domingo, 11 de enero de 2009

El Cristianismo, ¿es el responsable directo de la crisis ecológica?. Respuesta a la acusación de Lynn White y otros autores

Portada de la edición del año 1964 de la obra de Rachel Carson, eminente bióloga y entomóloga norteamericana, propugnadora y defensora de la perspectiva ecológica y de la protección de los ecosistemas frente al uso abusivo de pesticidas y paguicidas. como se practicaba en los Estados Unidos en su época. La primera edición de esta obra data del año 1962. En breves y lapidarias frases que discutiremos más abajo, esta investigadora rotula de "filosofía de la época Neardertal" la afirmación de la superioridad del hombre por sobre las otras creaturas. Ella, al igual que otros autores, consideran este concepto básico de la filosofía y teología cristiana como una expresión de "arrogancia" . En el análisis que sigue, veremos si tiene alguna sustentación tal afirmación o es más bien fruto de una lectura ligera de algún texto bíblico solitario, aislado de su contexto.

LA VISIÓN CRISTIANA DEL MUNDO. BIBLIA, ECOLOGÍA, DEPREDACIÓN Y CONTAMINACIÓN. REFLEXIONES SOBRE EL COMPORTAMIENTO HUMANO ACTUAL FRENTE AL PLANETA TIERRA


En el contexto de una
eco-antropología, tema central de nuestro enfoque en este Blog, nos ha parecido muy pertinente hacer una aproximación al problema de las relaciones entre "Fé bíblica, Magisterio de la Iglesia y Ecología". Esta reflexión ha brotado con motivo de un Curso que hemos entregado recientemente (Enero 2009) a monitores y educadores de la Iglesia Católica en la ciudad de Iquique.


En este Blog nos queremos hacer cargo hoy de una acusación grave, que creemos injustificada y carente de base, en el sentido de que la fé bíblica, de acuerdo al relato del Libro del Génesis, habría sustentado una suerte de dominio despótico del hombre recién creado en el paraíso (Adán y Eva) sobre toda la creación, como si Dios diera al hombre un poder absoluto y sin restricciones sobre el mundo recién creado y, en particular, sobre sus creaturas.


Profundizar en este análisis, en nuestro concepto, involucra necesariamente practicar un examen muy fino del concepto de "dominio sobre la Creación". Es lo que trataremos de hacer en este segmento del Blog. Con ello queremos aportar elementos de juicio y material útil para los sacerdotes, religiosas, diáconos, catequistas y cristianos en general que a diario tienen que escuchar dudas, recelos o diatribas contra la posición de la Iglesia en el tema ecológico, hoy tan en boga. Como lo veremos luego, hay una corriente académica de pensamiento que acusa a la Iglesia y a la Biblia de incentivar y promover el ataque frontal a la Naturaleza y sus seres vivos, siendo así directamente responsables del daño ecológico, la contaminación y la destrucción actual de los medioambientes. ¿Es esto verdaderamente así?. ¿Podemos culpar al autor sagrado del Libro del Génesis de promover un desmedido control sobre la naturaleza, ciego y torpe, con la finalidad de afianzar la supremacía del hombre sobre todo el resto de la Creación?.


La acusación nos parece bastante insólita, visto el respeto que el Cristianismo siempre ha sentido por todas las obras de Dios. Sin embargo existe, ha sido esgrimida y propalada a menudo en libro serios e incluso ha sido repetida por autores que merecen nuestra admiración por su pensamiento en materias de economía, historia y/o biología.


Para los que vivimos el pensamiento y la fe cristiana "desde dentro", las afirmaciones que vamos a escuchar y discutir aquí nos parecen harto peregrinas, faltas de base de sustentación y casi "extraterrestres" por la intrínseca discordancia que ostentan con el pensamiento tradicional de la Iglesia frente al mundo de las "creaturas".


¿De qué forma de dominio se trata aquí? . ¿Se trata de un control omnímodo, irreverente, despótico?. ¿Es compatible tal tipo de dominación con el conjunto del pensamiento cristiano? ¿Entregó Dios la obra de su Creación al manejo indiscriminado, antojadizo, del hombre, su Creatura?. ¿Puede el hombre hacer uso de sus Creaturas a destajo, o tiene respecto a ellas alguna suerte de responsabilidad ética o moral?. ¿Entregó Dios un "cheque en blanco" al hombre para destruir su propio entorno, su propia morada?.


Son éstas preguntas cruciales que necesariamente tenemos que hacernos hoy para enfrentar con éxito una acusación que, dado el actual desastre ecológico al que asistimos (calentamiento global, incremento de la capa de ozono, ascenso del nivel de los océanos y acelerada desaparición de los casquetes polares, entre otros eventos catastróficos) y las perspectivas de desastre para la Humanidad entera, nos parece en extremo grave.


Porque si tales aseveraciones tuvieran un fundamento real- como se afirma abiertamente- querría decir que nuestra fe cristiana nos conduciría per se a nuestra perdición y destrucción como especie en el planeta tierra. Nos viene aquí sin querer a la memoria la frase célebre de apóstol San Pablo respecto a la posibilidad de la resurrección: "[En el caso hipotético de que no existiera], "vana sería nuestra Fe". (1 Corintios 15, 14). Así ahora, "inútil y vana sería nuestra fe" si se llegara a probar que el Cristianismo es intrínsecamente responsable del ecocidio al que estamos asistiendo hoy día en todo el planeta.


Acerquémonos al texto bíblico controvertido. Porque es en esencia este texto y otros que se le asemejan, los que han originado la polémica y han puesto sobre el tapete el tema del "control" del hombre sobre la Tierra y todos sus seres vivientes.


El relato de la Creación acusado tajantemente de fomentar el "ecocidio" por varios pensadores modernos , se lee en el primer Libro de la Biblia, el Génesis, donde se dice a la letra:


“Dios los bendijo [a Adán y Eva] diciéndoles: Sean fecundos y multiplíquense. Llenen la tierra y sométanla. Tenga autoridad sobre los peces del mar, sobre las aves del cielo y sobre todo ser viviente que se mueve sobre la tierra…. Vio Dios que todo cuanto había hecho era muy bueno…” Dijo Dios: hagamos al hombre a nuestra imagen y semejanza. Que tenga autoridad sobre los peces del mar y sobre las aves del cielo, sobre los animales del campo, la fieras salvajes y los reptiles que se arrastran por le suelo”. Y creó Dios al hombre a su imagen. A imagen de Dios lo creó, varón y mujer los creó. (Gen, 1: 26; subrayado nuestro).


Hay algunos autores que han interpretado esta sujeción, control de la tierra o dominio, como un dominio de carácter despótico y han visto en este texto bíblico casi un permiso divino, y, más aún, una orden divina para ejercer una explotación total sobre el mundo y toda su creación. Tal cosa leíamos en la obra Desarrollo a Escala Humana, de Manfred Max Neef, en su primera versión castellana en 1986. (Development Dialogue, Número Especial, Fundación Dag Hammarskjöld, Uppsala). Curiosamente, esta severa acusación ya no figura en la nueva edición del año 1993. ¿Por qué se ha omitido allí?. No deja de ser curioso y sintomático, por decir lo menos.


Estas referencias de nuestro por otra parte genial economista Manfred Max Neef, no le son propias. Fueron tomadas casi a la letra de un famoso artículo publicado por el historiador de la tecnología moderna, el norteamericano Lynn T. White, profesor de Historia Medieval de la Universidad de Princeton (Stanford) y la Universidad de California (Los Angeles). El artículo de marras se intituló: The historical Roots of our Ecological Crisis” [“Las raíces históricas de nuestra crisis ecológica”] y fue publicado en la prestigiosa revista científica “Science” en el año 1967 (Vol.155:1203-1207).


Este breve artículo ha suscitado una enorme polémica por sus fuertes afirmaciones. White argumenta que el ser humano para poder enfrentar con éxito la inminente crisis ambiental (que ya por entonces se avizoraba) debe examinar la postura de su civilización frente a la Naturaleza. Y esta brota en último término - nos dice- de su fundamento religioso.


En sus palabras:

" Lo que la gente hace respecto a su ecología, [esto es, su actitud ecológica diríamos hoy] depende de lo que piense en relación a las cosas que lo rodean. La ecología humana se halla profundamente condicionada por las creencias acerca de nuestra naturaleza y destino: esto es, por la religión".


Ahora bien, White observa que la capacidad de destrucción sobre el ambiente se ha desarrollado por efecto de los adelantos tecnológicos realizados a partir de la Edad Media, y que estos avances han ocurrido en un contexto cultural influenciado por la tradición judeo-cristiana. White argumenta que en esta tradición, "la naturaleza [creada por Dios] no tiene otra razón de existir salvo el servir a los seres humanos", y de esta suerte, para este autor, la arrogancia cristiana hacia la Naturaleza comparte una pesada carga de culpabilidad" ["a huge burden of guilt"] en lo que respecta a la crisis ambiental contemporánea.


En otras palabras, hay quienes como Lynn White y sus seguidores achacan directamente a la interpretación bíblica del Génesis, propia del Cristianismo, un particular “permiso divino” e incluso una "orden divina" para desarrollar las tecnologías y técnicas que contribuyen a destruir el medio ambiente, so pretexto de ejercer así un efectivo dominio sobre la creación. Con lo cual lanzaron sobre el Cristianismo, máxime en su porción occidental (tanto Catolicismo como Protestantismo), la plena responsabilidad del surgimiento de los problemas ambientales y ecológicos que vienen sucediendo en nuestra Tierra, en particular desde mediados del siglo XVIII, cuando la revolución industrial y la proliferación de las fábricas, masificó los daños al medio ambiente, en un afán por desarrollar una economía de producción en masa.


Sintetiza White su pensamiento en estas tremendas y lapidarias frases:


“Especialmente en su forma occidental, el Cristianismo es la religión más antropocéntrica que el mundo haya conocido [“Especially in its Western form, Christianity is the most anthropocentric Religion the World has seen”]. (1967).


"Por lo tanto, continuaremos teniendo una agravante crisis ecológica hasta tanto rechacemos el axioma cristiano que proclama de que no hay otra razón de la existencia de la naturaleza sino para servicio del hombre" ("Hence, we shall continue to have a worsening ecologic crisis until we reject the Chrsitian axiom that nature has no reason for existence save to serve man").


Esta última frase parecería sellar, pra Lynn White, el destino fatal del Cristianismo: su auto-destrucción. Cuesta imaginar cómo, quien fuera cristiano en su juventud y bebiera el mensaje de Cristo de labios de predicadores de la "Buena Nueva", el Evangelio, llegara a afirmar que éste esconde, entre sus pliegues más profundos, una afilada espada para hacerse el harakiri. Para nosotros, los cristianos que hemos aprendido ya desde el Génesis que toda obra de Dios es buena en sí misma, ["y vio Dios que era bueno"], esta declaración nos deja perplejos. Sobre todo porque procede de un hombre que supo aplicar el método histórico con rigurosidad y sagacidad en sus trabajos sobre la tecnología medieval. ¿Por que no aplicó con rigor este mismo mètodo para escrutar a fondo el pensamiento bíblico sobre la bondad de la Creación, patente en cientos de pasajes de la Biblia? Hay aquí un oscuro misterio que no atinamos a comprender.


Si nos fijamos bien, Lynn White no sería el primero en atribuir al Cristianismo un tipo particular de "Humanismo" que preconiza la arrogancia del ser humano por sobre el resto de la Creación, suscitándose así -para este autor - un afán desmedido de control y dominación. Tiene predecesores en su planteamiento básico.



Rachel Carson, notable entomóloga norteameriCana,
en una de las más tempranas y famosas obras destinadas a analizar la gravedad del problema ecológico que el hombre estaba causando sobre la naturaleza, y en particular a través del uso indiscriminado de plaguicidas en la agricultura, con el sugestivo tìtulo de Silent Spring (“Primavera silenciosa”) decía, al cerrar su bello y electrizante libro (1ª edición: 1962):


The “control of nature” is a phrase conceived in arrogance, born of the Neanderthal age of biology and philosophy, when it was supposed that nature exists for the convenience of man (Carson, 1964: 261). [traducción: El “control de la naturaleza” es una frase concebida como fruto de la arrogancia, que nace en una época Neanderthal de la Biología y Filosofía, cuando se dio por supuesto que la Naturaleza existía para la conveniencia del hombre”; subrayado nuestro; ver carátula de la obra al inicio de este segmento del Blog].


También se ha traído a colación como argumento decisivo y con el mismo propósito, una bien conocida frase de San Ignacio de Loyola, en sus famoso librito: Ejercicios Espirituales, escrito por el santo en su retiro espiritual de Manresa el año 1534, documento que - al decir de ciertos autores- habría sido un fruto maduro más de la misma concepción cristiana dualista, de fines del Medioevo:


Decía en efecto San Ignacio, el fundador de la Orden de los Jesuítas en sus Ejercicios espirituales:


“El hombre es creado para alabar, hacer reverencia y servir a Dios Nuestro Señor y mediante esto salvar su alma. Y las otras cosas sobre la haz de la tierra, son creadas para el hombre y para que le sirvan para el fin para el que ha sido creado”. [subrayado nuestro].


Aquí, nuevamente, se ha querido ver una suerte de permiso de explotación de todo lo creado en beneficio del hombre. Y el preconizador y principal defensor de este enfoque, sería nada menos que el fundador de la Compañía de Jesús, el vasco Iñigo de Loyola. De esta suerte, se ha pretendido demostrar, una vez más, que sería el Cristianismo tanto a través de la Biblia como a través de sus grandes Santos, la religión que nos habría habituado a concebir la Naturaleza creada, en clara oposición a su Creador, de suerte que el hombre como Señor de la Naturaleza, debe dominarla, ponerla a sus pies, explotarla siendo así el verdadero causante e instigador principal de las manifestaciones expoliadoras del hombre en los últimos siglos, máxime a partir del Renacimiento, , con los primeros atisbos de la Revolución Industrial.


A primera vista, esta acusación parecería tener sólidos fundamentos. ¿Acaso la Biblia no lo dice taxativamente?. ¿Acaso no habla ella de "dominar", "tener autoridad" sobre la Tierra y sus habitantes?. ¿Acaso esta forma de dominar no constituye un permiso no sólo tácito sino muy explícito para explotar la Tierra y sus recursos a mansalva?. ¿Para extraer todos sus recursos, aún de las entrañas de la Tierra, en beneficio del Hombre, el ser predilecto de toda la Creación?. ¿Acaso no es el hombre el "único verdadero beneficiario" de toda la vida en la tierra, la única "finalidad" de esta creación entera?. O, ¿EXISTE LA CREACIÓN PARA OTROS FINES QUE NO SEA EL SERVIR AL HOMBRE"?. Veámoslo con más calma.

¿Se habla realmente en el relato bíblico de un control total sobre la naturaleza circundante por parte del hombre?. Este relato, ¿autoriza al hombre a explotar la naturaleza que lo rodea, a su arbitrio y sin cortapisas de ningún género?. ¿ ¿De qué tipo de dominio estamos hablando aquí en el texto bíblico?. ¿Se preconiza allí un dominio despótico, como se ha querido señalar por Lynn White en su época?.


Veámoslo con más cuidado. Creo que nos encontraremos con algunas sorpresas que para los ecologistas pueden resultar por lo menos inpensadas y sorprendentes.


Lynn White, el gran historiador de la tecnologìa moderna, sin embargo, como algo sorprendido de sus propios dichos, matiza en alguna medida su pensamiento en las últimas frases de su revolucionario artículo, diciendo que el Cristianismo Oriental, ha sido mucho menos propenso a un ataque frontal contra la Naturaleza por el hecho de que en su zona de influencia (el Oriente, Rusia, y en general, Asia) no se desarrolló a su máxima capacidad la inventiva tecnológica, causante principal del descalabro ecológico. Desarrollo tecnológico en Occidente y desastre ecológico para White, van de la mano. Y este Occidente es, nos dice White, esencialmente de raíz cristiana. Por lo que sería dable suponer que sus grandes tendencias en materia de desarrollo, tuvieran como fuenteesta misma matriz religiosa.


Sorprendentemente, tras lanzar sus mejores dardos sobre el todo el Cristianismo occidental (no sólo el Catolicismo!) , White deja extrañamente entreabierta una vía alternativa, dentro de este mismo Cristianismo, a una visión mucho más respetuosa hacia la Naturaleza. La encuentra en el Franciscanismo, en particular en las obras y en la influencia del poverello de Asís, San Francisco de Asís en un segmento importante de la piedad cristiana. Por desgracia apenas apunta, muy a la pasada, y hacia al final de su artículo, a esta vía de solución alternativa a la crisis ecológica y, curiosamente, no se da el trabajo de profundizar mayormente sobre ella. Nuevamente nos preguntamos por qué.


El artículo de White ha provocado una gigantesca marejada de discusión. Y en este sentido, ha sido sumamente útil a la Humanidad actual para generar un debate amplio sobre esta materia. Expertos cristianos en Etica afirman que la base de discusión sobre la que White plantea su hipótesis (pues no es otra cosa que una hipótesis) es errada; es decir, su interpretación del texto del Génesis es esencialmente errada. Porque el tipo de "señorío" que Dios entrega al hombre sobre la Naturaleza, no es algo irresponsable. La superioridad real del Hombre sobre la Naturaleza le ha sido nada por su propio ser de “Homo sapiens”, es decir, hombre inteligente. Pero estas “superioridad" en el orden ontológico, producto de su racionalidad, no le da de por sí un derecho irrestricto para destruir e inutilizar su propia "morada", su casa (oikos), tal como el animal que destruye su propia guarida por la insana acumulación de sus excrementos!. Todo lo contrario. Porque el "señorío" del hombre sobre la Naturaleza le obliga a ejercer su influencia de un modo eminentemente responsable.


Si el texto de Génesis en 1,26, objeto de este debate, habla de "tener autoridad" sobre la Naturaleza, o "ejercer dominio" (en otra traducción), también en el mismo libro del Génesis se habla de otra manera, bien distinta, y mucho más detallada, la que apunta claramente en otra dirección: a su responsabilidad.

Este nuevo texto dice:

“El día en que Yavé Dios hizo la tierra y los cielos, no había sobre la tierra árbol alguno, ni había brotado aún ninguna planta silvestre….y tampoco habìa hombre que cultivara la tierra. Entonces Yavé Dios formó al hombre con polvo de la tierra; luego sopló en su nariz un aliento de vida y el hombre tuvo aliento y vida. Yavé Dios plantó un jardín en un lugar del Oriente llamado Edén, y colocó allí al hombre que había formado. Yavé Dios hizo brotar del suelo toda clase de árboles, agradables a la vista y buenos para comer……Yavé Dios tomo al hombre y lo puso en el jardín del Edén para que lo cultivara y lo cuidara….. El hombre puso nombre a todos los animales, a las aves del cielo, y a las fieras salvajes. Pero no se encontró a ninguno que estuviera a su altura y lo ayudara” Gén. 2, 4-21; se omite algunas frases intermedias que no son esenciales a la cita; subrayado nuestro).


En este segundo texto, en que se especifica mucho más fina y delicadamente las relaciones entre el hombre y su entorno natural, (llamado éste "el segundo relato de la Creación", seguramente de otra fuente original), se clarifica bien la forma de relación querida por Dios:


a) Dios es el que crea las plantas del jardín del Edén donde decide poner al hombre. Dios hace brotar allí del suelo los árboles “agradables a la vistas y buenos para comer”. Es decir, la vegetación está destinada a ser observada y admirada por el hombre por su belleza pero también le sirve de alimento. Se indica aquí dos finalidades de esta creación alrededor del hombre (en el jardín) una estética y la otra estrictamente utilitaria, alimenticia.


b) Dios es retratado allí como admirándose de su propia creación y, más aún, gozándose con ella: “Y vio Dios que era bueno(a)”. “Bueno” en el doble sentido: de bello y de útil al hombre. En el primer sentido, la belleza de la creación elevará al hombre a la contemplación de la grandeza de Dios.


c) Dios toma al hombre recién creado y lo pone en el jardín del Edén para que lo cultivara y lo cuidara”.


Aquí se señalan las dos misiones básicas del hombre con relación a la naturaleza: aprovecharse y servirse de las especies comestibles y cultivarlas (práctica de la recolección y de la agricultura) y cuidar la creación (responsabilidad del hombre ante el resto de la humanidad y el futuro de la misma). En otras palabras, Dios le asigna dos tareas con respecto al mundo natural: utilizar la Naturaleza en sus formas útiles al hombre (agricultura de especies cultivables: trigo, cebada, vid) y al mismo tiempo, la protección y cuidado de lo creado. O sea, debe el hombre diversificar su acción entre el aprovechamiento directo de las especies agrícolas útiles, que Dios le dejó en el jardín del Edén y el cuidado del resto de la creación en general (tanto árboles útiles como árboles silvestres, tanto animales domésticos como fieras salvajes).


Afirmar, por tanto, que Dios entregó el control total de la creación para que hiciera con ella lo que se le antojara, es evidentemente contrario al texto bíblico, y totalmente contrario tanto a la más genuina Tradición de los Padres de la Iglesia como a la doctrina de la Iglesia, traducida en tiempos recientes en numerosos documentos.


Sin pretender extendernos por ahora en esta materia, presentaremos un texto pontificio bien elocuente a este respecto:


Pablo VI en la Carta Apostólica Octogésima Adveniens:


Mientras el horizonte del hombre se va así modificando, partiendo de las imágenes que para él se seleccionan, se hace sentir otra transformación, consecuencia tan dramática como inesperada de la actividad humana: Bruscamente, el hombre adquiere conciencia de ella; debido a una explotación inconsiderada de la Naturaleza corre el riesgo de destruirla y de ser a su vez víctima de esta degradación. No sólo el ambiente físico constituye una amenaza permanente; contaminaciones y desechos, nuevas enfermedades, poder destructor absoluto. Es el propio consorcio humano el que el hombre no domina ya, creando de esta manera un ambiente que podría resultar intolerable. Problema social de envergadura que incumbe a la familia social toda entera (Nº 21, citado en Tony Mifsud, El respeto por la vida humana (Bioética), Ediciones Paulinas CIDE, 1987; subrayado nuestro).


Hay muchos otros textos que trae a colación Tony Mifsud en su obra.


Pero por ahora, sólo vamos a citar otro Documento oficial, emanado del Concilio Vaticano II. El Catecismo de la Iglesia Católica, voz vigente del Magisterio de la Iglesia:


“Nº 342. La jerarquía de las criaturas está expresada por el orden de los “seis días”, que va de lo menos perfecto a lo más perfecto. Dios ama todas su criaturas (Sal. 145: 9) cuida de cada una, incluso de los pajarillos. Pero Jesús dice “ vosotros valéis más que muchos pajarillos” (Lc. 12: 6-7) …”; subrayado nuestro).


Hasta aquí avanzaremos por ahora en este segmento del Blog. En una próxima entrega Dios mediante, daremos a conocer y examinaremos con lupa gran cantidad de textos bíblicos que expresan un profundo respeto hacia la Creación entera, precisamente todo lo contrario de lo insinuado por los autores aludidos más arriba.


Como conclusión provisoria, señalamos que dichos autores leyeron y subrayaron tan solo un pasaje del Génesis, sin tomarse la molestia de escrutar ni examinar toda la visión sobre el mundo creado que nos ofrece la Biblia en numerosos pasajes, aún en el Viejo Testamento (Libro de los Salmos, de Sirac o la Sabiduría o Proverbios). Lo que estaría revelando, a nuestro juicio, una grave falla en su método científico en su análisis. Una exégesis (interpretación) bíblica seria, supone el examen acucioso de toda la Biblia y no tan solo de un texto aislado y solitario, por lo demás, mal interpretado.


El virulento ataque lanzado contra el pensamiento bíblico del Cristianismo Occidental, y contra la Praxis cristiana en general, por el historiador inglés Lynn White, por lo tanto, carece absolutamente de base. Al revés, este pensamiento y esta doctrina apuntan exactamente en la dirección contraria: a la urgente necesidad de proteger y cuidar la Creación, en beneficio del propio hombre. Y tal enfoque naturalista y proteccionista, ya apunta claramente en los albores de la Biblia, en el mismo Génesis.


Por tanto, el espíritu llamado "franciscanismo" en la Iglesia Católica, heredado del poverello de Asís, no constituye una cierta excepción, como parece insinuar lo Lynn White, sino brota, por el contrario, de la esencia misma de una reflexión bíblica y teológica más profunda, realizada a través de los siglos, a través de lo que la Iglesia llama "La Tradición" por antonomasia. Porque sólo en este contexto de la tradición viva de la Iglesia, tiene sentido hablar de una posible responsabilidad o culpabilidad de la Iglesia Occidental de vertiente católica. Aferrarse a uno o dos textos sueltos , totalmente desligados del contexto global de la Biblia constituye una falla metodológica de análisis, condenada por cualquier historiador de prestigio. Nos preguntamos sorprendidos : ¿cómo pudo caer White, eximio historiador de la tecnología occidental, en este contrasentido histórico?.


(segmento en construccción, retocado el 1/05/2009).

1 comentario:

Equipo de investigacion ECOTEOLOGIA dijo...

EXCELENTE....Nos interesa establecer contacto académico para seguir profundizando estas perspectivas.

Saludos

ALIRIO CACERES AGUIRRE
Equipo de investigación ECOTEOLOGIA
Pontificia Universidad Javeriana
Bogotá, Colombia
ecoteologia@gmail.com
www.ecoteologiapuj.blogspot.com