miércoles, 17 de abril de 2013

Revisita y examen de las antiguas chacras de cultivo en la Pampa del Tamarugal: la magnífica herencia de don Antonio O´Brien.





Fig. 0.  Vista general de  un extenso conjunto de eras agrícolas de época colonial o indígena, de distintas dimensiones, en un área plana de la pampa. Tema que estudiamos ex professo en este capítulo del Blog.

Revisita  al sector de chacras antiguas en la Pampa.

Muy recientemente,  con fecha 12 de Abril 2013,  realizamos una corta visita de inspección a la zona de las "chacras antiguas" de la pampa del Tamarugal, no muy lejos de la desembocadura de la quebrada de Tarapacá y a bastante distancia en dirección weste desde el sitio arqueológico conocido como el poblado prehistórico de Caserones. Conformaban el pequeño grupo expedicionario el arquitecto Pedro Lázaro Boeri,  la  arqueóloga de la Universidad Bolivariana, Srta. María José Capetillo Prieto y  el autor de este Blog, Horacio Larrain. El  jeep  Nissan Terrano de Pedro nos permitió llegar felizmente a destino por terrenos accidentados y  potentes e interminables pedregales . Traíamos in mente una serie de  dudas que queríamos resolver en el terreno mismo.

De este viaje de prospección y de sus hallazgos, hemos dejado constancia escrita en mi "Diario de Campo" Volumen  97: pp. 62-71. 

¿Por qué decidimos volver a visitar esos lugares?. Nuestro primer contacto  con la enorme zona de melgas de cultivo del Tamarugal.

Tuvimos la inmensa fortuna de conocer por primera vez estas vastas extensiones de campos de cultivo en el invierno del año 1972, cuando el entonces Director del Museo Regional de Iquique, Jorge Checura Jeria, nos condujo al lugar  (Vea Fig.32, en este capítulo)  que él y los geógrafos del Instituto de Geografía de la Universidad Católica de Santiago habían  estado estudiando previamente  en la fotografía aérea  mediante  la técnica de fotointerpretación (analizando las fotos obtenidas por el vuelo Hykon de 1955).  Estas  notables concentraciones de cientos de hectáreas de chacras, cultivadas otrora en el corazón de la Pampa,  habían quedado descritas e incluso bien dibujadas  desde el año 1765, en el famoso "Plano de la Pampa de Iluga" del Teniente de Gobernador de Tarapacá  don  Antonio O´Brien. Plano que ha sido objeto de numerosos estudios tanto por parte del historiador don Oscar Bermúdez Miral,  como por el arqueólogo piqueño Lautaro Núñez  y  los geógrafos  y antropólogos de la Pontificia Universidad Católica de Chile entre los años 1971 y 1973, incluídos nosotros mismos. Sobre este sevillano O´Brien y su notabilísima obra cartográfica en la región de Tarapacá,  hemos escrito varios  pequeños trabajos en este mismo Blog.  Remitimos a nuestros lectores a dichos segmentos del Blog. (Ver etiquetas Antonio O´Brien, Pampa del Tamarugal, Agricultura del desierto, Oscar Bermúdez).

Algunos estudios tempranos sobre estos sembríos  en plena pampa.

Tal vez el primer estudio dedicado a analizar  este sistema de antiguas melgas de cultivo en esta pampa y  que quedó lamentablemente inédito, se debe a la pluma del historiador y arquitecto iquiqueño Patricio Advis Vitaglic. Este artículo se titulaba: "Antiguos sembríos en el desierto de Huara (Iquique) en la Pampa del Tamarugal", Mecanografiado, 1971 (copia en poder del autor de este Blog).
Nosotros mismos retomamos poco después este tema de estudio en nuestro artículo: "Antecedentes históricos para un estudio de la reutilización de suelos agrícolas en la Pampa del Tamarugal, Provincia de Tarapacá, Chile", que fuera publicado en  la Revista Norte Grande, del Instituto de Geografía de la Pontificia Universidad Católica de Chile, Vol. I, Nº 1,  Marzo 1974: 9-22, con  una reproducción  y copia del Plano de la Pampa Iluga, de Antonio O´Brien.

Objetivos del presente viaje.

Revisando unos viejos  y ya ajados "Diarios de Campo" míos del año 1980, di casualmente con un detallado y colorido croquis de campo que me hiciera el geógrafo fìsico Luis Velozo Figueroa, investigador que, en los años setenta,  formó parte activa  del grupo de la Universidad Católica interesado en estudiar la Pampa del Tamarugal (Diario de Campo Nº 14; pp. 93-94). Velozo había dedicado muchas horas al estudio de fotointerpretación del área, en base a las fotografías aéreas obtenidas en el  vuelo Hykon  realizado el año 1955. Este era, por entonces el instrumento eurístico de última generación para este tipo de estudios geográficos con información captada desde el espacio.  A través de ese estudio y como resultado del mismo, Velozo me señaló en un croquis no sólo la presencia de miles de chacras abandonadas,  sino también de numerosos canales, algunos de gran porte, y de ruinas de corrales y recintos.Por entonces (1980) Velozo y el grupo del  taller de la Universidad Católica ya no trabajaba en esta zona de Tarapacá,  por efecto directo del  Golpe de Estado del año 1973 y la consiguiente instauración del régimen militar.  Este croquis privado, que por razones obvias no puedo revelar aquí,  fue nuestro fiel  guía en esta ocasión en la detección previa hecha por Pedro Lázaro a través del Google Earth. Con satisfacción,  pudimos confirmar plenamente en gabinete varias de las prolijas observaciones hechas en 1972 por el geomorfólogo Velozo. Y con este valiosísimo antecedente  en nuestro poder, preparamos en detalle  la  breve pero sustanciosa expedición para el domingo 12 de este año  2013.


Las preguntas  que en forma de hipótesis tentativas guiaron  nuestra pesquisa

¿Qué posible antigüedad  poseen estas extensas y dilatadas chacras de cultivo en medio de la  soledad de la pampa actual?. Nos guiaban varias hipótesis, en forma de preguntas, al iniciar este estudio de terreno:

1.   ¿Se conservaban aún estas melgas de cultivo antiguas,  detectadas por los arqueólogos, historiadores  y  geógrafos en 1971, esto es,  hace  exactamente   43 años?. 
2.    Los aluviones posteriores  al año 1972, ¿habían causado algunos daños y modificaciones  significativas y notorias al  área antiguamente cultivada?
3.    ¿ Qué señales  culturales concretas de  la época indígena podían todavía observarse en el terreno?. ¿Y de qué época podían ser, aproximadamente?
4.    ¿Qué tipo de vegetación se puede observar todavía  hoy en dicha área?.
5.    ¿Se  detecta  algún tipo de fauna en la zona?.
6.   ¿Se puede señalar la presencia  en el área de algún  pequeño poblado antiguo,   que pudiera adscribirse  a la época indígena  y que pudiera corresponder al mítico  y escurridizo  "Iluga"?. 
7. Y, por último, qué tipo de restos de  presencia antigua  (recintos  o  casuchas, objetos),  dejaron in situ  los agricultores que venían esporadicamente a cultivar en el desierto?.

Con estas ideas in mente y premunidos  de los instrumentos indispensable ( GPS,  Brújula, Escalas métricas, Cámaras fotográficas, Anteojos de larga vista, Libreta de campo, etc.)  emprendimos el camino. Desde Huara, enfilamos hacia Tarapacá  por la carretera asfaltada. En un punto de la  ruta, cuyas coordenadas exactas habíamos  fijado de antemano,  nos dirigimos hacia el sur y sureste, a campo traviesa,   por  áreas pedregosas y  muy accidentadas. Por cierto, sin rastros de caminos recientes.

La vegetación presente en el área.

Lo primero que llamó nuestra  atención fue la presencia de una escuálida y  casi totalmente seca vegetación  circundante. Esta se componía de algunas escasas retamillas (Caesalpinia aphila), casi todas ya secas,  algunos  tamarugos vivos de poca alzada  (Prosopis tamarugo), uno que otro pimiento solitario (Schinus molle) también vivo  y,   en mucha abundancia  pero apenas sobreviviendo, numerosísimas  plantas rastreras  de la  especie Tiquilia sp, probablemente de la especie atacamensis. (Familia Boraginaceae).  Es obvio que estas plantas han logrado asentarse aquí con la llegada hasta el lugar de cauces antiguos de agua, procedentes de potentes derrames esporádicos llegados desde la quebrada de Tarapacá durante el invierno altiplánico, en época estival. No hay aquí señales recientes de los típicas superficies de limos blanquecinos que cubren la superficie arenosa,  dejados por el paso del agua barrosa del aluvión. Lo que significaría a las claras  que hace mucho tiempo (seguramente muchos decenios) no ha llegado agua alguna a estos lugares. Se observa en torno a muchas de estas débiles plantas la presencia invariable de pequeñas nebkas o montículos circulares de arena, efecto directo del arrastre eólico acumulativo causado por los vientos dominantes del  weste y surweste.  Cuatro o cinco especies de plantas, incluyendo los arbustos y árboles)  se puede detectar a  lo más  en el lugar, y   éstas, en un 90 %,  muertas desde hace muchísimo tiempo. 
Al menos- pensabamos nosotros al atravesar estos yermos paisajes- un eventual caminante pudo hacer aquí fuego pues existe material combustible suficiente. Pero solo eso;  nada más.

La fauna presente.

En cuanto a la presencia de  fauna, observamos con sorpresa y  curiosidad la presencia de una avecita que,  al  percatarse de nuestra llegada,  salió disparada, en un vuelo rasante y rapidísimo, rumbo al Este. Presenta un plumaje de colores de tintes café claro y obscuro, moteada, de puntos blancos,  fácilmente reconocible. Casi con certeza, estimamos se trataría del ave altiplánica Tinamotis pentlandii o perdicita de la puna, también llamada quiula por los indígenas  (Fam. Tinamidae). Es residente de la puna andina que, por razones climátidas o variaciones bruscas de temperatura desciende en ocasiones, generalmente en pequeñas bandadas, a la pampa y aún llega a la costa. En efecto, la hemos observado dos o tres veces  en años pasados en el oasis de niebla de Alto Patache,  en los meses de Junio o Julio, a los 800 m. de altitud,  acurrucada entre plantas de Nolana intonsa o Frankenia chilensis.  Fuera de esta avecita altiplánica, solo observamos en nuestra expedición  algunos  escasos ejemplares de una avispa pequeña, de franjas amarillas y blancas en su abdomen, excavando pequeños hoyos o madrigueras en el suelo arenoso para depositar sus huevos;  probablemente  pertenecen a la familia Sphecidae.  No se observa, a primera vista,  en este árido y reseco paraje donde casi nunca llueve, otros rastros de vida animal.


Secuencia fotográfica  de nuestra expedición.

Las fotografias que siguen, tomadas por nosotros en esta expedición, procuran  explicar las observaciones  y hallazgos que fuimos haciendo en  el terreno. El orden de las fotos señala  el curso de nuestro recorrido hacia  el sur de la ruta asfaltada  que, desde Huara,  apunta  rumbo  al pueblo de  Tarapacá  (Iª Región, Chile).

El paisaje geográfico de la pampa ante nuestros ojos.


Foto 1. Después de atravesar un pesado sector de pedregales y haber bordeado un hermoso campo de dunas, tuvimos a la vista este extenso arenal,  fruto del arrastre eólico, cubierto ampliamente  por plantas rastreras de Tiquilia  atacamensis. Esta planta,  único vegetal observable en este sector de la pampa, se mantiene aún  vivo, aunque  con escaso vigor  y lozanía. La humedad  aportada por el rocío matutino, captada por la planta, - así lo  sospechamos- explicaría suficientemente  su persistencia y sobrevivencia en una zona donde prácticamente jamás llueve (promedio anual de pluviosidad : 0.4 mm de agua caída al año). Aquí, entre  las plantas, observamos repentinamente, incrédulos, el vuelo rasante de un ejemplar del  ave Tinamotis pentlandii, residente habitual del altiplano  andino. Seguramente pudo encontrar  todavía en el follaje de Tiquilia, algunos pequeños insectos (probablemente hemípteros o áfidos) como único alimento. Vimos sus pisadas frescas, diseminadas en torno a las plantas vivas de  Tiquilia.   Arriba, en la parte media alta de la foto y hasta perderse de vista, podemos descubrir sin dificultad  el inicio de un tramo del Qaphaqñan o "Camino del Inca", que enfila directamente  hacia  el área de las antiguas chacras cultivadas en la pampa.El hallazgo de este trozo del Camino del Inca, en este lugar, nos sorprendió gratamente. Ciertamente, no esperábamos hallarlo en este sitio solitario, tan alejado de las comunidades  humanas actuales. Bordeado ordenadamente de  piedras a sus costados,  se extiende, en forma sorprendentemente rectilínea,  por varios centenares de metros, tomando un rumbo directamente al sur.


Fig. 2.  Vista de norte a sur  del tramo del Qhapaqñan incaico. Nuestros acompañantes el arquitecto Pedro Lázaro y  mi ex alumna, la arqueóloga María José  Capetillo señalan  el borde exacto donde se alinean,  con gran precisión, las piedras indicadoras del borde del camino. Aquí  medimos el ancho del camino y nos dio exactamente 7.50 m. de ancho  y, para nuestra sorpresa,  esta misma anchura resulta notablemente  persistente y fija,  a lo largo  de varios centenares de metros.

Fig. 3.  Generalmente, las piedras han sido  echadas cuidada y ordenadamente a un lado de la huella, sin crear, propiamente allí  una línea exacta o un muro lateral, tal como se puede observar aquí. Pero demarcan, muy  precisamente, los bordes del camino, aislándolo en forma patente del pedregal vecino y haciéndolo fácilmente  transitable por  recuas de llamas cargadas durante la  época Inca y colonial..

Fig. 4.   Las arenas han invadido  la antigua senda, mostrando un aspecto  limpio  y totalmente libre de obstáculos al tránsito. Resulta fácil imaginar así el paso de pequeños  grupos de grupos de 2 a 3 llamas de frente,  cargadas, en ordenadas  filas, avanzando hacia el sur o hacia el norte. También resulta fácil imaginar a los chasquis o mensajeros del Inca, portadores de sus qhipus, en frenética carrera hasta la siguiente paskana o tambillo, para transmitir rápidamente sus mensajes en lengua quechua a otro chasqui, corredor, en veloz carrera   rumbo a su destino.


Fig. 5.   Si uno no supiera que se trata con certeza de una antiquísima senda inca, intacta y sobreviviente hasta hoy, podría llegar a pensar, al tropezar súbitamente con ella,  que se trata de  un trazado de camino moderno, realizado aparentemente con maquinaria. A sus lados,  la superficie de la pampa  está totalmente cubierta de pedregales, hoy  apenas transitables en un buen jeep.

Fig.  6.  María José Capetillo, nuestra arqueóloga de campo, mide con un instrumento ad hoc exactamente el. ancho de la vía  incaica:  correspondiendo  a 7.50 m. Tan expedito es este camino en este sector de la pampa en dirección N-S que notamos  había sido ya traficado varias veces por vehículos antes que nosotros, observándose diversas huellas, antiguas y recientes. 

Fig. 7.  Un fragmento de cerámica prehispánica, probablemente del tipo "Charcollo", delata   el antiguo paso por el lugar de caminantes indígenas.  Charcollo es un tipo cerámico de origen altiplánico y  en parte, a lo que creemos,  contemporáneo de la presencia  Inca en la zona (años 1400-1536  D.C.).

Fig. 7.  A un costado de la senda inca,  avistamos el esqueleto ya calcinado y blanquecino de una mula.  Seña inequívoca del paso por este lugar de animales de origen europeo durante todo  el  largo período colonial español.

Fig. 8.  Resto de una pata de esta misma  mula, con su herradura  y sus clavos aún firmemente adheridos al casco.  Corresponde a  la misma foto anterior.

Fig. 9.  Estructura casi circular, sumamente arruinada  (ruedo), situada en el interior de una amplia zona amurallada y protegida. Diámetro aproximado:  3.5.- 4.0 m.  Observe el largo muro perimetral, hacia el fondo de la fotografía.


Fig. 10.   Fragmento de boca y asa de una vasija  del tipo olla de cocina de época indígena, hallada junto a las estructuras circulares. ¿A qué época pertenece?. No lo sabemos. Podría ser de factura  indígena pero  en época colonial.

Fig. 11. Otra de las estructuras circulares, muy derruída. Pudo, tal vez,  ser la  base de alguna vivienda circular,  a juzgar por  el pequeño tamaño del recinto. Los numerosos corrales que hemos observado en este sector (Vea fotos más abajo)   normalmente tienen un tamaño (perímetro)  bastante mayor y presentan un mucho mejor grado de conservación..Sospechamos se trate en este caso de estructuras muy antiguas, de época inca o tal vez,  pre-Inca. Tal vez digan relación con la aldea arqueológica de Caserones (definitivamente abandonada en el siglo VIII-IX D.C.).

Fig. 12.  Un pequeño fragmento de cerámica vidriada colonial (siglos XVII  ó XVIII?). Hallado por nosotros, aislado y solitario,   muy cerca del muro perimetral observable en nuestra Figura 11. Señal inequívoca de presencia colonial  en la  zona de la pampa abierta, muy lejos de la aldea prehispánica de Caserones.

Fig. 13.  Fragmentos muy bien cocidos de una vasija de estilo presumiblemente Pocoma o  Gentilar,   de las culturas típicas de Arica, correspondientes, tal vez, a  un período de contacto con la llegada del Inca  a Tarapacá.  ((siglos XIII al  XV?).

Fig. 14.   Un evidente y clarísmo corral  para animales. Muestra presencia de abundante guano (de llamas y mulares) en su interior. Su presencia, contiguo a las eras de cultivo,  nos indica a las claras  que se trajo hasta aquí  animales tanto para  comer el rastrojo de la cosecha (maiz o trigo), como  para el traslado a sus pueblos del producto cosechado.

Fig.  15.  Fragmento cerámico,  al parecer de una taza colonial, que muestra la inserción del asa al cuerpo de la vasija. (Colonial temprano;  siglo XVII?)

Fig.  16. Conjunto de fragmentos de cerámicas coloniales (coloreadas), vajilla indígena local  y aún loza de la época del salitre,  que descubrió María José todo junto,  in situ, en las cercanías del gran recinto amurallado. Sin duda, se trató de material  reunido por algún  visitante aficionado, que lo dejó allí abandonado hace bastantes años. Esos fragmentos de la cerámica vidriada colonial española, correspondientes a un plato,  fueron posteriormente restaurados por nosotros. (El resultado de este trabajo  de salvamento se mostrará en nuestro capítulo siguiente del Blog, hoy en preparación, destinado a indicar el trabajo de restauración  de las piezas halladas en el presente viaje).

Fig. 17.  A la izquierda, un enorme canal de regadío  que se pierde en lontananza  hacia el Este (hacia Tarapacá). A la derecha, eras o melgas de cultivo de la época   indígena o colonial regadas a partir de este gran canal.

Fig. 18. Una acequia  marcada en el paisaje y un grupo de  bolones de piedra, colocados ex professo,  y  que señalan la presencia de una bocatoma o "pongo". La voz "pongo" es una castellanización de la voz quechua "punku"  que significa   "puerta". En efecto, los pongos constituían las bocatomas o "puertas" de entrada del agua de regadío a cada melga,  a partir de una acequia mayor.

Fig. 19.  Superficie que muestra  decenas de antiguas eras o melgas de cultivo,  ya muy borradas por el paso del tiempo, dejando a la vista solamente las acumulaciones de bolones que marcan claramente la presencia de bocatomas o "pongos".

Fig. 20.  Despojos y basuras dejados por una instalación de faena en plena pampa, en medio de las antiguas melgas de cultivo.  Parecen corresponder a una instalación de los años 1950-60 del pasado siglo.  Se observa  plástico grueso (para formar  un pequeño embalse de agua), fierros,  tablas,  restos de una vivienda  y útiles de cocina, camastros, sillas,  etc. No nos queda claro el objetivo concreto de esta faena, de  época relativamente reciente. No se descarta que haya correspondido a una tardía instalación breve en el lugar,  con fines esencialmente agrícolas (sembríos) por parte de comuneros de aldeas del interior (Tarapacá, Pachica, Mocha, etc), para el aprovechamiento agrícola  de las aguas  aportadas por  aluviones eventuales procedentes de la quebrada de Tarapacá.


Fig. 21. Entre los elementos abandonados en la faena descrita en la Fig. 20, María José Capetillo halló in situ  estos cuatro grandes fragmentos de una botija "perulera", de época colonial   (Como escala, el estuche de la cámara fotográfica que mide  10 cm.).  Seguramente, alguno de los operarios de la  faena los recogió por curiosidad de los alrededores, entre las melgas abandonadas.   El extraño color de la pasta  (color crema muy claro)   y el grado avanzado de erosión superficial de la vasija, nos sugiere una  muy larga exposición al sol y a los agentes atmosféricos (vientos).  Parecería corresponder a un tipo bastante temprano, tal vez del siglo XVII. Hemos visto y examinado en estos años  muchos centenares de fragmentos de botijas de la época colonial,  en distintos lugares de Antofagasta, Arica y Tarapacá, pero nunca habíamos observado esta coloración tan clara de la pasta, que nos parece ser muy probablemente foránea  (¿del Caribe o española?.).  Para salvarlos de un posible  saqueo futuro, pérdida  o robo, recogimos los fragmentos y armamos la pieza, pegando todos sus fragmentos.Esto lo vamos a  ver con claridad en el próximo segmento del Blog, (en reparación). Hemos enviado la foto a expertos en cerámica colonial para  saber más acerca de su posible origen y fechación. Si se tratara de cerámica temprana colonial, lo que no es imposible, este hallazgo constituiría una prueba fehaciente del aprovechamiento del agua de aluviones por parte de los primeros encomenderos españoles o sus súbditos indígenas.


Fig. 22.  Detalle del alineamiento de las eras o melgas. Observe los invariables "pongos" o bocatomas  construidos con simples  bolones de piedra   propios del lugar.

Fig. 23.  En hiladas interminables, las eras o melgas de cultivo se proyectan en el piso de la pampa  con rumbo sur.


Fig. 24.   Detalle de los bordos o bordes de cada melga. Solo constituídos por simple acumulación  de arena. obtenida  de la misma era en construcción.

Fig. 25.   Otro corral para la guarda de animales (llamas,  mulas y asnos). Superficie aproximada:  30 m2.



Fig. 26. Detalle del  extenso muro perimetral sur,  totalmente en ruinas,  que  rodea una amplia superficie que se trató de resguardar del flujo e ingreso de las aguas de aluvión. Estos, sin embargo, rompieron el muro en algunos sectores, tal como se observa aquí, dejando  huella de la acumulación y posterior evaporación del agua terrosa y limosa.


Fig. 27. Otra vista  del mismo muro perimetral derruído (sector sur). Vista hacia el  weste.

Fig. 28.  El mismo muro desde otro ángulo de visión. Vista hacia el Este.

Fig. 29.  Un trozo de yunque, de  piedra volcánica,  de la que se extrajo lascas o fragmentos filosos  de gran tamaño, como excelentes instrumentos para cortar. Fue hallada dentro de una de las posibles viviendas circulares. La libreta que sirve de escala mide  exactamente  20 cm. de largo.


Fig. 30.  Fragmento de gran tamaño de una olla de cocina  indígena, de época indefinible,  hallada en las cercanías de las recintos circulares.
Fig. 31. Otro recinto  en el interior del  área protegida por muros perimetrales. En el perímetro de este  sitio protegido con muros y entre los recintos, se halló  muy escasa evidencia de cerámica. La gran cantidad de arena que cubre  todo el área, posiblemente esté  ocultando otros restos culturales antiguos, hoy día no visibles. Nuevamente observamos que el estado sumamente  ruinoso de este conjunto, parece delatar una gran antigüedad,  la que contrasta fuertemente  con los corrales,  mucho más recientes,  de las fotos  14 y 25.

Un recuerdo fotográfico  de la misma zona, tomado el año 1972.

La foto que sigue, ya borrosa por el paso del tiempo, tiene un larga historia.  Fue tomada  exactamente en la misma zona que hoy  hemos vuelto a visitar, 41 años después. Por entonces, yo estaba  en la Universidad del Norte, Sede de Arica, como profesor e investigador adscrito al Museo de Azapa. A fines del año 1971 llegué de regreso de los Estados Unidos, (State University of New York, en Stony Brook), Universidad donde había realizado mis estudios para obtener  el  Magister en Arqueología (1970-1972). Flamante arqueólogo, hacía yo mis primeras armas  en arqueología en Chile.
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Fig. 32.  Esta antigua fotografía  fue tomada in situ, en plena pampa,  por el arqueólogo cubano Alonso Riva de la Calle, en Junio del año 1972  en la zona de campos de cultivo de pampa Iluga (Pampa del Tamarugal). A la izquierda, Jorge Checura Jeria, director por entonces  del Museo de Iquique. A la derecha, yo mismo. En aquella época, tenía yo  43 años. Es éste uno de los poquísimos recuerdo gráficos que conservo de esos dos sufridos  años pasados en Iquique,  muy  poco antes del golpe de estado militar  (1972-1973).

Conclusiones.

1. Esta extensa zona de la pampa  es aún hoy un enorme misterio para la  geografía  humana que hay que explorar. La afirmación de que hubo en la pampa  poca a nula actividad humana - la que quedaba sólo circunscrita a los pueblos de la  cordillera o de las quebradas, y que solo era traficada por huellas  de animales rumbo a la costa -, debe ser hoy  tomada cum mica salis.  Más bien,  debe ser hoy francamente cuestionada.  Hubo una enorme actividad humana esporádica,   restringida eso sí a los períodos cortos en que bajaba abundante agua por las quebradas en tiempos de aluviones.

2. Estos períodos de cultivo intensivo en la pampa, (de maíz, en tiempos indígenas y de maíz y trigo en tiempos coloniales),  como lo vemos aquí por las fotografías tomadas en este viaje, al parecer,  fueron mucho más frecuentes que en la actualidad. La duración del regadío por inundación en plena pampa, gracias a un muy elaborado sistema de canales y acequias, duró varios meses y posibilitó, lo sospechamos, la realización de un par de cosechas  por temporada.

3. Numerosas familias de los pueblos comarcanos desde las quebradas, se movilizaban  y radicaban por meses en la pampa para  sembrar, cuidar y mantener  bajo riego a sus sembríos.  Tales sembríos, muy probablemente, atrajeron también  una fauna  numerosa de aves granívoras,  ávidas de semillas y aún de  animales depredadores que había que espantar y ahuyentar.

4. Nosotros topamos al menos con cuatro o cinco corrales y varios sitios de vivienda anexos. Debe haber muchísimos más en la extensa zona  de la pampa, tapizada hoy de antiguos campos cultivados.

5. Es altamente probable que un rastreo minucioso de tipo arqueológico de este enorme sector de pampa nos entregue datos de la existencia de pequeñísimos caseríos, de  ocupación más prolongada  en el tiempo, y correspondientes, tal vez,  a la temprana época de ocupación de la aldea  de Caserones. Así, es muy posible que  la mítica aldea de "Iluga",  cuya presencia exacta aún no ha sido detectada con precisión por los investigadores y arqueólogos,   exista realmente, y no sea sólo una  denominación genérica para la pampa, como parece señalarlo Antonio O´Brien en su famoso Plano del año 1765. Los antiguos dieron nombres concretos a cosas concretas: cerros, aguadas, ríos o aldeas; nunca a regiones, vagas e  imprecisas. Así, igualmente  algún día - así lo esperamos-  daremos también con  el mítico  "Ramainga", lugar  donde el encomendero,Lucas Martínez Begazo mantenía esclavos negros haciendo carbón, en plena pampa del Tamarugal, para abastecer sus minas de plata de Huantajaya, según lo atestigua en su testamento.

6. En suma, luego de este reciente viaje de exploración, sospechamos fundadamente que el estudio de la pampa del Tamarugal  desde el ángulo de su antiguo poblamiento y aprovechamiento  por parte de las comunidades  de las quebradas,  se encuentra aún en pañales. Queda, al parecer, mucho por hacer en esta zona poco conocida, deficientemente estudiada  y de muy difícil acceso.

7. El hallazgo hecho por nosotros (fotos 2 a 6) de tramos extensos del Qhapaqñan (o Camino del Inca), desconocidos hasta ahora en la bibliografía regional, según creemos  y  que conducen aparentemente  hacia Cerro Unita, por el N., y directamente hacia los campos de sembríos abandonados, por el S., nos estaría sugiriendo que la zona fue  intensamente explotada en tiempos incas y obviamente para su servicio (¿tal vez para la mina de Huantajaya, operada por el Inca?). Si así no fuera, ¿que sentido tiene - nos preguntamos-  trazar una ruta, bien delineada, amplia, perfectamente homogénea en sus dimensiones, y  con un claro rumbo N-S.?  Esta fue   obra,  sin duda, de personas clarividentes interesadas en mantener esa ruta perfectamente expedita durante todo el año.  ¿Quién sino el Inca pudo reclutar  tanta gente como para  diseñar, trazar y ejecutar ese trabajo que tiene que haber demandado años de esfuerzo  y numeroso personal de operarios a cargo para su construcción y mantención?. ¿Las comunidades aledañas?. Creemos que no. Ellas, es nuestra opinión, se contentaban - como se contentaron durante todo el período colonial y republicano- con sus sencillas huellas tradicionales o senderos de comunicación,  a través de los cerros, por donde comunicaban sus pueblos entre sí desde tiempos inmemoriales para el tráfico y el comercio  inter-aldeano.

8. Aquí,  en cambio, en este trazado rectilíneo  bien elaborado,  que observamos en medio de la pampa, expedito, limpio y totalmente libre de obstáculos, estamos ante una forma superior y diferente de  organización, administración y control del espacio, estamos, en nuestra opinión, ante una mente lúcida que supo sabiamente administrar y organizar  el  comercio  y el contacto interregional  tanto como  la mensajería a distancia  de los chasquis, en beneficio directo del centro imperial en Cuzco.  A nuestro juicio, aquí estamos hablando de otra forma de administrar el espacio -diferente de la pre-existente entre los pueblos-  con una visión fuertemente centralista, orientada hacia la capital imperial Cuzco, destino obligado de las riquezas y tributos de las provincias y  de numerosas   personas y bienes y en ocasiones ejércitos,  para el  servicio del  Qhapaq Inca, su Señor.