miércoles, 14 de marzo de 2018

Un documento prácticamente desconocido sobre la provincia de Atacama: Descripción de don Pedro Ignacio Ortiz de Escobar y Abet (1801).

El breve documento que aquí presentamos a nuestros lectores en su versión original,  fue publicado en "El Telégrafo Mercantil"  (Buenos Aires),   tomo 2, 1801, Nº 32:  253-255 y es una de las últimas publicaciones o descripciones que conocemos de la región de Atacama en las postrimerías de la época colonial.  La independencia americana estaba ad portas, pues los países latinoamericanos declararán, de hecho,  su  independencia entre los años  1809 y 1821 (en su inmensa mayoría). La prisión del legítimo rey español Fernando VII por obra de las tropas francesas de Napoleón Bonaparte en España,  acelerará el proceso independentista.  La presente entrega de esta rara fuente, creemos puede ser de especial interés para antropólogos, sociólogos, historiadores y geógrafos, tanto chilenos como bolivianos y peruanos, por cuanto aporta  algunos antecedentes  sobre esa región, en una época de la que tenemos escasos testimonios. 

No hemos podido hallar hasta ahora antecedentes fidedignos sobre su autor, don Pedro Ignacio Ortiz de Escobar y Abet, por lo que no sabemos  cuál era, exactamente,  el grado de conocimiento que poseía de la zona que describe.  El buscador Google,  hoy fuente casi inagotable de conocimientos en la red, nada nos informa sobre este personaje.  La descripción misma, tampoco aporta mayores indicios al respecto. Parece, sin embargo, probable que se tratara de alguna autoridad administrativa  española puesta por la Corona en dicha zona marginal de América. 

Nosotros mismos nos  hemos referido a este documento hace ya años, con ocasión del Primer Simposio sobre patrimonio Cultural de El Loa (3-5 Octubre 1986) en un trabajo intitulado: "La Provincia de Atacama según  don Pedro Ignacio Ortiz de Escobar y Abet", pero  las posibilidades técnicas de aquel entonces no nos permitían dar a conocer el documento original. Lo que con gusto hacemos hoy, en beneficio de nuestros lectores. (Cfr. Horacio Larrain y Eric Ross, Primer Simposio sobre Patrimonio Cultural de El Loa,  Calama, 1986).  Este trabajo fue publicado en la revista Hombre y Desierto, una Perspectiva Cultural, Instituto de Investigaciones Antropológicas, Universidad de Antofagasta, Antofagasta Nº 1: 99-108.  

Daremos pues a conocer hoy el texto original, en fotocopia perfectamente legible introduciendo,  en lápiz grafito, algunos notas  nuestras al texto, que no figuran  por cierto en el original. Estas notas nos permitirán profundizar, desde un ángulo eco-antropológico,  en varios de los temas tratados por su autor.

Texto del artículo:

 Fig. 1. Página 253 del artículo.

 
Fig. 2.    Página  253 del artículo.

Fig. 3,  Página 255, y final del artículo original.



Nuestras Notas (indicadas en el texto en lápiz grafito)  y Comentario  eco-antropológico:

(1).  Breve y pobrísima referencia a la escasez de población  en la región atacameña.  En el año 1791,  apenas 10 años antes,  don Pedro Vicente Cañete  y Domínguez,  Gobernador interino de la Villa de Potosí,  había publicado un extensa y riquísima descripción de la Provincia de Atacama en su obra:  Guía Histórica, Física, Política, Civil y Legal del Gobierno e Intendencia de Potosí, (Talleres de la Editorial "Potosí", Potosí, Bolivia).  Allí  señala, para la zona de San Pedro de Atacama    ("Atacama la Alta") una población de 2.936 personas ("de la casta de indios de todo sexo y edades").
En nuestra presentación del texto completo dedicado a la descripción del  Partido de Atacama, del citado autor don Pedro Vicente Cañete y Domínguez, publicado en la revista "Norte Grande", (Instituto de Geografía, Universidad Católica de Chile, Vol. 1, Nº 2, 1974:  243-251),   hemos agregado (en Nota Nº 10), una  indicación nuestra en la que  estimamos, para esas fechas, una población total de  3.657 habitantes indígenas, incluyendo la población del Curato de Atacama la Baja (Chiuchíu y pueblos situados al Norte del río Loa).

(2)  El autor señala la existencia de dos Curatos de Indios:  el de Atacama [hoy San Pedro de Atacama]  y Chiuchíu,  y numerosos pueblecitos  en los que hay  capillas  (que denomina "Anexos)", con  "tales cuales  anexos  o poblacioncitas".  No señala sus nombres, los  que conocemos bien  por documentos anteriores.  La población vive en su mayor parte dispersa en  los ayllos agrícolas, diseminados por la campiña, al pie  de  los arroyos.

(3)  Materia obligada en la gran mayoría de las descripciones coloniales es la presencia de metales  y/o piedras preciosas o diamantes.  También Cañete y Domínguez (en su obra de 1791) se refiere a este rubro de la economía regional, a la que se atribuía enorme importancia en la  época. Se alude aquí a la existencia de ricos veneros de jaspe [¿mármoles?] hermosamente coloreados, de los que se fabricaron  piedras de ara para los altares de iglesias. Cañete alude, igualmente,  a estas aras presentes por entonces en  altares de iglesias coloniales.

(4)  Ambos,  Ortiz de Escobar y Abet y Vicente Cañete y Domínguez se  refieren a la presencia de diamantes en la zona, repitiendo el aserto del gran experto  metalúrgico colonial, Alonso Barba, la máxima autoridad de la época en la materia.  Esta repetición de venerables opiniones ajenas, es muy propia de la época del  "magister dixit",  dictamen indiscutido basado no en la experiencia directa o experimentación,  sino en la autoridad de un  personaje. Alvaro Alonso Barba era en la época colonial en metalurgia y materias afines, lo que Aristóteles o Platón eran para Filosofía. Fue autor de la célebre obra:  Arte de los metales en que se enseña el verdadero beneficio de los de oro y plata por azogue...., compuesto por el Licenciado Alvaro Alonso Barba, cura en la [ciudad] imperial de Potosí, 1637. Obra reimpresa  por el Real Tribunal de Minería, Lima, 1817. Ahora bien,  jamás se ha constatado la presencia de diamantes en Chile.

(5)  Alcaparrosa. También llamado "caparrosa",  según el Diccionario de la Real Academia Española,  designa a las diversas formas en que se presentan los sulfatos de cobre, hierro o zinc, y muestra hermosas  coloraciones desde amarillo a verdoso. Este elemento fue muy utilizado durante la Colonia en tintorería,  para teñir telas de colores diversos.  El término viene del francés (caperouse)  pero se desconoce su procedencia  anterior.

(6)  Reflexión muy interesante sobre el idioma de los pobladores de Atacama. Es descrito como "muy distinto de  los demás del Perú".  Bien conocidos eran en el Perú el Quechua y el Aymara, lenguas dominantes entonces en el mundo indígena. Como es sabido, esta lengua propia de Atacama se encuentra  hoy extinguida por completo, conservándose solo algunas escasas voces o expresiones. en el habla actual de la zona. Afortunadamente, nos alcanzó a dejar valiosas noticias de ella el cura párroco francés de San Pedro de Atacama don Emilio Vaïsse, en su notable obra:  "Glosario de la Lengua Atacameña",  publicada por primera vez en los Anales de la Universidad (de Chile), tomo XCI, 1895 (Julio a Diciembre), Imprenta Cervantes, Santiago de Chile. Hay un par de ediciones posteriores. Esta lengua, según los lingüistas actuales, no tendría parentesco alguno con sus vecinas  geográficas (el quechua, aymara, chipaya o uru), y  ha sido adscrita a una familia lingüística totalmente diferente, de raíces, al parecer, muy primitivas. También la antropóloga austríaca Grete Mostny, en su valioso estudio sobre los atacameños titulado: Peine un pueblo atacameño  trae un valioso acápite sobre la lengua kunsa, lengua extraña que escucha hablar en el poblado atacameño de Peine en su visita del año  1948  y que reconoce como diferente del quechua y del aymara (Cfr. G. Mostny, Peine, un pueblo atacameño, Publicación Nº 4 del Instituto de Geografía, Facultad de Filosofía, Universidad de Chile, Santiago, 1954, 170 p.). Numerosos aportes sobre la lengua kunsa de los atacameños se deben a la pluma del profesor Roberto Lehnert Santander, del Instituto de Investigaciones Antropológicas de la Universidad de Antofagasta, recientemente fallecido (13-03-2018).
(7)  La latitud exacta del puerto de Cobija es  22º 28´ 00´´ S  y  70º 16´ 00´´ W.  Desde antiguo, Cobija era un surgidero de naves  en esta  la franja marítima desértica de la república del Perú, y como lo señala el mismo texto, era un posible aunque difícil  lugar de ingreso al Perú. No se habla aquí todavía de Bolivia (que a la fecha no existía), sino del Perú. Posteriormente, por deseo expreso del mariscal Bolívar  y su lugarteniente  el mariscal Sucre, el marino Francis O´Connor, sugirió crear aquí el  único  puerto para la naciente república de Bolivia en el Pacífico. Este puerto, con el nombre de Lamar, estuvo en la práctica en poder de Bolivia hasta la Guerra del Pacífico (1879) cuando las tropas chilenas lo tomaron, junto con la naciente ciudad de Antofagasta, en febrero de ese  mismo año.  Por el tenor de esta cita y muchas otras de viajeros tempranos, sabemos que el lugar era ya muy frecuentado desde antiguo por los barcos veleros pues desde allí partía, siguiendo el sinuoso trazado del río Loa,  un accidentado camino de carretas hacia Calama y el altiplano de Bolivia (Lipes).  Por aquí, pues, se desembarcaba hacia e interior toda clase de mercaderías y provisiones en un durísimo viaje por tierra  de varios días de duración.

 Muy recientemente, el historiador chileno Pablo Lacoste (2015)  ha planteado  la sorprendente y novedosa tesis de que, de acuerdo al utipossidetis iuris del año 1810, ni Bolivia  ni Chile, tenían propiamente derechos a territorios colindantes con el océano Pacífico en la comarca de Atacama. Jurídicamente, señala este autor, dichos territorios hasta el poblado del Paposo, pertenecían claramente al Perú. El argumento basado en  variada cartografía  de la época y los límites que ésta fija y establece, no resultaría aquí válido, pues los cartógrafos no pueden oponerse ni contradecir perentorias ordenanzas reales vigentes.  Queda allí expresado por el respectivo cartógrafo tan solo su propio criterio, no el de la autoridad real. Esto es especialmente válido para los famosos planos de Andrés Baleato (1793) o Juan de la Cruz Cano y Olmedilla (1775), invocados por las partes hoy en conflicto (Bolivia o Chile). Por tanto, tanto Bolivia como después Chile, aparecen como usurpadores y ocupantes de territorio ajeno (peruano). No fue, pues,  el derecho, sino la voluntad explícita de los padres de la patria, los mariscales  Bolívar y Sucre, la  que exigió y forzó la  apertura de la república de Bolivia hacia el Pacífico, a través del puerto de Cobija, la que, jurídicamente, no tenía asidero alguno. Extrañamente, el Perú -que sepamos- nunca se opuso, ni entonces ni después,  ni planteó este argumento  jurídico en una zona que aparecía a los ojos de  los tratadistas  comodesierta, inútil  y sin recursos. Estos próceres, Bolívar y Sucre,  deseosos de  otorgar una ágil apertura comercial en el Pacífico a la naciente Bolivia, en consecuencia, habrían actuado  en los inicios de la rebelión general contra España, contra la voluntad  del rey, expresada claramente en el uti possidetis iuris de 1810. (Cfr. artículo titulado: "El enclaustramiento de Bolivia y visión del otro: nueva mirada  a la guerra del Pacífico"Revista Cuadernos de Historia (Santiago), Nº 43, diciembre 2015.  No es de nuestra incumbencia  profundizar más aquí sobre el actual problema de límites entre Chile y Bolivia y sus reclamaciones de acceso al mar con soberanía. Dejamos el tema en manos de los expertos.

(8)  Describe  la población de Cobija  en dicha época como compuesta " de tales quales ranchos de indios", es decir  unos pocos ranchos de indígenas changos, junto a la playa.  Sabemos bien cómo eran dichos ranchos: construidos sobre costillas de lobos marinos y cubiertos por pieles de estos mismos mamíferos.  También sabemos, por el testimonio explícito de don Vicente Cañete y Domínguez, (obra citada más arriba)  que esta población era muy variable. esto es, crecía o disminuía según  se diera la presencia de los pescadores, los que con frecuencia desaparecían con sus familias  por días o semanas para dedicarse a la pesca en la costa aledaña. Cañete y Domínguez describe así, en nota a su texto,  este curioso tipo de transhumancia costera o movilidad  local: "Fresier (Folio 130) testifica de cincuenta casas,  pero estas son unas veces más y otras menos,  porque como todos son pescadores se llevan en las canoas los cueros de que forman sus cabañas sobre costillas de ballena,  y entonces se minora el número, y crece cundo se juntan en el puerto. No hay más casas formales que las del Corregidor, Cura, Gobernador indio, dos bodegas y dos casas de españoles" (cit. en  nuestro trabajo sobre  la descripción del puerto de Santa Magdalena de Cobija  por Vicente Cañete y Domínguez, Revista Norte Grande, Instituto de Geografía, Pontificia Universidad Católica de Chile, Vol, Nº 1, :87).  Al llevarse consigo en sus balsas la techumbre de sus ranchos (los cueros de lobos marinos), solo quedaría a la vista  la base de piedras en círculo y la armazón de costillas de ballena, sobre las que se asentaba el techo de sus rústicas y precarias habitaciones. Al regresar  con su pesca, reimplantaban los cueros  en sus bases primitivas.  Seguramente, se respetaba por los demás pescadores  el sitio de la vivienda de cada familia, durante su ausencia.

(9) La distancia medida en leguas españolas, es muy imprecisa.   Por motivos prácticos, hemos  optado por asignar  la medida de  6 km por legua.  Pero las leguas medían más o menos, según fuera la estructura  (escarpada, llana, empedrada o  sinuosa )  del camino recorrido. El autor señala  para la zona altiplánica (la cordillera frígida), la presencia de algunas estancias de pastoreo de auquénidos domésticos, conocidos entonces como "carneros de la tierra". No se distingue en esta denominación, las llamas de las alpacas, especies diferentes, aunque emparentadas genéticamente.

(10).  El dato aquí aportado es interesante, pues  señala la  extensión geográfica  de la zona de pesca por parte de los pescadores conocidos como "changos". No se les nombra  aquí, sin embargo, por este nombre. Según el autor, se realizaba esta faena de pesca y secado de pescado entre Cobija (este puerto) y  las inmediaciones de Copiapó  [Caldera], incluyendo la hacienda del Paposo. Se indica que esta última zona es la más despoblada de la costa. En efecto, esta extensa zona costera entre Paposo y Copiapó [Caldera], esto es, aproximadamente unos 200 km. de costa,  carecía prácticamente de población autóctona estable en ese tiempo. No se nombra en este texto la especies marinas cazadas para fabricar el "charquecillo",  o charqui seco de pescado, pero sabemos por numerosas fuentes  que se trataba prioritariamente del congrio (género Genypterus spp.), pez del que existían (y existen aún)  tres especies. Sabemos por otras fuentes que  había dos tipos de charquecillo;  el seco y el ahumado. Tenía la particularidad este charqui seco, rico en proteínas y vitaminas,  que podía mantenerse por meses sin descomponerse ni alterarse. Por lo cual constituía un alimento ("mantenimiento") duradero, particularmente solicitado sobre todo en las regiones altiplánicas.

(11)  El charquecillo ( descrito aquí  como mejor alimento y más sabroso que el bacalao europeo)  era  llevado en mulas o carretas a muchas ciudades del interior de Bolivia. Se nombra aquí específicamente los centros poblados de  Potosí (gran centro minero de  producción de plata), ciudad de La Plata [Chuquisaca]  y Cochabamba.

(12) Se indica con precisión el número de "jornadas" (días de caminata)  entre San Pedro de Atacama, nombrado "Atacama", y Copiapó. Y de esta ciudad se dice que ya pertenece al Reino de Chile.  Son 18 jornadas de camino, es decir 18 días de penoso viaje por tierra, en cabalgadura, sin detenerse. La distancia entre dos paradas en el camino era en extremo variable, y dependía absolutamente de la existencia de  postas o tambos (entre 4 y 20 leguas) y, en lo posible, de lugares provistos de   agua. La ruta seguida  desde San Pedro de Atacama al sur -aunque aquí no se diga- era con certeza  el  antiguo Camino del Inca cuyos tambos,  por esas fechas, probablemente aún eran atendidos y cuidados por los pueblos cercanos, conforme al mandato antiguo del Inca y las ordenanzas recientes de los gobernadores españoles. Los tambos y postas  presentes en este camino incaico  fueron reportados, estudiados y dibujados con precisión por la expedición del arqueólogo e ingeniero Hans Niemeyer Fernández y sus compañeros de ruta, hecha en la década del 80 del pasado siglo (Cfr. Hans Niemeyer y Mario Rivera: "El camino del  Inca en el Despoblado de Atacama",  Boletín de Prehistoria de Chile, Nº 9,  1983, Universidad de Chile,Santiago). 

(12) El trayecto por el despoblado hacia el sur, desde el pueblo de Atacama, se señala como aquí particularmente duro, "por la falta de agua". Efectivamente,  salvo  en  contados lugares donde  los viajeros hallan minúsculos riachuelos o pozos (puquios),  este trayecto entre Atacama y Copiapó coincide con la "zona de desierto absoluto", la comarca más árida del desierto de Atacama  (y la más árida del mundo según el geógrafo alemán Wolfgang Weischet). El viaje se realiza muy cerca de las estribaciones occidentales más bajas de la cordillera de los Andes, al pie de grandes volcanes (Llullaillaco), desde donde escurren  hacia el weste algunos escasos cursos de agua, a altitudes por sobre los  2.500 m de altura. Una de las mejores y más completas y detalladas descripciones de este terrible trayecto, es la que nos ofrece el cronista español Gerónimo de Bibar, en su Crónica y relación copiosa  de los Reinos de Chile, publicada en Sevilla en el año 1558, en los capítulos  10 a  12 de su obra. (Cfr.  Gerónimo de Bibar: Crónica y relación copiosa  y verdadera de los Reinos de Chile (1558), en  Biblioteca Ibero-Americana,  Edición de Leopoldo Sáez-Godoy,  Colloquium Verlag, Berlin,  1979: 23-28).

(13). Se indica que todo este trayecto, con excepción de algunos escasos  ranchos de indios,  es despoblado. Los escasos ranchos que topan, se hallan, precisamente, "en algunas aguadas".  Se aclara lo dicho  insistiendo en que algunas aguadas ni siquiera presentan presencia humana ("no en todas las aguadas...").

(4)  Termina la Descripción con el aserto general que "en la cordillera hay muchas vicuñas y guanacos".  Sabemos por otras fuentes, como el sacerdote Reginaldo de Lizárraga, que los indígenas, al transitar por este arduo camino entre Atacama y Copiapó, solían traer consigo  perros adiestrados para dar caza a los guanacos que topaban eventualmente en su trayecto Estos perros calzaban botines especiales, hechos de cuero, para proteger sus extremidades  de las piedras  del camino. Guanacos pueden ser avistados hasta hoy en la comarca aledaña al camino del Inca. No así vicuñas, cuyo habitat normal se encuentra por sobre los  3.000-3.500 m de altitud.

Observación final.

Aunque breve y sucinta, esta relación tardía de Atacama, de los inicios del siglo XIX, contiene información valiosa que el eco-antropólogo, interesado en la relación íntima entre cultura humana y medio ambiente, puede extraer y utilizar con mucho provecho. Es lo que hemos intentado hacer en estas notas  aclaratorias al texto original.

Con especial afecto al pueblo atacameño de hoy, los modernos Licanantay, herederos y amantes de la cultura tradicional, hemos querido dedicar este capítulo de nuestro blog,  al haber cumplido en estos días los 89 años de nuestra vida. Confiamos en que los atacameños de hoy, más ilustrados que sus antecesores, sabrán conjugar sabiamente su progreso con la conservación y protección de su rico y milenario acervo cultural. Es nuestro más íntimo anhelo.





2 comentarios:

George Serracino dijo...

Estimado Horacio: Primero sobre todo es la benedicion de Dios que nos ha dado un sabio y conocedor como tu que quiere y no se canza a comunicar con todos de buena voluntad su sabiduria en el dia de su nascimiento.

Siempre hay sorpresas en sus escritos y novedades. No conoscia al autor. Gracias. Buen utiles sus comentarios tambien.
George Serracino


Dr. Horacio Larrain Barros dijo...

Estimado George:

Te agradezco tu elogioso comentario. Pero lo que yo hago en el Blog no es expresión de sabiduría, sino solo recopilación metódica de materiales sobre Atacama, su historia y su cultura. En una época en que no existía Internet, y apenas comenzaban a conocerse las primeras computadoras, era obligación de todo científico serio reunir una biblioteca propia, que contuviera en lo posible todo lo publicado hasta la fecha sobre un tema
o región determinados (en mi caso, el Norte Grande de Chile y sus etnias indígenas). Gasté hasta el último céntimo en fotocopias en mis años de estudio (1965-1975), aprovechando mi permanencia de cinco años en la Universidad Autónoma de México (1965-1970) y, después, en la State University of New York (Stony Brook, L. I., U.S.A.) durante mis estudios de doctorado en Antropología (1970-1975).
Más tarde (1977-789), tuve acceso frecuente a la monumental biblioteca del sabio ecuatoriano, don Carlos Manuel Larrea en Quito, Ecuador, con motivo de mi permanencia en Otavalo, donde redacté mi tesis doctoral. De este modo, me hice de varios miles de fotocopias de trabajos, en su mayoría poco conocidos o muy antiguos, inaccesibles por otras vías. De este rico material disfruto hasta el presente, sacando de mis archivos "nova et vetera", tanto para disfrute personal como para beneficio de mis numerosos lectores y seguidores en todo el mundo. Esta labor actual de difusión amplia de materiales antropológicos poco conocidos, u ocultos en vetustas bibliotecas, hecha con un criterio eco-antropológico y versátil, es hoy parte de ésta, hoy mi nueva cátedra internacional. Por fortuna, ésta no puede ser ni censurada, ni criticada, ni revisada como ocurre en el caso normal de las investigaciones universitarias, sujetas necesariamente a la "espada de Damocles" del juicio de los pares. No le tengo medo a la crítica, si ésta es hecha con altura de miras y conocimiento de causa. Esta será siempre bienvenida, si contribuye al enriquecimiento de los temas tratados. Solo pido hoy a Dios me dé energía y constancia para proseguir esta labor mientras mis facultades mentales me lo permitan.

Atentamente, desde Las Canteras, Región Metropolitana, mi nuevo "refugio" pueblerino,

Dr. Horacio Larrain Barros (Ph.D.)