miércoles, 20 de julio de 2016

Aportaciones lingüísticas del ingeniero y explorador del desierto de Atacama, don Francisco José San Román hacia 1885-1886.

En un capítulo anterior (editado en este blog el domingo 19 de Junio de 2016), con el título de:  "Descripción del pucará de Quítor por el ingeniero geógrafo y naturalista Francisco José San Román en el año 1884: discusión y comentarios" hemos presentado  a este insigne explorador y descriptor del desierto de Atacama. Comisionado por el gobierno chileno para  reconocer, estudiar y profundizar en el conocimiento de las regiones conquistadas  en la reciente Guerra del Pacífico, nos da a conocer sus riquezas geológicas y metalíferas, y, como resultado práctico, elabora una nueva y riquísima cartografía del área y trae consigo una riquísima cosecha de muestras geológicas del área visitada.  San Román  realiza al efecto extensas expediciones por la región, haciéndose acompañar siempre por arrieros, generalmente atacameños, de quienes aprende el secreto de las huellas cordilleranas. El extenso territorio que recorre esforzadamente  palmo a palmo, con apoyo de especializados topógrafos, se extiende desde las márgenes del río Loa hasta las vecindades de Copiapó. De especial interés son sus observaciones  sobre las regiones limítrofes con Bolivia y la República Argentina, en una amplia comarca casi desierta, y  muy poco conocida en el mundo occidental  de entonces, y  cuya escasa cartografía  era  muy deficiente  y no pocas veces francamente errónea.

En el presente capítulo, nos centraremos en sus aportaciones sobre la lengua  cunza de los atacameños o lickan antai, habitantes  de las zonas aledañas al salar de Atacama.

Una reedición reciente.

Para nuestro análisis, nos hemos basado en la reciente reedición de su obra hecha por el escritor e historiador Cristián Muñoz  L, editada en Copiapó  (?),  en diciembre del año 2014 (Francisco San Román naturalista  de Atacama, Siglo XIX, Eds. Atacama  Kozan, Editorial Alicanto Azul, ¿Copiapó?). No hemos podido tener a la vista la obra original, en tres tomos, publicada con el nombre de Desierto i cordilleras de Atacama, (Santiago de Chile, Imprenta Nacional , 1896-1902), de tal suerte que ignoramos si la obra reciente  reproduce  en su totalidad del trabajo original o sólo partes de éste, omitiendo secciones del mismo. Del tenor de los capítulos y su secuencia cronológica, sin embargo, deducimos que la obra ha sido, tal como debe ser,  presentada en su totalidad y no en una síntesis  arbitraria.  La obra reciente está acompañada de varias imágenes, de  personajes, y lugares citados, lamentando nosotros, eso sí, que las piezas cartográficas no hubieran sido reproducidas  en un tamaño  bastante mayor (al doble o al triple), para poder apreciar bien su contenido, el que en su edición actual, es francamente deficitario.  En particular, esto atañe al excelente mapa de San Román, que con el nombre de  "Carta Jeográfica del Desierto i Cordilleras de Atacama" se muestra en la página 10 de la obra, el cual resulta en la  práctica totalmente ilegible.

A la caza de información lingüística y antropológica.

Nos correspondió, pues,   revisar  prolijamente la obra completa, para extraer de ella las referencias que directa o indirectamente  dijeran relación con la antropología social, la arqueología y la lingüística  atacameña.  ¿Por  qué este particular interés nuestro?.  La razón estriba en que este mismo autor  fue  a la vez  el editor de un breve pero excelente trabajo sobre la lengua atacameña  que bajo el nombre de "La lengua cunza de los naturales de Atacama", publicara en Santiago en el año 1890 (Imprenta Gutemberg, Santiago de Chile). Más aún, su trabajo fue hecho en estrecha colaboración con el presbítero C. Maglio, a la sazón cura párroco de San Pedro de Atacama, quien también se había preocupado de reunir valiosos antecedentes sobre esta lengua, a punto de extinguirse. San Román nos presenta su trabajo en la forma de un rudimento de "Gramática atacameña", esfuerzo notable  por ordenar y clasificar todos los numerosos materiales adquiridos  en el trato asiduo con sus arrieros y pobladores.  Para fortuna nuestra, la obra del historiador Cristian Muñoz reproduce, igualmente, este trabajo filológico completo  (pp. 331-344 en  su obra sobre San Román,  citada más arriba).

¿Cómo obtuvo San Román sus informaciones?.

¿Dónde exactamente  recibió el ingeniero San Román informes sobre  esta extraña lengua?  ¿De qué personas y de qué pueblos?. ¿Por qué se interesó tan vivamente por recopilar su vocabulario y formas gramaticales?.  ¿Qué cantidad de hablantes de la lengua había aún por entonces en Atacama?. ¿Cómo concluyen C. Maglio  y San Román que esta lengua estaba a punto de extinguirse?.  Son preguntas cuya respuesta aparece nítida en  los párrafos que  citaremos ad litteram, extraídos de sus diferentes capítulos. La información es valiosa pero se halla  muy dispersa a través de sus diferentes secciones. Trataremos de ordenarla, apoyados en sus propias palabras  y citas textuales.

El análisis de los textos que más abajo analizamos en detalle, nos ha convencido que  San Román poseía más material lingüístico que el que nos presenta en su conocido artículo "La lengua cunza de los naturales de Atacama".  Y es lo que hemos podido comprobar al  espigar  en su denso trabajo en tres tomos sobre  su viaje  por la zona de Atacama. (reedición de  Cristian  Muñoz, 2004). Aquí, en efecto, han aparecido nuevos términos y nuevas traducciones de topónimos  lickan antai.  

Nuestro interés por la lengua cunza.

Nuestro interés por esta lengua y sus restos dispersos, nació de conversaciones sostenidas con el padre jesuita Gustavo Le Paige, en su parroquia de san Pedro de Atacama, en los años  1963-1965, fecha en que le visité frecuentemente desde Antofagasta, donde yo residía.  En cierta ocasión, le escuché una noche que él acababa de hallar a una anciana mujer que aún hablaba, en uno de los aillos en torno a San Pedro,  la vieja lengua de Atacama, el cunza. Estaba visiblemente excitado. Nunca supe después si logró finalmente entrevistarla y si llegó a  recopilar  palabras o frases en la lengua kunza. Ignoro lo que pasó.  En todo caso, no hay rastros de esto en sus escritos posteriores. Que yo sepa, Le Paige no tenía por aquellos años tempranos una grabadora, con la que hubiera podido grabar conversaciones. Grabadoras existían, pero eran sumamente  caras y escasas. De hecho, la arqueóloga Grete Mostny la usó -como consta- en el poblado de Peine en sus dos  trabajos  de los  años  1948-49.  Pero Le Paige no poseía tampoco mayores conocimientos de lingüística  y no siguió por esta senda de investigación, dando total preferencia a los estudios de arqueología y craneometría atacameñas.  Esta circunstancia contribuyó al hecho que cuando me fue dado a mí visitar por varios años seguidos los poblados atacameños desde Río Grande hasta Tilomonte, entre los años 1985-1992, siempre fuera yo premunido de una grabadora. La usé siempre en mis conversaciones con los lugareños y tuve un especial cuidado en anotar y reproducir pronunciaciones de voces exóticas  y solicitar su significado. Lo que consta en las decenas de grabaciones que hice en todos los pueblos de Atacama, con excepción de Machuca y Catarpe. Grabaciones éstas  que están hoy aún en mi poder, y quedarán, Dios mediante, definitivamente  guardadas en el Museo Regional de Antofagasta, donde radican ya diferentes Colecciones del suscrito.

Un informante anciano en el oasis de Tilomonte.

El pequeño lugarejo de Tilomonte  es el último lugar habitado  en el extremo sur del Salar de Atacama. Hoy  (2016) se encuentra - desde hace varios decenios- totalmente deshabitado; sólo sus ruinas y chacras abandonadas constituyen hoy un pálido testigo de lo que un día fue. Sus pequeñas chacras de maíz pertenecían y fueron cultivadas por habitantes del pueblo de Peine, distante sólo unos pocos kilómetros hacia el norte. El ingeniero San Román y su comitiva científica llegan extenuados y agotados a este pequeño oasis, en la primera quincena del mes de Mayo del año 1885. Habían salido del puerto de  Taltal por ferrocarril hasta Refresco, y de allí en mula  avanzaron penosamente hacia el norte, pasando por Río Frío,  Imilac, las Zorras, teniendo a la vista, a la derecha (Este) las faldas imponentes del volcán Llullaillaco. Fueron muchas  jornadas  de penoso viaje, donde perdieron varias mulas por cansancio, extenuación y agotamiento. El pequeño oasis de chañares y algarrobos, con sus chacras de alfalfa  fue su salvación y alivio. Aquí, durante varios días, se reponen del tremendo esfuerzo exigido a hombres y animales. Así describe San Román el arribo a Tilomonte: "un lugarejo donde moraban algunos indígenas y donde podía contarse con algunos auxilios" (2014: 134). Entre las triangulaciones y las observaciones astronómicas,  que les exigía la confección de un plano confiable de la región recorrida, se da el tiempo para realizar sus primeras entrevistas de tipo lingüístico.  Así lo relata en su trabajo:

"Los días de campamento en Tilomonte, como era de costumbre, se ocupaban en las observaciones astronómicas de longitud y latitud, en los de declinación magnética, de temperatura, etc., pero en esta ocasión, comenzaron también a extenderse algunas indagaciones filológicas,  tarea en que tuvo por auxiliar de aquella primera tentativa, al ingeniero Pizarro, que recogió  algunas voces de boca del anciano patriarca de aquel lugar, don Juan Matías Silvestre, entonces de 98 años de edad. La longevidad ofrece casos muy extraordinarios en aquellas localidades de vida patriarcal, y solo entre los ancianos de más o menos un siglo de edad se conserva la posesión del idioma indígena de aquella región que se circunscribe a la cuenca geográfica de Atacama propiamente dicha". 

Por lo que nos dice el propio San Román, es ésta la primera oportunidad  en que nuestro investigador tiene ocasión de escuchar a un atacameño o lickan antai hablar en su propia lengua.  San Román tiene aquí la ayuda de un colega ingeniero, también interesado en retener las voces de esta extraña y hasta entonces desconocida lengua. San Román, desde el primer momento,  se da perfecta cuenta de la importancia de  esta recopilación de voces de esta lengua  ignota, a la que llama con razón "reliquia de la filología".

Continúa así su relato:

"Tuve siempre gran interés, ya que se emprendía el  estudio industrial y geográfico de aquel territorio, en agregar también todo lo que me fuera posible  sobre el idioma y costumbres de los indígenas que lo poblaron y de los cuales quedan aún tipos puros que bien pronto habrían de desaparecer sin dejar vestigio de su pasado". (2014: 137; subrayado nuestro).

Estas expresiones  suyas revelan  el sumo interés que le produjo el encuentro con hablantes de la lengua atacameña. ¿Supo San Román de la existencia de esta lengua desde antes de su arribo a Tilomonte?. No sabemos -y tampoco hay indicios de ello en su relato-  si entre sus guías  venían ya algunos atacameños. Es altamente probable que así fuera, ya que de otra manera difícilmente hubieran hallado el camino y los lugares de abastecimiento. En efecto, los atacameños eran los asistentes obligados en el cruce de esta sección del desierto. Ellos conocían como nadie la ruta, sus aguadas, los lugares de existencia de forraje animal o los sitios de acampada. Rutas que ellos bien conocían por ser avezados cazadores de chinchillas y guanacos.  De ser así, como suponemos, San Román  debió estar previamente informado que había en Tilomonte ancianos que la hablaban aún. ¿Qué mejor ocasión de  obtener datos de esa lengua, aprovechando su obligado descanso  de varios días?.

Y prosigue la narración:

"A fin de salvar y conservar algo de esta reliquia de la filología, americana,  repetí mis indagaciones en Peine, lugarejo inmediato y de mucha mayor importancia que Tilomonte,  sirviéndome del anciano Manuel Pachao que se decía tener 120 años de edad y que conservaba fresco no solo el recuerdo de las campanas (sic! por campañas)  de Belgrano, sino que, también, se remontaba hasta acontecimientos vecinos a la creación del Virreinato...".(2014:138; subrayado nuestro).

Al parecer, solo interrogan en Tilomonte a una sola persona de edad,  al anciano Manuel Pachao y registran de su boca los primeros elementos del vocabulario cunza. Después de las frases aquí transcritas, se extiende San Román en algunas disquisiciones de menor interés sobre la notable longevidad de habitantes de estos lugares apartados.

El relato continúa:

"en Toconao y así sucesivamente hasta llegar a San Pedro de Atacama,  fui poco a poco adquiriendo los rudimentos de la lengua Cunza que ya han visto la luz pública y han servido de base  para nuevos estudios e indagaciones  por diversos escritores extranjeros y nacionales, entre éstos,  don Aníbal Echeverría Reyes"  (2014: 138; subrayado nuestro).

San  Román  se interesa muy vivamente por  registrar este idioma que él sabe bien es totalmente desconocido y nuevo para la ciencia de la filología. En efecto, el mismo había  publicado poco antes su artículo: "La lengua cunza de los naturales de Atacama" (Santiago, Imprenta Gutemberg, 1890). Se adelanta así en cinco años a la publicación del famoso  "Glosario de la lengua atacameña", del presbítero Emilio Vaïsse y otros, editado a fines del año 1895, en los Anales de la Universidad (de Chile), Tomo XCI, Imprenta Cervantes, Santiago  (pp. 527-556). Lo interesante es que sabemos hoy muy bien de qué sector de Atacama eran los hablantes,  y dónde habían los viajeros obtenido todo su material filológico.

En el poblado de Sóncor  aporta nuestro relator varias y valiosas raíces kunsa:

"Encontrando otra vez  en Soncor al anciano Juan Silvestre, de quien obtuve las primeras nociones de la lengua cunza de los atacameños, pude agregar al glosario de voces algunos nombres geográficos de las últimas  regiones exploradas. Así resultó que la cordillera de Tátio derivaba su nombre  del hecho de ser esta voz equivalente a ´horno´, lo cual coincide con la existencia de conos volcánicos que tienen efectivamente  esa forma. El cerro Onar o más bien, aspirando, Hónar, muy nombrado en la cuestión internacional, pero que desfiguran en Jonal, significa ´quemado´.
Los numerosos nombres de los ríos que llevan antepuesta la voz puri, agua, explicaban que purilanjti es ´agua corriente´; puripica es ´agua dulce y potable´; puricujter, ´agua gruesa o salobre´; puritama,  ´agua caliente´; purilari, ´agua colorada´; etc.;  y si se pospone la voz, se modifica el sentido, como en chucumpuri, ´agua de los mosquitos´ ". (2014: 191; subrayado nuestro).

Importancia lingüística.

El párrafo recién anotado es de un gran interés lingüístico, pues refleja el insistente afán del ingeniero San Román por averiguar, en cada caso, el significado exacto de las denominaciones de diversos elementos geográficos del paisaje que se exhibía a su vista, así como el respectivo modo de construcción gramatical. Se observa bien cómo cada denominación obedece a características físicas, claramente visibles. San Román se percata de inmediato de este tipo de diseño lingüístico, y anota en seguida: "Es propio de todos los nombres indígenas de lugares que siempre se traducen en expresiones que describen su forma y aspectos,  sus caracteres y rasgos prominentes". (2014: 191).

Últimas referencias filológicas.

"Llegaba un viajero de un lugar llamado Chajnantur,  lugar donde hay algarrobos y se prepara una bebida  que equivale a  "aloja dulce"; el volcán  aquí teníamos al frente era el Laskar, que significa "lengua", coincidiendo  esta palabra con la forma algo alargada y angosta del referido cerro; el Léjia, ´pelado´, lleva también apropiadamente su nombre pues en sus flancos verticales y su cumbre, lisa y como pulimentada, no alcanza a detenerse la nieve, y aparece siempre pelado o desnudo". (2014: 191; subrayado nuestro).

Corrección ortográfica.

Por fin, en el capítulo dedicado por  San Román a la Orografía, encontramos la siguiente cita que involucra una interesante corrección de nuestro autor a la toponimia en boga por entonces y que aún hoy se sigue utilizando erróneamente en la cartografía de la zona atacameña como "Sapaleri".

"Ya hemos indicado la situación astronómica del Licancaur; la de Sapalari, que es como pronuncian los naturales de Atacama, en vez de Sapalegui es de  67° 49´ 36 ´´70  de latitud....". (2014: 288; subrayado nuestro). La voz -lari-; significa "rojo, colorado", según el Glosario de la Lengua Atacameña de Vaïsse y otros (1895:  545). En efecto, la derivación de  -Sapalari-; en 
-Sapaleri-; a través del tiempo,  sería fácilmente explicable  desde el punto de vista fonético.

Ignoramos el significado del étimo  -sapa-  en el citado topónimo y no lo aclara, por desgracia, tampoco, nuestro  descriptor. Como tal, no figura en el Glosario de la Lengua Atacameña de Vaïsse y otros (1895).  A no ser que la voz fuera  -sabalari-;, palabra cunza que vendría a significar "bolsa roja", del sustantivo  -saba- = bolsa.  Derivación a nuestro juicio fonéticamente bastante  plausible, aunque todavía insegura.

Comentario  lingüístico y eco-antropológico.

1.  Las referencias que aquí hemos citado y que  nos trae San Román en su extenso y circunstanciado relato de sus expediciones a la zona atacameña durante el año 1884, nos han aportado  algunas novedosas indicaciones lingüísticas, de gran valor, que no figuran en su obra  dedicada más bien al examen de la gramática atacameña, además algunas de ellas, tampoco figuran  en el Glosario de la Lengua Atacameña de Emilio Vaïsse  y otros (1895). En otras palabras, el relato de San Román  nos entrega elementos nuevos para el estudio de esta lengua.

2. En consecuencia,  creemos que todavía es posible  rastrear algunas voces y su significado en la lengua cunza hurgando en relatos poco conocidos de exploradores tempranos,  anteriores a la obra "Peine un pueblo atacameño" de Grete Mostny (1954). Estimamos que valdría  la pena escudriñar estos retazos de información en autores como el geógrafo Luis Riso Patrón u otros exploradores de la cordillera de Atacama  como Alejandro Bertrand u otros, menos conocidos.

3. Resulta muy interesante constatar que  las voces para conformar una gramática  de la lengua kunsa fueron todas obtenidas entre San Pedro de Atacama y lugares algo más alejados como Toconao, Sóncor, Cámar, Peine, Socaire, Tilomonte, algunos de ellos, lugarejos insignificantes, poblados por escasas familias de agricultores. Lugares todos ellos sitos en torno al gran salar de Atacama. Solo nos llama la atención la ausencia del poblado de Talabre, entre los nombrados. Por lo demás, por entonces (1885), según el testimonio de  varios autores, el cunza ya no era hablado en la sección norte, junto al río Loa y sus afluentes, donde ciertamente existió con anterioridad, como consta claramente por el "Libro de Varias Ojas" registro parroquial del pueblo de Chiuchíu, publicado por el historiador José María Casassas en  1974 (Cf. La región atacameña en el siglo XVII, Universidad del Norte-Chile, Antofagasta, 1974).

4. Entregamos con especial afecto este pequeño aporte adicional sobre la lingüística de la lengua atacameña o cunza, como obsequio particular nuestro a los queridos hermanos atacameños o lickan antai que buscan hoy escudriñar afanosamente sus raíces. Tuvimos, en efecto,  el gran honor de formar tres generaciones de profesores primarios atacameños en la universidad Arturo Prat de Iquique, entre  los años 1993 y 1996, entregándoles entonces  las bases antropológicas para  una genuina re-etnificación y un anhelo creciente por recuperar  su identidad como pueblo lickan antai.
                                                                                                                                 
(En proceso de construcción).







jueves, 7 de julio de 2016

El Museo Arqueológico del P. Le Paige en San Pedro de Atacama: reportaje de Junio del año 1981.

Revisando nuestros archivos, dimos con este reportaje  hecho al Museo Arqueológico del P. Gustavo Le Paige, S.J.  a fines de junio del año 1981. Exactamente un año después del fallecimiento del sacerdote-arqueólogo. Fue publicado en el diario "El Mercurio" de Santiago en su sección  la Revista del Domingo (el 28/06/1981). No se señala, por desgracia, el  nombre del periodista que hizo la excelente crónica. Este antiguo reportaje nos aporta datos inéditos sobre la obra de Le Paige, dignos de recordación.

Recordando el Museo de Le Paige.

Ahora que el Museo acaba de ser destruído, según se nos informa desde San Pedro de Atacama, entregamos este viejo testimonio como recuerdo de la gigantesca obra del sacerdote, en sus 27 años de permanencia en la zona, donde quiso ser enterrado al lado de sus queridos atacameños a los que atendió espiritualmente. Es un obsequio y un recuerdo para los auténticos atacameños, amantes y respetuosos de su pasado histórico-cultural. Es un llamado de atención a  los que propiciaron, fomentaron o aprobaron este acto de destrucción iconocida. Es, a la vez, un pequeño acto de desagravio ante la comunidad científica nacional por este atentado cultural. Sabemos ahora quienes son los responsables, los cerebros que propiciaron y perpetraron este atentado contra el patrimonio local. Pensamos que la historia los juzgará severamente un día no lejano, cuando surja vívida una mayor conciencia acerca de la importancia de  proteger y cuidar el  patrimonio local. Ésta hoy, es aún escasa y  vacilante; en ocasiones como ésta, inexistente.

 Fig. 1. Primera parte del reportaje.  Plantea la  reforma estructural que se hizo al Museo, con fondos del gobierno regional de Antofagasta, para  mejorar  su techumbre, pisos  y muros exteriores.

Fiug.  2. Segunda parte del reportaje.

Fig. 3.  Tercera parte del reportaje.  Arriba, se puede ver al Rector de la Universidad del Norte, Jorge Alarcón Johnson, almirante en retiro de la Armada Nacional. Fue Rector designado de la Universidad del  Norte durante el período de la dictadura militar; aquí durante su visita al Museo. Junto a él, a su izquierda, de corbata, el museólogo Héctor Garcés,  responsable de la nueva escenografía del recinto.

Fig. 4.  La efigie del padre Le Paige del escultor nacional Harold Krusell  que con posterioridad se levantó junto al Museo  para honrar dignamente  su memoria.  ¿Dónde  se la exhibirá en el futuro?.

Fig. 5. El sacerdote-arqueólogo Gustavo le Paige   S.J., mira  fijamente  la obra de su vida.  Estatua que por estos días será definitivamente sacada del lugar para  tal vez  ser guardada   (¿u  ocultada?) en alguna oscura y polvorienta bodega, muy lejos de la vista del público visitante y  de sus amados atacameños. Hemos sabido de una fuente lugareña confiable, que una autoridad municipal acaba de comentar socarronamente a este propósito:  ¿y qué  haremos ahora con este "mono"?.  Dando a entender con esta expresión despectiva el profundo desdén por la memoria del egregio personaje que levantara a San Pedro de su postración pueblerina, e iniciara su marcha incontenible hacia el progreso. Expresión por demás lamentable y altanera de una autoridad, desconocedora de la obra titánica del sacerdote en beneficio de  su pueblo.  Le Paige mira aquí -a través de su efigie-  por última vez, entre nostálgico y acusador, la obra de sus manos a mediados de junio pasado, cuando los obreros destruyeron,  a mazo limpio, la primera rotonda del Museo,  su obra primeriza, la misma que observamos aquí en  la Figura 1 de este capítulo de nuestro blog. 

Comentario antropológico-cultural.

1.  A la fecha de este reportaje, un 28 de junio del año 1981,   el constructor  y renovador del edificio, el  señor  Jaime Lira,  comenta  las mejoras que se acaba de hacer  a la primera rotonda del edificio del Museo, con la inyección de  más de  cuatro millones de pesos de la época,  aporte generoso del Gobierno Regional.  Se señala que el edificio recién reparado, pero fiel a su diseño original,  cumple ahora con altos estándares de calidad.

2.  El reportaje  aporta  interesantes datos  sobre sus  colaboradores atacameños  y del  director (S) del Museo, el arqueólogo Patricio López, por entonces a cargo del Museo luego de la muerte de Le Paige.  López, inicialmente  muy crítico de los métodos de le Paige, termina por convencerse de que el sacerdote,  a pesar del aparente desorden,  llevaba  un registro muy minucioso de sus hallazgos. López, de crítico, pasó a ser un gran admirador  de Le Paige.  Otro tanto ocurre con la arqueóloga Ana María Barón, la gran defensora en estos días del Museo lepaigiano.  Es lo que ocurría a todos cuantos trataban más íntimamente a Le Paige y se enteraban más cabalmente de sus secretos, muy bien guardados por él. Es lo que supo expresar bien el gran arqueólogo de la Universidad de Chile Mario Orellana,  en una de sus obras, uno de los primeros investigadores que  lo trató íntimamente y se dejara seducir por su figura, sus  descubrimientos  y sus osadas hipótesis. Pocos arqueólogos han sabido comprender como él el inmenso e imperecedero legado cultural de Le Paige al pueblo atacameño y a la arqueología chilena. (Vea etiquetas sobre Mario Orellana y Gustavo le Paige en este mismo blog).  

3.  Extrañamente, ni  Patricio López ni su sucesor en el cargo en el Museo,  el arqueólogo Olaff Olmos están hoy vivos como para pudieran darnos hoy testimonio  del empuje avasallador de Le Paige y de su enorme capacidad de trabajo. Ambos cambiaron de opinión sobre Le Paige y su obra, al cabo de algunos años, al trabajar  sus materiales y conocer y estudiar detenidamente sus libretas de campo. En ellas estaba la clave oculta para reconocer  el interés y la valía de sus hallazgos.  También, para atisbar  sus audaces hipótesis  y sus planteamientos.

4.  Tras tanto desatino como se ha cometido recientemente, nos preguntamos ahora cómo se va a recordar, en el nuevo Museo de cemento que empieza  a levantarse,  y cuya traza  nos ha parecido  tan alejada del paisaje rural atacameño (y tan dispar con su entorno histórico-cultural), la figura señera del arqueólogo Le Paige, "el padre de la arqueología atacameña".   Ojalá que el afán iconoclasta que se  ha observado hasta ahora se revierta, y su figura sea dignamente puesta en el sitial que se merece, como el gran descubridor de las culturas de  San Pedro para la  humanidad. Veamos qué nos depara el futuro en este sentido.  Y veremos si  la estatua del arqueólogo Le Paige, vigorosa obra de Harold Krusell, deja de ser considerada como un "mono" inútil  e inservible y  vuelve a recuperar el sitial de honor que le corresponde, en las cercanías del Museo nuevo. Ojalá así sea.  Estaremos atentos a lo que suceda.