sábado, 19 de agosto de 2017

Escudriñando los alrededores del sitio arqueológico de Chug-chug: algunos hallazgos sorprendentes..

Fig. 1.   Plano del área arqueológica de Chug-chug. Línea divisoria entre  las Provincias de El Loa y María Elena, Región de Antofagasta.  Imagen tomada de Google Earth preparada por Claudio Castellón  y enviada a Horacio Larrain  en el curso del año  2014. Se observa bien el trazo de la huella de la antigua ruta Inca con inclinación de sureste a Norweste

¿Un santuario para los caminantes?.

En el capítulo anterior del blog, nos hemos referido a las numerosas figuras de geoglifos representadas en  el sitio denominado Chug-chug situado en la Provincia de María Elena, Región de Antofagasta. Hemos señalado allí que para nosotros la extrema acumulación de figuras denotaría la presencia de un importante sitio ceremonial o  Santuario (como se prefiera denominarlo) de los antiguos caminantes y viajeros.  Este sitio se halla contiguo e inmediato a un tramo importante del Qhapaq Ñan de los Incas, que viene de la zona de  Calama, acerca del cual entregamos detalles en este capítulo, tras minuciosa observación en terreno  (Ver Fig. 1).

Fig. 2. El autor de este blog al costado  derecho de la antigua ruta incaica, o Qhapaq Ñan. Alrededores del sitio de Chug-chug. La regla en el suelo mide un metro. Un bastón nuestro, puesto en el extremo opuesto, marca el ancho constante de la senda: son casi exactamente 3.50 m. Observe el lector las numerosas piedras alineadas toscamente  a sus costados, señalando sus límites. Este sistema de indicación de la vía incaica lo hemos observado en prácticamente todos los sitios donde con certeza se detecta  el trazado de esta ruta, desde la ceja sur de la quebrada de Camarones, hasta Quillagua.  Nuestra hipótesis es que este tramo que pasa por el sitio arqueológico de  Chug-chug enfila directamente al Norte, y empalma con la ruta que de  N. a  S. viene desde la quebrada de Maní, cruzando varias quebradas  normalmente secas  como   Sipuca,  Los Tambos,

Fig. 3. Este geoglifo, hecho en el suelo,  se halla muy cerca de uno de los miradores actuales.  Ha sido delineado mediante  piedras  de tamaño semejante, puestas toscamente en todo su contorno, Tal vez (?) se trate del diseño de un ave, con las alas abiertas;  la cabeza del ave  estaría donde se halla el observador y sus patas, en el extremo opuesto. Pero la figura no es muy clara. Allí,  a corta distancia, se yergue otro geoglifo representando una hermosa estrella de cinco puntas.   (Foto Pedro Lázaro, 02-12-2016).
Fig. 4.  Los cerros con figuras de geoglifos vistos desde uno de los miradores. Distancia aproximada: unos 300 metros.  (Foto Pedro Lázaro, 02.12-2016).

Fig. 5.   Algunas de las abundantes figuras  representadas en la falda este de la estribación de cerros. Hay figuras geométricas ( rombo escalerado)  y diseños animales. (Foto Pedro Lázsro, 02-12-2016).

¿Quién fue el descubridor de este sitio de arte rupestre?.  Un nombre ignorado.

La información respectiva no aparece en el afiche de la Fundación que hoy cuida y protege el sitio. Por fortuna, en reciente comunicación que mucho agradecemos, el  investigador de campo don Claudio Castelln Gatica, quien fuera por años director del Museo de la Oficina Salitrera María Elena, nos envía algunas aclaraciones que consideramos de mucha importancia, en lo que respecta a este increíble sitio.  Nos señala, en efecto, que él  mismo  fue su casual  descubridor en el año  1990  y, a la vez, quien lo bautizara con  este extraño nombre.  Consta, igualmente, que  fue él también quien diera a conocer el sitio a los arqueólogos, en particular al profesor Luis Briones, de la Universidad de Tarapacá (Arica), reconocido experto  en  el arte rupestre tarapaqueño.  Por su lejanía, el lugar había permanecido oculto a la mirada atenta de todos los arqueólogos precedentes, y, en consecuencia,  no existe -que sepamos- referencia alguna anterior a este sitio en la bibliografía arqueológica regional.

Exploraciones arqueológicas desde la salitrera María Elena.

Castellón en efecto, con base en María Elena, sitio de su residencia, durante muchos años recorrió incansablemente la región, tanto para procurarse objetos antiguos para su flamante Museo de María Elena, cuanto para incrementar el conocimiento arqueológico de la Región y señalar a las autoridades los peligros que corría este arte, ante el avance incontenible del progreso (Exploraciones mineras, electrificación, Carreteras, etc.). Fue así como, acompañado de  un grupo de amigos amantes de la antropología, Castellón  encontró y dio a conocer al mundo científico numerosos lugares de gran interés arqueológico y patrimonial. Con gran generosidad,  no siendo él mismo un arqueólogo formado en la Academia, sino un entusiasta autodidacta de la arqueología, supo dar  aviso a los científicos locales de sus descubrimientos. Lo que mucho le honra.

Explorando un tramo del Qhapaq Ñan junto a Chug-chug.

Con la experiencia adquirida  por nosotros (Pedro Lázaro y yo) en el estudio del camino Inca, tras numerosas expediciones en su búsqueda en la depresión intermedia de Tarapacá, entre  la quebrada de Camarones y Quillagua  (años 2011-20l5),   quisimos examinar con alguna detención sus huellas aquí, junto a la cadena de cerros Pintados de Chug-chug. Lo hicimos a comienzos de diciembre del pasado año 2016. El joven guía  de la "Fundación  Patrimonio Desierto de Atacama" nos indicó someramente su rumbo.  Muy pronto dimos con los típicos trazos sinuosos, en forma de rastrillo, formados por numerosas huellas paralelas de tránsito animal,  que serpenteaban  viniendo claramente del Sureste. Se observa aquí numerosas huellas, que cubren  un ancho  medio total  de no menos de 10-12 m. Nuestro guía parecía no dar mayor importancia a esta ruta, encandilado como estaba por el estudio de los grabados en tierra  (geoglifos), rasgo cultural sin duda de la mayor importancia en este yacimiento.

Rastros de antiguas acampadas.
           
A poco andar, siguiendo el trazado de la antigua ruta, observamos unos  confusos amontonamientos de piedras al costado de una pequeña cárcava provocada por la eventual bajada de aguas.  (Vea nuestra Fig. 4). "Un antiguo campamento de viajeros", le susurro a Osvaldo.  En efecto, vemos latas de  conserva oxidadas, trozos de botellas de cerveza antiguas, alambre, herraduras,  elementos todos típicos de la época del auge de  la explotación  salitrera  (1870-1915). Se trataba de antiguas oquedades circulares, aptas para pasar la noche, al abrigo de sus ponchos y monturas. La ruta fue muy frecuentaba durante el período salitrero, época en que se traía animales bovinos en pie desde Atacama, rumbo a los mataderos (llamados "camales")  de las Oficinas Salitreras.  Digo a Osvaldo: "tendria que haber cerámica indígena por aquí".  Pocos segundos después, vuelve con varios fragmentos que identifica como cerámica atacameña temprana.   Huella indeleble de un tráfico muy antiguo, de varios siglos antes de la llegada del Inca. Pronto halla Osvaldo (cuyo olfato arqueológico nos maravilla) un inconfundible fragmento de cerámica del tipo "negro pulido atacameño",  según la denominación antigua dada  por el sacerdote-arqueólogo, párroco de San Pedro de Atacama,  Gustavo Le Paige  S.J.

Un hallazgo fortuito.

Estamos bastante cerca y al oriente  de uno de los miradores instalados por la Fundación para la observación de los conjuntos de figuras de los cerros vecinos.  De pronto Osvaldo me señala un curioso círculo, formado por piedrecillas finas, de color muy oscuro.  Llamo a Pedro y le digo "¿qué te recuerda esto?". "Un geoglifo", me responde,  tras unos segundos de vacilación. Era un dibujo en tierra, inconfundible, de un imponente  sol con un gran círculo central. Figuras de este mismo tipo (prácticamente idénticas) habíamos observado con bastante frecuencia a los costados de la ruta Inca, a través del Tamarugal. Habíamos visto docenas de ellas, de diversos tamaños, con y sin un punto central característico. Nos fue, pues, fácil reconocerlo.  El círculo interior, con un  diámetro de unos 90 cm., fue intencionalmente formado acumulando innumerables piedrecillas muy pequeñas, de color muy oscuro, delineando un cúmulo levemente levantado del suelo. El círculo exterior del sol, igualmente, aunque incompleto, fue formado por unas corridas de piedrecillas finas, en un contorno de unos 14.40 m.  de longitud. Pronto nos dimos cuenta que alrededor de un tercio de la figura, había sido pisoteada y destruida por  el paso incesante de tropillas animales por la senda.  Entre el borde externo del círculo y su punto central, el área había sido clara y cuidadosamente despejada totalmente de piedras, dejando  bien visible un soporte terroso, de color mucho más claro. En un sector del borde externo del círculo, pudimos descubrir varios minúsculos fragmentos de cerámica color café oscuro. Osvaldo nos señala que se trata de cerámica de los antiguos  atacameños.

Un gran geoglifo solar.

Habíamos al parecer descubierto con Pedro y Osvaldo, un gran geoglifo representando probablemente a la divinidad solar incaica (Tata Inti), casi imperceptible a la vista por su alto grado de destrucción y degradación. Sospechamos que su presencia había escapado a los investigadores del sitio, pues no estaba señalizado.  Se halla a unos 90 m de distancia (a ojo) del mirador Nº 2. Tomamos de inmediato con el GPS las respectivas coordenadas   UTM:  482299 N y 7545197 E.  El antiguo geoglifo se halla al costado weste de la ruta Inca, y contiguo a ésta. ¿Qué pasó  y por qué  se hallaba destruido en buena parte?. Fue nuestra primera pregunta.  Tenemos ahora una hipótesis explicativa muy simple sobre este hecho. Pero antes,  mostraremos  aquí la forma en que aparece visible el geoglifo, de acuerdo al dibujo hecho en mi Diario de Campo (Vol. 98, págs. 33 y 35)  y que presentamos aquí.

Fig. 6. Croquis de terreno.  Vista general de área que muestra  el cordón de cerros pintados (a la izquierda del dibujo)  y la posición relativa del geoglifo circular (por hipótesis, el sol o Inti). Dos pequeñas cárcavas de erosión, cruzan de sureste a norweste la zona. En una de ellas, se observan varios restos de  estructuras de campamento.  Las huellas sinuosas, paralelas, propias del camino Inca toman aquí, a lo que nos parece,  un decidido rumbo NW.   El hito caminero  señalado en la Fig. 4, , al que se hace  especial referencia en la Fig., se halla en las coordenadas UTM:  482228 N y 7545360 E (Texto tomado del Diario de Campo del Dr. H. Larrain, vol. 98, pág. 33).

 
Fig. 7.   Descripción detallada , tomada de nuestro Diario de Campo, del hallazgo del geoglifo del sol (Vol. 98, pág. 34). Nos llamó bastante la atención no hallar fragmentos de cerámica colonial española  (de tinajas o botijas),  evidencia normal  del paso de españoles por la vía,  muy frecuente en otros tramos de la vía antigua.  Sólo cerámica indígena típica. Al parecer, los españoles, al revés de los indígenas, no se detuvieron aquí, ni tuvieron motivos para hacerlo.  En cambio los arrieros del siglo XIX y XX dejaron aquí rastros evidentes de su paso y acampada.
                         
Fig. 8. Página de nuestro  Diario de Campo (vol. 98, pág. 35-39).  Detalle del geoglifo circular hallado

Fig. 6. Diario de Campo, vol 98, pág. 32. Alusión al hallazgo de cerámica atacameña, en trozos muy pequeños que fueron dejados in situ. Nuestro recorrido  a pie siguió hacia el Norte, por espacio de unos  200 metros, observando las características de la vía incaica La foto de la Fig. Nº 2 corresponde exactamente a  esta sección del camino incaico.

¿Por que destruyeron parcialmente  el geoglifo y quiénes lo hicieron?.

Nos habíamos hecho esta pregunta más arriba.   Estimamos  que la causa fue la siguiente.  En época indígena solo llamas y alpacas cargadas circulaban por esta vía. La gente caminaba a pie, junto a los animales,  pues no existían cabalgaduras de monta  en épocas prehispánicas en América. Esto es sabido.  El trazo de la vía incaica -como lo hemos destacado ya-,  no superaba los 3,50-3,60 de ancho, suficiente para el tránsito de  2 a 3 animales a la vez.  No era necesario más espacio. Esa distancia estaba delineada con piedras, arrojadas al borde de la vía. La vía misma era cuidadosamente despejada de piedras que pudiesen dañar las patas de los animales o los pies de los  viajeros.  Estos, recordémoslo, calzaban siempre  ojotas de cuero. Hasta los perros acompañantes eran calzados con sendos cueros protectores.  ¿Cuándo se amplió considerablemente el ancho de la huella, (a veces hacia  100-120 m o aún más) provocando la situación actual de "rastrillo", al decir de Patricio Advis?. 

 Nuestra hipótesis apunta al empleo normal, por parte de los conquistadores españoles de caballos, mulares  y burros en lugar de las llamas de los indígenas. Ahora bien  los équidos citados iban generalmente guiados por sus jinetes, quiene los acicatean en caso necesario para acelerar la marcha. Así, estos animales fácilmente eran desviados o se desviaban del exiguo trazado antiguo algún tanto por acción de las riendas de sus propios jinetes, máxime en sectores arenosos donde no había obstáculos de ninguna clase (piedras). En tales espacios limpios, imaginamos que hasta podían trotar o galopar a gusto, para acelerar el paso. Pero la senda volvía necesariamente a restringirse al ancho antiguo  (ca. 3,50 m.  o menos)  allí donde la topografía del terreno lo exigía, v. gr. en el cruce de cauces o sectores muy pedregosos.  En síntesis, la  presencia de estos extensos y anchos "rastrillos" observables en la actualidad, sería un fenómeno producido por los conquistadores y sus animales de monta y carga.   A diferencia de los auquénidos que siempre siguen religiosamente un mismo sendero previamente pisado (para cuidar y proteger sus patas), como lo hemos podido observar en sectores montañosos,  los caballos o mulares españoles podían avanzar  velozmente sin someterse al estrecho trazado  previo de la vía Inca, y saliéndose por tanto,  impunemente de sus lindes, bajo el látigo de sus jinetes. Es lo que creemos sucedió en el caso que nos ocupa. Como las figuras rituales de geoglifos hechas en el suelo se hallaban generalmente muy cerca del trazado primitivo  (en nuestra experiencia a veces tan sólo a  uno o dos  metros de distancia),  al cruzar los españoles con sus cabalgaduras,  en lugares abiertos, ampliaron y extendieron inconscientemente el ámbito  de la huella, sin reparar en la presencia de las figuras votivas  preexistentes (geoglifos), que nada significaban para ellos. Simplemente, las pasaron a llevar y las atropellaron. 

En resumidas cuentas, fueron los propios conquistadores quienes  modificaron  con el pasar de sus cabalgaduras y animales de carga, las huellas perfectamente  circunscritas de la vía incaica o Qhapaq Ñan.  Juzgue el propio lector si esta explicación le satisface  o no, pero creemos  correspondería  bien a la índole  de nuestros animales de monta y  al criterio de sus jinetes españoles.

Y, por fin, ¿qué significa  el topónimo Chug-chug?,

No siendo nosotros lingüistas sino antropólogos, decidimos consultar al efecto a  nuestro amigo, el investigador peruano Rodolfo Cerrón Palomino,  eximio experto en lenguas andinas,  quien amablemente nos respondió a vuelta de correo. Reproducimos aquí su respuesta textual:

"...En cuanto a tu pregunta, me parece que la respuesta es sencilla: debe tratarse de la palabra castellanizada del quechua  chukchuq:  "que siempre está temblando". En tal  sentido, debe estar refiriendo a alguna particularidad del lugar. A menos que, como sugieres, sea una reduplicación de chuk que en quechua es el gotear  del agua, de manera que chukchuq será "gotera". Ambas interpretaciones plausibles, aunque yo me inclino por la primera. Es cuanto puedo decirte. Rodolfo".

Nuestra aplicación al caso presente.

Agradecemos infinitamente  el valioso apoyo lingüístico que nos ha  brindado nuestro experto amigo. ¿Cuál traducción  preferir?. Nos inclinamos claramente por la segunda. ¿Razones?.  

a)   En todo el Norte Grande suele temblar con cierta frecuencia  y por igual,  en todas partes, No hay motivo alguno que sugiera que en este preciso lugar, tiemble de modo especialmente fuerte.  En razón del argumento de  la  "plausibilidad semántica", pues, este argumento no nos parecería aplicable en el caso presente.  

b)   El sitio  arqueológico de arte rupestre Chug-chug no fue conocido antes del año  1990, y como tal, carecía de nombre particular. Ahora sabemos que fue Claudio Castellón que lo bautizó así, por la proximidad de la  quebrada de Chug-chug, distante solo unos 15 km hacia el norte.  Castellón, con o sin razón, la bautizó con este nombre, adoptando para ello el topónimo conocido más cercano: la quebrada de Chug-chug. 

c) Ahora bien, en la quebrada existe una aguada, algo salobre, que  fue siempre muy usada por los caminantes para abastecerse en su viaje por el desierto. En esta aguada, el agua brota  gota a gota, formando un charco pequeño. ¿No podríamos pensar que este goteo en la aguada, acarreó su nombre. Chukchuq?. Parece razonable pensarlo  así.  O sea, por sinécdoque, la aguada  otorgó  el nombre a la quebrada.
  
d) La denominación de los lugares (toponimia)  obedece siempre a la existencia de algún rasgo natural de importancia para la vida humana. En otra palabras, no denominaban los antiguos a las quebradas mismas por algún nombre específico, sino se daba nombre  (bautizaba)  a  algún accidente o elemento natural (de la flora, fauna, topografía o geología) existente o abundante en ellas. Las quebradas mismas, en cuanto tales, no poseían nombre propio. Fue más tarde el español quien las bautizó.   La quebrada de Chug-chug, pues, debió su nombre a su aguada o vertiente "que goteaba agua".  Esta,  nuestra explicación, también sugerida por Cerrón Palomino, nos parece claramente preferible a la otra: "tierra que tiembla".

e) Por fin no deja de ser muy interesante el hecho de que este nombre sea de origen quechua. (no aymara,  puquina, o lickan antai).  Y no nos sorprende mayormente, sabiendo que el Qhapaq Ñan de los Incas pasaba y pasa aún por allí mismo, muy cerca. Los incas, presumiblemente, le dieron este nombre a la aguada del lugar, a su paso por allí.  Ta vez poseyó algún nombre antiguo, en lengua puquina, pero éste no habría subrevivido. Y su nombre quechua, en cambio, como en otros lugares de Tarapacá,  ha perdurado hasta hoy  para designar su aguada y,  por  extensión o sinécdoque, la quebrada homónima.  

viernes, 4 de agosto de 2017

Chug-chug: un apasionante sitio de arte rupestre en el desierto de Antofagasta.

Chug-chug, en lontananza.

Fig. 1.   Desde el mirador instalado por la "Fundación Desierto de Atacama" hacia el  conjunto de cerros  pintados de Chug-chug.  Vista desde el  SE al  NW. (foto Pedro Lázaro B., 02-12-2016).

Fig. 2.  Laderas de cerros cubiertas literalmente con las figuras llamadas "geoglifos", dibujados  en sus flancos que miran hacia el Este y Sureste.  Fotografía de Pedro Lázaro B., tomada desde el sur Este, al aproximarnos  al sitio arqueológico (02-12-2016).


Fig. 3.  Fotografía del afiche publicado por la "Fundación Patrimonio Desierto de Atacama"  que muestra muy bien la enorme y confusa concentración de figuras en las laderas de cerros que miran hacia el sur y sureste de la estribación montañosa  de Chug-chug, elegida como soporte para el dibujo de numerosas escenas, como parte de un culto ancestral.

Un nombre  sonoro pero enigmático:  Chug-chug.

La primera vez que escuché este extraño  y sonoro nombre indígena, fue de labios de mi amigo, ya fallecido, el arquitecto iquiqueño  Patricio Advis Vitaglic.  Estaba entonces Patricio preparando su último libro, dedicado al estudio minucioso del paso de Diego de Almagro por el desierto chileno. Me mostró ansioso las páginas originales ya escritas, llenas de correcciones a mano.  Era su orgullo, pues en él había invertido cientos de horas de paciente revisión de textos de Crónicas españolas, y otras cientos, en expediciones en terreno, siguiendo tramos del Qhapaq Ñan que cruza el Tamarugal.

Esta escena ocurrió por allá por los años  2001 ó 2002. Trabajaba Patricio en una estrecha oficina en el departamento de arquitectura de la Universidad Arturo Prat, en Iquique, en calle Baquedano. Estantes llenos de libros casi impedían ver las paredes de su cuarto. Fumador impenitente, encendía un cigarrillo tras otro, en el decurso de la conversación.  Recuerdo que este humo me molestaba  y procuraba yo evadir disimuladamente su  vaho, cambiando un tanto de postura, para eludir su efecto directo. El aspirar el humo del cigarrillo parecía ser, sin embargo,  parte integrante de su rica personalidad. También fue, por desgracia, causal directa de su temprana muerte. Advertido muchas veces respecto de su peligrosidad, nunca quiso hacer caso; lo atestigua su esposa. Daba la impresión de que sin este acicate constante de la nicotina, su mente no funcionaba tan bien. El lo sabía.

Dialogando con Advis.

Un día en que pasaba yo a hacer mi clase de Antropología a alumnos de la carrera de Arquitectura, me llamó. Quedamos de charlar largamente unas vez terminada mi clase. Así lo hicimos. Nos enfrascamos en una animada  conversación sobre las características físicas del paisaje del desierto que Almagro cruzara a caballo, con sus rendidas huestes de castellanos e indios prisioneros en cadenas. Conociendo Advis mi interés por la biogeografía y la botánica,  discutíamos sobre las especies de plantas que pudo Almagro y su hueste utilizar durante dicho penoso viaje. El abastecimiento de agua en las aguadas, era otro punto de examen en común. Las Crónicas son demasiado escuetas al respecto. Apenas nos dan unas tenues luces, a pesar de que algunas de ellas fueron escritas por testigos presenciales, como Mariño de Lobera, Gerónimo de Bibar  o Cristóbal de Molina. Conversábamos, igualmente,  sobre el tipo de puquios (pozos) y vertientes que pudo Almagro hallar en su trayecto y su forma de aprovechamiento. De pronto, afloró en nuestra conversación  el sitio de Chug-chug. ¿Lo conoces?, me preguntó.  "No aún", le dije y   "es ése uno de los lugares que quisiera visitar". "Sospecho, me dijo, que ese lugar tiene una enorme importancia en la  ruta de los antiguos chasquis, mensajeros del Inca". Porque - insistió - ¿cómo explicar, si no, su enorme riqueza en figuras grabadas en los cerros (geoglifos) en un sitio aparentemente tan seco, tan inhóspito?.  ¿Fue dicho lugar una encrucijada de caminos, uno en dirección  a Quillagua y la desembocadura del río Loa, y otro, hacia al norte, en procura de las quebradas de Maní y Huatacondo?. "Horacio", me dijo, "tenemos que planificar una expedición  para conocer Chug-chug; ese sitio me intriga desde hace mucho tiempo".

"No dejes para mañana lo que puedes hacer hoy".

Por desgracia, nunca pudimos efectuar tal viaje y hasta  hoy lo lamento infinitamente, pues visitar sitios con un arquitecto de la talla de Patricio, tan versado en el conocimiento de las fuentes españolas, era una ocasión maravillosa para captar sus impresiones, sus ideas y contrastar en terreno sus audaces hipótesis y sus interpretaciones de las fuentes escritas  Es lo que nos suele ocurrir: so pretexto de trabajos urgentes,  dejamos para el mañana  lo que nunca termina siendo realidad. De haber yo por entonces insistido y porfiado, dicho viaje se hubiera realizado.  Y, tal vez, nuestros estudios posteriores respecto a la vialidad incaica,  hubiesen tomado un rumbo diferente...

Nuestra visita a Chug-Chug en Diciembre del año 2016.

Pasaron raudos trece o catorce años.  Chug-chug estaba siempre presente en nuestra retina, pero brumoso y lejano. Recibo de pronto de Calama una gentil invitación del Director del Museo de dicha ciudad, Osvaldo Rojas, para ir a esta ciudad de la Región de Antofagasta a dar una charlas sobre tópicos de mi particular interés. Eran éstos: el estudio de las nieblas costeras y el aprovechamiento del agua atmosférica, y  nuestra experiencia  reciente sobre el Camino del Inca en Tarapacá, tema que veníamos estudiando desde el año 2011 con colegas arquitectos de Iquique. En el trayecto, ya acercándonos a la mina de cobre de Chuquicamata, acompañado de mi excelente amigo Pedro Lázaro Boeri, pasamos junto a  una huella que conducía hacia el N, a las figuras de Chug-chug, tal como lo  indica un rótulo del camino. Una reciente y excelente huella compactada con sal, nos lleva en pocos minutos a los cerros distantes unos 14 km hacia el Norte.  Hemos llegado a nuestra anhelada meta.

La acogida en Chug-chug

Aquí nos espera la primera sorpresa: varios domos de una blancura inmaculada, al pie de la cadena de cerros bajos, contrastan con el tono café-grisáceo sucio del paisaje circundante,  estéril y solitario. ¡"Hay cuidadores"!, exclamamos. En efecto,  la "Fundación Desierto de Atacama", presidida por el dinámico arqueólogo Gonzalo Pimentel   (www.fundaciondesiertoatacama.cl),  ha instalado aquí hace alrededor de un año, un centro de control y vigilancia para proteger y custodiar esta valiosa área arqueológica. Aquí se ofrece descanso del sol implacable, baños, y una completa información turística sobre este sitio arqueológico que la Fundación ha decidido proteger, estudiar  y dar a conocer a los visitantes. Nos alegra mucho esta innovadora iniciativa de protección cultural, único ejemplo semejante que conocemos en el Norte Grande de Chile.  Vemos aparecer una joven pareja, con un niño pequeño, bien instruida sobre  el valor arqueológico del sitio y sus figuras grabadas en la superficie de los cerros. Ellos son, a la vez, custodios y guías para el visitante. Su entusiasmo por dar a conocer este centro arqueológico nos sorprende  gratamente y nos alegra:  ¡por fin aparecen iniciativas de protección cultural, reales y efectivas!.  Hay dos miradores con asientos,  instalados a cierta distancia de las figuras, para poder admirar tranquilamente, sin prisas,  el efecto visual de las mismas en su admirable conjunto. Algunas de las imágenes aquí mostradas, son fotos nuestras tomadas de un afiche de la Fundación Desierto de Atacama,  editado para dar a conocer este increíble lugar.

El escenario pictórico.

Fig. 4.   El color oscuro  del cerro corresponde a la presencia de infinitas piedras de origen volcánico, desparramadas por su superficie.  Ésta, tapizada de piedras  pequeñas, constituyó el soporte ideal para la confección de figuras in situ. (Foto Pedro Lázaro B., 02-12-2016).

Un escenario ideal para la creación  de  geoglifos.

La cadena de cerros bajos que muestran las figuras 1, 2 y 4,  constituye hoy  el límite más o menos impreciso entre la Iª y IIª Región de Chile, fue utilizada antaño por los indígenas para grabar  en sus superficies  suaves y apacibles declives, centenas de las más variadas figuras. El lugar se encuentra en las coordenadas  UTM  482299 N y 7545197 E,  a una altitud de 2.057 m. s.n.m. Hay en el área más de 500 figuras "esculpidas" allí hace mucho más de 500 años. Algunas, tal vez mil; otras,  tal vez bastante más. Las hay de círculos, simples y dobles (con y sin un relleno o punto central), rombos escalerados conformados por cuadrados bien delineados, figuras semejantes a la  Cruz de Malta, diversos  personajes humanos estilizados, con tocados (¿tal vez representando shamanes  o brujos?), dibujos de llamos, parinas y lagartos. Algunas figuras semejan estrellas, otras muestran balseros en balsas...Un sinnúmero impresionante de figuras, en su mayor parte abstractas (más del 80%, estimo a la carrera), de muy compleja y discutible interpretación.

¿Con qué fin las dibujaron?.

 La abigarrada multitud de imágenes mira en diversas direcciones  y es evidente que no hubo aquí un propósito definido de presentar paneles bien ordenados de figuras, destinados a  ser admirados desde un solo punto, como quien admira, absorto, la escena de un  cuadro en un museo.  Más bien obedecen ellas -creemos nosotros- a una lógica muy distinta de la nuestra; una lógica destinada no a una mera observación contemplativa, sino a expresar una necesidad imperiosa,  de tipo ritual-religioso. La necesidad de los viajeros de dejar estampada unas figuras, en  cualquier parte del cerro sagrado, a la manera de ex votos, y a la vista, para pedir protección  o, tal vez,  a la vez, para expresar agradecimiento a sus deidades tutelares en el transcurso del viaje emprendido. No imaginamos otra explicación al observar el aparente terrible y confuso desorden de las figuras,  desorden que parece contradecir la más elemental  lógica pictórica.

¿Tendría cada etnia aquí la reproducción de su imagen votiva particular?.

Podríamos imaginar que cada grupo humano, perteneciente a un determinado ayllo o comunidad,   al pasar por este paraje quiso dejar  reproducida aquí para  la posteridad (in aeternum) su figura predilecta, tal vez de su divinidad  o de su genio protector.  En realidad, debemos confesar sin rubor que sabemos muy poco, o casi nada acerca del significado de los símbolos aquí manifestados. A lo más, intuimos vagamente su sentido muy general, basado en su religiosidad inmanente, íntimamente ligada a la naturaleza, y de un carácter fuertemente animista. Estos códigos antiguos, hoy tan misteriosos para nosotros, desafían francamente nuestra interpretación. Si alguien pretende decirnos hoy que  ha descubierto su significado o  su sentido recóndito, lo más probable es que se equivoque. Carecemos hoy de una mentalidad religiosa al estilo de antaño, cuando la naturaleza circundante tenía un sentido muy diferente al que le damos hoy. Antaño,  el hombres se sentía  parte  integrante  de la naturaleza, a la que consideraba viva  y a ella y a sus seres misteriosos, acudía con humildad y respeto, implorando sus favores.  Esta actitud reverente ante  la roca, la cima montañosa,  la vertiente, la laguna o el río, nos es hoy totalmente ajena y lejana, porque prácticamente todas las grandes religiones dominantes hoy son creacionistas y nos hablan de una divinidad única, trascendente,  creadora y animadora del mundo y del hombre y , por lo tanto, superior a ellos.

¿Cómo están hechas sus figuras?

El sustrato elegido como base, fue la superficie plana o semiplana de esas laderas suaves de cerros bajos, tapizada de pequeñas piedras de colores oscuros, producto evidente de antiquísimas erupciones volcánicas. La carencia casi absoluta de lluvias en esta  zona hiperárida  (nos hallamos en el desierto más árido de la tierra), ha permitido la conservación in situ de los materiales superficiales que casi no han experimentado cambio alguno a través de los siglos o milenios.  Esta superficie tersa, llena de minúsculas piedrecillas de colores oscuros o brillantes fue removida  por el artista con el objeto de dejar ver, por contraste,  el color blanquecino del sustrato subyacente, de origen volcánico.  Las piedras de color negro gris oscuro o pardo que tapizan el lugar y que los vientos han pulido y dejado visibles, fueron cuidadosamente alineadas en el contorno de la figura elegida,  delineando con precisión su imagen   (animal, geométrica o  humana). La figura, pues, aparecería así a los ojos del espectador  gracias a un doble trabajo: 1)  el raspado de la superficie para dejar a la vista el color claro del subsuelo, y 2) el implante y  la colocación en sus bordes de piedras de un tamaño uniforme, cuyo conjunto reproducirá la forma exacta de la figura que se quiere  así dibujar, sea ésta una figura geométrica  (círculo, cuadrado, rombo), sea un ave, un animal, un ser humano u cualquier otra figura preferida. Como la superficie elegida de la ladera o cima  posee en forma natural un tapiz formado por infinitas piedrecillas de color oscuro (de antiguo origen volcánico), constituye éste un inmejorable soporte para la obra del artista.

No fueron creados en cualquier cerro.

No cualquier cerro ni cualquier ladera, en consecuencia, fueron considerados aptos para servir de soporte a un geoglifo. Por ejemplo, una duna o un médano de arena serían totalmente inservibles para este propósito. Tampoco sirve al efecto un cerro de superficie perfectamente lisa, sin presencia de abundantes piedras de color oscuro.  Y menos aún, un cerro o ladera rocosa, cubierta de enormes rocas o piedras.  Esta exigencia básica,  restringe bastante las posibilidades de hallar sitios aptos y adecuados. Por fortuna, en  la superficie del desierto de Atacama, sujeta antaño a vigorosos  y frecuentes episodios volcánicos, abundan  las piedras de colores oscuros: andesitas, riolitas o basaltos, rocas  que constituyen un excelente material  de base para la construcción y elaboración  de un  geoglifo.

Diseños hechos en tierra: los "geoglifos".

Estas figuras delineadas con piedrecillas de los mismos  cerros, han sido  denominadas "geoglifos", por tratarse de "glifos" o dibujos (del verbo griego glifein = diseñar, dibujar ) hechos en tierra  (geos, en griego). La expresión "geoglifo" fue acuñada por la Dra. Grete Mostny Glaser, arqueóloga austríaca avecindada en Chile,  en la década del  40 del pasado siglo,  y ha sido hoy recogida y aceptada generalmente en América para designar estas manifestaciones de arte rupestre, características del desierto hiperárido, casi del todo desconocidas en otras latitudes.

¿Cómo los hicieron?.

La técnica usada en Chug-chug, difiere bastante de la usada en varios otros lugares de Tarapacá. Así, por ejemplo,  en la quebrada de Tiliviche (norte de la región de Tarapacá) existe  un  hermoso panel de geoglifos, que parece representar un conjunto de llamas en movimiento, denominada por Luis Briones como "la caravana". En Tiliviche, las figuras  fueron construidas mediante un simple relleno de la imagen con piedras de un color oscuro, uniforme, que contrasta fuertemente con el color  claro del soporte del suelo. En Chug-chug  la técnica  es exactamente la contraria: el diseño lo forma el contorno mismo o borde  de la figura hecha con  piedras y su "cuerpo" es la tierra blanquecina extraída del subsuelo, generalmente de tipo calcáreo. (Vea nuestro artículo intitulado: "Geoglifos de Tiliviche: ¿arreo de llamas bajando a la costa del Pacífico o rito ceremonial agropecuario?, publicado en este blog  el 21 de Julio del año 2011  y su comentario).  La técnica usada en Chug-chug se asemeja muchísimo (o es prácticamente idéntica)  a la empleada en el sitio de Pintados o en el cerro isla llamado  Cerro Unita. Incluso, varios de los signos allí dibujados, son idénticos. Lo que demostraría que fueron al parecer esculpidos por un mismo pueblo, o por grupos humanos  diferentes, pero dotados de una misma cultura religiosa.

Pertenecen a épocas muy distintas.

Según los arqueólogos que han estudiado este sitio, estas figuras no serían todas sincrónicas (hechas en un mismo  tiempo o  época), sino pertenecerían a épocas muy distintas (diacrónica), que van desde los 500 A.C. hasta  los 1.500 D.C. y seguramente, también, a sociedades diferentes: recolectoras, agrícolas y/o  pescadoras., como diferentes eran los orígenes y actividad económica de las personas que por aquí transitaban.  Así parece sugerirlo el tipo de figuras  "esculpido" en las laderas de cerros bajos. Lo importante para  sus creadores era dejar trazada a su paso por el lugar, una imagen propia suya, imperecedera, en los  cerros considerados por ellos como sagrados. ¿Dónde y en qué posición exacta quedaba instalada la figura?. Al parecer, no importaba mayormente.  El "orden" en el diseño general (aspecto que a nosotros nos parece tan necesario), no pareció  interesar mayormente a sus autores. Nos hemos hecho la pregunta:  ¿poseía  y trazaba cada etnia o ayllo sus figuras predilectas  aquí, las que cuidaba, reverenciaba y probablemente también reparaba en cada  uno de sus viajes?. ¿O cada familia  viajera trazaba sus propias figuras?. En realidad, no lo sabemos, pero no parece del todo improbable.

Selección del lugar: ¿por qué aquí, precisamente?.

Uno se puede preguntar por qué aquí en Chug-Chug, precisamente y no en otro lugar. ¿Fue porque era una importante encrucijada de caminos -como sospechan los arqueólogos que han analizado el sitio-, o porque  estos cerros constituían un límite natural entre comunidades ancestrales,  o  por alguna otra poderosa razón que hoy no alcanzamos a vislumbrar?.   ¿Fue, tal vez, para efectuar un rito acostumbrado, al descender bruscamente hacia la costa pacífica desde las montañas?.  Debemos confesar paladinamente, tal como lo hemos dicho en otros capítulos de este blog dedicados al arte rupestre, que lo ignoramos. No sabemos sus causas.  Es mucho todavía lo que tenemos que aprender de las culturas antiguas y sus motivaciones más profundas al contemplar hoy  con asombro y admirar el riquísimo conjunto de  símbolos y signos  trazados  hace siglos  en  el sitio  ceremonial de Chug-chug.

Fig. 5.  Destacan en este abigarrado conjunto varios  "rombos escalerados",  denominación dada por los arqueólogos a las figuras conformadas por cuadrados dispuestos simétricamente  en forma de rombos  (tres o cuatro cuadrados por lado), con o sin  presencia de un círculo central.  Pero también se observa algún personaje humano, tal vez un shamán.

Fig.  6.  Por la parte central y en sentido diagonal, se puede observar el trazado de un antiguo sendero, el  que tal vez  fue utilizado para la construcción y elaboración del conjunto de geoglifos.

Fig. 7.   Hemos hecho un zoom a la figura para destacar la presencia de  tres personajes humanos, provistos de tocados ceremoniales. Uno de ellos (a la extrema derecha) porta elementos  en  sus manos (¿ sus insignias de mando, tal vez?)  y tiene  semejanza  con el  gran personaje representado en el Cerro Unita  (al Este del pueblo de Huara, en la Región de Tarapacá), el que ha sido identificado como Tunupa, deidad de Tiahuanaco, representada en la famosa Puerta del Sol.  


Fig. 8.   Nos intriga la  gran abundancia de círculos  (simples y  complejos) . Algunos han estimado que  el círculo correspondería a una representación frecuente de Inti, la divinidad solar propia de los Incas. Pero no nos consta.

Fig. 9.    Arriba, a la derecha, aparece  una figura que semeja una cruz cristiana, pero, a diferencia de ésta, no  presenta su brazo central más largo que los otros. Parecería tratarse de una representación de la Cruz del Sur, llamada chakana por aymaras y quechuas. Esta constelación es claramente visible en la zona de Antofagasta, apuntando hacia el sur  astronómico.


Fig. 10.    Figuras geométricas de líneas, cuadrados, círculos y rombos,  coexisten con figuras animales. (foto Pedro Lázaro  B., 02-12-2016). 

Fig. 11.  Como en un caleidoscopio, las figuras aquí parecerían  rotar en torno a la estrella de gran tamaño que ocuparía presuntamente el centro.



Fig. 12.    Se observa en esta sección del panel  el notable dominio por parte de los artistas de antaño, de los materiales usados para el trazado de las figuras.  La figura del lagarto,  a la derecha, con su típica cola larga y el círculo de la izquierda muestran  un  bien cuidado relleno interior de piedrecillas para  realzar ciertos rasgos. (Foto Pedro Lázaro, 02-12-2016).

Fig. 13.   Leyenda que acompaña al cartel  de  difusión  de las representaciones del sitio de Chug-chug. Se hace aquí particular hincapié en el rol de este sitio como articulador de sendas o caminos prehispánicos que conducían, respectivamente, a los oasis verdes de Calama (en el Loa medio) y Quillagua (en el Loa inferior, hacia la costa). Era encrucijada de caminos antiguos, sin duda alguna. A nuestro entender, sin embargo,  mucho  más importante  aún era su rol como "centro ceremonial" para los antiguos caminantes, que en estos cerros realizaban sus figuras, no "por amor al arte", ni por deporte placentero, ni para indicar rutas, sino por necesidad religiosa vital para lograr el éxito en sus movimientos y viajes. Aquí tomaban contacto con la divinidad, como hoy los peregrinos lo hacen  en alguno de nuestros Santuarios. Podemos imaginar que aquí, ante estas figuras,  sagradas para ellos, hacían ellos sus preces y oraciones para asegurar un "buen viaje" y acampaban por algunas horas antes de proseguir,  llenos de fe en la protección de sus dioses tutelares, el viaje proyectado.

Comentario eco-cultural.

1. Llama poderosamente la atención la enorme concentración de figuras en  un espacio relativamente reducido. Casi no hay ladera que mire hacia el E o  SE que no haya sido aprovechada íntegramente como base o soporte  para  la confección de  innumerables figuras.

2. Se observa a veces superposición de figuras, seguramente   hechas en diverso tiempo, por diversos grupos humanos.  Algunas, ya casi borradas por el transcurso del tiempo.

3. Nos parece obvio que el sitio  fue lugar obligado de detención de viajeros y caravanas a través del desierto, pues un tramo importante del Qhapaq Ñan  pasa,  a muy corta distancia, por su costado Este rumbo al NW.

4.  Predominan  ciertas curiosas figuras en este conjunto desordenado, a saber,  los círculos en variadas formas  y  los "rombos escalerados". Esta última figura,  muy abundante en la zona de Tarapacá,  es una de las figuras más enigmáticas en estos conjuntos de geoglifos. Su sentido profundo ha desafiado hasta ahora a los arqueólogos.

5.  Aunque no sabemos qué tipo de rituales de paso practicaron aquí los antiguos viajeros, resulta lógico pensar que fueron realizados, tal vez, desde cierta distancia, desde algunos puntos desde donde las figuras podían ser observadas y veneradas perfectamente.

6. Tal vez pueda ser de interés paras los investigadores del futuro,   detectar con precisión el o los sitios desde donde antaño fueron observadas (y veneradas ritualmente)  estas figuras. Tal vez sus creadores hayan dejando allí algún rastro material de su práctica ritual: como p. ej. la presencia de malaquita finamente molida, o conchas, en calidad de ofrenda, elementos que hemos hallado  en varios lugares  provistos de geoglifos y a  cierta distancia de los mismos.

7.  Existen  en efecto varios restos de antiguos campamentos de viajeros  muy cerca del sitio donde hoy  se alzan los miradores levantados por la Fundación antropológica que los protege.  Sospechamos que desde aquí (y no junto o cerca de las figuras mismas) eran observadas y veneradas ritualmente sus figuras ancestrales y sus seres protectores.

8. A pesar de los numerosos estudios realizados sobre  este abundante arte rupestre de Tarapacá y Antofagasta hasta hoy,  creemos que queda todavía "mucha tela por cortar", para descubrir y revelar el sentido profundo de cada una de sus figuras. La figuras animales, probablemente, representan a sus respectivos dioses o seres protectores, pero las numerosas y variadas figuras geométricas son mucho más enigmáticas, y su sentido profundo se nos escapa por ahora.

9.  En nuestro próximo capítulo del blog, ya en preparación,  presentaremos valiosas evidencias obtenidas por nosotros en nuestras dos visitas efectuadas en el mes de diciembre  2016  a sus proximidades, las que atestiguarían con certeza una  muy antigua presencia y paso por este  lugar. Nuestros lectores se llevarán -lo esperamos- una grata sorpresa.

10. Por fin, tal como aludíamos más arriba, este lugar constituye para nosotros un verdadero y auténtico "centro ceremonial" o "santuario" para las generaciones de caminantes de antaño, probablemente originarias de diversas tribus y regiones.  Aquí quedarán representadas para siempre sus deidades y sus dioses tutelares con los cuales tal vez dialogaban  y/o imprecaban al pasar por este sitio estratégico, rumbo a sus destinos lejanos.

11. Considerar, por tanto  -como lo hacen algunos-  este sitio tan solo como un estratégico y notable señalizador de caminos y rutas de la antigüedad, a nuestro juicio es diluir y empequeñecer  este potente legado cultural  desconociendo su verdadera dimensión espiritual basada en la vigencia y  el vigor de la  religiosidad andina y sus formas concretas de expresión en el paisaje.

12. Nos queda por presentar también el probable significado de este topónimo que nos parece onomatopéyico. Lo que esperamos  llevar a cabo en el próximo capítulo, en preparación.



domingo, 9 de abril de 2017

Fotografìas desconocidas del sacerdote-arqueòlogo belga, Gustavo le Paige, S.J.: Un homenaje al cumplirse 37 años de su partida.




                                              
Fig. 1.   Portada  de la revista informativa de la Embajada de Chile en Washington, (Summer, 1979). En esta pequeña revista, casi desconocida, hemos hallado referencias a Le Paige y su actuar en el desierto atacameño, que hemos querido rescatar para el archivo sobre Le Paige y su obra.

Nuestro recuerdo de Gustavo le Paige.

En nuestro blog, hemos  tratado de recoger, en numerosos capítulos  (ver etiquetas respectivas  bajo Museo arqueológico San Pedro de Atacama, Gustavo le Paige, Atacameños...), la herencia cultural y social del jesuíta belga, Gustavo le Paige de Walcque   (1903-1980). Nos hemos referido in extenso a su vida  como científico de campo,  a la vez que a su actuación  como misionero católico, en todos los poblados atacameños tanto en la zona del río Loa como en los contornos del Salar de Atacama. Hemos reproducido también diversas fotografías  que hemos podido espigar, aquí y allá, en diversas publicaciones y que nos ilustran  bien acerca de su incansable accionar en el desierto atacameño durante 25 años.

Imágenes desconocidas.

Al acercarse un nuevo aniversario de su fallecimiento (19 de mayo de 1980), hemos creído pertinente aportar  nuevos antecedentes sobre este personaje, esta vez en forma de  imágenes que han permanecido en la penumbra y que  por casualidad  hemos  rescatado del olvido. Las debo a mi esposa, Marta Peña, quien había guardado celosamente las publicaciones originales.

Un pequeño homenaje cuando se quiso sepultar su Museo.

Quiera ser éste un nuevo  y pequeño homenaje a su memoria, en momentos en que su querido Museo, el Museo  Arqueológico de San Pedro de Atacama -joya reconocida de la zona por 63 largos años- yace hoy semi-destruido, abandonado y totalmente desmantelado.   ¿La causa?: un fatal e imperdonable error de las autoridades edilicias de San Pedro y, probablemente también, de los investigadores del propio Museo. Encandilados y enceguecidos  por un novísimo y prometedor diseño ultra moderno, se han quedado hoy "sin pan ni pedazo".  Hoy no existe Museo alguno en el lugar donde laboró le Paige. Sus ricas colecciones, se hallan hoy, apiladas  (?), en containers por tiempo indefinido...Nada se puede estudiar hoy allí, lamentablemente.

Un error imperdonable.

¡Se pretendió erigir, exactamente en el mismo emplazamiento del antiguo, un gigantesco Museo nuevo de varios pisos, de concreto, de un diseño postmoderno, destrozando y haciendo añicos el venerable entorno colonial pueblerino. No se respetaba,  en los nuevos planos, el antiguo sistema constructivo del área antigua del poblado: el adobe.  Tampoco su tradición y  su larga historia de esfuerzo, tenacidad y gloria. Y así, se hizo trizas el antiguo y venerable Museo de Le Paige, levantado en  1962 con el esfuerzo mancomunado de manos atacameñas, pisoteando su historia y su legado. !.   Y, lo que resulta más traumático y doloroso,  se vio en esos días una escandalosa rapiña de puertas, ventanales, adobes y maderos, por parte de turbas locales, disputándose acremente sus despojos!. ¡Qué vergüenza!.

Una revista informativa de  la embajada chilena en Washington.

Las fotos que aquí acompañamos han sido extractadas de una pequeña revista informativa, de doce páginas, redactada en inglés por la Embajada de Chile en Washington, muy poco después de la muerte de Le Paige.  ¿Su nombre?: "Report  on Chilean University Life" (Summer 1979, Number three   y Spring 1980, Number six). Su editor responsable por entonces era el abogado Mario Correa Saavedra.  Lo interesante de esta revista es que recoge, en apretada síntesis,  la información científica que habían producido las universidades chilenas y que ellas mismas consideraban de especial relevancia.   La Universidad del Norte, en aquellas fechas, otorgaba especial énfasis a las investigaciones arqueológicas de Le Paige.

 Fig. 2.  Resumen, en inglés, de la trayectoria científica y humana del sacerdote jesuìta Gustavo le Paige  de Walcque.
 Fig. 3.  Esta fotografía, probablemente data de los comienzos o mediados del año 1979, último año de actividad museológica de Le Paige. Aquí se le ve,  ya cansado y muy deteriorado,  guiando  una de las últimas visitas a su Museo, seguido del Rector de la Universidad del Norte, el general Jaime Oviedo Cavada. A fines de dicho año, fue trasladado de urgencia a Santiago para ser tratado de un cáncer avanzado, que consumió su vida, falleciendo un 19 de mayo de 1980.

Comentario.

1.  Le Paige siempre estuvo orgulloso de su Museo. Fue su gran obra y la mostraba con especial orgullo a sus visitantes.  Para él, el Museo era una prueba tangible e irrefutable  de lo que el llamaba con entusiasmo: "la continuidad de la cultura atacameña".

2. Para nosotros, Le Paige  ha sido un ejemplo de extraordinaria fidelidad a su misión.  Para él,  ser sacerdote y evangelizador y, a la vez, científico de campo y explorador,  nunca constituyó  un dilema. Supo conjugar ambas vocaciones de generosidad y entrega y, sin duda, lo logró.  Y fue, a la vez, ejemplo de una tenacidad de hierro en la consecución de sus objetivos. Contra viento y marea, y luchando contra la opinión inicial adversa de sus superiores religiosos inmediatos, levantó con sus manos y las de sus ayudantes atacameños un hermoso Museo, construido según los planos del hábil arquitecto antofagastino Carlos Contreras Alvarez.

3. Y gracias a su esfuerzo y su tesón, San Pedro de Atacama devino de humilde e ignorada aldea polvorienta, en  una urbe arqueológica, el área arqueológica  lejos la más visitada y concurrida de todo Chile.

4. Fue su indiscutible mérito y por eso lo recordamos hoy , una vez más, con respeto y admiración profunda.

5. ¿Dónde se encuentra hoy  -nos preguntamos -la formidable e impresionante estatua en bronce del cèlebre sacerdote-arqueòlogo que  cimentó y pavimentó  el progreso de San Pedro de Atacama y lo lanzó al estrellato?.  Estatua que, por su significación y sentido, debería estar instalada en la propia plaza mayor de San Pedro de Atacama, frente a la llamada casa de Don Pedro de Valdivia.


viernes, 3 de marzo de 2017

Investigaciones arqueológicas en la costa de Antofagasta: sector la Chimba. Expedición francesa del año 1902.


Sobre excavaciones antiguas en la costa de Antofagasta.  Un texto olvidado.

Presentación.

Entregamos hoy a nuestros lectores nuestra traducción del francés,  de un  ponencia publicada en el Bulletin et Mémoires de la Societé d´Anthropologie de Paris, Tome III (V Serie), 1902: 700-708, Paris.   El texto se refiere específicamente a excavaciones muy tempranas practicadas en la costa de Antofagasta, hace 115 años atrás.

Quien hace esta presentación  es el médico francés Arthur  Chervin (1850-1921)  miembro de la expedición  llamada Mission Scientiphique  G. de Créqui Montfort y E. Sénéchal de la Grange, quien fuera el encargado de la sección Craniología de dicha expedición. El Dr. Chervin  fue el responsable de redactar el tomo III, titulado Anthropologie Bolivienne (Paris, Imprimerie Nationale, 1908).

Notemos que por “Antropología”  en  los países europeos (en particular en Francia y Alemania) se entendía por entonces tan solo el estudio  de las características físicas de los pueblos indígenas, lo que en nuestra tierra  conocemos hoy como “Antropología Física”.  El estudio de la cultura de estos pueblos era considerada parte de otras ciencias,  como la "Etnografía" o  a la "Etnología", o incluso el "Folklore".

Su especial interés para nosotros, sin embargo,  radica en  el hecho de que se trata –a lo que creemos- de las primeras excavaciones arqueológicas realizadas en esta región de Antofagasta de que se tenga referencias precisas y detalladas, bastante  anteriores a las realizadas, en la década del 1920, por el médico alemán Otto  Aichel  en el área de Cerro Moreno. De estos trabajos y sus resultados para la ciencia antropológica, ofrecemos aquí el relato circunstanciado del Dr. Chervin, hecho ante la Sociedad científica, cuyo contenido se transcribe  aquí  ad litteram en  una descripción precisa  y detallada.

[Nota. En paréntesis cuadrados,  adición o comentario nuestro].

Traducción del texto original.

 “El Señor Chervin  tiene el honor de presentar a la Sociedad numerosos objetos traídos desde Bolivia por el Señor Sénéchal de la Grange.

En el curso de un viaje  efectuado desde la bahía de Antofagasta hasta  el altiplano de Bolivia, el Señor Sénéchal de la Grange tuvo la ocasión de recolectar objetos de diferente naturaleza, pero todos igualmente preciosos para los antropólogos, porque los procedentes de esta región son bastante  escasos.

El Señor Chervin presenta:

1. Cuatro cráneos hallados por el Sr. Sénéchal de la Grange en lomajes de la ensenada de (la) Chimba frente a la isla de Guarnan  [sic! por Guamán]. Tal como pareció  al Señor de la Grange, la sepultura fue excavada en plena tierra, o mejor dicho,  en plena arena, en el acantilado que domina la bahía. No había rastro alguno de tumba [o sepulcro].
Las diversos huesos que componían el esqueleto han sido hallados en la posición normal de un cuerpo extendido, excepto en el caso del niño, contrariamente  a  lo que suele encontrarse de ordinario en muchas sepulturas peruanas  de las orillas del  Pacífico, donde la posición en cuclillas es la regla.

[¿El cráneo de Atahualpa?].

A estos cuatro cráneos recogidos personalmente por el Señor Sénéchal de la Grange,  se agrega aquí un quinto que le ha sido obsequiado por uno de sus amigos como el cráneo del famoso Atahualpa, el último gran jefe Inca del Perú.  Este cráneo, que  está representado en la línea tercera  de la fotografía adjunta, ¿es verdaderamente el cráneo de Atahualpa?. La cosa no es imposible si se ha de creer  al documento mostrado aquí abajo que ha sido remitido al Señor Sénéchal de la Grange y que nosotros hemos traducido literalmente. Sea lo que sea, el Señor Sénéchal de la Grange se limita a entregarlo tal como lo recibió, sin otra garantía alguna de autenticidad histórica (sigue aquí nota  al pie de página con una extensa referencia a la historia  del cráneo de Atahualpa y su destino).

Sea lo que sea, de estos cinco cráneos, los tres primeros pertenecen a hombres adultos, uno a una mujer y el otro a un niño.  Los tres cráneos adultos  son muy claramente  braquicéfalos, tal como lo atestiguan las fotografías adjuntas, y presentan una serie de caracteres comunes, y en forma notable,  una  gran anchura de la cara como consecuencia de la importancia del ángulo bicigomático. Uno de estos cráneos  presenta un prognatismo sumamente notorio con inserciones musculares  fuertemente marcadas; el cráneo de Atahualpa, presentando las mismas características generales que  el segundo cráneo adulto,  no posee las inserciones musculares tan marcadas como los precedentes: es claramente más fino.  Ninguno de ellos muestra señas de deformación  (craneana).

Los cráneos de la  mujer y del niño nada presentan de particular. Son braquicéfalos como los  demás. Se nos plantea un problema:  ¿a qué raza pertenecen estos cráneos?. Nuestros conocimientos craniométricos  relativos a las numerosas razas que poblaron estas regiones son poco numerosos. Todo lo que podemos decir es que eran, en  todo caso,  poblaciones de pescadores, privadas del hierro y  de  todo tipo de mineral, estando así  obligados a servirse del sílex puesto que no tenían  otro tipo de utensilios  a su disposición.  Actualmente, nos es difícil precisar más.  Pero el señor Sénéchal de la Grange, quien  va a regresar nuevamente a Bolivia, se pone a la disposición de la Sociedad de Antropología  y de todos los sabios que tengan  problemas para dilucidar o informaciones que recabar. Gracias a la atención  que  realiza el personal médico que  él posee en las minas de Huanchaca, podría  hacer recopilar  todos los antecedentes de interés  relativos a los  7.000 obreros de la mina, que pertenecen a todas las razas indígenas de la altiplanicie del Perú, de Bolivia, del Brasil y de la República Argentina.

No sabríamos, pues,  agradecer suficientemente al Señor Sénéchal de la Grange por tan generosa propuesta, que servirá en gran medida a los intereses de la ciencia (1).

2. En las sepulturas, el señor Sénéchal de la Grange ha encontrado maravillosas puntas de flecha hechas en sílex y en diferentes  tipos de rocas,  todas ellas finamente dentadas, de las cuales algunas  no parecen haber sido utilizadas [para la caza].

3. Había aún un gran número de arpones de madera para la pesca. Algunos terminaban en un sílex tallado bastante grande, en forma de lanza, mientras que otros terminaban  en un sólido anzuelo de hueso.

4. Dos o tres  marcos de espejo (?)  (cadres a miroir) adornados  por un diseño muy simple, conformado por líneas quebradas. El señor Sénéchal de la Grange ha hecho referencia a numerosos otros objetos que irán a enriquecer nuestras  colecciones públicas. Entre éstas, debo señalar dos momias: una de hombre y otra de mujer; las dos dicen relación a personas que perecieron de muerte violenta. La mujer trabajaba en las minas de cobre de Chuquicamata; ella presenta la cabeza aplastada por un derrumbe  ocurrido en época desconocida;  el cuerpo está momificado en forma natural. Junto a ella, se ha encontrado diferentes objetos, notablemente un saco de piel  curtida en el cual  se halló  dos o tres grandes piedras, de  20 a 25 cm de  longitud,  y seleccionadas verosímilmente por  su forma de hacha de mano, las que servían para desprender el mineral. Había allí, igualmente, un martillo de piedra bruta, muy interesante,  en forma de  pirámide. El mango está formado por una rama de árbol de un metro de largo y doblado.(à frais) en su parte media. La piedra está inserta al medio de la rama [así] doblada. Se mantiene en su lugar  mediante amarras de cuero curtido de un centímetro de longitud, dispuestas en forma de redes (réseaux).  Las dos ramas de árbol  dobladas se unen mediante  pequeños cuerdas de cuero curtido formando así un mango de 45 cm de largo.

 Se halló igualmente cerca de esta pieza  un pequeño cesto redondo, sin tapa, hecho en cestería de junco trenzado con mucha regularidad en forma de un pote (bol), sin diseños de color. La momia del hombre fue donada al Museo de Etnografía del Trocadero; ha sido  colocada en la sala Lorillard, vitrina  Nº  51. Esta momia fue hallada hacia el año 1880 en trincheras abiertas en las arenas  del altiplano de Bolivia  para la instalación del ferrocarril de Antofagasta a   Pulacayo. El cuerpo se encuentra perfectamente momificado;  la piel se ve levantada en algunas partes, en especial en el brazo derecho, dejando ver una musculatura  en buen estado.

Se trata de un hombre joven, imberbe,  de pequeña talla (de alrededor de  1,50 m de alto) y su cara es alargada. Los cabellos son de un  color café (brun) y lisos,  y están trenzados  en penachos  (touffes)  en torno a  la cabeza y  son lo bastante largos como para caer  por delante hasta el cuello y por detrás, hasta las espaldas.  Sobre la cabeza  se observa una pequeña  redecilla de hilo  de algodón blanco en forma de red (filet)  que termina en una pequeña borla o pompón formado por una veintena de  gruesos hilos de lana roja. Alrededor del cuello,  se observa un cordón de algodón del cual está suspendido un pequeño saco de ocho centímetros de alto por tres de ancho. Este saco [o bolsita] está hecho  en tejido de algodón de dos colores y el diseño  se compone de dos hiladas de  un centímetro de ancho, amarillo y rojo sucediéndose alternativamente a todo lo largo [de la pieza]. El saco está cerrado por medio de un fino cordón amarillo: es incontestablemente un saco de amuletos.  En el interior del saco [o bolsa] se hallan  dos puntas de sílex, un pequeño guijarro  aglomerado con una incrustación de cobre y cuatro granos de limonita pisilítica  (limonite pisilitique).

Los lóbulos de las orejas están perforados y atravesados por un pequeño trozo de madera dura, afilada en uno de sus extremos,  delgada (mince) como una aguja de tejer, y de un largo de alrededor de cuatro centímetros; diríamos [que semeja] una espina larga.

El cuerpo está extendido todo a su largo, acostado sobre el costado derecho, con el antebrazo plegado, con la cara dorsal de la mano apoyada sobre la mejilla en la actitud del sueño. Los pies están desnudos y desprovistos de sandalias. No hay traza alguna de tatuaje. El cuerpo está vestido solamente de un puncho (sic! por poncho) de color, tejido en forma  regular en el telar  (au métier)  que desciende hasta unos 10 cm debajo de la rodilla. El puncho (sic! por poncho),  lo sabemos, es una pieza de  tela en forma de  cubierta  perforada al medio por medio de una  abertura para dejar pasar la cabeza y   mantenerlo sobre el cuerpo.   En  la parte del cuello se observa  una especie de encaje  formado por 7 gruesos puntos de tapicería en lana roja  cuyos hijos  suben de cada lado en una misma línea, a dos centímetros de distancia. Directamente sobre la piel se halla un cinturón aplastado. Está hecho de la reunión de  una veintena de cordelillos en pelo de llamo, que probablemente servía para suspender un paño (hoy día ausente).
El pubis está guarnecido de pelos. Pero la persona  fue castrada  con la ayuda de un instrumento  sumamente  afilado, cuya corte  se ve aún hoy perfectamente nítido al nivel del pubis mientras que se ven restos de las bolsas [bolas].  La extracción del pene ha tenido lugar  con toda certeza después de la muerte; tal vez  fue  practicada por el obrero que la descubrió en la trinchera del ferrocarril, para hacerse  con él algún amuleto.

 Esta momia es, pues,  interesante por más de una razón.

El señor Sénéchal de la Grange ha hecho obsequio a la Sociedad, para su museo particular,  de los cinco cráneos que yo acabo de presentar; éstos vienen a llenar  una laguna en nuestras colecciones y debemos dirigir a nuestro generoso donante nuestros más calurosos agradecimientos.

A causa de su especial importancia, yo he creído útil  ofrecer un dibujo de cada uno de estos cráneos para nuestros lectores del Boletín. Me ha parecido que la fotografía  presentaba una gran ventaja sobre los (instrumentos) goniómetros y cefalómetros conocidos. Así, pues, he buscado una posición que fuera la misma para todos los cráneos en estudio y sobre todo un medio para hacerlos comprables entre ellos. He pensado que la fotografía señalética  (signalitique)   imaginada para  la persona viva por nuestro colega  el señor Alfonso Bertillon, podría tener su aplicación en la craniometría ya que ella presentaba todas las condiciones requeridas para lograr la mayor uniformidad posible de  posturas y reducción.  Mi amigo, el señor Alfonso Bertillon ha  tenido a bien  adaptarse a  mis indicaciones y las fotografías de la página 706 han sido realizadas en su Servicio en las condiciones señaladas en la nota adjunta. [Ver más abajo].

La aplicación  del método del señor Alfonso Bertillon  a la craniometría presenta, con  respecto de  los diversos  aparatos craniométricos, la ventaja  del diseño fotográfico sobre todos los dibujos hechos a mano. Pero el procedimiento del señor A. Bertillon es tan rigurosamente exacto que permite tratar la fotografía obtenida como un verdadero dibujo geométrico, así como tomar  mediciones  precisas. Es ésta una ventaja  inapreciable  que hará los más grandes servicios a los  investigadores que se dedican a  la craniometría.

Nota sobre la reproducción fotográfica de cráneos.

[Esta sección,  de interés únicamente para la historia de la craniometría, no fue traducida en esta ocasión y se omite aquí. Es de naturaleza muy técnica, y nada nos aporta desde el ángulo eco-antropológico que es nuestro enfoque. Se puede, sin embargo, leer en su texto original  francés].

Discusión.

El señor Presidente pide al señor Chervin que transmita al señor Sénechal de la Grange los agradecimientos de la Sociedad.  Expresa, igualmente,  el anhelo de obtener  referencias exactas  sobre la sepultura de los cráneos que acaban de ser  ofrecidos.
El señor Chervin es de opinión de que los cadáveres habían sido enterrados en la arena, sin  ninguna otra  forma de sepultura (o tumba).
El señor  A. de Mortillet hace notar  que las flechas presentadas por el señor Chervin   se aproximan por su forma a aquellas que se encuentran en Europa”.

[Hasta aquí, nuestra traducción del texto original  francés.  Solo nos faltó  incluir la fotografía de los cráneos aquí  descritos,  cuya deficiente fotocopia  poseemos, tomada del original francés, la que esperamos agregar próximamente. El artículo original trae una página entera con la imagen comparativa de los cráneos referidos]
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Nota 1. Por recomendación  del señor M. Chervin,  los señores Sénéchal de la Grange y de Créqui-Monfort acaban de organizar una verdadera misión antropológica llevando consigo a investigadores calificados como  los señores Adrien de Mortillet, Courty, el Dr. Neveu-Lemaire y J. Guillaume.


viernes, 24 de febrero de 2017

"Qué hace el arqueólogo": Manual de campo de "Expedición a Chile". Una Guía práctica para iniciarse en el conocimiento de la arqueología, editada en Santiago en 1975.

Los orígenes de "Expedición a Chile".

A comienzos del año 1975, un grupo de soñadores chilenos congregados por el ingeniero y matemático Alberto Vial Armstrong, el abogado Mario Correa Saavedra y Luis Peña Guzmán, conocido entomólogo chileno, diseñaron, con el apoyo de otros científicos de las universidades locales, una revista sui generis  que pretendía  mostrar, en imágenes y texto, las riquezas ocultas en rincones poco conocidos de nuestro país. La casa editora nacional Gabriela Mistral,  sería  la responsable de la edición. En Chile se vivía por entonces un período histórico muy  complicado, con la llegada al poder de los militares tras el golpe militar de septiembre de 1973. Se trataba, pues,  de dar a conocer nuestro país desde otro punto de vista, del de su riquezas naturales, ignoradas o poco reconocidas por los propios chilenos. Nos habíamos acostumbrado demasiado a mirar hacia fuera, ignorando o desconociendo  nuestro propio ser, nuestra propia y rica  geografía, nuestra ecología, historia o antropología. ¿Cómo dar a conocer Chile, entonces, encantando a nuestros compatriotas con nuestras riquezas naturales y nuestras culturas ancestrales?   Se trataba así de unir a  los chilenos después de las luchas fratricidas. Se buscaba  una sana escapada al odio y al rencor de unos y de otros. ¿Qué mejor que  meditando profundamente sobre nuestro propio territorio, su devenir geográfico y geológico y sus riquezas naturales, tan poco conocidas por la inmensa mayoría de los chilenos?.  Parecía el momento preciso para  reflexionar sobre lo que nos unía, por encima de  nuestras diferencias políticas: el amor  por Chile.

 Expediciones reales a lugares reales.

La respuesta fue crear una revista ilustrada que mostrara el verdadero y semioculto rostro de Chile, en un momento en que se nos miraba con profunda desconfianza,  recelo o franca  odiosidad  desde el exterior. ¿Cómo llamarla?. Hubo acuerdo general en que expediciones reales a distintos rincones del país dirigidas por científicos de variadas disciplinas, serían la base, la riquísima materia prima para el relato. Alguien sugirió llamémosla "Expedición a Chile",  porque de hecho íbamos a expedicionar en nuestro propio país, para conocerlo y darlo a conocer mejor. El nombre gustó a todos. Uno de sus creadores, Luis Peña Guzmán, tenía fama de ser probablemente el mejor conocedor del territorio patrio, de su fauna y de su flora, pues  había recorrido el país desde el volcán Tacora, por el Norte hasta la isla del Cabo de Hornos, en busca de  insectos, batracios, reptiles, aves o mamíferos desconocidos.  Era Lucho, -como le llamábamos todos familiarmente- el guía obligado de cuanto científico de la Naturaleza extranjero llegaba al país a estudiar su flora o su fauna.  Tenía ya por entonces  a su haber, a sus 54 años,  más de 300 expediciones a los más recónditos rincones del país.  ¿Qué mejor guía para expedicionar  a través del Chile desconocido?. 

Un proyecto novedoso  pero audaz.

El proyecto era muy ambicioso. Entregar textos didácticos, pero sencillos y  amenos, describiendo las expediciones realizadas y sus resultados e incógnitas; acompañar el relato con abundancia  de imágenes, croquis y mapas; dibujar las especies de plantas y animales raros; mostrar la cartografía de los lugares visitados;  entregar  en fascículos diferentes "Guías de Campo" para  los lectores, al estilo de los Field Guides de Norteamérica, para  reconocer las especies animales y vegetales de las distintas regiones del país. Muy importante nos pareció el reflexionar en  equipo sobre el sentido, origen y destino de nuestro territorio patrio y sus especies naturales  así como sobre  el peligro de extinción de las mismas. En este sentido, la revista debía tener una  fuerte tonalidad ecológica  y de protección ambiental, aspecto que era ampliamente compartido por todo el equipo científico. 

Las Guías de Campo para reconocer las especies.

La primera "Guía de Campo", dedicada a la Observación de nuestro litoral, fue encomendada al biólogo marino de la Pontificia Universidad Católica  Juan Carlos Castilla, gran conocedor del medio litoral chileno y sus extraños  habitantes. Pronto le siguió una segunda Guía de Campo, para el estudio y reconocimiento de las mariposas diurnas  de Chile, obra de Luis Peña Guzmán. No pocas de las especies allí mostradas fueron fruto directo del descubrimiento personal de Lucho de  mariposas hasta entonces desconocidas en nuestro país. Nosotros mismos nos ofrecimos para elaborar una pequeña Guía sobre  arqueología, en la que se explicara en forma simple qué hace el arqueólogo y cuáles son los métodos y resultados de su labor.   Este es el origen del capítulo que aquí presentamos  donde  se reproduce in extenso  el librito completo  titulado:  "Qué hace el arqueólogo", de  120 apretadas páginas, llenas de imágenes.

Hace unos años  atrás  quisimos  dar a conocer y reproducir esta obrita en este mismo Blog, dando la oportunidad a muchos lectores de leerla aquí mismo. Por razones técnicas que no manejamos, al poco tiempo el link a la obra desapareció, y solo quedó su breve Introducción. Hoy subsanamos este error técnico en beneficio de nuestros lectores y seguidores.  Hemos optado por el método, mucho más lento y tedioso, de copiar  todas sus páginas, una por una,  para poder ofrecerlo así completo a nuestros lectores.

Sabemos por testimonios varios, que  esta obrita, al igual que los otros manuales de "Expedición a Chile", contribuyó a  despertar numerosas vocaciones científicas en nuestro país. Lo que nos llena de orgullo y satisfacción  al constatar que hemos cumplido con nuestra misión y sus objetivos. También nos consta que remeció la conciencia ecológica nacional, dormida o adormilada,  y suscitó y/o inspiró empresas semejantes, destinadas a dar a conocer y admirar en imágenes el territorio patrio, como el Programa  "La Tierra en que vivimos" o  "Al Sur del Mundo". Sus creadores han reconocido paladinamente que nuestra revista fue inspiradora de sus empresas e ideales. Testimonio  que a ellos los honra y a nosotros nos enorgullece.

Mostrar al público qué es la arqueología y cómo se hace arqueología, era un desafío nada fácil. Con entusiasmo y apoyado por varios científicos del Museo de Historia Natural de Santiago  (Grete Mostny, Rubén Stehberg) , cuyo apoyo nos compromete, nos pusimos   a trabajar. El resultado está hoy en sus manos.  Reproducimos aquí con agrado su texto, con algunas adiciones nuestras  actuales al pié de cada figura, las que creemos valorizan su contenido  y le otorgan mayor credibilidad.

La  Editora Nacional Gabriela Mistral (ex Editorial Quimantú)  se encargó de su impresión y divulgación.

He aquí el texto completo de esta obrita aparecida en el año 1975, esto es hace ya más de 40 años. 

Fig. 1 . Portada del Manual de Arqueología.


Fig. 2.  pág. 1.  El autor de este Manual (derecha) junto a un ayudante de campo, clavando las estacas para  trazar la cuadrícula de  1 m. x 1 m. en un pequeño conchal arqueológico en la localidad de Los Molles  (Marzo 1975).
Fig .3.  pp.  2-3.  Título de la obra, autor e Institución patrocinante.

Fig. 4. pp. 4-5.  Se explica objetivo de la Arqueología : estudiar las huellas de los antiguos habitantes del territorio a través de los restos culturales.


Fig. 5.  pp. 6-7.  ¿Dónde excavar?.  La figura  de la izquierda muestra a Luis Peña Guzmán, entomólogo, observando  círculos de piedra, bases de viviendas de los changos  prehistóricos en el sitio de Pan de Azúcar. A  la derecha, vista de la quebrada de Tarapacá y sus sembríos desde el alto,


Fig. 5.  pp.  8-9.  Los rastros del pasado.




Fig. 6. pp. |10-11.  Algunos restos arqueológicos  característicos. Revelan técnicas especializadas y señalan períodos cronológicos.



Fig. 7. pp. 12-13.  El uso de la piedra o  actividad lítica.


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Fig. 8.  pp. 14-15.  Empleo de los productos vegetales.



Fig. 8.  pp. 16-17.  Distintos tipos de materia prima utilizada: madera, hueso, alfarería, cestería.



Fig. 9.  pp.  18-19.   Manifestaciones rituales: geoglifos.

Fig. 10.  pp.  20-21.  Razones  o argumentos que usa el arqueólogo para excavar un determinado sitio.




Fig.  11.  pp. 22-23. El salvataje o salvamento arqueológico. Cuándo cómo y por qué hacerlo.


Fig. 12. pp. 24-25.  Criterios para  decidir dónde excavar.



Fig. 13. pp. 26-27.  Sitios arqueológicos relevantes en Chile y conveniencia de crear Museos de Sitio en el país 

Fig. 14. pp. 28-29.  En los siglos  XIX y XX muchas expediciones científicas tuvieron por objeto directo obtener piezas para decorar y enriquecer los Museos europeos de la época. en especial en Inglaterra, Francia, España,Alemania, Bélgica, Noruega o  Rusia. De esta suerte  numerosos objetos de nuestras culturas se exhiben hasta hoy en dichos países europeos y no han retornado al país de origen. La tendencia actual de nuestras comunidades ancestrales es reclamar los cuerpos o esqueletos de los primitivos habitantes que  decoran no pocos Museos extranjeros.


Fig. 15. pp. 30-31.  Muestras de  objetos de cerámica decorada de las culturas peruanas. Cultura Mochica, Valle del Moche, Perú.


Fig. 16. pp. 32-33.  Las Colecciones particulares: su origen, y destino ideal: incrementar las colecciones de los Museos reconocidos por el Estado. Derecha: bases de viviendas precarias de pescadores-recolectores marinos en la zona de  la reserva nacional Pan de Azúcar.

Fig. 17. pp. 34-35.  Los conchales arqueológicos: sitios de ocupación humana prehistórica en la costa norte de Chile. A la izquierda:  nosotros en la zona de Los Molles, estudiando un pequeño conchal indígena (Abril  1975). 


Fig. 18. pp. 36-37.  Izquierda: observando una tumba en un cementerio violado  en la localidad de Coscaya, 1° Región de Tarapacá (Enero 1972).  Derecha, foto del sacrificio humano de la princesa  Inca en el cerro El Plomo, cordillera frente a Santiago.  Foto amablemente cedida por la Dra. Grete Mostny  G., por entonces Directora del Museo de Historia Natural de Santiago de Chile.

Fig. 19.  pp. 38-39.  Las terrazas o andenes de cultivo prehispánicos en la zona de Coscaya, Primera Región de Tarapacá. Testigos de intensa actividad  agrícola y de regadío en el Norte Grande de Chile. Derecha:  el geógrafo Hugo Bodini C., trepando los muros de las terraza, (expedición Instituto de Geografía,  Universidad Católica de Chile, Enero-Febrero 1972. Foto H. Larrain).


                                
Fig. 20. pp. 40-41. La importancia y significación  de los poblados en ruinas. Nos hizo falta aquí una imagen de las excavaciones en el sitio Túlor, San Pedro de Atacama, considerado por el arqueólogo Gustavo le Paige como un sitio característico de la cultura atacameña, con empleo del barro en las construcciones.

Fig. 21. pp. 42-43.  Algunas evidencias arqueológicas comunes en Chile. La p. 40 nos muestra, arriba, un ejemplo  clásico de taffoni, o sea  cavidades naturales  producidas en ciertos granitos por efecto del viento (erosión eólica). 


 Fig. 22. pp. 44-45.  Importancia de las cuevas y aleros rocosos para  mantener  y conservar asta el presente  restos de antigua presencia humana.


 Fig. 23. pp. 46-47.  Valor cultural de las estructuras ceremoniales.  Izquierda: los  conocidos moais de isla de Pascua:  a la derecha:  ruinas de la fortaleza o pucara de Lasana,  al Norte de Chiuchíu, región de Antofagasta.
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Fig. 24. pp. 48-49. El estudio del sitio desde un ángulo ecológico y geográfico. La importancia de la recolección de materiales culturales de superficie y lo que éstos nos pueden revelar. Derecha: asentamiento humano en la Pampa del Tamarugal, Pampa de Iluga, junto a campos  de cultivo abandonados. Descubrimiento de Jorge Checura en el año 1971.


 Fig. 25. pp. 50-51.  Determinación de la posición de cada objeto en el espacio, en un sistema de coordenadas cartesianas.

Fig. 26, pp. 52-53. Se destaca aquí Las posibilidades de la fotografía aérea en la arqueología. Hoy (año 2016) son las imágenes que nos ofrece Google Earth, en cualquier sector del planeta, las que nos deparan una excelente guía para reconocer  dibujos (geoglifos), campos de cultivo   o rastros de sendas o construcciones antiguas. Ubicada la coordenada respectiva, sólo resta  visitar el área y constatar in situ lo existente.  El problema práctico radica a veces en que  lo escarpado,  o  lejano del lugar  puede hacer  muy difícil el acceso.

Fig. 27. pp. 54-55.  Hoy día (2017, año de reedición de esta obra)  gran parte de esa informción que antes costaba tanto obtener, es posible conseguirla fácilmente por medio de las imágenes del Google Earth, transmitidas por satélite.



Fig. 28  pp. 56-57. Las herramientas propias del arqueólogo en esos años. Hoy tendríamos que agregar  necesariamente el GPS (Geographical  Positional  System)  y el Notebook, por lo menos.


 Fig. 29.  pp. 58-59.   La foto corresponde a excavaciones en el sitio preclásico de Tlatilco,  dirigidas por el  arqueólogo Román Piña Chan, nuestro profesor en el Instituto de Antropología de México. (Foto H. Larrain año 1969).


Fig. 30. pp. 60-61.  Etiquetas   de las bolsas con materiales  de la excavación.



Fig. 31  pp .62-63.  Cómo excavar un sitio.

Fig. 32.  pp.  64-65.  Excavación de montículos o áreas extensas.


                           
Fig. 33. pp.  66-67.  Excavación de sitios  grandes.


Fig. 34. pp. 68-69.   Se muestra cómo se excava  poblados o cementerios de gran tamaño.


Fig. 35. pp. 70-71.  Las cuevas que han permanecido intocadas (es decir no alteradas), nos permiten obtener  una valiosa cronología al ser excavadas cuidadosamente. Los estratos o capas se han ido superponiendo con el correr del tiempo, de tal suerte que  las capas inferiores son siempre las más antiguas. 


Fig. 36. pp. 72-73.  A la derecha, un  corte en un enorme conchero en la costa de México. En Quiani (Sur de la ciudad de Arica) el yacimiento del conchal arqueológico superó los  3,50 m de profundidad.

Fig. 37.  pp. 74-75.  Derecha: entierro humano en el sitio arqueológico de Tlatilco, Año 1968.


Fig. 38. pp. 76-77.  La estratigrafía es el estudio de las capas o estratos superpuestos en una excavación.

 Fig. 39.  pp. 78-79.   El  huaqueo  es el instrumento de destrucción de la evidencia arqueológica.


Fig. 40.  pp. 80-81.


Fig. 41.  pp.  82-83.

Fig. 42.  pp. 84-85.

Fig. 43. pp. 86-87.

Fig. 44. pp.  88-89. El estudio detallado del contexto ecológico donde se encuentran  los elementos culturales  constituye la "coordenada ecológica"  que nosotros hemos agregado a las tres coordenadas clásicas propuestas por  el arqueólogo  V. Gordon Childe. 


Fig. 45. pp. 90-91.  Fabricando los instrumentos en piedra. A la derecha: versión moderna de instrumentos  primitivos.

Fig. 46. pp. 92-93.   Las coordenadas funcional y  cronológica: su importancia..
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Fig. 47.  pp.94-95.

Fig. 48. pp. 96-97.

Fig. 49.  pp. 98-99. 

                           
Fig. 50. pp. 100-101.

Fig. 51. pp. 102-103.  Necesidad de reconstruir la historia de un grupo humano del pasado, no solo aspectos de su tecnología.


Fig. 52. pp. 104-|05.  La dificultad inherente a  atisbar la cultura total de un grupo humano. La arqueología solo es capaz de ofrecernos retazos de información sobre la base de los rasgos que han sobrevivido.


Fig. 53. pp. 106-107.  No confundir el concepto de estilo con el de cultura.



Fig. 54.  108-109.  Saber diferemciar los conceptos de horizonte cultural y el de área cultural.

Fig. 55.  110-111.   El mapa  señala la presencia de algunos de los yacimientos arqueológicos más importantes de Chile, conocidos a la fecha de la publicación de esta obra (inicios 1975).

Fig. 56.  pp. 112-113.

Fig. 57.  pp. 114-115  Hoy día (año 2017). debemos señalar a este respecto -tal como nos sugiere uno de nuestros lectores,-  que la Ley chilena  N° 17.288 cuenta ahora con el largamente anhelado "Reglamento sobre Excavaciones y/o Prospecciones Arqueológicas y Paleontológicas" ( D.S. N°484 de 1990-MINEDUC). Remitimos al lector interesado al  sitio Consejo de Monumentos Nacionales : www.monumentos.cl

Fig. 58. pp. 116-117.

Fig. 59. pp. 118-119.  Se ofrece en este Glosario el significado de un pequeño repertorio de términos  comunes en la arqueología y que hemos utilizado en este Manual. Como toda ciencia, la arqueología  posee hoy día un vocabulario especializado que sus cultores deben aprender a dominar.

Fig- 60.  p. 120.  Fin del Índice de esta obra.


Fig. 61. Contratapa. Aquí se expresan los agradecimientos a quienes nos apoyaron  sea con sus fotografías, sea con sus sugerencias  e indicaciones. Entre ellos, la Dra. Grete Mostny, directora del Museo de Historia Natural de Santiago, Rubén Stehberg, Eliana Durán y Eduardo Iensen, arqueólogos. También se incluye expresamente el nombre de los diferentes dibujantes que ilustraron la obra, contribuyendo a mejorar notablemente su contenido. Nuestra especial gratitud al editor y diagramador de la obra, el dibujante y artista Francisco Olivares Thomsen A todos ellos, nuestro particular reconocimiento.

Epílogo. 

Al terminar la reedición de este Manual de Campo sobre arqueología   podemos señalar que gran parte de lo aquí expresado en el año  1975 sigue siendo hoy perfectamente válido. Se han perfeccionado entretanto, por cierto,   las técnicas de excavación,   las técnicas cronológicas y  el análisis de materiales en laboratorio.  En las últimas décadas, se ha enriquecido considerablemente  el conocimiento de las culturas que poblaron nuestro territorio y su cronología absoluta. Se ha afinado considerablemente la periodificación.  Pero en lo substancial, el texto permanece perfectamente válido como introducción a esta ciencia y arte. Hay incluso aspectos como la adición de la coordenada ecológica  a las coordenadas tradicionales de  Gordon V. Childe, a la que  se concede hoy gran importancia y cuyo significado y alcance hemos ido explicando en sucesivos capítulos de este blog con el nombre de  "comentario eco-antropológico".  Aspecto en el que creemos haber sido, en cierta medida,  pioneros en la arqueología chilena.

La obra estaba dirigida no solamente a los niños y jóvenes, sino también a los adultos que se interesaban por conocer, más de cerca, las particularidades de esta ciencia y su modo de actuar en el terreno.