viernes, 20 de agosto de 2010

Muestrario fotográfico de Gustavo Le Paige, S.J.

Fig. 11. Señoras sanpedrinas, de negro, siguen devotamente la procesión de la "Purísima", nombre con que designan a la Virgen en su Inmaculada Concepción. Precede la procesión el P. Gustavo Le Paige, S.J., el 8 de Diciembre de 1964 (Foto H. Larrain).


Fig.10. El párroco de San Pedro, Gustavo Le Paige, con el incensario, en la procesión anual de la "Purísima" por las calles de San Pedro de Atacama. (8 de diciembre 1964); (Foto H. Larrain).

Fig. 9. El P. Le Paige y su ayudante contemplando absortos las figuras representadas en los petroglifos de Alto de Labra, hacia 1956 ó 1957. Esta fotografía aparece en la publicación "Antiguas culturas atacameñas en la Cordillera Chilena", Anales de la Universidad Católica de Valparaíso, N' 4-5, 1957/58, p.107.

Fig. 8. Gustavo Le Paige estudiando los cráneos atacameños de su ya copiosa colección craniológica hacia 1957. En su obra citada en Figura anterior, 1957/58 (Foto autor desconocido).

Fig. 7. Carátula de la obra de G. Le Paige, L. Núñez y B. Bittmann escrita en 1978, precursora y germen del libro que hoy comentamos en este capítulo: "Los antiguos habitantes del Salar de Atacama. Prehistoria atacameña", obra de A. Llagostera Martínez.

Fig. 6. Fotografía de Gustavo le Paige por los años 1962-63. Corresponde, más o menos, a la época en que Le Paige organiza y convoca el Primer Congreso Internacional de Arqueologia Chilena, en San Pedro de Atacama, en Enero de 1963. Esta imagen se encuentra impresa en el libro de Mario Orellana, titulado: Historia de la Arqueologia Chilena ( 1996).

Fig. 5. Reproducción parcial de una fotografía (vea la foto Nº 6) inserta en el trabajo: "Licancabur, 1979", publicado por su autor, el General (R) del aire Eduardo Iensen Franke en 1979, y realizado por la "Corporación para el Desarrollo de la Ciencia", 0rganización privada. El breve trabajo, de 31 páginas de extensión, contiene numerosas y únicas fotografías, de gran valor patrimonial, y describe, en detalle, la expedición y ascensión a la cima del volcán Lincacabur, en el mes de Agosto de 1977. La foto fue tomada por el grupo, a un costado de la casa parroquial, acompañándoles en ese momento el párroco de San Pedro, el Padre Gustavo Le Paige , el 3 de Agosto 1977. Le Paige tenía por entonces 74 años. Dos años después de esta fotografía, le Paige deberá viajar a Santiago para tratarse de un cáncer que terminará fatalmente con su vida en mayo de 1980.

Fig. 4. Fotografía tomada por el físico chileno Gerardo Melcher, en una de sus frecuentes visitas a San Pedro de Atacama, probablemente en el año 1963 o ,probablemente, un poco antes. Se encuentra en la obra de Melcher intitulada: "El Norte de Chile su gente, desiertos y volcanes", publicada por la Editorial Universitaria, año 2004, (foto 113, frente a pág 121).

Fig. 3. Óleo de Le Paige, rememorando su vida de misionero en el ex Congo Belga, hoy Zaire. Recuerda el "Descendimiento de la Cruz" por obra de uno de sus jóvenes indígenas negros del Congo. Pintado probablemente antes del año 1951, fecha en que, por orden de sus superiores , debe abandonar definitivamente la misión del Congo y regresar a Europa. A la derecha del cuadro, Melcher insertó hábilmente una foto muy vívida de Le Paige, tomada por él mismo. Se la puede ver en la obra citada de Melcher, 2004: foto N' 110. Le Paige gustaba mucho de pintar e incluso llegó a exponer todas sus obras pictóricas en Santiago en 1975, en la famosa galería de arte de Enrico Bucci en Providencia, con enorme afluencia de público curioso.

Fig. 2. Grupo expedicionario al volcán Licancabur, liderado por el General del Aire (R) Eduardo Iensen Franke. La foto se encuentra en la página 18, y fue tomada el 4 de Agosto de 1977 frente a las murallas de adobe de la casa parroquial, a un costado de la Plaza principal de San Pedro de Atacama. (En el trabajo de Iensen titulado: Licancabur, 1977).


Fig. 1. Imagen del mismo libro de Gerardo Melcher (2004: foto 111). En la foto, de izquierda a derecha, Gustavo Le Paige S.J. , de sotana gris, las hijas de Gerardo: Ariadne y Norma Melcher, el entomólogo Luis Peña Guzmán, el biólogo norteamericano Dr. Reitböck y finalmente, Irma Ledermann de Melcher, esposa de Gerardo.

Objetivo de este muestrario fotográfico.

Nuestra idea ha sido presentar aquí todas las fotografías que nos ha sido posible reunir hasta este momento y que se encuentran dispersas en diversas publicaciones de corte geográfico, arqueológico, o turístico, y que ilustran bien las inquietudes del sacerdote y su acción tanto en el plano de la investigación, como en el plano de la acción social en beneficio de la comunidad atacameña.

Este nuevo capítulo de nuestro Blog personal, tiene por objeto, como los anteriores, aportar antecedentes de índole muy variada para commemorar, recordar y meditar, transcurridos 30 años de la muerte del sacerdote-arqueólogo, acerca de la importancia de su legado cultural..

Valía y significación del aporte arqueológico de Gustavo Le Paige.

No seremos nosotros, sino un gran arqueólogo del Norte chileno quien nos trazará aquí , de su puño y letra, su trayectoria científica y su importancia en y para el área atacameña. Se trata del arqueólogo Agustín Llagostera Martínez, biólogo y arqueólogo profesional, autor de un libro reciente sobre la cultura atacameña. La obra, publicada en el año 2004 como parte de la Biblioteca del Bicentenario de la República (Número 50), y editada magníficamente por la casa editora Pehuén, nos relata en sendas 215 páginas, plenas de excelentes dibujos del autor, fotografías, planos y croquis, los 11.000 años de evolución de la cultura atacameña, hasta ahora detectados. El libro se titula: "Los antiguos habitantes del Salar de Atacama. Prehistoria atacameña". En seis magníficosy densos capítulos, abarca este libro el examen de un desarrollo cultural ininterrumpido, que Gustavo Le Paige siempre señaló como de carácter autónomo, es decir, creado in situ, por cierto con el aporte esporádico de elementos culturales foráneos. Desarrollo que contribuyó a crear, en el seno del Desierto de Atacama, y más concretamente en torno del Salar de Atacama, una raza fuerte y valerosa, los Lickan antai o "atacameños", creadores de una propia cultura, y que sobreviven aún y se aferran al mismo ecosistema desértico que los ha visot lucar durante los ùltimos 6.000 años.de historia.


La opinión de connotados arqueólogos de la región atacameña.

Agustín Llagostera, en la obra citada, se expresa así del gran iniciador y propulsor de los "estudios atacameños":

"El Padre Gustavo Le Paige, si no fue el primer investigador de estos lares, fue el que trabajó y vivió aquí por más tiempo y, con justa razón, se autodefinió como el creador de los "estudios atacameños". La persistencia en sus trabajos, la creación del Museo Arqueológico, sus publicaciones y el acopio del patrimonio que logró obtener y registrar durante sus 25 años de actividad, lo hace acreedor del mérito que el mismo se reconoció. Reunió alrededor de 375.000 objetos, descubrió màs de 100 sitios arqueológicos y cerca de 40 pueblos en ruinas, excavó más de 3.000 sepulturas en alrededor de medio centenar de cementerios, publicó dos artículos con el título de "Antiguas Culturas atacameñas en la Cordillera Chilena", y 10 años después, organizó un congreso internacional en San Pedro de Atacama. En ese Congreso, proclamó ante el mundo que no se debe aceptar la idea que la cultura atacameña se formó por una superposiciòn de varias culturas que se habrían reunido sólo por azar en San Pedro de Atacama; tampoco presentarla como una extensión de las culturas de más al norte: ¡ la cultura atacameña había tenido un desarrollo autonomo !." (Llagostera, op. cit., 2004: 13-14).

No deja de ser curioso: la obra de Llagostera en seis capítulos, rememora gráficamente toda la lenta evolución cultural atacameña, desde los remotos tiempos de los primitivos cazadores de la puna hasta los actuales habitantes. La misma evolución que Le Paige constata y corrobora en sus obras.

Le Paige fue indudablemente profético, al afirmar en 1963, apenas 8 años de iniciados sus estudios arqueológicos en el área atacameña, lo que sigue:

"Es necesario avanzar un poco más [en la explicación del fenómemno atacameño], ir más allá de la sola descripción, preparar una Prehistoria, con sus diferentes etapas, evoluciones, adaptaciones, correlaciones. Para ello hemos encontrado un material maravilloso en San Pedro de Atacama." (En Anales de la Universidad del Norte, Antofagasta, Vol. 2, 1963: 7; destacado nuestro).

Y un poco más allá Le Paige en el mismo artículo, enfatiza y recalca la misma idea matriz:

" No hay que asombrarse que en una zona tan reducida [como el Salar de Atacama] se hayan descubierto todas las etapas del desarrollo humano, desde la cultura del guijarro, hasta el cultivo con capa de carbón de leña para calentar el terreno por su captación de la radiación solar". (Le Paige, ibid., 1963: 8; destacado nuestro).

Esto es, exactamente lo que ha hecho más de 40 años después, con indiscutida maestría, el arqueólogo Llagostera Martínez en su espléndido trabajo del año 2004. Probablemente, el propio Llagostera se sorprenderiasin duda, al releer y analizar las líneas de este texto, realmente profético, pero ya enteramente olvidado. Su autor se convirtió, sin darse cuenta, en el artífice de la profecía del precursor Le Paige.

No es el único, ciertamente. Mario Orellana Rodríguez, connotado arqueólogo y Premio Nacional de Historia 1994, fue activo visitante e investigador asiduo de la arqueología en el Salar de Atacama por años. Conoció muy de cerca, y tal vez como pocos, la personalidad y el espíritu científico de Le Paige, de quien llegó a ser amigo. Su opinión nos merece mucho respeto por tratarse de un detacado investigador del Norte grande y que, además, posee la misma especialidad: la arqueología.

Orellana dedicó en su obra: Historia de la Arqueología en Chile, (Bravo y Allende Editores, 1996) un párrafo íntegro (pp. 184-188) al examen de su legado arqueológico y nos ha dejado el siguiente bosquejo de su actividad científica en Atacama:

"Más allá de las críticas a sus métodos y teorías, no se puede dejar de reconocer que Gustavo Le Paige es el recreador de la arqueología atacameña. Luego de Ricardo Latcham quien escribió su excelente "Arqueología Atacameña" en 1938. Le Paige nos descubrió el mundo de los cazadores recolectores, le dió profundidad cronológica a estos primeros ocupantes de la Puna (más allá de que aún no se hayan verificado sus antiguas fechas), postuló una continuidad cultural para la región, dándole cohesión a su interpretaciòn personal y, sin lugar a dudas, entregó a los arqueólogos un universo de materiales culturales para ser estudiados e interpratados con nuevas técnicas y teorías". ( Orellana, 1996:188).

Y, poco antes, señalaba.

"Si quisiéramos señalar cuáles fueron sus ideas mas queridas, en su trabajo cientìíico, tendríamos que recordar, en primer lugar, que nunca separó su trabajo cientifico del social, nunca desligó el pasado atacameño del presente atacameño.Sus estudios del pasado estaban, por supuesto, al servicio de la ciencia,, pero sobre todo al servicio de la comunidad viva, de la sociedad que constituían los pueblos situados alrededor del Salar de Atacama.

Esta idea básica que relacionaba profundamente el pasado y el presente, lo llevó a defender con fuerza su concepto de cultura atacameña.....Así, su concepto de continuidad cultural y social fue para él muy importante..." (1996:186-187).

Llagostera y Orellana concuerdan en que el legado arqueológio de le Paige fue y sigue siendo de sin igual valor para el área atacameña. Más aún me atrevería yo a sostener sin miedo que si Le Paige no hubiera estado en acción durante 25 años en esa región, muy poco conoceríamos hoy dìa sobre la misma o, tal vez, muy poco más de lo que nos dejó escrito Ricardo Latcham en 1936, pues Le Paige abrió decidida y valientemente las compuertas al conocimiento y estudio de una región que era casi totalmente desconocida por entonces para la ciencia chilena, tanto la arqueológica como la geográfica y aún la biológica.

Le Paige fue el verdadero descubridor de la rica sucesión de culturas atacameñas desde el más remoto pasado de los cazadores del Holoceno hasta el presente.

Fue él quien alertó sobre la existencia de un período arcaico, [que el creyó ser un "Paleolitico"] de remotos cazadores de las cuencas andinas, cuando nadie por entonces en Chile había siquiera advertido su presencia. Fue él quien lo señaló enfáticamente, mostrando los notables ejemplares líticos de Ghatchi, Loma Negra y Tulán, en la primera Reunión de Antropología en Arica del año 1961, ante el asombro de sus colegas chilenos. Sin él, no existiría, tampoco, el tesoro de conocimientos que hoy tenemos acerca de este pueblo, uno de los más ignorados y recónditos de la antropología y etnografía de Chile merced a sus riquísimas colecciones. Y ciertamente, sin él, no existiría hoy un espléndido Museo consagrado al estudio de la cultura atacameña. Como tampoco, sostenemos, se habría convertido el pequeño pueblo de San Pedro en lo que hoy es: un repositorio indiscutido de la cultura atacameña y el mejor Centro de Estudios de la arqueología y de la antropología del Norte de Chile.

La figura señera del jesuíta Gustavo le Paige, quedará por siempre indisolublemente unida al destino del pueblo atacameño, sus remotos orígenes, su desarrollo cultural y su historia reciente.

Este es, tal vez el mayor de sus méritos, del cual nadie podrá nunca despojarle.

(Capítulo en elaboración).



viernes, 13 de agosto de 2010

Un enigmático santuario de representaciones rupestres (petroglifos) junto a Tarapacá .

Foto 25. Bloques como "Menhires", al parecer levantados ex professo para destacar el lugar. Sin duda, se trató de un lugar significativo para el grupo humano que lo levantó otrora. El trabajo de Núñez y Briones del año 1967/69, citado más abajo, al parecer, no repara en la existencia de este sitio, que pudo ser - no tenemos pruebas de ello - un lugar específico de celebración. En todo caso, es evidente que el acumulamiento y alineación de "menhires" o piedras alzadas, es intencional y revelaría un uso particular del lugar. Resulta difícil pensar que éste no tenga nada que ver con la abundante zona próxima de petroglifos. (Foto H. Larrain, o5/08/2010).

Foto 24. Sector del "recinto" artificial enmarcado por "menhires", y señalado ya en la foto Nº 22 y 25. Campean aquí unas 5 - 7 rocas enhiestas, erguidas, puestas así aparentemente en forma intencional, probablemente señalando la importancia del lugar. ¿Qué era, exactamente?. Tal vez una excavación podría arrojar algunas luces sobre la funcionalidad de este recinto, situado en la parte alta del Santuario.Extrañamente, no presenta petroglifos. (Foto H. Larrain, 05/08/2010).

Foto 23. Sector inferior de petroglifos, hacia la parte Norte del área del santuario, bajando hacia el poblado de Tarapacá. Los petroglifos abundan en la parte más alta y disminuyen notoriamente al descender hacia el valle, sin alcanzar a éste. (Foto H. Larrain, 05/08/2010).

Foto 22. Extraño complejo de rocas, algunas evidentemente instaladas con participación de trabajo humano, constituyendo una especie de plaza ceremonial. (?) Algunos de los bloques elevados, tipo menhires, han sido puestos erguidos, y se observa, sobresalie ndo del suelo arenoso, un claro alineamiento de rocas, evidente testigo de un muro antiguo. El sitio de petroglifos nunca ha sido excavado sistemáticamente. Solo en forma muy parcial (pozos de sondeo) y en otros emplazamientos, en el área de concentrción de bloques con diseños, al norte de este "recinto". Curiosamente, en el contorno inmediato de este "recinto" artificial, no se observa ningún bloque provisto de petroglifos. (Foto H. Larrain, 05/08/2010).

Fig. 21. Al centro del bloque, se puede ver una gigantesca representación solar inscrita en círculo mayor, rodeado de varios otros círculos más pequeños. ¿Pretenderá ser una representación del dios Inti?. La foto permite reconocer bien la majestuosidad del conjunto de miles de bloques acarreados durante el Pleistoceno final. (Foto H. Larrain, 05/08/2010).




Fig. 20. Varios ejemplares de llamos domésticos con personaas humanas acompañantes. El punteado interior del llamo, nos intriga, pues resulta poco común. Dos de las rocas vecinas, presentan, igualmente, grabados. (Foto H. Larrain, 05/08/2010).

Fig. 19. El bloque mostrado en la Foto Nº 18, en su entorno inmediato. Se observa su situación respecto a los cerros que culminan por el sur, antiguo lugar de origen del deslizamiento y acarreo de rocas en momento de una gran pluviosidad (período pluvial). (Foto H. Larrain, 05/08/2010).

Fig. 18. Bloque lleno de figuras, casi todas humanas, acompañadas de animales domésticos (¿llamas?). Víctor Bugueño, nuestro colega acompañante, sirve de escala para determinar el tamaño del bloque pétreo, de aproximadamente 1.10 m de alto. Foto H. Larrain, 05/08/2010).

Foto 17. Tres o cuatro representaciones humanas. (Foto H. Larrain, 05/08/2010).

Fig. 16. Bloque enteramente tapñzado de figuras algo borrosas, salvo el sol bien visible con rayos, situado a la izquierda, arriba. (Foto H. Larrain, 05/08/2010).

Fig. 15. Posibles representaciones de aves al vuelo (¿cóndores?), tortugas marinas y, al parecer, peces (?). De ser así, este bloque mostraría un lugar específico de rito de algún grupo de pescadores. (Foto H. Larrain, 05/08/2010).

Foto 14. Representación mixta de figuras de soles y, al parecer, una vaca o buey de la época española, porque evidentemente no se trata de un camélido. De ser así, estaríamos ante un diseño de la época del contacto español-indígena, con lo cual se dataría de inmediato la cronología de la figura ( mediados del S. XVI). (Foto H. Larrain, 05/08/2010).

Foto 13. "Petroglifo" o grabado actual, esculpido por un vándalo en la proximidad de los auténticos petroglifos. Alguien quiso pasar a la posteridad esculpiendo aquí las iniciales F. P. S. T., en medio del sector del Santuario. Ejemplo elocuente de lo que se debe evitar a toda costa en estos lugares patrimoniales. Por lo demás, es un indicador de la facilidad con que estos bloques pueden ser "dibujados", o "tallados", con la ayuda de una piedra dura, puntiaguda, a manera de cincel. (Foto H. Larrain, 05/08/2010).

Foto 12. Confusa y profusa aglomeración de figuras: círculos, soles con rayos, sol con cruz interior (chacana) y, al parecer, varias representaciones de suris o avestruces del altiplano andino de Tarapacá. Es casi el único caso en que el bloque queda totalmente colmado de dibujos. A la derecha, al lado de la divinidad solar, la cruz andina o chacana que sería según algunos autores (como Kusch) , una representación del dios Tunupa, también conocido por el nombre de Tarapaca (sin acento final). (Foto H. Larrain, 05- 08 -2010).

Foto 11. Perspectiva y vista desde el sector rocoso de petroglifos, es decir visión desde el Sur, orientada hacia el valle y poblado actual de Tarapacá. La torre de la iglesia queda visible en medio del pueblo actual. (Foto H. Larrain, 05/08/2010).

Foto 10. Bloque que nos muestra una hermosa y única representación solar, con 10 rayos axiales. Arriba, otras imágenes, al parecer humanas, poco claras. (Foto H. Larrain, 05708/2010).

Fig. 9. Figura de círculo (¿solar?), serpiente y dos personajes humanos masculinos: el de abajo, revestido de atuendo de fiesta y tocado ceremonial de plumas, sin duda, la representación de un shamán en plena fiesta. Todo nos sugiere aquí que las representaciones mostradas nos señalan la ocurrencia de episodios sucedidos aquí mismo, in situ, en el contexto de este extenso centro ceremonial, tan rico en figuras representadas. (Foto H. Larrain 05/08/2010).

Fig. 8. Personaje humano estilizado, posiblemente provisto de un amplio traje ceremonial (?). (Foto H. Larrain, 05/08/2010).

Fig. 7. Figura de serpiente (?), que parece brotar o escurrir del círculo solar y dos representaciones humanas en movimiento, tal vez ejecutando un baile o representando una cacería . Sorprende en este sitio, como muy bien lo han señalado Núñez y Briones, el alto porcentaje de figuras humanas en clara posición de baile o movimiento. A nuestro entender, esto estaría retratando hechos ocurridos obviamente allí mismo, es decir, la ejecución de bailes ceremoniales realizados in situ con fines claramente rituales o de impetración y súplica. (Foto H. Larrain, 05/08/2010).

Fig. 6. Representaciones del sol (círculo) y la chacana andina o cruz del sur. La chacana , símbolo gráfico de Tunupa, ha sido esmeradamente dibujada, con recurso a un relleno muy bien ejecutado de un punteado fino, llenando el campo del diseño, caso muy poco frecuente. Extrañamente, este bloque rocoso sólo nos muestra representaciones celestes. Obviamente, ha sido dedicado a sus deidades principales. El hombre y su baile ceremonial ha sido excluído aquí. ¿Por qué?. (Foto H. Larrain, 05/08/2010).

Fig. 5. Representación esquemática de un camélido (¿guanaco?); debajo del camélido, se ve una figura humana recostada, en movimiento, provista de largo faldellín de fibras vegetales, tal vez como parte de un posible baile ritual ejecutado in situ. La intemperización de la roca granítica por efecto del tiempo, ha permitido la formación de una leve costra superficial de color café granate oscuro (pátina). Al golpear y raspar ésta, con golpes precisos de una piedra dura y afilada, quedó al descubierto el color gris suave interior de la roca, mucho más claro, produciendo el efecto de resalte. (Foto H. Larrain, 05/08/2010).

Fig. 4. Círculos y otras figuras, algo borrosas por el tiempo y la erosión de la antigua pátina del bloque pétreo. Este hecho, visible también en otros bloques del lugar, hace muy difícil establecer con absoluta precisión el número total de figuras del "Centro Ceremonial" de Tarapacá-47, número que los investigadores citados, sin embargo, fijan en un total de 417 representaciones. (Foto H. Larrain, 05/08/2010).

Fig. 3. Bloque aislado provisto de una sola figura humana esquematizada. Por lo general, todas las figuras humanas representadas en estos bloques rocosos son pequeñas alcanzando por lo general no más de 15 cm de longitud, y rara vez superando los 20 -25 cm. de alto. (Foto H. Larrain 05/08/2020).

Fig. 2 Vista desde el sur hacia el extremo de la antigua aldea colonial de Tarapacá y la quebrada interior. Y ya se han levantado aquí las primeras carpas de peregrinos que llegan con anticipación de varios días a celebrar la festividad de San Lorenzo, patrono católico del pueblo de Tarapacá desde la época de la Colonia. . (Foto H. Larrain, 05/08/2010).

Fig. 1. Gustavo Le Paige, el jesuíta arqueólog0, contemplando una pared llena de figuras talladas en el sitio Alto de Labra, en la zona atacameña. (En "Antiguas culturas atacameñas en la cordillera chilena", (Anales de la Universidad Católica de Valparaíso, Nº 45, 1957/58. pág. 107, Foto 10). También a Le Paige le llamaron poderosamente la atención los grabados y figuras inscritos en los bloques rocosos de diversos lugares de Atacama. Pero fuera de examinarlos y describirlos o dibujarlos, no profundiza ni medita en su sentido profundo. Lástima grande, pues él, como hombre de profunda fé en las realidades sobrenaturales, pudo sin duda aproximarse mucho mejor que otros al sentido oculto de estas manifestaciones rituales inscritas en la roca.

Este capítulo del Blog ha brotado de las reflexiones y animada conversación en terreno con mi ayudante-arqueólogo el joven iquiqueño Víctor Bugueño García. No pocas de las ideas aquí examinadas le pertenecen.

Las investigaciones arqueológicas en el lugar.

El sitio-santuario que hoy presentamos en fotografias seleccionadas, es bien conocido por la literatura arqueológica nacional. Pero sólo por los arqueólogos y algunos otros expertos. Pero casi totalmente ignorado por la mayoría de los iquiqueños y/ o nortinos. En efecto, los arqueólogos piqueños Lautaro Núñez y Luis Briones realizaron un detallado relevamiento de las figuras grabadas en los bloques rocosos de este lugar ya en el año 1967, el que presentaron con imágenes en blanco y negro en su trabajo: "Petroglifos del sitio Tarapacá-47" y que apareció en la revista Estudios arquelógicos, de la Universidad de Chile, Antofagasta, en el número 3/4 de 1967/68, págs. 46-83.

Esfuerzo por describir y sistematizar los bloques con figuras.

Este valioso trabajo científico nos muestra, con gran variedad de diseños y fotografías, un gran esfuerzo por recopilar, describir y organizar en tipos las representaciones, iconográficas incluyendo un esmerado recuento y sistematización y ordenamiento de los 417 bloques descubiertos con figuras. Trabajo largo y acucioso que nos asombra. Casi todo el esfuerzo ha sido puesto en un análisis descriptivo de las figuras, pero poco nos aporta hoy para el conocimiento profundo de la funcionalidad del sitio desde el punto de vista ritual y ceremonial. Y menos nos sugiere reflexiones desde el punto de vista de la ritualidad geográfica regional. No era ése, sin embargo, claramente, su objetivo central. y los autores así lo señalan. La primera y urgente tarea, ante un enorme y todavía desconocido sitio ceremonial como éste es, evientemente, el registro sistemático y metódico de las figuras, tarea que fue realizada con meritoria dedicación y empeño. Pero ese importante trabajo es casi imposible de leer y encontrar hoy, pues no ha sido todavía -que sepamos - incorporado a la red de Internet. Es decir, en otras palabras, sólo queda al servicio de un puñado de hombres seleccionados de la Academia. El público no lo conoce.

Lo que nos preocupa y nos ha animado a publicar esta nota.

Lo que nos preocupa hoy como antropólogos, igual que para el caso de la inmensa mayoría de los sitios arqueológicos de Tarapacá y Antofagasta, es el actual abandono total del sitio y la falta total de señalética científica que nos advierta acerca de la antigua funcionalidad del sitio y su notable valor arqueológico y cultural. No sólo no hay allí protección alguna, sino que tampoco se advierte, por desgracia, entre los habitantes residentes en el actual poblado de Tarapacá, un mayor interés por relevar, dar a conocer y mostrar con orgullo uno de los más interesantes lugares de petroglifos del extremo Norte de Chile, desde el punto de vista de su abundancia y notable diversidad iconográfica.

Casi total desconocimiento de la valía cultural y religiosa de este sitio ceremonial.

Nada en la localidad induce a sospechar la existencia de este interesante lugar ceremonial, tan cerca del pueblo. Ni un aviso, ningún recuento fotográfico, ningún afiche o relato alusivo, ninguna referencia. Para el Turismo regional, Tarapacá-47 -como lo bautizaron sus investigadores- simplemente no existe. Por otra parte, la existencia de "petroglifos" e incisos recientes, grabados hace poco por manos ignorantes pero criminales, hace todavía más urgente planificar su debida protección y cuidado. Si no lo hacemos, prontamente estaremos inundados de estos graffiti en un sitio tan importante como éste. Tarea impostergable para los arqueólogos jóvenes, procedentes de estas mismas comunidades.

Importancia de la quebrada de Tarapacá durante la Colonia.

El actual pueblo de Tarapacá, joya colonial que fue residencia habitual de los Corregidores y Tenientes de Gobernador de Tarapacá por mucho tiempo, durante lo siglos XVII al XVIII., recibe anualmente decenas de miles de peregrinos que acuden a su iglesia a venerar a su Santo Patrono, San Lorenzo. Estos se instalan por varios días, en improvisadas carpas, en cualquier sitio y algunos, más osados, dentro del perímetro de la antigua aldea colonial, inmediata al campo de petroglifos. Para ello han abierto recientemente huellas por el medio de las ruinas de la aldea colonial. Este extenso campo ceremonial prehispánico apenas dista unos 500-550 m. del cauce de la quebrada y unos 600 m. de las primeras casas del pueblo actual. Es decir, el lugar -como pudimos constatarlo ese día de nuestra visita - es recorrido por los peregrinos en sus horas ociosas, en busca de fotos interesantes, curiosidades o de fragmentos de cerámica u otros elementos del registro arqueológico que yacen hasta hoy lamentablemente desparramados por doquier.

Nuestro recorrido por los vericuetos del ignorado santuario prehispánico.

Recientemente, en las vísperas de la fiesta patronal de San Lorenzo, hemos visitado con mi fiel ayudante, el joven arqueólogo Víctor Bugueño, este campo increíble de manifestaciones rupestres, tan próximas al pueblo de Tarapacá. Mientras los fieles católicos se aprestaban a celebrar durante toda una semana a San Lorenzo, soldado romano mártir, patrono de los mineros y del mismo pueblo, levantando numerosas carpas por todos lados junto al poblado, nosotros recorrimos a pie la imponente zona pedregosa, tapizada de enormes bloques rocosos, formada por antiguos y gigantescos aludes, desprendidos de la montaña en épocas de fuertes lluvias del período pluvial, hace probablemente más de diez milenios atrás.

La quebrada y sus bloques, testigo de lejanos episodios geológicos.

Esos antiguos "torrentes" y deslizamientos, hoy secos, muestran un extraño paisaje tapizado de rocas hermosamente redondeadas, contorneadas, un día muy lejano desprendidas de lo alto de los cerros. En su violento arrastre aluvional cerro abajo, fueron quedando fuertemente erosionadas y limadas, dejando en ellas abundantes superficies brillantes y semiplanas. Se trataría de granitos y granodioritas, algunas de enorme talla, que en su trayecto descendente fueron quedando empotradas en el suelo, como rocas "cansadas". El transcurso del tiempo fue "meteorizando" las rocas, es decir, creando una costra oscura como pátina del tiempo. Por alguna razón, no evidente hoy para nosotros, el sitio fue antaño - no sabemos exactamente desde cuándo ni por cuánto tiempo- escogido por los lugareños para erigir un venerable allí santuario, no tan solo de y para los habitantes de la quebrada, sino de toda la Región, como veremos.

Características físicas del escenario natural del "santuario".

Recorrer el área nos impresiona hoy vivamente. Es muy grande y comprende varias hectáreas. Hay algo de fuerza sobrehumana, casi diríamos sobrenatural, en esos enormes bloques que parecen pulimentados y allí puestos por superhombres. ¿Creyeron ver los antiguos habitantes figuras allí representadas, al modo de imágenes, o simplemente vieron la posibilidad de tallar allí, en esas superficies tersas y limpias color oscuro, sus signos y dibujos para allí commemorar, recordar acontecimientos para ellos de significación y valía?. ¿Qué los indujo a consignar y fijar para siempre sus recuerdos, temores, sentimientos, deseos o anhelos en la piedra?. ¿Qué impetraban y suplicaban aquí?. ¿Cómo saberlo con precisión ?. Algo nos resulta claro: lo esculpido por sus manos, mediante un picoteo cuidadoso (picking) hecho con golpes de alguna piedra filuda, más dura (¿basalto?), no se borraba, esto es, persistía en el tiempo. Había al parecer, entonces, una intencionalidad de lograr y obtener su supervivencia en el tiempo. No era, como en ciertas tribus del trópico africano, simples dibujos de animales hechos rápidamente sobre la arena, antes de la inminente cacería, y que el oleaje del río borraba muy pronto. Aquí se buscó, ex professo, durabilidad de las figuras en el tiempo. Y, probablemente, por la presencia de cerámica en tan gran cantidad, la repetición periódica (tal vez anual) de las mismas ceremonias y ritos. ¿Sólo se trataría de rogativas ocasionales, en caso de calamidad, o sequías prolongadas?. ¿Cómo saberlo?.

¿Consumían bebida o alimentos durante la actividad ritual?

El segundo rasgo que nos impresiona como arqueólogos, es la presencia de abundancia de cerámica, en torno a las piedras con figuras. Cuencos, pucos, cántaros u ollas parecen ser los tipos habituales. Casi no quedan hoy -por obra de la colecta discriminadora de arqueólogos u aficionados- elementos diagnósticos como fragmentos de bocas o cuellos , que nos permitieran reconstituir sus formas más frecuentes. Sólo quedan partes de cuerpo o panza. ¿Por qué acumularon precisamente allí, con el correr del tiempo, tanta fragmentería cerámica?. La presencia de cerámica común de uso diario, nos habla de que allí consumieron alimentos, y/o tomaron ciertos brevajes, o realizaron ciertos ritos con la comida o bebida. Si llegaron a comer allí en pequeños grupos o a beber en torno a ciertas piedras con dibujos, previamente tallados por sus antepasados, tal vez practicaron ritos agrícolas o tareas especiales, tal vez ritos de caza o pesca, o peticiones por determinadas presas, o tal vez, invocaciones ignotas a sus deidades animales.

Los arqueologos detectaron la presencia in situ de alimentos.

Nuñez y Briones testifican, al respecto, que en la excavaciones que realizaron junto a uno de esos bloques con petroglifos, aparecen pruebas de comidas, pues se ha encontrado raspas y hojas de maiz , y otros restos inconfundibles de alimentos consumidos en el lugar. La "comida ritual" fue , pues, un hecho en el lugar, tal como se sigue hacinedo hoy en las festividades andinas. La persistencia de esta asociacion rito-comida , tal como se sigue realizando hoy, nos comprueba que en la antigüedad no fue algo muy diferente. Y , en este sentido, las cosas han variado poco. Solo ha cambiado el objeto de la veneración (el Dios cristiano, en lugar de sus divinidades tutelares) , pero no los ritos usados, o, tal vez, los elementos (alimento) usados en el rito mismo.

Lugar evidente de permanencia, no habitual, pero frecuente.

La presencia de comida y/o bebida, en cierta abundancia, (sugerida por la presencia de cerámica y restos comestibles) nos habla al parecer, de algún tiempo largo de permanencia en el lugar. Cualquier práctica ritual - si de rito se tratara- requiere de tiempo, de permanencia en el lugar. Muy diferente a la visita casual y de breve tiempo de nosotros, los meros visitantes. que sólo nos contentamos con una buena fotografía. Tal como ocurre hoy en las comunidades aymaras o atacameñas: los ritos ancestrales para pedir la lluvia, siempre realizados exactamente en los mismos lugares "de adoración", duran muchas horas, a veces, varios días. Tambièn hoy los participantes llevan consigo alimentos y bebida. Y esa larga espera comporta llevar alimentos para consumir y bebida para saciar la sed.

Pocas rocas dibujadas en el total, y nunca juntas. Esto nos está indicando algo. ¿qué cosa?

El tercer aspecto que nos impresiona es que, por lo general, son pocas las rocas elegidas para tallar sus figuras. De las decenas de miles de rocas, de buen tamaño alli presentes, ,sólo han elegido unos pocos centenares. Y, lo que más nos llama la atención, éstas generalmente están aisladas y no parecen constituir conjuntos armónicos. Muy raro es el sitio en que se pueda encontrar tres o cuatro rocas, en bastante cercanía. Ninguno hay en que todas las rocas circundantes o inmediatas, sin excepción, presenten figuras talladas.

¿Altares particulares de cada familia, o de cada pueblo peregrino?

¿Querrá esto decir, tal vez, que cada roca constituía de por sí un sitio de actividad ritual para una determinada familia? ¿Un sitio que poseía una "fuerza" especial, para determinada familia o grupo familiar, o tal vez un pueblo? . ¿Un sitio-altar comunitario o familiar?. ¿Un sitio de adoración grupal?. Es algo así -nos atrevemos a comparar- como las imágenes de los santos que se distribuyen en el recinto interior de una iglesia. Nunca están todos aglomerados, o mezclados, sino cada uno posee su "pequeño altar" o "capilla" propios, al pie del cual los fieles se agolpan a rezar o suplicar. Es su imagen familiar o grupal; a las otras, no le hacen mayor caso, pues no son "la suya". Los hay devotos de San Martín de Porres, o de Santa Teresita de Lisieux, o San Pedro, o, tal vez, del patrono San Lorenzo. Si esta hipótesis parece plausible, querría decir que muchas familias, simultáneamente, se pueden haber distribuido aquí por toda la quebrada, en tiempos especiales de rogativas, cada una en torno a la imágen o las imágenes de sus íconos venerados. Tal vez, una figuración de los propios totems o "íconos" de sus poblados.

Diferentes tipos de figuras

El cuarto aspecto que nos parece de interés es señalar que se observa relativamente pocos tipos diferentes de figuras. Hay figuras animales (zorro, serpientes, batracios, lagartos, tortugas marinas (?) , suris, ave, monos). Hay también muchísimas figuras geométricas: (circunferencias, soles, chacana, líneas) y, por fin, hay bastantes figuras humanas, de pequeño tamaño y muchas en actitud dinámica o de baile (balseros, enmascarados o personajes provistos de vistosos tocados). ¿Serían estos animales representados aquí sus totems o animales sagrados tribales?. Tal vez, no lo sabemos a ciencia cierta.

Altiplano, quebradas y valles estan aquí representados.

El quinto aspecto digno de reseñarse es que aparecen aqui no solo animales de las quebradas, es decir del propio lugar, Tarapacá, sino también de la costa y del altiplano (v. gr. tortugas marinas, suris y flamencos), Y aun del oriente boliviano. Esto puede significar varias cosas: a) que el lugar era visitado indiferentemente por los habitantes de los cuatro ecosistemas: oriente, altiplano, quebradas y costa. b) que una misma familia o grupo recorría, por diversas razones, los cuatro diversos ecosistemas y por ello "se encomendaba o "veneraba" a las deidades tutelares, las respectivas dueñas y señores de estos. Una de las posibles razones era el auto-abastecimiento de productos varios, de los tres ecosistemas, mediante largos trayectos y el otro, la práctica ya muy temprana de un activo comercio regional que comprendía el uso y aprovechamiento de todos sus ecosistemas y sus respectivas producciones. c) la interdependencia económica de alguna antigua aldea alli existente, de los cuatro ecosistemas.

Tal vez , tal como hoy en la festividad de San Lorenzo, los antiguos fieles prehistóricos llegaban aqui a suplicar y/o agradecer a sus deidades tutelares o totems.

Se sirven de bloques de dimensiones semejantes, y de escasa altura sobre el suelo.

El sexto aspecto que nos llama la atención es que todos los bloques elegidos son bajos, no elevándose del suelo más que un metro, a lo sumo. Hay unos pocos bloques enhiestos, elevados, en un recinto especial (Ver fotos Nº 24 y 25), pero no fueron usados al efecto. La comida ceremonial, en estos casos, debió efectuarse a muy corta distancia de sus íconos preferidos, sentados probablemente en cuclillas, en el suelo arenoso, allí mismo donde han quedado como recuerdo los fragmentos de la cerámica utilitaria usada en la ceremonia y comida ritual. Muy cerca de allí, en pequeñas cabañas hechas de ramas de sorona, cachiyuyo y carrizo de la quebrada, pasaron sin duda la noche bien envueltos en sus chuces y frazadas de lana de camélidos andinos.

La continuidad de la vida religiosa en un mismo lugar geográfico, Tarapacá.

Y eso nos lleva a una nueva y atrevida comparación que puede tal vez parecer provocativa o exagerada, con lo que hoy ocurre hoy mismo, en la celebración de la fiesta de San Lorenzo, en el pueblo de Tarapaca. Hoy llegan aquí a venerar al santo y pedirle sus favores o agradecer sus milagros, desde todos los ámbitos geográficos; el altiplano y la vecina Bolivia, las quebradas, la pampa y la costa del Pacífico, sin distinción de nacionalidad, etnia, nivel cultural u origen social. Todos, vengan de donde vengan, veneran en el mismo lugar y agradecen o suplican al Santo por muy distintas razones. Y todos traen sus conjuntos de bailes en honor del Santo, pero con sus atuendos y disfraces caracteristicos de cada pueblo. Todos concurren masivamente al mismo Santuario. Sin duda antaño como hoy, en períodos y fechas específicas. Antaño, probablemente en la proximidad del inicio de la actividad agrícola. La presencia de Tunupa representado por la cruz andina o chacana, así parecería sugerirlo.

En un mismo paisaje geográfico, se venera, con siglos de distancia cultural, a diversas deidades o santos tutelares.


El lugar geográfico-fisico es exactamente el mismo, las motivaciones espirituales y los atuendos de cada peregrino (en este caso, representados en sus bailes tipicos), diferentes. ¿Será tal vez que los españoles, quienes tempranamente ejecutan aquí en la zona intenso laboreo de minas, (piénsese en Paguanta, cercano a Tarapacá o en la azoguería colonial de Tilibilca, tan próxima) sustituyen inteligentemente la veneración andina de Tunupa por la cristiana, a través de la efigie de San Lorenzo, santo patrono de la minería?. El punto es digno de ser investigado más a fondo, por cuanto fue éste el proceder habitual de los conquistadores y frailes predicadores en sitios connotados de veneración indígena (huacas). Y que éste centro ceremonial era uno de ellos en el Norte Grande tarapaqueño, parece evidente.

A lo que creemos no nos parece ilegítimo trazar este paralelismo ritual-religioso en este mismo lugar de veneración, uniendo el ayer con el hoy, en un mismo hilo conductor religioso. Ayer se pidió aquí mismo a Tunupa y otras deidades andinas por cosechas abundantes y agua copiosa de regadío. Hoy, se hace otro tanto. Han cambiado las efigies de los santos protectores, pero la oración y el espíritu religioso del pueblo sigue siendo el mismo. Y sua bailes religiosos acompañan hoy tal como ayer la veneración del patrono San Lorenzo y de sus deidades tutelares andinas, Tunupa o Tarapaca.


(Capítulo en plena elaboración).


lunes, 2 de agosto de 2010

Darwin visita Iquique y la zona salitrera: 12 de julio 1835

Fig. 3. Diseño de construcción del HMS "Beagle". Vista lateral y superior del navío. Se muestra el camarote del capitán Fitz-Roy donde el joven Darwin encontró lugar para su permanencia a bordo durante los seis años de su viaje alrededor del mundo.

Fig. 2, Litografia de la época que nos muestra el barco "Beagle", anclado en los mares del extremo sur chileno, cuando Fitz Roy realizaba mediciones conducentes a elaborar una cartografía del Canal que llevará su nombre (1834).

Fig. 1. Óleo de Darwin muy joven, aproximadamente de la época en que se embarcó en el "Beagle" bajo el mando del capitán inglés Robert Fitz Roy, en 1831.

Publicamos aquí un reciente artículo nuestro, aparecido en el diario "La Estrella" de Iquique, el día 13 de julio de 2010, páginas A-14 y A-15, con motivo de cumplirse los 175 años de la recalada de Darwin en este puerto nortino, en pleno desierto de Atacama. Esta nota quiere ser un homenaje al su aporte al conocimiento de este puerto, y su zona aledaña, en fecha muy temprana, cuando apenas habìan comenzado los primeros embarques del salitre a los puertos europeos.


Texto completo del artículo:

UNA VISITA MEMORABLE:

EL BIOLOGO Y NATURALISTA INGLES CHARLES DARWIN RECALA EN IQUIQUE HACE EXACTAMENTE 175 AÑOS.



Dr. Horacio Larrain B. (Ph.D.)

Antropólogo cultural y arqueólogo

Coordinador Regional

Centro del Desierto de Atacama

Pontificia Universidad Católica de Chile.


Recalada en Iquique: 1835



Hace exactamente 175 años, un día 12 de julio del año 1835, el pequeño puerto de Iquique, una creciente población de unos 1.000 habitantes, acoge la inesperada visita de un joven naturalista inglés: Charles Darwin. El científico visitante arriba en el “Beagle”, barco de 29,5 metros de eslora, 235 toneladas, y una dotación de 10 cañones. Diseñado primitivamente como barco de guerra, fue adscrito a la investigación naval a partir del año 1826. Su tripulación era de 120 hombres al mando del capitán Robert Fitzroy.

Darwin surcará los mares en el “Beagle” recopilando ávidamente evidencias sobre un hecho que constituirá más tarde, cuando sus experiencias y observaciones vayan cristalizando en una potente síntesis, su famosa Teoría de la Evolución. Su visita a nuestra zona e incipiente puerto –donde recién se habían iniciado los embarques del salitre a partir de 1830- será breve pero notablemente fructífera. En sólo cuatro días de estadía, sin embargo, se formará una acabada impresión tanto del sitio de la pequeña ciudad–puerto como de sus alrededores desérticos, sus recursos bióticos y sus principales riquezas.


Objetivos del viaje de Darwin a bordo del "Beagle".

El objetivo de su viaje lo reseña él mismo al inicio de la segunda edición del Diario (1860). “…a) completar el estudio de las costas de la Patagonia y Tierra del Fuego; b) levantar los planos de las costas de Chile, del Perú y de alguna islas del Pacífico, y c) y hacer una serie de observaciones cronométricas alrededor del mundo”. Darwin podrá participar en esta expedición (la segunda del “Beagle” a las costas de América) por iniciativa directa de su capitán, Robert Fitz Roy por que éste exigía llevar en su largo viaje a un científico. El naturalista expresa así su reconocimiento a este marino: “a él debo el haber podido estudiar la historia natural de los diferentes países que visitamos” (edic.1984: 5). En apretadas tres páginas de la segunda edición de su obra “El Viaje del Beagle” (1860) el naturalista nos reseña en detalle lo que en esta inhóspita región más le sorprende y atrae.


Si bien Darwin se había especializado en el estudio de los invertebrados marinos, recibiéndose de biólogo en 1831, mantuvo siempre un marcado interés por la botánica y la zoología, gracias a la influencia y apoyo de uno de sus mejores amigos, el Dr. John Henslow, quien le inculcó un especial atractivo por el estudio de las plantas y de los insectos. Por eso no nos ha de llamar la atención su patente curiosidad por describir en detalle los vegetales y animales que encuentra a su paso. Al término de su libro, señala a este respecto: “un viajero debe, pues, ser botánico, porque en todos los parajes el más hermoso ornamento lo forman las plantas” (edic. 1984: 579).


Su descripción del desierto tarapaqueño.



Su descripción minuciosa del paisaje y del clima del desierto nortino revela claramente que se supo informar muy cuidadosamente de todo lo que observaba, y muy en especial, de las condiciones climáticas del área. La ausencia casi total de lluvias le sorprende en extremo, aunque ya había conocido la sequedad en la porción meridional del desierto, en su extenuante recorrido en mula desde Coquimbo hasta Copiapó.

Sus observaciones nos revelan al geógrafo experimentado y acucioso. Darwin nos sorprende, por ejemplo, con los siguientes datos concretos: que cada 7-8 años caen aquí cortas lluvias; que la arena de sus dunas alcanza los 300 metros (alude claramente al complejo dunario del Cerro Dragón).


La camanchaca costera.


Aludiendo a la presencia de la camanchaca costera, nos indica que en esta época del año se extiende sobre el océano y sube por los requeríos un espeso manto de neblinas. Señala al respecto: “en las montañas de la costa, a unos 600 metros de elevación, allí donde en esta ocasión descansan casi siempre las nubes, se ven algunos cactus en los huecos de las rocas y algunos musgos en la arena que cubre las piedras”.



¿Como se abastece Iquique de agua potable?.



Sobre el suministro de agua potable nos revela que el agua de beber que se emplea en Iquique la traen desde Pisagua en pequeñas embarcaciones. Todo le interesa vivamente: el clima, los recursos, la flora, la fauna, la población y el tipo de asentamiento.



Aspecto de la naciente ciudad de Iquique.



Aquí - nos dice de Iquique - se vive como a bordo de un buque”. Nada tan triste como el aspecto de esta ciudad”, reseña. Nos habla con entusiasmo del salitre y sus aplicaciones, así como de su posible origen geológico. Apunta certeramente a este origen en antiguos lagos interiores, destaca su presencia en vetas y describe su modo de explotación.

A lomo de mula y provisto de dos guías, trepa el escarpado zig-zag desde Bajo Molle a Alto Molle y cruza muchos kilómetros de calcinante desierto para llegar a pernoctar en la salitrera “La Noria”. Atraviesa la meseta muy cerca del extremo sur de la actual ciudad de Alto Hospicio, territorio totalmente desértico e inhabitado por entonces. En “La Noria”, su dueño, un coterráneo suyo, el empresario salitrero George Smith le explica en detalle el modo de obtención del salitre. Recorrerá, para lograr esta evidencia, 70 kilómetros de aridez absoluta, en muchas horas de cabalgata. Convive con la esterilidad de un paisaje donde solo líquenes pueblan sectores rocosos más algunos escasos cactus. No ve en su trayecto – y lo dice expresamente- ni animales, ni insectos ni aves, salvo el infaltable gallinazo. No dejan de llamarle poderosamente la atención, sin embargo, las decenas de esqueletos de mulares de carga que tapizan el suelo a su paso, mudos testigos del incesante acarreo del salitre, hasta su embarque en el puerto de Iquique.



Divisa, desde la distancia –pero no los visita por falta de tiempo- los pueblos mineros de Huantajaya y Santa Rosa, ya en franca decadencia por entonces. De ellos dirá: “Estos pueblecillos están situados a la entrada de las minas; colgados como parecen en la cumbre de una colina, presentan un aspecto todavía menos natural y más desolado y que la villa de Iquique”.



Todo lo que observa a su andar le convence de que “nos encontramos en un verdadero desierto…una vez cada siete u ocho años llueve por espacio de algunos minutos”. El clima debe aquí haber sido extraordinariamente seco y por un largo período de tiempo”.


"El primer desierto verdadero que he visto...

Una frase lapidaria resumirá su breve experiencia tarapaqueña: “quizá sea éste el primer desierto verdadero que he visto en mi vida”. No sabía Darwin por entonces que había tenido el privilegio de conocer de cerca y recorrer una pequeña parte del desierto más árido del planeta: el desierto de Atacama.



Solo cuatro días de observaciones.

Parece increíble que en apenas 4 días de observación atenta, haya podido acceder a tanta información y haya podido formarse una idea tan cabal de este territorio, cuya riqueza salitrera aquilata perfectamente, apenas 5 años después de los primeros embarques del oro blanco a Inglaterra y Francia. No puede dudarse de que recurre a excelentes informantes, entre ellos, sin duda, el propio George Smith quien fuera compañero y amigo de William Bollaert uno de los grandes descriptores de Tarapacá y con quien dialoga y pasa una noche en su salitrera de “La Noria”. Aquí - podemos imaginarlo sin dificultad - al calor de una sencilla chimenea, Darwin y Smith dialogan afiebradamente sobre el desierto, sus recursos minerales y su posible origen geológico.



La presencia invisible de este notable naturalista británico en estas tierras iquiqueñas, a los 175 años de su memorable visita, ojalá nos recuerde para siempre la clarividencia de su genio y su extraordinario legado científico a la humanidad.




El barco de Darwin: el "Beagle" será testigo mudo pero magnífico de su “Diario de campo”. En la cabina del capitán Fitzroy, se pasará muchas horas, impávido, redactando su preciado “Diario”, un tesoro que hoy releemos con especial fruición.