sábado, 10 de enero de 2015

Un campamento de pescadores en plena pampa del Tamarugal: ¿qué hacen aquí en pleno desierto?.



Fig. 1.  Pequeño muestrario de los  elementos culturales hallados in situ en el sitio arqueológico, cercano al Cerro Unita: pesos de red en piedra volcánica negra, cuentas de collar en turquesa y cuentas confeccionadas en conchas marinas  punta de proyectil en basalto.

Un descubrimiento casual en plena Pampa del Tamarugal.

Un día  15 de diciembre  del año  1995, hace casi 20 años,  dimos por casualidad con este hallazgo que queremos referir hoy en detalle. Es importante que su contenido no se pierda para la ciencia arqueológica del futuro.  En aquellos  años,  teníamos un interés muy vivo por colectar la fauna entomológica que   pudiera existir en la Pampa del Tamarugal,  en aquellos pocos lugares donde aún sobreviven pequeñas formaciones vegetales autóctonas, poco intervenidas por el hombre.  Pues bien, desde la carretera que une  la localidad de Huara con el pueblo de Tarapacá y a la altura del km.  14,5 de la misma ruta, divisé,  hacia el costado sur, un conjunto numeroso de 80 a  100 plantas de retamas  o retamillas (Caesalpinia angulata; sinonimia. Ceasalpinia aphila)  que se alzaban aún vivas en el lecho de una pequeña hondonada formada por una antigua corriente de agua mansa, derivada de algún arroyo ocasional. Éstos, de tanto en tanto, inundaban parte de la pampa  como consecuencia  de las  potentes y davastadoras avenidas o aluviones  de verano.

¿Habría aquí insectos de  interés?.

Me interesaba especialmente constatar si en su follaje o en sus flores podía encontrar yo una poco conocida especie de coleóptero de gran interés científico: un pequeño bupréstido de apenas  0.6-0,7 cm de largo, (Atacamita chiliensis), de coloreados élitros en tonos grises y blancos, que visita la planta en flor entre los meses de  octubre y diciembre. Este pequeño bosquete constituido por unas 80-100 plantas se hallaba   a unos 800 m de la carretera. Justo allí, se veía una buena huella que enfilaba en esa dirección y la seguí. Andaba solo aquel día.  Nada hallé de especial interés en las plantas de retamilla, salvo ciertas abejas silvestres del género Centris sp.,  que revoloteaban en torno a las escasas flores. Por lo que vagué un rato, observando los alrededores,  llamándome pronto  la atención un  conjunto irregular de cantos rodados grandes (bolones de aluvión), que aparecían agrupados en una pequeña eminencia del terreno y que, a todas luces,  habían sido  transportados al lugar y por tanto, representaban  una muy probable presencia humana.

Ante un sitio arqueológico, en forma de un campamento de paso.

Al  revisar el lugar,  pronto me percaté de que se trataba de un pequeño sitio arqueológico, por la  presencia de lascas procedentes de piedras volcánicas de colores claros (no sílex) y, sobre todo, de  fragmentos de cerámica, de vasijas de buen porte, a juzgar por sus bocas. Obviamente, usadas éstas para el transporte de agua en el desierto. Poco después, noté la presencia  en superficie de diminutos trozos de  malaquita y turquesa. Resultaba claro entonces para mí que aquí  había sido trabajado este mineral de cobre por el hombre. ¿Para qué?.  La respuesta surgió pocos minutos después, al hallar diminutas cuentas de collar, perfectamente confeccionadas  en este material.

El relato conservado en el Diario de Campo.

Las páginas de mi "Diario de Campo" de la época  ( Diario H. Larrain   Vol.  54:  53-60), que insertaremos en un próximo capítulo del Blog por razones de espacio,  son la mejor  prueba de lo que pensábamos  sobre este pequeño y casual hallazgo en el momento preciso de su encuentro. Resulta  interesante y hasta curioso, ver cuál fue nuestra primera reacción frente a este hallazgo, cuyos enigmas, con el correr del  tiempo,  iban aclarándose  más y más.

Una segunda visita al lugar.

Una visita posterior al lugar, una semana más tarde,  acompañado del joven estudiante Mario Aguilar Araya efectuada el día 21-12-1995, nos arrojó varias evidencias nuevas.  Veníamos ahora provistos de un harnero fino, para cribar una superficie de 1m  x  1m (= 1 m2), para así  poder  recoger  las evidencias más pequeñas y sacar algunas conclusiones válidas. El relato nuestro   conservado en nuestro  Diario de Campo (Vol. 54:  70-76)  consigna  minuciosamente  la descripción y los dibujos (con sus tamaños exactos)  de los elementos hallados en la ocasión  y que hoy son parte de nuestra Colección Arqueológica. Ésta,  en los próximas semanas, debe partir al Museo Regional de Antofagasta donde  quedará depositada en forma definitiva.  En ambas ocasiones, no se invirtió un  tiempo superior a 2-3 de horas de    observación, rastreo y /o  criba de materiales. No se excavó propiamente un pozo de sondeo, sino tan solo se efectuó una recolección de aquellos materiales  culturales o naturales que aparecían en el harnero,  hasta una profundidad de 7-8 cm., en una superficie de aproximadamente   1 m2.  Así aparecieron las conchas, huesos, leña, carbón vegetal y cuentas de collar.  El sitio ha permanecido afortunadamente  intocado desde aquella fecha   (1995).

Los elementos rescatados del sitio.

A continuación, mostramos, en imágenes, todos los elementos rescatados de este pequeño salvamento arqueológico.


Fig.  2.   Este muestrario se  hizo  pensando en una posible exhibición de carácter transitorio. En pequeños compartimentos  cortados en material de "plumavit" blando, hemos depositado los materiales culturales hallados; es decir, la representación concreta de la cultura humana allí representada  así como también  sus materiales de origen  (turquesa, andesita  o concha de molusco). Más abajo, especificamos estos materiales y nos referiremos a su funcionalidad.



Fig. 3.  Este segundo muestrario, ostenta, en cambio, los elementos naturales y/o vegetales  utilizados por el hombre como alimento,  como combustible, o como  materia prima para sus redes o cuentas de collar. Destaca la abundante presencia de  semillas de algarrobo  (Prosopis alba), maíz, conchas marinas y vértebras de peces. Es decir, hay pruebas evidentes  de alimentación in situ, tanto de origen marino como terrestre (agrícola) de los valles  vecinos (Tarapacá, Aroma, Quipisca)..


Fig. 4.  Un típico peso de red  (sinker, en idioma inglés), idéntico a  los hallados por Junius B. Bird, el gran arqueólogo norteamericano, en el gran conchal de  Quiani (costa de Arica)  en el año 1943 (Vea  su obra: "Excavations in Northern Chile", The American Museum of Natural History, New York,  1943: 139,  Figura  18).  Observe Ud. los  trozos de lienza  aún adheridos a la parte media del peso de red. Este ejemplar estaba roto en dos partes,  de un perfecto calce, y que hemos pegado.


Fig. 4.  Punta de proyectil. hecha muy finamente en basalto brillante, no representa, a lo que creemos una punta de arpón  para la pesca (son éstas de un aspecto muy  diferente), sino más bien una punta destinada a la  caza animal (probablemente de guanacos o vicuñas). Es la única punta que fue  hallada hasta ahora en superficie en este sitio arqueológico.  Fue tal vez descartada  aquí por haberse roto el pedúnculo mediante el cual se ataba fuertemente al astil.  Extrañamente, no hemos encontrado allí a la vista  esquirlas o lascas de material de basalto, cuya presencia nos indicaría con cierta certeza  que el artefacto fue confeccionado allí mismo, esto es,  in situ.  Tampoco aparecieron en el harneo efectuado en una pequeña superficie. Casi con certeza, a lo que creemos,  fue traída de fuera (¿desde el altiplano?).

 Fig. 5.   La  existencia de numerosas   semillas de algarrobo  (Prosopis alba) nos  comprueba su consumo habitual por parte del hombre durante  su estancia en este campamento.

 Fig.6.  Carbón vegetal y  señas de la presencia del maíz:  coronta y chala (hojas). El pequeñísimo  tamaño de la coronta  o zuro del maíz,  nos indica con certeza su origen indígena antiguo.  El carbón,  sugiere la presencia de fogones.

  
 Fig. 7.   Tres elemento vegetales de importancia aparecen en este sitio: la totora  (Scirpus sp.), ramillas de retamilla (Caesalpinia sp.) y  restos de frutos de  una  cactácea  de la precordillera, tal vez  de Echinopsis atacamensis (conocida como pasacana, comestible), cactus altoandino que produce frutos dulces y perfumados   (Vea Raquel Pinto y  Arturo Kirberg:    Cactus del extremo Norte de Chile, Imprenta A. Molina Flores,  2009: 168).


 Fig. 8.   Detalle de la  punta de proyectil hecha en basalto. El finísimo lasqueado efectuado  por ambas caras del artefacto, denota  una gran maestría y dominio del material por parte del artesano.


 Fig. 9.  Los fragmentos de hueso, se hallan  muy destrozados y  no permiten una fácil identificación. Podría tratarse de huesos de guanaco  muy  desmenuzados y triturados, tal vez para extraer de ellos la totalidad de  la médula adherida.

 Fig. 10.   Resulta de gran interés este trozo de cuerda adherida aún a la parte media de este peso de red. El sistema normal de amarre es  por  los extremos, donde presenta una muesca  (bien visible)  especialmente hecha para  pasar y atar  una cuerda fina.  Esta amarra  en la parte media del peso de red, nos sorprende.


Fig. 11.   Concha de Scurria sp. (o Collisella sp.?),   especie  de gastrópodo marino comestible que se fija a las rocas en la zona  intermareal, bañada continuamente por el oleaje. Se la suele encontrar  asociada al loco (Concholepas concholepas)  y a las lapas (Fisurella spp.) . 

Epílogo  y comentario nuestro.

1. Sin la menor duda, estamos aquí ante un pequeño lugar de acampada, de un refugio de paso hacia y desde la costa a la quebrada de Tarapacá, no lejos del lugar;

2. La presencia de utensilios de pesca, peces y conchas marinas nos  indica que sus moradores fueron por lo general pescadores y mariscadores de la costa;  por algo dejan ocultos  y "escondidos"  aquí sus  pesos de red y utensilios de pesca. No otro sentido tiene, a nuestro entender, la presencia de estos pesos de red bien ocultos bajo una gran piedra.

3. De sus excursiones a las quebradas, traen de regreso a la costa  el maíz y los frutos del algarrobo, provisiones de viaje con que llenan  sin duda sus  talegas y sus alforjas. Eas, al parecer, su único alimento para el trayecto.

4. En este lugar, sin duda para aprovechar bien  el tiempo, se dedican a labrar, mientras descansan del viaje, sus cuentas de collar en  material de malaquita y turquesa que  seguramente  han obtenido por trueque a cambio de pescado seco y mariscos. Hay evidencias de que también trabajaron  el sílex pues se halla esquirlas y lascas de este material in situ.

5. La presencia de vasijas de agua de tamaño grande, correspondería sospechamos, a un período de intercambio bastante más tardío en términos temporales. El transporte de agua  para el cruce del desierto, era fundamental.

6. Esta última evidencia parecería darnos a entender que el sitio fue ocupado durante algunos milenios, cuando efectuaban sus viajes periódicos que unían la costa con las quebradas o el  altiplano. Los pesos de red  en piedra corresponderían a una evidencia clara de una gran antigüedad, tal vez contemporánea con Quiani y otros sitios costeros de la costa sur de Iquique como Cáñamo y Patillos. Con lo que podríamos sospechar que el sitio pudo haber sido  ocupado a partir de  los  3.000 o 4.000 A.C, a lo menos. Tal vez desde mucho antes.

7. Solo excavaciones metódicas y dataciones  por C14 podrían aportar fechas más certeras de ocupación de este  sitio de campamento en plena pampa desértica, sin agua, pero provisto de alguna provisión de leña de las retamillas  (Caesalpinia aphila), único vegetal presente en el lugar..

8. La presentación de la descripción  tal cual aparece en nuestro Diario de Campo, (vol. 54, año 1995, pp. 53-76) la hemos dejado  para el próximo capitulo del Blog,  debido a  su excesiva extensión. Allí haremos otras observaciones y acotaciones de índole ecológico-cultural o eco-antropológico en relación al modus vivendi de estos pescadores ancestrales.

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