miércoles, 7 de diciembre de 2016

Un singular mortero (piedra de moler), aparentemente del período Arcaico: un artefacto poco común en los antiguos campamentos de cazadores-recolectores.

Fieles a nuestra costumbre de dar a conocer  hechos y objetos de nuestros antepasados que   el azar (o mejor, para nosotros, Dios mismo)  ha puesto en nuestro camino, reproducimos aquí imágenes  y croquis de campo de una piedra  de moler  portátil, de singular aspecto, que  fue hallada por nosotros en la proximidades de un taller lítico en las orillas del Salar de Surire.   ("Surire", significa en idioma aymara, lugar de presencia  de  suris (avestruces). En efecto, el avestruz tarapaqueña (Pterocnemia pennata  tarapacensis)  es un asiduo visitante de estos salares y bofedales de altura, compartiendo su hábitat con vicuñas, guanacos  y llamas domésticas).   

Fig. 1.  Vista a la zona de vegetación baja,  que se extiende por el borde poniente  del Salar de Surire. Aquí observamos la presencia de una vegetación achaparrada, rastrera, consistente principàlmente en ichu o paja brava (Stipa ichu),  y algunas variedades de tola  (Baccharis spp. ). Esta imagen fue tomada desde la terraza del refugio de la CONAF (Corporación Nacional Forestal de Chile) hacia el SSW. El fuerte viento que sopla casi a diario impide y frena el crecimiento de estos especímenes de arbustos y pastos de altura. En la parte central de esta imagen se  puede observar un área bastante desprovista de vegetación. Coincide  muy exactamente con el área que ocupò el taller lítico de los antiguos cazadores, donde encontramos todos los artefactos que describiremos detalladamente en este capítulo. No se observó cerámica alguna aquí, sino solo lascas y artefactos y desechos líticos, señas evidentes de una prolongada talla efectuada in situ en épocas pretéritas. Por el tipo de artefactos hallados, nos queda claro que se trata, obviamente, de  un campamento de cazadores-recolectores andinos  antiguos, de fecha indeterminada probablemente reocupado muchas veces a lo largo de su historia (Foto H. Larrain, 18 de Febrero 1998).

Circunstancias del hallazgo.

El hallazgo ocurrió durante una expedición al altiplano ariqueño que  emprendimos con familiares y hermanas  de mi esposa, Marta Peña Guzmán, en el mes de Enero del año  1998.  La idea era recorrer minuciosamente zonas  desconocidas para nosotros del altiplano chileno desde  Colchane (altiplano de Tarapacá) hasta el lago Chungará, en el altiplano de Arica. Partiendo de Iquique enfilamos al Este, hacia Colchane, pasando por Chusmiza y otros pueblos cercanos.  Fue una curiosa y sabrosa mezcla de paseo familiar, descanso e  investigación de campo. Alfredo Ugarte Peña, sobrino de la Marta, viajaba en un camper con su señora Luz María Silva, mientras yo pilotaba una camioneta Chevrolet Blazer, color café,  fiel compañera de expediciones en la pampa.

Alfredo portaba  -como en todos sus viajes-  todos los útiles propios para la captura entomológica (frascos,  algodón,  red de insectos, alcohol, etc.), mientras yo llevaba conmigo  reglas de medir, GPS,  cámara fotográfica, grabadora y huincha de medir para registrar posibles hallazgos. Infaltable era el "Cuaderno de campo", instrumento indispensable del antropólogo, donde  quedaban registrados con todo detalle tanto los incidentes del viaje, como las observaciones y registros de la presencia de flora autóctona, fauna o rastros indudables de la antigua presencia humana. Es precisamente este Cuaderno, cuyas páginas hoy reproducimos, el mejor testigo fiel de los hechos que la frágil memoria ha ya olvidado  en buena parte, conservando sólo lo más insólito, llamativo o cautivante. Cada día, al atardecer, armábamos nuestras carpas, provistas de colchón inflable y gruesos sacos de dormir, en sitios relativamente planos, aptos para pernoctar. Luz María y Marta  se preocupaban de las cocinillas a gas licuado y de  las vituallas  y  provisiones del campamento.


Fig. 2. Cara 1.   Esta notable pieza lítica, un singular mortero,  muestra por ambas caras, varias oquedades artificiales, especialmente excavadas por el hombre antiguo para moler allí substancias diversas tanto para su alimentación como tal vez para  untarse el cuerpo  con grasa mezclada con otros pigmentos colorantes.  A su lado derecho, vemos la piedra moleta  (o "mano de moler"),  del mismo material, que calza notablemente en las cavidades de la roca y que sospechamos  constituyó la respectiva "mano" de moler. (regla invertida de  30 cm. de longitud). Unos 80-100 metros de distancia separaban ambas piezas  al momento de su hallazgo (Foto H. Larrain,  Febrero 1998).

Circunstancias del hallazgo de estas piezas líticas.

Con Alfredo Ugarte, al igual que  en los días anteriores,  nos ocupábamos en buscar insectos caminantes, especialmente tenebriónidos,  que suelen esconderse bajo piedras durante el día, para salir en la noche a buscar su alimento. Estos parajes nos ofrecen interesantes especies de tenebriónidos, familia de  insectos ápteros,  de dura quitina  como exoesqueleto y de colores oscuros y brillantes: grises, pardos o negros. Ahí fue cuando tropezamos casualmente con el taller lítico, oculto en medio de la densa vegetación,  es decir, un área de antiguo basural o campamento primitivo,  lleno de  desperdicios de lascas o residuos de talla intencionada de herramientas líticas,  hechas especialmente en sílex y basalto. y otros tipos de rocas metamórficas. Resultaba obvio que aquí  fabricaron los  cazadores, hace algunos milenios atrás, las herramientas básicas para su supervivencia (cuchillos, raspadores)  y sus puntas de proyectil  para la caza.


 Hallazgo casual de un mortero antiquísimo.

La piedra de moler o mortero que mostramos en nuestra Fig. 1, no se encontraba  en el basural o campamento antiguo, sino la hallamos empotrada en un muro tosco contiguo al refugio,  donde los guardaparques de la CONAF solían dar de comer a las vizcachas. Es éste un roedor andino de gran tamaño, residente en la zona  y que se alimenta de  raíces y tallos de la vegetación circundante. Observando con cierta detención la pirca en cuestión, me llamó la atención la presencia de una "tacita", u oquedad artificial en una de las piedras del muro. La extraje con cuidado y ahí me percaté de su  uso evidente como piedra de moler,  de tipo circular. Es decir, una "mano"  se usaba aquí  en este mortero mediante un ágil movimiento  de rotación, con lo cual eran capaces de  moler y triturar, con gran facilidad,   plantas, huesos, carne, nervios, o  frutos,  tallos u hojas para la confección de su alimento. Lo notabilísimo de esta piedra  de moler -lo que la hace algo único- era su pequeño tamaño, su fácil portabilidad de un lugar a otro y su posibilidad de empleo por ambas caras.  Rasgo este último sumamente raro de encontrar en un antiguo campamento de cazadores andinos.

La respectiva "mano" de moler.

En cambio, la "mano",  hecha en un canto rodado del mismo  material  que la piedra de moler (Obsérvese la foto de la Fig 1.), fue hallada también por nosotros  en el basural mismo, distante unos cuarenta o cincuenta  metros  del refugio. Presenta  señas inequívocas de  un intenso uso por continua frotación rotatoria, en particular en la zona de sus bordes, muy desgastados. Sorprendentemente, como pudimos comprobarlo in situ, calza maravillosamente bien  con el  diámetro de las "tacitas". No tenemos, claro está,  certeza absoluta, pero sospechamos fundadamente  que se trataba de la  "mano" faltante, el implemento y suplemento indispensable para poder realizar la tarea de  molienda. ¿Simple coincidencia?. Puede ser... En todo caso,   la respectiva "mano" debió tener similares características. El hecho que el material pétreo aquí usado sea exactamente el mismo en ambos instrumentos -como puede verse en la Figura 1- , nos induce a sospechar que estamos de verdad ante la "mano" faltante.

Alguien  recogió  este mortero  del antiguo basural del campamento de cazadores andinos y lo incorporó al muro,  cuando fue necesario levantarlo junto al refugio de la CONAF hace pocos años.

Fig.2.  Cara  dos (opuesta). Véase aquí la otra cara del mismo mortero mostrado en la Figura anterior. Presenta sólo una cavidad, más profunda que las tres presentes en la cara opuesta.  No resulta difícil imaginar  tanto el  perfecto calce  de la "mano"  como  su accionar rotatorio  en la cavidad de la piedra.  Esta "mano" de moler mide  unos  9 cm de diámetro máximo, pero su forma algo ovalada y gastada  le permite llegar perfectamente  hasta el fondo de la cavidad.

Necesidad de la molienda en tiempos antiguos.

El primitivo habitante nómade de estos ecosistemas de altura no conoció la agricultura. Estamos hablando de varios milenios atrás. Tal vez más de 3.000 A.C. Se alimentaba de la caza de animales y aves ribereñas. abundantes en este salar.  También de raíces, tallos  hojas y flores.  Para ellos, este artefacto de molienda  era algo imprescindible. Por tal razón, hallamos hoy a menudo este tipo de"morteros", abandonados y generalmente rotos, en los antiguos campamentos de cazadores-recolectores altiplánicos,  Su diferencia con las piedras de moler o "batanes" del período agrícola, es algo muy evidente. En el caso presente,  la molienda o trituración se efectuaba mediante  rotación de la  "mano", para la  cual ésta debe calzar perfectamente bien en  la concavidad. El tipo de roca elegida en este caso para  labrar un mortero, fue una  roca volcánica, probablemente  riolita,  roca abundante en el sector del salar.   En  el caso de los batanes o metates, la molienda  se efectúa  por  un movimiento sostenido de  arrastre  de la "mano" hacia adelante y hacia atrás, acompasadamente, cogiendo y moliendo a la vez, en cada movimiento, semillas o frutos que se va depositando  y agregando. El resultado  final del proceso  (esto es, la  molienda), es el mismo que en un mortero, pero el proceso es mucho más rápido y eficiente y permite moler más semillas (de  maíz, quínoa u otras semillas silvestres) en cada pasada de la "mano" que el artesano debe  impulsar  con fuerza, con ambas manos, en un movimiento  de vaivén continuado de atrás hacia adelante.

La "mano" de moler.

La "mano de moler"  de un mortero es una pieza  pequeña, de caras planas, de forma más o menos circular, liviana,   fácil de sostener, que muestra en sus bordes  las huellas de  la incesante frotación y desgaste, causado por el proceso continuo de moler. La "mano", en este caso, se adaptaba  perfectamente al diámetro de la cavidad. El movimiento que se efectuaba puede ser  tanto de rotación como de vaivén (adelante y atrás).  El ejemplar que aquí presentamos (Figs. 1 y 2) y que cumple bien esta doble función,  es un canto rodado  de forma algo oval, cuyos bordes permiten penetrar hasta el fondo de la cavidad, para efectuar allí un proceso perfecto de molienda.

¿Cómo habrá sido inventado el "mortero" para moler?.

Nos hemos preguntado cómo el hombre antiguo llegó a inventar este artefacto tan útil. Tal vez halló piedras que ya tenían hendiduras o cavidades naturales, redondas y profundas, al estilo de los  taffonis que suelen presentarse en las rocas graníticas,  cavidades producidas por alteración química y disolución  de las partes más blandas de la superficie de la roca. El viento, mediante un lento proceso de erosión eólica, terminó por pulir perfectamente estas cavidades, haciéndolas aptas para la molienda. El proceso de redondeo progresivo  de la cavidad  se produce por el desgaste  de las paredes y del fondo por el roce rotatorio continuo provocado con otro material más duro, usado como "mano". Se asemeja mucho este proceder del ser humano al lento proceso natural de formación de las "marmitas de gigante",  en ríos o en la costas, verdaderas ollas enormes, producidas por efecto del desgaste de la roca debido al incesante movimiento rotatorio de  piedras en el interior de sus cavidades. Este efecto es logrado  al correr del tiempo, por el agua que  agita  y hace girar perpetuamente en su interior una roca redonda, pequeña, hasta obtener como resultado una "olla" perfecta.

Comentario eco-cultural.

1. El hallazgo de este utensilio doble (mortero y "mano") en un mismo campamento antiguo es  una prueba de que sus habitantes practicaban la recolección de semillas y frutos. No cocían aún los alimentos, por falta de recipientes adecuados (cerámica). La cerámica aparece en el norte de Chile no antes del año 2.000 A.C.  Con anterioridad, en el período llamado el Arcaico, sólo contarán con la molienda hecha mediante  morteros como el que aquí hemos descrito. La falta absoluta de cerámica en el lugar, apuntaría  claramente a  la suposición nuestra de que aquí estamos ante un pequeño  campamento de cazadores-recolectores del Período Arcaico.

2- En no pocos sectores  de nuestro país y de los países vecinos se ha hallado  morteros hechos en rocas enormes, que  denominamos "piedras tacitas".  Una "piedra tacita"  sirve exactamente al mismo propósito de molienda para una familia.  Un campamento antiguo pudo así instalarse donde había rocas provistas de cavidades que podían ser reutilizadas y transformadas en  "tacitas".  Conocido es el caso del Cerro Blanco, en Santiago de Chile  donde en una superficie  rocosa  se grabaron  decenas de concavidades o "tacitas", para  hacer molienda colectiva para los lugareños, en épocas pretéritas. Y también el caso del estero del Valle "El Encanto" (cerca de la ciudad de Ovalle) donde se da una valiosa conjunción de piedras tacitas y de notables petroglifos grabados en las rocas  que muestran personajes  con notables tocados rituales. Pertenecen al complejo cultural  "El Molle" fechado en   200-700 D.-C.

3. En un  capítulo de nuestro  blog dedicado a la localidad de Las Cruces, hemos mostrado  algunas piedras tacitas confeccionadas  en rocas enormes, al lado de una actual vivienda de pescadores.  (Ver capítulo de este mismo blog titulado: "Piedras tacitas en la localidad de Las Cruces,  verano del año 1984", editado  el  11 de mayo del año 2015)

4. No todas las rocas se prestan para confeccionar morteros o "piedras tacitas". Solo algunas,  más blandas, como  es el caso en Chile del granito que se muestra en la Figura 3 de este capítulo (abajo). Las piedras muy duras como el basalto, no lo permiten. Tampoco los  sílices,  cuarzos u obsidianas.

Fig.3. Esta roca  provista de "piedras tacitas" se halla en la localidad de Las Cruces, Sector "El Molle", no lejos de la antigua  vivienda de los pescadores de apellido Codoceo, en la llamada Playa Grande. (Foto H. Larrain, verano del año 1974).

5. La presencia de piedras tacitas en un determinado sector, es indicio cierto de un campamento antiguo próximo o inmediato. También se ha hallado frecuentemente enterramientos humanos asociados a ellas. Lo que es algo normal y perfectamente esperable.  La zona de molienda, obviamente, debía estar a escasa distancia de sus viviendas.

viernes, 25 de noviembre de 2016

Primeras observaciones arqueológicas en el oasis de niebla de Alto Patache, a 75 km al sur de la ciudad de Iquique: Abril de 1997.


El descubrimiento  del oasis de niebla de Alto Patache  (1997).

He creído necesario estampar aquí y recordar las primeras impresiones que experimenté al llegar, por vez primera, el 11 de Abril del año l997 (hace ya casi 20 años) al oasis de niebla de Alto Patache, a 75 km al sur de la ciudad de Iquique. Afortunadamente, conservo  mis notas del Diario de Campo de esas fechas, lo que me permite recrear, con gran detalle,  ese momento para mí histórico y crucial. Porque aquel lugar notable de captación de agua de la niebla, fue para nosotros un  inagotable y multiforme laboratorio de investigación, a donde seguiríamos subiendo a realizar observaciones de todo tipo, por espacio de  casi 20 años. La profusión de artefactos arqueológicos, atrajo de inmediato, ya en nuestra primera visita,  nuestra atención preferente.

Fig. 1.   Grato recuerdo de nuestra primera visita al oasis de niebla de Alto Patache el 11/04/1997. Pablo Osses, geógrafo, adelante; atrás,  Pilar Cereceda.  Sector de la planicie elevada  que denominamos  "la pampa del taller lítico". Ambos geógrafos observan el suelo  lleno de lascas de sílex y basalto, conchas marinas y  fragmentos de hueso animal, testimonios evidentes de una intensa ocupación humana. El área blanquecina  del terreno se caracteriza por presentar infinidad de conchas vacías del pequeño caracol terrestre Bostrix derelictus broderipi.  Aquí ambos geógrafos Pilar y Pablo, del Instituto de Geografía de la Universidad Católica de Chile, recorren, maravillados, la superficie del taller lítico. (Foto H. Larraín   11/04/1997).

 Fig.1.   Esta imagen nos  muestra  el estado exacto, intocado,  en que fue encontrado el primer revolcadero de guanacos observado en el contorno del oasis de niebla. Dista escasos metros de la huella que  sirve a la mantención de las líneas eléctricas de alta tensión. Al centro, donde se alcanza a ver  la escala métrica de  un metro, se puede distinguir  la depresión del  revolcadero donde hallamos ese día varios instrumentos líticos rotos y muchas lascas de sílex a su derredor. La depresión mide exactamente 2,40 m de diámetro y es prácticamente circular  (escala: 1 metro).  Su profundidad máxima bordea los  15-18 cm. El relato de nuestro Diario de Campo  (Vol. 58, pág. 80-81)  señala que en su contorno inmediato hallamos 48 lascas de sílex y 3 de cristal de roca transparente; ninguna de basalto. En esta foto, aparecen Johanna Chaparro y José Bustamante, por entonces  alumnos míos de la carrera de Sociología de la Universidad Arturo Prat de Iquique.  Por el costado Este del revolcadero, pasa  un bien marcado sendero de guanacos que  viene desde el borde del acantilado y se pierde en la lejanía, hacia el Norte, en dirección a caleta Cáñamo.  (Foto H. Larrain en nuestra segunda visita al oasis de niebla el 17 de Mayo 1997).


Fig. 2.   Tomando un ligero refrigerio  en la zona del taller lítico. De  izquierda a derecha, Horacio Larrain, Marta Peña y Johanna Chaparro.  Aquí el acantilado y  el  borde costero quedan exactamente hacia  la izquierda de la imagen (Foto  José Bustamante, 17/05/1997).

Nuestro Diario de Campo apunta que ese día se realizó con ambos estudiantes, una prospección rápida del taller lítico, midiéndolo mediante pasos   (1 paso = 0.80 m.) . Se constató una extensión  E-W de unos 56 m. y una extensión  N-S de  65,5 m.   Superficie total así calculada: 3.668 m2.  Se consideró solamente la zona de mayor concentración de lascas y conchas marinas, pues estos materiales también  se encuentran dispersos, aunque en mucho  menor número,  en una superficie mucho mayor y en distintos lugares del oasis de niebla. El área de máxima concentración de elementos culturales lascas y objetos arqueológicos coincide bastante bien con el área de dispersión de las conchas vacías del gastrópodo terrestre  Bostrix derelictus (Diario H. Larrain, vol. 58: 80-81).

Interés  por estudiar los oasis de niebla.

Se observa hoy un interés creciente por parte de geógrafos,  biólogos, ecólogos y arqueólogos por conocer más a fondo estos ecosistemas que en el pasado, fueron de vital importancia para los primitivos pobladores de la costa árida del extremo norte de Chile. Porque sus recursos -máxime en años del "Fenómeno de El Niño"-  constituyeron en el pasado un aporte fundamental a la dieta de los cazadores-recolectores marinos. En efecto, los oasis de niebla, alimentados por las densas camanchacas,  han suministrado en el pasado  a las poblaciones costeras  abundante alimento  tanto en proteínas  y grasas (carne animal) como en hidratos de carbono (vegetales). La presencia de vegetación nativa en esta costa desértica, transforma el desierto absoluto, en determinados períodos de tiempo, en vergeles de vegetación que atraían irresistiblemente a  pequeñas  manadas de guanacos, las que merodeaban, por algunos meses en la zona. Los trabajos arqueológicos realizados  en la costa cercana, han dejado en evidencia la presencia de restos de vegetales, semillas y bulbos, procedentes de estos oasis de niebla.  (Cfr. Sanhueza et al,        Olmos et al.,    Moragas et al.,....).

Ecosistema  casi desconocido para los arqueólogos.

En las décadas pasadas,  rara vez los arqueólogos se dieron cuenta cabal de la importancia crucial que tenían estos ecosistemas, para la supervivencia de los grupos seminómades de la costa norte chilena. Más bien los consideraron casi siempre como lugares de recursos "eventuales", cuyas trazas descubrían en sus yacimientos costeros  (bulbos). La razón es obvia: no se había realizado, por entonces estudios biogeográficos  y bioclimáticos serios de estos ecosistemas costeros,  cuya real importancia por entonces  se desconocía.  Fuera del caso peculiar de Fray Jorge en la IV Región de Chile, (Coordenadas geográficas 30º 40´ 00´´ Sur y 71º 40´00´´ W  en la provincia del Limarí), donde se había practicado mediciones  sistemáticas con un instrumento Grunow ya en las décadas del 50 y del 60 del pasado siglo, no existían estudios de la potencialidad de la niebla para producir  agua in situ  y para alimentar numerosas especies vegetales, varias de ellas comestibles para el hombre.   Tal vez la única persona que  se refirió con cierta mayor profundidad a este tema, dándole un particular énfasis, fue la arqueóloga danesa Bente Bittmann,  en sus estudios sobre el poblamiento humano de Cobija, en la II  Región de Chile. En los cerros altos que miran a Cobija, de hecho, se verifica, igualmente, el fenómeno de la condensación del agua de la niebla, formándose in situ un pequeño oasis  de niebla.  Algunas referencias históricas apuntaban ya claramente a la utilización de estos sistemas de "lomas" (como se las denomina en el Perú) por parte de animales  tanto silvestres como domésticos ( burros, mulas).   Es el caso particular de la descripción  de Cobija y su entorno hecha por el marino irlandés  Francis O´Connor en 1825,  comisionado por el mariscal Sucre, lugarteniente de Bolívar, para buscar y habilitar, en el litoral desértico,  un puerto apropiado para la naciente república de  Bolivia. (Cfr.  Francis Burdett O´Connor, "Reconocimiento del litoral de Atacama en 1826",  Revista Chilena de Historia y Geografía,  Santiago de Chile, Año  LVIII (62):   267-285).

Imágenes  de sitios arqueológicos en el seno del oasis.

Nos proponemos en este capítulo del blog mostrar algunas imágenes de los sitios que nos parecieron, primo visu, de mayor relevancia científica, tal como aparecieron, a primera vista, en nuestras primeras visitas al lugar.  Iniciamos esta revisión con el sector alto, situado entre los  750 y los 850 m s.n.m,  área que hemos denominado "Alto Patache" por encontrarse este oasis de nubes exactamente en los cerros altos de la "Punta Patache", según la denominación usual de la cartografía del Instituto Geográfico Militar de Chile.


Alto y Bajo Patache:  un mismo territorio social.

 En los sectores bajos, correspondientes a la terraza marina, entre los  40 y 120 m de altitud s.n.m., se halla  el área de "Bajo Patache", denominación que hemos dado a otro conjunto de sitios,  de residencia o alimentación,  ocupados durante milenios por las mismas bandas de cazadores-recolectores costeros, antecesores de los changos históricos. Sobre "Bajo Patache" y sus sitios arqueológicos, presentaremos otro capítulo de este Blog en las semanas que vienen.  Aunque reciban denominaciones distintas (AP y BP, respectivamente),  no puede dudarse de que forman parte de un mismo sistema tanto ecológico como socio-cultural y ocupacional. En otras palabras, las mismas bandas u hordas humanas utilizaban, simultáneamente, ambos lugares geográficos que conforman así una única unidad  social y económica.  Ambos sectores  (Alto y Bajo) son, pues,  parte integrante de un mismo territorio étnico y de un mismo grupo humano: los cazadores-recolectores costeros antiguos. Solo por razones didácticas y de espacio, hemos preferido aquí separar y aislar ambos sistemas, pero tenemos plena conciencia de  que constituyen una unidad cultural indisoluble de estudio.

Signo claros de la presencia y actividad humana prehistórica e histórica.

En términos generales, diremos primeramente que todo el sector alto situado sobre "Punta Patache", bañado por las nubes,  muestra diversos signos inequívocos de la  presencia y actividad humana prehistórica e histórica. Estos "signos" se manifiestan  en: a) acumulamientos intencionales de piedras grandes, que sirvieron  como "parapetos de caza" para la cacería del guanaco  in situ; b)  la presencia de talleres líticos, donde se fabricó instrumentos de caza terrestre y marina; c) la presencia de un lugar de muy alta concentración cerámica (fragmentada), correspondiente a  grandes contenedores de agua, lugar que hemos interpretado desde los inicios como un sitio específico de captación de agua  de la niebla, por la presencia de enormes rocas con caras expuestas al oeste. Lo explicaremos  más adelante en detalle al mostrar la imagen respectiva; d) la presencia de fogones y de sitios de destasamiento de animales (profusión de fragmentos huesos intencionalmente quebrados);  e) la existencia de senderos de comunicación entre la parte alta y  el sector bajo de los campamentos de base  (entre los  40 y 100 m  de altitud snm.); f) la existencia de ciertos acumulamientos de piedras, aparentemente señalizadores de alguna "presencia", los que interpretamos tentativamente como posibles tumbas humanas  (enterramientos simples) y, por fin, g)  el hallazgo, en distintos lugares del oasis, de numerosos artefactos líticos  (enteros o fragmentados), claramente orientados hacia la caza animal (terrestre o marina) y su aprovechamiento. Estos artefactos hallados son tanto puntas de proyectil, como raspadores,  cuchillos, percutores, buriles o lascas  cortantes. Objetos todos claramente orientados hacia la caza animal y su utilización in situ.

Pruebas de la presencia de animales de caza.

Otra prueba tangible de la  frecuente práctica de la  caza animal  in situ, ha sido el hallazgo nuestro de numerosos defecaderos o bosteaderos de guanacos, de sus  revolcaderos y de un sinnúmero de senderos que cruzan en todas direcciones y que  bajan en forma visible hasta  los 100 m de altitud s.n.m.  Somos de opinión - tal como lo pudimos observar  personalmente en las alturas del macizo de Cerro Moreno (Antofagasta) en agosto de 1964- de que los guanacos, en pequeñas manadas, venían aquí a ramonear la cubierta vegetacional creada por el influjo de la camanchaca o neblina costera, entre los meses de mayo y diciembre, meses en que la neblina arrecia en el lugar  y produce el crecimiento y desarrollo de la vegetación autóctona.

Transhumancia  de cazadores-recolectores.

 Por consiguiente, opinamos que  no habría habido aquí una presencia continua de este animal en el área costera, sino  que solo aparecería por algunos meses, mientras hallaba allí el alimento fresco que le ofrecía el oasis verde. En otras palabras, su presencia era solo transhumante, viniendo las manadas desde las quebradas del interior, atravesando la pampa del Tamarugal  donde podían hallar también agua y alimento. Creemos, por consiguiente, que el guanaco no tuvo aquí un habitat continuo, sino solamente temporal. Al menos no en los últimos  5.000-6.000 años. Diferente pudo ser el caso durante el período pluvial más antiguo  (8.000-10.000 A.P.), cuando  el paisaje  se habría teñido de verde  todo el año. Pero no tenemos aún  pruebas claras de ello.  Hoy el guanaco ya no visita estos oasis de niebla como antaño, refugiándose en su habitat situado entre los   3.000 y 4.000 m de altitud, aprovechando las lluvias  de verano que crean un manto vegetacional. Tenemos la sospecha que las últimas visitas  de este animal a nuestro oasis, en pequeñas manadas o tropillas de 3-5 animales, debió ocurrir  hacia la década del 30-40  del pasado siglo, cuando las carreteras asfaltadas no ponían aún un obstáculo insalvable a su cruce  hacia  y desde el litoral.

 Imágenes de sitios particulares del oasis de niebla de  Alto Patache.


Los  parapetos de caza.

Fig. 3.  Sitio AP-1.   Sector sur del oasis, cerca de la  Estación Meteorológica.  Altitud s.n.m:    850 m,  Coordenadas UTM:  380429 / 7696783.  Claramente, este amontonamiento artificial  supuso la tarea de acarrear  piedras de la vecindad para formar este paradero de caza, escondite de los cazadores que aquí espiaban a sus presas.  Se halla justamente en el entrecruce de senderos de guanacos. (Foto H. Larrain,  12/112/2016).  

Fig. 4.  Sitio AP-1. (Alto Patache-2).  El mismo paradero,  en la cima del cordón de cerros,  bajo los efectos de la niebla rasante.  Está formado por  rocas del lugar, pero acumuladas aquí ex professo.  (Foto H. Larrain  12/11/2016).
Fig. 5.   Sitio AP-2 (Alto Patache-2).  Se encuentra en el sector NE de la Concesión  de Bienes Nacionales hecha a la Universidad Católica de Chile. Se ven dos o tres grandes rocas a las que se ha agregado otras menores. No se ha observado aquí  elementos culturales in situ. Paso obligado de un sendero de guanacos. Coordenadas UTM: 379976 /  7697369. Altitud snm.:  843 m.  (Foto H. Larrain  12/11/2016). 

Fig. 6.  El mismo sitio anterior.  Se halla en la cima de un cordón N-S. Al fondo, arriba,  se divisan en medio de la niebla los dos atrapanieblas que hoy alimentan  la Nueva Estación de Campo. (Foto H. Larrain  12/11/2016).


Fig. 7.   Sitio AP-3 (Alto Patache-3).  Sector que hemos llamado "Aguada". Enormes rocas expuestas directamente al Weste, literalmente cubiertas de líquenes. En su base y  su contorno inmediato, se halló el año 1997 una enorme concentración de fragmentos de cerámica común (ollas y platos), muchas de ellas correspondientes a  grandes vasijas para contener agua.  Es el lugar  de máxima concentración de cerámica en todo el oasis.  Nuestra hipótesis actual es que aquí los antiguos residentes  obtuvieron de la niebla rasante agua de beber. Creemos que aquí extendieron y fijaron mediante cuerdas  a la roca,  grandes cueros (de guanaco o de lobo marino), cuyo pelambre habría actuado como captador  y condensador de la humedad  de la neblina.  Coordenadas UTM: 379570 / 7696655. Altitud s.n.m.: 748 m. (Foto Nicolás Zanetta,  12/11/2016).



Fig. 8. Sitio  AP-3. La misma superficie de la roca, cubierta hoy  de líquenes. Alcanza un alto de unos 3.80 m. sobre el suelo. En su base, se alcanza a distinguir un pequeño ruedo de piedras, en círculo, que, aparentemente, permitía acomodar allí las vasijas grandes para recibir el agua que destilaba por los cueros peludos. Es dable imaginar  que la parte inferior del cuero tuvo un doblez que fungía como canaleta inclinada para  hacer deslizar  las gotas de agua al recipiente. No de otra manera nos explicamos hoy la enorme concentración de cerámica  junto a estas enormes rocas verticales, de superficie  plana.  En este lugar  se instaló durante meses un pequeño atrapanieblas de prueba, de  1 m2 de superficie de malla raschel, el que  cosechó una media de ----    lm2 de agua condensada (Cfr. Navarro et al.,  ------).  (Foto Nicolás Zanetta,  12/11/2016).


Fig. 9. Concentración de fragmentos de cerámica común de tipo culinario  en el sitio AP-3, dispersos en enorme número en torno a las rocas de la "Aguada". (Foto Nicolás Zanetta,  12/11/2016).


Fig. 10.  Sitio AP-3 o sitio "Aguada". Base de gran ceramio para contener agua. Hallado a pocos metros de la roca vertical citada en Figs. 7 y 8 de este capítulo. (Foto Nicolás Zanetta,  12/11/2016).

Sitio AP-4.  Área pequeña de  aparente sepultación o enterramiento  humano.


Fig.  11.  Sitio AP-4.  Nos llamó mucho la atención este lugar, donde  claramente se intentó aislar y distinguir el sitio de la profusa y desordenada concentración de pedruzcos y clastos angulosos de la ladera,  fruto tal vez de una antigua erupción volcánica local. Se nota de inmediato la presencia de pequeños agrupamientos de piedras (cada uno provisto de no más de 10-15 piedras en total) y separados unos de otros  por   2-3 m lineales  de espacio vacío. Hay cerámica y bastantes restos de conchas  de moluscos marinos en torno a estos "señalamientos". Las conchas parecen ser muy antiguas y se hallan muy erosionadas. Coordenadas UTM:  379502 / 7696887. Altitud s.n.m.:  767 m.   (Foto H. Larrain, 12/11/2016).

 Fiug. 12.  Sitio AP-4.   Unos conjuntos de piedras,  separadas del resto. Resulta obvio que por alguna razón particular se quiso aquí distinguir y separar  estos "señalamientos" del resto informe del terreno circundante, literalmente  cubierto de clastos. Tenemos la vehemente sospecha de que se trata de entierros humanos individuales. En el futuro, habrá que excavar aquí para confirmar o  desechar esta hipótesis. El señalar entierros con pequeños acumulamientos de piedras, sea en forma de "montículos"  o agrupamientos de piedra,  o de pequeños "pavimentos" de trozos de roca planos,  fue una práctica funeraria común en nuestra costa desértica. (Cfr nuestro capítulo del blog titulado:                                        Con este antecedente,  acudimos hoy  a esta hipótesis provisoria,  que habrá que probar algún día. En todo caso,  aún cuando no se tratara de entierros, queda vivo  el interrogante acerca de por qué se dejó aquí tanto cerámica como  restos de comida  en forma de conchas marinas  ((¿comida ritual fúnebre, tal vez?).  (Foto H. Larrain, 12/11/2016).


 Fig. 12.  Obsérvese la diferencia notoria entre estas concentraciones  de rocas pequeñas (donde dejamos la escala)  y el resto  de la enorme cubierta  continua de clastos angulosos que se puede ver hacia  la derecha (arriba) de la foto. (Foto H. Larrain, 12/11/2016).


Fig. 13.  Nuestro compañero  Pedro Lázaro Boeri,  tomando en el GPS la referencia topográfica exacta del sitio que hemos denominado AP-4, de probables enterratorios humanos. Coordenadas UTM: 379502 / 7686887 con una  altitud s.n.m. de 767 m. (Foto H. Larrain,  12/11/2016).


Fig. 14.   Nuestro sitio AP-5 corresponde al área del extenso taller lítico descrito más arriba. Es un área de alta concentración de lascas, instrumentos líticos fragmentados , conchas marinas y huesos animales  que alcanza una superficie total aproximada de  3.668 m2, considerando el área de mayor concentración de elementos culturales  y eco-culturales. (Foto H. Larrain  12/11/2016).


Fig. 15. Sitio del taller lítico o sitio AP-5  en la primera visita al lugar, efectuada en abril del año 1997.  Coordenadas UTM:  379668 / 7696910,  altitud s.n.m:  771 m.  (Foto H. Larrain, 11/04/1997).

 Fig. 16.    Vista desde  el borde del acantilado hacia  la terraza litoral y el mar.  La carretera panamericana N-S atraviesa la terraza marina, en un gran trazo rectilíneo. Hacia la derecha, arriba se distingue nítidamente  el morro llamado "Pabellón de Pica",  por su forma de carpa o toldo ("pabellón" para los españoles), donde se explotó el guano fósil de aves marinas. Llamado así porque eran los indígenas de Pica los que preferentemente, durante el período colonial,  venían a cargar guano fósil para abonar sus chacras. (Foto H. Larrain, 11/04/1997).


Fig. 17.  Un pequeño atrapanieblas  de  1 m2 de superficie de malla raschel, usado como instrumento de medición comparativo. Nuestro colega Pedro Lázaro examina el dispositivo de captación automático que permite medir la cantidad de agua producida por el instrumento. (Foto H. Larrain, 11/04/1997).


Fig. 18.   Captadores de agua atmosférica instalados en la proximidad  que abastecen hoy de agua potable  la moderna estación de campo en el oasis de Alto Patache  (Foto H. Larrain, 11/04/2016).


 Nuestros trabajos en este oasis a partir de 1997.

Los trabajos en la zona, con geógrafos del Instituto de Geografía de la Pontificia Universidad Católica de Chile a partir del año 1997,  fueron orientados  a  estudiar  y aquilatar la potencialidad de la nube rasante estrato-cúmulo, portadora de humedad, para producir agua potable, como también  a examinar y registrar el bioma tanto vegetal como animal presente en dicho nicho ecológico. En nuestra primera expedición, por lo tanto, estuvimos acompañados por  los geógrafos Pilar Cereceda  y Pablo Osses, ambos del citado Instituto. Buscábamos un sitio cercano a Iquique donde poder proseguir nuestras experiencias con el agua extraída de la niebla, tal como lo habíamos hecho exitosamente,  entre l980 y 1984, en el sitio  "El Tofo",  en los cerros del cordón Sarcos, en la costa de la  IV Región de Chile,  donde se había podido constatar la presencia casi permanente de la niebla, con cuya agua se logró abastecer abundantemente, por espacio de cuatro años, la caleta de pescadores de Chungungo.

Cómo llegamos a explorar este oasis.

Deseábamos saber si lo mismo se podría lograr en el oasis de niebla de Alto Patache, varios grados geográficos al N de El Tofo.  El inicio mismo de esta experiencia fue por demás bastante  anecdótico. Porque  casualmente el biólogo Walter Sielfeld, de la Universidad Arturo Prat,  nos había aportado gentilmente  la referencia de que en dicho lugar sería posible  hallar especies  nuevas y desconocidas de insectos. Como  uno de nosotros (Horacio Larrain)  era, además de antropólogo, un novel y entusiasta entomólogo,  esta visita a Alto Patache coincidía bien con los estudios climáticos que el Instituto de Geografía de la Universidad Católica estaba proyectando realizar  en la Pampa del Tamarugal.  Llegábamos, además, al lugar, sin darnos cuenta de ello, en el inicio mismo de un potente "Fenómeno de El Niño", el  que se descargó con potentes lluvias a partir del mes de agosto de dicho año 1997.

La primera llegada este lugar de camanchaca costera: orígenes de nuestro  trabajo in situ.

Copio aquí,  ad litteram, párrafos de mi Cuaderno de Campo escrito en aquellos días, inmediatamente después de la primera visita efectuada en abril del año  1997 (Volumen 58, página 20 y siguientes). Nos parece de interés reseñar y destacar aquí  qué elementos arqueológicos y ecológicos llamaron entonces poderosamente nuestra atención al echar el primer vistazo al lugar. Para su mejor comprensión, agregaremos, entre paréntesis, notas aclaratorias mías actuales.

"Tomamos la huella que sigue  (el) trazado de las antenas (1). Llegamos a una caseta con paneles solares y antena (2). Seguimos... 12.10 hrs., 800 m de altitud.  Muy cerca,  hacia el SW divisamos una hoyada u hondonada que protege en su borde W de los vientos del SW. estamos en un enorme taller lítico, con gran profusión de lascas de sílex de los más variados colores y algo de basalto (un 5% o menos de total) (3). Esta hoyada tiene algunas escasas conchas de locos y lapas  (4). No presenta grandes piedras,  solo cerámica que la Marta recoge cuidadosamente  (5). Muchas lascas. Coordenadas: 20º 49´23´´   y  70º 09´ 22´´ Altitud (snm.) 770-780 m.

No se observa cerámica decorada. pero sí aparecen trozos de bordes de vasijas (6). Se recogen. Parece observarse una depresión (¿revolcadero de guanacos?) (7). Esta hoyada presenta miles y miles de conchas vacías de un caracolito terrestre pequeño: Bulimulus sp? (8). Jamás me había tocado ver tal abundancia. Se podría recoger 5.000 (conchas) en poco rato. Estamos a pocos metros del acantilado (costero) (9). Estamos en un portezuelo  (10). Es su borde. Sobre el acantilado, vegetación arbustiva aparentemente seca (11). Mucho líquen en las rocas expuestas, en el borde del Acantilado. Aquí, a 800 m de altitud en el borde del Acantilado  recogí dos fragmentos de puntas de proyectil entre infinitas lascas, (y) un pequeño percutor en andesita de playa  (12). En el borde del Acantilado, se ve Pingo-pingo (Ephedra breana) y otras especies muy deterioradas  (13). ¿Están muertas o viven sus troncos y raíces? (14). El Portezuelo mira  directamente al SW. Ahora  (hay) aquí viento débil:  2m /seg. (15)Se dibuja aquí, en el cuaderno de Diario,  los dos trozos de puntas halladas (Ver Fig.---     ).

Objetos hallados:

Fig.  19.  Los tres primeros instrumentos  líticos hallados en el sector  del acantilado, al W. del taller lítico principal, en nuestra primera visita del  4 de abril del año 1997.  (Tomado de una página del Diario de Campo de H. Larrain,. Vol. 58, pág. 22)

Prosigue el relato.

Dispusimos de solo unos 15-18 m(inutos) para la inspección ocular. Vimos varias (pocas) lascas de basalto  (15). Pero el 95%  es de sílex. Pensamos con la Marta volver con los alumnos ayudantes, para hacer una visita exhaustiva del taller lítico y vecindades, y colectar todo el material de instrumentos  (16). Observé la flora, junto a los roqueríos del Acantilado y en rocas en descenso. Entre las oquedades de las rocas, prosperan algunas plantas arbustivas vivas, pero agónicas. Esperan la humedad de la Primavera..." (17)(siguen 13 líneas, omitidas aquí, de descripción de especies de Tenebriónidos (Insecta, Coleoptera) observados in situ, bajo piedras, pg. 23).

Rastros de guanacos.

Se observó arriba, en torno al Acantilado y cerros vecinos huellas de paso (senderos) de guanacos  (18). No hallamos guano (19). Las huellas bastante borradas, se ven antiguas  (20). Las hay junto al acantilado mismo y descendiendo paralelamente a éste, sin duda  buscando la vegetación de Ephedra, Nolana y otras especies secas (21).  Regresamos por la huella  de las torres de alta tensión. Empalmamos con la carretera que va a la mina de sal de Patillos..." (Diario de Campo de  H. Larrain, vol.  58 :20-23).

Notas nuestras actuales al texto de nuestro relato del "Diario de Campo" del año 1997.

(1)   Se trata del camino construido por la empresa  para asistir y mantener  la línea de torres de alta tensión que conducen la electricidad desde el puerto de Patillos (donde es producida por una central eléctrica a carbón, la Central ENDESA) hasta la Mine de cobre de Collahuasi. Esta huella fue construida en  1996, y fue habilitada pocos meses antes de nuestra primera visita. Sin esta huella, nos hubiera sido prácticamente imposible visitar el lugar de referencia y realizar las experiencias de captación de agua.

(2)   Es una instalación de control meteorológico perteneciente a la Cia Minera Collahuasi, que hoy se encuentra  en casi total abandono.

(3)   Las "lascas"   (en inglés flakes, en alemán  Steinsplitter) son  el producto  (como las virutas)  de desecho, fruto del trabajo de talla de artefactos de piedra. En el caso presente, se trata de las  esquirlas o virutas de sílex, tipo de roca especialmente apta para la confección de instrumentos cortantes por parte del hombre antiguo.  Tanto el sílex como el basalto, se dejan tallar con cierta facilidad, mediante certeros golpes (por percusión con otra piedra dura)  hasta dar la forma deseada ( cuchillo, raspador, punta de proyectil,  arpón, etc.).La presencia de infinidad de lascas o esquirlas en un determinado lugar, nos está indicando, sin duda alguna posible, la gran actividad de talla desarrollada aquí por los antiguos cazadores-recolectores marinos  que subían a este lugar  desde la playa  vecina. En este taller lítico, situado a los  770 m s.nm., la gran mayoría del material de descarte, fruto del trabajo de confección de instrumentos,  procede de un tipo de roca llamada  sílex, que presenta los más variados colores, desde el blanco casi transparente,  hasta el café oscuro o pardo, casi negro. Su superficie es siempre brillante, brillo que no desaparece  a pesar del tiempo transcurrido desde el corte.  

(4)   Una observación posterior más cuidadosa permitió hallar  diferentes especies de  productos del mar, de los que se alimentó aquí, a manera de  cocaví, el hombre del pasado. Así, hemos hallado, además de locos y lapas, chitones o apretadores, bivalvos de varias especies, señoritas,  choros zapatos, choritos y hasta  erizos  y  pulpos secos.

(5)   Con excepción del sitio que hemos denominado "la Aguada", donde  se halló - y aún se halla- un enorme número de fragmentos de cerámica  -sitio al que nos referiremos después en detalle-,  había en general escasa cerámica en la parte alta del oasis (que hemos llamado Alto Patache), si la comparamos con otras evidencias de ocupación humana primitiva (objetos líticos).  La explicación no nos parece difícil: éste era un sitio de caza y de recolección eventual de vegetales y bulbos, y no un sitio de vivienda permanente. Aquí no hubo propiamente viviendas, las que aparecen, en cambio, en los sectores bajos, que hemos denominado "Bajo Patache",  en la terraza marina entre los  50-100 de altitud o  cercanos de ésta.

(6)  Por la observación atenta del tipo de borde de los fragmentos cerámicos hallados, deducimos fácilmente que se trataba, por lo general, de ollas para contener agua o productos semi líquidos. No se ha hecho todavía un estudio del variado material cerámico hallado in situ en este oasis de niebla.  En la "Colección Larrain" que recientemente  (mediados de 2016) ha quedado depositada en el Museo Regional de Antofagasta, hay numerosas piezas fragmentadas de cerámica, para su estudio futuro, con indicación precisa de su lugar de hallazgo.  Y, en el terreno mismo, máxime en el sector de "La Aguada", hay centenares, tal vez miles, de  fragmentos cerámicos del tipo señalado (ollas y platos extendidos). Muy excepcionalmente, se halló, en este mismo lugar, trozos de cerámica decorada del tipo de "Las Culturas de Arica" (al parecer, Pocoma y San Miguel).

(7)  En el contorno del oasis de niebla, en los sectores altos, se detectó la presencia de varios revolcaderos de guanacos. Son depresiones  de forma aproximadamente circular, de poca profundidad  (máxime  20-25 cm en su parte media), hoy  rellenas de arenas muy finas da arrastre eólico posterior, donde el animal gustaba revolcarse. Es ésta una innata costumbre suya,  sea para liberarse de parásitos, sea por otras razones ecológicas que no entendemos bien aún. Los sitios aptos para  esta función se hallan en lugares blandos, en arena o chusca fina, donde  el peso mismo del animal al agitarse y revolcarse, va acentuando la depresión de tipo circular. Invariablemente, estos revolcaderos (Wollowing places, en inglés)  se hallan contiguos a senderos por donde transitan siempre.  También sus defecaderos (también llamados bosteaderos o guaneras),  se ubican en los mismos parajes, siempre al lado de sus senderos. Todos los camélidos americanos  (llamas. guanacos y vicuñas), al desplazarse,  tienen la costumbre de  utilizar siempre los mismos senderos y los mismos bosteaderos, razón por la cual éstos se han conservado bastante bien, a pesar del tiempo transcurrido.

(8)  Este caracol  terrestre  es Bostrix derelictus broderipi. Hemos enviado especímenes en el pasado al especialista, el  Dr. Claudio Valdovinos  de la Universidad de Concepción, quien tuvo la gentileza de  clasificarlos para nosotros.  Nunca pudimos hallar en los 17 años de nuestro continuo ascender al oasis, algún ejemplar vivo  de esta especie, solo las conchas vacías. Sin embargo,  muy recientemente, en  el mes de Agosto 2016, el  actual encargado del predio de Alto Patache, el geógrafo Nicolás Zanetta, tuvo la gran fortuna de hallar y fotografiar un caracol vivo de esta especie. Su concha es totalmente blanca, sin diseños coloreados visibles, y alcanza un tamaño máximo de 2,2-2,3 cm de longitud.  Existe una segunda especie de caracol terrestre en el oasis, que generalmente se halla en el sector del acantilado rocoso y que se denomina científicamente  Plectostylus broderipi. Es más voluminoso  y corpulento, pero  de concha más frágil, (de menor espesor de paredes),  y presenta un hermoso  diseño en diversos tonos de café claro, inconfundible.

(9)  El acantilado presenta un talud que cae abruptamente hacia  la costa, con inclinaciones  fuertes de 30º-35º y a veces más. Presenta aquí algunos potentes sectores rocosos, provistos de enormes rocas. Otros sectores se caracterizan por ser derrubios,   constituidos por materiales rocosos (clastos),  muy fragmentados, que han caído ladera abajo. También hay sectores francamente arenosos y aún arcillosos, de colores rojizos,  que tiñen de variados colores el paraje  observable en los cerros, desde la línea de costa.

(10)  La parte más alta del acantilado, en el contorno de este oasis de niebla, presenta algunas cumbres de cerros,  alcanzando un máximo de  850-860 m de altitud s.n.m. Sus alturas fluctúan, por tanto, entre los 770 m  y los 860 m snm. Entremedio de estas cumbres,  se abren amplios "portezuelos" con vista al mar,  de los que hay varios en el transcurso N-S de este  oasis de niebla. Estos "portezuelos" los hemos bautizado como pequeñas "pampas". Los "portezuelos" desempeñan un rol importante en la  captación de la niebla, pues se ha demostrado que el flujo del viento, al transitar por ellos es mayor  y adquiere, además,  mayor velocidad que en otros sectores del acantilado donde encuentra más obstáculos en su carrera tierra adentro.

(11)  En efecto, observaciones posteriores han detectado que gran parte de los arbustos perennes aquí presentes, constituidos casi únicamente por Lycium leiostemum y Ephedra breana  están hoy muertos. Escasos ejemplares de  la cactácea  columnar  Eulychnia iquiquensis  sobreviven a duras penas. No se registran, en todo este oasis, en un extenso trayecto N-S de unos 7-8 km,  más de 5 ó 6 ejemplares sobrevivientes. La  persistente labor extractiva del hombre costero, tanto antiguo como reciente, que lo recogía como útil combustible, ha sido  -a lo que creemos nosotros- la principal causa de su  quasi extinción in situ.  Tenemos claros testimonios de su extracción masiva por pescadores de la zona de Chanabaya  en las décadas 1940-60 del pasado siglo. (Agustina Guacante, com. pers. 2006).  Esta labor extractiva viene de muy antigua data, como lo comprueba la aparición de trozos de la cactácea Eulychnia sp, en tumbas de la costa, como lo hemos comprobado personalmente.

(12)   Vea Figura 1.   Todos los artefactos hallados en el contexto de este oasis de niebla (Alto y Bajo Patache) se encuentran hoy depositados en la "Colección Larrain", en el Museo Regional de Antofagasta.

(13)   Alguno que otro espécimen  del arbusto Ophryosporus sobrevive aún en el oasis, al igual que  muy escasos y raros  líquenes del género Notholaena (Notholaena mollis).

(14)  Nos ha tocado personalmente en tres ocasiones  (años 1997, 2002 y 2015, años de presencia del "Fenómeno de "El Niño") con lluvias locales de importancia, ver  crecer, desarrollarse y florecer abundantemente los pocos ejemplares sobrevivientes de los géneros Lycium, Ephedra, Ophryosporus y Eulychnia,  en los bordes superiores del acantilado costero.   

(15)   Ni el sílex ni el basalto, existen, que sepamos nosotros,  en el sector costero próximo, razón por la cual los antiguos indígenas  tenían que ir a buscarlo,  muy lejos,   al interior.  Muy cerca de Pica hay potentes  depósitos de basalto, de origen volcánico, pero también hemos hallado este material  en enorme abundancia, en fragmentos o nódulos grandes,  poco al N de quebrada Juan de Morales. Desde allí, sin duda, traían consigo los habitantes de la costa, cargándolos en sus morrales,  los nódulos elegidos de sílex, calcedonia  y/o basalto. Sin lugar a dudas, aprovecharon,  a su paso,  de surtirse abundantemente de nutritivas semillas de algarrobo y chañar en los antiguos bosques de la pampa del Tamarugal. Por tal razón, aparecen sus semillas  y frutos en los entierros de la costa.

(16)  Efectivamente, a partir de esa fecha,  subimos muchas veces con nuestros ayudantes de campo, alumnos por entonces de Sociología o de Antropología, de las Universidades de Iquique. Mis Cuadernos de Campo, entre los años  1997 y  2012 son testigos fieles de estos viajes y  de las múltiples actividades realizadas in situ, en el contorno del oasis de niebla. En las visitas subsiguientes, hallamos numerosos artefactos arqueológicos  que fueron cuidadosamente etiquetados con sus exactas coordenadas UTM  gracias al GPS que portábamos en terreno. Nos pareció de todo punto necesario recoger estas evidencias líticas, a modo de salvamento arqueológico, por cuanto se iba a realizar aquí una labor de campo durante años.  El peligro que estas evidencias cayeran en manos ineptas era  muy grande.

(17)   Jamás imaginamos, cuando escribíamos esta nota de campo, que muy poco después,  un 18 agosto del mismo año 1997, iba a ocurrir un fuerte aguacero  con lluvias intensas en la zona del oasis de niebla de Patache. Aunque por desgracia no se pudo medir entonces con exactitud el volumen de agua caída en el lugar, al no contar aún con un pluviómetro instalado, la intensa floración posterior fue  una prueba inequívoca  de su volumen.  Pudimos apreciar personalmente  la potencia de este aguacero, cuando, dos días después, abrimos en la zona del taller lítico ( en zona arenosa plana)  una pequeña calicata que detectó humedad muy intensa hasta los 35 cm de profundidad.

(18)   En esta primera visita  que no alcanzó a los 20 minutos, pudimos ya darnos perfectamente cuenta de la inmensa cantidad de huellas y senderos hechos por pequeñas tropillas de guanacos visitantes, a lo largo de muchos siglos.  Tema que  años después servirá a uno de mis discípulos, Luis Pérez Reyes, para hacer tu Tesis de graduación en Arqueología en la Universidad Bolivariana, Sede Iquique, sobre las estrategias de caza del guanaco en un oasis de niebla. (Cfr. "Parapetos en la camanchaca: estrategias precolombinas  de caza del guanaco en un oasis de niebla, área de Alto Patache, Región de Tarapacá, Chile",   Universidad Bolivariana, Iquique, Marzo, 2012,  297 p.).

(19)  En esa breve visita,  no alcanzamos a ver bosteaderos o defecaderos; pero a los pocos meses después descubrimos varios lugares donde  depositaron sistemáticamente  sus heces, siempre en pequeños cúmulos, en los mismos lugares.  Por el grado de descomposición de las fecas, sospechamos que tales lugares o defecaderos  no habían sido nuevamente visitados por guanacos. en los últimos  60-80 años, a lo menos. En la base de datos que elaboramos  hacia el año 2012, ya se dejó constancia de al menos  8 bosteaderos observados en el contorno del oasis.

(20)   Durante  los casi 20 años de investigación en este oasis (1997-2016) jamás  vimos guanacos merodeando en sus contornos.  El grado de descomposición de las fecas en los bosteaderos, nos sugiere que  su última presencia en la zona debió ocurrir probablemente hacia la década del  1940-1950.

(21)   El año 2015 fue un  año extremadamente lluvioso en la zona, detectándose una lluvia de  55 mm en apenas  6 horas en el sector del oasis de Alto Patache. Este fenómeno produjo una floración descomunal en los meses siguientes, descendiendo la abundante vegetación de Nolanas, Cristarias y Fortunatias  hasta los casi 100 m de altitud s,n.m,. cubriendo la parte arenosa más  alta de la terraza marina. Nunca vimos cosa igual en los 18 años anteriores. Hicimos varios viajes de prospección entre los meses de septiembre y diciembre del mismo año,  estudiando la flora y fauna presente.  Hemos expuesto,  en varios capítulos de este blog,  los efectos concretos de esta floración extemporánea que nos da una buena idea de lo que pudo suceder en tiempos antiguos  con presencia más frecuente de lluvias semejantes o mayores.  Solo así es dable imaginar  el desarrollo que  alcanzó un día la vegetación de bosquetes de Eulychnia y  Lycium que se sabe alcanzaron sectores bajos del acantilado  (bajo los 500 m), donde han quedado hasta hoy,  como testigos, sus troncos y ramas  secas.



miércoles, 16 de noviembre de 2016

Visita al cementerio abandonado de Caleta Buena: Un homenaje póstumo en el día de Difuntos.



Fig. 1.  Fotografía que  ilustra la obra del geógrafo norteamericano Isaiah Bowman:  Desert trails of Atacama, en su párrafo: "The desert landscape"  (American Geographical Society, Special Publications Nº 5, 1924: 12).  (Traducción del inglés:  "La abrupta costa del norte de Chile en el puerto salitrero de Caleta Buena. Un funicular conecta la playa con el nivel superior (de la montaña), que se alza  entre los 2.000 y 2.500 pies sobre el vel del mar").

Caleta Buena puerto de embarque del salitre.

Observamos en esta interesante imagen la presencia de un velero, a la espera de ser cargado de salitre. La foto debe corresponder a la década entre  1910-1920. Se puede ver  el trazado del funicular (cog railway)  así como de probables  cañerías  para  enviar a la playa  el salitre molido en los establecimientos del Alto. Impresiona  la tremenda altura  (720 m.) que tuvo que salvar el funicular que conducía diariamente a los obreros y provisiones hasta la orilla de la playa. En su descripción, Bowman nota con acierto la diferencia enorme que se puede observar entre  los paisajes de la costa peruana del extremo sur, donde varios ríos acceden al mar, y esta costa abrupta,  sin ríos  y totalmente desprovista de agua, en esta sección escarpada  de la costa norte chilena.

Conmemoración del Día de Difuntos.

El día 29 de Octubre de este año 2016, en vísperas de  la conmemoración cristiana del Día de Difuntos, la Municipalidad de Alto Hospicio, por iniciativa de la señora  Patricia Fuentes, encargada de Turismo y Patrimonio, realizó unas romería  a dos antiguos cementerios de la zona: Huantajaya y Caleta Buena. La actividad forma parte de un esfuerzo por preservar estos sitios históricos que dan cuenta de la  actividad  extractiva del salitre, durante  los siglos XIX y XX.  Con nutrida presencia de visitantes, se honró, por quinto año consecutivo, a las numerosas tumbas de operarios y sus familiares difuntos, cuyos monumentos fúnebres yacen abandonados en medio de la soledad infinita de la pampa. Se decoró las tumbas con ofrendas de coloridas guirnaldas  de lata  y con despliegue  de banda de música y bailes autóctonos. Más de 200 personas en  seis autobuses y  vehículos particulares participaron esta vez  del Acto.

En la mina de plata de  Huantajaya.

 La visita se inició en el cementerio chileno de la mina de plata de  Huantajaya, el único de los tres cementerios del lugar que  aún preserva en pie una parte significativa de sus antiguos monumentos funerarios, Esta vez, un amplio dosel y sillas protegían del sol implacable. La ceremonia  consistió en un  responso religioso, a cargo de una sacerdote columbano de Alto Hospicio,  y la presentación de varios conjuntos de bailes, tanto  religiosos como  autóctonos (aymaras)  y una banda de bronces. Los sones profundos y melancólicos de las marchas fúnebres resonaban lúgubremente en esa soledad,  recordando la gesta de cientos de pampinos  cuyos nombres ya nadie recuerda, que aquí ofrendaron sus vidas para extraer el valioso mineral de plata, durante varios siglos. Varias personas tomaron la palabra en el Acto, entre ellas el poeta iquiqueño Guillermo Ross-Murray, la organizadora del Acto, Patricia Fuentes y el Dr. Horacio Larrain B., a quien la Municipalidad entregó en la ocasión,  un galvano de reconocimiento por su labor de estudio y rescate de numerosos objetos patrimoniales  procedentes de los desmontes de la mina. 

Desaparición o robo de inscripciones funerarias.

En un reportaje anterior nuestro en este mismo blog, señalábamos  con tristeza y dolor que una sola inscripción permanecía legible  y en su lugar en este camposanto: una mujer Dolores O. de Campos, fallecida en el año 1900 a los  51 años de edad.  Todas las demás habían ya desaparecido  tanto por el inexorable paso del tiempo, como por la barbarie de osados  depredadores clandestinos (Cfr nuestro capítulo: "Cementerio colonial de Huantajaya: visitas efectuadas en 1993/1994").   Tal inscripción ya no existe hoy: han desaparecido  hasta los fragmentos de la antigua lápida piadosamente aportada por sus deudos.

Visita al cementerio abandonado de Caleta Buena.

Nuestra segunda visita de homenaje nos condujo, rumbo al sur,  al cementerio de la alejada Caleta Buena. Cincuenta y cinco minutos de viaje en vehículo  nos condujeron al lugar, hoy totalmente abandonado. Una carretera asfaltada se halla hoy en construcción, de la que  existen ya listos unos 15 km  de extensión. Al llegar, vemos algunas  informes ruinas, correspondientes a almacenes y la antigua maestranza de ferrocarriles que aquí hace más de 100 años. Ruinas de viviendas y de establecimientos del mineral. Mucho más que esas ruinas, sin embargo, nos  llama la atención el cementerio, conformado por  decenas de  monumentos funerarios en pie,  labrados todos ellos primorosamente en madera de pino oregón. Las tumbas están bien ordenadas en calles perfectamente trazadas. No presenta cierre perimetral alguno. Las antiguas y hermosas guirnaldas hechas con flores blancas de porcelana, han sido robadas hace ya tiempo por saqueadores y visitantes. Las guirnaldas hechas en hojalata, consideradas de poco valor, persisten aún, colgando de sus cruces, ya oxidadas  y apenas reconocibles. Es probable que estas tumbas  no hayan sido  visitadas u homenajeadas en los últimos 50-60 años. Tal vez más. Tal es su lamentable estado actual de abandono.  Un sector especial del camposanto concentra a hileras ordenadas de tumbas de párvulos, que se distinguen de inmediato por el pequeño tamaño de sus monumentos de madera.

Caleta Buena en el pasado salitrero.

Caleta Buena fue un importante puerto de embarque del salitre proveniente del cantón próximo que reunía a  varias Oficinas salitreras  cercanas,   las que estaban  unidas por un ferrocarril de trocha angosta, que  terminaba en el lugar  llamado "el Alto". Aquí había almacenes, bodegas, oficinas de correos y telégrafo. Abajo junto a la playa en la terraza marina,  estaban las viviendas de obreros, las bodegas para el salitre  y  -cosa muy importante-  un establecimiento para la destilación de agua de mar. Un impresionante  andarivel que salvaba una  impresionante altura de  720 m.,  permitía  el descenso hasta  la playa, tal como lo señala explícitamente el Diccionario Jeográfico de Chile de Luis Riso Patrón (1924:  120).Hemos revisado, igualmente,  el libro del historiador Oscar Bermúdez titulado Historia del Salitre ( dos vols, 1963, y 1984) en busca de referencias concretas  a Caleta Buena. No las hemos hallado, salvo una  vaga referencia a un andarivel que suponemos sea el de este puerto de embarque.

Nuestras fotografías  del  estado actual del cementerio de Caleta Buena.

Todas las imágenes aquí presentadas son nuestras y  corresponden  a nuestra visita  efectuada el día 29 de Octubre 2016.

 Fig. 2.  Vista  del camposanto de Caleta Buena, llegando desde el sur.  Armazones de madera en cuadro, finamente  trabajadas y  curtidas por el paso del tiempo, decoran las tumbas.


 Fig.3.  Las típicas armazones  de madera de pino oregón, de uso generalizado en las Oficinas Salitreras de la pampa chilena.  Cada familia se esmeraba por decorar  la tumba de sus deudos.

 Fig. 4.  Las pocas guirnaldas hechas de hojalata que aún cuelgas,  descoloridas y marchitas, de  sus cruces.  De esta tumba  solo se conserva visible  el túmulo de tierra,  coronado por la cruz  engalanada en varias ocasiones.

 Fig. 5.  Era costumbre instalar, en la parte superior de la tumba , al lado de la cruz,  un ----- donde se colocaba  el nombre del difunto y la fecha de su fallecimiento. No pocas veces se incluía aquí, resguardada del sol,  una fotografía del fallecido.


 Fig.  6.  Caída, abajo, se conserva aún incòlume la inscripción de esta tumba. Corresponde a  la señora Zoila Rospigliosi.


 Fig. 7.  Zoom a la misma inscripción anterior, milagrosamente conservada a pesar de estar  impresa en vidrio.  Se puede  aún leer con cierta dificultad: "A mi querida madre  (Q.E.P.D.)  Zoila Rospigliosi   1878-1901".  Esta es una de las poquísimas inscripciones que  aún se conservan   in situ. ¿Por cuánto tiempo aún...?   .

Fig.  8.  Pequeño monumento funerario  de un párvulo, sin nombre.  Sobre un pequeño radier de cemento, se ha instalado el armazón de madera,  primorosamente labrado.

 Fig. 9.  ¿Una tumba vandalizada?.  Los sismos de la zona  han hecho el resto.


 Fig. 10.  Un simple túmulo de tierra coronado por una cruz. En la parte media de la cruz debió estar la inscripción respectiva de la que ya no quedan rastros. Tal vez nunco poseyó  la típica armazón de madera  que se sobreimponía al  enterramiento. O, tal vez, se lo llevaron...

 Fig. 11. Algunas pocas tumbas, como ésta,  ostentan en su parte superior figuras de casas o viviendas, con sus escaleras, como en el caso presente.  Tal vez -como en el caso de las "animitas" de los caminos- , para que el difunto en su vagar, reconozca su lugar de origen  y retorne a su sepulcro.

 Fig. 12.  Una "casita"   que coronaba unas tumba  se ha desprendido de su sitio primitivo.


 Fig. 13.  Túmulo funerario enteramente atípico: solo una enorme cruz  cubre por completo   el sitio del ataúd de madera.  En la parte media de la cruz,  la placa de madera que portaba la inscripción, hoy ilegible.
Fig. 14.   Sencillo monumento fúnebre que presentaba,  en su parte media, el nombre y probablemente la fotografía  del fallecido.

Fig. 15.   La cruz  ha desaparecido de su posición original.


Fig. 16.  Una tumba olvidada.


Fig. 17.  El poeta iquiqueño Guillermo Ross-Murray tratando de descifirar el nombre del difunto, desgraciadamente ya ilegible.

Fig. 18.  Guillermo  recorre en silencio, como ensimismado, el doliente camposanto.

Fig. 19.  Nuestro amigo Guillermo  ha encontrado, entre las tumbas,  una antigua botella de soda, de la época salitrera, que  seguramente  encerró un día una flor como ofrenda.

Fig. 20. En el suelo, entre los escombros de una tumba,  esta flor hecha en hojalata,  parte de una antigua guirnalda, despedazada.

Fig. 21.  Las tumbas y sus monumentos en madera  muestran gran variedad de tipos de cruces.

Fig. 22.  Esta monumento fúnebre  muestra, en su parte superior,  una torre de iglesia  con escala de acceso.  En varias tumbas, vinos esta curiosas representaciones de viviendas o capillas.

Fig. 23.   Zoom hecho a la imagen anterior, mostrando el detalle de  la torre de una iglesia, hecha en latón con su  escala y empalizada  perimetral.

Fig. 24.  La imaginación de los artesanos locales -los propios obreros-  discurrió todas clase de variantes estilísticas  al esquema original de  monumento funerario.

Fig. 25.   Colgando de la gran cruz,  un nicho a manera de retablo   con  puerta   de rejas, donde  lució un día la fotografía del finado.


Fig. 26.  Representación de una sencilla vivienda obrera, coronando la tumba. La cruz está abajo caída.

Fig. 27.  Los visitantes, meditabundos y  silenciosos, recorren las tumbas engalanándolas con nuevas guirnaldas de hojalata, hechas  para esta visita piadosa.

Fig. 28. Vista desde lo alto hacia el litoral oceánico.  Más de 700 m de abrupta caída presenta aquí el  acantilado costero.

Fig. 29.  Vista hacia el NW desde las cimas del acantilado. La esterilidad del paisaje es total. Solo pudimos observar  entre las grietas de las  rocas expuestas  la presencia de  escasos líquenes, los que también  han logrado prender, con el paso del tiempo, entre las cruces de madera del camposanto.

Fig. 30.  La planicie  alta  donde se asienta el cementerio, da lugar a la abrupta  caída en un ángulo de 35º- 40º de inclinación.   Aquí se hallaba instalado el funicular que permitía descender hasta la playa.


Fig. 31.   Una de las poquísimas lápidas existentes aún in situ  en este cementerio, destruida. Manos piadosas han tratado de reconstituir  la leyenda: "A la memoria de María Alcázar Chocano fallecida el 19 ........de edad de....". Inútilmente buscamos por los alrededores  los otros trozos faltantes  de la lápida.  Al recorrer junto a  Guillermo Ross-Murray el desolado camposanto, solo pudimos hallar  4 leyendas aún legibles, entre las decenas  de tumbas y túmulos presentes. La memoria de sus fallecidos ya se ha perdido. Tal vez algún documento eclesial  conserve en sus archivos, en Iquique, sus nombres. Tal vez... (Compare con Figuras 6 y 7, más arriba). 


Comentario ecológico -cultural.

1.  Con toda probabilidad, los aquí enterrados fueron sepultados entre los años  1880 y  1920, al menos. Es decir, han transcurrido   ya  más de  90 años desde su abandono definitivo.

2.  No conocemos antecedentes de que se haya realizado aquí una ceremonia recordatoria, con colocación de guirnaldas y presencia de cánticos y  bandas de música, con anterioridad a esta fecha de nuestra visita, a juzgar por el estado de abandono de las antiguas y ya descoloridas  guirnaldas de hojalata que aún cuelgan de las cruces. 

3.  Según algunos testigos, los recientes terremotos y sismos, habrían causado daños en los monumentos fúnebres. 

4.  No deja de sorprendernos, de todos modos, la casi total desaparición de las inscripciones fúnebres. También han desaparecido  todas las antiguas flores de porcelana, robadas por turistas y visitantes sin escrúpulos.

5.   Este como tantos otros cementerios de la pampa salitrera, son hoy valiosos monumentos históricos que no sólo merecen  nuestro máximo respeto por tratarse de  seres humanos que aquí laboraron, sufrieron y murieron, sino también porque  son parte  fundamental  de una compleja historia regional, en la que muchos se enriquecieron  extrayendo el salitre, a costa del sufrimiento y el dolor  de sus obreros. Basta comparar este cementerio y sus simples monumentos en madera de pino oregón con las elaboradas tumbas del cementerio de los ingleses, situado en la quebrada de Tiliviche, con suntuosos monumentos  en metal y en piedra  y provistas de  inscripciones imperecederas. Ambos, sin embargo, han tenido un mismo destino común: el olvido y la soledad al amparo del sol ardiente del desierto.  ¿Qué familia inglesa o alemana, o qué  familia peruana o tarapaqueña   recuerda hoy  con piedad filial,  a sus numerosos deudos fallecidos en esta pampa reseca?. Nosotros  volvemos a musitar, al abandonar cabizbajos el camposanto a su ominosa soledad:

  "Dios mío, Dios mío, qué solos se quedan los muertos!"  (Becker).