domingo, 31 de agosto de 2008

La re-etnificación del pueblo atacameño: luchas y avatares

Las fotos que siguen, que hoy adquieren un valor histórico singular, fueron tomadas por Branko Marinov y Guillermo Soublette, miembros por entonces de la Corporación Cultural Likan Kunza y se han conservado en el archivo fotográfico de Branko Marinov Martinic en Antofagasta. A pedido del suscrito, este último ha tenido la gentileza de enviárnoslas, a fin de ilustrar la actividad de nuestra Corporación en beneficio de las comunidades atacameñas, entre los años 1989-90.

En una parada, camino a San Pedro de Atacama a tomar noticia in situ del problema de las aguas. De izquierda a derecha, Gianinna Stagno, Alicia Vidal, N.N., Horacio Larrain y Branko Marinov M. (1989). Todos miembros activos de la Corporación Likan Kunza.

En el mismo viaje, otros participantes de Likan Kunza, rumbo a San Pedro de Atacama. De izquierda a derecha, Gianinna Stagno, Horacio Larrain, Branko Marinov, Omar Villegas y Alicia Vidal.

Reunión del grupo Likan Kunza en la ciudad de Antofagasta (1989). Arriba, de izquierda derecha: Reinaldo Lagos, Alicia Vidal, Gianinna Stagno, Juan Pablo Reyes, Horacio Larrain. Abajo, en el mismo orden, Guillermo Soublette, Hugo Alonso y Jaime Salazar (q.e.p.d.) (1989).

Esta foto, tomada en una playa de la ciudad de Antofagasta (Julio 1989), muestra a un grupo de líderes, representantes de los 14 pueblos de la zona atacameña, con la sola excepción de Machuca. Likan Kunza durante dos días, les entregó charlas formativas, destinadas a profundizar en el conocimiento de sus raíces étnicas y culturales. Se dió nociones avanzadas de geografía, etnografía, antropología y lingüística atacameña. El objetivo fue profundizar en estos representantes su sentido de pertenencia étnica y cultural, así como crear vínculos entre ellos, en especial entre el sector norte del área atacameña (pueblos del Loa) y el sector sur (pueblos en torno al Salar de Atacama). Nótese que esta iniciativa de Likan Kunza ocurre anticipándose en más de cuatro años a la promulgación de la Ley Indígena 17.253, (5 de octubre de 1993). Les acompañan en la foto varios miembros de la Corporación Likan Kunza. (Gianina Stagno, Daglin Varela y Jaime Salazar).

El documento que se incluye a continuación in extenso, es la carta-respuesta que enviamos al antropólogo Hans Gundermann, el año 2000, a su expresa petición de información acerca de nuestra participación en el proceso de re-etnificación del pueblo y etnia atacameña, en la década de los años ochenta y comienzos de los 90. Como lo que se solicitaba de mí era exactamente lo que un par de años antes me había pedido la antropóloga Daglin Varela, desde el pueblo de Diaguitas (IV Región), incluí al antropólogo Gundermann mi respuesta al "Cuestionario" que me había planteado la Sra. Daglin Varela en 1998. No tengo en el momento a la mano el Cuestionario mismo, pero no es difícil inferir las preguntas por el tenor de nuestras respuestas.


El tema de las reivindicaciones de los pueblos indígenas en Chile, está hoy más que nunca sobre el tapete. Los problemas que la Ley quiso zanjar, no han desaparecido. Muchas de sus reivindicaciones de antaño, siguen hoy vigentes y palpitantes, máxime en la zona mapuche, donde las alteraciones al orden público en el medio rural –sobre todo en la zona de las Empresas Forestales instaladas en el corazón del territorio ancestral de la etnia mapuche – han provocado conflictos y graves enfrentamientos.

No se vislumbra una salida fácil al problema de las reclamaciones indígenas motivadas aquí por la pésima calidad de las tierras dejadas para el uso de los indígenas, y por el uso de pesticidas por parte de las Forestales para el control de plagas. El tema no presenta el mismo cariz en la zona atacameña o aymara, pero es claro que la legislación amparada en el Código de Aguas, en particular, ha lesionado gravemente los derechos ancestrales de las comunidades indígenas tanto en Atacama como en Tarapacá.


Dado que muy pocos conocen los entretelones de lo ocurrido en Atacama, antes y durante la gestación de la Ley Indígena 17.253, del 5 de Octubre de 1993, durante la Presidencia de don Patricio Aylwin, coincidente con nuestra actuación en Atacama como antropólogo y etnógrafo, nos hemos decidido a contar nuestra versión de lo ocurrido, sobre la base de los diez años de nuestra permanencia en la zona atacameña (1984-1993). Durante esos casi diez años, recorrimos incesantemente todos los pueblos atacameños, estudiando su artesanía tradicional y realizando estudios folklóricos y etnográficos.

En este contacto asiduo con las comunidades y sus líderes, surgió la imperiosa necesidad de formar dirigentes imbuidos en un profundo sentido étnico, mediante el estudio a fondo de su cultura tradicional, transmitido a los miembros de la comunidad. Las charlas hechas generalmente en las escuelas o sedes sociales e ilustradas con diapositivas, fueron en esa fecha, el instrumento usado por nosotros para demostrar a los habitantes de los pueblos su profunda raigambre indígena. Estaban, por tanto, orientadas a profundizar en su auto-estima como indígenas y en su conocimiento y respeto de la peculiaridad de su cultura tradicional.


He aquí la carta de referencia:


Iquique, 20 de agosto del 2000.


Señor

Hans Gundermann
Departamento de Ciencias Sociales
Universidad Arturo Prat
Iquique

Presente.


Estimado amigo Hans:

A tu expresa solicitud, gustoso te hago entrega de la copia de la carta enviada a Daglin Varela, estudiante avanzado de Antropología en la Universidad de Cochabamba, Bolivia, y buena amiga, a fines del 98. He introducido mínimos cambios al texto original, para perfeccionar su sentido. Con este documento-carta, ella elaboró un trabajo de clase en la especialidad. Por tanto, te autorizo para que hagas el uso que desees de esa información, tan solo haciendo mención a la fuente original, ya que ella fue la destinataria.

Debo agregar que me interesa mucho se sepa en detalle de estos humildes orígenes, los que se remontan a los años 84-86, del pasado siglo, años en que también publiqué los primeros artículos en periódicos de Antofagasta en relación al tema de la etnia atacameña. Por entonces, fuera de los trabajos pioneros de Le Paige y de trabajos muy serios en el área estrictamente arqueológica realizados por miembros del equipo de la Universidad de Chile (C. Aldunate, J. Berenguer, V. Castro y otros), predominaba un casi total desconocimiento al respecto en el ámbito etnográfico y etnológico o demográfico.


Siempre se partía de la base errada de que estos grupos aldeanos, aledaños al Salar de Atacama y a los afluentes superiores del río Loa, antiguos atacameños, eran simplemente “campesinos” de Atacama y no se les consideraba ya indígenas, por haber perdido su lengua, el kunsa. Excepción a esta regla es el caso de algunos beneméritos profesores de la Universidad de Antofagasta, como Roberto Lehnert S., Domingo Gómez P. y Jorge Peralta, los que, en diversos artículos publicados en la humilde revista de Estudios Filológicos de la Universidad de Antofagasta, entre los años 1975-80, aproximadamente, se esmeraron en probar las supervivencias de la cosmovisión atacameña, en sus relatos orales, sus mitos, sus fiestas y ceremonias ancestrales (como el Talatur y otras) y su lengua, la que intentaban rescatar en diversos trabajos.


Después de Gustavo Le Paige, S.J. quien sostenía claramente su ancestro étnico atacameño como algo aún vigente, la historia, estoy cierto, rescatará el mérito de estos pioneros, los que hicieron una muy valiosa recopilación de materiales etnográficos y lingüísticos de campo.


Mis trabajos son posteriores y se inician en Abril de 1985, año en que yo me inserté en la Universidad de Antofagasta. Por entonces, sólo Roberto Lehnert continuaba estudiando la lengua atacameña, fundamentalmente escrutando las fuentes antiguas, como el Glosario de la Lengua Atacameña, de Emilio Vaïsse y otros, más que a través de estudios en terreno (entrevistas).


Quiero, por último, informarte que entre los años 1985 y 1992 (años de mi permanencia en la Universidad de Antofagasta, en el Instituto de Investigaciones Antropológicas) recogimos una gran cantidad de informes orales, conservados en cassettes que obran aún en mi poder, en forma de entrevistas a ancianos. Allí se contiene gran cantidad de información sobre la lengua, ceremonias y ritos, costumbres, artesanías y demografía. Casi todos mis informantes de ese período ya han ya muerto. Creo sería de gran interés proceder a utilizar científicamente dicha información, ya que por entonces yo me interesé especialmente en el tema de las supervivencias de las hábitos ancestrales, sus ritos, ceremonia , sus costumbres agrícolas y ganaderas y su lengua en forma de topónimos y . Te sugiero hagamos un trabajo en común para aprovechar esos aproximadamente 80-100 cassettes que contienen valiosa información, tanto del sector sur (Salar de Atacama), como del sector norte (Loa y sus afluentes). Tema sobre el cual podremos conversar después. Tuve la suerte de entrevistar y grabar a atacameños de todos los pueblos del salar de Atacama y del área del Loa (unos 13 en total), con la sola excepción, creo, de Machuca.


Bueno, estimado Hans, esto parece que ya va adquiriendo el tono de un “testamento” académico. Mi intención, como seguramente ya sabes, es crear en la zona de Iquique una “Casa de la Cultura”, donde radicaría toda mi biblioteca, mis colecciones científicas y mis Colecciones de cassettes grabados y diapositivas sobre el mundo atacameño y aimara. En esa dirección he estado luchando en los últimos cuatro años. Pido a Dios me dé fuerzas para hacer realidad estos sueños, para que tanta información reunida por mí, no se pierda y quede al servicio de los investigadores del futuro y de las propias comunidades indígenas.

(Del texto original de esta carta, solo hemos omitido algunas referencias personales, que en nada ilustran sobre el tema principal).

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(Texto original)

Iquique, 12 de Noviembre de 1998.


Sra.
Daglin Varela
Antofagasta
Presente.


Estimada Daglin:


Aquí van las respuestas a tu Cuestionario. Ojalá te sean de verdadera utilidad. Fue un placer para mí escribir estos gratos recuerdos. Ojalá los hagas llegar, también, a Liliana [Cortés], Sandra [Berna] y Mirta [Solís], [actuales dirigentes atacameñas]. Ellas podrán completar el cuadro aquí esbozado o aclarar posibles dudas. Creo que les pueden ser útiles para no olvidar la historia en la que nos tocó ser partícipes.


At1. Antes de la dictación de la Ley Indígena de Octubre de 1993, regía la normativa incluída en la Ley Indígena 17. 729 de Noviembre de 1972, en la que se estipulaba la Creación del Instituto de Desarrollo Indígena (I.D.I.), dependiente del Ministerio de Agricultura. Este Instituto tenía, de acuerdo a dicha Ley de 1972, por misión propia estudiar y solucionar las reclamaciones de tierras de los indígenas mapuches de la zona centro-sur de Chile, asignar becas de estudio a los estudiantes de origen indígena (léase mapuches solamente), y atender problemas de las comunidades indígenas. Aunque en el encabezado de la Ley (artículo I) se estipulaba que en Chile existen varias agrupaciones indígenas y concretamente se hace referencia a pascuences, aymaras, quechuas, yaganes, alacalufes, la Ley misma en aquella época fue operativa tan solo para las comunidades mapuches. De hecho, hasta donde tengo conocimiento, no existían reclamaciones de las comunidades del Norte de Chile y los Decretos-Leyes de los gobiernos anteriores siempre se refirieron a la situación de los mapuche-huilliches, al menos casi en su totalidad. Muy poco se hace referencia a litigios o problemas en la Isla de Pascua.


a Hay un estudio muy interesante sobre la Legislación Indígena chilena, redactado por el historiador Jara hacia los años 1970 o antes, en la que se señala todos los Decretos que dicen relación con problemas indígenas. Pero esta jurisprudencia chilena respecto a sus comunidades indígenas, constituía un corpus inorgánico, desarticulado y no estructurado, por lo que se hizo necesario, en el gobierno del Presidente Salvador Allende, estructurar una Ley Indígena. Ya señalé que esta Ley solo se refería a problemas de tierras y educación indígena en las zonas mapuches y huilliches. Ligada al destino de la Unidad Popular del presidente Allende, tras el derrocamiento del mismo, esta Ley, que, a juicio de los entendidos, tuvo muy poco estudio previo, pasó, en la práctica, a ser “letra muerta” y podríamos decir que fue ignorada. Sin embargo, el Instituto de desarrollo Indígena (I.D.I.) siguió funcionando un buen tiempo, y recuerdo reuniones habidas en sus oficinas en Santiago, en los años 1973-75 a las que yo asistía como Delegado oficial de la Universidad Católica. Había también un delegado de la Universidad de Chile y un tercero, delegado de la Universidad Técnica del Estado. El tema de las becas a estudiantes indígenas era casi el único que se siguió debatiendo. Hasta donde tengo conocimiento, esta Ley Indígena de 1972 fue estudiada, discutida y promulgada entre cuatro paredes, por expertos del Ministerio de Agricultura y algunos antropólogos (?), con escasa o nula participación de los dirigentes indígenas. No tuve yo participación alguna en su gestión, por estar yo por esas fechas aún en el extranjero, hasta fines de 1971. Mi aparición en Santiago fue a partir del mes de Marzo de 1973, fecha en que me incorporé a la Universidad Católica, Departamento de Geografía.


D Durante mi corta presencia en Arica e Iquique (1971-72), mis actividades se centraron en torno a los Museos Arqueológicos de Azapa (Arica), e Iquique, con trabajos de campo, por entonces únicamente de carácter arqueológico y geográfico, con el apoyo de geógrafos de la Universidad Católica. (Hugo Bodini C, P. Cereceda T., Luis Veloso y otros). Mis publicaciones de la época se refirieron casi siempre a temas etnohistóricos de la región de Tarapacá, alentado por el historiador del Norte don Oscar Bermúdez Miral.


Recuerdo que a estas reuniones del Instituto de Desarrollo Indígena en Santiago asistía siempre, como representante de la U. de Chile, don Domingo Curaqueo, profesor de lengua y cultura mapuche en la Universidad de Chile por entonces, con quien mantuve gran amistad.


Poco antes de la entrada en vigencia de la nueva Ley de 1994, y por espacio de dos o tres de años, existió, como sabes, la CEPI, o Comisión Especial de Pueblos Indígenas, cuya misión especial fue la preparación del Borrador de la futura Ley y el contacto asiduo con las comunidades y líderes indígenas para auscultar su pensamiento en relación a la futura Ley. La CEPI dependía de la Secretaría General de Gobierno y ya no del Ministerio de Agricultura, como en el caso de la Ley anterior de 1972. En el marco de la CEPI me tocó hablar varias veces con José Bengoa, historiador del pueblo mapuche, por entonces su Director, quien asistía a reuniones de consulta en distintos puntos de Chile, con las comunidades, en relación a los tópicos que debería tocar la Ley futura. De estas reuniones, sostenidas por CEPI (Bengoa y sus asesores abogados, entre los cuales estaba por entonces José Aylwin, actual Director del Instituto de Estudios Indígenas de Temuco), fue surgiendo un renovado interés de las comunidades y líderes por poner sobre el tapete sus preocupaciones inmediatas y problemas. Recuerdo haber asistido en Arica y Antofagasta a reuniones de este tipo, con la CEPI y sus representantes, en las que se hablaba muy francamente de los problemas indígenas de la zona norte. Estamos hablando de los años 1985-88.


2. En la preparación del Proyecto de la Ley Indígena de 1993, participaron indígenas en gran número. La CEPI discutió con las agrupaciones indígenas el posible temario de un futuro Borrador de Ley, el que repartió a distintas instituciones, el que fue discutido en multitudinarias reuniones. Estas se verificaron primeramente en las propias comunidades de origen; luego en reuniones específicas de líderes en las ciudades cercanas a las comunidades, finalmente, en Temuco, donde me tocó también asistir a mí en 1990 (ó 1991?). Allí las discusiones se realizaron en secciones separadas (tema legal, social, económico, cultural, educacional etc.) de suerte que hubo unas 6 o más secciones, en cada una de las cuales participaban activamente hasta 30 ó 40 indígenas más muy contados blancos: antropólogos o sociólogos. En mi sección, donde se analizaba el tema cultura, yo era el único “blanco”. Tengo la impresión de que hubo muchísima participación, y supe que también había sido semejante en la zona mapuche y huilliche. En cada sección de análisis temático, se incluía a indígenas de todas las etnias asistentes. Hubo así en Temuco una nutrida participación indígena, abierta a todos los que quisieron participar. Yo ayudé a reclutar y entusiasmar a un buen número de atacameños, de distintos pueblos, y viajé con el grupo en bus desde Antofagasta hasta Temuco.


Destacaron, que yo recuerde, en forma especial don Alberto Hotus, de Isla de Pascua, don Domingo Curaqueo, Santos Millao (mapuches), y entre los aymaras, Militza Rocha, Silverio Viza, Antonio Mamani, Javier Vilca Ticuna, José Mamani, Gumersindo Mamani; entre los atacameños que nosotros mismos habíamos entusiasmado para participar en el evento, Liliana Cortés, Manuel Escalante, Mirta Solís, Honorio Ayavire, Rafael Cruz y otros más. Hubo entonces no menos de 40 ó 50 indígenas aymaras asistentes, y unos 15 ó 16 atacameños.

3. En cuando a las reivindicaciones pedidas, las que provocaron mayor discusión y polémica fueron: la defensa y recuperación de las tierras cultivables de buena calidad (mapuches y huilliches); el problema de la pérdida de la lengua indígena y su cultura; el problema de la territorialidad de las etnias; el problema de la pérdida de derechos de aguas (aimaras), el problema de la educación intercultural y la urgencia de disponer de escuelas especiales propias para la educación en el medio indígena, con enseñanza de la lengua indígena. Se insistió en la necesidad de otorgar muchas más becas de estudio y capacitación para los jóvenes indígenas. Se habló sobre la necesidad de profundizar en el estudio de la lengua, hecho por los propios indígenas y la recuperación de la misma (atacameños).


4. Que yo recuerde, las etnias originarias citadas en el Anteproyecto de la Ley de 1994 fueron: Aymaras, Mapuche-Huilliches, Pehuenches, Pascuences (o Rapa Nui), Qawashqar, Yaganes. Se agregaron posteriormente, por insistencia de algunas personas, entre ellas el suscrito, quienes aportaron con sólidos argumentos sobre su auténtica etnicidad, los Quechuas y Atacameños de la II Región, y los Collas de la III Región de Chile.


5. Yo creo que la etnia atacameña no había sido considerada en la legislación anterior porque para todos los organismos públicos y el Ministerio de Agricultura, los “atacameños” eran ya “mestizos” de larga data, y no tenían rasgos culturales propios que les diferenciaran de otros pueblos. Esto a pesar de que para R. Latcham, G. Mostny y G. Le Paige (por citar solo a los pioneros) los atacameños eran claramente indígenas y mantenían muchos rasgos de su cultura, con la sola excepción de su lengua, en franco proceso de extinción. Tal vez, creo yo , la carencia de lengua propia en uso, por la muerte de los últimos hablantes de la misma en el caso atacameño, (lo que ocurre hacia la década 1945-57), fue el argumento decisivo para creer que ya habían desaparecido, considerándoseles, de hecho, como integrantes del mundo mestizo chileno, al igual que el campesinado de la zona central chilena. El mismo argumento, creo, valió para no incluir inicialmente al minúsculo mundo colla, casi totalmente desconocido para el mundo ilustrado. Hasta los años 80 o aún 84, nadie mencionó en nuestro país, en trabajos especializados sobre Antropología o Lingüística (aunque sí en la Argentina), la existencia de los collas. El desconocimiento, en círculos científicos, del rico legado cultural colla o atacameño (ritual, festivo, folclórico social, económico), fue la principal causa de su no incorporación. “Hablan como nosotros, viven como nosotros, pueblan como nosotros, trabajan como nosotros”, parecen haber dicho los que ignoraron su singular presencia étnica y cultural.


6. Hacía ya años que algunos investigadores de la Universidad del Norte y de Antofagasta habían venido señalando la peculiaridad cultural de los atacameños, a partir de los años 1968 o 1970. Después del sacerdote jesuíta Gustavo Le Paige, que a partir del año 1958 detectara y dejara en evidencia no solo sus características arqueológicas sino también etnológicas y lingüísticas, y que, a nuestro juicio, debe ser considerado pieza fundamental en este proceso de reconocimiento del ethos cultural atacameño, intervinieron el Profesor Domingo Gómez Parra, quien escribiera varios artículos sobre aspectos culturales atacameños en la Revista especializada del Instituto de Investigaciones Lingüísticas de la Universidad de Antofagasta. El Profesor Roberto Lehnert Santander, por su parte, ha dedicado hasta el presente sus esfuerzos al estudio y análisis de la lengua Kunza de los atacameños. Con la llegada a Antofagasta del que escribe estas líneas, en Abril de 1985, se inició un nuevo período de estudio y análisis de realidades culturales y demográficas de las comunidades atacameñas. Un recorrido sistemático por los quince pueblos atacameños, registrando sus singularidades folklóricas, me impuso de la realidad atacameña que había ya conocido entre los años 1963-65, cuando fui ayudante de campo y colaborador del P. Gustavo Le Paige en San Pedro de Atacama.


A través de varios periódicos de Antofagasta, en particular “El Pampino”, Larrain publicó alrededor de 30 artículos de prensa dedicados a probar la singularidad cultural de los actuales atacameños, tratando de atraer la atención de los propios atacameños y de los científicos antropólogos, sobre la real supervivencia de su cultura. Diversos estudios suyos versan sobre el folklore atacameño, la demografía de sus pueblos, el ritual y festividades propias. Este material era enviado a la CEPI y en particular a José Bengoa su Director, con el objeto de incentivar su reconocimiento oficial. La CEPI inicialmente no había considerado ni a los quechuas, ni a los collas o atacameños como parte del patrimonio cultural indígena nacional. Bengoa hizo viajes especiales a la zona de Antofagasta y allí pudimos hablar largo sobre este tema, que a mí me parecía tan importante. Creo que mis argumentos y sus visitas a terreno y conversaciones con nacientes líderes atacameños, lo convencieron de que la etnia atacameña verdaderamente existía como entidad cultural propia, a pesar de la fatal extinción de su antigua lengua Kunza como lengua de comunicación habitual. Este afán por lograr el reconocimiento oficial de la etnia atacameña (por entonces no hablábamos de “etnia” sino de “pueblo ”atacameño), nos indujo a la creación de la Corporación Likan Kunza (“Nuestro Pueblo”), realizada por iniciativa del suscrito con el apoyo de profesores de la Universidad de Antofagasta, como Branko Marinov y Jaime Salazar, a los que se agregaron poco después Reinaldo Lagos, estudioso de la realidad atacameña, Daglin Varela, Gianinna Stagno , Guillermo Soublette, agente de la Mercedes Benz en Antofagasta, Juan Pablo Reyes de CONAF, Alex Valenzuela, María Antonieta Costa, antropóloga física, y, por fin, la señorita abogado Alicia Vidal. Gracias al concurso de esta última, fue posible a Likan Kunza realizar una serie de oposiciones a las peticiones de agua de las Compañías Mineras, en el sector atacameño, que demandaban ingentes cantidades de agua para sus propias faenas mineras.


Tales oposiciones nuestras permitieron a varias comunidades atacameñas preservar y conservar, para su agricultura y ganadería de altura, sus derechos de agua ancestrales, lo que desgraciadamente nunca se hizo antes con motivo de la construcción de las aducciones de aguas del río Toconce o del río Loa, para las faenas de Chuquicamata o para el abastecimiento de agua de la ciudad de Antofagasta. A través de Likan Kunza y su pequeño núcleo de investigadores que lo mantenían vivo y activo, fue posible ir motivando a los primeros líderes atacameños de los diferentes pueblos, a luchar no solo por la supervivencia de su cultura ancestral, sino principalmente para el reconocimiento de su singularidad cultural y etnológica. De esta suerte, pudimos concretar tres reuniones de líderes de 15 comunidades atacameñas, en la ciudad de Antofagasta, con jornadas de trabajo de 2-3 días en la ciudad, período en que a través de charlas, discusiones y diálogos procurábamos incentivar a los líderes nacientes en su lucha por el reconocimiento de su dignidad cultural. Esta tarea no solo fue muy gratificante para aquellos que participamos activamente, durante tres años, en esta obra de “concientización étnico-cultural”, como me atrevo a designarla, sino que logró plenamente sus objetivos al alertar a no pocos de sus asistentes a emprender una lucha por el reconocimiento de la calidad y singularidad étnica, propia de los atacameños. Los líderes pioneros Honorio Ayavire, primero, y Liliana Cortés, después, que ocuparon altos cargos en la CEPI y en la naciente CONADI atacameña, al igual que Sandra Berna, Mirta Solís, y Manuel Escalante, todos de S. Pedro de Atacama, o Rafael Cruz de Lasana, o Aldo Plaza de Socaire, fueron fogueándose en aquellas ocasiones como dirigentes en estas reuniones convocadas por nosotros para su formación, junto a sus hermanos atacameños.


Estas reuniones realizadas en Antofagasta, con el apoyo irrestricto de Likan Kunza, fueron, a mi entender, decisivas para el mutuo conocimiento entre los líderes representantes de sus pueblos, que antes, evidentemente, a causa de su dispersión geográfica, no se conocían. Con anterioridad a nuestros esfuerzos, los atacameños del norte y los del sur prácticamente o no se conocían o solo se conocían de vista, pero ahora se congregaban para sentirse parte de una gran cruzada etnográfica común.

Podemos señalar, no sin orgullo, que fue nuestro pequeño grupo Likan Kunza, nacido a fines del año 1989 en la ciudad de Antofagasta, el gran motor de la movilización reciente del pueblo o etnia atacameña. Las actividades y viajes al interior que Likan Kunza realizaba para observar in situ los problemas de las comunidades, (S. Pedro de Atacama. Toconao, Solor, son algunos ejemplos), a pedido de las propias comunidades, fueron adiestrando, sin duda alguna, a sus líderes actuales para las tareas que vendrían más tarde, luego de la puesta en práctica de la nueva Ley Indígena.


Los atacameños, antes de nuestra intervención cultural, no estaban organizados. Por el contrario, la imposición por parte del Gobierno Militar de Alcaldes foráneos, sin conocimiento del ethos y cultura indígenas y con evidente anhelo de chilenizar todas las instituciones y formas culturales, fue la causa de la creciente y despiadada pérdida valórica que se percibió entre los años 1980 y 1985.

La muerte del párroco jesuíta, Padre Gustavo Le Paige, acaecida en Mayo de 1980, marca un hito importante en el proceso de la deculturación atacameña. Le Paige, en su calidad de cura párroco, fue el gran defensor no solo de sus costumbres y tradiciones, basadas en su conocimiento profundo de su rico legado arqueológico sino, además, el gran opositor a la llegada de elementos foráneos perturbadores de la unidad étnica y religiosa. Los atacameños sabían que tenían en su cura párroco un defensor ante cualquier intento por perturbar su convivencia y destruir su identidad cultural. Conocemos decenas de anécdotas que confirman esta férrea acción ejercida por el sacerdote belga, en defensa de su identidad.


Será la acción decidida de Likan Kunza en favor de la auto-identificación atacameña, la que logrará años más tarde, la elección del primer alcalde atacameño, en la persona de la atacameña Sandra Berna, valiente mujer originaria de S. Pedro de Atacama. Y la elección de Liliana Cortés, como representante de CONADI en Calama (II Región).


7. La Ley Indígena logró la incorporación de la etnia atacameña gracias al movimiento cultural y étnico promovido por nosotros, a través de Likan Kunza, entre los años 1986 y 1992, sin perjuicio de otras acciones realizadas por muchos otros investigadores, al dar a conocer a los medios científicos, la peculiar cultura y lengua atacameñas. Los artículos sobre cultura y etnia atacameña aparecidos en los periódicos de Antofagasta entre 1885 y 1992, promovidos por Likan Kunza, fueron, a nuestro entender, decisivos para lograr dos objetivos: a) la plena y consciente autoidentificación de los atacameños, como pueblo indígena autóctono del norte chileno, y b) la aceptación, por parte de los legisladores, de los argumentos esgrimidos en pro de la etnia atacameña, como portadora de una tradición cultural singular, original y de muy antigua data.


El argumento de mayor peso, a nuestro juicio, fue el señalar que aun cuando una lengua haya desaparecido, dejando tras sí aparentemente pocos rastros, perduran, sin embargo, en el pueblo una serie de elementos culturales, máxime en el campo de la cosmovisión, de la economía, de la manera de hablar y celebrar (ritos) y aún de su organización social tradicional, que, en su conjunto, merecen plenamente el calificativo de “cultura”. En este aspecto, los antropólogos diferimos del sentir de algunos sociólogos. Pero creemos es un tema de “afinar el olfato” hacia el modo de vida indígena, muy distinto del que tiene su raíz en el largo mestizaje español, propio del campesino de la zona central de Chile.


8. El último capítulo de nuestra lucha por la identidad atacameña, ocurrió con motivo de los debates, en la Cámara Alta del Parlamento, cuando se discutía si los grupos indígenas chilenos, entre ellos el atacameño, constituían un “pueblo” o solo “ una forma cultural”. El Borrador de la Ley Indígena, aprobado por la Cámara de Diputados, mantuvo el término corporativo “pueblo” para designarlos, pero éste fue suprimido por el Senado. En sesión especial e invitado por los representantes del Senado, sostuvimos que el término de “culturas” dado a las agrupaciones indígenas era demasiado débil y frágil, y le privaba enteramente de su connotación social, territorial y étnica. Propusimos, en cambio, ya que el término “pueblo” era tenazmente resistido por algunos Senadores de la República, el término “etnia (ethnos, en griego) que en sentido estricto es casi del todo equivalente al de “pueblo y carece de la problemática legal, propia de su uso habitual en el país: en el sentido de que Chile constituye un pueblo, una nación. Artículos especiales escritos por el suscrito en ese sentido, publicados en Iquique en 1992 y 93 aclaraban este sentido y confirmaban la necesidad de tener un término corporativo propio, que diese consistencia a la agrupación indígena y no meramente el término “cultura” que puede aplicarse a cualquier grupo mixto, aunque proceda de distintos troncos étnicos o lingüísticos.


Querida amiga Daglin: me ha entusiasmado el tema que me has propuesto a mi reflexión. Al menos en las páginas que te entrego quedará –así lo espero - un testimonio para el futuro de lo que fue nuestra modesta acción en apoyo de la identidad de un pueblo, el atacameño, que, por fin, ha sido reconocido y consagrado en la legislación chilena, como una de las etnias presentes hoy día en el territorio nacional con cultura, historia cosmovisión, territorio e identidad propias.


Con mucho afecto para tí, atentamente


Dr. Horacio Larrain Barros (Ph. D.)

Antropólogo Cultural y Arqueólogo
Ex-Presidente de la Agrupación Likan Kunza
para la Protección y Defensa de la Etnia Atacameña
.


(redactado en las fechas que se indica y adaptado para este Blog con fecha 31/08/2008, Iquique, con adición de fotografías de los miembros de Likan Kunza , el día 29/10/2008.


Con posterioridad a la publicación de este Blog, nos envía nuestro amigo Branko Marinov un trabajo reciente del antiguo socio de Likan Kunza, Reinaldo Lagos, titulado: "La Limpia de Canales y Acequias de Santiago de Río Grande: Un complejo cultural ancestral", Consejo Nacional de la Cultura y las Artes, Fondart, Santiago de Chile, Junio 2008, 109 p.

domingo, 24 de agosto de 2008

Un naturalista de excepción: Luis E. Peña Guzmán

Dentro de muy poco, se cumplirán ya trece años del deceso de nuestro amigo entomólogo Luis E. Peña Guzmán. (27/09/1995). Por desgracia, como siempre ocurre con el inexorable paso del tiempo, los años van desdibujando su imagen, royendo poco a poco su egregia figura o echando al olvido las enseñanzas de su potente legado. Pero su casa, erguida en el alto del Portezuelo, camino a Colina, - obra admirada de su entrañable amigo arquitecto Miguel Eyquem -, está allí impertérrita, desafiando el paso del tiempo.

Los árboles del jardín que el plantara, el viejo camper abandonado en un rincón, y las hiedras que trepan por su techumbre, lo recuerdan día a día. Porque su casa-taller está igual como él la dejara, gracias a los desvelos de sus familiares más cercanos, sobre todo de su sobrino entomólogo como él, Alfredo Ugarte Peña. Su recuerdo late aún allí, donde el vivió y donde el murió, rodeado de sus hermanos. Su escritorio, sus laboratorios, su estrecha celda de ermitaño: todo yace igual.

En aquel entonces, en septiembre de 1997, escribí este sentido recuerdo suyo, que hoy estampo nuevamente, para recordar su figura y enaltecer su legado:

Esto escribíamos, al cumplirse exactamente los dos años de su partida:
"Hace ya dos años, un veintisiete de septiembre, nuestro amigo Lucho Peña partía a la Casa del Padre Dios. Duros han sido para sus amigos estos años, sin su constante apoyo y estímulo. Duros, en particular, porque ya nos habíamos acostumbrado a su siempre renovado y enriquecedor diálogo, y a la frescura incomparable de su rica compañía y personalidad. Cuando perdimos al amigo fiel, no pudimos escribir sobre él: estaba demasiada fresca su memoria, y la pluma se nos deslizaba, imprecisa y torpe, entre los dedos, sin poder acuñar las ideas que reflejaran, siquiera débilmente, su rico legado cultural y científico.

Los meses transcurridos han ido borrando muy lentamente el dolor de entonces, y nos obligan hoy, en una forma de imperativo inescapable, a escudriñar su mensaje y a rastrear en su valiosa herencia científica. Las generaciones de jóvenes científicos que hoy producen las Universidades e Instituciones Científicas, tienen mucho que aprender, en mi opinión, de la experiencia de vida de Lucho. Hemos conocido a decenas y decenas de ellos. Admiramos su frenético afán por investigar y escudriñar la realidad que los rodea, su bioma , su biodiversidad, su fisiología, su adaptación al medio ambiente. Admiramos, también, su increíble ingenio para producir “papers”, para cuanta revista c
ientífica pueda imaginarse.

Pero falta en muchos de ellos -es ésta, al menos, mi nítida percepción- esa especie de “aura” o “mística” que rodeaba el accionar y el modo de relacionarse y de actuar de Lucho con sus ayudantes de campo, o con los científicos del mundo entero, que lejos de constituirse en sus posibles “competidores”, pasaban a ser sus amigos entrañables, sus normales confidentes de sus logros y descubrimientos.

Quiero mostrar al Lucho que yo conocí desde el año 1955, cuando recién me iniciaba en la enseñanza de las Ciencias Naturales en el viejo Colegio de San Ignacio, de la calle Alonso Ovalle 1452. Quiero destacar las virtudes del hombre, del hermano, del científico, del sabio. Porque mucho antes que un científico autodidacta, - como algunos han señalado por ahí con cierto desdén- Lucho era un hombre a carta cabal, un “caballero de la Ciencia” que cabalgaba por la existencia dotado de una penetrante sabiduría, no aprendida de los libros o de las separatas científicas, sino de la vida, en contacto real y asiduo con la Naturaleza.

Se ha dicho que Lucho fue uno de los últimos “Naturalistas”, al estilo de un Claudio Gay, de un Philippi, de un Germain, imperecederos investigadores de nuestra flora y fauna. Este epíteto le calza perfectamente. Porque la “Naturaleza” fue su casa, por miles y miles de días de expedición, a bordo de su Camper y en la compañía inseparable de sus fieles ayudantes. Todos ellos fueron arrancados por él de una existencia inconspicua o intrascendente, para convertirse en sus colaboradores más fieles. “Sin él, nada habríamos sido”, proclaman hoy agradecidos. Y Lucho premió su fidelidad y constancia, bautizando con sus apellidos no pocas especies nuevas de tenebriónidos, descubiertos por ellos para la ciencia mundial.
Pero también fue un “naturalista”, en el sentido de que supo comprender como pocos la complejidad y riqueza de la Naturaleza y la variedad casi infinita de sus pobladores, constituyéndose ésta en un riquísima maraña de relaciones entre atmósfera, flora, fauna, suelo y subsuelo, lográndose un dramático e inestable equilibrio, del que no cesaba de admirarse. Este “tejido” relacional, lo llevó a interesarse y a conocer no sólo las especies animales mismas, que con tanta acuciosidad colectó, sino más aún, a estudiar y profundizar en la flora  y ecología de las especies.
Cuando recién se ponía en uso el término “ecología”, ya Lucho hacía “ecología profunda”, hurgando en las relaciones más hondas entre los seres vivos y su medio, buscando siempre los “porqués” de sus peculiares formas y figuras. De ahí brotará su interés por salir a terreno con especialistas de otras disciplinas: botánicos, geólogos, biólogos y zoólogos de las más distintas especialidades; geógrafos, antropólogos, arquitectos, dibujantes, fotógrafos, todos los cuales le mostraban otras facetas de la Naturaleza, incomprensibles o inexplicables para el tratamiento puramente biológico. De todos estos especialistas, Lucho obtenía no pocas claves secretas para “entender” en profundidad (“intus legere”), los enigmas que le deparaba la biodiversidad insospechaba que le ofrecía, en toda clase de ecosistemas y biótopos, la madre Naturaleza. Lograba así Lucho dialogar de verdad con todos los otros investigadores de la realidad circundante, aportando con mucha modestia -sin jamás imponer sus puntos de vista- sus propias concepciones o hipótesis, frutos de su increíble experiencia de campo. Porque el “lenguaje” casi críptico de la mayoría de los demás científicos naturales, le era perfectamente familiar: se sentía a sus anchas entre ellos.
Nos llamaba mucho la atención la forma respetuosa y el interés profundo que ponía en cada una de nuestras observaciones o sugerencias, descubriendo en ellas “semillas de la verdad total”. Tenía una avidez contagiosa por aprender, la que contrastaba fuertemente con la no pocas veces petulante y “academicista” posición de ciertos científicos que creen saberlo todo a través de los libros. ¡Qué conciencia tenía Lucho, tras su larguísima experiencia de contacto vital con la naturaleza viviente, que todas nuestras explicaciones o hipótesis no son sino meros “intentos” (por definición, transitorios o insuficientes) por explicarse una realidad de suyo complejísima y, además, inabarcable para una sola mirada!. Por eso propició y fomentó con energía el trabajo en equipos científicos multidisciplinarios.

Precisamente por eso, llegado el momento, participó gozosamente en aquella gloriosa empresa , que se titulara “Una Expedición a Chile” , en la que distinguidos científicos, dibujantes y pensadores, se unieron para “pensar a Chile” desde una perspectiva nueva, más global, más ecológica, más pedagógica. (1974-1978). Más aún, una vez constituído el equipo, Lucho pasó a ser, en forma enteramente natural, el hombre clave, el pilar sustentador del esfuerzo colectivo, aportando su riquísima experiencia y su vitalidad, de las que muchos carecíamos por entonces
. Por eso fue también el portavoz natural y el “alma” de su nuevo proyecto de la "Ecohistoria de Chile" , iniciativa desgraciadamente fenecida antes de nacer. Por eso, también, desde temprano contribuyó a formar la Sociedad Científica Claudio Gay y, más tarde, sería el creador, gestor y alma del “Instituto de Estudios y Publicaciones Juan Ignacio Molina” (1978), consagrado a los estudios sobre la Naturaleza chilena, entidad que aún hoy conserva su legado, su biblioteca especializada y sus valiosas Colecciones.
Pero quiero recoger también en este postrer homenaje, otro aspecto del legado espiritual de Luis E. Peña Guzmán. En no menos de 30 cartas, que celosamente conservo, Lucho me iba dando cuenta de sus dificultades, a la vez que me informaba, con mucho detalle, de sus descubrimientos científicos. Mucha envidia se fue gestando en torno al quehacer científico de Lucho. Mucha recelo y desconfianza, precisamente en el seno mismo del gremio científico que prohijaba su especialidad: la Entomología. Envidia explicable, en parte, dada la penuria en que se desarrollaba la labor de muchos científicos chilenos, carentes de los medios más indispensables para investigar la realidad en terreno. La capacidad demostrada por Lucho de sobrevivir honrosa y decorosamente como científico libre, y su insistencia siempre repetida de que era perfectamente posible hacer mucho con muy pocos medios, despertó el recelo y a veces el rencor de algunos, que veían así criticada su falta de trabajo de campo o su producción científica.

Esta oposición se reveló lamentablemente en el momento en que un grupo de científicos, sus amigos, de las más variadas disciplinas de la Ciencia, decidimos lanzar la candidatura de Lucho al Premio Nacional de Ciencias en 1994. Mientras del extranjero, llegaban cerca de cien cartas de connotados especialistas zoólogos, ornitólogos, entomólogos o botánicos, aplaudiendo su gigantesca labor y producción científica, y destacándolo como el más grande entre los más grandes entomólogos chilenos de todos los tiempos, algunos de sus pares chilenos prefirieron callar. ¿Mezquindad humana? ¿Incapacidad de reconocer la posibilidad de la existencia de méritos logrados en base a la experiencia y conseguidos fuera del curriculum universitario normal?. Si Lucho no se formó como biólogo en las aulas universitarias, sus maestros fueron los centenares y centenares de científicos, de todos los países, los que le “enseñaron” , en terreno, las peculiaridades y características de las especies que el les ayudaba a colectar, por haber llegado a conocer exactamente, como nadie, su habitat y sus costumbres.
Nos consta la acuciosidad con que preparaba sus trabajos científicos, revisando toda la bibliografía pertinente, encargando la que le faltaba, o haciendo traducir los textos del alemán o del ruso, que el mismo no entendía. Sus trabajos sobre las distintas especies, y las concienzudas revisiones de varios Géneros del grupo de los Coleópteros Tenebriónidos (su especialidad), revelan una preparación larga y cuidadosa y el estudio acucioso de las mejores colecciones del mundo. Aprendió las “técnicas” de su especialidad científica, laborando codo a codo con los mejores del mundo, haciéndose corregir por éstos, y aceptando humildemente sus consejos. Así , con paciencia infinita, ardua dedicación y notable honradez científica, llegó a escalar el lugar que hoy ocupa en la ciencia entomológica mundial, como el mayor especialista en especies sudamericanas, en el campo de estudio de los Tenebriónidos y uno de los mejores en el campo del estudio de los Lepidópteros (mariposas) y Odonata (libélulas) del extremo sur de América. Sus 6 libros especializados sobre estos temas, así lo confirman.
Personalmente, debo a Lucho el haberme impregnado del convencimiento de que el estudio del hombre era inseparable del estudio del medio ambiente natural en que vive; de que el hombre primitivo no solo conocía sino utilizaba asiduamente la mayor parte de las especies de la flora y fauna de su habitat; de que el estudio de la biodiversidad es fundamental y urgente hoy en día, en que tan rápidamente van desapareciendo los “sistemas naturales” de bosque, estepa, puna, costa o desierto, por efecto de la creciente ocupación y depredación humana. El hombre lo invade todo hoy, y estamos a punto de perder para siempre más de la mitad de las especies entomológicas, zoológicas o botánicas, pobremente conocidas o absolutamente desconocidas, que pueblan todavía muchos rincones poco conocidos de nuestro territorio.
Con pesar se refería a la angustia que experimentaba al volver a pasar, tras 30 o 40 años de ausencia, por lugares donde ya nada quedaba de la antigua cubierta vegetacional, y, por ende, de su antigua y riquísima fauna. Con inmensa satisfacción y alegría colaboró con los esfuerzos desplegados por CONAF por preservar, para las futuras generaciones de chilenos, ecosistemas que mantienen la biodiversidad, tan rica y abundante en nuestro país . Y en este sentido, muchos de sus sencillos artículos escritos en revistas para niños como “Mampato”, o su obrita: “Aventuras de don Custodio Campos Silvestre” merecen el calificativo de valioso material pedagógico, que debería ser decretado y usado como material de apoyo a la educación ecológica de los niños de nuestro país, de la que él fuera uno de sus más destacados pioneros.
Tuve la fortuna de salir varias veces a terreno con Lucho, y gozar por semanas de su compañía, de su sabiduría y de su camaradería científica y humana. Estas salidas, a veces por casi un mes, fueron para el que esto escribe, una ”escuela” inolvidable, la mejor “escuela” que haya tenido en su vida. Porque en ellas, y solamente en ellas, se puede sopesar cuál es el temple y la valía de un experto, como hombre, como científico, como compañero de vida. Haber gozado de su presencia en mi hogar, haber disfrutado de sus viajes científicos y de sus enseñanzas, ha sido para mí un gran privilegio, tal vez, el mayor de mi vida.
Al cumplirse en estos días ya dos años de su alejamiento, nos queda vivo y palpitante su rico legado científico y humano: sus variados libros sobre mariposas, coleópteros e insectos de Chile, y sus más de 300 artículos científicos; pero queda, sobre todo, el legado personal, que a fuer de una potente “transfusión de sangre”, nos dejara en herencia: el amor a la Naturaleza y el anhelo por preservarla para las futuras generaciones, en su riquísima biodiversidad y en su notable capacidad adaptativa a los más diversos ecosistemas y habitats.

Creo que si Lucho aún viviera, podría repetir con justo derecho, lo que exclamara el vate latino Horacio, llegado al cenit de sus existencia: “exegi monumentum aere perennius, regalique situ piramidum altius; non omnis moriar”. (“He levantado un monumento más duradero que el bronce, más alto que el sitial de las pirámides reales; no moriré del todo”).
Lucho: tu no has muerto del todo; amén de nuestra común fe cristiana en la resurrección, que nos pregonara Cristo, tu seguirás viviendo entre nosotros en tu simpatía, en tu honestidad científica, en tu capacidad de entrega a la causa de la ciencia, en tu anhelo por predicar el respeto irrestricto a la Naturaleza. Seguirás vivo entre nosotros por siempre, y te encontraremos en cada insecto, en cada cactus, o en cualquier paraje solitario donde el cielo se toca con la tierra".

Dr. Horacio Larrain Barros (Ph. D. Antropología)
Antropólogo Cultural y Arqueólogo, Universidad
Arturo Prat y I.E.C.T.A., Iquique.
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Hoy al avanzar el siglo XXI, no dudo en reafirmar las mismas ideas que expresara hace once años, al acercarse la fecha de su tránsito, un 27 de septiembre. El potente legado de Luis Peña "no ha caído a la vera del camino" -como en la parábola evangélica- para ser pisoteado por los viandantes, sino que ha caído por fortuna  en tierra buena y fértil, apta para la cosecha venidera. Porque hoy son legión los que empujan el carro de la defensa ecológica y de la eco-antropología, a la siga de uno de los grandes maestros chilenos del pasado reciente: Luis E. Peña Guzmán.

domingo, 10 de agosto de 2008

Bente Bittmann: etnógrafa y arqueóloga del Norte Grande de Chile

Hemos querido rescatar del olvido algunas de las fotos tomadas por la arqueóloga danesa avecindada en Chile, Bente Bittmann, las que corresponden al período de 1980- 1985. Destacan como motivo sus excavaciones en Cobija y cercanías, fotos de actividades de tipo etnográfico como escenas de pesca y marisqueo en la caleta, viviendas precarias de pobladores, su ajuar típico, objetos rescatados de sus excavaciones. así como objetos recuperados del mar por los buzos locales y provenientes de antiguos naufragios. Muchos de estas tomas corresponden bien a su marcado interés por examinar el género de vida de esos pescadores y tienen un sello marcadamente etnográfico o etnológico.

Este rico material, en numerosas cajas, permanece hasta hoy en nuestro poder, a la espera de poder crear -como es nestro más sentido anhelo- el "Centro de Documentación Bente Bittmann", en la ciudad de Iquique, en recuerdo de la gran investigadora danesa.

Entre esos valiosos materiales, quiero destacar la presencia de centenares de fotografías y films, en buena parte dedicados al período de su investigación y trabajo en Chile, en la caleta de Cobija. Pero también se encuentran no pocos de elementos que corresponden al período de su vida y trabajo en México y Brasil, como fotos y reproducciones de códices mexicanos, diseños y estudios de esa época.

El preciado depósito que tenemos nos muestra centenares de diapositivas, rollos y negativos fotográficos. Un día no lejano alguien se dará la titánica tarea de ordenar, sistematizar y catalogar este valioso legado. Por ahora, solo exhibimos un pequeño muestrario, correspondiente a un set de diapositivas suyas trasladadas a foto digital. El tiempo ha dejado inexorablemente sus huellas y las fotos no son perfectas, pero ilustran bien su franca preocupación ecológica o eco-antropológica. Pero también su inquietud histórica. Porque para ella la geografía y el paisaje, la flora y la fauna, la historia y la etnohistoria eran absolutamente inseparables de la interpretación arqueológica o etnográfica.

Las fotos que siguen son sólo una pequeña parte de los archivos personales de la arqueóloga danesa Bente Bittmann. Todas ellas proceden de sus trabajos arqueológicos y etnográficos en el área de Cobija, entre los años 1980 y 1992 y en su totalidad, fueron sacadas por ella misma.

En el mes de junio del año 2000, viajó a Chile su hermano Hans Bittmann y su esposa, para hacerse cargo de las cosas que su hermana había dejado en Chile, luego de su viaje definitivo a Dinamarca, donde le sorprendiera la muerte en el mes de Junio del año 1998. El departamento que Bente ocupara en Antofagasta en la calle Pezoa Véliz, cerca de los terrenos de la Universidad Católica del Norte, había quedado cerrado por dos años. Allí habían quedado todas las cosas que no quiso o no pudo en su momento llevar consigo a Dinamarca, cuando, ya seriamente enferma, debió viajar a su tierra, donde esperaba recuperar su salud ya muy quebrantada.

La visita de los Bittmann nos fue anunciada a Argimiro Aláez y a mí por el sacerdote holandés Johannes van Kessel, muy amigo de la familia. Viajamos, pues, juntos el día 15 de Junio del año 2000 desde Iquique a Antofagasta en la camioneta de Argimiro. Los Bittmann viajeron con el Padre Van Kessel en otro vehículo. El objetivo preciso del viaje era rescatar para el IECTA (Instituto para el Estudio de la Cultura y Tecnología Andina) y para la ciencia arqueológica, de entre las muchas cosas que dejara Bente, todo lo que tuviera un valor arqueológico o científico, y separar este material de sus cosas estrictamente privadas ( ropa, enseres de casa, medicinas, elementos de campamento). El objetivo de los Bittmann era claro: regalar o donar todo lo que no tuviera un valor científico a instituciones de caridad, como en efecto se hizo, pues iban a poner de inmediato su departamento en venta. Nos tocó ver en esa ocasión los armarios repletos de su ropa y objetos de uso personal, así como muebles metálicos y cajas, llenos de documentación privada o científica.

Nos fue particularmente doloroso asistir a esta selección de materiales, tanto más cuanto que Hans, interpretando según él el deseo de su hermana, quería que toda la documentación personal contenida y conservada en los archivos de la arqueóloga, fuera destruída y quemada. Trabajo nos costó convencerlo de que muchos papeles privados tenían una gran importancia histórica, pues podrían servían un día para recomponer la trayectoria de la estadía de la arqueóloga en Chile, en el tiempo en que perteneció a la Universidad Católica del Norte y contribuyó a crear la primera Escuela de Arqueología en el Norte del país.

Gracias a nuestra insistencia, se logró salvar buena parte de dicha documentación, la que ahora se conserva entre los documentos del IECTA (recientemente trasladados desde la ciudad de Iquique a la sección de arqueología del Museo Arqueológico de la Universidad de Tarapacá, en San Miguel de Azapa (Arica). De esta suerte, todo lo que a nuestro juicio podía tener un valor científico o histórico, se pudo salvar. Conservo referencia a este viaje a Antofagasta en mi Diario de Campo, Vol. 66: p. 127.

Nos ha tocado en suerte conservar, además, en nuestro poder, varias cajas llenas de materiales arqueológicos y fotográficos, los que en la medida de lo posible hemos tratado de ordenar y sólo en parte, clasificar. El destino futuro de todos estos valiosos materiales (muchos centenares de fotografías y negativos fotográficos y cajas con materiales de arqueología histórica de Cobija y alrededores) , es pasar a formar parte de una Colección que con el rótulo de "Colección Bente Bittmann", será un día no lejano exhibida en el "Centro del Desierto de Atacama", de la Pontificia Universidad Católica de Chile, tan pronto tenga ésta una Oficina en la ciudad de Iquique.

Entre las cosas que, por el hecho de ser arqueólogo, se me permitió conservar
en mi poder, se encuentran cajas llenas de material fotográfico (diapositivas o negativos), libros y revistas conteniendo no pocos de sus trabajos, objetos arqueológicos e históricos procedentes de sus excavaciones en distintos lugares de la costa de Antofagasta, en especial Mejillones, Huáscar, Chacance, Cobija), su instrumental de trabajo en terreno, cámaras fotográficas, reglas, dispositivos de dibujo, etc.

Hemos seleccionado algunas fotografías suyas de Cobija, tomadas entre los años 1980-1986, que ayudan a ilustrar en parte sus trabajos arqueológicos y etnográficos realizados en la caleta de Cobija, con el apoyo entusiasta de los pescadores de la familia Pinto.

a) fotos de carácter arqueológico:

Foto 1. Se puede observar la excavación practicada en este lugar, con aproximadamente 2.00 m de profundidad. Arriba, en la parte superior, se observan grandes bolones de playa, que enmarcan la base de una vivienda primitiva. El árbol que se observa arriba es un algarrobo (Prosopis chilensis) que crece al lado de la antigua vertiente, donde antaño existían, al decir de D´Orbigny, hacia el año 1834, dos palmas vivas .



Foto 2. Pozo de sondeo de 2 m x 2 m. Excavación practicada en Noviembre 1981. Atrás, se observa bolones de playa en círculo, delatando la presencia de una antigua vivienda del período precerámico.


Foto 3. Aquí se encuentra, sobre la Terraza Nº 1, y al pie de un acantilado, una segunda aguada que aún hoy muestra algo de agua muy salina. La rodean plantas de carrizo o cañaveral (Phragmites communis), única planta capaz de resistir hoy la alta salinidad.

Foto 4. Extensión de la excavación arqueológica en la terraza Nº 2. Sitio precerámico o arcaico.

Foto 5. En la terraza Nº 2, excavación de una vivienda circular, rodeada de bolones de playa.


b) Fotos de carácter etnográfico:

Foto 6. Camión que recoge el huiro apilado y secado previamente por los pescadores y destinado al Japón. De esta alga (Lessonia nigrescens) se obtiene el valioso alginato, muy apetecido en el comercio internacional. El trabajo como "algueros" era parte de su faena tradicional como pescadores y buzos mariscadores, labor que hasta el día de hoy ejercitan en Cobija.


Foto 7. Precaria vivienda de mariscadores, adosada a los antiguos muros de adobe, destruídos por el maremoto y salida de mar de 1867.


Foto 8. Muros de adobe aún enhiestos de las antiguas construcciones en el pueblo de Cobija, totalmente destruído por el terremoto y salida de mar del año 1867.

Foto 9. Rústico fogón de un pescador mariscador actual, adosado a un muro antiguo de adobes de la caleta. Obsérvese las teteras al fuego, elemento infaltable en un hogar de pescador actual.


Foto 10. Viviendas precarias de mariscadores locales, cubiertas con plástico como protección contra el viento y humedad. Véase los indispensables tambores de 200 litros, contenedores de agua potable para su uso. Arriba, en el cielo, nubes blancas cuajadas de agua, que anuncian la llegada de la camanchaca a los cerros altos, sobre los 650 m. y que depositan humedad atmosférica en forma de gotitas, creando allí un oasis de niebla. Francis O ´Connor, ya en 1826, describe los pastizales de coirón (Stipa sp.) que esta neblina era capaz de crear en las partes más altas, a donde los indígenas acudían habitualmente a cazar el guanaco y donde los españoles conducían a pastar, por varios mees, a burros y mulas.




Foto 11 a y 11 b. Vasijas halladas por los pescadores de la familia Pinto al bucear antiguas embarcaciones españolas hundidas en la rada de Cobija. 11a. Un posible contenedor de aceite. 11b. A la izquierda, el mismo contenedor, visto de frente, dotado de amplia boca. Los otros dos contenedores son típicas botijas españolas del siglo XVIII, llamadas corrientemente "peruleras" en las que se transportaba el vino y el aceite. Estas tres vasijas fueron facilitadas en préstamo por los pescadores al Museo Regional de Tocopilla hacia 1986, para una Exposición en la ciudad, con el aval de Bente Bittmann, y posteriormente nunca fueron devueltas a sus dueños, quienes las reclaman hasta el día de hoy. Bente Bittmann lamentó siempre esta apropiación indebida de estos raros especímenes coloniales. Entre los papeles dejados por Bente en las cajas de fotografías, aparece este sencillo rótulo: "Cobija Col. 2 y 3: vasijas encontradas en el mar, Cobija"[sin fecha].

Foto 12. Muelle antiguo donde solía Bente Bittmann sentarse por horas, cubiertos los pies con una manta, a avizorar el horizonte y a reflexionar sobre sus hallazgos arqueológicos, según lo recuerdan hasta hoy los hermanos Pinto, sus compañeros inseparables.


Foto 13. Los miembros de la familia Pinto desconchando mariscos (locos, lapas, erizos), tarea habitual de los mariscadores de la caleta. Preside el trabajo la madre de los hermanos Pinto, quien fuera la amiga y confidente de la arqueóloga Bente Bittmann.


Foto 14. Mobiliario de cocina del mariscador, en un recodo de un antiguo muro del pueblo aún en pie. Del antiguo poblado de la época boliviana, existen aùn muchos muros enhiesatos, con señas evidentes de la terible salida de mar. No se ha realizado aún aquí excavaciones arqueológicas de tipo histórico, destinadas a realzar la importancia de este Puerto para Bolivia en el siglo XIX.


Foto 15. Vista aérea obtenida de la península de Cobija. Se observa la mayor parte de las edificaciones de adobe que fueran totalmente asoladas en la salida de mar y maremoto del año 1876.

El mosaico de fotos que acabamos de presentar son solo una mínima parte de las tomadas por Bente Bittmann durante los años en que trabajó este lugar arqueológico, sitio de su preferencia. La arqueóloga solía venirse a la caleta por días y aún semanas, frecuentemente acompañada por sus alumnos de la carrera de arqueología de la Universidad del Norte. Había arreglado para su uso personal una casita muy cerca de la playa, que aún se conserva, donde mantenía los elementos indispensables para alojar.

Tenemos pensado incluir, dentro de poco, en este mismo capítulo de nuestro Blog, otras fotografías de la arqueóloga danesa, con el objeto de enriquecer nuestro conocimiento del modo de vida, preocupaciones científicas, actividades y quehacer de la investigadora, en su querida caleta de Cobija, donde halló -según ella misma decía - su segundo hogar y donde tuvo, entre los pescadores, a sus mejores amigos.

De este modo, al cumplirse este año 1998 los diez años de su partida (Junio 1998), queremos saldar al menos en parte, una deuda de gratitud para con la gran arqueóloga del Norte de Chile, en nuestra opinión la persona que más certeramente supo relacionar habitat geográfico, recursos y cultura humana, demostrando poseer un claro enfoque eco-antropológico, para su tiempo muy poco frecuente y ciertamente pionero en Chile.