domingo, 26 de mayo de 2024

Descripción de dos curiosos objetos ceremoniales aimaras de época colonial tardía, procedentes de Isluga,altiplano de Tarapacá.

 Hurgando en el origen de los dos objetos aqui descritos.

Durante nuestra permanencia en la ciudad de Iquique (entre los años  1993 y 2017) con Marta mi compañera de vida  solíamos visitar semanalmente el mercado donde nos abastecíamos de todo:  alimentos, ropa, utensilios y mobiliario o herramientas las más variadas. Uno de los puestos de venta era arrendado por un conocido anticuario iquiqueño, el señor Maldonado, que nos atrajo poderosamente desde el primer momento. ¿Razón?  Exponía en su pequeño  y abarrotado  puesto de ventas, los más variados objetos provenientes de los pueblos indígenas del interior de Tarapacá,  o de las ruinas de las antiguas salitreras, largo tiempo ya desmanteladas.  Maldonado -según el mismo nos confesara- solía visitar periódicamente los diferentes pueblos indígenas del interior, para comprar a los pobladores objetos o reliquias de tiempos antiguos, que sus dueños conservaban aún  -ya sin uso práctico-  en algún rincón de su vivienda.  Además de algún mueble o escritorio en exposición, nos atrajeron ciertos objetos artesanales indígenas que para nosotros tenían un especial  valor. 

Recuerdo bien  dos objetos que en distintas ocasiones  finalmente le compramos, después de regatear largamente su precio. Los dos tenían especial significación para nosotros desde un punto de vista antropológico y/o etnohistórico.  Hasta hoy, los conservamos con especial cuidado y esmero por su valor intrínseco o simbólico.

Como estos objetos pronto irán  a formar parte  de las colecciones del Museo de Historia Natural de la ciudad de Santiago (Chile) (1), he creido pertinente describirlos aquí y ofrecer  su historial y sus respectivas imágenes para que no se esfume el recuerdo del  lugar y circunstancias concretas de su adquisición.


Una vasija ceremonial aimara.

Es bien sabido que en las celebraciones de los pueblos aimaras y quechuas, la chicha de maíz  jugaba y aún juega un importante rol. En sus fiestas patronales donde celebran el aniversario de sus Santos protectores católicos, o en sus ritos tradicionales (como  la Limpia de Canales,  el Inti raymi o Machaq mara)  la chicha de maíz era -y aún es hoy día- un elemento que nunca puede faltar y que era laboriosamente preparada, con semanas de anticipación, por las mujeres del pueblo.  Para conservar la chicha elaborada en casa, los aymaras -al igual que los quechuas- utilizaban unas grandes tinajas de greda cocida. Los aymaras las llamaban <makhma>  o   <virkhui > . Los quechuas, igualmente, macma (<maqma>) (2).

Los aymaras poseían diferentes tipos de vasijas hechos en cerámica (greda) y había, especialmente en la cercana Bolivia, algunos pueblos alfareros donde tradicionalmente se las fabricaba.  En la zona  aymara chilena de Tarapacá, solo hemos detectado históricamente -hasta ahora-  la existencia de un solo pueblo, Macaya,  donde se fabricó por parte de don Antonio Cáceres y sus hijos,  cerámica casera en piezas de tamaño pequeño  (jarras, ollitas, pucos...)  hasta aproximadamente los años 1980-90. De ello fui testigo presencial en mi visita a Macaya efectuada en febrero del año 1980  con mi amigo Eduardo Monreal. Don Antonio estaba cociendo algunas piezas cundo lo visitamos y fuimos testigos directos de lo primitivo de sus procedimientos e instalaciones.

 Las familias aimaras del altiplano y pre-cordillera andina chilena solían surtirse de cerámica culinaria a través del contacto asiduo con los pueblos bolivianos próximos. En ocasiones, eran los mismos herbolarios y curanderos callahuayas quienes traíande Bolivia, además de sus propias medicinas, objetos de cerámica para la venta.    

De los objetos señalados, voy a referirme, en primer lugar a una gran vasija ceremonial destinada a contener  chicha. Después,  describiré  el  bastón o insignia de mando de los jilacatas o alcaldes de los pueblos de indios conocido como "varayoc" (3) en lengua quechua. Ambos objetos, según Maldonado, procederían del pueblo de Isluga, en el altiplano tarapaqueño.

Recuerdo haber preguntado al señor Maldonado  sobre las posibles  razones por las cuales los indígenas aymaras de los pueblos andinos se desprendían, sin mayor pena o dolor, de  estos objetos antiguos. Me intrigó bastante su respuesta:  "es que ahora son Pentecostales", me dijo. "Sus pastores les prohiben tomar parte en sus antiguas fiestas y ritos religiosos propias del culto católico tradicional.  Ahora estos objetos han pasado a ser para ellos  -al decir de sus pastores-  cosas del demonio". Nos confidenció también  Maldonado  que los pueblos de donde proceden la gran mayoría de los objetos antiguos  usados en sus ceremonias tradicionales y que hoy son puestos a la venta,  eran Isluga y Quebe.  

Efectivamente, según me relatara un día el padre  Pablo Dierckx (4), sacerdote de la Orden de San Francisco en Iquique, y párroco por entonces del poblado de Colchane, estos dos pueblos cristianos fueron convertidos en gran parte a la Iglesia Pentecostal por la predicación de un famoso pastor evangélico de nombre  Braulio Mamani Amaro (1921-2015) en la década de los años 60 ó 70 del pasado siglo. Por ello, algunas de sus antiguas iglesias coloniales  lucen hoy en completo abandono y alguna que otra, como nos consta, ha llegado  ser usada como abrigo y refugio para sus animales, como en el triste caso de la  antigua capilla colonial de Carahuano. 

Como su pastor les inculcaba en su templo que todos estos recuerdos de antiguos ritos y ceremonias eran "cosas del demonio", lo mejor era desprenderse de ellos y si obtenían dinero con su venta, tanto mejor.  De  este modo, llegaron estos objetos, como muchos otros,  a poder del anticuario Maldonado en Iquique.

1. La tinaja para chicha: descripción y fotos.

Fig. 1. Gran tinaja para la conservación de la chicha. (Foto H. Larrain , mayo 2024).

                                

Fig. 2.   Dos pequeños mamelones en torno a la  boca de la tinaja  (Foto H. Larrain, mayo 2024).

Medidas.

alto:  59,70 cm   

diámetro máximo externo (sección panza): aprox. 44,1 cm

diámetro boca (interno):  11.0 - 11.5 cm (algo irregular)

diámetro boca (externo): 16.2-16.9 cm (algo irregular)

diámetro boca más mamelones del  borde: 18.8 cm

diámetro cuello (externo):  aprox. 13,5 cm

largo mamelones (opuestos,  sector boca):  1.0 - 1.03 cm 

ancho mamelones:  1.0 - a 1.03 cm

diámetro de la base (irregular):  aprox. 13.0 cm

Dos asas, situadas a medio cuerpo, equidistantes; miden  6.0 cm (en su base) y 3,6 cm (parte protuberante externa).

Peso total: 11,230 kg.

Capacidad:  (?). No hemos querido intentar medir su capacidad en litros  por observarse una trizadura en su parte media (panza), la que abarca no menos de  36-38 cm. Indicio cierto de futura quebradura que debemos evitar. A ojo, me atrevería a decir que su capacidad ronda los 45-50 litros como mínimo.

Caracterización de su superficie exterior.

La vasija presenta exteriormente un bruñido burdo y un engobe sencillo color café oscuro terroso, con una superficie claramente irregular. Daría la impresión de no haber sido confeccionada mediante el uso de un buen torno de alfarero. Su aspecto exterior, por efecto del intenso uso, muestra algunas zonas más oscuras, ennegrecidas (sucias). No muestra marca o letra alguna que denote  pertenencia a algún pueblo o comunidad  determinada. A pesar del escaso diámetro de  su base (13.0 cm), ésta permite que el ceramio se sostenga bastante bien en pie. Pero su notable  pequeñez nos sugiere claramente que eran probablemente enterrados unos poco centímetros en el piso de tierra de sus viviendas para asegurar su plena estabilidad al  estar llenos de líquido.     


2. El bastón de mando (<varayoc>) de la autoridad aymara.

El bastón de mando, <varayuc> en lengua quechua o <santurei> (forma aimarizada por "santo-rey") era la insignia de mando otorgada por las autoridades españolas a los alcaldes indígenas de los ayllus o a los mallkus  durante el Coloniaje, tanto en el ámbito quechua como en el aimara.  ¿Cuál es su origen? ¿Existe alguna constancia,   de que esta insignia de mando haya tenido algún origen o precedente indígena? . ¿O se trataría, más bien  de una introducción hispana más en el tejido social  y cultural indígena?.

Con estas dudas iniciales, decidimos consultar  sobre este objeto  específico  y su denominación como <varayoc> al versado linguista peruano Rodolfo  Cerrón Palomino, quien nos  comenta en su carta-respuesta:

"Fue un placer recibir tu mensaje y con él las preguntas que me haces. Sobre la primera, que es la estrictamente lingüística, y que me resulta fácil de responder, es que <varayoc> se analiza como /bara-yuq/ 'el que tiene vara (bastón de mando'), o sea la autoridad mayor indígena de las comunidades, llamado en castellano "alcalde de vara". Tú has identificado el núcleo de la expresión, y yo solo quisiera agregar que no se podía decir /wara-yuq/, que habría sido la forma nativizada original, pues se creaba una duplicidad u homofonía intolerable, ya que /wara-yuq/ se interpretaría inmediatamente como 'el que tiene huara', es decir pantaloneta. Así, pues, el sufijo quechua -yuq tiene valor posesivo, y yo lo llamo 'adjudicador'. La palabra, que es institucional andina moderna, es de origen quechua y no aimara. Ahora bien, en cuanto a documentación, sí que estoy perdido, y haces bien en preguntarme si conozco a un buen etnógrafo o a un buen historiador del mundo andino a quien puedas referirte para indagar sobre su creación, y aquí te puedo decir que no, pues mis mejores contactos ya son muertos, y no tengo la dirección de otros conocidos. De todos modos, no la hubieras encontrado en Guaman Poma, ni en la bibliografía temprana colonial (vocabularios y crónicas), ya que el término me parece que tiene origen, si no finicolonial (si puedo emplear esta expresión) o republicano. En tu país debe haber gente que conoce el asunto. ¿Por qué no se lo preguntas a tu paisano José Luis Martínez...? (Carta al suscrito, 12 de mayo, 2024;  énfasis nuestro).


En una segunda carta suya nos confirma:

"Gracias, amigo Horacio, por pasarme el comentario que hace José Luis Martínez sobre la institución del <varayuq>. Lo que en realidad quisiéramos saber es desde cuándo se emplea el nombre híbrido, ya que no está en los documentos clásicos de la temprana colonia. La expresión se ha lexicalizado (5) a tal punto que los historiadores criollos, al describir una foto con el alcalde de vara, nos dicen que allí aparece el alcalde de vara con su varayoc: pura tautología ("el alcalde vara con su alcalde de vara"!). Habrá que indagar sobre el tema en algún momento. Un gran abrazo, Rodolfo". (carta al autor del 27/04/2024).

Por consejo del propio Cerrón-Palomino, escribí después al etnohistoriador chileno José Luis Martínez con el fin de recabar más antecedentes sobre su empleo en la Colonia.  Copio su valiosa respuesta a continuación.


Opinión del etnohistoriador  José Luis Martínez Cereceda


  "...Estuve revisando otros materiales para poder responderle.  Ud. me pregunta por varios temas.  A ver si los puedo responder adecuadamente.

a) parto por las varas.  Efectivamente, la introducción de la "vara de alcalde" o alcalde vara, es colonial.  Se impuso, sobre todo, durante los procesos de reducción de las comunidades indígenas a los pueblos de indios, proceso iniciado a partir de los años 1550s pero impulsado con mucha fuerza por el virrey Toledo a partir de 1570.  Recuerdo haber leído algunos padrones de reducción de esa época y señalaban la designación de alcaldes y la entrega de varas como símbolo de su autoridad.  En la España medieval, la figura del alcalde de un pueblo ("El mejor alcalde, el rey") era la institucionalidad de administración indirecta sobre los habitantes, modelo que se reprodujo también acá.  La tesis doctoral de José María Arguedas, recientemente editada, trata de ese proceso y sus consecuencias en las comunidades andinas contemporáneas (Las comunidades de España y el Perú).  En muchos casos, la agencia indígena local llenó las varas de otras simbologías, tales como la inclusión de una bola representando el mundo imperial o la cristiandad; en otras con cruces cristianas, etc.  Pero las varas también existían desde tiempos precolombinos, usadas igualmente por sus autoridades.  Son muy conocidos los bastones de la costa centro norte de Perú, usados por moches, chimúes y lambayeques (son bastones largos con la figura de una divinidad, usualmente Ai-apaec, en madera con incrustaciones de conchas y piedras semipreciosas.  Y también los incas tenían el yauri, una vara corta, que aparece dibujada y pintada en las crónicas de Martín de Murúa (la de 1596) y en Guamán Poma.  Personalmente he visto varios bastones costeños, pero nunca un yauri, de modo que no me atrevo a describirlo.

b) Sobre la función de las varas, hay varias.  La principal desde el punto de vista español colonial, es la de ser un emblema de la autoridad que se va pasando de alcalde en alcalde al ser rotativo el cargo; la inclusión de significantes religiosos católicos ponía asimismo los rituales y ceremonias bajo la advocación o el control  de esta religión.  Pero sus usos se fueron ampliando.  Frank Salomon tiene un muy buen libro de etnografía sobre las varas del pueblo de Tupicocha, en la sierra central peruana.  Allí las varas, de distintos tamaños y con diseños propios, son usadas y presentadas en común para denotar los rangos de las autoridades y una estructura de poder social y simbólico.  Lo interesante es que sus signos, de acuerdo a Salomon, conforman un sistema semasiográfico, es decir, comunicativo de signos no alfabéticos.  En muchas ocasiones he visto que las varas "son" la autoridad, se ponen en las iglesias antes de los cambios de autoridades, son "cargadas" y una autoridad no puede ejercer sin tenerlas consigo.  En ese sentido, no son un emblema solamente, sino un objeto con poder propio.

c) No soy un especialista en varas, aunque he visto muchas tanto en contextos cotidianos como rituales.  Creo que todas las que he visto tienen algunos elementos en común que extraño en la que Ud. me muestra.  Tienen un cabezal, que puede o no tener un objeto tridimensional en su extremo superior (una cruz, un globo), el cuerpo mismo de la vara, que usualmente tienen bandas horizontales de plata u otro metal, y una punta, puesto que muchas veces se ponen de pie, apoyadas en el suelo o en una pared, o entre los brazos y piernas de sus portadores.  La de Isluga,(que Ud me muestra en foto)  totalmente de plata, tiene un extremo superior simple, y, lo que más me extraña es la terminación del otro extremo, en el que parece haber una especie de ojal por el que pasar una cuerda o algo similar.  Sería más bien un objeto para ser colgado que puesto o transportado por una autoridad.  Pero nada de eso es determinante, por supuesto; las variedades creativas y agenciadas de las comunidades son infinitas". (carta del investigador al suscrito de 15 de mayo 2024;   énfasis nuestro al texto).



En suma, de esos antecedentes creemos poder  concluir:


a)  que hubo ciertamente un claro precedente inca (un tipo de bastón como signo de autoridad en su comunidad) que sirvió de base para la elaboración y concesión del <varayuc>  como insignia de mando en una comunidad indígena en la época colonial. Una de las representaciones de Guamán Poma en su obra de 1616 lo ilustraría,  según nos comunica en su carta el etnohistoriador chileno José Luis Martínez.


b)  Que esta vara o bastón de mando solía incluir  diferentes símbolos representativos del poder en una comunidad dada, simbología que no estaba especialmente reglamentada y que, por tanto, quedaba al arbitrio del  mallku o jilacata respectivo (6).


c)   Que no disponemos aún de antecedentes  seguros para concluir sobre la época probable de la adopción del término híbrido hispano-quechua <varayuq>, término que no figura en ninguno de los Vocabularios coloniales de los siglos XVI y XVII (ni en lengua quechua, ni  aimara). Cerrón Palomino sospecha que este término podría ser de uso "fini-colonial", es decir de los finales de la época colonial. 


d) Martínez Cereceda nos confirma  que este tipo de varas, como símbolo  autoridad en los pueblos indígenas, probablemente  podría datar desde la época del Virrey Toledo  (hacia 1570).


d) que también fueron denominados comúnmente  como <santurei> (tèrmino aimarizado de "Santo Rey")  en muchas comunidades aimaras  en los que se  representaba físicamente la concesión de un mando colonial, otorgado por la autoridad del rey de España.


e) que  el origen "sacro" de estas insignias de mando exigía, por consiguiente,  que fueran guardadas y protegidas en las iglesias, no en las viviendas de los  mallkus o jilacatas


f)  En cuanto  al aspecto externo de nuestro <varayoc> -lo que llama especialmente la atención de José Luis Martínez- podríamos, tal vez, sospechar que  haya sido  objeto de alguna modificación posterior, al pasar a manos de su último dueño.   


                                       

Fig. 3. Imagen de nuestro <varayoc> procedente del pueblo de Isluga. (foto H. Larrain, mayo 2024).

                        

Fig.  4. Otra toma de la misma vara de mando aimara (Foto H. Larrain, mayo 2024).



Descripción de la pieza.


a) Nuestra vara o bastón de mando colonial aimara, confeccionada en madera,  mide 46,5  cm de largo, con un dm medio de  unos 2.05 cm  y ha sido cuidadosamente forrada con 9 láminas sumamente finas de plata, de distinto tamaño (su ancho varía desde 4.7 cm  a 5.9 cm). La imperfección de este forro, nos permite ver porciones de la madera subyacente del bastón.


b) Ostenta a lo largo ocho pequeñas medallones o rodajas, labradas en plata,  con una única decoración interna que muestra diminutos objetos semejando clavos los que, cual manecillas de un reloj, la circundan en un número variable entre 22 y 28. En el centro de dicho medallón o rodaja, se fijó una gema brillante, en vidrio de color tallado y pulido que muestra seis caras, de diferente color. De arriba hacia abajo de la vara, el orden del color de las gemas es el siguiente: rojo sangre, amarillo, rojo sangre, amarillo, verde oscuro (turquesa), rojo sangre, verde y azul.  (Vea Figs. 3 y 4). (7).


c) En su extremo superior, se observa, incrustado,  una especie de tornillo, dotado de un gancho que parecería sugerir que el objeto podía colgarse (¿del cuello del jerarca  mallku o jilacata?)  (Fig. 5).  En su extremo inferior, en cambio,  se puede ver otra pieza metálica en forma de grampa, que fue clavada por sus dos extremos en la base de madera y que hoy se presenta intencionalmente doblada y aplastada (Fig. 8). Este extremo inferior del <varayoc> muestra un pequeño agujero  visible, hoy vacío, que tal vez sirvió antaño para ser fijado al suelo mediante algún tipo de apéndice puntiagudo, hoy inexistente. En el extremo superior, se conserva aún un pequeño fragmento de lo que pudo ser una "flor" u  adorno hecho de lana color verde oscuro, amarrado con un alambre muy fino al "tornillo". Las finas láminas de plata que recubren la base de madera del <varayoc>  tienen , aparentemente, un grosor de algo menos de 0,5  mm.   


Medidas exactas de nuestro <varayoc>:


Esta vara de alcalde indígena consta de una base de madera, revestida de finas láminas de plata (Ag)  y guarnecida con  8  medallones cada uno de los cuales está provisto, en su parte central, de gemas multicolores semejantes,  insertas, igualmente, en una base de  plata ornamentada.  

  

Longitud total de la vara:  46,5 cm

Peso:   273 gr.

Diámetro  de cada medallón de plata de adorno: 4,55 cm.

Diámetro de la vara de madera original (sin el revestimiento de plata): 2,05 cm (No se observa mayor variación en el dm. de la vara a lo largo de la misma).

Diámetro de los cabezales,  superior:  2,5 cm,  inferior: 2,9 cm.

Diámetro de las gemas de vidrio (al centro del medallón):  1,9 cm.  (dos de las gemas color verde están muy dañadas) (8). 

Longitud de cada dibujo de "clavos" en las rodajas: aprox. 1,1 cm (con muy pequeñas variantes). 


                        

Fig. 5.  Detalle de la porción superior de la vara, mostrando una argolla mediante la cual se colgaba  (¿del cuello del oficiante?).  (Foto H. Larrain, mayo 2024). 

                         ¨¨

Fig. 6.  Observe el diferente color de la gema en cada medallón. (Foto H. Larrain, mayo 2024).


                        

Fig. 7.  Gema rota en uno de los medallons de la vara. Note Ud. la decorsción de "clavos"  circundando el interior del medallón. (Foto H. Larrain, mayo 2024).

                        

Fig. 8. Porción basal o inferior de la vara. Muestra una argolla aplastada.  (Foo H. Larrain, mayo 2024).



Notas


(1) Estos dos curiosos  objetos de fina artesanía indígena nortina, son hoy parte de nuestras colecciones etnográficas e irán a formar parte, muy pronto, de las colecciones del Museo Nacional de Historia Natural de Santiago de Chile.  Todos mis apuntes, archivos, fotografías y cassettes antropológicos grabados con sendas entrevistas nuestras a artesanos o cultores indígenas, atacameños y aymaras, ya han quedado depositados en el citado Museo desde el mes de noviembre 2023.

(2)  Según grafía usada por el jesuita Ludovico  Bertonio, en su famosa  obra  "Vocabulario de la lengua Aymara, (impresa en Juli, 1612), reproducción  fotostática del CERES, IFES y MUSEF, Cochabamba,  Bolivia,  1984: 449.  Antonio Ricardo, editor, en su obra  "Arte y Vocabulario de la Lengua General del Perú" , Lima, 1586, (reedición hecha por Rodolfo Cerrón-Palomino et al., Lima, 2014,  pág. 347), trae  la voz <macma> (<maqma>) para este mismo tipo de vasija de greda. Como en muchos otros casos, el intercambio de voces entre ambas lenguas, quechua y aymara era frecuente dada su contemporaneidad y gran proximidad geográfica.

(3) <Varayuq> resulta ser  una expresión híbrida de la lengua quechua (-yuq) y castellana (vara), y ciertamente no es de procedencia aimara sino quechua.

(4) El sacerdote franciscano flamenco Pablo Dierckx  durante más de 30 años (llegó a Chile en el año 1987), misionó incansablemente en los pueblos aymaras de Camiña, Chiapa, Sibaya,  Colchane y sus estancias vecinas, dejando el vivo testimonio de una vida ejemplar de un abnegado pastor católico. Estudió la lengua aymara con la que se entendía con sus feligreses más ancianos y dejó unos valiosos Apuntes para el aprendizaje de esta lengua. El 6 de enero del 2018 se le dió una solemne despedida en el pueblo de Huara, capital de la Comuna que engloba a la mayoría de los pueblos andinos del sector norte del Tamarugal y su Orden religiosa franciscana lo envió al convento del pueblo de Salamanca, donde aún vive ya anciano.

(5)  La expresión "lexicalizar", usualmente utilizada por los lingüistas,  significa hacer que un elemento lingüístico pase a formar parte del sistema léxico usual de la lengua. 

(6)  En nuestro caso, la introducción de una hilada de medallones equidistantes, de plata, de idéntico tamaño,  provistos de una vistosa gema de cristal de color.

(7)  Desconocemos la simbología que se ha querido representar mediante el empleo de este tipo de medallones confeccionados en plata y  provistos de vistosas gemas de varios colores. Sospechamos que ésta debió tener un sentido preciso  para sus creadores y no habría sido un mero y casual  adorno de la vara.  

(8) Lamentamos no haber contado para este trabajo  con la excelente "Tabla de Colores" de Munsell (1975) para poder determinar científicamente  el color exacto de las gemas de los medallones. Las fotos respectivas nos permiten, en todo caso, una cierta aproximación a la realidad.  

Post scriptum

Agradecemos aquí especialmente el apoyo técnico prestado por mis vecinos de El Portezuelo don Alfredo Ugarte Peña, Teresita Ugarte Silva y la señora Beatriz Funes en la realización de este trabajo. 


lunes, 25 de marzo de 2024

¿Tropillas de guanacos en la costa desértica del norte de Chile?.¿Mito o realidad?. Nuestras observaciones en el sector sur de Iquique .

 ¿Colonias de guanacos en el desierto  costero del norte chileno?.


Fig. 1. Guanaco, (Lama guanicoe L). Foto tomada de Internet.

En  el año 1953  el zoólogo Guillermo Mann  publicó un pequeño trabajo sobre la existencia de guanacos en la zona desértica costera de Tarapacá y Antofagasta. Apareció en la revista Investigaciones Zoológicas  Chilenas, (Vol. 1: 10),  con el nombre de  "Colonias de guanacos -Lama guanicoe- en el desierto septentrional de Chile". Tras su atenta lectura, siempre me quedó dando vueltas en la cabeza la idea de hallar algún día rastros de tales colonias, que habrían sobrevivido en sectores costeros especialmente  favorecidos por la presencia de la camanchaca (1).

Nuestras  inquietudes.

Nuestra pregunta era, a mediados de la década de los sesenta del pasado siglo: a) ¿existirán todavía guanacos en la  franja costera de las primeras  tres regiones septentrionales de Chile  (Arica, Tarapacá y Antofagasta)?. b) ¿Cómo poder  tener plena certeza de su presencia?. c) ¿Podríamos hallar signos inequívocos de su existencia (o sobrevivencia) en lo alto de los cerros?.  Y, por fin, ¿por qué y cuándo dejaron de visitar estos lugares?

Nuestro avistamiento de guanacos en Cerro Moreno, en agosto del año  1964.

Tuvimos, como respuesta a la primera interrogante nuestra,  nuestra primera  experiencia previa trepando a  los altos de Cerro Moreno (Antofagasta), donde habíamos avistado (en agosto del año 1964) cuatro ejemplares de guanaco (tres adultos y una cría juvenil) hacia los 800 m de altitud, en la zona poblada de grandes cactáceas  (del género Eulychnia sp.), literalmente cubiertas por masas de líquenes del tipo "barbas de viejo" (¿Ramalina sp.?). Este primer y único avistamiento ya nos sugería claramente una valiosa pista de investigación. Allí también, en las alturas de  Cerro Moreno, habíamos ido aprendiendo, por experiencia directa, a distinguir los senderos antiguos, dejados por el guanaco, y a observar sus defecaderos y sus revolcaderos. Más aún, cuando en una de nuestras ascensiones, habíamos hallado varias puntas de proyectil hechas en sílex, justamente muy cerca o junto a tales senderos. Era evidente, pues, que el antiguo habitante de la costa de Antofagasta, el antecesor de los changos históricos, había tenido por costumbre de encaramarse a lo alto persiguiendo al guanaco, para aprovechar su carne y así diversificar su dieta alimenticia  preferentemente marina, con proteínas procedentes de animales terrestres. De hecho, no podía interpretarse de otra manera la presencia de puntas de proyectil hechas en sílex, fragmentadas o enteras, que  hallamos junto a los senderos que trepaban hacia  lo alto por sobre los 400 m de altitud.

De aquel primer contacto personal con ejemplares de guanaco avistados en los altos de Cerro Moreno, hemos dejado constancia escrita  en nuestra obra "Etnogeografía de Chile" (Colección Geografía de Chile, Instituto Geográfico Militar):

"En Cerro Moreno, Antofagasta, hubo un familia de guanacos hasta 1975.  Nosotros mismos vimos 4 ejemplares  hacia los 600-800 m de altitud,  en laderas que miran al W - SW y donde los cactus del género Eulychnia mantienen una frondosa maraña de líquenes  ("barbas de viejo")  de las que bebían el agua y se alimentaban"  (1987:  69, Nota 11).

Nuestra experiencia en los cerros del sur de Iquique (2).

 
Fig. 2.  Panorámica desde el área del oasis de niebla de Alto Patache hacia el sur. Se divisa a lo lejos  (arriba, a la derecha), el macizo denominado "Pabellón de Pica". (foto H. Larrain, 1997).

Desde nuestra primera visita al Oasis de Niebla de Alto Patache (diciembre de 1996), lugar  situado a unos 65 km al Sur de Iquique y a unos 775 m.snm.,   la idea de investigar la antigua presencia del guanaco (Lama guanicoe L) en esta área surgió potente y avasalladora casi desde el primer día. Habiendo llegado originalmente allí inicialmente con el objetivo concreto de descubrir e investigar el universo entomológico (es decir, el mundo de los insectos)  allí presente, por consejo de nuestro amigo biólogo Walter Sielfeld de la Universidad Arturo Prat, pronto nos dimos cuenta que había otros temas de investigación, tanto o más atrayentes que la entomología. La presencia de abundante camanchaca o neblina costera en el área, y las posibilidades de captarla, y el hallazgo inmediato de piezas líticas, prueba evidente de la práctica de caza animal por parte de los habitantes prehistóricos de la costa, realizado ya en nuestra primera visita, nos llevó rápidamente a interesarnos por estudiar la antigua presencia y actividad humana de caza en ese sector alto, muy próximo a la costa.

Tras las huellas de los guanacos.

Por eso, al visitar por primera vez el Oasis de Niebla de Alto Patache (diciembre  1996) y al hallar las primeras pistas patentes de la presencia de guanacos, quedamos gratamente sorprendidos; más bien diría yo, encandilados con el tema. Los rastros dejados por estos camélidos no nos eran en absoluto desconocidos; más bien, nos eran ya bastante familiares desde nuestros primeros  años de  eterno "caminante" por los cerros que se alzan detrás de la ciudad de Antofagasta  (1963-65). Los habíamos encontrado en los altos de los cerros costeros que miran a la ciudad, en zona de cactáceas columnares del género Eulychnia. Allí mismo, junto o muy  cerca de tales senderos, habíamos tenido la fortuna de hallar, igualmente, alguno que otro ejemplar de punta de proyectil, abandonada por los antiguos cazadores in situ. Pronto comprendimos que guanacos, camanchaca mojadora y flora y fauna autóctona, constituían una valiosa tríada, inseparable, merecedora  de mucho más investigación y estudio. Y por espacio de varios años, nos hemos dedicado a reunir antecedentes in situ sobre la cacería de guanacos por parte del pescador-recolector marino, convertido ahora también en avezado cazador terrestre.

Observaciones anotadas en el "Diario de Campo".

Nuestro Diario o Bitácora de Campo -herramienta insustituible del verdadero explorador-   ha ido sumando en sus páginas  numerosas experiencias y observaciones, muchas de las cuales queremos recoger aquí en beneficio de nuestros lectores, sobre todo de los jóvenes exploradores o "caminantes" que, de alguna manera, se interesan por enfoques nuevos en la ecología o arqueología, mucho más centrados en el análisis de la "morada humana" en su totalidad. "Morada"  en un sentido amplio, que incluye no solo sus asentamientos propiamente dichos (conchales), sino también sus territorios habituales de caza y pesca, su territorio de movilidad estacional, su territorio cúltico o  de veneración a sus deidades, su territorio de obtención de materias primas, etc. Forma de enfoque que nosotros hemos denominado como una eco-antropología. (3).  

Las primeras pistas de guanacos en Alto Patache: 1997.

Fig. 3.  Descubrimiento, junto a la huella de vehículos,  del primer revolcadero de guanacos en el sitio de Alto Patache. Aquí con mis alumnos de sociología José Bustamante y Johanna Chaparro (11/09/1997). En el contorno de esta "depresión" artificial, hallamos los primeros instrumentos líticos, fragmentados, y numerosas lascas  (Vea Fig. 5, más abajo. La escala gráfica de 1 m  permite apreciar el diámetro del revolcadero).


Cuando subimos por segunda vez en vehículo hasta la parte alta del oasis de Alto Patache, no tardamos en tropezar, a la orilla de la huella, con un típico revolcadero, depresión característica de aproximadamente 1.5 m de diámetro y no más  de 18-20 cm de profundidad (ver Fig. 3),  perfectamente circular, que usa el guanaco para revolcarse y librarse así de sus parásitos. En seguida, descubrimos en su derredor, numerosas lascas de sílex dispersas, de variados colores, y tres o cuatro instrumentos tallados que reconocimos de inmediato como toscos cuchillos hechos en sílex de diversos colores. A muy corta distancia del revolcadero, pasaba un sendero de guanacos, bien delineado, que se perdía en lontananza, hacia el norte y hacia el sur. Esa notable experiencia en un lugar nunca visitado antes por arqueólogos, nos dejó fascinados. En visitas posteriores, junto a la colecta obligada de interesantes especímenes entomológicos, máxime de coleópteros tenebriónidos que muy pronto aprendimos a buscar bajo el follaje casi seco de plantas de  Nolana, Ephedra, Lycium o Solanum, o bajo piedras y pedruzcos,  fuimos afinando los ojos en busca de pistas que nos ayudaran a desentrañar el misterio de estos guanacos de antaño  y su esquiva presencia en el lugar.  Hoy, al parecer y  desde hace muchísimos años, han abandonado definitivamente  el lugar. ¿Por qué?   Era la incógnita que deseábamos a toda costa desentrañar.

Quince años de  prolijas observaciones.

En los quince años de constante y fatigoso ascenso al lugar  del oasis de niebla (1996-2012), hemos reunido gran cantidad de observaciones, objetos arqueológicos y fotografías  probativas de la presencia del guanaco en este oasis de niebla. Con paciencia, íbamos describiendo minuciosamente en nuestro Diario de Campo cada una de nuestras observaciones, procurando no omitir detalle. Este material lo expondremos a continuación en beneficio de nuestros lectores y, a propósito de él, aprovecharemos para  insertar nuestras propias reflexiones  eco-antropológicas.

 Trataremos de responder a las siguientes  preguntas: ¿por qué ya no visitan los guanacos este oasis?. ¡Qué esperaban comer allí, cuando venían?.  ¿Cuál era el lugar de origen de estas tropillas?. Y, finalmente, ¿en qué momento dejaron de llegar aquí? , ¿Por qué?.   O, lo que es lo mismo,  ¿en qué fechas, aproximadamente,  llegaron  hasta aquí las últimas tropillas de guanacos?.

Las pruebas inequívocas de la presencia del guanaco en el oasis de niebla.

Si bien nunca tuvimos, durante esos primeros quince años de investigación del lugar   (1997-2012),  la inmensa suerte de observar aquí un animal vivo en este paraje, las evidencias de su antigua presencia  y actividad en la zona, abundaban. ¿Cuáles eran  éstas?

Las enumeramos una a una:

A.  Los  senderos (guanaco trails) trazados en las lomajes  y en en la pampa interior.  Estas huellas han quedado indeleblemente  grabadas en la superficie. Observe las  fotos que siguen: 


Fig. 4.   Retícula formada por numerosos senderos de guanacos que se cruzan (Foto H. Larrain, 10/01/2010).




        

Fig. 5.  Composición fotográfica de Luis Pérez Reyes (2009) en los cerros cercanos a Alto Patache. Observe la increíble malla de  senderos entrecruzados en las laderas.

 Los senderos típicos de guanaco son  muy angostos y nunca miden más de unos 20-25 cm de ancho. Es  imposible confundirlos con un sendero hecho por seres humanos; éstos son mucho más anchos.  El paso frecuente y repetido,  exactamente por los mismos lugares,  ha hecho profundizar la huella. Estas recorren toda el área formando  una  confusa red de senderos a veces paralelos o casi paralelos, que descienden cerro abajo hasta  los 300-350 m de altitud sobre el nivel del mar. Seguramente bajaban hasta la misma terraza marina, pero  la presencia aquí de arenas movedizas y dunas costeras termina  por cubrir y tapar sus huellas aquí abajo.  En lomajes más abruptos, los hemos encontrado muchas veces en líneas casi paralelas, formando un  auténtico mosaico de rejillas; de seguro,  dos o tres animales transitaban muy juntos, uno detrás del otro, dirigidos por un macho guía. Estas huellas, debido a las escasas  y muy esporádicas  precipitaciones en el área, perduran aquí por siglos, decorando el paisaje. 

B. Los defecaderos (o "bosteaderos", como prefieren decir los zoólogos).  Son lugares  situados inmediatamente al lado de los senderos, donde dejaron, acumuladas, sus fecas. Es costumbre conocida de estos camélidos americanos (compartida por llamas, alpacas  y vicuñas), la de defecar siempre exactamente en los mismos sitios. Lo que va produciendo,  con el correr del tiempo, pequeñas acumulaciones. Las fecas que hemos hallado aquí en Alto Patache denotan claramente un largo período de abandono. En efecto, las fecas recién depositadas aglutinan muchas "bolitas" formando pequeños glomérulos o cúmulos. En los bosteaderos abandonados hace mucho tiempo (como en nuestro caso), se ha producido tanto la disgregación de las "bolitas", como igualmente su paulatina e inexorable disminución de tamaño (diámetro). Sospechamos que aquí se produjo el abandono definitivo del área por parte de las tropillas de guanacos visitantes,  hace unos 100  ó más años. Probablemente, no mucho más.(....).  No pocos de los bosteaderos examinados por nosotros son muy pequeños y  las "bolitas" (fecas) que lo componían, han sido ya en parte o desmenuzadas o arrastradas por el viento ladera abajo. La pequeñez de estos bosteaderos (nunca hallamos uno con más de 1.5 m2 de superficie), apunta, igualmente,  a la presencia in situ  de tropillas muy pequeñas de animales, los que tal vez no superaban los 3-4 ejemplares. En nuestro estudio, detectamos la presencia de más de 30 defecaderos, algunos tan pequeños como una superficie de apenas 30 cm2. Los mayores, apenas superaban el m2 de superficie. Los hemos hallado en planicies, hondonadas y también en laderas suaves. Un bosteadero  muy antiguo se detecta de inmediato  por el tamaño muy pequeño  de sus "bolitas", apenas perceptibles. Éstas, con el paso inexorable  del tiempo, el efecto del viento y las eventuales lluvias  in situ, van perdiendo peso y tamaño pero conservan su forma esférica característica.

Fig. 6.  Imagen de un bosteadero o defecadero ("dung piles", en inglés) cercano al taller lítico en el oasis de niebla de Alto Patache.  El tamaño del cuaderno y el lápiz de referencia dan una idea de la pequeñez del sitio. (Foto H.  Larrain, 2012).


C. Los revolcaderos.  Son los sitios preferidos para  echarse y revolcarse. Prefieren para ello sitios planos,  en terrenos  más bien  
blandos, arenosos, donde no hay piedras que estorben. Su forma y aspecto es característico: presentan  pequeñas depresiones de  1.40 - 1.60 m. de diámetro, son casi perfectamente circulares, y tienen una profundidad variable, del orden de los 20-25 cm dependiendo de las características y dureza del subsuelo.  Invariablemente, se hallan a un costado y muy cerca de sus senderos. En varios de estos revolcaderos (como se observa en nuestra figura Nº 3, más arriba), hemos hallado signos típicos de actividad humana: como  lascas de sílex y aún instrumentos toscos, como cuchillos o raspadores. Los guanacos, por lo que se sabe, necesitan refregarse contra  el suelo arenoso. Se lee en la literatura zoológica que esto sería para librarse de parásitos; tal vez sea, también,  por otra razones biológicas que hoy se nos escapan.

D.  La presencia de  artefactos líticos en sus inmediaciones. Frecuentemente hemos hallado puntas de proyectil, generalmente rotas,  rara vez intactas,  junto a estos senderos. Seguir por largo trecho uno de esto senderos, es casi con certeza la oportunidad para hallar  alguna herramienta  en sílex o al menos lascas de este material. Lo hemos comprobado a menudo  personalmente. Lo que vendría a ser un indicio seguro de que el animal herido fue perseguido por sus cazadores, a lo largo de sus sendas; lo que nos  parece obvio. Es sabido que, una vez alcanzado por un proyectil del cazador indígena, el guanaco se va desangrando lentamente, pero puede caminar algunos kilómetros hasta caer finalmente exhausto o muerto. El cazador que sabe que acertó el disparo de su flecha,  lo siguió  imperturbablemente, tal vez por horas y horas,   hasta encontrarlo postrado, desangrado.

Fig.  7.  Estos tres instrumentos fueron hallados a los costados del revolcadero señalado en nuestra Figura Nº 3. Expedición a Alto Patache del día  04/04/1997.  (Referencia en nuestro Diario de campo  Nº 58, pág. 22). 


E. La presencia de parapetos de caza. En varios puntos, de preferencia en  los filos de los cerros, hemos hallado unas extrañas acumulaciones de piedras, desordenadas, pero que claramente no parecen ser un producto natural de la geomorfología y/o de la litología del lugar. Alguien las acumuló allí con una finalidad específica. Sospechamos fundadamente que éstos eran pequeños apostaderos donde el indígena cazador se agazapaba y ocultaba, cubierto tal vez por una piel de guanaco, con  su arco listo para disparar, a la espera del paso de su presa. Estos  parapetos -como los hemos llamado-  se ubican estratégicamente  junto a cruces de senderos donde la visibilidad era mayor en varias direcciones. El cazador debió aprender a conocer, por una larga experiencia, exactamente la hora preferida de paso de los animales, así como los puntos estratégicos de desplazamiento habitual. La presencia de cruces de senderos ya sugería qué lugares eran los  más promisorios para una caza efectiva. En alguno de estos parapetos, hemos hallado restos de conchas marinas o fragmentos pequeños de sílex, frutos éstos del desbaste de las rocas para obtener instrumentos, y son señas inequívocas de la presencia humana. Un afloramiento natural de rocas, pudo ser aprovechado, también, como un parapeto ocasional, con fines de caza. Los restos allí dejados o descartados, pueden  y deben constituir una evidencia palpable de su presencia.

              
Fig. 8. Típico parapeto de caza en una encrucijada de senderos antiguos. (Foto H. Larrain,  2016). 



F. Otra posible seña, más reciente, de su presencia y de su persecución por el hombre, puede ser el hallazgo que hemos hecho, en un par de ocasiones, de un casquete de bala,  como evidencia de caza in situ en el entorno del oasis de Alto Patache. Pudo tratarse, igualmente,  de la caza del zorro chilla o de aún de algún ave. Es posible;  pero la máxima probabilidad -en nuestra opinión- apunta a su interés por perseguir aquí guanacos, presas que por su tamaño valía la pena obtener.

G.  Los huesos de guanaco. En la zona que hemos denominado "taller lítico", donde hallamos amplia evidencia de confección de artefactos líticos (lascas),  hay sectores llenos de pequeños fragmentos de huesos, muy fragmentados, y no pocos de ellos con señas de quema. Su  examen, hecho por el zoólogo chileno Benito González a petición nuestra, comprobó que se trataba únicamente  de huesos de guanaco faenados in situ.  He aquí el conjunto de  fragmentos de huesos obtenidos al cernir cuidadosamente el material extraìdo  del pozo de sondeo que practicamos en el lugar: 


Fig. 9.  Variedad de fragmentos de huesos de guanacos hallados  en el pozo de sondeo del "taller lítico"  el día 04/02/2006. Los huesos color oscuro, negruzco,  fueron expuestos al fuego y quemados. Las astillas más finas, a lo que creemos, corresponden a la práctica de la  extracción cuidadosa de la médula ósea como alimento.  (V
er Dario H. Larrain,  vol. 76: 112-116). 


H. Las puntas de proyectil de sílex halladas en la zona del taller lítico, en el oasis de Alto Patache. Solo en el contorno del taller lítico, hallamos más de 50 puntas, enteras o fragmentadas.

Fig.  10.  Algunas de las puntas de proyectil  están provistas de pedúnculo, elemento que permite asir fuertemente la punta al astil de madera (Foto H. Larrain, 2012).

I.  Los fragmentos de sílex desechados (lascas),  fruto del desbaste de un núcleo para la obtención de las puntas de proyectil (flechas) o raspadores.


Fig., 11. Material de desecho en sílex color blanco. (lascas).

No hemos detectado otras evidencias seguras de su presencia.


Respondiendo las preguntas   iniciales.

Al parecer, no se ha vuelto a  avistar ejemplares de  guanacos en los cerros cercanos a Iquique en los últimos cien años (Vea, sin embargo, nuestra Nota 1).  Existe  la valiosa  información histórica que recoge Lautaro Núñez en uno de sus trabajos antiguos, de que los salitreros ingleses, entre  los años 1880-1890,  hacían todavía eventuales partidas de caza del guanaco en los altos de  Chucumata  (Vea Nota Nº 4).
 
Si no nos equivocamos, el químico y ensayista de metales inglés William Bollaert confirma esta misma versión, en su obra  editada en el año 1860 en Londres.  La permanencia de guanacos en minúsculas tropillas en tales sectores era  un indicio cierto de una mayor presencia o durabilidad de la vegetación in situ. Y ésta, de la existencia de mayor humedad en el área. ¿Lluvias tal vez más frecuentes o una camanchaca más  densa y persistente?. No lo sabemos.

¿Cómo podríamos tener plena certeza de su presencia actual?.

 A mi juicio, la única manera sería verlo deambular aún en alguno de los oasis de niebla de la costa o, al menos hallar alguna vez sus fecas frescas en sus bosteaderos o defecaderos. No existe otro posible modo, que sepamos. De presentarse en estos lugares, solo podría ser con ocasión de la presencia de un año muy anómalo del fenómeno de "El Niño", con la aparición de abundantes lluvias en la costa que permitieran el desarrollo de un  verdadero "desierto florido" en sus contornos por espacio de varios meses (julio-diciembre). De darse tal situación, tendría allí este animal  el alimento indispensable para subsistir allí por tres o cuatro meses.  ¿Podría ocurrir esto?. Sí, pero es altamente improbable, pues  la existencia de modernas rutas asfaltadas, muy concurridas,  en la depresión intermedia o pampa del Tamarugal en dirección  N-S,  espantan y alejan definitivamente  a estos animales, enemigos acérrimos del ruido y de la presencia humana.

Ya hemos respondido más arriba la segunda duda, sobre la existencia de signos inequívocos de su presencia eventual.

¿Por qué dejaron de visitar estos lugares costeros?.  

 Hay tres respuestas que nos parecen  hoy más probables:

a) porque  la presencia de  las actuales rutas y carreteras los alejan y espantan  y así no pueden cruzar de Este a Oeste desde su actual refugio  en altitudes entre los 3.800 y los 2.500 m. de altitud  ni siquiera de noche;   

b) porque en todos los oasis de niebla de la zona norte ha disminuido tan notoriamente la vegetación, que su escasez haría hoy prácticamente imposible su permanencia; 
  
c) Porque, además,  el número de guanacos en la zona precordillerana -su presumible lugar de origen- también ha disminuido ostensiblemente.

Para que algún día en el futuro, volviesen los guanacos a visitar estos parajes costeros donde existen oasis de niebla, se requeriría al menos de  dos factores, prácticamente imposibles de reproducir hoy:
  
a) un período notorio de varios años consecutivos de  aumento en las lluvias en la costa, capaces de  revitalizar y regenerar la vegetación propia del ecosistema de oasis; 
  
y b) la creación de protegidos y bien diseñados "corredores biológicos" que permitieran a esta especie  transitar hacia las costa, sin ser perturbados.  Esta última idea es difícilmente practicable hoy día, dado el tráfico vehicular incesante, de día y de noche, que circula por las carreteras y la presencia y actividad humana creciente en torno a ella. El guanaco es un animal  sumamente tímido y desconfiado, y rehuye sistemáticamente la presencia humana.  La creciente ocupación humana de la pampa, es pues, el primer elemento que a nuestro juicio,  ha ahuyentado de inmediato su presencia.

Notas aclaratorias.

1.   El biólogo Walter Sielfeld de las Universidad Arturo Prat de Iquique nos informó que la última observación segura de guanacos en los altos de Chipana (oasis de niebla) fue realizada en el año 1996 (Com. personal al autor en el año 2006).

2.  Este artículo se nos había quedado en borrador entre nuestros capitulos del Blog desde el año 2012. El trabajo estaba entonces  virtualmente completo. Dado su interés, hemos considerado necesario insertarlo hoy. Solo hemos añadido al trabajo original las fotografías alusivas, y algunos comentarios nuestros  en notas ad hoc. El tema es apasionante. 
Sobre este mismo tópico, hemos publicado otro capítulo de nuestro blog con el título de: "Cómo se cazaba el guanaco en tiempos prehispánicos: argumentos tomados del oasis de niebla de Alto Patache", editado el  24/12/2009. 
 Para entender mejor las estrategias de caza de los primitivos habitantes de la costa en estos oasis de niebla, véase la valiosa tesis del arqueólogo Luis Pérez Reyes: "Parapetos en la camanchaca: estrategias de caza  del guanaco en los oasis de niebla, área de Alto Patache, Región de Tarapacá", Universidad Bolivariana de Iquique,  Marzo 2012,  297 p. 

3. Vea in extenso qué entendemos nosotros por   "eco-antropología" en nuestro Blog  https://eco-antropologia.blogspot.com .

4. En la obra “Riquezas Peruanas”, Colección de artículos descriptivos escritos para  “La Tribuna”, Lima,  Junio 28,  1883, se estampa la siguiente nota: “En los mismos Altos de Iquique, en las faldas del cerro Ayarbide  [se trata del cerro conocido  hoy como  Oyarbide!], en las alturas de Choquemata [Chucumata actual, sector aeropuerto],  crecen algunas yerbas en los meses de mayo a octubre, producidas por las constantes neblinas, ahí llamadas camanchacas, que humedecen de noche de modo notable estos terrenos. En esos campos no escasea el guanaco, perseguido muchas veces por vecinos extranjeros [léase ingleses de las Oficinas Salitreras]  de Iquique. En las cumbres de Choquemata ha  sido labradas  las superficies de algunas rocas areniscas, en figuras de estanques, donde  se depositan las aguas de esos copiosos rocíos de que he hablado. ¿Por quién y cuándo se hicieron esas  obras?”. (cit. en artículo de  Núñez Lautaro y Juan Varela:“Sobre los recursos de agua y el poblamiento prehispánico de la costa  del Norte Grande de Chile”, Estudios Arqueológicos, Universidad de Chile, Antofagasta, Vol. 3-4,  1967/68, Antofagasta, pág. 13; paréntesis cuadrados  nuestros).

5.  Raro hallazgo de un esqueleto de guanaco en área de Patache.


Fig. 12.  Lugar exacto del hallazgo de un esqueleto de guanaco por nuestro ayudante el joven arqueólogo don Luis Pérez Reyes. Que yo recuerde, es éste el único hallazgo de esta naturaleza (esqueleto semi completo) realizado en los contornos del oasis de niebla de Alto Patache durante nuestros extensos recorridos por el sector (1997-2016). 

6. Referencias recientes. De una carta del  zoólogo Benito González al suscrito, fechada el  20/10/2006:

"...además, te mando una foto de una hembra de guanaco comiendo la flor de un cactus rastrero (no recuerdo su nombre) y,además, me tocó ver cómo un animal pateaba fuertemente una Copiapoa columba-alba y consumía su contenido. Los líquenes, además de consumirlos, sirven como pantallas que retienen el agua para ser bebida. Esto me tocó verlo con la gente de la BBC en un documental donde yo colaboré....".











 







viernes, 15 de marzo de 2024

Momias o esqueletos humanos en Museos: ¿se puede exhibirlos, o no?. Problemática disyuntiva planteada hoy a los Museos del mundo.

 En  recientes artículos nuestros en defensa de la actividad arqueológica del jesuita padre Gustavo le Paige en San Pedro de Atacama, en este mismo Blog, nos hemos planteado  la siguiente inquietud: "es lícito exponer en los Museos momias o restos humanos del pasado"?.  Las etnias indígenas reconocidas en Chile han estado poniendo hoy  en tela de juicio esta práctica habitual, muy en boga en el siglo pasado en gran parte de los museos del mundo.  Por cierto, también en Chile (1). 

 El caso tal vez más bullado en nuestro país, -que ha desencadenado una verdadera persecución a su autor-  ha sido el del Museo arqueológico construido por el padre Gustavo le Paige en el poblado atacameño de San Pedro de Atacama,  en la región de Antofagasta en 1962. Es bien conocido el hecho de que uno de los mayores atractivos de dicho Museo donde confluía un numeroso público extranjero curioso, era la exhibición de momias atacameñas perfectamente conservadas, junto a su rico ajuar mortuorio con el que fueron enterradas. No pocas de ellas, a lo que sabemos,  con fechados de C14 cercanos a  los  1.000 a  2.000 años atrás.  

Fig. 1.  Momias atacameñas expuestas en el Museo Arqueológico de San Pedro de Atacama por el padre le Paige (antigua foto nuestra en blanco y negro del 8 de  diciembre 1964).

Fig. 2.  La primera sala de exposición del Museo de San Pedro de Atacama. Observe las momias dispuestas a ambos lados de la sala. No se expone en vitrinas aún....todo está a la vista. (Foto H. Larrain, 8 diciembre 1964). 

Fig. 3   Fotos de momias y cráneos del Museo del P. Le Paige en San Pedro de Atacama. En reportaje del diario "El Mercurio" de Santiago de Chile del día 25 de Junio,1981.

Nunca, que sepamos, exhumó le Paige tumbas  o excavó cementerios indígenas recientes, posteriores a la conquista española. Mucho menos las tumbas adosadas a los costados de las iglesias antiguas, como en el caso de Chiuchíu (2). Pero sí cementerios o tumbas que, por cierto, no estaban visibles  en el paisaje y que el arqueólogo llegó a descubrir gracias a su "olfato" característico o -más frecuentemente según sospechamos- gracias al "dato" suministrado por lugareños y que le hacían llegar a menudo (3). 

Las momias  y los cráneos atacameños.

¿Qué tenían de particular estos antiguos restos humanos para le Paige?. ¿Por qué su afán, aparentemente desmedido, por colectar y estudiar varios  miles de cráneos humanos antiguos exhumados en la zona atacameña?.  Porque hay constancia de que en su antiguo  Museo llegó a acumular una enorme cantidad de cráneos, más de 4.000 (4). Material de estudio que para él era indispensable.

Fig. 4.  Momia expuesta en el antiguo Museo de San Pedro de Atacama. Motejada como "Miss Chile" por algún desaprensivo visitante, tal denominación prendió y siguió en uso. Lamentable falta de respeto  hacia una joven mujer atacameña del pasado. (Foto en reportaje citado de "El Mercurio", del 25 de junio 1981).

En nuestra opinión, tres poderosas razones impulsan al arqueólogo a buscar afanosamente y extraer,  estudiar y guardar  tales restos en su Museo:  

a)  Estudiar el tipo, forma y características  de algunos de estos cráneos  comparándolos con especímenes del tipo Neandertal descubiertos recientemente  en  Europa, obsesionado con la idea de hallar rastros del período paleolítico y del hombre de Neandertal en  la zona atacameña (tarea propia de la antropología física), 

b) analizar y describir las características de cada cultura representada por el conjunto de elementos característicos de su ajuar  funerario,  vestimentas, objetos, cerámica, utensilios varios u ofrendas asociados al  entierro (tarea propia de la arqueología).

c)  Verificar, por fin.  la secuencia cultural observable  desde un punto de vista cronológico para llegar a concluir la existencia de una continuidad de la cultura atacameña  in situ. Cultura propia y característica de Atacama y claramente diferente de la de otros lugares, Para ello, necesitará  le Paige examinar muchos contextos arqueológicos y obtener algunos fechados de C14 que le permitan afirmarla  (tarea propia de la arqueología). (5). 

En el primer caso, le interesaba  descubrir posibles  relaciones de los más antiguos habitantes de Atacama  con  grupos marginales (o finales)  del paleolítico del Viejo Mundo. Concretamente, llega a sospechar la existencia de un contacto con grupos Neandertales llegados a América desde Siberia a través del estrecho de Behring en Alaska. Movido por esta "sospecha", nos podemos explicar bien  su interés casi enfermizo por hallar posibles relaciones genéticas, perceptibles a través de la forma externa del cráneo  (análisis de la calota craneana). Curiosamente, no se interesaba mayormente por  el estudio de los maxilares inferiores (mandíbulas), como se puede apreciar a través de  sus escritos.

En este contexto, podemos comprender su marcado interés por estudiar los que él denomina "cráneos chatos",  especímenes  que a él le recuerdan vivamente formas neandertales. Tal preocupación es claramente perceptible en  varios de sus artículos de índole antropológico-física. Véase, a título de ejemplo, las siguientes citas que señala en su trabajo: "Cráneos atacameños, evolución, ritos", editado en los Anales de la Universidad del Norte Nº 5,  año 1966:

"El caso  tan extraño y especial de San Pedro de Atacama, mostrando en su material lítico y agro-alfarero una secuencia tan perfecta, esta vez no artificial, ¿tendría también su comprobante en los rasgos antropológicos?. La arqueología no, puede contestar (esta pregunta) y lo importante (en este caso) es la antropologia física"  (le Paige, 1966: 7).

"El grupo de cráneos de "tipo chato" nos había llevado a decir que no podríamos afirmar  si la mezcla de Neandertaloide y de Sapiens se había realizado antes del paso por Bering, o en América misma. El cráneo de Tambillo inclina la cuestión en favor de la segunda hipótesis" (Le Paige 1966: Lám. 4). (6).

"Ahora bien, ¿en qué consiste  el grupo de Tipo Chato?. Tiene tres características :  1)  arcada supraciliar (7)  pronunciada;  2) frente huyente, 3) occipital bajo y alargado, además de la altura Bregma-Basion (ABB) muy reducida. 

También hay que insistir sobre el hecho de que el cráneo del "Tipo Chato" se encuentra en los cementerios más antiguos de San Pedro de Atacama, para desaparecer totalmente en los más recientes". (le Paige, 1966: 8-9, énfasis nuestro).

El lenguaje usado por le Paige en estas citas es a veces tan lacónico y sintético (y a veces imperfecto), que cuesta no poco entenderlo...Por eso, nuestra adición en el texto de algunas palabras aclaratorias puestas entre paréntesis. 

Fig. 5.  El padre le Paige estudiando los cráneos de su colección craneológica. Imagen tomada de su propio trabajo: "Antiguas culturas atacameñas en la cordillera chilena",  Anales de la Universidad Católica de Valparaíso,  Nº 4-5,  1957/58, pág. 123.

En síntesis, le Paige nos viene a decir

 Así como se puede comprobar en la zona atacameña una clara secuencia cultural tanto en la  evolución de la cerámica como en la lítica, podríamos preguntarnos si, a la vez, será posible observar una evolución temporal en los caracteres físicos de la calota humana desde el tipo Neandertal al tipo de "Cráneo Chato", exhumado en San Pedro, tipo éste último que,  de acuerdo a le  Paige, es propio de tumbas muy antiguas y termina por desaparecer del todo en tiempos más recientes.

A le Paige se le objetó en su tiempo que en sus análisis craneométricos confunde  la deformación  tipo "tabular oblicua" -frecuente en la zona- con un imaginado "Tipo Chato". Le  Paige arguye con argumentos, sin embargo,  decididamente  en contra de dicha posible confusión (ver 1966: 9); (8). 

En suma, aún cuando los conocimientos de le Paige en materia de antropología física fueran frágiles (pues no existe la menor constancia de estudios suyos en esta especialidad) (9), podríamos concluir que  él tenía el "presentimiento" de que su secuencia craneométrica apuntaba a la probable persistencia  de rasgos neandertaloides en su zona de San Pedro.  Muchos de sus cráneos, como los que rotula de "tipo chato", en su opinión, le parecen comprobar definitivamente  sus hipótesis (10).

Tal búsqueda le incentivaba  a exhumar y reunir la mayor cantidad posible de cráneos con el objeto de  corroborar sus audaces hipótesis. Lo cual nos permite explicarnos hoy, perfectamente, y sin recurrir a hipótesis estrafalarias, la enorme cantidad de cráneos que llegó a reunir en su Museo arqueológico. 

Lo que más le apena - y lo confiesa abiertamente- es no haber podido hallar tumbas comprobadas  correspondientes a las culturas líticas más antiguas de cazadores-recolectores: según él, las de Ghatchi o Tulán (11). Lo señala explícitamente , con una cita parcial en francés, al inicio de su trabajo "Cráneos atacameños" (1966: 5):

"En abril de 1966 el arqueólogo francés  que descubrió en enero de 1953 el  tesoro de Vix, decía: "mais ce qu`il me faut, voyez vous, c´est la nécropole de guerriers de Vix. Où est elle? sacrebleu!.." (traducción: "lo que me falta, véanlo, es la necrópolis de los guerreros de Vix...¿donde está?, ¡maldición!...(1966:  7).

Citas semejantes se puede espigar en su trabajo: "Estudio craneométrico de la colección del museo de San Pedro de Atacama", Anales de la Unversidad del Norte, Antofagasta,  Nº 1, 12-35 del  año 1961 o en su artículo: "Cráneos atacameños: evolución, ritos", publicado por  Anales de la Universidad del Norte, Antofagasta, Nº 5, 7-10, año 1966.

Este tema (posible influencia temprana Neandertal en América) le intriga y apasiona enormemente. En buena medida, -sospechamos- sería éste el fruto de sus frecuentes lecturas de reportes franceses aparecidos en revistas de Francia o Bélgica, que recibe regularmente y/o de las lecturas de las obras de su correligionario, el jesuita y paleontólogo francés Pierre Teilhard de Chardin  (1881-1955). (12).

En nuestras frecuentes visitas a San Pedro de Atacama (1963-65) para ayudar a le Paige en sus tareas apostólicas, tuvimos la grata oportunidad de conversar y discutir más de una vez este tema con el propio le Paige que estaba por entonces realmente obsesionado con  esta posibilidad. 

Momias atacameñas.

¿Qué pensaba le Paige sobre la exposición de sus momias en el Museo de San Pedro?. En primer lugar, debemos tomar en consideración el hecho  de que, en aquellos años, era frecuente y normal exponer cuerpos humanos con su respectivo ajuar funerario, procedentes de excavaciones, en todos nuestros museos arqueológicos. Nadie lo objetaba. Por el contrario, ello constituía una prueba tangible de la fidelidad del científico al mostrar el fruto de  sus excavaciones y sus resultados concretos. 

Recuerdo bien que nosotros mismos, en nuestro pequeño museo de la Universidad del Norte en calle Prat en Antofagasta, teníamos en exposición varias momias desenterradas por Bernardo Tolosa en Quillagua (1964). En particular, recuerdo muy bien aquella de un pescador que presentaba, colgada a su cuello, una talega decorada. En su interior, hallamos numerosos pececillos  pequeños, disecados. como "alimento" para la vida en el más allá.

 En efecto, en mi Diario de Campo  rotulado como  I-A  con fecha de 12/08/1963  y con ocasión de la visita a Quillagua con Bernardo Tolosa, anoté lo siguiente: "cementerio de pescadores. Junto a los sembrados, al lado del camino, se trajo dos momias (al Museo), una de adulto envuelta en piel de pájaros, con plumas, atada con correones de cuero (¿de lobo de mar?... ¿de auquenidos?)".  (Diario I-A, 1963, pág.4). Este proceder nuestro no fue ciertamente una excepción: seguíamos el hábito de la mayoría de los arqueólogos de la época.

Otro recuerdo personal.

Me atrevo a aportar aquí otra escena en que me tocó ser protagonista. Extracto de mi Diario de Campo Nº 1-A la fecha aproximada del hecho: 24/09/1964.   Invitado por el arqueólogo Percy Dauelsberg del grupo de Arica, fui desde Antofagasta con el joven estudiante de biología Agustín Llagostera a ayudar a Percy y su equipo a desenterrar tumbas halladas en un montículo funerario, en la parcela  19 del valle de Azapa.  Los dueños de dicha parcela, la familia Ramos Coddou querían, a toda costa,  eliminar un gran túmulo,  a unos 30 m. de su vivienda, que según ellos les estorbaba. Sondeos previos hechos por la propia familia (en realidad, huaqueos), señalaban claramente la presencia de gran número de tumbas apiladas unas encima de otras. Por ello recurrieron al arqueólogo Dauelsberg, por entonces el mejor experto de la zona. Dos o tres días, en efecto, estuvimos allí ayudando y tomando notas de los hallazgos (13). La totalidad del material funerario entonces recolectado pasó a integrar las colecciones del Museo arqueológico de Percy que, a la sazón, se encontraba en calle Sotomayor, en la ciudad de Arica. Pero Percy, a pedido mío, nos obsequió algunas momias y cerámicas decoradas para formar parte de la colección de nuestro museo de la Universidad en Antofagasta. 

Como el jesuíta Alfonso Salas nos había pedido que de vuelta a Antofagasta trajésemos dos vehículos nuevos (citronetas), recién compradas por la Universidad en Arica, aproveché la oportunidad de llevar conmigo 3 momias procedentes del citado túmulo funerario (14), obsequio de Dauelsberg para nuestro flamante Museo universitario. No pensé para nada en las posibles  consecuencias. Al llegar a la aduana de Cuya, sitio de control policial obligado,  me presenté en la oficina. A la pregunta del carabinero por el número de pasajeros que yo portaba, señalé que en mi vehículo venían otros tres pasajeros que estaban imposibilitados de bajar. El funcionario se acercó al vehículo a verificar y ahí se da cuenta de la calidad de los presuntos viajeros. Al ver mi aspecto de sacerdote y al escuchar mis explicaciones, el funcionario policial sonrió y nos dijo: "aquí en Cuya cuando levantaron el cuartel policial, aparecieron también varios entierros". Por suerte para nosotros, no dio mayor importancia al hecho que en  otra época pudo habernos costado caro (15).

Este pintoresco episodio demuestra con qué facilidad, en aquellos años, se podía traficar en el país  con restos humanos arqueológicos y objetos  funerarios.


En Santiago, la momia del cerro El Plomo.


La arqueóloga austríaca Grete Mostny, directora del Museo de Historia Natural de Santiago, mantenía en exposición, como notable adquisición,  la famosa momia de la niña del cerro El Plomo, hallada en el año 1954, notable expresión de un  sacrificio humano denominado "capacocha" dedicado  al sol y a las divinidades  de las alturas en  el Tawantinsuyo de los Incas. (16). Esta exposición ha atraído, por muchos años, numerosísimos visitantes. Nadie objetó nunca -que sepamos- su exhibición en el Museo.

Le Paige por lo tanto, en este tema -como en  otros similares-  solo continuaba una tradición general existente en todos los museos del mundo, costumbre  iniciada, tal vez, en el Museo de El Cairo con la exposición pública de las famosas momias de los faraones egipcios  que han sido  exhumadas hasta hoy, en los cementerios de Saqqara, Lisht, Tebas y otro sitios más en Egipto y Nubia  (17).

Es cierto que Le Paige -a diferencia de  todos los otros arqueólogos en Chile- exhuma muchos más cuerpos y cráneos que todos sus colegas chilenos juntos (18). Ya hemos abundado en su explicación, a nuestro entender, por las poderosas razones que le mueven e impulsan en  este afán aparentemente exagerado.


¿Ahora bien, existe algún "parentesco" real de las momias atacameñas con los actuales habitantes de la zona?. 

Los pueblos indígenas en Chile, en particular los del Norte (aimaras, quechuas, lickan antai, collas o diaguitas) arguyen hoy que la exposición  museológica de los restos de sus "antepasados", máxime en el estado de momias,  les resulta particularmente denigrante y vergonzosa, Atenta -señalan- contra su dignidad  y  sus más caras convicciones éticas y religiosas. Nos consta, en efecto, el profundo respeto que  sienten por sus antepasados ("los abuelos") a los que visitan y honran invariablemente en sus cementerios  y camposantos.   Y basta acudir a sus cementerios, especialmente los días 1 y 2 de noviembre de cada año (19), para constatar cómo las familias indígenas honran, con muestras de  respeto y reverencia,  la memoria de sus antepasados. 

¿Son estas momias realmente sus verdaderos antepasados?.

Ahora bien, nos podemos preguntar seriamente sobre el parentesco real de los actuales habitantes de Atacama y los cuerpos momificados que se exponía a la vista del público  en el Museo arqueológico del padre le Paige en San Pedro de Atacama.   En otras palabras, ¿son los actuales lickan antai en sus diferentes poblados los descendientes directos de esos difuntos momificados expuestos en el Museo?. Porque si no lo fueran y tuviesen un comprobado origen diferente, estarían exigiendo su devolución sin fundamento o prueba alguna.  

Si, ex hypothesi, el cuerpo momificado corresponde a un individuo que vivió hace 1.500 años digamos en el ayllo de Coyo, Tchécar,  Túlor o Quitor, habría transcurrido entretanto la friolera de 80 generaciones (si consideramos un promedio de 25 años por generación) hasta alcanzar la generación actual. ¿Será posible constatar un parentesco real de un actual residente de Coyo o Quitor o Túlor con su lejano antepasado prehistórico, habiendo transcurrido entretanto nada menos que 80 generaciones?.

 En sentido estricto, tal parentesco sería posible. Pero para ello se requiere, de necesidad,  el cumplimiento de varias premisas básicas. Una,  que los miembros de dicha familia no se hubiesen movido de su lugar de origen durante todo ese extensísimo período de tiempo; y dos, que no hubiese existido interferencia alguna en su árbol familiar por el aporte genético de otros individuos (hombres o mujeres), venidos de otras zonas geográficas, otras tribus y otras culturas. En otras palabras, que no hubiese existido mezcla alguna racial con otros grupos humanos. 

 ¿Es posible que tal cosa haya podido ocurrir en Atacama?  ¿Es posible la conservación  en el ADN de un actual residente de Coyo o Tchecar o Quitor de genes de hace unas 80 generaciones atrás?. En principio, tal como decíamos,  sí es teóricamente  posible.  

Tenemos hoy en el mundo algunos notables casos ilustrativos al respecto. Así, por ejemplo, estudios genéticos recientes han podido comprobar, sin género de duda, que en el ADN de no pocos actuales habitantes del Ötztal, en los Alpes italianos, persisten  genes ya presentes en el ADN del famoso Ötzi, el cazador alpino también conocido como "el hombre de  Hauslabjoch" que vivió hace alrededor de 5.300 años en la misma zona alpina. Fue hallado en el año 1991 casualmente,  intacto, con sus armas de caza, por montañistas alemanes, entero y congelado, entre los hielos de los Alpes  a 3.200 m de altitud. ¡En este caso, se estaría probando que subsistió un lejano parentesco tras el transcurso de  212 generaciones!.

Otros casos de exposición de cuerpos humanos momificados.

Además del cercano caso del "hombre verde" o "momia de cobre" , cuerpo naturalmente momificado de un antiguo minero atacameño, hallado en el año 1881 en un antiguo pique prehistórico cercano a Chuquicamata, intacto, con sus herramientas de trabajo y vestimenta (20), hay en el mundo muchos otros casos de hallazgos de momias semejantes, muy antiguas y  bien conservadas, sea en las arenas del desierto egipcio o nubio, sea en las turberas escandinavas o inglesas. 

En el Museo de Arica de la Universidad de Tarapacá, en el valle de Azapa se expone hasta hoy, sin prejuicio ni reclamo alguno,  un conjunto de  momias del tipo "Chinchorro",  fechadas entre los 5.000  y 7.500 A.P (antes del presente).  ¿Han reclamado acaso los actuales  descendientes de los Changos costeros por su exposición en vitrinas de Museos?

En el año 1950 fue hallado en Tollund, Dinamarca, el cuerpo momificado y perfectamente conservado, en la turba de un pantano de un hombre de unos 40 años de edad que se especula habría sido sacrificado a los dioses en la Edad del Hierro.  Su data es de unos 2.400 años. Los daneses lo exponen hoy  al público sin ruborizarse.  

Estos casos como muchísimos otros semejantes que podríamos citar, son hoy conservados y mostrados con naturalidad  y sin escándalo en  museos de Estados Unidos o de los países nórdicos.   Nadie -que se sepa- ha objetado hasta hoy su exhibición al público.


¿Qué ocurre en el caso atacameño? El caso particular del área atacameña desde el punto de vista demográfico.


En nuestra opinión, la premisa requerida: la existencia de un  total aislamiento geográfico (como es el caso señalado del Tirol italiano donde se halló a Otzi) sostenemos que no se habría dado, ciertamente,  en el caso atacameño. A pesar de su aparente aislamiento y lejanía, el área de Atacama y sus poblados ha sido objeto de un tráfico intenso e incesante de personas a lo largo de la historia antigua y reciente.  Pruebas al canto. 

1. En primer término, recordemos la presencia del camino del Inca  o Qhapaq Ñan, ruta incaica que cruzaba de norte a sur el territorio atacameño y que, aún hoy, conserva algunas de sus antiguas huellas en la zona de Peine  y al sur de Tilopozo (21). Durante el período incaico, esta ruta era, para el imperio Inca, la única forma de comunicación con el extremo sur andino del Tawantinsuyo, próxima al océano Pacífico. Por aquí traficaron -según las crónicas- los ejércitos del Inca desde Pachacuti hasta Huayna Cápac y, posteriormente, las huestes de los conquistadores españoles Diego de Almagro  (1535), Pedro Sánchez de la Hoz y Pedro de Valdivia (1540) y vrios otros grupos de soldados posteriores  de refuerzo solicitados a Lima por este último.  Movimientos de tropas que, invariablemente, involucraban un contacto (forzado o amistoso) con los pobladores cercanos para recabar su indispensable apoyo y asistencia.  Así, podemos estar seguros que se reclutaba siempre a los pobladores cercanos -hombres y mujeres- en calidad de  obligados cargadores o auxiliares. 

2. Se sabe bien hoy, además,  por las fuentes de la arqueología histórica y la historia colonial temprana, que el río Loa fue una habitual senda de comunicación de los grupos altiplánicos con los grupos de pescadores changos y camanchacas de la costa pacífica. Durante el trayecto, disponían del  agua fresca del río y alimento  vegetal seguro para sus llamas de carga.  Al llegar a la costa, en la desembocadura del Loa,  intercambiaban sus producciones: textiles, coca, quínoa y variedades de papas por pescado seco ("charquecillo"), algas secas y mariscos con los changos o camanchacas pescadores allí residentes. Existió aquí una antiquísima y pequeña aldea de pescadores, investigada por el arqueólogo Lautaro Núñez en el año 1963, cuyas ruinas están visibles hasta el día de hoy  (22).    En efecto, existió un tráfico incesante en ambos sentidos, ya que también los pescadores solían  internarse en el territorio árido y alcanzaban los poblados atacameños o aimaras para realizar un activo intercambio comercial o trueque (23). 

 3. Esta incesante movilidad entre las tierras altas de Bolivia actual y la costa del Pacífico -bien comprobada por el arqueólogo John Murra (1972) para el sur peruano (24), debió existir desde una remota antigûedad  y nos consta se dio al menos desde la época de influencia de la cultura altiplánica de Tiahuanaco (25). Tal frecuente intercambio mutuo de productos, sin duda alguna, trajo también consigo un incesante intercambio de genes, fruto del maridaje o cruce eventual con mujeres atacameñas.

4. Esta movilidad trans-andina (en ambos sentidos)  experimentó su máximo desarrollo -a lo que creemos- en la época salitrera  (entre los años 1840 y 1925), cuando desde Jujuy, Catamarca, La Rioja o Tucumán numerosos arrieros argentinos viajaban continuamente, conduciendo recuas de ganado bovino en pie hasta las Oficinas Salitreras  sitas en la pampa, para aportar carne fresca a sus pulperías. No pocos de entre ellos, siendo solteros, terminaron radicándose definitivamente  en poblados atacameños donde formaron familia.

La consulta de archivos parroquiales: un  hallazgo.

Hace años, tuve la oportunidad de revisar someramente los archivos antiguos de bautismo y matrimonio de la parroquia católica de Calama. Recorriendo las partidas fechadas aproximadamente entre los años 1880-1925 me sorprendió mucho en la información  referente al lugar de origen y actividad  del padre  (del bautizado o casado)  la gran cantidad de anotaciones que señalaban como actividad "arriero", y como procedencia,  pueblos de Bolivia  y/o norte de Argentina.  Asentados ya en pueblos atacameños pertenecientes a la parroquia católica de Calama, no pocos de estos antiguos arrieros terminaron casándose con atacameñas, formando allí sus nuevas  familias. Varios de los actuales apellidos de la zona, tales como Cruz, González, Reyes, Tejerina, Ramos, Zuleta, Escalante, Mondaca, Lobera, etc.... tendrían -según mis sospechas-  este probable (¿o posible?) origen. Los antiguos y venerables apellidos atacameños  son hoy sumamente escasos allí y al parecer más bien se les podría hallar en los pueblos más alejados como Caspana, Toconce, Ayquina o Cupo. Los arrieros argentinos o bolivianos que se  afincaron en la zona -tal como lo hemos explicado- prefirieron instalarse en las prósperas tierras agrícolas, entre los ayllos de San Pedro y/o  Toconao donde hasta hoy viven sus descendientes.  


Comentario final.


Gustavo le Paige es un hombre de su tiempo. Es decir, en muchos aspectos y decisiones, actúa como todos sus coterráneos. Pero hay algo más en él que, a nuestro parecer,  lo diferencia profundamente  de sus colegas chilenos de su época:   está imbuido de ciertas hipótesis fijas que procura, por todos los medios posibles, comprobar. Ya lo hemos señalado. Son éstas: 1) probar la enorme antigûedad del hombre atacameño y su relación genética con el Neandertal de Europa y/o Asia, y 2)  dejar en evidencia y comprobar la "continuidad de la cultura atacameña"  en la zona a pesar de los evidentes cambios en sus estilos  cerámicos. Y como corolario final: 3) dar a conocer al mundo culto la extraordinaria riqueza cultural de la zona de Atacama. Su instrumento: un Museo.

Para ello, toma la audaz decisión de montar, contra viento y marea,  un Museo arqueológico donde puede libremente y sin cortapisas mostrar a los sabios del mundo sus descubrimientos. Por eso, atrevidamente,  convoca allí mismo, en el recinto de su naciente museo, dos importantes Congresos:  el primer Congreso Internacional de Arqueología en  el año 1963  y -posteriormente-   el Congreso Panamericano de Arqueología, el  que tuvo también lugar en San Pedro, en el mes de diciembre del año 1969.


¿Le faltó,  tal vez,  hacer algo más al padre le Paige para dar a conocer sus audaces hipótesis?.


Reflexionando serenamente sobre este tema, hemos llegado a la convicción de que más de algo le faltó a le Paige hacer en relación con su actividad museológica en San Pedro de Atacama. Algo que le habría evitado - así lo creemos- la ola de críticas actuales  a su labor. Algo que, por lo demás, también hemos echado de menos entre los  arqueólogos actuales del Museo  de San Pedro de Atacama y que ha provocado ese distanciamiento (por no decir alejamiento)  de los actuales atacameños de las actividades del Museo y de los arqueólogos y de la arqueología en general.  ¿Qué  es?. 

Le Paige se apoyó solamente en un pequeño grupo de  jóvenes y fieles ayudantes a los que enseñó a excavar.  A ellos los educó, formó y corrió siempre con  los gastos de su educación y sus necesidades personales. A ellos les explicaba algunas cosas acerca de la importancia del trabajo científico que se hacía en el Museo.  

Pero, que sepamos, nunca intentó  dar a conocer y explicar a los adultos atacameños de su pueblo, y especialmente a los  jefes de familia más capaces y despiertos, acerca de las profundas razones de su labor y de los objetivos concretos que él perseguía en sus búsquedas.  En suma, no supo dar a conocer  y explicar su trabajo a sus propios feligreses de su Parroquia.

  ¿Qué debió hacer a mi entender? El padre pudo formar  a su alrededor, un grupo de apoyo de hombres, jefes de familia, a los que explicara en detalle su trabajo y sus motivaciones más caras. Pudo formar una especie de "círculo de estudios antropológicos" con ellos y para ellos. A ellos pudo y debió explicar la enorme importancia  de su labor para el futuro de su pueblo. ¿Por qué no lo hizo?. ¿Por falta de tiempo?...Ciertamente no habría sido tarea fácil reunir periódicamente un grupo de hombres y mujeres del pueblo con dicho fin,  cuando disponían de escaso tiempo para ello, ocupados como estaban en sus urgentes  labores agrícolas.

 ¿O tal vez  pensó que ellos nunca llegarían a  comprenderlo?. ¿Resabio éste de una "mentalidad colonialista" fruto insospechado, tal vez, de su actividad entre las tribus iletradas del Congo Belga?. Impronta que ha sido sugerida por un investigador reciente  de su labor, a nuestro entender sin fundamentos serios (26).  

Lo cierto es que no lo hizo, o no supo hacerlo. En cambio, sí lo hizo y con un éxito descomunal, ante el mundo científico internacional a través de sus Congresos en el poblado de San Pedro. A los científicos del mundo, en cambio,  sí supo presentar con energía sus descubrimientos y sus audaces razonamientos.

Lo cierto es que le Paige nunca imaginó -a lo que sospechamos-, la futura reacción negativa de algunos atacameños ante el trabajo de toda su vida, reacción negativa que se iba incubando e incrementando con los años. ¿Supuso, tal vez, que solo se trataba de un cierto vago temor a la "venganza" de los  difuntos por  violar su descanso eterno  y que éste se desvanecería con el paso del tiempo?. Si  llegó a darse cuenta de ello, ciertamente no le confirió mayor importancia. Máxime cuando veía que muchos de ellos o sus mujeres, le suministraban con frecuencia datos de hallazgos de cuerpos o le traían de obsequio los cántaros u objetos que hallaban en sus chacras. Yo fui, varias veces,  personalmente, testigo de tales donativos (años 1963-64).  ¿Vió le Paige en ello una suerte de aprobación tácita a su labor científica desarrollada en el Museo?. Tal vez. 

Resulta bastante difícil hoy, saber con certeza qué opinaba le Paige al respecto. ¿Subestimó la capacidad intelectual de los atacameños para comprender la enorme importancia de su labor?.  ¿Resabio inconsciente de su labor misional en el Congo entre sus negros iletrados...?. ¿ O fue causado por  su  convicción de que, en definitiva, ellos  terminarían finalmente por aceptar y comprender su labor confiando en él tal como ocurriera en tantas otras ocasiones?  Recordemos a este propósito, que el padre fue un líder indiscutido en muchas actividades del pueblo, incluso en sus justas y competencias deportivas. 

Preguntas que resulta muy fácil hacerse hoy pero que no podemos responder con certeza. Por ejemplo: ¿se percató le Paige de la reacción normal general de sus visitantes atacameños al contemplar las momias expuestas de sus presuntos "abuelos"?. ¿Analizó las posibles consecuencias futuras de este temor reverencial a los difuntos?.

 Consideremos, a este propósito, que la actividad museológica y excavatoria del padre le Paige coincide con un período previo al reconocimiento de los atacameños como "pueblo indígena" en la legislación nacional.  Es decir, le Paige actúa como investigador del pasado remoto atacameño bastante antes de que los pueblos atacameños se auto-definieran  y fueran reconocidos como "pueblo" indígena, autóctono de Chile.  Le Paige muere en mayo del año 1980; la Ley indígena en Chile que por fin los reconoce como pueblo autóctono, data, en cambio,  del mes de  octubre del  año  1993.

Nos consta a los investigadores que tal reconocimiento legal acarrearía,  muy pronto, gran número de cambios en la propia visión de los pueblos indígenas (auto-percepción étnica) y en sus demandas específicas al Estado chileno.

Le Paige, finalmente, fue un destacado hombre de ciencia de su tiempo en nuestro país. Los valiosos reconocimientos nacionales e internacionales recibidos  en vida,  así lo atestiguan. Negarles hoy su validez,  equivaldría a  pretender borrar el pasado, por el hecho de ser pasado. Tal proceder sería contrario al más elemental examen histórico. En consecuencia, la actividad de le Paige debe ser juzgada con  los criterios y juicios éticos propios de su época, de ningún modo en base a concepciones,  modelos,  juicios o parámetros  actuales. Esto, de acuerdo a las reglas de  la más elemental justicia. 

Colofón.

En cuanto a la persistencia de un posible y remoto "parentesco" entre los actuales habitantes del salar de Atacama y las márgenes del río Loa, y las momias excavadas por le Paige, valga la abundante argumentación arriba expuesta. Tal posibilidad ciertamente podría teóricamente darse (27), pero creemos que en el caso presente es sumamente remota y/o muy dudosa, siendo muchísimo más probable que se detecte -mediante el cotejo de muestras de ADNmit- un parentesco bastante mayor de los atacameños actuales con los pobladores quechuas del extremo sur boliviano (Lipes) y/o con alguno de los  grupos étnicos del Noroeste argentino por las poderosas razones históricas aducidas más arriba. Valdría ciertamente la pena que algún investigador avezado y con nuevas técnicas, realizara un día tal prolijo cotejo para esclarecer mejor este punto y salir, una vez por todas,  de dudas (28). 

Estampamos en el capítulo de nuestro blog titulado: "El arqueólogo Mario Orellana y Gustavo le Paige: un testimonio elocuente", editado el día 30/08/2011 las frases que siguen, tomadas ad litteram del arqueólogo Orellana y que hoy reafirmamos con pleno conocimiento de causa:

"Hoy por hoy, digan lo que digan algunos sobre la "impiedad" de Le Paige para con los ancestros de los atacameños al sacarlos de sus tumbas, no puede dudarse de que la llegada de este humilde y servicial sacerdote de sotana gris, cambió el rumbo de la sociedad y de la cultura lickan antai, orientándola decidadamente hacia la presente toma de conciencia y reetnificación de su pueblo, el pueblo atacameño".


Notas al texto.   


(1)  En tiempos del P. le Paige no existía aún esta exigencia de los actuales pueblos indígenas en relación al cuidado y respeto hacia los restos de sus antepasados. En enero del año 1960, residiendo yo mismo durante dos meses en el poblado, observé atónito en los alrededores de Chiuchíu y Lasana, tumbas destruidas y decenas de momias expuestas al sol y a la curiosidad de los turistas que les tomaban fotos. Lo vi con mis propios ojos. A nadie (tampoco a los pobladores) pareció importarle mayormente tal proceder. Por entonces, en todos o casi todos los Museos de Chile se exhibía con orgullo algunas momias. Más aún, su exhibición era considerada parte integrante obligada de un registro arqueológico cuidadoso, tras las excavaciones practicadas por  los arqueólogos. 

Con respecto a la postura actual de los grupos lickan antai o atacameños al respecto, aportaremos aquí una prueba muy reciente (05/04/2024),  de gran interés.  Héla aquí: En el periódico digital  el ciudadano.com el periodista don Absalón Opazo nos dice  al respecto: "Pueblo Lickan antai pide una ley para la repatriación de los cuerpos de sus ancestros".

  Allí se nos indica que se ha recurrido al efecto a la Comisión de Derechos Humanos de la Cámara de Diputados. Piden la formulación de un proyecto de ley que permita la repatriación de los cuerpos de sus ancestros. El representante del pueblos atacameño Rudecindo Espíndola señala que la arqueología del siglo XX se caracteriza por la excavación de tumbas indígenas, lo cual (sic!) faltó al respeto a sus ancestros que incluye no molestar  los cuerpos de sus antepasados, a quienes conocen como sus "abuelos" o "gentiles". 

El texto es elocuente y refleja la posición  actual de algunos dirigentes indígenas.  ¿Tienen  o no razón?. Es exactamente  lo que discutimos en este capítulo. 


(2)  A los costados de la iglesia colonial de Chíuchiu, la más antigua de Chile, se adosan  filas de  túmulos de barro, semejando  sarcófagos, algunos de los cuales aún portan los nombres del difunto. Allí se enterró piadosamente hasta fines del siglo XIX. Durante la época colonial, en los muros de los templos más importantes de las ciudades, fueron inhumados personajes principales que así lo habían solicitado expresamente en sus testamentos. Algunos templos incluso poseían sendas criptas bajo la nave principal, para tal efecto. Es el caso que nos consta, por ejemplo, en la iglesia del pueblo de Tarapacá, también de época colonial. Cripta ésta que nunca ha sido examinada todavía desde un punto de vista etnográfico y demográfico  y que sabemos contiene numerosos entierros de la época colonial. (Información oral obtenida del especialista en restauración el antofagastino  Eduardo Muñoz hacia el año  1980).  

Esta práctica, habitual en el mundo católico, muestra a las claras el profundo respeto de la iglesia hacia los difuntos a los cuales otorga siempre un  responso de despedida en su partida hacia la eternidad. No olvidemos aquí que la iglesia sostiene la firme creencia en la futura resurrección de los cuerpos, al fin de los tiempos, tal como lo proclama el Credo de los  Apóstoles, desde la época de los Concilios Niceno y Constantinopolitano  (años 325 y 381 D.C.). 


(3)  Tengo la impresión -lo que tal vez fuera posible confirmar a través de las páginas del Diario de le Paige- que la mayoría de los cementerios excavados por el padre fueron fruto directo de un  aviso oportuno por parte de los propios lugareños agricultores que tropezaban con dichos cuerpos u objetos fúnebres al labrar sus campos. Tal vez sus antiguos ayudantes del Museo, puedan aún hoy informarnos mejor al respecto. Si tal fuera el caso  -como sospechamos- la "responsabilidad" quedaría evidentemente compartida.


(4)  Véase nuestro artículo: "Gustavo le Paige: escudriñando los orígenes del pueblo atacameño", en este mismo blog de fecha 11/07/2010. El arqueólogo Agustín Llagostera M. en su obra Los antiguos habitantes del Salar de Atacama, Prehistoria atacameña,  (Biblioteca del Bicentenario, Pehuén editores, 2004): destaca lo siguiente sobre la inmensa labor arqueológica del padre le Paige en la zona: 

"El Padre le Paige, si no fue el primer investigador de estos lares, fue el que trabajó y vivió aquí  por más tiempo y, con justa razón, se autodefinió como  el "creador de los estudios atacameños". Reunió alrededor de 375.000 objetos, descubrió más de 100 sitios arqueológicos y cerca de 40 pueblos en ruinas, excavó más de 3.000 sepulturas  en alrededor de medio centenar de cementerios" (2004: 13).  

En su bello trabajo titulado:  "Museo Arqueológico R.P. Gustavo le Paige, San Pedro de Atacama",  Agustín Llagostera y María Antonieta Costa, sus autores,  ya habian señalado la existencia de  4.258 cráneos humanos,  en el inventario del Museo realizado en diciembre del año 1983. En dicho inventario, se indica, igualmente,  la existencia de "346 momias y fardos funerarios" (Cf. Llagostera y Costa, Serie Patrimonio Cultural Chileno, Colección Museos Chilenos, Universidad del Norte, San Pedro de Atacama,  1984: 7).


(5) Le Paige consigue a través de sus contactos en Francia, varios fechados por C14 obtenidos del Institut Internationale de l´Énergie Nucléaire de Francia de muestras de las culturas que considera más representativas del desarrollo cultural en el área atacameña. Así envía, por ejemplo,  muestras de su famoso cráneo de Tambillo, espécimen  que considera de su "tipo Chato",  con evidente  influencia -según él- del ancestro Neandertal. Le Paige, en efecto, no desdeña recurrir a las más avanzadas técnicas de fechado de sus materiales arqueológicos, así como consulta constantemente sus dudas con los especialistas geólogos, antropólogos físicos  o  paleontólogos. 


(6)  Le Paige se pregunta  sobre la época  precisa de un posible cruce genético entre el Neandertal y el tipo Sapiens americano. Y se inclina por creer que tal mezcla genética pudo producirse en territorio americano. Para él, sus cráneos del "Tipo Chato" lo estarían demostrando...Hoy sabemos, sin embargo,  por la arqueología, que los grupos Neandertal se extinguen totalmente y desaparecen en Europa y Asia hace unos 40.000 años atrás.  No conocemos aún con precisión absoluta las fechas más antiguas del primer tránsito de grupos de cazadores desde Siberia, a través del Estrecho de Behring, hacia América (Alaska). Los fechados más antiguos, "probables",  que hoy manejan los arqueólogos americanos para tal ingreso,  rondan los 25.000-30.000 años A.P. (antes del presente). Pero no más atrás por ahora. Digo "por ahora", por  cuanto las fechas de llegada a América por Alaska, a partir de Siberia, han ido poco a poco retrotrayéndose a fechas cada vez más antiguas a medida que se hace nuevos descubrimientos.  Hubo, seguramente, muchas oleadas sucesivas de tránsito, tal vez desde distinto lugar de  procedencia, siendo los esquimales, según se dice, los últimos en poner pie en Alaska, muchos  milenios más tarde,  procedentes de Asia. Pero hasta hoy, no se ha registrado dato alguno que confirme con certeza la penetración de grupos Neandertales o Neandertaloides a América. El tema, sin embargo, como en la época de le Paige, sigue siendo  hoy de gran interés y actualidad. 

(7)  Arco o arcada superciliar se denomina a "una eminencia ósea del cráneo que se encuentra  situada sobre las cavidades oculares, en la porción anterior del hueso frontal  a la altura de la ceja, por encima de la órbita". (cita tomada de Internet).

 

(8) No sabríamos si los argumentos esgrimidos aquí por le Paige en favor de su hipótesis poseen validez científica hoy día. Aquí tienen que opinar más bien los especialistas: es decir, los antropólogos físicos y los paleo-antropólogos.


(9)  La única pista que hemos hallado sobre los conocimientos de le Paige en temas de antropología física son sus contactos con el médico forense (?) Carlos Larrain del Campo quien revisó algunos de sus trabajos sobre craneología de Atacama y suponemos le habría enseñado el empleo de las técnicas usuales de medición antropométrica.

  

(10)  No hemos vuelto a leer nada sobre la existencia de "cráneos chatos" en la literatura científica chilena, de suerte que, a lo que parece, se trataría aquí  solo de "un volador de luces" de le Paige, fruto de su entusiasmo por hallar evidencias de la existencia de un período Paleolítico  en América representado osteológica y somáticamente por tipos Neandertales. 


(11)  Si Ghatchi fuera en realidad una de las más antiguas culturas representadas en la zona atacameña  -como sospechó siempre le Paige- sus portadores habrían sido seguramente tan solo cazadores-recolectores nómades. Tales bandas primitivas, ex hypothesi, muy anteriores a los grupos agrícolas aldeanos radicados en los aillos atacameños, debieron ser sumamente pequeñas en número, en  continuo movimiento, persiguiendo a diario a sus presas de caza para alimentarse y, seguramente, estaban constituidas por muy pocos individuos. Por lo tanto, no podían tener propiamente ni pueblos ni cementerios. Tal cosa requiere, de necesidad, cierto grado de sedentarismo. Al morir alguno de sus miembros, habría sido rápidamente enterrado (o depositado) en cualquier parte, allí donde se encontraban. No podría haber sido de otra manera, dado su tipo de vida esencialmente movediza y migratoria. Hallar hoy sus restos, parecería, por lo tanto, ser solo fruto del simple azar: un golpe de suerte. No habría, a lo que creemos,  ninguna pista alguna segura y cierta para hallarlos.  Sospechamos, sin embargo -como nos lo demuestran los notables descubrimientos del Viejo Mundo en la sierra de Atapuerca, Gibraltar  o Shanidar-  que se albergaban de preferencia en cuevas o reparos naturales donde fueron también depositados sus difuntos. En tales cuevas o aleros podían encontrar un fácil refugio durante los fríos días de invierno, o en períodos de nevadas o aguaceros. Como franco apoyo y sustento a esta opinión nuestra, traemos a colación el notable hallazgo de esqueletos correspondientes a 11 individuos Neandertal en la cueva de Shanidar, en el Turquestán iraquí. Los primeros hallazgos fueron hechos allí por el arqueólogo Ralph  Solecki en los años 1957-1961. La disposición de los cuerpos hallados denotaba, al parecer,  una suerte de entierro intencional sobre una cama de flores, sugiriendo  así una forma de ritualidad fúnebre.  La data de entierro es del orden de los 40.000 hasta 70.000 años. (Cf. University of Cambridge, Science alert,  Science daily, 2 Marzo, 2020). 


(12) Le Paige era  un ferviente admirador de las ideas de su correligionario jesuíta y paleontólogo, el francés Pierre Teilhard de Chardin (1881-1955). Nos consta que leía apasionadamente sus obras póstumas, escritas en francés y publicadas (sin permiso eclesiástico) a partir del año 1955 en París. Durante mis últimas estancias en San Pedro de Atacama (fines de 1964)  le Paige me obsequió como recuerdo un ejemplar de las obras de Teilhard: Le groupe zoologique humain, publicado por Editions Albin Michel.  


(13) En nuestro Diario de Campo  rotulado como 1-A,  que conservo aún conmigo, he transcrito entre las páginas 1 y 72,  mis observaciones y notas personales tomadas en dicha excavación en el túmulo de la Parcela  nº 9  del valle de Azapa en el año 1964. Son anotaciones francamente rudimentarias, con dibujos muy primitivos de los hallazgos hechos en cada tumba. En aquellos primeros años de mi actividad arqueológica, anteriores a mi formación académica en antropología en México y los Estados Unidos,  no tenía yo todavía noción alguna de la vital importancia de llevar un detallado y preciso Diario de Campo de las observaciones hechas en terreno. Sobre la importancia de llevar Diario de Campo en los trabajos científicos etnográficos o arqueológicos, véase nuestro trabajo: "El  "Diario de Campo" o Bitácora: el instrumento número 1 del científico investigador" (cf. mi blog https://eco-antropologia.blogspot.com  con fecha 22/02/2006).


(14)  Estas tres momias más algunas hermosas piezas de cerámica decorada de los estilos "San Miguel", "Pocoma" o "Gentilar"  procedentes del túmulo de Azapa, obsequiadas por Percy Dauelsberg quedaron depositadas en septiembre del año 1964 en el Museo de la Universidad del Norte en Antofagasta. Su heredero  hoy, el Museo Regional de Antofagasta, podría, tal vez,  conservarlas entre sus colecciones.


(15)  En aquellos años, no existía ningún control  sobre tráfico de objetos  arqueológicos en el país, lo que a partir del año 1993,  con la puesta en vigencia de la nueva Ley indígena Nº 19.253 del presidente Patricio Aylwin, empieza a ser objeto de supervisión  y especial  vigilancia.  


(16).  Más de 20  cuerpos momificados  sacrificados a las divinidades de los cerros  han sido encontrados hasta hoy en las cumbres andinas del sur del Perú,  Norte de Chile y Argentina. Casi siempre se trata de individuos muy jóvenes, niños o niñas. Este elaborado rito funerario denominado "Capacocha" ha sido descrito prolijamente por varios cronistas españoles como Betanzos, (1551), Molina (1575) o Guamán Poma de Ayala (1615). A lo que parece, a juzgar por los lugares de hallazgo, se trataría de un rito de origen puquina, no incaico.


(17)   La BBC de Londres nos ha informado en el mes de febrero de 2024 acerca del notable descubrimiento de un conjunto de más de 200 sarcófagos y momias en la necrópolis de Saqqara, en un red de túneles bajo una antigua pirámide. Momias que serán exhibidas con orgullo en el novísimo y colosal  museo  egipcio de El Cairo.

(18)  El médico patólogo alemán, Dr  Otto Aichel, en su extenso trabajo "Ergebnisse einer Forschungsreise nach Chile-Bolivien", publicado  en la revista alemana Zeitschrift fur Morphologie und Anthropologie (Vol. 31, 1932: 1-166), afirma haber excavado  numerosas tumbas en busca de cráneos indígenas en nuestra zona atacameña y en la costa aledaña para sus estudios de craneología comparada. Su colega y coautor del trabajo, Gunnar Moeller-Horst en la sección intitulada: "Der äussere knöcherne Gehörgang  südamerikanischer Schädel"  apunta textualmente al respecto:

  "....los principales, lugares de hallazgo son: Taltal: 12; Santa María: (isla), 13; Calama, 20;  Chiuchiu:  26; Copaca: 31;   Chunchuri; 53;  y Quillagua: 156"  (ibid. 1932: 76). Lo que hace un total de 311 cráneos exhumados en otras tantas tumbas. Además de varias decenas de cráneos obtenidos de la franja costera entre Cobija y Taltal. Expresamente nos indica, además, que "aquellos cráneos son en parte deformados, en parte, sin señas de deformación. Los cráneos que tenían partes blandas momificadas o el timpanicum dañado, debieron ser, para los efectos de esta investigación, descartados". (ibidem, 1932: 76).  

En su "Einführende Bemerkungen" (Notas introductorias), su autor Otto Aichel nos confidencia finalmente: "como resultado de mis excavaciones, pude yo incrementar gracias al aporte de esqueletos, cráneos y momias,  la colección del Instituto de Antropología de Kiel en alrededor de 400  piezas de su catálogo". (1932: 2; énfasis nuestro).

Era una época, por lo visto,  en que primaban en Europa (a través de las investigaciones de  Paul Broca) y en los Estados Unidos (por  medio de Ales Hrdlicka y su equipo) los estudios de craneología comparada, tanto para un examen profundo de las diferencias observables  en las distintas razas humanas y sus orígenes, como para el examen de sus rutas de  propagación y difusión a través del planeta.  La expedición contó, según se nos informa,  con el pleno apoyo del gobierno del Presidente Carlos  Ibáñez del Campo  y las autoridades locales y  tuvo lugar en los años 1928-1929,   durando casi exactamente un año. En el museo de Santiago, contó con el irrestricto apoyo del antropólogo  chileno Dr. Aureliano Oyarzún, uno de los poquísimos chilenos que por entonces se interesaban  por este complejo tema: la paleo-antropología.  Gustavo le Paige, aunque 25 años más  tarde, es evidentemente partícipe de estas mismas inquietudes y objetivos de la ciencia antropológica de su tiempo. El es "hijo de su tiempo". No es, por lo tanto, una excepción, una rara avis  o una gens perversa, como se nos ha querido hacer creer aquí en Chile (Vide artículo de Pavez, 2012, infra).

(19)  El día 1º de noviembre la iglesia católica commemora el día de todos los Santos, y el 2 de noviembre, la commemoración de los Difuntos. En ambos días los fieles católicos visitan los cementerios llevando flores  a  sus deudos. En la sierra ecuatoriana, en Otavalo, nos tocó,  a fines de 1977, observar cómo los parientes llegaban al cementerio con alimentos y bebidas que consumían junto a las tumbas de sus deudos, acompañándoles por horas y horas, y  brindando por ellos.  Otro tanto pude observar en el cementerio del pueblo aymara de Pachica, acompañando al lugareño don Sergio Rocha en el año 1982.


(20) Este interesante y curiosísimo caso de momificación  ha sido bien estudiado por el arqueólogo norteamericano  Junius B. Bird en su artículo titulado:  "The copper man a prehistoric miner as his tools from Northern Chile",  y fue editado por la Dunbarton Oaks Conference on Precolumbian Metallurgy at South America, Trustees for Harvard University, Washington, D.C. 1975: 105-132. No sabemos si ha sido sometido a  examen de su ADNmit y, -menos aún- si éste sería hoy compartido por actuales descendientes atacameños.  


(21)  Los  arqueólogos  que exploraron en detalle  este tramo del Qhapaq Ñan señalan explícitamente la existencia de varios tambos y tambillos incas a lo largo de la extensa y desolada ruta entre el poblado atacameño de Peine y el pueblo de Copiapó. (Cfr. Hans Niemeyer y Mario Rivera: "El camino del Inca en el despoblado de Atacama", Boletín de Prehistoria de Chile   Nº 9, 1983: 91-123).

(22). Véase  nuestro trabajo en nuestro blog: https://eco-antropologia.blogspot.com  con el nombre de:  "Prospección arqueológica en la zona de la desembocadura del rio Loa: detección de sitios y hallazgos", editado el 24/01/2020). 

(23) Véase especialmente una de sus más representativas  obras:  "El control vertical  de un máximo de pisos ecológicos  en la economía de las sociedades andinas",  Universidad Nacional Hermilio  Valdizán, Huánuco, Peru, 1972.  

(24) La continua movilidad sierra-costa, propia del control vertical de varios pisos ecológicos, demandaba un continuo movimiento de recuas de llamas de carga entre las comunidades alteñas y los grupos de pescadores changos  o camanchacas de la costa.  Cada viaje solía o podía durar varios meses y recorría numerosos pueblos.

(25)  El arqueólogo Lautaro Núñez señala en uno de sus trabajos la presencia de entierros de pescadores costeros en cementerios antiguos de Pica. Dada la constante movilidad costa-sierra ya aludida, esto no tendría nada de extraño. Nosotros también hallamos y estudiamos un lugar de descanso de pescadores costeros en plena  pampa del Tamarugal, muy cerca del Cerro Unita, camino al pueblo de Tarapacá, con presencia de instrumental de pesca, puntas de proyectil y alimentos varios (vainas de algarrobo y chañar). Consulte en este nuestro blog el artículo  titulado: "Un campamento de pescadores en plena Pampa del Tamarugal, ¿qué hacen  aquí en pleno desierto?. (Fechado el  10-01-2015).

De  paso y tangencialmente, señalamos aquí que nosotros siempre  hemos conservado la grafía tradicional "Tiahuanaco" y nunca usamos la de "Tiwanaku" -hoy en boga e impuesta arbitrariamente por los arqueólogos norteamericanos-, por poderosas razones de índole lingüística, según la expresa recomendación que  nos hiciera hace años el gran lingüista peruano Rodolfo Cerrón Palomino.


(26). Véase el artículo de J. Pavez publicado en la propia revista creada por el padre le Paige, "Estudios Atacameños",  Nº 44,  año 2012, con el título de: "Fetiches Congo, momias atacameñas  y soberanía colonial. Trayectoria de Gustavo le Paige, S.J. (1903-1980)".   Pavez cree encontrar en el actuar  museológico de le Paige resabios de un "colonialismo exacerbado", producto de su larga permanencia como misionero  en el Congo Belga, hoy República Democrática del Congo. Tal opinión nos parece insólita y carente de base  y contrasta fuertemente con las propias expresiones de le Paige en sus estudios, tal como lo hemos podido comprobar a lo largo de este trabajo.

(27)   Los estudios comparativos del ADN mitocondrial, son hoy día muy frecuentes -aunque caros- para dilucidar esto temas tan espinudos. Sospechamos que si se llegara a detectar tal  "parentesco real", éste vendría a ser  -a lo que creemos- sumamente lejano y débil  y no habría por tanto razones de peso para considerarles  como "sus abuelos", como algunos pretenden.  

(28)  El médico investigador Francisco Rothhammer (et al.) en su documentado  trabajo titulado:   "Origen de los Changos. Análisis de ADmit antiguo sugiere descendencia de la antigua cultura Chinchorro (7.400-4.000 A.P.)", publicado en la Revista Médica de Chile, vol. 138, Nº 2, febrero 2010,  ha comprobado un lejano parentesco de los actuales pescadores Changos de la caleta costera chilena Paposo con representantes de la antiquísima cultura arqueológica denominada Chinchorro. Para ello, tomó muestras a 37 individuos de la caleta, no relacionados familiarmente entre sí. Esta valiosa investigación pionera, ha abierto la puerta a futuras constataciones de posible parentesco (o no parentesco) de agrupaciones indígenas actuales con sus presuntos predecesores y debería constituir una herramienta válida de la CONADI nacional chilena para dirimir pretensiones de lejano parentesco por parte de personeros de nuestras etnias indígenas. En su artículo citado Rothhammer se expresa del modo siguiente: "Es ahora posible realizar comparacions entre grupos prehistóricos y representantes actuales de etnias originales, permitiendo establecer sus orígenes geográficos y relaciones de parentesco, y lograr de esta  forma, un mayor conocimiento de nuestra geografía génica". (Rotthammer et al.,  2010).

(29) En las  arteras y a veces  solapadas acusaciones actuales contra le Paige y el Museo que él levantara (hoy lamentablemente destruido),  constatamos mucho más que sólidos y potentes argumentos científicos, la expresión patente de un "purismo" indigenista exacerbado y desbordado que, tras el intenso y sostenido mestizaje  comprobado tras siglos de contacto con los conquistadores blancos y varios  otros grupos indígenas vecinos,  pasaría a ser, a nuestro juicio,  inconsecuente  e incluso francamente erróneo. El atacameño o   lickan antai de hoy es  un ser muy mestizado tanto biológica como culturalmente, fruto de un  intenso y continuo entrecruzamiento genético-cultural  con otros pueblos y culturas y esto desde hace ya varios milenios. Aquí, la pureza racial y/o cultural, (lo "atacameño"), que parecerían preconizar y pregonar algunos, no es más que un mito. Lo que no significa, en modo alguno, que algunos elementos típicos de su cultura no pudieran ser  creaciones propias,  hechas in situ, como por ejemplo, la famosa cerámica rotulada por le Paige como "negro pulido atacameño". hermoso tipo cerámico solo presente en Atacama.

Se ha de tener siempre muy presente, en este tipo de estudios,  el hecho comprobado de que, desde un punto de vista demográfico, los atacameños o Lickan antai hablantes de la lengua kunsa, fueron siempre un grupo  sumamente  pequeño en número, (probablemente nunca más de 5.000 ó 7.000 en total),  frente a las decenas de miles de integrantes de las tribus vecinas (aymaras, quechuas, lipes, chipayas, calchaquíes, diaguitas etc.) con las que mantenían asiduo contacto comercial desde tiempos inmemoriales. 

Colofón

Sopesando bien  todos  los argumentos aquí exhibidos, podemos concluir que Gustavo le Paige, como hijo de su tiempo  y sus preocupaciones y énfasis, en su actuar no hace sino seguir la corriente contemporánea universal en lo que se refiere a la colecta de cráneos o momias y su exhibición museográfica. Los esfuerzos que algunos han hecho por ver en su obra oscuras connotaciones "colonialistas", nos parecen carentes de base sólida y tampoco se cimentan -para nada- en sus propias expresiones contenidas en sus numerosos trabajos publicados. Son éstas las que deben ser sopesadas y estudiadas para examinar su conducta y escrutar sus verdaderos propósitos. Es lo que hemos tratado de demostrar en este trabajo. Juzgue finalmente el propio lector si lo hemos conseguido. Afferantur codices, (es decir: "apórtense los documentos probatorios") solía repetir Cicerón en sus famosas Catilinarias, exigiendo pruebas documentales al canto. Es justamente lo que muchos de sus furibundos e irreverentes detractores de hoy  no hacen. Sus débiles constructos teóricos, sin una prueba documental sólida que los sustente, carecerían, a juicio nuestro, totalmente de base.