miércoles, 16 de noviembre de 2016

Visita al cementerio abandonado de Caleta Buena: Un homenaje póstumo en el día de Difuntos.



Fig. 1.  Fotografía que  ilustra la obra del geógrafo norteamericano Isaiah Bowman:  Desert trails of Atacama, en su párrafo: "The desert landscape"  (American Geographical Society, Special Publications Nº 5, 1924: 12).  (Traducción del inglés:  "La abrupta costa del norte de Chile en el puerto salitrero de Caleta Buena. Un funicular conecta la playa con el nivel superior (de la montaña), que se alza  entre los 2.000 y 2.500 pies sobre el vel del mar").

Caleta Buena puerto de embarque del salitre.

Observamos en esta interesante imagen la presencia de un velero, a la espera de ser cargado de salitre. La foto debe corresponder a la década entre  1910-1920. Se puede ver  el trazado del funicular (cog railway)  así como de probables  cañerías  para  enviar a la playa  el salitre molido en los establecimientos del Alto. Impresiona  la tremenda altura  (720 m.) que tuvo que salvar el funicular que conducía diariamente a los obreros y provisiones hasta la orilla de la playa. En su descripción, Bowman nota con acierto la diferencia enorme que se puede observar entre  los paisajes de la costa peruana del extremo sur, donde varios ríos acceden al mar, y esta costa abrupta,  sin ríos  y totalmente desprovista de agua, en esta sección escarpada  de la costa norte chilena.

Conmemoración del Día de Difuntos.

El día 29 de Octubre de este año 2016, en vísperas de  la conmemoración cristiana del Día de Difuntos, la Municipalidad de Alto Hospicio, por iniciativa de la señora  Patricia Fuentes, encargada de Turismo y Patrimonio, realizó unas romería  a dos antiguos cementerios de la zona: Huantajaya y Caleta Buena. La actividad forma parte de un esfuerzo por preservar estos sitios históricos que dan cuenta de la  actividad  extractiva del salitre, durante  los siglos XIX y XX.  Con nutrida presencia de visitantes, se honró, por quinto año consecutivo, a las numerosas tumbas de operarios y sus familiares difuntos, cuyos monumentos fúnebres yacen abandonados en medio de la soledad infinita de la pampa. Se decoró las tumbas con ofrendas de coloridas guirnaldas  de lata  y con despliegue  de banda de música y bailes autóctonos. Más de 200 personas en  seis autobuses y  vehículos particulares participaron esta vez  del Acto.

En la mina de plata de  Huantajaya.

 La visita se inició en el cementerio chileno de la mina de plata de  Huantajaya, el único de los tres cementerios del lugar que  aún preserva en pie una parte significativa de sus antiguos monumentos funerarios, Esta vez, un amplio dosel y sillas protegían del sol implacable. La ceremonia  consistió en un  responso religioso, a cargo de una sacerdote columbano de Alto Hospicio,  y la presentación de varios conjuntos de bailes, tanto  religiosos como  autóctonos (aymaras)  y una banda de bronces. Los sones profundos y melancólicos de las marchas fúnebres resonaban lúgubremente en esa soledad,  recordando la gesta de cientos de pampinos  cuyos nombres ya nadie recuerda, que aquí ofrendaron sus vidas para extraer el valioso mineral de plata, durante varios siglos. Varias personas tomaron la palabra en el Acto, entre ellas el poeta iquiqueño Guillermo Ross-Murray, la organizadora del Acto, Patricia Fuentes y el Dr. Horacio Larrain B., a quien la Municipalidad entregó en la ocasión,  un galvano de reconocimiento por su labor de estudio y rescate de numerosos objetos patrimoniales  procedentes de los desmontes de la mina. 

Desaparición o robo de inscripciones funerarias.

En un reportaje anterior nuestro en este mismo blog, señalábamos  con tristeza y dolor que una sola inscripción permanecía legible  y en su lugar en este camposanto: una mujer Dolores O. de Campos, fallecida en el año 1900 a los  51 años de edad.  Todas las demás habían ya desaparecido  tanto por el inexorable paso del tiempo, como por la barbarie de osados  depredadores clandestinos (Cfr nuestro capítulo: "Cementerio colonial de Huantajaya: visitas efectuadas en 1993/1994").   Tal inscripción ya no existe hoy: han desaparecido  hasta los fragmentos de la antigua lápida piadosamente aportada por sus deudos.

Visita al cementerio abandonado de Caleta Buena.

Nuestra segunda visita de homenaje nos condujo, rumbo al sur,  al cementerio de la alejada Caleta Buena. Cincuenta y cinco minutos de viaje en vehículo  nos condujeron al lugar, hoy totalmente abandonado. Una carretera asfaltada se halla hoy en construcción, de la que  existen ya listos unos 15 km  de extensión. Al llegar, vemos algunas  informes ruinas, correspondientes a almacenes y la antigua maestranza de ferrocarriles que aquí hace más de 100 años. Ruinas de viviendas y de establecimientos del mineral. Mucho más que esas ruinas, sin embargo, nos  llama la atención el cementerio, conformado por  decenas de  monumentos funerarios en pie,  labrados todos ellos primorosamente en madera de pino oregón. Las tumbas están bien ordenadas en calles perfectamente trazadas. No presenta cierre perimetral alguno. Las antiguas y hermosas guirnaldas hechas con flores blancas de porcelana, han sido robadas hace ya tiempo por saqueadores y visitantes. Las guirnaldas hechas en hojalata, consideradas de poco valor, persisten aún, colgando de sus cruces, ya oxidadas  y apenas reconocibles. Es probable que estas tumbas  no hayan sido  visitadas u homenajeadas en los últimos 50-60 años. Tal vez más. Tal es su lamentable estado actual de abandono.  Un sector especial del camposanto concentra a hileras ordenadas de tumbas de párvulos, que se distinguen de inmediato por el pequeño tamaño de sus monumentos de madera.

Caleta Buena en el pasado salitrero.

Caleta Buena fue un importante puerto de embarque del salitre proveniente del cantón próximo que reunía a  varias Oficinas salitreras  cercanas,   las que estaban  unidas por un ferrocarril de trocha angosta, que  terminaba en el lugar  llamado "el Alto". Aquí había almacenes, bodegas, oficinas de correos y telégrafo. Abajo junto a la playa en la terraza marina,  estaban las viviendas de obreros, las bodegas para el salitre  y  -cosa muy importante-  un establecimiento para la destilación de agua de mar. Un impresionante  andarivel que salvaba una  impresionante altura de  720 m.,  permitía  el descenso hasta  la playa, tal como lo señala explícitamente el Diccionario Jeográfico de Chile de Luis Riso Patrón (1924:  120).Hemos revisado, igualmente,  el libro del historiador Oscar Bermúdez titulado Historia del Salitre ( dos vols, 1963, y 1984) en busca de referencias concretas  a Caleta Buena. No las hemos hallado, salvo una  vaga referencia a un andarivel que suponemos sea el de este puerto de embarque.

Nuestras fotografías  del  estado actual del cementerio de Caleta Buena.

Todas las imágenes aquí presentadas son nuestras y  corresponden  a nuestra visita  efectuada el día 29 de Octubre 2016.

 Fig. 2.  Vista  del camposanto de Caleta Buena, llegando desde el sur.  Armazones de madera en cuadro, finamente  trabajadas y  curtidas por el paso del tiempo, decoran las tumbas.


 Fig.3.  Las típicas armazones  de madera de pino oregón, de uso generalizado en las Oficinas Salitreras de la pampa chilena.  Cada familia se esmeraba por decorar  la tumba de sus deudos.

 Fig. 4.  Las pocas guirnaldas hechas de hojalata que aún cuelgas,  descoloridas y marchitas, de  sus cruces.  De esta tumba  solo se conserva visible  el túmulo de tierra,  coronado por la cruz  engalanada en varias ocasiones.

 Fig. 5.  Era costumbre instalar, en la parte superior de la tumba , al lado de la cruz,  un ----- donde se colocaba  el nombre del difunto y la fecha de su fallecimiento. No pocas veces se incluía aquí, resguardada del sol,  una fotografía del fallecido.


 Fig.  6.  Caída, abajo, se conserva aún incòlume la inscripción de esta tumba. Corresponde a  la señora Zoila Rospigliosi.


 Fig. 7.  Zoom a la misma inscripción anterior, milagrosamente conservada a pesar de estar  impresa en vidrio.  Se puede  aún leer con cierta dificultad: "A mi querida madre  (Q.E.P.D.)  Zoila Rospigliosi   1878-1901".  Esta es una de las poquísimas inscripciones que  aún se conservan   in situ. ¿Por cuánto tiempo aún...?   .

Fig.  8.  Pequeño monumento funerario  de un párvulo, sin nombre.  Sobre un pequeño radier de cemento, se ha instalado el armazón de madera,  primorosamente labrado.

 Fig. 9.  ¿Una tumba vandalizada?.  Los sismos de la zona  han hecho el resto.


 Fig. 10.  Un simple túmulo de tierra coronado por una cruz. En la parte media de la cruz debió estar la inscripción respectiva de la que ya no quedan rastros. Tal vez nunco poseyó  la típica armazón de madera  que se sobreimponía al  enterramiento. O, tal vez, se lo llevaron...

 Fig. 11. Algunas pocas tumbas, como ésta,  ostentan en su parte superior figuras de casas o viviendas, con sus escaleras, como en el caso presente.  Tal vez -como en el caso de las "animitas" de los caminos- , para que el difunto en su vagar, reconozca su lugar de origen  y retorne a su sepulcro.

 Fig. 12.  Una "casita"   que coronaba unas tumba  se ha desprendido de su sitio primitivo.


 Fig. 13.  Túmulo funerario enteramente atípico: solo una enorme cruz  cubre por completo   el sitio del ataúd de madera.  En la parte media de la cruz,  la placa de madera que portaba la inscripción, hoy ilegible.
Fig. 14.   Sencillo monumento fúnebre que presentaba,  en su parte media, el nombre y probablemente la fotografía  del fallecido.

Fig. 15.   La cruz  ha desaparecido de su posición original.


Fig. 16.  Una tumba olvidada.


Fig. 17.  El poeta iquiqueño Guillermo Ross-Murray tratando de descifirar el nombre del difunto, desgraciadamente ya ilegible.

Fig. 18.  Guillermo  recorre en silencio, como ensimismado, el doliente camposanto.

Fig. 19.  Nuestro amigo Guillermo  ha encontrado, entre las tumbas,  una antigua botella de soda, de la época salitrera, que  seguramente  encerró un día una flor como ofrenda.

Fig. 20. En el suelo, entre los escombros de una tumba,  esta flor hecha en hojalata,  parte de una antigua guirnalda, despedazada.

Fig. 21.  Las tumbas y sus monumentos en madera  muestran gran variedad de tipos de cruces.

Fig. 22.  Esta monumento fúnebre  muestra, en su parte superior,  una torre de iglesia  con escala de acceso.  En varias tumbas, vinos esta curiosas representaciones de viviendas o capillas.

Fig. 23.   Zoom hecho a la imagen anterior, mostrando el detalle de  la torre de una iglesia, hecha en latón con su  escala y empalizada  perimetral.

Fig. 24.  La imaginación de los artesanos locales -los propios obreros-  discurrió todas clase de variantes estilísticas  al esquema original de  monumento funerario.

Fig. 25.   Colgando de la gran cruz,  un nicho a manera de retablo   con  puerta   de rejas, donde  lució un día la fotografía del finado.


Fig. 26.  Representación de una sencilla vivienda obrera, coronando la tumba. La cruz está abajo caída.

Fig. 27.  Los visitantes, meditabundos y  silenciosos, recorren las tumbas engalanándolas con nuevas guirnaldas de hojalata, hechas  para esta visita piadosa.

Fig. 28. Vista desde lo alto hacia el litoral oceánico.  Más de 700 m de abrupta caída presenta aquí el  acantilado costero.

Fig. 29.  Vista hacia el NW desde las cimas del acantilado. La esterilidad del paisaje es total. Solo pudimos observar  entre las grietas de las  rocas expuestas  la presencia de  escasos líquenes, los que también  han logrado prender, con el paso del tiempo, entre las cruces de madera del camposanto.

Fig. 30.  La planicie  alta  donde se asienta el cementerio, da lugar a la abrupta  caída en un ángulo de 35º- 40º de inclinación.   Aquí se hallaba instalado el funicular que permitía descender hasta la playa.


Fig. 31.   Una de las poquísimas lápidas existentes aún in situ  en este cementerio, destruida. Manos piadosas han tratado de reconstituir  la leyenda: "A la memoria de María Alcázar Chocano fallecida el 19 ........de edad de....". Inútilmente buscamos por los alrededores  los otros trozos faltantes  de la lápida.  Al recorrer junto a  Guillermo Ross-Murray el desolado camposanto, solo pudimos hallar  4 leyendas aún legibles, entre las decenas  de tumbas y túmulos presentes. La memoria de sus fallecidos ya se ha perdido. Tal vez algún documento eclesial  conserve en sus archivos, en Iquique, sus nombres. Tal vez... (Compare con Figuras 6 y 7, más arriba). 


Comentario ecológico -cultural.

1.  Con toda probabilidad, los aquí enterrados fueron sepultados entre los años  1880 y  1920, al menos. Es decir, han transcurrido   ya  más de  90 años desde su abandono definitivo.

2.  No conocemos antecedentes de que se haya realizado aquí una ceremonia recordatoria, con colocación de guirnaldas y presencia de cánticos y  bandas de música, con anterioridad a esta fecha de nuestra visita, a juzgar por el estado de abandono de las antiguas y ya descoloridas  guirnaldas de hojalata que aún cuelgan de las cruces. 

3.  Según algunos testigos, los recientes terremotos y sismos, habrían causado daños en los monumentos fúnebres. 

4.  No deja de sorprendernos, de todos modos, la casi total desaparición de las inscripciones fúnebres. También han desaparecido  todas las antiguas flores de porcelana, robadas por turistas y visitantes sin escrúpulos.

5.   Este como tantos otros cementerios de la pampa salitrera, son hoy valiosos monumentos históricos que no sólo merecen  nuestro máximo respeto por tratarse de  seres humanos que aquí laboraron, sufrieron y murieron, sino también porque  son parte  fundamental  de una compleja historia regional, en la que muchos se enriquecieron  extrayendo el salitre, a costa del sufrimiento y el dolor  de sus obreros. Basta comparar este cementerio y sus simples monumentos en madera de pino oregón con las elaboradas tumbas del cementerio de los ingleses, situado en la quebrada de Tiliviche, con suntuosos monumentos  en metal y en piedra  y provistas de  inscripciones imperecederas. Ambos, sin embargo, han tenido un mismo destino común: el olvido y la soledad al amparo del sol ardiente del desierto.  ¿Qué familia inglesa o alemana, o qué  familia peruana o tarapaqueña   recuerda hoy  con piedad filial,  a sus numerosos deudos fallecidos en esta pampa reseca?. Nosotros  volvemos a musitar, al abandonar cabizbajos el camposanto a su ominosa soledad:

  "Dios mío, Dios mío, qué solos se quedan los muertos!"  (Becker).