miércoles, 22 de octubre de 2008

El legado del jesuíta Gustavo Le Paige S.J.: Noviembre 1979


En octubre 1979, Gustavo Le Paige, el sacerdote-arqueólogo jesuíta, fue obligado por sus superiores a viajar a Santiago, para cuidar de su salud e internarse en el hospital. Tenía ya 76 años cumplidos. Lo hizo a regañadientes, pues presentía que ya no volvería a su querido San Pedro. Supe que estaba muy enfermo y decidí ir a visitarlo. Yo había sido su confidente y amigo en aquellos ya lejanos años 1963-64, en San Pedro de Atacama. Por entonces, siendo también yo miembro de la orden jesuíta, se suponía que sería el sucesor obligado de Le Paige en el Museo de San Pedro. Mi gusto por la arqueología asi lo hacía presentir. Cuando iba, pues, a San Pedro, alojaba en la humilde casa parroquial de piso de barro y llena de polvo, y departía con Le Paige como un hermano. Las circunstancias siguientes me hicieron variar de derrotero, y abandonando la orden de la Compañía de Jesús a comienzos del año 1965, viajé a México y me matriculé en la Universidad Autónoma de México, en la carrera de Arqueología.

El germen que sembrara Le Paige durante esas asiduas visitas a San Pedro (1963-65), en que de sobremesa, cada noche, nos sumíamos en hondas cavilaciones sobre la importancia y antigüedad de la cultura atacameña, hizo fructificar en mí una vocación de arqueólogo que me ha acompañado toda mi vida, hasta el día de hoy. A menudo el punto focal de nuestras conversaciones versaba sobre las teorías antropológicas del también jesuíta, Pierre Teilhard de Chardin (Orcines, [Francia], 1881 - Nueva York [USA], 1955), genial paleontólogo y eximio teólogo, mirado con reticencia por entonces en la Iglesia Católica por sus ideas evolucionistas. Teilhard era muy admirado por Le Paige a quien leía con especial fruición. Le Phénomène humain, obra crucial de Teihard (editada secretamente en 1948 y publicada solo luego de su muerte en 1955, en Nueva York), era uno de sus libros de cabecera. Pronto llegó también a ser el mío.

Redacté estas líneas en mi Diario de Campo a pocas horas de haber efectuado la entrevista adjunta. Durante muchos años, he guardado celosamente este documento. Aunque pudiera alguien pensar que no es oportuno referirse a situaciones tan personales, a reflexiones hechas en la intimidad de una conversación privada, estimo, pasado ya tanto tiempo, que este escrito permitirá revelar la grandeza de alma de Le Paige, su espíritu de cristiano ejemplar y de científico profundo. Estoy cierto que esta entrevista arrojará nueva luz sobre facetas del pensamiento de este sacerdote-arqueólogo, las que nos permitirán conocer más a fondo su rica personalidad y sus ideales más caros. Copio textualmente de mi Diario de Campo (Vol. XII (1979), 104-111) el detalle de la entrevista que le hiciera en ese momento:

"2/XI/1979. Visito al P. Gustavo Le Paige S.J., recluído en una pieza del Colegio San Ignacio [Residencia de los Jesuítas, en calle Alonso Ovalle, esquina San Ignacio]. Son las 11.30 A.M. Está [siendo cuidado por] un muchacho de Antofagasta, que le sirve de enfermero. Llevo la grabadora oculta dentro del portadocumentos. La grabación, es apenas audible. Está feliz de verme. No nos veíamos desde Enero del año 1965, a pesar de habernos escrito varias veces [entretanto]. Está hace como tres semanas en Santiago. Problemas del riñón, [como] consecuencia de una operación a la próstata, por haber dejado de tomar un remedio que se le recomendara.[En efecto,] se escapó del hospital de Chuquicamata [sin terminar su tratamiento]. Habla muy quedo. Apenas lo escucho. Comenzamos [la conversación] en castellano; luego, insensiblemente, nos pasamos al francés. No oculta su gran alegría al verme nuevamente. En la grabación [que acabo de escuchar] mi voz es muy clara [así como] mis preguntas. Esta me guiará en est reproducción [hecha de memoria] de la entrevista. Entre corchetes, las palabras que agrego para una mejor intelección del texto de la entrevista.

Le digo que lo veo muy bien de aspecto físico. Pero le cuesta harto caminar y sentarse. [El enfermero acompañante lo ayuda a acomodarse en la silla]. Lo felicito por el libro sobre la Cultura Atacameña que acaba de publicar con Bente Bittmann y Lautaro Núñez ["Cultura Atacameña", Serie El Patrimonio Cultural Chileno, Colección Culturas Aborigenes, Ministerio de Educación, Departamento de Extensión cultural, Octubre 1978, 64 p.]. Se muestra orgulloso de èl. lo hace traer [por el enfermero]. Me muestra sus fotos. Me dice: "ahora podemos decir que se publica bien en Chile...Es un orgullo para nosotros".. Me muestra la hoja [de la obra] donde se reproduce una punta [lítica] de 20.5 cm. de largo. Me dice que fue suya la idea de publicar estos volúmenes: "fue mi propia idea". Pero [observo] que no se dice eso en la obra.

Le cuento de nuestro Proyecto para hacer una "Etnografía de Chile" desde la llegada del español. Me contesta: "hay que ver de dónde vienen [los ancestros] y para eso se necesitan dataciones de C 14". Le explico que partimos con la llegada del español, y solo de paso nos referiremos a los antecedentes arqueológicos. Insiste en que deberíamos referirnos al aspecto biológico de los grupos (estudio de los grupos sanguíneos de cada comunidad étnica) ; [lo que hoy se hace mediante el estudio del ADN de los pueblos]. De tener esos datos [me dice] habría una maravillosa confirmación acerca de su origenj.

Le pregunto quién sigue con [la revista] Estudios Atacameños, [ de la que fuera fundador]. Me dice que el Centro formado en el propio Museo de San Pedro. Lo embromo [diciéndole] "me ofrezco para ir personalmente a San Pedro,... ¿me recibe allá?" . "Por cierto", me contesta sin dudar

Le pregunto si tiene [disponible para mí] un ejemplar de su obra "Culturas Atacameñas". [Hace un gesto al enfermero para que me reserve uno].

Le pregunto [luego]: "Est-ce-que vous vous rappelez quand nous sommes allés visiter Tambillo et la decouverte que nous avons fait ensemble là?". Se ríe, recordando aquel mes de Noviembre 1974. "Sous la pierre il-y-avait un cràne". "No recuerdo bien las fechas", me dice. Le digo que todo ello debe estar escrito en su Diario. "Por cierto", me dice. "Hay que publicarlo", le digo. "Lo vamos a publicar", me dice. Le observo: " [mais] votre Journal est plein des signes inintelligibles, qu´il faudrait traduire". Me dice que al comienzo [de su Diario] hay un glosario de los signos (abreviaciones) que usa.

Me ofrezco para ayudarlo en la publicación de sus manuscritos (Journal). Le recuerdo cuando le dibujé para un número de Anales de la Universidad del Norte, tabletas de rapé y tubos de hueso con decoración [propia] de Tiwanaku. Me dice que está por publicar un libro sobre las 125 tabletas de rapé que existen en [el Museo de ] San Pedro. Tiene la sospecha de que el Tiwanaku de San Pedro podría ser un antecedente del Tiahuanaco Clásico del Lago Titicaca. No están aún seguros, pero sospechan que el Tiwanaku Clásico sea posterior a lo [hallado en] San Pedro. Pero no tienen las pruebas.

"Creo que Ud. nos acompañará aún por muchos años", le observo. Se ríe y reimos juntos alegremente. Le pregunto: ¿se enviará a otro jesuíta para hacerse cargo del Museo, o no?. Le expreso mi temor de que la obra científica de la Iglesia se vea abandonada allá. Me dice que es muy dura la vida allá, que no se vé quién pudiera ir. No teme por la obra de la Iglesia, pues la Compañía de Jesús tiene tanta parte en la obra (Museo) como la Universidad del Norte.. Insiste en que él es el Director del Museo. Pero, le digo: "¿et aprés Vous?... "¿après moi le Déluge"?. Se ríe. No ve el peligro (que yo estoy convencido existe y grave) . Cree que la Compañía de Jesús y sus Provinciales tienen [clara] conciencia del problema [que se generará luego de su muerte].

Le pregunto qué relación tiene con el P. [Giorgio] Serracino, que estuvo con él en San Pedro. Me dice que lo ordenaron de sacerdote "sin suficiente información", me insiste. "Desde el punto de vista científico, le digo, ¿no cree Ud. que sería el candidato ideal para ocupar su puesto en San Pedro?. "No", me contesta. "Tiene un carácter infernal". Expresa sus dudas sobre [la solidez de] su formación arqueológica en U.S.A. [G. Serracino estuvo un semestre siguiendo cursos de arqueología en Cornell University hace pocos años atrás]. [Le Paige] no parece confiar mucho en ella.

"¿Cuál cree Ud. - le pregunto- el aporte más importante hecho por Ud. a la arqueología chilena e internacional?. "Revelar San Pedro", me dice sin la menor vacilación. Antes de él, casi nada se sabía sobre San Pedro [de Atacama]. Se conocía la iglesia del pueblo, el pukará... Muy poco más. Me muestra [en su libro reciente] una foto de una piedra laja tallada [procedente] de Tulán. Me dice que es la cultura tal vez más interesante de la zona de San Pedro. Le digo que no he visitado San Pedro desde 1964. Se ríe suavemente. "Vaya a verlo - me dice- "el Museo está muy lindo". Le pregunto qué piensa hoy acerca de los antiguos niveles del lago. Acepta que hubo niveles mucho más altos del lago [ que hoy]. Cree que hubo mayores aportess de agua y que luego hubo mucha evaporación y empezó a descender el nivel de las aguas. Le pregunto: "¿por qué cree Ud. que hubo desarrollo cultural tan importante en San Pedro de Atacama?. "Es la presencia del oasis" - me dice sin dudar. ¿Cree Ud, que sus habitantes sde refugiaron (huyendo) desde otras regiones?. "No, la evolución cultural se produjo allí mismo", me dice enfáticamente. ¿Cree Ud, que la población de San Pedro, digamos hacia los 500 D.C., fue màs numerosa que hoy? "Poco más importante que hoy, pero no mucho más" - me dice.

"!Cuántos recuerdos!", me dice. ¿Cuál es su impresión general acerca de su presencia en San Pedro duraante tantos años (20-21 años)?, ¿Le gustó vivir allí, verdad?. "Oh sí", me dice, con entusiasmo, "fue mi vida... viví feliz allí". Le pregunto: ¿Sintió Ud. alguna vez una discordancia [discrepancia] entre sus creencia religiosa y espíritu apostólico y su vocación arqueológica?. "De ningún modo", me dice. "Dios es también el Dios de la Ciencia. Siempre dije a los pobladores de San Pedro que yo me debía a la Humanidad antes a que a ellos. Jamás me negué a ellos. Ellos lo entendieron, pero no todos. Ni podía pretender que lo entendieran todos. Nunca tuve el menor escrúpulo [respecto] de mi actividad arqueológica en San Pedro".

Le pregunto: ¿Cómo lo consideraron [ a Ud.] los científicos visitantes?, ¿como religioso o como científico? "Ambas cosas siempre", me dice. "Me respetaron en mi doble calidad de científico y de religioso". Le digo: y los obispos, ¿cómo lo comprendieron?.... ¿ y Monseñor Valenzuela? Se sonríe. "Algunos más, otros menos; pero todos respetaron mi obra". ¿Y los Provinciales jesuítas ?. "Plena comprensión y apoyo total" , me dice. "Ellos eran conscientss de la gran obra científica que se estaba haciendo. Jamás tuvo un problema con ellos", me dice.

Me ofrezco para ayudarlo en sus publicaciones. Me dice: "que tiene todavía algunos MSS [manuscritos] que desearía publicar. Que ahora, con la paz del retiro de Santiago, ha escrito algunas ideas. Que ha reflexionado mucho y recibido muchas luces sobre Dios, la Trinidad, la Eucaristía y la vida espiritual, el alma... , con gran claridad." Le pedí que escribiera todo eso...Me dijo que quisiera confiarme algunos manuscritos para que yo me encargara de su publicación. Le dije que le prometía hacerlo, y lo haría en la Revista Norte Grande [revista que yo por entonces publicaba en el Instituto de Geografía de la Universidad Católica] . Me lo agradeció mucho. Se emocionó mucho cuando me lo dijo. Presentí que estos documentos - y tal vez también su "Journal" [Diario de Campo], me los confiaría. Me sentiría ciertamente muy honrado de poder hacerlo, pues creo que ayudar en esa obra, sería un honor para mí.

Me pidió que volviera a verlo. Que teníamos [aún] mucho que hablar. Estaba muy emocionado y ambos derramamos lágrimas juntos. Le aseguré que volvería y le llevaría el último número de Norte Grande. Me levanté, me hinqué y le pedí su bendición. Me la dió, emocionado, en castellano. "Horacio, siempre confié en Ud. "No estoy triste de que Ud. haya abandonado la Conpañía de Jesús. Son los caminos de Dios. Y Ud. siguió el camino de la Ciencia. Sea fiel".

Me despido diciéndole: "no me olvide en sus oraciones". Me acompaña con su mirada viva y emocionada hasta la puerta. Dice a su enfermero: "si viene el señor Larrain, hágalo entrar de inmediato". Son las 13.20 hrs." (fin de la entrevista). (Extracto ad litteram del mi Diario de Campo, Vol. 12, pp. 104-11, con adición de explicaciones entre corchetes).

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Hoy. a casi treinta años de aquella entrevista, aún me emociono al recordar su bondadosa acogida y su franca y espontánea conversación sobre temas religiosos y arqueológicos, sobre los que tanto departimos, rodeados de sus fieles perros, en muchas noches heladas, en la parroquia de San Pedro de Atacama. Sin la menor duda, debo mi vocación científica a aquellos recorridos por los polvorientos caminos de Atacama acompañando y preguntando mil cosas al Padre Le Paige. Y he procurado serle fiel, tal como él me lo pidiera.

Y una vez más, me convenzo que la intrincada cadena de la transmisión científica del conocimiento de generación en generación, pasa por el diálogo franco y abierto entre maestros y discípulos. Los primeros, tratando de dar lo mejor de sí, su visión de las cosas y su experiencia, y, los segundos, viendo todo lo rico y positivo que se encierra en ese mensaje de vida; luego vendrán los pasos siguientes, en ansiosa búsqueda personal de la verdad huidiza y lejana, siempre esforzándonos más y más hacia el conocimiento total. Pero sabiendo que por mucho que escrutemos e indaguemos, la verdad total nos será esquiva y, a lo más, alcanzaremos algunos tímidos atisbos de ella, sin lograr aprehenderla en su plenitud total. Esta solo la posee Dios, sumo hacedor y conocedor de todas las cosas: "las visibles y las invisibles" (visibilia et invisibilia).