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domingo, 13 de septiembre de 2026

Recuerdos del pasado: mis primeras experiencias con los Changos en la costa de Antofagasta: 1963-1965.

 En este nuevo capítulo, intentaremos recordar y recapitular las circunstancias concretas que motivaron nuestras investigaciones sobre los Changos como tema de tesis para la maestría en antropología en 1978 (1). Han transcurrido entretanto 48 largos años. Espero que la memoria, ayudada por mis antiguas fotografías y notas de campo, me acompañen en esta grata tarea.

 

Mis primeras excursiones en la costa norte de de Antofagasta.


 Apenas llegué a la Universidad del Norte, en Antofagasta, como joven profesor  en Junio del año 1963 (2), empecé  a salir cada domingo de expedición  por los alrededores, como era mi costumbre. Mi interés por el estudio de los insectos, que me incentivara  mi amigo entomólogo Luis Peña Guzmán, me sugirió ir a recorrer y revisar las quebradas situadas al Norte de Antofagasta, en las cuales podría hallarse algunas especies raras de interés científico. Fue la recomendación expresa que me dio el propio Peña, buen conocedor del área.  Así, premunido de mi mochila tirolesa, agua, un par de  sandwiches, red de insectos y frascos de cianuro, partía en bus hacia el Norte hasta el antiguo hipódromo, lugar de destino final de la movilización en esa época. Me dirigí hacia la base de los cerros, próxima a la desembocadura de la quebrada de Guanaco, en busca de algún rastro visible de vegetación.  A los pocos minutos, diviso en el suelo un trozo de cerámica decorada de unos 2 ó 3 cm. Era claramente cerámica indígena. ¡Eureka!, me digo y empecé a hurgar con curiosidad por los alrededores, removiendo la arena con las manos. Logro así hallar unos 8 ó 10  fragmentos del mismo tipo  y coloración. Más tarde, supe que se trataba de un tipo cerámico Inca clásico. ¡Ahí…, me olvidé completamente de los insectos! (3).

Ese día, rebrotó en mí una antigua inquietud ya semi-olvidada: el interés por  estudiar el pasado de la región  y sus  habitantes indígenas, los Changos. Interés  y curiosidad  que yo ya había  cultivado a través de las clases de Antropología dictadas por un joven jesuita argentino  de apellido  Beltrán, en el Colegio Máximo de San Miguel, de los jesuítas en Buenos Aires,  en los años 1953-54. 

En las semanas siguientes, volví varias veces al lugar, pertrechado de una palita y un pequeño harnero. Logré así reunir un total de unos 56 fragmentos decorados que me permitieron restaurar, en gran parte, la hermosa vasija. Años después, en 1966,  publicaríamos con mi ayudante Agustín Llagostera, un trabajo en la revista “Anales de la Universidad del Norte”, (Nº 5 : 83-128). Se tituló: Contribución al estudio de una tipología de la cerámica encontrada en conchales de la provincia de Antofagasta”, donde  presentamos un excelente dibujo de esta notable pieza, obra  de A. Llagostera M. (4) .  

 

Los primeros indicios de presencia indígena.


 ¿Qué hacía esa vasija clásica Inca destrozada y abandonada en esas soledades?.  ¿A quién perteneció?  ¿Hubo algún grupo humano viviendo precisamente aquí,  en estos secos arenales?.  ¿O fue solo un objeto que se le perdió a algún caminante desprevenido?-  ¿O, tal vez, será  una posible prueba de la presencia de antiguas habitaciones humanas en las proximidades?. Eran éstas preguntas que me hacía yo mentalmente mientras revisaba afanosamente el área. Esa vez, -la primera-  andaba yo solo. Posteriormente, me haría yo acompañar casi siempre de uno o dos estudiantes universitarios de la ciudad. 

Aquel día, memorable para mí, ya no intenté  buscar más insectos. Surgía en mí, impetuosa, una nueva vocación, un novedoso e inesperado campo de interés científico. Muy pronto surgió la idea de buscar en los alrededores la presencia de restos de chozas y/o tumbas indígenas en el área, investigando su contenido... ¿Cómo?.  Y ¿dónde?

 

Los primeros conjuntos de bases de antiguas chozas  indígenas.


 Ya en mi segunda o tercera visita al lugar, me percaté de la presencia de ciertos trozos grandes de arenisca o simples piedras rodeando algunas pequeñas oquedades que me parecieron artificiales. No eran formaciones naturales, evidentemente. Aquí y allá, disperdigados, aparecieron los primeros fragmentos de una cerámica tosca, sin decoración.  Trozos de vasijas indígenas con evidentes señas de tizne. “Cerámica culinaria”, la llaman los arqueólogos. “Aquí hubo actividad humana”, me dije.

Pronto me di cuenta que solo en  tales sitios se podía observar la frecuencia de ciertas  conchas  marinas. Distinguíamos las conchas características de varios moluscos:  locos (Concholepas concholepas), lapas  (Fissurella sp.), ostiones  (Argopecten purpuratus), cholgas (Aulacomya atra), chitones o apretadores (Chiton spp)   y, más raramente, almejas (Ameghinomia antiqua)   o choritos  maico (Perumitylus purpuratus). Era obvio que estos moluscos  habían servido de alimento allí mismo a familias indígenas allí residentes.

 ¡Había tropezado, sin duda alguna,  con un lugar de poblamiento humano del pasado!. Muy luego, dí con las primeras puntas de flecha de sílex o calcedonia. Empecé a  recoger también,  ávidamente, los fragmentos de cerámica de mayor tamaño  así como  los artefactos líticos pensando en estudiarlos en detalle  algún día provisto de mayores antecedentes. Elementos que muy pronto expondríamos, orgullosos,  en  nuestro pequeño  Museo de la calle  Prat (5).

 

Los conchales.


 Denominé ”conchales” a estos conjuntos de restos y residuos alimenticios junto a habitaciones indígenas reconocibles por la presencia de esas oquedades flanqueadas siempre por piedras  dispuestas en círculo (5). En los meses siguientes y hasta el mes de  Enero de l965, pude  ubicar en mis frecuentes recorridos,  hasta 19 “conchales”, de los cuales hice un croquis detallado  que muestra bien su presencia desde el norte de la ciudad de Antofagasta hasta  las bases mismas de Cerro Moreno (Ver Fig. 5, infra). En el capítulo de mi blog: https://eco-antropologia.blogspot.com titulado: “Mis primeras actividades arqueológicas en la costa de Antofagasta: hallazgos que llamaron la atención de un neófito en 1963” ( fechado el 17 de septiembre 2024)  hemos recopilado, hurgando en nuestros primeros "Diarios de Campo", mis primeras impresiones y sentimientos ante los hallazgos realizados. Este capítulo constituye un excelente complemento a lo aquí expuesto. También nos hemos referido in extenso a estos descubrimientos tempranos en la costa de Antofagasta, en otro capítulo de nuestro blog titulado: “Mis primeros descubrimientos arqueológicos en las cercanías de la quebrada de la Chimba (Norte de Antofagasta)”, fechado el 14 de julio de 2020.

 

La idea de escribir una obra sobre los Changos.


En enero del año 1965 partía yo a México para iniciar, por espacio de 5 largos años,  mis estudios de antropología en la Escuela Nacional de Antropología e Historia (ENAH). Tenía ya casi 36 años de edad. Dejaba atrás 20 años de permanencia en la Orden religiosa de los Jesuítas cuya formación humanista integral agradezco profundamente hasta el día de hoy. Atrás quedaban mis experiencias en San Pedro de Atacama visitando los pueblos de su parroquia, acompañando al sacerdote Gustavo le Paige. Una vez en México, mi primer escrito de clase,  bastante  extenso,  versó sobre la cultura atacameña y fue terminado en diciembre 1965 (6).


Reorientando mis pesquisas hacia los pobladores Changos.


  ¿En qué momento exacto y por qué decidí yo reorientar mis estudios futuros hacia el tema de los Changos?.  Por más que lo pienso hoy, no encuentro aún una respuesta razonable...Lo cierto es que empecé a recolectar toda la bibliografía que podía rastrear sobre los Changos y su medio ambiente, en la biblioteca de la State University of New York  en East Setauket, (mi Universidad),  muy rica en el tema de los viajeros naturalistas y expediciones  a América desde Europa. Y me propuse revisar y fotocopiar, entre otros autores,  las obras clásicas de los navegantes franceses Feuillée y Frèzier en sus valiosas referencias a las costas de Chile y del Perú, así como las referencias de muchos otros cronistas e investigadores de distintas nacionalidades, referentes a la costa del  Pacífico sur y sus habitantes (7).

 

 Apoyo científico recibido.


 Me ayudó mucho en esta tarea  de búsqueda documental la visita que hice al anciano ingeniero-geógrafo norteamericano William E. Rudolph autor del famoso artículo: “The Rio Loa of northern Chile”, en la Geographical Review (octubre 1927). Rudolph,  entonces muy anciano, vivía solitario en un pueblito vecino a East Setauket donde yo estudiaba por entonces. Recuerdo que, en esa ocasión, él me sugirió valiosas  pistas de búsqueda sobre este tema.

A mi llegada a la Universidad, en Setauket, tuve también la fortuna de encontrar, entre mis nuevos profesores, al Dr. Edward P. Lanning, (1930-1985) arqueólogo, experto en las culturas peruanas, a quien conociera y tratara yo, un par de años antes, en San Pedro de Atacama. Con él, -lo recuerdo bien-  recorríamos las orillas del salar de Talabre en busca de artefactos líticos en 1963. Lanning  me nombró pronto su ayudante de cátedra, lo que entonces me permitió disponer de un pequeño  ingreso extra. Con él, visitándolo en su casa,  hacíamos recuerdos del padre Le Paige y sus andanzas por Atacama. Lanning, en aquel tiempo, me apoyó vivamente  en mis inquietudes y preferencias antropológicas. Éramos ambos casi de la misma edad, siendo yo un año mayor.

De gran valor para mis estudios durante este tiempo, fue la  correspondencia sostenida con varios arqueólogos del Norte de Chile, especialmente con Hans Niemeyer Fernández, Jorge  Iribarren Charlín y Francisco Cornely, quienes gentilmente me enviaron  copia de sus  trabajos y me despejaron no pocas dudas (8).     

Esta antigua investigación sobre la población de los Changos -tema del futuro libro hoy en preparación- , virtualmente ya terminada en 1972,  fue retocada por mí y finalmente aceptada por  mi Comité de Tesis como trabajo final para la concesión del título de Magister en Antropología  (M. A.) el  22 de diciembre de 1978 (9).

                                                     ----

 Hasta aquí, mis “recuerdos del pasado”. Las fotografías que presentamos en el siguiente anexo, espero contribuirán a comprender mejor las circunstancias de nuestros hallazgos y su importancia para la historia cultural del Norte de Chile.


Epílogo.


El estudio de  los Changos y su notable ajuar cultural, ha sido tema dominante en mi Blog y, en general, a lo largo de toda mi trayectoria científica. El tema me ha apasionado hasta hoy día en plena vejez. El 8 de abril del año 2020, publiqué en mi Blog un recuento sistemático  de todos  mis artículos relativos a esta etnia costera, detectando 47 entradas  diferentes.  Ese trabajo de  recuento se titula: "Listado de los  trabajos de Horacio Larrain relativos a los Changos  pescadores de la costa norte de Chile". editados en su blog https://eco-antropologia.blogspot.com.


Notas.


(1(1)    El  contenido de este nuevo capítulo de mi Blog ha sido concebido como el Prólogo para la próxima re-edición de un antiguo trabajo nuestro inédito -hoy en preparación-, sobre la demografía de los grupos  Changos del norte de Chile. Inicialmente, dicho estudio fue presentado,  en el año  1978, como el documento-base para la concesión del título de  arqueólogo en la State University of New York at Stony Brook, USA.

(2) No era ésta mi primera visita a la ciudad de Antofagasta y su zona aledaña. En efecto,  fui enviado  al Colegio San Luis de los jesuitas, durante el curso del año 1961, como profesor de Ciencias Naturales. Por entonces, estaba yo aún encandilado con la idea de colectar insectos raros o escasos, influenciado por mi  amigo el entomólogo Luis Peña. En esa corta estadía, quedé fascinado con su agradable clima durante todo el año. Recuerdo bien mis colectas entomológicas en el sector Trocadero, así como la grata aunque arriesgada  excursión al Cerro Moreno,  con un grupo de alumnos del colegio, donde experimentamos por primera vez  los efectos de la camanchaca costera que nos sorprendió arriba, nos ocultó completamente la huella de descenso y nos hizo pasar mucho susto.

(3) Esta notable vasija, (Vea nuestra Fig.  Nº 7, más abajo), fue  reconstituida por nosotros y  entregada al Museo de Antofagasta de la Universidad del Norte en diciembre de 1964, en vísperas de mi partida a México, junto con todas mis colectas de elementos arqueológicos.  Habiendo sido trasladadas sus colecciones al Museo Regional de Antofagasta  de la DIBAM, en 1984,  hemos procurado sin  éxito re-encontrarla en sus archivos. Ojalá ésta aparezca algún día…

(4)   La exposición y presentación museográfica en nuestro museo de la calle Prat,  fue en esos tiempos la intención primera que, a mi  juicio, explicaría bien el afán coleccionista de especímenes en terreno. Por entonces, era notoria la rivalidad existente entre las dos sedes universitarias en Antofagasta: la U de Chile y la Universidad del Norte, la que se expresaba en la asidua presentación de eventos científicos o culturales por parte de ambas instituciones.

(5)   La presencia de estos pequeños círculos de piedras, que tanto nos intrigaron al principio, a veces formando conjuntos  de 3, 6, 8 ó 10, y muy próximos unos a otros, queda bien explicada por el uso de tales piedras para sujetar y afianzar en tierra los cueros de lobos marinos o lonas viejas que constituían la techumbre y paredes de la rústica vivienda, sostenida originalmente por toscas vigas de madera de cactus o costillas de ballena. Las fotos siguientes  (Vea Anexo fotográfico, infra), pretenden  ilustrar mejor lo que hemos querido señalar más arriba. Véase,  también,  nuestro capítulo del blog titulado: “Noticias adicionales sobe el modo de vida y la cultura de los Changos, pescadores- recolectores de las costas de Atacama:  demografía, movilidad y ecología”,  editado el 24 de agosto del 2016, donde se analiza la rica documentación del viajero Rodulfo A. Philippi,  datada en 1853. En algunas de estas "viviendas", tuve la suerte de observar, volcadas, las antiguas piedras planas de moler, empleadas como "metates", las que conservaban aún capas de color ocre adheridas a su superficie de molienda. Sólo en una ocasión, tuve la rara fortuna de hallar, escondida bajo una de las piedras de base, una pequeña pinza depilatoria de cobre oxidado, de color verdoso. Hallazgo que me conmovió profundamente pues dicha pieza me acercaba visiblemente a  su antiguo propietario chango.

(6) El trabajo fue titulado: “Apuntes para un estudio de los Atacameños” y ha sido reproducido íntegro en nuestro Blog: https://eco-antropologia.blogspot.com  con el nombre de: “Un trabajo nuestro inédito sobre los Atacameños:  "Apuntes para un estudio de los Atacameños", escrito a fines del año 1965. Esquema para una posible disertación arqueológica, Octubre-Diciembre 1965,  MS., 75 p. México.

(7)   Aquí tuve la oportunidad de consultar casi a diario la rica Biblioteca de Autores Españoles  (BAE) que contiene los textos de los Cronistas y escritores españoles tempranos como Cieza de León, Garcilaso de la Vega, Vásquez de Espinoza, Gerónimo de Bibar, Reginaldo de Lizárraga, Lozano Machuca, o los antiguos Diccionarios geográficos y otros escritos tempranos que nos entregaron valiosa  información sobre los Changos, su hábitat, su población, su movilidad a lo largo de la costa  y sus curiosas  expresiones culturales.

(8)   A fines de 1964, tuve la grata posibilidad de entrevistar, postrado ya en su lecho de enfermo, al  arqueólogo alemán Francisco Cornely, quien, amablemente,  me clasificó los trozos de cerámica diaguita hallados por mí en conchales, al norte de Antofagasta.´

 (9)   Se presenta aquí  (Vea Fig. 6, infra)  una fotografía de mi certificado de Título como  Master of Arts (M. A.)  en Antropología, en la State University of New York at Stony Brook,  concedido en 1978.

 

Apéndice fotográfico de apoyo: nuestros descubrimientos entre 1963-1965.

 

Fig. 1. Chozas y mujeres de los Changos en una aguada costera. Sus cabras ramonean por los alrededores. Dibujo a pluma del viajero alemán  R. A. Philippi en la rada de Paposo (1853). De su obra:  “Viage al desierto de Atacama”, Halle, Sajonia,  1860.

 

 
 Fig. 2.  Bases de piedra de las chozas de los Changos. Aquí se puede observar hasta siete u ocho viviendas contiguas, de distinto diámetro. Nuestro conchal Nº  16, próximo a la aguada de cerro Moreno (Foto H. Larrain, 1964).

  

Fig. 3.  El señor Quezada, nuestro ayudante, Bases de chozas indígenas en nuestro conchal Nº 16 situado a unos 80 m. sobre el nivel del mar. (foto H. Larrain, 1964).

Fig. 4.  El señor Quezada con sus herramientas reposando sobre una de las piedras, base de viviendas de los Changos. Aquí, en nuestro conchal Nº 17, a unos 15 m. sobre el mar (foto H. Larrain, 1º  diciembre 1964).

          

Fig.  5. Copia de un croquis nuestro del año 1966, que muestra la localización de conchales y tumbas halladas por nosotros en numerosas expediciones al N. de la ciudad de Antofagasta,  entre agosto 1963 y enero 1965. (Larrain, 1966).

                     

Fig. Nº 6. Certificado del título del Master of Arts  (M. A). en la State University of New York, at Stony Brook, L. A., USA.

Fig. 7.  Reconstitución nuestra de la vasija Inca imperial en  base a 56 fragmentos hallados por nosotros en un conchal al  N. de la ciudad de Antofagasta en 1964. Dibujo de Agustín Llagostera M., en nuestra publicación titulada: “Contribución al estudio de una tipología de la cerámica encontrada en conchales de la provincia de  Antofagasta”,  Anales  de la Universidad del Norte, 1966,  Número 5,  83-128.  

Agradecimientos.

Expresamos aquí nuestra gratitud al incesante apoyo  técnico prestado por nuestro colaborador, señor Miguel Faúndez quien mejoró substancialmente  las antiguas fotografías nuestras en blanco y negro mediante la aplicación de la IA.  Así como a su esposa, Carla Meléndez  por atender a todas mis necesidades en mi nueva casa en Altos de San Juan, Llolleo, en la parcela de mi hijo Carlos.