jueves, 8 de septiembre de 2011

Etnografía y caracterización botánica del chañar (Geoffroea decorticans).

La importancia del chañar en tiempos prehispánicos en Chile.

En los párrafos que siguen nos proponemos mostrar en imágenes el árbol del chañar (Geofffroea decorticans (Gill. ex Hook. & Arn.) Burkart), su corteza, sus flores y frutos, tal como lo conocemos del pueblo de Pica, Matilla y del valle de Quisma (Primera Región de Chile, Tarapacá). Hemos señalado en un capítulo anterior la importancia que tuvo este fruto como parte vital del cocaví de los viajeros que atravesaban el desierto de Atacama, cuando tuvieron la fortuna de poder cosecharlo, guardarlo en silos o collcas especiales o recogerlo a su paso en las regiones donde la especie se producía. Los viajeros del siglo XIX y comienzos del XX siempre se refieren a él, como lo pudimos apreciar en el caso de Philippi, Bertrand, Bowman y otros. La especie no figura entre las plantas utilizadas por los antiguos peruanos, según Hans Horkheimer, en su obra: Nahrung und Nahrungsgewinnung im vorspanischen Peru (Colloquium Verlag, Berlin, 1960). Sin embargo, sabemos que el árbol se produce aún hoy día en el Perú en la zona de Tacna y Moquegua, alcanzando allí esta especie, al parecer, su máxima distribución septentrional en América del Sur.

¿Por qué los cronistas tempranos lo nombran sólo raramente?

Ya hemos anotado, también, que no deja de ser extraño el que los cronistas tempranos rara vez nombren a esta especie entre los elementos que conformaban su provisión alimenticia de viaje o cocaví [cocawi, en quechua). Hasta ahora, que sepamos, las únicas excepciones son Gerónimo de Bibar y Fernández de Oviedo, que muy de paso se refieren a este fruto indígena comestible, utlizado como alimento fresco y como reserva en sus collcas o depósitos de guarda (a modo de silos). (Cfr. citas específicas de amboa autores en nuestra obra: Etnogeografía, Colección Geografía de Chile, Instituto Geográfico Militar, tomo XVI, 1987: 119-121). Y hemos presentado, allí mismo, una hipótesis tentativa de explicación de esta extraña e inexplicable ausencia.

En los grabados y fotos que ponemos aquí para beneficio de nuestros lectores, procuraremos ilustrar el tema con mayor acopio de antecedentes de terreno y con el fruto de experiencias personales en esta materia. También aduciremos otras referencias de viajeros al respecto.

Cómo conservar frescas las hojas y flores.

Las figuras que siguen más abajo, tomadas de nuestro "Diario de Campo" nos aportan algunos datos de interés para nuestros lectores, tomados de nuestra experiencia directa. Una nota previa, aclaratoria, para nuestros lectores y seguidores: se observará que en nuestro "Cuaderno de campo" suelo pegar hojas y flores, las que prácticamente no pierden su coloración original. ¿Cómo lo hemos logrado?. Muy sencillo. Se corta un trozo de tape o cinta transparente engomada y allí depositamos, con cuidado las hojas o flores, previamente aplastadas y extendidas, las que luego pegamos en el "Cuaderno de campo" o Bitácora. Me he sorprendido no poco al ver cómo, haciendo esta simple operación en estado fresco, hojas y flores conservan su color natural por varios años. Todo el secreto está en que no debe dejarse presencia de burbujas de aire en el interior para evitar la formación de hongos o desarrollo de sus esporas.


Fig. "Diario de Campo" nuestro, vol. 87: 155. Tipo de hoja compuesta, imparipinada. La escala gráfica permite apreciar su tamaño exacto. Obsérvese el sistema de superposición de una cinta engomada y transparente sobre el material botánico fresco para su conservación.

Fig. Forma normal en que se suele presentar la hoja compuesta. Los folíolos u hojitas minúsculas, al amarillear y caer en invierno al suelo, pueblan de abundante hojarasca el piso. Observe los pequeños racimos de flores o corimbos, que cuelgan de las ramillas (del Diario de Campo, vol. 87: p. 156).


Fig. Arriba: un racimo o corimbo, de pequeñas flores amarillas, típicas de la familia de las Leguminosas (Fabáceas). Al medio, hojas del tamaño máximo que pudimos constatar en este ejemplar de chañar. Casi siempre el folíolo u hojita terminal es la de mayor tamaño en la especie. (Diario de Campo de H. Larrain, vol. 87: 157).


Fig. Frondoso árbol de chañar que se alza en nuestro jardín, en nuestra parcela de Matilla. A pesar de su enorme tamaño y ruedo, este hermoso ejemplar no llega a los 15 años de edad. El abundante riego le ha permitido crecer a sus anchas en desmedro de la vegetación circundante. (Foto H. Larrain, Agosto 2011).

Fig. El mismo árbol que arroja una sombra muy agradable en las cálidas tardes del desierto. Este ejemplar, plantado en el año 1998 ó 1999, ostenta una cobertura de sombra útil que alcanza fácilmente a los 80 ó 90 m2 , a lo menos.

Fig. El citado ejemplar ya en plena floración. Observe el colorido amarillento general del follaje. Su floración se inicia a mediados de agosto y se extiende hasta fines del mes de septiembre. Los primeros frutos maduros aparecerán en el mes de diciembre. (Foto H. Larrain, 30 Agosto 2011).

Fig. Buena parte del tronco, con excepción de su sección basal, muestra un intenso color verde opaco, el que se mantiene en todas las ramas. Situación ésta que es bastante rara en las especies vegetales arbóreas leñosas. No conocemos otro caso similar. (Foto H. Larrain, 30 de Agosto del 2011).

Fig. Semilla de chañar. Arriba: aspecto y color del fruto ya seco. Al medio y abajo: parte interior (cuesco o nódulo) duro de la semilla. Bajo una delgada cáscara, se halla la pulpa o substancia blanca, harinosa y azucarada, firmemente adherida al cuesco o "hueso" y que constituye un excelente alimento. Fernández de Oviedo, refiriéndose al área del pueblo de San Pedro de Atacama, les llama "unos cuescos pequeños, que también [los españoles] hallaron en Copayapo y se muelen y se comen". (Foto H. Larrain, 30 de Agosto, 2011: referencia del cronista a los "cuescos pequeños", en Larrain, 1987: 129).


Fig. Arriba: semillas o cuescos de las que se ha desprendido totalmente la pulpa azucarada. Abajo: semillas ya viejas, comidas de ratones o por seres humanos, ya descartadas en el suelo (Foto H. Larrain, 30 de Agosto del 2011).


Fig. Relación de tamaño, color y aspecto entre la semilla o fruto comestible al momento de caer ya maduro del árbol, y el cuesco o nódulo interior, duro. A la derecha, semilla ya totalmente desprendida de su pulpa carnosa, azucarada (Foto H. Larrain, Agosto del 2011).

Caracterización botánica.

El chañar (Geoffroea decorticans (Gill. ex Hook. & Arn.) Burkart, (antiguamente clasificado como Gourliaea chilensis) es un árbol de la familia de las Fabáceas (Leguminosae) y puede llegar a alcanzar una altura máxima de 8 a 10 m. Expande su ramaje abierto hacia los costados, al modo de un sauce llorón (Salix sp.), formando un amplio y muy tupido follaje y produciendo, en los ejemplares de mayor tamaño, una gratísima sombra de muchos metros cuadrados de superficie. De acuerdo a nuestra experiencia personal en la zona de Pica, su sombra es la mejor que se puede obtener entre los árboles del desierto, superior a la sombra de tamarugos (Prosopis tamarugo) y algarrobos (Prosopis chilensis Phil) y aún de molles o pimientos (Schinus molle). Carece de las molestas ramillas espinosas que suelen caer del tamarugo, otro valioso árbol endémico del área desértica. El chañar se desarrolla muy rápidamente, si encuentra la humedad suficiente, extendiendo sus raíces en todas direcciones. Gusta muchísimo de crecer junto a las corrientes de agua, tal como lo podemos observar a las orillas del río Vilama o San Pedro, o en las quebradas que dan a la Pampa del Tamarugal en la actualidad.

Producción de hojarasca apta para humus.

Su tronco tiene la particularidad de conservar tanto en todas sus ramas como en partes de su sección basal, un hermoso y permanente color verde oscuro, hecho muy infrecuente entre las especies arbóreas. (Vea Fig. arriba). Florece copiosamente entre los meses de Agosto y Septiembre, cubriéndose todo el follaje de un hermoso y subido tono amarillo, (ver figura) presentando frutas maduras ya a partir desde los meses de diciembre hasta Febrero o Marzo. Posee flores muy pequeñas, en racimos o corimbos, de un color amarillo intenso. Bota en los meses del invierno (Julio a Septiembre) enorme cantidad de hojarasca menuda, procedente de sus abundantes hojas y folíolos imparipinados y de los pétalos ya marchitos, material éste susceptible de ser aprovechado muy fácilmente para la elaboración de humus o compost, tal como lo hemos ya experimentado con gran éxito en nuestra parcela de Pica.

La semilla del chañar.

El fruto de esta especie es una drupa provista de cáscara delgada y dotada de abundante pulpa azucarada interior. En su forma, se asemeja bastante a una guinda o cereza. Bien maduras, las semillas del chañar adoptan una coloración café muy claro. Expuestas al sol, el color toma una tonalidad de color más café rojizo. Recién caída del árbol, tiene una coloracioón café suave , con una leve tonalidad verdosa. He pesado cuidadosamente un grupo de semillas secas, obteniendo un peso medio por unidad de 4,49 gr. cada una. Los ejemplares secos, de gran tamaño de este fruto, pueden llegar a pesar 5,0 gr. cada uno. En cambio, libre de cáscara y pulpa interior, la semilla pesa aproximdamente un gramo. Dado su escaso peso, era muy fácil de transportar en abundante provisión, en talegas o alforjas, para los viajes más largos, tal como lo testifica Fernández de Oviedo y, mucho después, Philippi. En Atacama en todos los pueblos, se le solía y aún suele molerse en piedras de moler (metates) que llaman takanas. De esta operación se obtiene una harina blanca, con la que antaño se confeccionaba panes. De su fruto, igualmente se preparaba un apetecido brebaje.

El antiguo texto del cronista Fernández de Oviedo:

"La provincia de Atacama tiene cuarenta leguas de término, sin lo despoblado que es mucha cantidad, y en toda ella habrá hasta setecientos hombres de guerra...Es gente belicosa y vicdiosa, vestidosa a la manera de yungas.

Descripción del empleo del chañar a fines del siglo XVIII.

Véase el siguiente texto, referido exactamente a la zona de Atacama, de don Vicente Cañete y Dominguez, que fuera Gobernador interino de la Villa de Potosi (1787) :

"Los ayllus tienen todavía menos formalidad. Están repartidos en cabañas muy pequeñas e incómodas, al contorno de San Pedro, en la extensión de seis leguas, entre unos grandes algarrobales y chañares que la naturaleza crió allí. Cada ayllu cuida separadamente con indecible esmero los de su pertenencia, por el interés del fruto, de que hacen una bebida que llaman "quilapana" y es la chicha (a manera de cerveza) con que se emborrachan en sus fiestas." (Cañete y Dominguez, (1787), en Capítulo dedicado a Atacama, reedición de H. Larrain en la revista Norte Grande, Instituto de Geografia, Universidad Catolica de Chile, Vol. I, Nº 2, pág. 244; subrayado nuestro).

El gran naturalista y botánico Rodulfo Amando Philippi, en su Viage al desierto de Atacama, (publicado en Halle, Sajonia, 1860) testifica claramente respecto al empleo del chañar como comida de hombres y animales, entre los atacameños:

"Las frutas del algarrobo y del chañar son de mucha importancia [en Atacama] sirviendo de alimento a los hombres y a los animales. El fruto del chañar es amarillo cuando maduro, [yo] lo vi solo verde y seco; en este estado, la carne tiene un sabor algo parecido al del dátil, pero es más dura, fibrosa y no se separa del hueso. Este se recoge con cuidado, se muele y la harina sirve de alimento para las mulas y las gallinas, como los huesillos del dátil en muchas partes de Arabia. Nuestro [guía] Pedro tenía todavía, cuando nos juntamos con él en Tartal [sic por Taltal!], una buena provisión de chañares y algarrobos para darlos a comer a las mulas" (Philippi, 1860: 53; subrayado nuestro).


Consulta bibliografica específica.

Sobre los aspectos botánicos más especializados en relación a las flores y fruto y los dibujos de las partes florales de esta especie arbórea del desierto de Atacama, no deje de consultar en : es.wikipedia.org/wiki/Archivo:Chañar.jpg

El origen linguístico del vocable "chañar".

Ricardo Latcham en su obra: La Agricultura precolombina en Chile y los países vecinos, Ediciones de la Universidad de Chile, Santiago, 1936, señala a este respecto:

El nombre chañar es cunza, derivándose de la palabra atacameña tchaynar, que así los indios denominan tanto el árbol como la fruta. No existe la palabra ni en quechua ni en aymará, porque la planta no existía en las regiones en que estas lenguas se hablaban, salvo en Tarapacá, y los aymarás o collas que vinieron a colonizar esta provincia en tiempos de los incas, adoptaron el nombre atacameño ya en uso. Los diaguitas de una y otra banda de la cordillera y que hablaban dialectos de la misma lengua kakan, empleaban el mismo término tchaynar, modificado en chañar por los españoles" (1936: 49).

Hemos efectivamente verificado este nombre y topónimo en el Glosario de la Lengua Atacameña quien trae explícitamente: "Tchaynar: chañar, árbol" (Cfr. Glosario de la lengua Atacameña, de los autores: Pbo. [Presbítero] Emilio Vaïsse, Félix 2º Hoyos y Aníbal Echeverría y Reyes, Imprenta Cervantes, Santiago, 1896, lo que nos parecía perfectamente verosímil. En efecto, las terminaciones -ar, -er, -ir, -or son extraordinariamente comunes en la lengua de los lickan antai o atacameños. (Véase las denominaciones kunsa de los poblados de Camar, Ausipar, Beter, Cúcuter, Solor, Quitor, tan sólo como botón de muestra).


Aspectos negativos del chañar.

Hay dos aspectos negativos que hemos observado en torno a su cuidado. El uno, se refiere al hecho de que sus frutos son comidos ávidamente por ratones (los que se adaptan a vivir en el entretecho de las viviendas, convirtiéndose así en huéspedes indeseables), los que gustan y saborean especialmente de su pulpa azucarada. El segundo aspecto, se refiere a su sistema radicular. Éste es muy invasivo, extendiéndose sus raíces gemíferas hacia todos lados en forma semejante a estolones, de suerte que las raíces, cercanas a la superficie, de tanto en tanto, dan lugar a nuevas plantas. Para evitar que a partir de la planta original, al cabo de pocos años se convierta toda el área en un enorme bosque o "chañaral" (y de ahí deriva su nombre), es preciso estar arrancando periódicamente dichos renuevos no deseados. Cada uno de ellos, si se les deja crecer a su antojo, se convertirá pronto en un nuevo árbol. Teniendo en consideración estos dos cuidados mínimos, es posible gozar de su presencia, de su sombra acogedora y de sus exquisitos frutos de guarda. Aún estando éstos enteramente secos, tras meses de guarda, se pueden volver a remojar recuperando su sabor y dulzor original. Es lo que hacían los antiguos trajinantes por el desierto, llevándolo consigo en sus alforjas o talegas.

Evidencias del empleo de la semilla de chañar entre los viajeros antiguos.

En suma, aunque hayamos encontrado hasta ahora sólo escasas referencias explícitas al uso frecuente, como preciado alimento, del fruto del chañar entre los cronistas tempranos, sí las hemos hallado y en gran abundancia entre los viajeros de los siglos XIX y XX así como entre los investigadores posteriores (Philippi, Bertrand, Bowman, Latcham, Mostny), para no citar sino a los principales. Tema sobre el cual ya nos hemos referido en otro capítulo de este Blog.

La semilla de chañar a través de la arqueología: un testimonio veraz.

Nos faltaba un testimonio directo del empleo de la semilla de chañar como parte del "bastimento" o cocawi de viaje de los antiguos indígenas al cruzar el espantoso desierto de Atacama. Lo hemos encontrado fortuitamente ayer, al revisar bibliografía referente al Camino del Inca o Khapaqñan en el sector atacameño. En efecto, el arqueólogo Hans Niemeyer hace referencia a su empleo, en su obra conjunta con Mario Rivera, titulada: "El Camino del Inca en el Despoblado de Atacama", publicado en el año 1983 (Cf. Boletín de Prehistoria de Chile, Nº 9, Departamento de Ciencias Sociológicas y Antropológicas, Universidad de Chile, Separata; 1983: 91-193). En este sabroso relato Niemeyer describe ágilmente todo le trayecto recorrido por la expedición desde la aguada de Puquios hasta más al norte de Peine, casi en la latitud del Trópico de Capricornio, anotando cuidadosamente no sólo las ruinas de tambos, tambillos o chasquihuasi y otros recintos de variada índole, hallados a la vera de esta vía prehispánica, sino también las vicisitudes del viaje y los hallazgos de tipo cultural y ecocultural directamente asociados a las construcciones detectadas.

La aparición de raspas de maíz y cuescos de chañar.


Entre las muchas rarezas que aparecerán abandonadas, junto a los campamentos, por los antiguos viajeros, se hallan fragmentos de cerámica, objetos de metal, artefactos liticos y restos alimenticios. Y entre estos últimos, destaca Niemeyer la aparición de zuros o raspas de maíz (corontas) y específicamente, para nuestro interés, cuescos de chañar. El hallazgo se verifica en el km. 65,5 del recorrido en un lugar donde se hallan dos refugios circulares contiguos al Camino del Inca. (Cf. Niemeyer, 1983: 173).

La semilla de chañar como la de algarrobo y tal vez el pacae, era parte del cocaví del viajero.

Nada tiene esto de extraño. Los exploradores no realizan excavación alguna: solo prospectan y grafican la ruta, su dirección, sus características y, sobre todo, sus recintos y culturas asociadas. Obviamente, no hay tiempo para excavar. Sin la menor duda, futuras excavaciones cuidadosas, tal como lo propone Niemeyer, deberían arrojar muchísima más materialidad arqueológica y también eco-cultural asociada a estos viajes. Excavar en los fogones, y lugares de dormitorio o de desechos, o aún en los corrales, sin duda nos entregará, un día no lejano, valiosa información sobre el cocaví alimenticio usado en tales viajes, así como sobre otros aspectos en los que hasta ahora poco o nada se ha reparado (fragmentos de vestimenta y calzado, fragmentos de odres para el transporte del agua, instrumental de herraje, clavos, trozos de metal del apero de las cabalgaduras o bestias de carga, fragmentos de cuero, trozos de hojas de coca, etc.).

Como el mascado (acullico) de la coca.

Al igual que la semillas de algarrobo, la semilla de chañar era comida y mantenida en la boca por el viajero por largo tiempo, extrayendo de ella hasta la última partícula de su pulpa azucarada que cuesta no poco desprender del cuesco al que se halla fuertemente adherida. Y podemos suponer que el viajero, junto con la coca que va acullicando formando un bolo en su boca, haría otro tanto con estas semillas que le suministraban el azúcar para renovar su energía. Charqui, semillas de algarrobo y chañar, maíz tostado (o harina tostada , en tiempos españoles), eran sin duda parte del bastimento obligado del viaje el que portaba en sus alforjas o en sus talegas. Futuras excavaciones, sin duda, hallarán defecación intacta de hombres [coprolitos] y animales, a través de cuyo análisis fino se sabrá exactamente que comían durante esos largos e interminables trayectos. Sospechamos que a lo largo de esta vía fueron arrojando los cuescos o fragmentos de lo que iban consumiendo mientras caminaban, tal como hoy mismo lo hacemos cuando consumimos de excursión el fruto del algarrobo o del chañar o del pacae (Inga feuillei). Esos frutos secos de chañar y algarrobo, fueron para el viajero indígena el equivalente de los higos secos , y posteriormente el maní [cacahuate] del viajero español.