alto Patache, Región de Tarapacá", Universidad Bolivariana de Iquique,  Marzo 2012,  297 p. 

3. Vea in extenso qué entendemos nosotros por   "eco-antropología" en nuestro Blog  https://eco-antropologia.blogspot.com .

4. En la obra “Riquezas Peruanas”, Colección de artículos descriptivos escritos para  “La Tribuna”, Lima,  Junio 28,  1883, se estampa la siguiente nota: “En los mismos Altos de Iquique, en las faldas del cerro Ayarbide  [se trata del cerro conocido  hoy como  Oyarbide!], en las alturas de Choquemata [Chucumata actual, sector aeropuerto],  crecen algunas yerbas en los meses de mayo a octubre, producidas por las constantes neblinas, ahí llamadas camanchacas, que humedecen de noche de modo notable estos terrenos. En esos campos no escasea el guanaco, perseguido muchas veces por vecinos extranjeros [léase ingleses de las Oficinas Salitreras]  de Iquique. En las cumbres de Choquemata ha  sido labradas  las superficies de algunas rocas areniscas, en figuras de estanques, donde  se depositan las aguas de esos copiosos rocíos de que he hablado. ¿Por quién y cuándo se hicieron esas  obras?”. (cit. en artículo de  Núñez Lautaro y Juan Varela:“Sobre los recursos de agua y el poblamiento prehispánico de la costa  del Norte Grande de Chile”, Estudios Arqueológicos, Universidad de Chile, Antofagasta, Vol. 3-4,  1967/68, Antofagasta, pág. 13; paréntesis cuadrados  nuestros).

5.  Raro hallazgo de un esqueleto de guanaco en área de Patache.


Fig. 12.  Lugar exacto del hallazgo de un esqueleto de guanaco por nuestro ayudante el joven arqueólogo don Luis Pérez Reyes. Que yo recuerde, es éste el único hallazgo de esta naturaleza (esqueleto semi completo) realizado en los contornos del oasis de niebla de Alto Patache durante nuestros extensos recorridos por el sector (1997-2016). 

6. Referencias recientes. De una carta del  zoólogo Benito González al suscrito, fechada el  20/10/2006:

"...además, te mando una foto de una hembra de guanaco comiendo la flor de un cactus rastrero (no recuerdo su nombre) y,además, me tocó ver cómo un animal pateaba fuertemente una Copiapoa columba-alba y consumía su contenido. Los líquenes, además de consumirlos, sirven como pantallas que retienen el agua para ser bebida. Esto me tocó verlo con la gente de la BBC en un documental donde yo colaboré....".